Los vendedores que nos apadrinan a las ocho de la noche de un día cualquiera

trenes y gentes Vieron que cada uno tiene sus pequeñas tragedias griegas, es decir, esos momentos -personales e intensísimos- en los que llega más rápido la sangre al río y todo el asunto nos genera un pelín de estrés. ;-)

Mi propia pequeña tragedia griega personal (en adelante, MPPTGP) es… perder un tren, a la vuelta de la oficina, cuando cae la tarde y todo en casa está por resolverse en dos minutos y fracción. :-D Así que cuando miro la hora y me veo venir que voy a perder el tren, me traslado hasta la Estación como rezando, pensando en que si Dios Existe y es Bueno, o más bien, si Tengo Un Tujes de la Hostia, puede que la Armonía se restablezca y hasta logre llegar a Salsipuedes (mi barrio) en tiempo y forma. Pero si los astros desafían mis deseos… bueno, no, ahí no hay caso y mi destino estará escrito en una caligrafía bastante fea, como de médico. ;-)

Hoy perdí el tren. Justo hoy, que tenía que bajarme en una estación anterior porque tenía que dejar un traje de Cucurullo en nuestra tintorería de confianza (en adelante, NTDC) antes de volver a casa. Pero buéh, la cosa no se dio como esperaba y todo el asunto iba a terminar, entonces, con más de media hora de demora. Así que nada, automáticamente se activó en mi cerebro la sensación de estar ante MPPTGP (mi propia pequeña tragedia griega personal, vieron que esta es la sigla tan fácil de recordar que pusimos ahí arriba hace un rato, ¿no?). Mi ansiedad de ama de casa part time tenía que ver, en este caso, con poder llegar a NTDC antes del horario de cierre (NTDC era “nuestra tintorería de confianza”, supongo que ya se acuerdan de todas las siglas facilísimas de este post). Un fastidio, cláh (por no llegar a la tintorería, no por lo de las siglas). Sobre todo porque Mile, nuestra gordita hermosa, ya estaba en casa, esperándome tranquilamente para pasar un lindo y divertido rato juntas (en adelante, UL&DRJ).

tienda Pero no había ya nada que hacerle: había llegado tarde a la plataforma de la estación. Entonces respiré profundo en mitad de los pasillos desiertos. Esperé y finalmente me tomé con calma el próximo tren. Cosa asombrosa: llegué a la tintorería just in time -el negocio había cerrado sus persianas, pero aún la empleada que me reconoce como su “hermana gemela separada al nacer” estaba dentro del local, cerrando la caja-. La chica, divina, me abrió la puertita de la reja, me recibió el traje lleno de lamparones de Cucurullo y hasta filosofamos un momento entre las dos sobre cómo pueden los hombres manchar TANTO los trajes cuando almuerzan a las apuradas en un barcito cualunque, pordió. Sin cobrarme por adelantado -insistió con ese asuntito de que ya había cerrado la caja- me repitió un par de veces que qué alegría enorme fue habernos visto. Me sentí como dentro de un episodio de Seinfeld, pero al revés (es que a Seinfeld alguna vez le fue muy mal con los tintoreros y afines). :-D

Había alcanzado el primer mojón de la carrerita a casa. Me sentía bien. Contenta. Y la alegría, bien sabemos, genera nuevas energías y nuevas conexiones entre las dendritas. Así fue como aproveché el desvío de la travesía por la tintorería para ir a la Super Fábrica De Pastas Del Barrio (en adelante, SFDPDB) que quedaba de camino a casa y que todavía estaba abierta. Entré, compré ravioles y pancitos saborizados. Justo en el instante antes de pagar, mi vista recayó -casualmente- en el exhibidor de salsas preparadas. Al instante detecté la que más me gustaba: salsa bolognesa. Me encanta, me fascina, la idolatro. Cucurullo, en cambio, es capaz de morir de amor por 250 gramos de pesto, la salsa que estaba exhibida al lado de la bolognesa. Yo no sé hacer pesto, nunca preparé esa salsa, ni siquiera sé muy bien la lista de ingredientes, pero de pronto intuí que esta noche necesitábamos un sabor (o un platillo) diferente, y este pesto -ya preparado y listo para servir- me hacía sentir una becaria de la cocina. Como una Lewinsky gastronómica, pongámoslé. ;-)

