Monthly Archive for Junio, 2010

De qué hablamos cuando hablamos de un blog (de un año)

vuela libreDesde el 30 de junio del 2009 (fecha de inicio de este blog) este espacio acumuló 257 entradas publicadas y 3.970 comentarios escritos entre tutti cuanti. ¿Cómo puede ser? ¿De qué hablamos TANTO, me cuentan? Yo no lo sé exactamente, no podría explicarlo.

Como las mejores cosas que me han sucedido en la vida, este blog fue algo que inicié con más dudas que certezas, por causas que nada parecían tener que ver conmigo, y que sin embargo sostuve en el día a día con más voluntad que paciencia. :-D

He inventado nociones de tiempo de lo más inverosímiles para dedicarle a este blog un rato diario, a pesar de… de todo lo otro que es la vida. Pero de éso (del tiempo, “todo lo otro que es la vida”) hemos hablado también en este espacio que contiene muchos tópicos hilados unos con otros en forma bastante caprichosa, como sucede, todos sabemos, en cualquier charla de café amable y cotidiana con amigos.

Cada vez que publico una entrada nueva me digo: “y bueno, listo, ahora no tengo nada más que decir”. Y ese “no tengo nada más” es un cero absoluto, termino de escribir y me siento vacía, como si este blog fuese un gigantesco Pensadero (palabra robadísima a Harry Potter) en el que deposito cualquier idea capturada por la sesera bajo el riguroso método del azar, tal como se atrapa un insecto que anda dando vueltas en pleno verano. Y entonces, una vez apresado el minúsculo bichito y depositado aquí adentro, me quedo sin nada, ni una sola idea para “más adelante”.

Y sin embargo, los temas -entre ustedes y yo- siguen apareciendo. Y así es como, sin promesas de eternidát, nos seguimos tomando frecuentes cafecitos virtuales por éste y otros blogs.

Por consideración a los comentarios -escritos con generosidad, franqueza y absoluto sentido común- desde hace un tiempo he espaciado la publicación de entradas nuevas (día por medio, en vez de todos los días): no tiene sentido postear continuamente y que todos los comentarios que ustedes han dejado el día anterior no tengan oportunidad de leerse, no? Eso es tirar margaritas a los chanchos y no, no se hace: en mi familia si se enteran, me matan… en cuestiones como éstas, tengo por bien aprendido lo aprendido.

A los que leen, a los que comentan, a los que siguen a los que comentan (por charlas de café “en el mundo real” me entero de que los comentaristas habituales tienen sus “hinchadas”, también, aunque espero fervientemente que desistan del uso de las vuvuzelas para alentarlos), a todos mil gracias por andar por acá, así sea con frecuencia o sólo de vez en cuando. Nadie tiene tiempo que perder, así que el hecho de que pasen y lean, vuelvan y participen, es un honor misterioso y sobre todo, un gesto de parte de ustedes que me emociona un poco.

Este blog es como un hijo sorprendente que viene de uno pero va más allá de uno (bueno, como todos los hijos, no?).

Los amores de los Otros que son igualitos a los de Uno

marriagesResulta que Vos Estás en Pareja hace Mil años, o Dos mil, ponéle: nació Cristo y vos te casaste de blanco ese mismo día (hubo gente que no supo con qué acontecimiento social cumplir primero: si darse una vueltita por el Pesebre a dejarle a María el regalito comprado en el shopping -con descuento- para el Sacro Baby, o pasar por tu Boda y desearte felicitudes). Así que por esa época andaban los tres (Cristo, Tu Marido y Vos), recibiendo bendiciones, confites y regalos por doquier.

En Dos Mil años pasó de todo: “sobre esta roca edificaré mi Iglesia”, dijo el Hijo del Hombre a los Apenas Dulces 33. Y vos edificaste -sin ánimo de compararte, claro- una Pareja, una Familia, una Casa. Pusiste un Ladrillo sobre el Otro, una Planta en un Rincón, una Vela al costado de la Chimenea.

