Monthly Archive for Mayo, 2010

Todos los mundos, el mundo

otro mundoCuando yo era muy chica, en mis primeros años de colegio, tenía una hora semanal reservada a “labores”. Es decir (no se me caigan redondos de la impresión por lo que les voy a contar, pordió), en esa hora practicábamos distintos puntos de… bordado!!! (?) mientras rezábamos el… rosario!!! Qué me cuentan? Casi el mismo modus vivendi de Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez, pero más de ciento cincuenta años después. Todavía Cucurullo no me cree que yo alguna vez haya tenido el hábito semanal de enhebrar una aguja, porque en la actualidad evito los menesteres de costurera con la misma enérgica determinación que si luchara por mi vida. :-D

Es increíble las vidas que hay dentro de la vida de uno, no creen? Yo era esa misma persona de ahora, y sin embargo, totalmente distinta. Como durante aquél tiempo, estando en París, en el que me convertí en la amiga de una mujer india genial con la que me separaba, culturalmente al menos, medio planeta de distancia. Y qué medio planeta!

Ella se llama Mónica y es mamá de Mahi, que en hindi es el nombre que tiene esa línea del horizonte que separa la tierra del cielo (se les ocurre una palabra con un significado más hermoso para ponerle como nombre a una hija?). Mahi tenía algo más de dos años, y Mile era casi un año mayor, así que andaban jugando juntas por todo el Apart en el que vivíamos las dos familias: ella en un departamento en el segundo piso, con su marido y Mahi, y yo en el octavo, con Cucurullo y Mile.

Hablábamos en inglés, ya que Mónica no sabía nada de francés y yo apenas lo entendía (mi curso intravenoso en la Alianza Francesa recién dio resultado unos meses más tarde). Mahi a veces se olvidaba de que tenía que dirigirise a nosotras en inglés -idioma que dominaba como si fuese su lengua materna-, de modo que nos hablaba en hindi, pero cuando su madre -en el tono más amable que escuché en mi vida- le recordaba que no la entendíamos, pasaba al inglés inmediatamente, en medio de lo que estuviera diciendo… por lo que con Mile teníamos que deducir el sentido de esas primeras palabras perdidas para siempre en el limbo que para nosotras implicaba ese extraño idioma.

La experiencia resultó de lo más enriquecedora: Monica y yo proveníamos de culturas totalmente diferentes, pero convergíamos, de algún modo, en la forma de ver el mundo: con gran curiosidad, y con mucho sentido del humor hacia lo que nos parecía extrañísimo estar viendo.

Es que Monica, a quien por supuesto tuve que graficarle a mano alzada, sobre un papelucho, dónde estaba ubicada la Argentina, no podía creer que tuviésemos una concepción de la realidad tan distinta. Y yo tampoco.

En su país la gente cree en muchos dioses, se hablan muchas lenguas, y por supuesto, no se comen las vacas. Y claro, además son millones, todos apretujados en las ciudades más populosas. En el mío -le explicaba- se cree en un solo dios, se habla un solo idioma, y es el país en el que se consume más carne vacuna por habitante. Y la pampa, a veces, sólo tiene un ombú: no somos tantos, todavía podemos desperezarnos sin sacarle un ojo al vecino.

Ella y su hija se descalzan en cuanto entran a una casa, como señal de respeto y por una cuestión sanitaria, también, para no llevar la suciedad del exterior al hogar. En su departamento tenían las mesitas y sillones corridos contra la pared, dejando el centro de la sala vacío, para sentarse cómodamente sobre la moquette, con la cola apoyada en el piso.

Nuestro living, en cambio, estaba amueblado con la distribución occidental básica: todos los muebles al medio. Y nosotros nos sentábamos en los sillones -”también los niños? pero qué extraño! si los niños no se quedan tanto tiempo sentados…” (la verdad, Monica tiene razón)- y, calzados dentro de nuestros zapatos, charlábamos de la vida mientras apoyábamos el café en la mesita frente a nosotros (vistas desde la mirada de Oriente, ¿no parecen nuestras costumbres más bien incómodas y estrafalarias?) ;-)

Cada vez que nos retirábamos de su departamento, Mile estampaba un ruidoso beso en la mejilla de Mahi, la abrazaba y le decía adiós, y Mahi, sorprendidísima, juntaba sus dos palmas y, con los codos extendidos perfectamente paralelos a los hombros, inclinaba la cabeza en señal de respetuosa deferencia para con su amiga… todos los días lo mismo, y todos los días tan extraño de ver el saludo de cada una contrapuesto al de la otra.

