A veces necesitamos un día simple

al fin, che Por ejemplo, un viernes pre – fin – de – semana – largo merece tener ese estilo.
Que puede incluir un almuerzo sencillo y frugal,
o un abrazo sin vueltas con gente querida,
a lo mejor, también, unas tranquilas horas de labor sin distracciones,
o incluso una conversación amable anque directa y familiar, al mejor estilo “al pan, pan, y a vino, vino”.

Y un post breve y simple, por qué no. ;-)

Buen fin de semana largo. Disfruten mucho, muchísimo.

Vivir para contarla… en una mesa de café

cayéndose a pedazos pero él elegante igualSiempre me quedó pendiente la pregunta, atragantada en algún punto entre el pudor y un sorbo de café: “¿Alguna vez mataste a un hombre?”

Él desgajaba, poco a poco, jirones de recuerdos de su propia vida en los que se mezclaban su familia abandonada de golpe y porrazo, la guerrilla colombiana, los desmovilizados paramilitares, los libros de García Márquez, sus propios textos exquisitos y el exilio pronunciado como una palabra amarga, recién aprendida y con registro aporteñado.

Se movía con el sigilo de una pantera, tenía un andar grácil y silencioso que -intuyo- es la diferencia entre la vida y la muerte si atravesás por el medio una selva repleta de soldadesca amiga y enemiga, pero que en plena calle Corrientes se veía anacrónico y acaso demasiado sospechoso.

(Hay personas que tienen una historia de película, y que sin embargo no quieren explicársela con pelos y señales a cualquiera que ande vistiendo un traje gris. Lo comprendo).

El día en que nos conocimos, en aquélla primera clase de un curso que no viene al caso, él me dijo su nombre completo y al instante me pidió con suma cortesía que no buscara su historia en internet, porque era demasiado terrible y no quería que la relación con sus compañeros se viese afectada por esos recuerdos del pasado (esas palabras usó: “terrible” y “pasado”).

Si yo fuese un hombre, acataría su pedido como todo un caballero (porque seguramente lo hubiera sido). Pero soy una mujer, y ustedes saben tan bien como yo lo difícil que nos resulta a nosotras cumplir ciertas promesas de discreción que nunca hicimos, así que un día, varios meses después de habernos conocido, puse su nombre en un buscador cualquiera y leí su dramática historia de ex combatiente en las peores luchas clandestinas que registra el Caribe.

Y ahora que sé todo eso descubro que no me sirve de nada enterarme de los detalles confusos de fechas y traiciones. Más que nunca, lo único importante de la larga tragedia que atraviesa como un río a un país entero, es cómo vive y sueña y sonríe y anda por ahí cada Juan o José o Equis o Yé que pasó su vida en esas batallas, si la sangre de otro marcó su vida. Porque si así fuese, el sabor de aquellos cafés compartidos sería mucho más amargo y doloroso.

Instrucciones de calendario para ser una niña de cuarenta agostos

torta Que tu fecha de cumpleaños se acerque tanto al Día del Niño puede ser algo frustrante durante toda tu infancia. Es que los festejos cumpleañeros de tus amigos tienen un aura de exclusividad (ellos reciben regalos mientras vos entonás los coros de “feliz en tu día” y aplaudís a un costado) y en el tuyo sos uno más, porque recibís tus regalos de cumpleaños… casi al mismo tiempo en que todos los otros chicos que conocés reciben los suyos con motivo del tan democrático y popular día del niño. Te sentís casi como si fueses un empresario ruso que a principios del siglo XX trabajara dale que te dale día tras día para obtener una pequeña renta, mientras ve cómo todos sus colegas se hacen ricos y disfrutan de su buena estrella, y cuando llega su tan ansiada recompensa, viene la Revolución Bolchevique y le confisca al pobre tipo todos sus bienes: “ahora, mi querido, tus beneficios serán de reparto obligatorio con el pueblo. Toooodo el pueblo.” :-D

Y así de masivo me parecía el asunto. Lo que, por otro lado, no me provocaba grandes transtornos: nunca fui de perfil alto, no me gustaban las fiestas, los payasos ni las guirnaldas, las multitudes ni el “feliz en tu día”. Prefería -como hoy- las reuniones tranquilas y de poca gente. Casi como Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia, me dedicaba a sobrevivir a ese domingo con estoicismo, agradeciendo los regalos “por tu cumple YYYY el día del niño” de familiares indirectos y amigos no tan cercanos que mataban así dos pájaros de un tiro.