Entonces evalué el aspecto del menjunje como si yo fuese una chef de restaurante cinco estrellas. Le pregunté al empleado que me atendía si realmente la salsa era de “estilo casera”, como rezaba el cartel. Él me juró y me perjuró que sí. Y no sólo eso, también me confesó, haciendo gala de un gran sentido del humor, que tiene una clienta que hace AÑOS que le miente a su suegra sosteniendo que esta salsa la prepara ella, cuando en realidad la compra, sotto voce & desde siempre, en la SFDPDB (la fábrica de pastas, olvídense de mirar la sigla de arriba). Mientras escuchaba al empleado hacer su numerito de stand up, se me ocurría que ella -la chica del cuento- era una psicópata delirante o una mina super inteligente, exactamente una de dos… aunque yo no podía descifrar el enigma así como así. :-D Pero bueno, la cosa es que el vendedor contaba la historia con tanta gracia que me convenció de que la salsa era buenísima, y mientras me reía de la anécdota le compré una generosa cantidad del pesto – apto – para – presumir – ante – suegras – y – afines.

Les resumo: esta noche Cucurullo experimentó el Nirvana. Simplemente, porque en un rapto de inspiración recordé que los espaguettis al pesto son su perdición. Hasta Mile, nuestra gordita, se animó a probar esa sabrosísima salsa “verde y rara” después de habernos divertido un rato jugando a las damas (como ya tenía la cena resuelta al llegar a casa, pudimos dedicarnos un rato más largo a los juegos de mesa). Yo pasé de repetir la salsa bolognesa -mi favorita hasta hoy- pero probé, con nuevos bríos, la salsa preferida de Cucurullo. Y la cena resultó novedosa y muy, muy especial… con apenas un cambio de aire en la rutina cotidiana.

A veces sucede que de alguna manera caprichosa, inconsciente o accidental (y sobre todo, con alguna ayudita de alguien) hacemos algo lindo por otro. Y a ese otro lo hacemos sentir bien. Y nos sentimos bien nosotros mismos, también. El asunto es que esto último viene por añadidura, nomás, lo que hace que el recorrido de toda la cadena de “unos” y “otros” se transforme en un absoluto misterio. :-)

18 Responses to “Los vendedores que nos apadrinan a las ocho de la noche de un día cualquiera”


  • Y aquello que parecía un verdadero engorro (perder el tren, pensar que no llegás a hacer lo que tenés que hacer) se convierte en el puntapié inicial para terminar pasándola requetebiem. Pequeños milagros, que le dicen…
    Supongo que tenemos que tener la predisposición para recibirlo, ¿no?

    ¡Besos!

    • Ah, sí, supongo que sí, que tenemos que tener la predisposición, Milenius. Eso es cierto. Y la posibilidad de que nos sucedan esos pequeños milagros cada tanto. Cuando pasa una eternidát -o algo así- sin encontrarle la vuelta al asunto, todo se ve más bien como en blanco y negro y no hay chance de que sientas como si te sacaras un premio en el bingo doméstico & familiar, ése de cartón medio berreta, ok, pero que te divierte igual (sobre todo si participan unos cuantos, hasta la tía centenaria que está sorda como una tapia y a la que hay que repetirle todos los números varias veces). ;-)

      Beso grande, Mile.

  • Y los milagros suceden! Y la buena voluntad de uno ayuda mucho, me encanta leer tus relatos de la vida diaria como si fueran una película francesa con gente y cosas mezcladas naturalmente, Vero, te veo correr, llegar sin aliento, elegir con amor, todo en tecnicolor, un abrazo grande.