Éramos muy diferentes. Sin embargo, durante un ratito del día, las cuatro (ella y su hija, Mile y yo) compartíamos momentos muy amenos en su departamento, las chicas jugando, nosotras de gran charla. Y caímos en la cuenta de que, calzadas o no, vestidas con camisas bordadas o sweaters y jeans, la cosa era más o menos parecida para las dos, en lo primordial:

- las dos nos habíamos casado con nuestros maridos “por amor” (la expresión es literal en India, y es también todo un triunfo cultural, contrapuesto al matrimonio arreglado por las familias desde la más tierna edad de los contrayentes, así que no le resten mérito a Monica, porque ella ha recorrido un largo camino, muchacha, para llegar hasta ahí. Y en Occidente, por otro lado, yo sospecho que mucha gente se casa sin saber realmente qué es el amor, tampoco, así que… no crean, casarse “por amor” pasó a ser un rasgo personal que no solamente Monica valora en los días que corren),

- teníamos una carrera profesional momentáneamente suspendida, postergada por la maternidad y por los trabajos de nuestros maridos, si ustedes lo quieren ver así, pero en el fondo, siendo totalmente honestas, la decisión había sido personal, intransferible, así que no, no le echábamos la culpa a nadie; para las dos era difícil volver a pensar en esas carreras como una actividad fundamental en nuestras vidas, aunque queríamos hacerlo,

- creíamos que no había, para nosotras y para nuestras hijas, nada más importante que, en ese momento, tratar de conocer a esa persona que estaba enfrente, y entender un poco más en profundidad qué pasa del otro lado del mundo, qué piensan, qué sienten, qué quieren y cómo valoran las cosas aquellos a los que conocemos poco y desde miradas muy sesgadas, como son las que provocan las guerras, los conflictos permanentes o los trabajos de equipos multiculturales en los que no hacemos el esfuerzo de comprender a nadie.

Supe que Monica tenía mis mismas dudas, o temores: que los límites ficticios del mundo fueran más fuertes que la necesidad de comprendernos, que los nombres de los dioses y las lenguas ininteligibles fueran más importantes que la capacidad que tiene el cerebro de asimilar lo desconocido. Y entonces veíamos a nuestras hijas, que al poco tiempo soltaban palabras en castellano y en hindi indistintamente, mientras jugaban un juego mezclado de gestos, de frases en cualquier idioma, muchas risas y saltos y música… y comprendíamos que el camino estaba en marcha: a pesar de todo, la experiencia nunca nos vuelve para atrás.

Yo era la que bordaba rezando el rosario, por supuesto que sí. Y también la que me emocioné y lloré a mares, aquél día, cuando abracé a Monica y le deseé toda la suerte del mundo (de su mundo, del mío, del mundo de todos), en esa mañana en que nosotros nos volvíamos a Buenos Aires y ellos se preparaban para volverse, unos días después, a Nueva Delhi.

Los hombres celosos valen por dos: el que ves y el que no ves

belleza sugerenteEl otro día una amiga de una amiga de una amiga mía (hay, midióssss, qué difícil es borrar evidencia) me dejó sorprendidísima. Es que ya somos gente grande las dos, hace rato que abandonamos la tierna adolescencia, somos “señoras de las cuatro décadas” (Arjona, nunca voy a comprar un disco tuyo, sabélo. Ok, hace mucho que no compro un disco, así que corrijo: nunca voy a bajarme tus temas, tenés que saber que mi e-mule te tiene en “spam”).

La cosa es que mi amiga, una chica no tan chica, casada desde hace varias vidas con el mismo chico no tan chico, un día en que me la encuentro en la calle y hablando de temas totalmente intrascendentes, a cuento de nada cuelga una sonrisa algo ajada en su rostro cansado, y exclama: “es que mi esposo es TAN celoso, no sabés, es un pan de Dios, pero tiene eso de ser tan posesivo, viste?”.

Y me lo confiesa orgullosa, además. La miro sin entender, mientras sus dos hijos tiran de su cartera, su sweater, su mano, de todos lados a la vez. Trato de visualizar mentalmente a su marido, y recuerdo a un aprendiz de fisicoculturista al peor estilo Rambo, baboso, atildado y con una parada de compadrito “que aunque tenga que aprender / nadie sabe más que yo”. Terrible imagen: le falta un cartel luminoso en la frente que diga: “mirenméN”.