Todos mis congéneres (los de mis viejas épocas del “día del niño”) son hoy treinteañeros al filo de los cuarenta, cuarentones con todas las letras o cincuenteros a estrenar, más o menos viejos o avejentados que una mesma, pero definitivamente no son en la actualidad ningunos chiquillos.

cumpleañosAsí que hoy, domingo “Día del Niño” de este 2010, por ejemplo, recibo algunos regalos de cumpleaños demorados (un horno eléctrico, un libro de Galeano, un perfume divino) al mismo tiempo que mi hija recibe ropa de Grisino, una Minnie de peluche, un juego “Jumping Monkeys” y un Tiger que salta y grita como enloquecida presidenta estilo K.

De modo que mi revancha sorprendente, anacrónica y feliz es que yo sigo festejando con los niños, sépanló. No es que Don Fulgencio no tuviera infancia, vieron? Solamente sucede que va retrocediendo durante toda su vida hasta convertirse en niño… casi a destiempo. ;-)

“Te juro que si hubiera otra/o entre nosotros, mi amor, vos serías la primera persona en enterarte”

Casablanca

La Santísima Trinidad es para los cristianos un asunto muy complejo de entender, por eso de que Dios Es Uno pero son Tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este tema tan ríspido para la lógica común me tuvo confundida durante gran parte de la infancia, les confieso (son las deliciosas obsesiones que provoca la educación religiosa a tan tierna edad). :-D

Pero con el tiempo descubrí que ese dogma de fe no es el único interrogante (ni el más acuciante) que se atasca en mi mente, porque tengo que admitir, mal y tarde, que las reglas que se establecen en las relaciones de pareja son a menudo más difíciles de entender: para mí es un misterio inextrincable que cuando vivimos “de a dos”, con frecuencia digamos una cosa y sin embargo pensemos otra. O incluso que NOS PASE algo importante, y NO se lo informemos ni por error a nuestro medio limón/ media naranja, según sea el “género” del cítrico en cuestión. ;-)

El otro día tomando un café con amigas saltó una novedad inesperada: una de las chicas del grupo se había separado de su marido. Es un matrimonio con hijos y a todas nos dio pena la situación por los chicos, naturalmente. Como siempre sucede en estos casos, nos preguntamos si él (el medio limón) tendría otra pareja. Y como también siempre sucede en estas charlas de café, los pensamientos en voz alta tomaron derroteros azarosos: quién no cae a veces en la rutina cuando está en pareja, qué chocante (y qué común, sin embargo) nos resulta a veces la existencia de terceros en discordia, la traición y los secretos inconfesables o más bien “confesos, pero con sorprendente discreción”.

Pero un ratito antes de adentrarnos en aguas tan profundas habíamos estado hablando entre nosotras de otros tantos secretos más o menos vergonzantes que existen dentro de nuestras parejas, con las que se supone que “estamos bien y tenemos confianza”. Les cuento algunos de los casos para que evaluemos juntos si no resultan más paradojales que el de la Santísima Trinidad, por poner un ejemplo (que hoy, no sé por qué, se me ocurre a cada rato). ;-)

- Una de mis amigas puede que se exponga en una película tal y como Dios la trajo al mundo (Dios Padre, Hijo o Espíritu Santo, acá pueden elegir ustedes que Persona les guste más) porque así lo exige el guión, pero todavía su esposo no sabe que anda rondando en su mente esta situación tan plausible (el proyecto existe, pero falta que se concreten algunos detalles). Es evidente que si el asunto finalmente se concretara, ella tendría que contárselo a él, pero por ahora lo sabemos únicamente nosotras, que de todos modos somos varias (como la Santísima Trinidad, somos Una y Sin Embargo, Tantas…). :-(

- Otra anécdota de la mesa de café: los gastos incalculables de “Una” con la tarjeta de crédito que, por increíbles ardides cuasi mágicos (una vez más), los jodidos de Visa o American Ex-pre$o suman y acumulan antes del cierre (¿vos podés creer tanta maldát?) dando origen a terribles maniobras financieras de “Una” para que el secreto a voces de la cifra final no sea escuchado por su propio medio limón.

