Tengo dos horarios furiosamente complicados en mis días felices y normales, es decir, dejando de lado los días tremendamente “paranormales”. En mis días normales, entonces, las ocho de la mañana y las ocho de la noche son los termómetros con los que pronostico el curso de navegación de las otras veintidós horas con poco margen de error.
Las ocho de la mañana el asunto parece irremontable si Mile y Cucurullo no están embarcando en su aventura diaria de ir hacia el colegio y el trabajo, de modo que levantarse y maniobrar la primera hora del día hasta llegar a ese momento se hace importante y exige coordinación y cierta dosis de magia, a veces, como de prestidigitador. Si a las ocho de la mañana el asunto no va sobre rieles y todo se demora, puede tomarme por asalto un fastidio para nada encantador. Y es una pena, porque ese momento será el último en familia hasta muchas horas más tarde.
El otro horario complicado, como les decía, es el de las ocho de la noche. En el medio pasan muchas cosas: pude o no pude escribir en el blog, hice algunas tareas domésticas, fui a trabajar, visité mínimamente el salón de spinning del gimnasio -síp, lo mío es el ejercicio aeróbico y cardiovascular donde puedo quemar calorías, ansiedades y obsesiones hasta dejar la bicicleta hecha un nudo, me imagino que ya se habrán dado cuenta de que la cosa pasa más por ahí que por la silenciosa cámara lenta del pilates, por ejemplo-, ir a buscar a Mile al colegio, ir con ella de compras, llevarla a danza o a hacer lo que fuere, y en algún momento, volver a casa y jugar un rato juntas.
Si no hice ejercicio, mi “vuelta al hogar” acarrea una espalda toda contracturada, en cambio si pasé por el gimnasio aunque más no sea para saludar al escalador, esa contractura y el sentido del humor pueden mejorarse un poco. Lo otro que acumula mi día a esa hora es: un bolso con carpetas y papeles colgando de mi hombro en el tren, mucha hambre -cuando cae la tarde me supera la tentación de asaltar la heladera entera-, cansancio acumulado, el racconto del día de Mile mientras da vueltas para bañarse, la preparación de la cena, las llamadas de Cucurullo tratando de organizarse para llegar.
Y así se hacen las ocho, y el día pasado y recorrido (pero todavía no “pisado”), el momento presente multitasking y el futuro esperanzado de llegar a un sueño reparador en pocas horas, vuelven a converger, todos juntos ahí, en mitad de mi cocina.
Si no soy consciente, otra vez, de que ese es el momento en que comienza el disfrute de compartir unas horas todos juntos en familia, el cansancio y el fastidio pueden anular todo tranquilo bienestar. Del mismo modo que en esos primeros momentos de la mañana, son horas de hacer varias cosas casi al unísono. Durante el resto del día -en las que, paradójicamente, no estoy con los que más quiero- puedo organizarme para hacer de a una tarea por vez, tranquila, ordenadamente, con un cafecito de por medio, sin cansancio acumulado, sin la sensanción de que todavía falta mucho o falta poco, sin presiones: lo que no se hizo a las tres de la tarde, todavía puede hacerse a las cinco, la posibilidad está aún latente, hay márgenes horarios para moverse.
A primera hora de la mañana y a última hora de la tarde, la cosa es más difícil. Por eso siempre le digo a Cucurullo que lo buenísimo de tener un/una amante no es la persona en sí, sino los horarios que maneja esta gente: cuando yo me encuentro con Cucurullo en el centro durante el día laboral soy diez veces más linda y simpática que a las doce de la noche de un jueves, cuando estoy muerta de cansancio por todo el trajín del día, de la semana, del mundo sobre los hombros, qué se yo… así que siempre le aconsejo dejarme un hueco en mitad del día para vernos, solos y corriendo todo lo otro del centro de la escena, y acercarnos los dos por fuera de la rutina diaria y lejos del mundo de detalles de cada día.
Debo centrame sobre mi eje y hacer de cuenta que soy una persona que puede estar en sus cabales a las ocho a.m., y a las ocho p.m., donde con humor, paciencia y algo de encanto podemos pasarla de la hostia, o perder el foco, desesperarnos por nada y tener la empatía de los carceleros de un campo de concentración ahogados en la resignación de todo lo que falta, todavía, para terminar la guerra (alguno de ustedes vio “El lector”? Tremenda película!)
Me voy, gente querida, tengo muchísimo que hacer y ya hemos pasado las ocho a.m. de un viernes, y con creces. Que tengan un excelente fin de semana, sin horarios a maltraer.