Evoqué esos días de Family Day en una de esas antiguas oficinas en las que vivíamos trabajando de sol a sol. En un “Family Day” todos los que trabajan en ese antro de perdición invitan a sus mujeres e hijos a la empresa para que conozcan su lugar de trabajo y permanezcan algo así como dos eternas horas en compañía de su abnegado padre, marido ejemplar & empleado modelo. En uno de esos cruentos “Family Day” llegó a la oficina una esposa muy pagada de sí misma, vestida cuidadosamente para impresionar, escudada tras una falsa cartera de diseñador internacional & una sonrisa Kolynos a estrenar. Y así se pavoneaba la señora entre los demás empleados, jactándose, en un determinado momento, de lo pesado que era su marido con ella, lo dependiente y celoso que se mostraba respecto de otros hombres. Rarísimo todo el asunto, porque las chicas de la oficina sabíamos que su señor esposo era un mujeriego compulsivo que buscaba una aventura con cualquiera y que se imaginaba en paños menores a la primera que cruzara la puerta de su oficina, sin distinciones de ningún tipo: el hombre era de amplios criterios, hay que admitirlo.

Y entonces se me ocurrió la siguiente teoría: así como cuando las mujeres tenemos un atraso menstrual de quince minutos comenzamos a ver en nuestro paisaje cotidiano a otras mujeres a punto de parir (dónde estaban dos semanas antes? todas encerradas en un Centro de Obstetricia?), del mismo modo los hombres que coquetean con todas se imaginan que sus mujeres histeriquean con cualquiera. Lamento decirles que tengo muchos años recorridos en los pasillos de cuanta oficinuzca se imaginen como para sostener mi horrible sospecha.

premiersAsí que, joven (y no tan joven) argentina (o de cualquier parte del mundo, latinas, sobre todo): si tenés un marido que trabaja doce horas diarias en algo parecido a un gineceo, y el hombre en cuestión no es:

- descendiente directo de talibanes (con ciudadanía comprobable),
- la reencarnación de Otelo,
- un Quasimodo tremendamente feo, mientras que vos sos más linda que la Venus de Milo y encima, con dos brazos,

y el susodicho, además, te arma un escándalo espantoso porque saludás con un “buen día” al sodero, no creas que es, necesariamente, porque él te ve como una bomba latina a punto de sucumbir en una flor de crisis matrimonial sin vuelta atrás, y si te lo creés, no se lo cuentes a nadie. Ya que estamos, va un consejo adicional: si por esas cosas tan extrañas del mundo corporativo, un día te ves obligada a pisar las oficinas donde trabaja tu medio limón, entonces, con humildad, una amplia sonrisa y gran sentido del humor, saludá a las empleadas, comentá con ellas las últimas novedades de la revista Caras, de lo que opinás y pensás de la vida en general si viene a cuento, no te refieras a “mi marido” excepto que tengas que presentárselo a alguien, y entonces sí, te garantizo que las otras chicas que “viven” ahí van a pensar para sus adentros, y a comentar entre todas en el baño cuando vos te vayas: “qué copada la señora Tal, tiene onda y es inteligente, no se merece a semejante canalla, ni aunque lleve colgando esa ridícula cartera Louis Vuitton”.

Amores que matan, amores eternos

Camile y RodinHay amores que matan, porque son autodestructivos y enfermizos, pero también hay que admitir que su intensidad puede justificar una vida. Si uno -o los dos- de sus protagonistas tienen genio y talento, esos amores dejan huellas imborrables por siglos, porque nos regalan obras de arte que son maravillas muy misteriosas, como extraños milagros estáticos que se presentan ahí, delante nuestro, y nos implican por un rato como testigos privilegiados de tanta inspiración.

Camille Claudel y Auguste Rodin vivieron una historia larga, apasionada e intensa que dejó rastros conmovedores que no pueden verse en cualquier novelita típica con los personajes trillados de siempre: el hombre maduro, su alumna joven, bella, brillante… y la esposa del maestro, que cerca el romance con fronteras infranqueables.

En el Musée d’ Orsay se expone una escultura que cuenta toda la historia, una sola imagen plasmada por Camille para mostrarle toda su verdad al mundo con esa genialidad que sólo unos pocos tienen para expresarse. Se llama “La edad madura” y puede verla cualquiera que quiera entender cómo una historia de amor puede llevar a una artista a la cima de su talento -que además es mucho- y a la locura sin escalas, también.