Hay también muchos otros ejemplos de encubrimiento conyugal que seguramente todos ustedes conocen: desastrosos informes escolares que pondrían a los vástagos en la cuerda floja familiar a la hora de cena; novios o novias de Hijos o Hijastros adolescentes que aparecen de la nada, como el Espíritu Santo, así que “mejor que no se entere tu Padre porque te manda crucificar, ¿oíste?”; oscuras adicciones negadas tres veces -o en más ocasiones, incluso-.

Todas cuestiones laicas más fáciles de entender que los misteriosos dogmas religiosos, y que sin embargo resultan difíciles de aceptar siendo los seres concretos que somos. Son situaciones que no necesitan sostenerse desde la fe “que mueve montañas”, sino desde el respeto de ida y de vuelta. Un respeto lógico y racional, pero no exento de complejidades cotidianas.

Así que, volviendo al tema de los terceros en discordia: ¿por qué habríamos de exigir la confesión casi instantánea de cuestiones tan profundas como ésa, si la brecha de los secretos (y la desconfianza) entre naranjas y limones se produce mucho, muchísimo antes?

Preguntas sin respuesta, como la de la Santísima Trinidad.

Asignaturas pendientes que pretendo aprobar, aunque sea raspando

no lo sé

… considerando que todavía hay tiempo:

- Casarme con Cucurullo en Las Vegas (para la bendición católica estamos tarde, y nuestro paso por el registro igualitario & civil les cuento que fue genial, pero no tuvo el toque “divine” que le adjudican las parejas gays al “trámite en sí mismo” por el hecho de que ahora pueden casarse graciadió. O graciaotros, a ellos lo mismo les da y lo bien que hacen). Recapitulando, porque nos fuimos por las ramas: que nos case Elvis es una asignatura pendiente, claro que sí.

- Festejar Media Navidad o Medio Año Nuevo o Medio Año Viejo a Reestrenar, en pleno invierno porteño, cuando tiene más sentido reunirnos entre todos los seres queridos a comer pan dulce sin corridas, sin presiones ni compromisos de cabotaje al peor estilo: “¿Le avisaste a tu madre que Nochebuena lo pasamos en lo de mi tía Gladys, no?”.

- Ir a una capilla chiquita, arrodillarme acá o allá (no importa dónde), cerrar los ojos… y no pedir nada. Como si fuese lo más simple del mundo entregarme, dejarme estar y ser feliz así frente al Otro, que es Uno También. Apagar el Medidor de Inventarios (¿dónde está la tecla, en el cielo o en el infierno?) y no andar reclamando la letra chica del contrato ni para mí ni para nadie, por consideración y respeto a la inteligencia que todos tenemos para apreciar y agradecer cada día lo que nos fue dado, sabedores como somos de que no hay que esperar a conseguir lo que no tenemos para ser felices.

Qué bueno sería lograr esto, qué enterada estaría entonces de lo buena que es la vida sin exigencias de chico consentido, qué intensa satisfacción, qué respiración profunda en ese mientras tanto, esa pausa que es un “siempre ahora” que se instala en este instante… qué carcajada con gran estilo podría largar ahí, en ese momento, cómo apreciaría y valoraría cada insignificancia que ocurra: Elvis en el CD o en un altar, Un Día de Año Nuevo en Pleno Julio Que es Como Cualquier Otro Día que Disfruto Alegremente con los Seres Queridos.