Tu Marido construyó una Cuna y Esperaron juntos al Retoño (pasaron por la Tensa Espera de Esperar la Espera, y la Dulce Espera de las Nueve Lunas). Adoptaron un Perro y un Gato y prepararon Mamaderas por doquier: para el Niño, y para las Mascotas (que tomaban leche con gotero).

Y un día de improviso te llama por teléfono tu Amiga Solterísima (a la que le dura más tiempo un par de medias que un novio & que no ves hace una centuria) para decirte:

vals- No sabés, el sábado conocí a El Hombre Ideal, y estamos Tan Bien, como nunca me imaginé que podía estar Con Alguien! Somos Dos Almas Gemelas, hay una Química entre nosotros que… me parece que fuimos Pareja en Vidas Pasadas, también, porque vamos creciendo en Nuestro Vínculo como a Pasos Agigantados! Y te digo Todo Esto porque cuando estamos Los Dos Juntos -el Hombre Ideal y Yo-, siento que somos tan, tan parecidos a Vos y Tu Pareja! Idénnnticos! Por eso prefiero contarte todo esto a Vos Primero, y no a Mengana ni a Perengana, Mentendés? Porque Vos te vas a dar cuenta Como Nadie de lo Que Sentimos Él y Yo, Éllas Nidddea tienen. Y ya que estamos, ¿qué te parece si el Viernes Que Viene vamos a Cenar Los Cuatro? Vas a Ver que Ellos Dos Tienen Tanto en Común!!

Y Vos, con el Teléfono en la Mano Todavía, Fijás la Vista en Tu Pareja de hace Mil Vidas (no hay explicación racional acerca de cómo sobrevivieron juntos estos Dos Milenios, como las cucarachas) que inocentemente mira un Partido Mundialista, en Tu Hijo que ya hace añares que cambió la Cuna por una Moto, en tu Planta -ya es una Selva Amazónica-, el Gato y el Perro -Viejísimos los dos-, las Paredes de la Casa que (miracolo) se mantienen en Inestable Equilibrio… y Por un Instante Soñás con Ponerle todo el Kit (completo) de Sombrero a “Tu – Amiga – Que – No – Tiene – Ni – Idea – de – lo – que – está – Hablando”.

Cuánta gente “ASÍ” habita este mundo, pordió.

“Lo que ES” es lo que HAY, darling (no lo que FALTA)

AladinoMe pregunto si sé aprovechar todo lo bueno que me viene como “de regalo” en la vida, y también todo aquello otro que me costó conseguir (mucho me costó, en algún caso) hasta que finalmente se me dio: no importa si fue más suerte que cabeza, o más cabeza que culo, lo importante es que todo eso vino a mi vida y está ahí, a disposición de ser disfrutado. ¿Le doy el valor que se sigue mereciendo a Todo Lo Conseguido, ahora que “tengo por bien vivido lo vivido”? ¿Lo saboreo al cien por ciento?

Intuyo que soy de esas personas que destacan a cada rato que le faltan los cinco centavos para el peso. Y no es que sea quejosa (creo), ni necia (por eso les cuento que hay otros noventa y cinco centavos en mis manos), o pesimista, o que me invada una angustia espantosa por esas situaciones, sino que simplemente… sumo y resto. A cada rato. Porque son dos verbos que suelen colonizar mi cabeza un poquito obsesivamente (qué combinación de palabras, no? lo de “poquito – obsesiva – mente”). Es decir, llego a los noventa y cinco y el número “cien” anda por ahí, rondando, tan tentador élll, y entonces… y entonces qué creen que hago? RECLAMO LOS OTROS CINCO CENTAVOS COMO PROPIOS. Y Alguien tiene que hacerse responsable del faltante!

Entonces cinco centavos valen más que los otros noventa y cinco, porque son los que ME FALTAN.