Camile ClaudelCamille es la joven suplicante de rodillas, que ve cómo su amor (un hombre maduro, el propio Rodin) se aleja guiado por un personaje que se parece a un ángel de cara siniestra: es Rose, la esposa del hombre, o podría ser la vejez también, no importa cómo ustedes quieran considerar la cosa: a Camille le da lo mismo, porque las define como equivalentes.

Camille y Rodin se separaron muchas veces, y muchas veces retomaron su historia allí donde la habían terminado. Como sucede tan repetidamente en estos casos, un día él la abandona para siempre.

Camille continúa su vida sola, encerrada durante décadas en un manicomio, y debido a esos escándalos de artista genial pero de conducta incomprensible, su familia le da la espalda y, a su muerte, es sepultada en una fosa sin nombre ni reconocimiento, dentro de la misma institución mental donde viviese aislada tanto tiempo.

La más explosiva de las amantes de la ciudad más extravagante que pueda concebirse, es censurada por toda una sociedad que no puede con ella.

Pero el mundo siempre vuelve su mirada al amor elevado por el talento, o al talento elevado por el amor, vaya uno a saber, porque nunca entenderemos cabalmente cuál de las dos cosas lleva a la otra. Lo cierto es que hoy, en el Musée Rodin, uno puede ver las obras que trabajaron juntos, aquellas que Camille inspiró en Rodin -como su musa-, y las que ella supo crear para contar su propia historia.

Porque hay amores que matan, pero la entrega de los protagonistas mientras viven tales amores puede ser de una belleza inadmisible.

Todo lo que tenía que aprender, lo aprendí en el Jardín de Infantes

agua“Todo lo que hay que saber sobre cómo vivir y qué hacer y cómo debo ser lo aprendí en el jardín de infantes. La sabiduría no estaba en la cima de la montaña de la universidad, sino allí, en el arenero.

Éstas son las cosas que aprendí:

Compártelo todo.
Juega limpio.
No le pegues a la gente.
Vuelve a poner las cosas donde las encontraste.
Limpia siempre lo que ensucies.
No te lleves lo que no es tuyo.
Pide perdón cuando lastimes a alguien.
Lávate las manos antes de comer.
Las galletitas calientes y la leche fría son buenísimas.
Vive una vida equilibrada, aprende algo y piensa en algo y dibuja
y pinta y canta y baila y juega y trabaja cada día un poco.
Duerme la siesta todas las tardes.
Cuando salgas al mundo, ten cuidado con el tráfico,
tómate de las manos y no te alejes.
Permanece atento a lo maravilloso. Recuerda la pequeña
semilla en el vaso: las raíces bajan, la planta sube y nadie
sabe realmente cómo ni por qué, pero todos somos así.
Los peces de colores, los hámsters y los ratones blancos
e incluso la pequeña semilla del vaso, todos mueren.
Y nosotros también.
Y entonces recuerda una de las primeras palabras
que aprendiste, la más grande de todas: ‘Mira!’

Así que todo que necesitas saber está allí en alguna parte. El amor y la higiene básica. La ecología y la política, la igualdad y la vida sana.
Toma cualquiera de estos ítems, tradúcelo en términos adultos sofisticados y aplícalo a tu vida familiar o a tu trabajo, a tu gobierno o a tu mundo, y se mantenderá verdadero, claro y firme. Piensa cuánto mejor sería el mundo si todos -todo el mundo- tomásemos galletitas con leche cada tarde a las tres y después nos acurrucáramos en nuestras mantas par dormir la siesta. O si todos los gobiernos tuviesen como política básica volver siempre a poner las cosas donde las encontraron y limpiar lo que ensuciaron.

Y aún es verdad, no importa cuán viejos seamos, que al salir al mundo es mejor tomarnos de las manos y no alejarnos.”

Tomado de “Todo lo que hay que saber lo aprendí en el jardín de infantes”, de R. Fulghum.

Un poco de amor francés

salto y beso Ok, las historias de amor (las de verdát, no esas tibiecitas que comienzan con un “vamos a tomar un café y después vemos”, yo me refiero a las auténticas, las que tienen valor, las carteras falsas de Louis Vuitton no concursan acá ;-) ), las verdaderas historias de amor, decía, se inician con una pasión así como arrolladora a las que no hace falta darles ningún envión: a veces, ni siquiera podés seguirles el ritmo.