Menos ceremonia, más fiesta, cualquier día del año. Aprenderme eso de una forma bien profunda, internalizarlo como la tabla del dos, llevarlo a cabo y paladearlo con intensidad, como un chocolate de los buenos: una asignatura pendiente. It’s now or never.

“YO ACUSO” (cuando la culpa no es de uno, sino de todos los demás)

frente a todos

(Dedicado al Maradona que todos llevamos dentro)

UNO: Yo hubiese llegando puntual, justo en horario, lo que pasa es que… ¡no sabés lo que es el tráfico del microcentro a esta hora!
EL OTRO: Pero, ¿vos no te tomaste el subte?
UNO: Sí, claro, pero la calle Florida era un mundo de gente! Tuve que caminar a paso de hombre (?) hasta la estación…

VENDEDORA: ¿Vos sos talle 26? El jean que buscás lo tengo en talle 25, pero probátelo, porque viste que después la tela cede…
UNO, QUE EN ESTE CASO ES EL OTRO:
Sí, ya lo sé. Pero el 26 también se estira, ¿no? Yo soy talle 26… estirado y cedido, incluso. :-D

UNO: Yo soy vegetariana desde toda la vida y por convicción, no es una pose: imaginate lo que es para mí ver cómo matan a todos esos animalitos para comérselos…
EL OTRO: ¡Pero tus zapatos son de cuero!
UNO: Ay bueno, ¿qué querés? Yo soy vegetariana, no hippie…

UNO: Yo SÉ inglés, lo entiendo perfectamente, lo que pasa es que los yankees hablan muy cerrado…
EL OTRO (YANKEE): ¿¿¿¿?????

UNO: Vos sabés que yo tengo mucha paciencia, pero me molesta que por ser TAAAN buena, los “vivos de siempre” me tomen el tiempo.
EL OTRO (EN CUALQUIER IDIOMA): ¿¿¿¿?????

UNO: Yo tengo mucho talento, pero lo mío no es masivo, ¿viste? Y ellos apuntan a algo más comercial…
TODOS LOS OTROS (NOSOTROS): ah, porrrsupuesto, a vos te gustaría que te entiendan… solamente en el segmento ABC1 (?)

UNO: Me SACA de mis casillas cómo es él de cabeza dura, mirá. Debería ir a un curso de meditación, de yoga, de control mental, esas cosas que hago mientras él solamente se dedica a trabajar. Desde que empecé con las terapias alternativas, no sabés la cantidad de cosas que aprendí que a él le podrían servir.
EL OTRO: No contesta, en estos momentos trabaja como un burro… para pagar los cursos de su mujer.

UNO: Tengo clarísimo que podría hacer muchas otras cosas de mi vida, pero mis familia me demanda tanto tiempo, los chicos son tan chicos… imaginate que el menor RECIEN AHORA sacó el registro! No puedo dormir hasta que escucho que estaciona su auto en el garage… y eso sucede a la madrugada, encima!
EL OTRO: está desesperado mirando clasificados para alquilar un monoambiente y dejar la casa de su madre de una vez.

UNO: Obvio que tengo que hacer ejercicio, pero el único gimnasio que tengo a quince cuadras a la redonda cierra muy temprano, como a las diez de la noche…
EL OTRO (ENDEUDADO): En el cuartito está la bicicleta fija, la colchoneta, el escalador y las mancuernas, ¿o ya te olvidaste de todo lo que te vendieron por TeVeCompras el año pasado?

UNO: A mí me tratás bien y te doy hasta lo que no tengo, pero vos viste, él tiene un carácter repodrido.
EL OTRO (en general, experto conocedor del medio limón): Qué raro, porque él conserva a sus amigos de la infancia, se relaciona con toda la parentela e incluso fue elegido “mejor compañero” hasta llegar a la Universidad. Mientras que a vos creo que se te secó el potus que le regaló tu madre, ¿no?

UNO: Pero… yo se lo dije de onda, fue un chiste, no sé por qué se lo tomó tan mal! Es un amargo…
UNO, EL OTRO, EL MISMO: Los chiste xenófobos no le caen bien a nadie, excepto a los del Ku Klux Klan.

