Es de noche y llueve en Buenos Aires. Tormenta esperada, fuerte y decidida, con truenos bien ruidosos y garras de gotas espesas y todo lo demás, como esas que se presentan en las películas de terror justo antes de que aparezca el asesino serial en primer plano.
Cucurullo y yo tuvimos un lunes muy largo: estamos muertos de sueño y queremos acampar en nuestro cuarto, al fin. Ya es muy tarde. Nos miramos y nos movemos con gestos de complicidad bien sincronizada, porque adivinamos qué es eso que los dos nos merecemos y andamos buscando desesperadamente: un momento de descanso silencioso, armónico, como los que solíamos tener cuando éramos un binomio parejil (o perejil?) bien simple y sin “familia a cargo”, cuando éramos más bien egoístas y pensábamos solamente en nosotros mismos mientras creíamos ser muy buenos porque festejábamos San Valentín (no San Valiente, como festejamos ahora).
Queremos tendernos en nuestra cama, cerrar los ojos, respirar profundo. Visualizamos anticipadamente el momento, como invocándolo: necesitamos que ese descanso finalmente ocurra.
Al primer intento de irnos a dormir vemos a Carola (nuestra cachorrita de raza “paticorta“) que arrastra con el hocico su inmundo almohadón rojo desteñido (un souvenir de algún festejo de San Valentín canino, tal vez?). Los truenos la asustan y pretende colarse en nuestro cuarto para ahorrarse la desesperación provocada por esta lluvia intensa. Rarísimo, en esta casa no se ven películas de terror: cómo sabe la perra que la lluvia atrae el peligro si Hollywood no le ha pasado el dato? Instintivamente busca el costado de mi cama: Cucurullo de vez en cuando tiene vocación de Stalin y se le da por expatriar del cuarto a cualquier bicho que camina, cuantimás a Carola, que cada tanto hace soberano escándalo orillero. Por eso es que el hombre cae bien fácil en la tentación de mandarla a Siberia. O al jardín, o a la cocina, o a cualquier otro lado en el que no se la tropiece dormido cuando se levanta para ir al baño. No es nada personal, simplemente se obstina en no guardar perros en nuestro dormitorio. Bastante entendible, después de todo.
Así que Carola tarde o temprano tendrá que buscar otro refugio contra el temporal, eso está clarísimo. Trato de explicárselo al pobre bicho, que sigue aferrado a su almohadón.
A los pocos minutos aterriza Mile de un salto sobre nuestra cama, con sus trenzas y sus cuentos (no hemos podido deshacer los nudos ni de unas ni de los otros, todavía: cabello que desenredar, cuentos que terminar de contar, perros que desterrar del cuarto… a qué hora termina esta noche toda la movida de “todo el mundo a dormiiiirrr”?)
Pienso en mi vida anterior a ésta. Recuerdo cuando definir el término de la jornada para irme a dormir era una decisión tan individual… ahora se trata de una secuencia encadenada de pasos en la que todos tenemos que movernos de un lado hacia el otro para lograr el cometido de poder recostarnos en la cama tranquilos, con la sensación de que podremos permanecer ahí por un buen rato.
Pero todavía no, todavía hay tareas pendientes: después de cumplir con toda esa liturgia doméstica podremos desparramar las piernas y los brazos entre las sábanas, encender el aire acondicionado y, finalmente, escuchar la lluvia caer del otro lado del vidrio.
Y me doy cuenta de que esto es una familia: cuatro en un cuarto en la penumbra en una noche de viento y truenos, desenredando trenzas y contando cuentos, haciendo la vista gorda al almohadón rojo tendido en el piso, mientras el resto de la casa vacía desanda nuestros pasos de todo el día. Y nosotros, de uno en uno, enhebrando la noche entre sus rincones, nos vamos moviendo lentamente, acomodándonos en el tiempo y el espacio, a la espera de que la oscuridad no nos sorprenda tan solos.
P.D.: Sí, ya sé, llegará el momento en que para algunos en esta casa eso de irse a dormir volverá a ser una decisión individual. Porque sé que a veces pasa que los hijos crecen y se mudan y los cachorros se vuelven inmunes a la lluvia. Pero hoy no me lo recuerden, hoy quiero disfrutar de mi descomunal cansancio en familia.



Yo también tuve niñas a las que le leía en las noches y me invadían la cama, y también éramos cuatro. Pero el tiempo pasó y anoche (aquí no llovió), dormí sola, en una casa vacía, porque no sé siquiera, si yo estaba
Son los vaivenes de la vida, no? Por eso es bueno no quejarse del mucho trabajo que dan (tutti cuanti: la familia, la casa, las mascotas) y disfrutarlo todo. La soledad también, eh? Todo todo todo… está ahí y se queda en el cuore. La paleta entera, la sensación de haber visto todos los colores, es lo único que nos llevamos de souvenir cuando llegamos al final del viaje, parece. Cariños.
PD: Ojalá te encuentres cada vez que te busques en tu casa y creas haberte perdido.
Buenísimo, Vero! Pienso que la lluvia nos pone en contacto con lo natural y sus vaivenes, por eso nos pega más en lo emocional. Y somos chiquitos frente a la naturaleza y sus fenómenos, por eso tal vez intentamos sumar fuerzas acercándonos, cambiando la soledad y el temor por la alegría del encuentro y la contemplación. JMB
Uy, recién escribí la palabra “vaivenes” en mi respuesta a Adriana, y ahora la leo en tu comentario. Yo también siento que es así, es eso del vaivén. Y ayer en medio de los vaivenes de la naturaleza y de la vida dejé de quejarme por ese proceso de “hay que irse a dormiiiirrr” tan largo y charlado que sucede a veces en esta casa, y aprendí a disfrutarlo un poco más. A veces pasa. Que se aprende algo, digo.