Pero empiezo a exasperarme cuando me doy cuenta de que el asunto en sí no tiene lógica, porque desde tercer grado comprendo el concepto de “fracciones”, o más bien, las proporciones que alcanzan las cosas: si te falta algo, un algo que -recordemos- es solamente un algo inmerso en toda una gran cantidad de algos… ¿el asunto es para amargarte para toda la cosecha? Pareciera que no.

café3Esta semana han sucedido muchas cosas alrededor mío. Amigos que yo creía que estaban bien, viviendo vidas “soñadas” muy parecidas a cuentos de hadas -por categorizarlas de algún modo & sin entrar en detalles- me han confesado sus pesares, y son pesares de los gordos: historias que hay que respirar profundo para continuarlas día tras día con una sonrisa, porque implican algunas incertidumbres jodidas de administrar. Y así y todo lo hacen (lo de sonreír), y se inventan tiempo para compartirlas conmigo (sus historias y sus sonrisas). Conmigo, que sigo contando los cinco centavos que me faltan con precisión de relojero suizo. Y, seamos realistas, tal vez por poner tanto empeño en ese detalle podría suceder que se me escurran por el otro costado una parte de los noventa y cinco centavos acumulados, no es cierto?

¿Pero qué es lo que me pasa? ¿Por qué esa actitud casi maniática de medir faltantes? Intuyo que es “simplemente” (?) porque busco la sensación de estar completa, y la palabra “peso” como equivalente a cien centavos tiene ese gran atractivo conceptual, el de hacerme sentir completa. Pero como soy un ser humano (que es una clase de bicho muy retorcido, habrán visto), me parece que la sensación de poseer el peso entre mis manos durará lo que un suspiro en mi mente: si consiguiese lo que quiero, automáticamente volvería a subirse el listón de lo que pretendo y entonces (les apuesto un Toblerone entero), me volverían a faltar otros cinco centavos imaginarios “a estrenar”.

No sé si a ustedes les pasa o les ha pasado en alguna oportunidad, pero yo no quiero lamentarme más ni exigirle al cielo -o al infierno- lo que no ha sido y tal vez no sea. Y es que mis cinco centavos, me parece, no se presentarán nunca de la manera que pretendo, es decir, con el exclusivo propósito de completar mi “peso”. Porque los “cinco” y los “cien” son una trampa, o mejor dicho, una ilusión.

Tal vez me sean dadas mil millones de cosas, buenas y malas, algunas deseadas y otras ni siquiera imaginadas todavía… y sin que de ellas dependa mi felicidad. Y está bien. Está bien, está bien, pordiós que está bien así. Es la vida.

“Hágase Tu Voluntad” está bien. Y gracias por los noventa y cinco, ya que estamos: creo que nunca Te escribí un GRACIAS así de grande.

Un flash que hizo historia

en cada puerto

1945, Times Square, New York. Es el fin de la guerra, y todos festejan el asunto con una felicidad y un alivio como de hinchada mundialista cuando su equipo gana el partido.

Es un nuevo principio. Y la cámara de Alfred Eisenstaedt retrata una celebración única: una enfermera del Hospital de New York y un marino estadounidense se entregan en un beso impulsivo e irredimible, de esos derrochones que no se guardan nada (porqué guardarse algo?). Y la foto da la vuelta al mundo.

Ella es Edith Shain, él es uno de esos ilustres soldados desconocidos que a menudo vemos sepultados por ahí con pena y con gloria; pero esta vez el hombre salió ganando: nada de sepulcros ni honras fúnebres… el marino, vivito y coleando, inmortaliza aquél beso histórico en el más brillante blanco y negro.

Ella murió ayer, a los 91 años.

Y yo adoro (siempre adoré) esta foto.