UNO: ¡No entiendo por qué no adelgacé ni un gramo! Te juro que hice todo lo que me dijo la nutricionista, no me pasé de la raya ni una vez. Es más, me morí de hambre. Decíme, ¿vas a comerte esas papas fritas?
EL OTRO (DELGADO): Están frías.
UNO: No importa, hoy me pintó el bajón. ¿Dónde está la mayonesa?

UNO: No tengo el informe listo porque recién hoy las sucursales me mandaron los datos.
EL OTRO (EL JEFE): ¿Y vos cuándo se los pediste?
UNO, ÚNÍSIMO UNO: Uf! Hace como… una hora. :-D

La Vida Como un Duty Free Shop Eterno

buy & take

Un amigo le escribió al entonces senador norteamericano Paul Tsongas cuando éste decidió no presentarse a la reelección porque le habían diagnosticado un cáncer: “En el lecho de muerte, nadie ha dicho nunca que desearía haber pasado más tiempo en la oficina.”

Ya sabemos de los beneficios innegables del trabajo: económicos, personales, sociales, de todo tipo… como no tengo vocación pedagógica, no me voy a poner a desarrollar acá lo que ya todos conocemos (mi madre es docente y yo no tengo paciencia ni para explicar la tabla del uno, ¿pueden creerlo? Es evidente que no todos los dones se transmiten a través de los genes).

Pero a veces -a menudo- uno conoce personas que hacen de ese vínculo con su profesión o especialidad, una identidad casi única y excluyente. Es muy frecuente verlo en el mundo de los negocios. Es ese tipo de gente que cuando le preguntás el nombre, te da su CV “comentado” en doce palabras, como para que uno lo pueda ubicar en el casillero (Top) correspondiente: “Hola, soy Fulano de Tal, me gradué de Master Of The Universe en la Universidad de Trussachussets Por Poner Un Ejemplo, y hoy soy fundador, CEO y Líder Espiritual de la compañía Tal Cosa”.

Y está muy bien ser el Alma Mater de Tal Cosa, ¿no? Maravilloso.

Pero si vamos a creernos que somos principalmente eso, y a ufanarnos por pasar trece horas por día en la oficina para que Tal Cosa sea Más Grande y la Burbuja nos Posea por Completo, ya el asunto cambia.

Porque entonces no podremos hablar de otro tema que no sea nuestro trabajo, o algún otro tópico impersonal y “democrático” (todos conocen de qué se trata) pero a su vez “exclusivo” (aunque muchos aspiren a conseguirlo, sólo unos pocos pueden hacerlo): tecnología de punta, autos importados, propiedades carísimas, bienes suntuarios en general… es que esta clase de temas muestra nuestra “clase”, justamente: es la medida de nuestro éxito. La “clase” de éxito que nos proyecta al mundo como personas satisfechas consigo mismas. Como personas con la Cosa Más Grande.

Entonces la vida íntima y personal se desplaza a un costado por un rato, pero es un rato que nadie sabe cuánto dura: sí, el amor viene, pasa y se va; y los matrimonios también. Ya sólo nos queda de esas historias una cuota de cinismo, y la “otra” cuota, ésa mal llamada “alimentaria”. Y el fin de semana con los chicos, que crecen muy rápido, con los que no convivimos, de los que conocemos su pasado de muy chiquitos, pero nada de su presente: ni quiénes son hoy, o qué les gusta, o cuáles son sus amigos… unos extraños con el mismo tono de voz y la misma nariz que uno. Rarísimo Uno a estas alturas, también.

Y un día la Cosa Más Grande De Verdad puede ser todavía insignificante, pero suena la alarma: un bultito de nada, un dolor en el pecho, un desmayo sin causa. Estamos bien, “bien, bien, todo bien”, pero es imposible no sentir miedo, preocuparnos un poco, vernos la cara en el espejo con intención (por primera vez en mucho tiempo), como tratando de adivinar qué nos depara el otro lado.