Pero cuando ya llevás un tiempo, unos años, unas décadas, media vida compartiendo el dormitorio y el cuarto de baño con ese señor o esa señora que a veces es tu media cereza del postre y otras veces tu medio limón, la relación puede volverse más vieja que vos y que él / ella. El tiempo desgasta hasta a las piedras, más aún a los seres humanos (sobre todo si nos quedamos inmóviles, como las piedras: somos mucho más blandos que ellas, así que somos más susceptibles a los daños de la erosión).

También somos más flexibles que las piedras, podemos movernos a voluntad, o casi (a veces, no podemos hacer virar nuevamente una relación hacia la luz, pero tenemos un gran margen de maniobra).

“Renovar la pasión” en una pareja, es posible? O es más maduro y realista aceptar la nueva realidad que nos transforma en parejas que transitan, naturalmente, por otra etapa diferente de la relación?

Charla de café con amigas, y ahora también, con los amigos del blog: ¿qué opinan ustedes?

A Dios rogando y con el mazo dando

la humildad de los grandesHay una antigua bendición irlandesa que dice así: “Que el día sea hermoso para tí; que el camino al infierno verdee por falta de viajeros; que mueras a los noventa y cinco años en la cama con tu amante, por el disparo de un cónyuge celoso.”

¿No es una genialidad? No conozco una forma de morir con más estilo que ésa (dentro de las formas paganas, por supuesto) :-D Pero… hay que tener coraje para desearle algo así a los seres queridos, no? Y mucha creatividad.

Hay que saber pedir; para los demás… y para uno mismo, también.

Creo que el poder más impactante de la oración religiosa es que nos permite establecer cuáles son nuestros deseos más íntimos para tratar de ponerlos en palabras, o en intenciones, o en energía aplicada a un fin en concreto. Porque voluntaria o involuntariamente, al expresar nuestras motivaciones ponemos algo de nosotros en movimiento para que nuestros sueños se cumplan (la sesera, el corazón, los pies, lo que fuere). Entonces sabremos en qué de todo lo que hay disponible en este mundo vamos a enfocar nuestro esfuerzo (y si escarbamos un poco más profundo en todo este proceso, puede que depositemos el resultado de nuestras acciones en manos de Dios, también).

Intuyo que todos esos modernos cursos de visualización creativa, control mental y tantas otras técnicas de autoayuda (como “el secreto”, o “la ley de la atracción”) que nos enseñan a expresar nuestras propias y verdaderas intenciones al vivir esta vida y a conseguir lo que buscamos, no son más que aggiornamientos más o menos rebuscados de ese antiguo impulso -tan humano, por otra parte- de hincar una rodilla en tierra, juntar las manos y pedirle a Dios lo que creemos que nos falta, o aquello que hemos perdido y que Él sabe dónde está. Porque al entender lo que queremos, al definirlo con claridad ante nosotros mismos, salimos a buscarlo por ahí, y nos volvemos atentos al descubrimiento de cualquier pista que nos permita encontrar la llave que abra las puertas de aquello que consideramos nuestro propio cielo.

Lo más importante de rezar no es volverse compulsivamente pedigüeño frente a un altar, entonces, sino andar escarbando en el filón de nuestro espíritu para aprender a detectar cuáles son las pistas que nos llevan de regreso a nosotros mismos, a nuestras motivaciones más auténticas.

Rezar a nuestro Dios, o al Dios de los Otros si no tenemos Uno Propio… juntar las manos y rezar tiene una rara dignidad: no cualquiera sabe pedir lo que necesita. Y con humildad, como si fuera poco. Y soltando la expectativa sobre el resultado, ya que estamos.

Al escarbar en nuestros deseos más íntimos, también puede que descubramos que necesitamos algo parecido a un milagro para conseguir lo que queremos. Bueno, los milagros son raros, pero son cosas que también podrían sucedernos. Si nos ponemos a recordar cuidadosamente, hay tanto de inexplicable rondando nuestra propia vida… Como dice David Ben-Gurión: “Cualquier hombre que no cree en los milagros, no es realista”.

Soñar. Pedir. Buscar. Y soltar.

Por qué no?

Miramé y no me toques (pero miramé)

BogartLas chicas histéricas se dividen en dos: las Histéricas Selectivas, vale decir, aquellas que están rodeadas por una cierta aura de exclusividad para ejercitar ese famoso “sí, pero no” que tienen a algún perejil a mal traer, y las Histéricas Democráticas y Populares (más conocidas por sus siglas: “Hache De Pé”), que hacen del infierno un lugar bien accesible para unos cuantos, sin distinciones ni banderías políticas que las distraigan de su objetivo.

