Monthly Archive for Abril, 2010

Mi depiladora dixit

extraordinary things – “Bah, el glamour, el glamour… glamour es mantener el cavado depilado aunque estemos en invierno”.

- “Si las mujeres intercambiáramos entre nosotras nuestros maridos de vez en cuando, ya no nos quejaríamos tanto de lo que tenemos en casa”.

- “En un centro de depilación, como en el hogar de una, primero importa que esté todo limpio, el ’servicio’ después se va viendo”.

- “Si yo dijera todo lo que pienso, mi amor, no tendría clientas, pareja ni empleada doméstica”.

- “Yo atiendo con turnos prefijados y cobro sólo en efectivo: la clienta que se organiza con los tiempos se organiza con la plata también”.

- “Vos tenés que dejar de preocuparte por adelantado: mirá si mañana te ganás el Loto… y ahí te das cuenta de toda la malasangre por el futuro que te hiciste al cuete! Te vas a querer matar por ser tan estúpida, querida…”

- “Pocas de mis clientas hacen terapia. Es que si estás bien depilada tenés mejor onda con el sexo, y si tenés buen sexo los problemas se sobrellevan sin tanto rollo, no?”.

Soltar todo y largarse

why not Querer es poder. Donde sea, como sea, con las posibilidades que tengamos… algunos con mejores cartas para jugar, otros con “cero por toda la cantidad, cero”. Pero qué más dá, cada vez estoy más convencida de que la actitud y la buena leche que le pongamos a las cosas es más importante que el espaldarazo inicial de un momento de suerte (aunque tampoco vamos a despreciar esos momentos, por supuesto, todo lo bueno que aporte a la causa es bienvenido al juego).

A nadie le vienen todos los naipes servidos: hasta en la palma de la mano del Rey Más Poderoso (o del Tahúr Más Exitoso) la línea se interrumpe en el momento fatal en el que titilan las palabras “game over”. Entonces, lo mejor será que nos dediquemos a disfrutar el juego y, más que nada, a tomar conciencia de que estamos jugando. “Soltar todo y largarse”, como dice Silvio Rodríguez por ahí. Ah, qué lindo suena eso: “soltar todo y largarnos”. Largar la tensión del cerebro aprisionado en su mundo de detalles, ver todo lo remanidamente visto tantas veces pero desde otra perspectiva: desde más arriba, desde bien abajo, con los ojos del otro, con los ojos cerrados.

Les cuento todo esto porque voy por mi segundo café y ya tengo la cabeza atiborrada con los compromisos del día. Mi mente parece un animal temeroso, como un okupa viviendo en los redaños del futuro, que por supuesto no son habitables por quien sólo puede disponer del presente. Qué bicho raro la mente.

La invito a que se venga para acá: se escabulle en un rincón, piensa que la voy a traer de los pelos si es necesario… pero no, nena, no es para tanto: tomátelo con humor, acompañame a saborear este café y disfrutemos del día.

Volvamos a empezar.

Los amigos boicoteadores

pafSon buenos buenísimos y están siempre cuando las papas queman, los llames o no los llames, porque tienen un sexto sentido que les hace llegar a la velocidad del rayo la novedad de que vos estás en problemas o con ganas de recitarle a alguien esos tangos que recién terminaste de componer. Además de hacerse un tiempito para sostenerte los Kleenex a vos, están embarcados en cuanta misión solidaria los convoque, ya sea por el reclamo de los pueblos originarios o por las minorías indefensas de cualquier tipo. Son voluntarios en hospitales públicos o asilos de ancianos. Porque son, en pocas palabras, una monada de gente.

Pero cuando los llamás para contarles que te cambió la racha y mirá ahora qué bien que te va en la vida, o participarlos de ese proyecto divino que estás pergeñando y que te llena de alegría, los amigos boicoteadores encuentran repentinamente algo mejor que hacer, así que no pueden escucharte como quisieran: te acompañan a las apuradas (porque tienen muchas otras emergencias que atender en algún Centro de Asistencia al Suicida), o de pronto recuerdan que se habían agendado una gripe para el día en que te ibas a reunir con ellos a contarles las buenas nuevas.