Cariños, Juan Manuel.
La litera suele aparecer como símbolo erótico en la cultura televisiva. Pero también es un lugar de encuentro, en situaciones VeroMolinianas/lluviosas.
Descubrir que los hijos nos buscan como reparo, frente a cuestiones tan naturales, como una tormenta, nos vuelven mas humanos y vemos que está en nuestros genes la protección (que alguna vez fue miedo).
Cama, lluvia y reencuentro. No desde el lugar común, sino desde lo profundo de los afectos.
¡Que llueva, que llueva!
Jaaa! Bueno, “la litera como símbolo erótico”, lindo tema de composición al mejor estilo “mis vacaciones” en el colegio, no? Algún día tendré que escribir un post con ese título, ya me quedó grabado, Quique, siento tener que robártelo en algún momento.
Parece que tendremos un año bien lluvioso. Supongo que aprenderé a compartir un poco más nuestra “litera como símbolo familiar” de encuentro y protección. De vez en cuando, por lo menos.
Cariños.
Me pasa exactamente lo mismo…..con valentino, con el perro no tranzo….afueraaaaa de la pieza!!!!.
Pero en el fondo me encanta escuchar los pasos de mi hijo a las 2 am (siempre es esa hora no se por que) acercandose y ver la sombra de el con la almohada bajo el brazo diciendo si puede venir un ratito……..me mata!!!!
Antes esperaba que se duerma y lo llevaba devuelta a su cama…….obvio al rato volvia…..ahora ya no ,cuando el viene el que agarra la almohada bajo el brazo y se va soy yo..(la cama es grande pero a el le gusta dormir cruzado)…..mientras la doña duerme ¡obvio!.
Vero me encanto lo de:
…….mientras el resto de la casa vacía desanda nuestros pasos de todo el día. Y nosotros, de uno en uno, enhebrando la noche entre sus rincones, nos vamos moviendo lentamente, acomodándonos en el tiempo y el espacio, a la espera de que la oscuridad no nos sorprenda tan solos….
MUY BUENO!!!!!
Gracias, Javi! Me mató lo de Valentino: qué lindo el gordito con su almohada yendo a buscar el acurruque con sus padres…
Acá a veces hacemos esos enroques que vos contás: uno de los dos -el más despierto- se va a la cama de Mile y ella se queda toda despatarrada en nuestra cama, dormida y feliz.
Son situaciones de emergencia, bien excepcionales. O eso queremos creer, al menos… jaa!
¡Eso te iba a decir! Lo de tu posdata… Una, después, extraña…
Y eso que acá todavía somos tres, pero ya lo veo venir al momento, ya lo veo… Pronto quedaré esperando que sean los nietos los que vengan a no dejarme dormir tranquila, habráse visto, mocosos pelandrunes y todo lo demás…
¡Besos!
Pero sí, Milenius! Ya verá cómo con el tiempo vendrán esos futuros mocosos a colonizarle la casa. Por ahora, buenísimo que puede disfrutar de esos hijos maravillosos que por ejemplo hablan dormidos (o sueñan despiertos) y le cuentan todas esas cosas tan interesantes que usted después transcribe en su blog (no pretenderá que alguno les interprete los sueños, no? Mire que eso es muy joddddiddddo…)
Un lunes como ayer… la decision de apretar STOP e irme a dormir es individual completamente (los dias que duermen mis hijos en casa, hay rituales “pre-dormidez” como masajitos que a Joaquin le encantan o simplemente un poco de mimos al borde de la cama para que concilien el sueño).
Ayer volvi completamente empapado, casi igual que cuando el gomon me sumergió días atras en mis vacaciones en Cataratas. Identico. Vine literalmente navegando con el auto por la calle Yerbal, metiendo primera “yquesealoqueDiosquiera”. El miedo no es tonto y saqué un poco de coraje y un poco de cabeza-fresquismo (ahora que lo pienso navegar en primera fue totalmente delirante) y me senti muy chiquito frente a la naturaleza.
Cuando llegue a casa, feliz de pisar terreno conocido sobrevino el ansiado STOP y a dormir!
Pero extrañé horrores el abrazo de Nacho o de Joaquin al borde de la cama… y el vecito de las buenas noches al “Indiana Jones” de la jornada!
Sííí! Sé de varios casos de vuelta a casa bien aventureros en ese lunes lluvioso… qué bárbaro! Me alegro que hayas podido capear el temporal, literalmente.
Los besos de Nacho y de Joaquín llegan siempre, antes o después. Y con cualquier “b” o “v” (ya vi tu fe de erratas de ahí abajo).
Cariños, mi querido (y ya seco) Indiana Jones.
Esta bien que me moje, pero las neuronas creo que funcionan.. BESITO quise poner (… y no vecito como leo ahi escrito).
Besitos o vecitos a todos!
Marcelo
Noooo…disfrutalos a plenos esos momentos!!! son lo mejor que tenes, los que te llenan el alma y los guardás en el corazón…tenes la eternidad del resto de tu vida para dormir!!!
un beso
Jaaa! Bueno, entonces sigo muy en serio tu consejo, Ana: con ese argumento, me convenciste! Por la eternidad del resto de mi vida… caramba, en ese caso puedo esperar. Bastante puedo esperar. No hay apuro, eh?
Cariños.