Viajar al microcentro: post de protesta

distances – Ir en auto es caro y poco eficiente: hay que pagar estacionamiento, conducir con paciencia y aceptar las demoras y los embotellamientos con resignación. Lo único positivo es que tenés lugar donde depositar cosas: la notebook, carpetas y papeles, el bolso del gimnasio, las camperas que se sacaron tus hijos al llegar al colegio y que “no piensan volver a ponerse en todo el día” (¿Los chicos de ahora vienen con calefacción central incorporada? Ninguno “tiene frío”).

- Utilizar trenes o subtes: salen y llegan abarrotados, así que con suerte vas parado, sinó vas incrustado, colgando de los travesaños o flameando como bandera nacional en palco mundialista. “Llegar” llegás rápido, pero el desafío es llegar… sano, salvo, vivo.

- Morir en un colectivo: es el más triste de los finales. Como si te trasladaras en una lata de sardinas, con el ritmo cansino del “arrancamos – frenamos” cada dos cuadras (el chofer no sabe lo que es la “velocidad crucero”) y la constante invasión del espacio público & privado como única norma de inconvivencia… durante un rato larguísimo: más del doble de tiempo de lo que demorás en llegar con el tren o el subte.

- Taxi: caros, sucios y malos. Y los taxistas que te charlan son, en general, unos “esssageraos irredimibles”; en el mejor de los casos hacen silencio un rato para poder escuchar por la radio (en volumen furioso) los goles de Chechenia en el Mundial del ‘54. Mi fantasía es que algún día me toque un taxi como el de “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, la película de Almodóvar: con asientos tapizados en animal print y colirio para los ojos. Pero todavía no me ha sucedido…

Entonces, cómo hacemos para transportarnos al microcentro? La única alternativa que nos queda es abandonarlo todo e irnos a vivir al campo, para sobrevivir de lo que saquemos de la huerta orgánica de tomates y calabacines?

Mondo cane…

Nunca estuvo sola, pobrecita

y ahora qué A esta situación Alita de Caracol siempre le tuvo temor: la de nunca tener novio y ser una solterona por siempre jamás. Así que tuvo novios, muchos y desde chica. Se casó muy joven con el Matador y al minuto quince del partido llegó Rocío de Miel, su primer hija. Después vino Matador Segundo y, cuando se creía bordeando una incipiente menopausia, la realidad era que estaba embarazada de la última, Sol de Otoño.

Alita de Caracol quiso estudiar cuando era muy joven, también. Pero ya en quinto año del secundario la cosa se puso espesa: Matador, que era un novio muy celoso, le hizo un escándalo porque se iba de viaje de egresados a Bariloche con todo el curso (él había hecho el mismo viaje en su momento, pero bueno, él era varón y esas cosas no se le cuestionaban a los hombres), así que ella prefirió quedarse en Buenos Aires y saludar desde lejos al micro lleno de compañeros del colegio. Al año siguiente comenzó a estudiar Derecho en la Facultad, pero el asunto iba para largo y ella tampoco estaba convencida de que la carrera le gustara tanto. Además, Matador no tenía mucha paciencia para sus indecisiones vocacionales, así que en menos de lo que canta un gallo se casaron y fueron felices para siempre.

Ese siempre duró un rato más bien corto: los hijos demandaban tiempo, esfuerzo, dinero. Matador trabajaba muchas horas y traía su sueldo entero al hogar y, aunque era menos de lo que necesitaban para vivir holgadamente, Alita de Caracol sabía que con eso tendría que alcanzar, porque ella era madre a tiempo completo.

Entre tantas mamaderas y pañales, un día se dio cuenta de que hacía tiempo que no tenía una conversación adulta. Matador cada vez estaba más desconectado de ella: su máximo interés era sintonizar el canal de deportes cuando llegaba a casa, cansado del trabajo y fastidiado por el acoso permanente de los chicos.

Se hizo nuevas amigas y conocidas: las vecinas, las madres del colegio, las maestras de los niños y las mujeres de los compañeros de trabajo de su marido. Sus antiguas amistades de soltera se fueron diluyendo hasta casi volverse inexistentes: las continuas obligaciones la dejaban extenuada y navegando siempre las conocidas aguas de la rutina. Pero por lo menos, tenía toda esa gente nueva con quien hablar sobre sus temas cotidianos.

