¿Saben ustedes lo que fueron en la década de los noventa “Las Big Six”? Así eran llamadas por esa época las seis consultoras internacionales de auditoría más importantes del mercado. Eran firmas muy reconocidas y era muy común que los recién recibidos de carreras afines (ciencias económicas, ingeniería y demases) aspirásemos a trabajar en alguna de ellas para sentirnos pichones de Donald Trump por un rato. Es que ingresar a esas compañías era algo difícil, y yo creo que en parte fue esa la razón por la que me resultó muy tentadora la propuesta de entrar a una de las más grandes de las seis. Solamente para demostrarme a mí misma que podía hacerlo: “¿Por qué no?”. Con veintipocos años, si querés ver qué hay dentro de un agujero negro, metés la cabeza en ese pozo oscuro y sacás tus conclusiones de la experiencia sin hacerte demasiado rollo. Y eso fue lo que hice: meterme hasta el cuello en ese enjambre de aprendices de ejecutivos para ver qué había por allí. Por pura curiosidad. Y mi curiosidad y yo permanecimos allí instaladas casi dos largos años.
Así que con el título flamante -chorreaba tinta fresca-, me postulé y fui aceptada. Y entré a formar parte de un ejército bien organizado de consultores administrados con una estructura jerárquica envidiada por cualquier hormiguero respetable: había Novatos de Ojos Grandes, Viejos Sobrevivientes Sin Actitud de Winners, Coordinators Que Querían Mostrarse Muy Estresados, Managers Muy Trabajólicos y Socios En La Cima. Toda una pirámide de elegidos, subiendo una escalera que iba desde los puestos bien masificados a los híper exclusivos.
Yo, como Novata de Ojos Grandes, me asombraba de todo, aprendía muchísimo y dejaba que durante más de doce horas diarias estrujaran mis neuronas, mi sangre, plasma y todo lo demás que pudiera dejar ahí adentro. Viajaba de acá para allá como bola sin manija haciendo auditorías en distintos puntos del mapa, y si bien el sueldo no era muy bueno, no tenía muchas ocasiones de gastarlo (porque cuando salía del trabajo estaban todos los negocios cerrados, y el fin de semana me la pasaba yendo o volviendo de algún lado para ver a mi familia), así que ahorré como nunca lo hice ni antes ni después de trabajar en el Hormiguero.
Allí dentro, si tenías suerte, comenzabas a formar parte de algún equipo de trabajo estable y por ende, de muchas de las auditorías de ese equipo. Así dejabas de estar disponible para cualquier proyecto “muerto” que te tuviera un año o más sin aprender nada, solamente haciendo número en un freezer oscuro y aislado del resto del mundo. Yo había ido a parar alguna vez al grupo de esclavos de Coordinator (manejaba muchas empresas grandes y le dedicaba muchísimas horas al día al trabajo). Coordinator respondía a las órdenes de varios Managers, entre ellos, un Hueso Trabajólico muy Duro de Roer, y al que muchos le escapaban por la cantidad de horas extras que exigía de sus subordinados, los gritos que pegaba para llamar a uno u otro -no se le pasaba por la cabeza llamar a alguien por un interno- y su estilo de trabajo quizá poco empático -sobre todo, comparado con otro tipo de líderes del estudio que tenían una onda más a lo “caudillo sudamericano“. En conclusión, Duro de Roer aparecía realmente un hombre bastante temible, digamos que no era “Novatos Friendly”.
Un día el estudio alquiló un auto para que fuésemos rumbo a Mar del Plata a hacer una auditoría los tres (Duro de Roer iba por apenas 24 horas para asistir a un par de reuniones, Coordinator y yo íbamos a trabajar por un tiempo más largo) porque el aeropuerto ese día estaba cerrado por refacciones (había que remozarlo para los Juegos Panamericanos) y nosotros no podíamos postergar el inicio del trabajo simplemente por no poder viajar en avión. Así eran las cosas en el Hormiguero.
Eran las seis de la mañana del “Día D” y ya estábamos los tres en viaje: Coordinator manejando en silencio, Duro de Roer analizando frenéticamente varios balances a su lado, yo en el asiento de atrás, contestando su metralla de preguntas mientras me bamboleaba con el movimiento del auto.
Tengo un secreto que debo confesarles a ustedes como en ese momento lo hice con Coordinator y Duro de Roer: si leo en un auto en movimiento, siento instantáneamente mareos y náuseas. No lo puedo controlar, y menos a las seis de la mañana, sin haber desayunado -no había hecho a tiempo, me había tomado apenas un café negro como el petróleo a la carrera: nuestro apuro por salir era muy grande- y con la metralla cuestionadora de Duro de Roer funcionando a toda máquina.
Le recordé a Duro de Roer que me estaba sintiendo algo mareada. “Sí, sí” -contestó él, sin darle importancia- “sólo una cosa más: fijate acá, estos ocho millones – me puso un papel lleno de cifras delante de los ojos- recordás cómo llegaste a ese número, y cómo se descompone?”
La única descompuesta que se me vino a la mente llevaba mi nombre y apellido. Automáticamente lancé sobre el asiento trasero del auto y sobre mí misma el vómito más abundante, sorpresivo e infeliz de toda mi vida.
(y esta historia continuará).



nespresso, mails, kiosko.net, blog de vero
estas entre mis lujos,
Gracias, Fer! Ahora vos estás entre los míos, también.
noooooooooooo, no me dejes asi!!!…….esto parece LOST!
En Lost estarán un poco mugrosos últimamente, pero al lado de cómo quedé yo después de mi “performance”, ellos parecen los Von Trapp de prolijitos…
Vero…. me hiciste reír mucho con los nombres.. “coordinator” y “duro de roer”…. Me acordé de esa petrolera que fue privatizada en los 90… justamente en la que nos conocimos….
