Nuestro hombre espía por la mirilla con pavor, indignación y ese sentido de la ofensa que nos embarga las entrañas cuando pisotean nuestros derechos, las convicciones o incluso las mañas, según lo exigente que sea uno con estas cosas.
Nuestro hombre desconfía de los otros hombres, de sus intenciones y sus razones, y por eso mismo tiene una mínima relación con ese mundo de ellos. Por algún motivo -hoy ya olvidado- no le cabe en el cuerpo una sola falta de respeto más. No está de ánimo para tolerar un exabrupto del prójimo desde hace ocho años, cuando la muerte de su madre lo dejó solo de soledad absoluta, desnudo de palabras, vacío de urbanidad.
Nuestro hombre vive en un departamento mínimo, despojado, siempre a oscuras, en la planta baja de un edificio antiguo y maltratado por el tiempo. Nuestro hombre lleva la vida de un monje trapense: a veces entra al mercado, se sirve lo que necesita, paga y se va. Cobra una vez al mes su renta mínima en el banco y guarda esos pocos pesos en una media, siempre la misma. Saca algo de la media cuando necesita comer o comprar velas. La media está abultada, de todos modos: sus ingresos son magros, pero sus necesidades son menores todavía. Subsistir renunciando a casi todo, menos a la respiración, es casi tan barato como estar muerto, pensó. Estiró los labios, como si sonriera, pero se tensó de pronto: se estaba distrayendo, y no podía descuidar su atenta observación del pasillo.
Nuestro hombre no lee los diarios, no escucha radio ni ve televisión. Tiene una mirilla en su puerta que tantea con sumo cuidado: hay un hombre –porque sabe que es un hombre, esas pisadas tan vehementes no son de mujer- que sube las escaleras con ritmo estrepitoso, todas las noches de lluvia en la que se corta la luz, y apaga la vela. Esa vela que nuestro hombre enciende con un resentimiento casi visceral para iluminar las escaleras de la planta baja, sabiendo que él –el otro- pasará con su carrerita veloz, silbando o tarareando, pero siempre haciendo ruido, como una sortija de calesita. Por descuido o crueldad, por la corriente de aire que se generará a su paso o por su firme intención de soplar sobre la llama, el otro apagará la vela, todas y cada una de las veces. Descuido o crueldad? Nuestro hombre quiere saberlo con la urgencia que tiene cualquier obsesión, quiere tener esa respuesta –la última- dentro de su mente: los hombres le hacen daño a los otros hombres por odio o por simple ignorancia? Es el otro un animal ciego y torpe, sin corazón y sin espíritu, de esos que pasan por el mundo destruyéndolo todo como zombies y que al cabo de una vida larga o corta como un sueño estéril, se mueren sin saber nunca qué consecuencias acarrearon sus acciones? O por el contrario, el hombre lo sabe y se ríe de todo, conciente de su poder de destrucción sobre los demás? Detrás de la puerta, colgado a la mirilla por una cadena invisible, es la respuesta a esa pregunta lo que le da terror, lo paraliza y le hace evitar, dolorido, el contacto con el mundo.
Nuestro hombre no entiende por qué pasa lo que pasa en el descanso de la escalera y sigue aferrado a la mirilla. Una vez vio un largo gabán desfilando por lo alto de la escalera, otra vez un par de botas corriendo desesperadamente, y por último, hace ya algunos años, un paraguas negro sacudiéndose en el pasillo como una flor muerta. Y el silbido o el tarareo, rebotando contra los escalones de mármol, y un ruido como de risita seca, o una tos. Pero nunca llega ver la cara del otro, esos ojos que tienen la respuesta del enigma.
- Qué locura – piensa nuestro hombre-, todavía no entiendo si es un imbécil o el mismo diablo.
El otro, el que sube, suspira su risita seca: otra vez una vela encendida en medio de la escalera. Se le acelera el pulso, como siempre que esto pasa, a causa del pavor y la ternura. Se tranquiliza: lo único certero en su vida es que la vela aparecerá, con cada apagón de cada noche de lluvia, para recordarle que hay apenas algo, en su vida horrenda e inútil, que siempre sucede de la misma manera. Siempre. No importa que lo demás sea todo un caos. Por qué lo hará quien sea que lo esté haciendo? Por qué dejará encendida una vela que sabe que no sobrevivirá a su paso? Con qué secreta esperanza? Por pura costumbre, con dolor, con una tristeza crónica, la apaga. No quiere que nuestro hombre sepa que en la pobreza de su vida –la del otro- su única alegría es ver esa vela en cada oscura tormenta.