Alita de Caracol tenía mucho que hacer puertas adentro. Siempre. Pero un día hubo silencio en ese interior que iba más allá de sí misma: en una intersección impensable de tiempo y espacio no había nadie pidiéndole nada, ni ruido permanente, ni tele a todo volumen, lavarropas centrifugando, teléfono chillando o cuadernos que revisar. Sus hijos tenían ahora muchas actividades fuera del hogar, Matador tenía demasiado trabajo (desde hacía un tiempo volvía muy tarde, qué sugestivo, ahora que el fragor de la batalla en la casa era menos intenso él estaba más ausente que nunca) y cuando contó y recontó los años pasados en medio de tantas vicisitudes, el resultado arrojó casi dieciocho. Los sumó, restó y volvió a sumar: sí, eran dieciocho años así, sin detenerse un segundo a pensar.

Alita de Caracol no tenía una profesión, un oficio o alguien a quien acudir para que la ayudara a emprender un negocio, y sin embargo intuyó que empezaría a tener más tiempo para dedicarse a ese tipo de cosas: no comenzaba todavía el “síndrome del nido vacío”, pero las necesidades de los demás eran menos apremiantes. Y por eso pensó que tal vez le conviniera iniciar alguna actividad para sí misma.

Alita de Caracol tuvo miedo y se desesperó un poco. Cualquier cosa podría ser un nuevo comienzo: la facultad postergada, un trabajo nuevo, el gimnasio… aunque sólo fuera leer un libro de cabo a rabo.

Alita de Caracol se cansó de sólo pensarlo. Más tarde llegaría Matador, abriría una lata de cerveza, se sentaría frente al televisor y se sumergiría en su mundo de silencio e indiferencia.

Así que tomó una decisión: encendió la tele, sintonizó una novela y allí nomás, silenciosamente, se dejó caer.

La maldita costumbre de matar moscas con un Bazooka M1 (lanzacohetes antitanque portátil)

vomitarlo todo“Nunca discutan sobre política, fútbol o religión”, escuché en mi familia desde que yo era un chichón del piso. No digo que el mensaje estuviese mal, porque el objetivo era evitar que uno se agarrara de las mechas con la familia y los amigos en pleno asado dominguero, pero creo que acá vamos a estar de acuerdo en que lo fundamental es aprender a dialogar sobre cualquier tema hablando y escuchando con serenidad, comentando y dejando espacio al otro para que cuente lo que opina, también. Porque ya habrán visto que en este mundo hay más diferencias que coincidencias.

La gente que sabe dialogar de verdát puede abordar cualquier tema. Pero cualquier tema, eh? Lo tengo visto. Puede poner en palabras cosas increíbles: sabe sugerir o aclarar, explicarse sin agredir, exponer sus ideas en distintos niveles (el ascensor se detiene en el primer piso para el que entiende hasta allí, y en el tercero para el que va más allá). Y al hablar así genera empatía en los demás y comparte, en muchos casos, un ida y vuelta de valor con los que andan del otro lado de la fuente de achuras. Pero claro, para que todo eso ocurra lo principal sigue siendo que ninguno de los presentes se embale en el discurso y, menos que menos, que se caliente al cuete.

Para la gente de a pie -o sea, para nosotros- el asunto es que en muchos temas tenemos opinión formada ya desde el principio, habiendo leído o no sobre ellos, investigación mediante o a través de un simple “yo opino DE que”. Y si el que tenemos enfrente masticando concienzudamente mollejas y chinchulines nos declara abiertamente que está justo en las antípodas de nuestras creencias, más que compartir un amable diálogo sobre ellas, caemos en la trampa de pretender convencerlo de nuestros argumentos y de que él está equivocado.