En una de las empresas en las que suelo trabajar se pasea una Hache De Pé que es un ejemplo casi de libro, les diría. No vamos a incinerarla acá con nombre, apellido y número de documento porque no tenemos nada en contra de ella, solamente pretendemos analizarla como caso de estudio.

Hache De Pé es, físicamente, una chica del montón, ni linda ni fea. Pero definitivamente es llamativa. Se tiñe el pelo de rubio Marilyn y se lo ata en una cola de caballo cuidadosamente desprolija. Usa poleras que no dejan ver ni el lunar del cuello, pero que son ajustadas como una segunda piel. Mueve las caderas enfundadas en pantalones de colores discretos, y que son exactamente dos números más chicos que los que debería usar para que no se le corte la circulación sanguínea de la cintura para abajo.

Hache De Pé no usa los internos ni el mail para comunicarse con nadie: desfila por los pasillos cual pasarela para decirle al Jefe de Contabilidad que ya “le” registró el asiento por la compra del botiquín de primeros auxilios, o para informarle a un analista comercial que no hay más papel higiénico en el baño de mujeres: “Qué vergüenza, Nico, vos podddés creer? Me podrás conseguir un rollo del baño de hombres y pasármelo por debajo de la puerta, porfi?”.

Hache De Pé se ríe fuerte de cualquier palabra que parezca -por el tono en que fue pronunciada-, un remate de chiste contado por cualquier señor con cierto poder dentro de la compañía. Dispara la carcajada ostentosamente y sin pensar en qué tema se estará discutiendo: así escuche los términos “ejercicio fiscal anterior”, “ortodoncia”, o “sálvese quien pueda” ella se descostillará de la risa de todas maneras, adoptando un gesto cómplice hacia el supuesto capocómico.

Hache De Pé habla mucho de su novio mientras coquetea con el Gerente de Sistemas, o justo antes de reprocharle al Coordinador de Recursos Humanos que se olvidó de saludarla por su cumpleaños. Que fue hace dos meses, pero ella todavía se acuerda de ese detalle supuestamente intolerable.

Hache De Pé no tiene amigas, pero frecuenta la máquina de café o la entrada de la cocina escoltada por un par de confidentes en las que deposita los entuertos imaginarios que tiene con todos los demás, y a la que les cuenta también los romances en gestación del resto de las empleadas de la oficina, que ella puede oler en el aire así trabajen cinco pisos arriba del suyo (y no haya ascensor).

Hache De Pé no distingue solteros de casados, ni viudos ni divorciados. Distingue gays de heterosexuales, aunque no le molesta para nada gastar pólvora en chimangos.

Hache De Pé no siempre consigue lo que quiere de los hombres (porque ni ella sabe lo que quiere de ellos), pero frecuentemente logra que la gente esté hablando de ella. O, lo que es peor, que incluso alguna persona más bien desconcertada -porque no se explica el proceder harto globalizado de Hache De Pé- se proponga intentar analizarla en su propio blog personal.

Porque ustedes no lo van a creer, pero hay bloggers que escriben hasta un post entero sobre Hache De Pé… y es que esta chica es un caso rarísimo, no?

Historias bien contadas (por otros)

nobody¿Les gusta cómo escribe Rodrigo Fresán? Va algo de todo lo mucho que me gusta de “La velocidad de las cosas”:

“Sí, hágase la vida real para que así podamos contar historias para asegurarnos de que estamos vivos. Contamos historias y vivimos historias porque vivimos dentro de historias. La clase de historias que la gente convierte en vidas, la clase de vidas que la gente convierte en historias. O nuestas vidas se convierten en historias, o no habrá manera de darles algún sentido. La propia vida no existe por sí misma, pues si no se cuenta, esa vida es apenas algo que transcurre, pero nada más. Las historias sólo les suceden a aquellas personas que pueden contarlas. Nos convertimos en las historias que contamos sobre nosotros mismos. Pero esto, también, es verdad: las historias pueden salvarnos. Y, al final, lo único que queda de nosotros son las historias.

Historias.

Por eso, no es casual que una de las formas más populares de la velocidad de las cosas -aunque nunca comprobada por aquellos que jamás la han experimentado- sea el lugar común de experimentar, en el momento preciso y único de la muerte, la proyección acelerada de toda vida.