    • Estas son las delicias del amor….toda la epica de nuestras cruzadas tienen que ver con el vestir y deglutir de nuestros maridos, y los ratos robados a la cocina para compartir con nuestros hijos…..ni a palos corro tanto para llegar al gimnasio!!! despues de todo, estas divina, asi que todo ese trajin te mantiene maravillosamente en forma!
      AH!!! y gracias a vos voy a usar ese pesto (en sobrecitos) que compre para deleitar a mi amado esposo, que hasta ahora se ha mantenido virgen (como mis cremas) porque la cocina me queda tan lejos como el gimnasio!

      me encanta leerte MOli!!!
      san
      besos enormes

      • Hola, Sandru! A pesar del anonimato que te da eso de usar el login de tu vieja… ¡te adivino igual! Es que te conozco, mirá. ;-)

        El trajín me mantiene ocupada y a veces distraída de lo importante, incluso. Por eso, escribir estas cosas acá, donde podemos compartirlas entre todos, me devuelve el foco, la perspectiva de las cosas, y el sentido más profundo de mis días, también -sobre todo de esos días prosaicos, llenos de detalles chiquititos, como son la mayoría de los que transito por acá o por allá. :-)

        Te mando un beso gigante. ¡Aguante el pesto en sobre, nena! ;-)

    • María Cristina, hoy jueves primero de diciembre a la tarde, en este momento en que no veo todo TAN en tecnicolor (el día pinta hoy más bien monocromático, te diría) leo esto que escribimos días atrás y las palabras me ayudan a recordar que yo misma, y vos también, pudimos disfrutar de esos pequeños momentos a los que supimos ponerle buena onda, aunque no se prestaran naturalmente. Y entonces los rescatamos de la “Malaria Rutinaria”. Ojalá hoy se repita. Lo del rescate, digo. :-)

      Gracias por tu comentario tan lindo. Te mando un beso grande.

  • Vio como es la cosa, cuando uno se abandona a las fuerzas del universo, y deja que todo fluya?
    En momentos así, cuando uno cree haber haber errado el tiro (viejo concepto de hamartia), cosas simples como hacer nuestra parte, pueden tener resultados grandiosos, sencillamente inesperados.
    Brindo por la tintorería, la casa de pastas y los inigualables vermicellis de Pipo!
    Os dejo con musica navideña, como para ir saboreando el clima. Me encantaría celebrar nochebuena con pastas!

    • ¡Ah, nochebuena con pastas! ¡Qué buena idea! Es genial eso, porque siempre se puede agregar una tanda más de fideos para los que terminemos siendo sentados a la mesa, ¿no? Y así, entonces, volvernos generosos con los comensales sin tanta invitación, ceremonial ni protocolo. Que se vengan los que quieran, total, la cena así planteada -y compartida-es bien fácil.

      Casi casi como debiera ser todo el asunto, ¿no? Porque el sentido de la navidad es compartir el pesebre y asistir al milagro que -sin tanta vuelta- se presenta en el momento y en el lugar más sencillo que cabría imaginar… ;-)

      Beso grande, Quique. Brindo con Ustét por unas fiestas con menos mayonesa. :-D

  • Vero, por ahí entró Sandra como si fuera yo, pero te cuento un secreto, cuando entra en la cocina hace maravillas, es intuitiva!!!!

  • Que lindo relato! es asi hay dias que parece que todo sale mal y magicamente en un momento se acomoda todo como si un varita magica ordenase que a partir de ese momento todo tendra una sincronizacion especial hasta las ideas y las ganas de hacer algo por otro. Mientras leia los imaginaba jugando a las damas , hermoso cuadro familiar , me encanta y me hace recordar que yo jugaba a las damas con mi abuelo querido.
    Muy lindo post!

    Besitos!!!