Les cuento mis estadísiticas: nunca, en todos mis años de asado dominguero, nunca vi a nadie retractarse de lo que opinaba frente a una morcilla, y menos porque el otro lo increpara señalándolo con un tenedor y los ojos inyectados en sangre por el fanatismo. Así que habrá que dejar de intentarlo.

diferentesAyer leía ” De qué hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami. Y me encontré con lo siguiente que viene a cuento, más o menos: “… sea en la vida cotidiana, sea en el ámbito laboral, competir con los demás no es mi ideal de vida. Tal vez sea una perogrullada, pero el mundo es lo que es porque en él hay gente de todo tipo. Los demás tienen sus valores y llevan una vida conforme a esos valores. Yo también tengo los míos y vivo conforme a ellos. Las diferencias generan pequeños roces cotidianos y, a veces, la combinación de varios de esos roces se transforma en un gran malentendido. Como consecuencia de ello, se reciben a veces críticas infundadas. Y es evidente que no es agradable que te malinterpreten o que te critiquen. Te puedes sentir profundamente herido. Es una experiencia muy dura.

Sin embargo, a medida que uno acumula años, poco a poco va adquiriendo conciencia de que esas heridas y esa dureza son, en cierta medida, necesarias para la vida. Si se piensa con detenimiento, es precisamente porque somos muy distintos unos de otros por lo que conseguimos ponernos en marcha y perdurar como seres independientes. En mi caso, gracias a que todos somos muy distintos, puedo seguir escribiendo novelas. Puedo seguir escribiendo mis particulares historias porque, ante un mismo paisaje, capto aspectos distintos de los que captaría otra persona, y porque siento cosas distintas o elijo palabras diferentes a las que otro sentiría o elegiría. Con eso se produce también una situación inusual, y es que un número nada despreciable de personas toma en sus manos esas historias y las lee. Que yo sea yo y no otra persona, es para mí uno de mis más preciados bienes. Las heridas incurables que recibe el corazón son la contraprestación natural que las personas tienen que pagar al mundo por su independencia”.

Si nos encontramos con Haruki Murakami en un asado y resulta que el tipo piensa distinto (hay altas posibilidades de que eso suceda; de que piense distinto, digo, lo de encontrarlo en un asado ya es otro cantar), en fin, si nos lo encontramos por ahí, por favor, no le tiremos a matar con el lanzacohetes antitanques portátil. Al fin y al cabo, después de haber digerido tanto chorizo violento, ya sabemos que “cada uno es como es y anda siempre con lo puesto.”

La caída del cordón umbilical

imaginaciónEl problema de pensar en la autorrealización personal como un objetivo en sí mismo es que siempre terminamos hablando de nuestro propio ombligo. Y es que el cordón umbilical empieza y termina en el mismo lugar: el Ego. Y no tiene nada de malo que hablemos del Ego, solamente que sospecho que a veces el tema se torna monotemático. Y aburrido (el Ego no tiene sentido del humor, ése es su principal talón de Aquiles).

Yo creo que a una determinada edad, por lo menos, toda palabra que empieza con “auto” nos empieza a aburrir. A los casi cuarenta, pongámosle. O cincuenta. Pero es seguro que a los sesenta estamos hartos del término “autorrealización”, porque somos demasiado viejos para andar usando cordón umbilical, me temo. A eso es a lo que algunos intelectuales llaman “vacío existencial”, puesto en criollo: al hecho de que no haya nada externo a qué agarrarse que sea lo suficientemente firme.

En algún punto, pasados los primeros logros personales que defina cada cual, la primera juventud y las primeras ingenuidades (o encandilamientos) que nos tragamos con respecto al “deber ser”, las cosas tienen otra profundidad. Porque la realidad, antes o después se presenta en 3D. Y por eso los años nos obsequian los divinos anteojitos de la experiencia para que podamos ver la vida con otra perspectiva.