Los maestros zen se anticipan a esta ’sorpresa’ y prefieren componer sus propios ghatas, una condensación poética de las visiones internas de una larga y dedicada existencia espiritual, un comentario final acerca de sus días y la bienvenida proximidad de su anochecer.

Los cabalistas judíos hablan de Tsimtsum o Tzimtzum o Tzmzum o Zimzum, un equivalente a una ‘contracción’ del Hacedor. Dios crea al mundo y se autolimita. Dios se contrae y desaparece y nos deja solos para que así algo aparezca, algo ocurra y para que, finalmente, toda responsabilidad sea nuestra.

Son muchos los que han protestado ante semejantes ideas, cuestionando su utilidad sin saber que, a la hora de la partida, éste es el mejor regalo posible. La certeza de que las casualidades no existen, que todo está escrito como si se tratara de una novela, que inevitablemente algo tendrá que suceder; que cada uno de los acontecimientos allí narrados tienen, por una vez, una estricta razón de ser porque son la respuesta correcta a la pregunta de esa ausencia; que allí vamos, felices al fin de habernos leído después de habernos escrito durante tanto tiempo; que el último aliento es aquel que nos permite convencernos de que, sí, nuestra vida ha sido una buena historia después de todo.

Allí voy.”

Poder contar nuestras historias. Poder poner en palabras lo que pensamos, lo que sentimos, lo que nos pasa. Poner energía, ganas y humanidad en comunicar nuestras historias y en escuchar o leer las historias de otros. Porque las historias son etéreas e inasibles, como el aire, pero con esa materia tan difusa se crea nuestra identidad y todo lo real que hay en el mundo que pisamos (o lo que nosotros creemos que hay de real en el mundo que pisamos).

De eso se trata todo esto que estamos haciendo acá, sospecho.

Un Día Negro

emociones expuestasUn Día Negro a lo mejor empieza como cualquier otro, pero de repente se trastoca y todo queda patas para arriba, sin posibilidad de entender nada de nada, excepto eso de sentir mucho dolor en algún momento de todo el tropezón, que es caída también.

Mi mano derecha (MMD, de ahora en más en este post) trabaja desde hace añares en mi casa, y desde hace más añares todavía en la familia de origen de Cucurullo. A veces MMD viene más horas, a veces menos, pero casi todos los días me anda ayudando por acá. Cada tanto me saca de quicio si no pone empeño en la limpieza “a fondo” de la cocina, pero tiene tan buenos sentimientos que su presencia se hace indispensable entre nosotros. Es una persona muy simple, y entrena su amor por los demás en base a una profunda religiosidad que debería envidiarle más de uno del clero oficial.

Pero MMD hace un par de meses que no viene a trabajar a casa: estaba embarazada y la obstetra que la atendía le indicó hacer reposo. El parto estaba ya previsto para estos días, cesárea mediante: el bebé venía con una complicación pulmonar y se hacía urgente operarlo ni bien naciera para permitir que respirara normalmente.

Llegué de mi viaje hace tres días. Me organicé de nuevo la vida, despotricando en el mientras tanto por las mismas boludeces que siempre surgen en toda vuelta: mucha ropa para lavar, la heladera vacía, el trabajo atrasado. Y en eso, ayer, un mensaje: nació el bebé de MMD. Otro mensaje unas horas después: falleció el bebé de MMD.

Inmediatamente se me desplomó el corazón. Como yo “pienso con los pies” (dijo un ex jefe alguna vez), mi mente oscura y confundida se puso a hacer lo único que sabe hacer cuando funciona en piloto automático: ejecutar verbos que implican acción. Y en esa terapia ocupacional me concentré ni bien pude: llamé al celular del esposo de MMD, le ofrecí ayuda para lo que necesitara (que el hombre agradeció pero dignamente rehusó, también: “ya nos vamos a arreglar, usted no se preocupe”), anoté el nombre del sanatorio donde estaba internada MMD (que él, en su estado de shock, apenas recordaba), busqué en internet las coordenadas del lugar para confirmar los datos recibidos, me hice de algún dinero para llevarle a esta familia (lo iban a necesitar, sin dudas, a pesar de la negativa formal de hacía un rato) y sin más me tomé el subte hacia allá.