Porque el reloj avanza. Por el carril lento, pero avanza. Mientras tanto, andamos por ahí creyendo que los que avanzamos (¡y por la vía rápida, además!) somos nosotros.

La “vida picante”: una cuestión de equilibrio

ají jalapeño Adoro la comida picante. Bien picante. Me parece exquisito ese sabor que brota a quemarropa por las fosas nasales. Y como me gusta cocinar, siempre tengo en mi despensa algunos chiles jalapeños, clavo de olor, pimentón, pimientas variadas y un puñado de ajíes picantes que son como bombas ardientes, rojas y microscópicas (también apodados “misiles gastrointestinales”, ya sé).

A Cucurullo le gusta la comida picante también, pero no llega a los niveles de “picor” que me enloquecen a mí: lo suyo es más bien moderado tirando a moderadísimo, mientras que yo soy la reencarnación sin escalas de un mariachi criado en Teotihuacán a pura “torta de chiles en vinagre”. :-)

Tampoco ayuda el hecho de que a Cucurullo el picante lo pone -la expresión es suya, y literal- en “estado de mierditación”. No, no me equivoqué al tipear: un plato de mi guiso en salsa picante “al uso nostro” lo hace salir disparado al baño para quedarse ahí sentado en el trono, “pensando”, un rato largo. :-(

Así que tengo que moderarme un poco, porque a los dos el asunto del picor no nos gusta de la misma manera. De todos modos a veces se me va un poquitín la mano, porque el inconsciente es poderoso y repite espasmódicamente & sin querer, una y otra vez, el gesto de echar puñados de pimientos en la cazuela, y entonces (acá va un secreto culinario archisabido por todas las abuelas) hay que equilibrar el posible desastre con algún otro ingrediente dulce (no, mis queridos, NO rebajen el picante con agua, o con crema o caldo, porque no van a lograr nada: equilibren el sabor con otra cosa dulce como azúcar, miel, una fruta picada, lo que fuere).

El tradicional mole mexicano (que hemos preparado con singular éxito acá en casa) lleva unos cuantos ajíes peligrosos, y también bananas, chocolate y almendras dulces (todo bien triturado) para que el escozor del picante no salga disparado al primer bocado hacia el paladar de los comensales. El mérito del cocinero está en que la experiencia les deje un leve ardor dulzón, nomás… porque todos los elementos que se introdujeron en la olla se fueron equilibrando y amalgamando durante horas hasta transformarse en algo distinto, armónico y sutil. Con Cucurullo aprendimos a compartir y a saborear juntos este plato.

Y es que con Cucurullo hay mucho que tenemos en común y que surge espontáneamente, sin esfuerzo: la música que nos gusta, los autores que leemos, esos viajes a no sé dónde, algunos sueños, el placer de estar despiertos hasta tarde, la modorra imposible de la mañana hasta la llegada del primer café y el primer beso, el humor y el amor.

Y algunas orillas hay que acercarlas, tendiendo la mano y el cuerpo para llegar hasta donde están las puntas de los dedos del otro: el gusto (excesivo o moderadísimo) por el picante podría ser una de ellas. Así que ya saben: aportar a la causa algo dulce a veces ayuda, para compensar. ;-)

Ese asuntito de las lealtades, o bien: “cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”

super chic

¿Qué entendemos por lealtad? ¿Nuestro sentido de la lealtad trasciende la muerte, la pena, el sufrimiento, las dudas sobre “lo que pudo haber sido”?

¿Qué es la fidelidad? ¿Es una manifestación de amor, es una manera de honrar los compromisos asumidos más allá de las circunstancias…?

Va una historia verdadera:

Hachiko es un perro de raza Akita nacido en Japón. Su dueño, un profesor universitario que residía muy cerca de la estación de Shibuya, lo tuvo viviendo consigo desde que era muy cachorrito. Hachiko se había acostumbrado tanto a la vida con su amo que de alguna manera aprendió a detectar en qué horario aproximado volvía el hombre de trabajar, así que todas las tardes se iba solo desde la casa hasta la estación de tren y lo esperaba frente a la multitud que se cruzaba en la recepción entrando y saliendo. Estaba atento, porque sabía perfectamente que antes o después, él aparecería entre los otros pasajeros que dejaba el andén y se irían andando juntos a su casa.