Y para disfrutarla sin cordones autorreferenciales. Porque una vez que nos graduamos de no sé qué carrera con diploma de honor, que logramos asentarnos con esa pareja que nos desvelaba de pasión todas las madrugadas, una vez que compramos la casa de nuestros sueños y tuvimos esos hijos tan deseados… entonces, qué? Eso era todo? Jugar al “Juego de la vida” y salir primeros?

Y está ahí la profundidad de los matices, también: puede que ahora nuestra profesión rutilante sea sólo un medio de vida, y no el nirvana presentado en pergamino. O que nuestra pareja cambie o cambiemos nosotros y hoy tirar del mismo carro implique otros esfuerzos compartidos inimaginables en el principio de los principios, provocando incluso que la relación se quiebre dejándonos a los dos con el cuore chamuscado. O resulta que la casa que tanto luchamos por conseguir está vacía la mayor parte del día y nadie la disfruta (excepto la empleada doméstica, la única persona que habita en todos los ambientes). O pasa que nuestros hijos hacen sus vidas aprendiendo de nosotros, pero no son “nosotros”, así que algún día de buenas a primeras ya son independientes y dejan la casa de nuestros sueños más sola todavía.

Entonces aprendemos a soltar amarras: ¿sos el Licenciado Fulano o el Doctor Mengano? No importa tanto a la hora de un diálogo mano a mano con el mozo del bar de siempre. ¿Van pasando los años y tu belleza no es tan fresca como a los veinte? Pues bien, tal vez sea hora de soltar la exigencia de ser la chica linda del condado: las puertas que hay que abrir ahora se abren con otras llaves, sin que el dinero o la perfección estética tengan que tallar acá. Porque no es un tema de status ni de poder. Porque no es un tema de Egos.

Y es que la pregunta es más profunda (estamos en 3D, recuerden que tenemos los anteojitos colgando de la nariz). ¿Cuál es nuestra misión? ¿Hay algo así como un objetivo trazado detrás de esta intersección de tiempo y espacio que cruzamos con nuestra existencia del día a día? ¿Sí? ¿ No? Tal vez no nos venga bajada la respuesta desde el cielo (sobre todo si no creemos en él, porque mal podemos creer en una encomienda especial enviada desde allí a nuestro nombre si desconfiamos del mensajero). Pero entonces, aún sin que haga falta creer en Dios, cabe la posibilidad de encontrarle un sentido a todo este asunto de andar viviendo más allá del chapoteo en la superficie.

Y es que en algún bolsillo interno de nuestra conciencia debe existir esa necesidad de inventarnos / descubrirnos / buscarnos un porqué, una causa, una necesidad latente que vaya más allá de los mandatos biológicos o de nuestra estructura de señores burgueses con tarjetas de crédito y cédula de identidad en la billetera.

¿Y por qué se nos ocurriría pensar que existe esa necesidad? Porque haría posible en nosotros la alegría profunda de sabernos parte de algo más grande, por encontrar la dignidad que tiene eso de dar sin esperar nada a cambio, ni siquiera la tan remanida “autorrealización”. Nada más que por dar algo a alguien, por esa cosa maravillosa de ser humanos relacionados con otros humanos, nomás. Por entender esa palabra gigante y tan extrañamente inaccesible a veces: amor.

Los ovarios al plato (pensamientos premenstruales)

contando los días“La igualdad de género” es un tema que me confunde un poco: ¿se tratará del cashmere y el cashmilon, que como empiezan ambos con “cashm” marean a más de uno poco atento a las cuestiones textiles?

Porque yo entiendo que los hombres y las mujeres debemos tener los mismos derechos y las mismas obligaciones ante la ley, de eso no creo que alguien pueda tener dudas. Ahora, fuera de esa declaración brillante que me acabo de mandar, no se me ocurre ninguna otra igualdad que debamos echarnos en cara entre nosotr@s.