Espero ansiosa la 2º parte… Bsos!
Bueno, ahora que lo pienso mejor, de nuestros años en el estudio vos y yo sacamos… nuestros actuales maridos!!! Tannn mal no salió todo este asunto, Gaby, no? La próxima va la segunda parte de la saga que podríamos llamar: “cómo salir de un auto nadando en vómito y sobrevivir a la experiencia: manual de instrucciones”.
¡Ay, qué mal momento!
¿Y qué pasó?
Besos
Pasó que no hubo aromatizador suficiente para contrarrestar el olor de ese auto, Amanda! En el próxima post va relatado el minuto después, y algunos más también.
Cariños.
¡Glujis! qué asquete… pero bien merecido se lo tenía el hombre…
Disculpe si hoy no le mando un beso…
Jaaa! Bueno, digamos que era “crónica de un vómito anunciado”, no? Duro de Roer TENIA QUE SABER que eso podía pasar: yo ya se lo había advertido. Lástima que el lanzamiento fue tan sorpresivo que no me dio tiempo ni siquiera a avisarle a Coordinator que parara el auto así yo podía abrir la puerta y vomitar en la ruta, no? Pero todo ese asunto hubiera demandado demasiado tiempo para mi urgencia tan inoportuna.
Entiendo perfectamente que evite el saludo bien cercano por esta vez, no se preocupe. Está más que disculpada.
Las olas y el vómito, sucundúm, sucundúm.
Segunda parte por favor.
Pato, Pato, Pato… pero si toda la familia ya conoce la historia. Conste que esto es que estás “exigiendo” es por puro morbo!
Cuántas historias de Residencia vienen a mi mente con este relato! Los médicos sufrimos mucho los primeros años y todos parecen Duro de Roer! Espero ansioso la continuación…
Me tranquiliza saber que hay muchos “Duros de roer” en este mundo, porque si hubiera uno solo, midió, la pregunta que viene de cajón es: ¿cómo es que justamente yo me he venido a topar con él? Sería un abuso de la estadística, diría Borges. Ahora, si hay varios, mi querido doctor, entonces ya el asunto pinta más normal.
Pobre “Duro de Roer”, ya me está dando algo de pena. Veremos qué nos depara este personaje en el próximo post.
Me suena muy familiar lo que contás, y hoy a la distancia me hace reir mucho… He conocido algunos Duros de Roer en estos años… Pero nunca me ha pasado nada así con alguno de ellos, je!!! Espero ansiosamente la continuación de la historia!
Es que a veces los Duros de Roer fuerzan las cosas, no? Laburando así te llevan al límite a vos también, pero es que esa “es su naturaleza” y no sé hasta dónde pueden cambiar. O hasta dónde quieren, no?
Cariños.
Como entra uno en esos enrosques laborales?… A veces me pregunto como es que logran que tanta genta ajena, porque desde los socios en la cima, creo que son todos empleados, sin embargo, logran imprimirle al trabajo una vorágine que se transmite hacia abajo. Algo asi es donde yo trabajo, y nunca deja de sorprenderme, y a veces llego a preguntarme como es que toda esa gente que dejó hasta el alma ahi dentro, pasa a ser uno mas, invisible y anónimo cuando se jubila y se va… y ya no importa cuanto dio o cuanto dejó en el camino.
Que bueno que solo fueron dos años!
lo que te pasó en el auto, me pasa también, solo que nunca llegué a ese extremo, logro parar el auto antes!
espero la segunda parte!
un beso
Es increíble cómo uno “deja el alma”, como decís vos, en determinados contextos laborales donde la cultura de la organización fomenta esas cosas. Y lo peor es que no admite que estés adentro y no sigas ese ritmo.
Tema vómito: yo creo que también pasó porque yo era muy chica y me sentía como un pollo mojado en esa situación. Si me hubiera puesto más firme en mi postura “esto me hace mal”, no hubiera llegado la sangre al río, o el vómito al auto.
A eso es lo que la gente le llama “vomitar una respuesta”?
Eso les pasa por no querer entender que la nausea venia y venia…
el que avisa no traiciona…
Esperamos furiosamente la 2da. parte…
Jaaa! “El que avisa no traiciona” es buenísimo. Pero tuve un momento de flaqueza: hasta yo me creí que NO IBA A VOMITAR PORQUE ESO NO PODDDIA SER POSIBLE en ese momento, en el que estábamos a full con los ocho millones. En fin, Duro de Roer tuvo que “ver para creer”… y yo también, no?
Y bue…una no puede ser glamorosa todo el tiempo….
No, verdad? A veces no se puede ser pero ni un poquito!
Bien merecido lo tenía don “Duro…” no te dejaba en paz ni un minuto.
Evidentemente para él los empleados eran plantas. Me gustó el comentario de Ana, cómo cada uno deja el alma ahí adentro y sigue siendo invisible para estos Duros.
Espero ansiosa la 2da. parte. Cariños.
Silvina.
Bueno, el “no dejar en paz” tampoco era muy personalizado, eh? Trataba a todo el mundo del mismo modo, pero convengamos en que jussto tuvimos que ir en el mismo auto una persona nauseosa y un trabajólico. Mala combinación.
Jajaj… ¡Buena experiencia!
Te confieso algo: yo tampoco puedo leer en un transporte en movimiento.
Si algo de bueno sacaste de ese trabajo, seguramente fue haber ahorrado unos dinerillos y me imagino que la experiencia que te dio en esos dos años.
Todo sirve. Siempre.
Besos y que tengas una linda semana.
Gracias, Fabi! Sí, me dejó una buena experiencia de trabajo y algo de dinero que nunca tuve ocasión de gastar… hasta que cambié de trabajo, obviamente!