Me encantó Vero! muy original. Un beso
Gracias, Sil! Besos gigantes para vos también!
MUY BUENO VERO!!!!…ES TUYO???………
Sí, es mío, como la celulitis y las canas… ja! Lo hice para un taller de Laiseca el año pasado. La consigna era: escribir “algo” que se centre en un hombre que pasa por una escalera y apaga una vela. Y salió este cuento. Cariños!
ME GUSTA, ES BIEN OSCURO, ME HIZO ACORDAR A “MEMORIAS DEL SUBSUELO” DE Dostoyevski………JA!!…QUE COMPARACION , CASI NADA!!!
TE FELICITO!!
guau, qué comparación, gracias! Es el estilo oscuro el que te hace hacer esas asociaciones, y es que Laiseca me había contagiado, por esos días, con su halo truculento…
Muy bueno el cuento. La vida de los otros, porque la de uno no existe…que terrible, cuanto mas fácil sería abrir esa puerta y preguntar, hablar, ofrecer y hasta entender… pero, que pensará el hombre que tiene que arriesgar o llegado el caso, que perder?
me gustó mucho!
un beso
Sí, es una “historia de amor” entre perdedores, no? En el sentido de que uno pone demasiada expectativa en lo poco que ofrece -porque no tiene nada más- y el otro pone demasiada expectativa en degradar y maltratar lo que le es ofrecido -para no dar a entender que tampoco tiene nada más.
En fin, es lo mismo que me dice siempre mi mamá: “las relaciones humanas son tan complicadas, nena”…
En un primer momento no comprendí el escrito, pero luego de ver la aclaración que salió como parte de un laburo pal taller Laisequiano, la cosa empezó a cobrar mas forma.
Me suena mas de Laiseca, que veromoliniano. Obviamente, la escritura depende del yo y su contexto, y no es lo mesmo la bitácora, que el duro ejercicio del lápiz, papel y el tallerista frente a la hoja en blanco. Es un cuento, no nacido do peito, sino bajo una consigna precisa. Por cierto, bastante compleja. Además cobra el tinte de “Cuentos de terror”, y veo al lungo y bigotudo hombre de Camilo Aldao, narrando bajo un cono de luz, en su incesante fumata, contando el veromoliniano cuento. ¿Y por-qué no? Laiseca es un ser especial, hube de descubrirlo, precisamente desde aquel precioso micro que iba por I-Sat a las 23 hs. Genial narrador, de impecable actuación en “El artista”, peli de Mariano Cohn y Gastón Duprat, y cultor de forraje de los libros de su biblioteca con pelpa blanco. Unos argumentarán que será pa’darle igualdad de oportunidades y no verse influenciado a la hora de la lectura, otros dirán que es pa’ no prestar los brolis, habrá quienes digan que procede de tal modo pa’ ser indescifrable, y otros pensaremos que es un raye personal.
Llueve, se cortó la luz, y la batería de esta máquina de escribir moderna está por agotarse. Y pa’ colmo de males, se me acaba de apagar la luz de la vela: ¿casualidad, o sincrodestino?
jaaa! Sincrodestino, claramente! No vamos a ir por menos en este blog, sobre todo si podemos interpretar como querramos estas cuestiones! Laiseca es un per-so-na-je (de Poe, claro), me encantó hacer el taller con él, y esa forma de decirte “escúchemé, tesoro…” cuando te va a hacer la crítica de un cuento, con un tono muy ambiguo y moroso que suena mitad a levantada de peso y mitad a galantería de señor decimonónico dedicada a tallerista del sexo femenino, jaaa! Y es un profesor que propone ejercicios bien complejos, cada vez más torcidos según van pasando las clases. Yo, obviamente, refunfuñaba por lo bajo -en los primeros encuentros, luego fue en voz alta- por lo chinos que eran sus ejercicios. Y él retomaba el “escúchemé, tesoro”, para terminar su alegato con un “va a ver que no es tan imposible de hacer como usted cree”. Al final, un hombre de fe, el maestro del terror. Irónico, no? Ja!
Gracias, Zilniya, como siempre tan generosa con este blog, eh? Cariños, muchos, desde donde quiera que leas esto… los territorios de Twitter son insondables para mí, todavía!