Me refiero a que pareciera que somos bien distintos. Tan distintos que hasta puede que frecuentemente no nos entendamos (agreguémosle al asunto, además, nuestra pretensión simplista de ser iguales), y que por eso haya tantas rupturas de pareja, o gente sola -de ambos sexos- que no logra encontrar “así de fácil” un/a compañero/a para compartir su vida y su sommier de dos plazas.

Así las cosas, cuando escucho las tragedias afectivas de mis amigos y conocidos, les pongo el ejemplo de igualdát entre los sexos que yo acuñé para mi uso personal y que evoco cada vez que sueño con el día en que tal cosa ocurra:

Adán y Eva están en el baño. Al unísono, miran un Evatest y descubren que hay dos rayitas rojas sobresaliendo ahí, frente a sus ojos. Sí, el asunto es “positivo”.

Entonces se van a la cocina los dos tomados de la mano, felices y emocionados. Se sirven café y se sientan uno frente al otro. En silencio, abren sus agendas personales. Y entonces Eva pregunta, dulcemente:

- Bueno, amorcito, son nueve meses. Cuatro meses y medio para cada uno. Vos qué preferís: tener al baby en la panza las primeras veinte semanas, o las segundas veinte? Lo jodido de la primera mitad son las náuseas, los mareos y las posibles pérdidas, pero en la segunda tenés un pequeño problema de identidad, porque básicamente te transformás en una panza gigante llena de hormonas a punto de estallar que el dulce bombón patea desde adentro como Messi frente al arco. De todas maneras, ya sabemos que las dos etapas son maravillosas. En fin, vos, ¿en cuál de las dos mitades del embarazo te anotás?

Mientras Eva no esté habilitada técnicamente para hacer esa pregunta, mis querid@s, la igualdát entre los sexos (afectiva y efectiva) es un mero experimento antropológico sin pies ni cabeza, intuyo.

El mundo es redondo… como una pelota de fútbol

Africa Ok, empieza el Mundial, santodió. Yo entiendo que el asunto es así: un mes cada cuatro años el mundo se torna carnavalesco. Entonces, como escribe magistralmente Serrat en su canción, el barrio y el planeta son como una Fiesta de San Juan, donde ya nada es lo que parece:

“Apurad
que allí os espero si queréis venir
pues cae la noche y ya se van
nuestras miserias a dormir.

Vamos subiendo la cuesta
que arriba mi calle
se vistió de fiesta.

Hoy el noble y el villano,
el prohombre y el gusano
bailan y se dan la mano
sin importarles la facha….”

Cuando termine este mes tan futbolero “se despertarán el bien y el mal” otra vez, cuenta la canción también. Las fiestas alocadas son así, no tienen ni pies ni cabeza mientras duran (aunque en este mes usan botines, condición sine qua non para desplegarse sobre la gran cancha humana). Y aunque algunos pretendan que dure eternamente para no tener que pensar en los verdaderos temas de fondo & de siempre, la fiesta tiene principio y tiene fin.

Este país, tan apasionado por el fútbol, suele tomar estos acontecimientos con la desesperación del antiguo “pan y circo”, y eso es lo único que me desagrada de toda la movida del Mundial. Me molesta toda la basura que se va a esconder abajo de la alfombra mientras el equipo argentino siga en carrera, pero no por eso me voy a dedicar a cascotear la alfombra.

No hay con qué parar la emotividad masiva: arranca la maquinaria mundialista y nos invaden con el Waka Waka y hasta con los temas musicales de corte africano de la película Madagascar (juro que escuché alguno como cortina musical en el noticiero) y antes o después haremos todo lo que dijimos que nunca más íbamos a hacer: adecuar nuestros compromisos en función de los partidos en los que juega la selección, emocionarnos o desesperarnos frente a la pantalla, leer y escuchar una sarta gigante de idioteces sobre el tema. Y sobre todo, saturarnos de celeste y blanco en pleno invierno.

Las cosas son así cuando celebramos la Fiesta de San Juan.