    • ¿Viste? A veces parece que todo sale mal, pero no, no sale TODO TAN mal, siempre hay changüí de que la cosa mejore, ¿no? ;-)

      ¡Las damas! Como toda jugadora reciente -y muy chiquita- Mile se divierte muchísimo “comiendo” las fichas del adversario. No suele anticipar jugadas y entonces la fiesta de sacarle ventaja al otro se le hace evidente cuando “come” mucho. Con la comida no tengo la misma suerte que con los juegos de mesa. Es que “la nena no me come” (tanto), viste. ;-)

      Beso grande, Vesper. ¿Qué tal si almorzamos por acá, por el centro, un día de éstos? A mí me encantaría. Si tenés que venir a hacer algún trámite, avisame. :-)

      PD: Todo este comentario se refiere a comida de una manera o de otra, fijate vos…

  • A veces soy de hacerme mis propias y particulares grandes tragedias griegas… y me siento pobrecita yo, a la que siempre le pasan las cosas (???) malas y me digo a mi misma que estoy cansada, y me compadezco un poco más y le pregunto al universo que hice yo para merecer que me pasen tantas desgracias juntas… y cuando se va a acabar… hasta que algo, una chispa, una palabra o un gesto cualquiera de alguien, me rescata y pone todo en perspectiva, y me doy cuenta con cuanta facilidad me olvido todo lo bueno que tengo alrededor…y que en realidad mi vida es una divina comedia. Tonterías de cada uno.

    un beso

    • Sí, es cierto, en general somos protagonistas de una divina comedia. De enredos, a veces, eso sí. :-D Y sin embargo es increíble cómo nos tiran los personajes con una veta dramática, ¿no? ;-)

      Y es genial eso de que una mano de afuera siempre nos rescata. Es el puntapié inicial, el estímulo con el que sintonizamos para volver a salir de esa especie de ostracismo trágico.

      Beso grande, Ana.

  • Gracias Vero, por tan linda nota!
    Un detalle que retoma la idea de mi amigo Quique: mi padre siempre decía que había que comer fideos con manteca en la Nochebuena. Aunque nadie le daba mucha bolilla. Hace ya muchos años, estando él enfermo, tuve la dicha de darle el gusto: en mis dos ambientes de la calle Pasteur, con Silvina, mis hijos mayores aún bebés, mi madre y mis hermanos todavía solteros decidimos hacerlo. Aunque fue su última Navidad, fue para mí tal vez la más linda y me deja recuerdos llenos de alegría y esperanza.
    Un beso grande.

    PD: una simple canción en que lo presento a mis hijos más chicos; una estrofa dice:

    “Para la Navidad
    en silencio meditarás,
    muy sencillo comerás,
    para llegar hasta la Verdad.”

    • Yo había leído esta anécdota en tu blog… se ve que Quique la tiene muy presente y le gusta evocarla. Entiendo por qué: fue seguramente una experiencia hermosa y muy tierna. Es que la Navidad es en sí misma una celebración sencilla, ¿no? Y de ahí viene todo lo trascendente que pueda acontecer de esa experiencia. O así debería ser. Una celebración de pesebre.

      Nuestra cultura no está muy alineada con esa idea, y unifica las festividades de Navidad y Año Nuevo como si todo fuese lo mismo & en continuado. Y no, no es. Para nada.

      Te digo esto y sé que me costaría muchísimo convencer a toda mi familia de festejar una Navidad con fideos con manteca. Y sin embargo sé que sería maravilloso… y original. Veo que ustedes recuerdan ese momento con mucho cariño, y los envidio un poco. :-)

      Beso grande, Doc.

  • No sé por qué, pero me he acordado de “Cadena de favores”. Lo bueno que alguien hizo por ti te dió impulso para hacer algo bueno por otro. Cuento cotidiano con moraleja. :D

    • ¡Es verdad, Zilniya! Es un post que nos retrotrae al mismísimo mensaje de la película. Por eso, tal vez, “Cadena de favores” sea siempre un referente de esa maravillosa idea que es hacer el bien “pasando todo lo recibido hacia adelante”: todo remitiría a esa genial idea, entonces. Gracias a Dios. :-)

      Un beso muy grande.

Leave a Reply