Un día el profesor sufre un paro cardíaco en su trabajo, y muere allí mismo. Evidentemente, ya no regresará nunca más a la estación ni a la vida de Hachiko.

Y Hachiko lo sigue esperando, fiel y constante, apostado en la plazoleta que está al frente de la salida de la estación, su lugar habitual. Es un buen vigía, así que tiene la mirada atenta cuando la gente se arremolina en la salida del andén: sabe que en algún momento su amo aparecerá en medio de todos esos otros pasajeros.

Pero el hombre no aparece. Ni ese día, ni el siguiente, ni el otro que viene después. La familia de su antiguo dueño se lleva al perro de vuelta a la casa en varias ocasiones, pero él se escapa y vuelve a la estación. Y así pasan los años.

Diez años.

Hachiko ya es viejo, y toda la gente que transita por ahí sabe de su historia y de su fidelidad. Los lugareños conocían al profesor y están al tanto de su repentina muerte, pero no pueden convencer al perro para que deje de esperarlo, o bien que abandone su puesto. Así que lo cuidan, lo miman, y hasta recolectan dinero para rendirle un homenaje a esa historia de amor viviente: entre todos contratan a un escultor que confecciona una estatua como testimonio de su presencia en la plazoleta.

Y Hachiko sigue esperando al frente de la estación, porque no importa que su dueño no venga hoy: mañana sí aparecerá.

Y así muere Hachiko, mirando el andén. Porque ni un solo día en esos diez años se olvidó de esperar la vuelta de la persona amada al caer el sol.

Sé lo que me van a decir: Hachiko no entendía lo que era la muerte, el paso del tiempo ni las situaciones irrevocables. Y es cierto. Pero me encantaría que hubiese muchos seres humanos que tuviésemos su sentido de la lealtad, una verdadera fidelidad hacia los afectos, esa disposición hacia el otro que fuese más allá del frío “en función de lo que me diste, yo te doy”. Hachiko nunca hizo ese cálculo, no? Por supuesto, no sabía hacerlo tampoco. Pero lo concreto es que él vivió dos años con el profesor… y lo esperó durante otros diez.

Algunos no saben unas cosas, y otros no saben otras. Y yo no sé con qué quedarme. Soy más clara: hay mucha gente que te empapela la pared con sus diplomas pero que lo miden todo, así que con ellas las relaciones son “hasta ahí”, más superficiales que un corcho que flota. Y no importa todo lo que ostenten: nunca ofrendarán “eso que son” a los demás.

Y sin embargo, andan también por este mundo los “Hachikos”: seres sencillos, nobles y con una capacidad de entrega que provoca asombro. O admiración.

Habrá que saber elegir, aunque nos sobren algunos dedos de la mano en todo este asunto. O nos falten patas.

Más difícil que encontrar un taxi libre en hora pico un día de lluvia

taxi- Sobrevivir a una reunión de trabajo en la que te tienen dos horas quemándote las neuronas analizando planillas de excel… sin convidarte con un mísero café!

- Encontrar a alguien que sepa mucho de música y que le guste cómo canta Carla Bruni (¿Susurra o canta? Susurra, ¿no?).

- Compartir un almuerzo entero (entrada, plato principal, postre y café) con alguien absolutamente monotemático (cuando los platos varían más que la conversación, uno puede morir de aburrimiento).

- Hablar tranquilamente con un grupo de amigas en un pelotero lleno de chicos.

- Que un francés entienda que no entendés francés, pero así y todo leíste la obra completa de Camus.

- Hacer “la dieta de la sopa” durante más de tres días sin sumergirte en el túnel interminable y oscuro del más absoluto mal humor.

- Que el taxista hable lo justo y necesario, ponga buena música y tenga cambio. :-D