Llegué a la clínica y vi a MMD hecha un mar de lágrimas, como era lógico de suponer. En el movimiento de mi día, en la ejecución de todas mis idas y venidas, no había reparado en que el dolor es un animal salvaje y misterioso que nunca se presenta con buenas maneras, sino de una forma bestial. Y ahí estaba MMD, la más simple de todas las almas simples y buenas que conozco. Una madraza sin hijo, aferrada al borde de la cama, tratando de caminar para evitar el dolor de la cesárea reciente, del alma, de la mente embotada. Y me dijo la frase más terrible que escuché en mi vida, toda despedazada por la angustia que le salía por la garganta:

- “Me duele todo por dentro y por fuera, señora. Desde esta habitación escuché y escucho llorar a todos los bebés del sanatorio, pero el mío no llora.”

Se me fue el alma a los pies. Y mis pies, mi cabeza, todo el cuerpo mío dejó de pensar. No recuerdo haber sentido tanta compasión por nadie en toda mi vida.

MMD no es mi pariente, ni mi amiga. Pero es el reflejo del dolor de los otros que más me duele, porque me duele como si fuese mío. Y entonces abrazo a ese cuerpo hinchado de leche y de lágrimas, como si no tuviese yo otra manera de salvarme de un aluvión oscuro y atronador que aferrándome a él como sea.

Y después el dinero en la cartera, el celular que suena, todo se vuelve irrelevante. De todos modos, le entrego a su familia el sobre que tan previsoramente mi otro yo (el de hace un rato) había preparado para MMD, pero ya me da vergüenza haber ido hasta allá con esa motivación tan evidente. Me voy de nuevo hacia el subte, confundida por los ruidos de la calle, como si yo emergiera de otro mundo y fuese catapultada de pronto al barrio de Once y viera la ciudad por primera vez. En mi vagón hay un chico de veintipocos que lee un libro: “Análisis Matemático II”. Hay varias mujeres vestidas con ropa color violeta: suéteres, chalinas, camperas. Me miro los brazos: yo también tengo puesto algo violeta. Mirá vos. Y a quién le importa?

Cuando percibís el dolor, lo palpás, lo atravesás, te das cuenta del significado profundo de las cosas. No hablo “del verdadero” significado, porque “verdaderos” o “no verdaderos” pueden ser todos, el sentido superficial y el menos superficial también. No creo que haya que comparar nuestras vivencias con lo más grave que pasa por ahí: que hay hambre en África es una realidad, pero el asunto no es vivir empapados en una vida de dolor porque sucedan cosas tan tristes alrededor nuestro. Lo que sí, cuando ves de cerca situaciones como la de MMD, te das cuenta de que a veces te deprimís por soberanas tonterías, que es momento de madurar y filtrar un poco más aquello que nos provoca malestar, dolor o bronca.

Te llega un mensaje de no sé donde: es un poco ridículo dejarse vencer por cualquier sensación, emoción o pensamiento pedorro que viene a complicarnos la existencia como por acto reflejo. Hay que tomarse el trabajito de contrastar -cada tanto, al menos- lo importante con lo que es realmente insignificante, pero viene camuflado y a veces nos confunde. La cuestión de fondo es no volvernos locos por cosas que valen muy poco.

Hay gente que llora cuando tiene que llorar, y no se queja al cielo ni antes ni después: sólo cuando no le queda más alternativa ni consuelo. Un poquito así de chiquitito, aunque sea, ayer aprendí de esa gente, que de esto sabe mucho más que yo.

Trampas de la mente

actitud- El lunes empiezo.

- Una vez que tenés hijos, ya no podés (hacer dieta, trabajar, estudiar un idioma).

- A brillar, mi amor: todo lo que reluce es oro.

- Los OTROS son egoístas, los OTROS son envidiosos, yo soy como Heidi. Por eso uso una cintita roja en la muñeca para evitar las malas ondas a mi genial buena onda de siempre.

- Creo en el amor, totalmente! Si a mí me encanta que me quieran…

- Yo no me equivoco, lo que pasa es que soy perfeccionista con una realidát que deja mucho que desear.

- Los caprichos de la moda son dogma de fe: el mal gusto consensuado es casi como el buen gusto. Por eso es mejor comprar todo en tiendas de marca, para no hacer papelones a la hora de mostrar quién es uno.

- En este negocio tienen tarjeta de crédito? Qué alivio! Porque comprar con tarjeta es gratis, no?

- Si una no consigue estar junto a la persona que quiere estar: “Él se lo pierde: el pobre tiene tanto que cambiar! No es como yo, que vengo evolucionando a full desde mis vidas pasadas, viste?”.