Aquí van, entonces, para los que tengan dudas todavía, los típicos casos en los que es posible detectar a un amigo boicoteador:

- no va a tu fiesta de casamiento aduciendo malaria, pediculosis o el cumpleaños de tres del ahijado. Si es una amiga (en femenino) que asiste a la boda (finalmente!), y para colmo de males está divorciada desde hace mil vidas, pone cara de fastidio si en una de ésas ataja el ramo: ya la casó un Elvis regordete y pasado de alcohol hace dieciséis años, en Las Vegas -le explica a todo el mundo-, pero el matrimonio duró dos meses y no quiere volver a repetir la experiencia, así que se exaspera cada vez que mira las flores que tiene en la mano, las sacude como si fuera un paraguas mojado y va regando de pétalos todo el salón de fiestas, masticando bronca y sonrisas de chica superada al mismo tiempo.

- si tenés un hijo, te regala unas camisetitas diminutas de pelo de llama que compró en un viaje de exploración al asentamiento de los indios wichis. Son imponibles, pican como un cactus y raspan como un cepillo de alambre, pero tu amigo/a insiste en que se la pongas al bebé porque son de fibra natural, sin colorantes ni conservantes (no como esas porquerías de 100 % algodón que te regala todo el mundo).

- si hace mil años que no lo ves y una noche lo invitás a comer a tu casa, llega una hora después de la hora pautada, habiendo pasado por la peluquería y por una exposición de tarjetería española antes de tocar el timbre: ahora tiene muchas cosas interesantes para contarte sobre todos los lugares que recorrió esa tarde! :-D

- si en una fiesta llena de gente que nunca vio antes, descubre que alguno de los ilustres desconocidos es compañero tuyo de trabajo -por ejemplo-, pasará horas y horas hablando de ese “tema en común”, y llegará a contarle al detalle el papelonazo que hiciste el día que te caracterizaste como Barney para ir a una fiesta de disfraces y cómo sudaste la gota gorda toda la noche mientras saltabas sobre un parlante al ritmo del punchi punchi.

- cuando le decís que sabés que él es más bueno que el pan, pero que siempre que tu vida se parece un poquito a un auto de Fórmula 1 sentís que él te pone un palo en la rueda, el amigo boicoteador se ofende y te hace el inventario de las veces que sostuvo el suero con sus manos cuando estabas internado en aquella cama de hospital. Lo que no deja de ser cierto, por supuesto, pero el punto es que últimamente nunca, pero nunca nunca tiene disposición ni tiempo para acompañarte a una fiesta en el Alvear.

El caso es que hay gente con la que no hay caso…

estallandoHay que sincerarse, decirse a uno mismo frente al espejo y con todas las letras que cuando no va, no va.

Me refiero a que hay gente con la que no hay caso, no se puede generar un vínculo sano de ida y vuelta. Esa persona puede ser un pseudo jefe, un pseudo amigo o un pseudo pariente: el término que importa acá es “pseudo”: se trata de pseudo relaciones. De la boca para afuera puede que no nos animemos a decírselo al Fulano con todas las letras: seríamos despiadados, crueles, unos jodidos con menos tacto que un elefante en un bazar. Así que tratamos de tapar el asunto. Peeero no importa cuánta buena cara le pongamos al mal tiempo: lo que vuelve de ese contacto cotidiano es una madeja de desencuentros confusos que nos deja todo el interior entreverado y en malestar, como cuando nos tragamos un pelo y se nos queda estancado en la garganta.

¿Nunca les pasó?

Y es que sabemos -yo sé que sabemos- que no podemos caerle bien a todo el mundo, ni todo el mundo puede dejarnos tampoco a nosotros encantados de la vida. Tratamos de tener y generar una buena onda incolora e indolora para toda la masa innominada de gente que anda por ahí. Pero así y todo hay personas -pocas, asumo, e identificadas con nombre y apellido en la vida de cada uno- que no nos convencen, y con las que obligadamente tenemos que relacionarnos. Probablemente sea gente para la que nosotros quedamos a mitad de camino, también. Y en las relaciones humanas, acumular esfuerzos para remontar situaciones trabajosas y “que nos querramos a pesar de todo”, ya no sé si es buena idea: hay un desgaste permanente, y en alguno de esos ires o venires el hilo se corta por lo más delgado y entonces, por cualquier nimiedad así, pero así de chiquita, un problemita tamaño bonsai, por una cosa insignificante, se arma un sainete de padre y señor nuestro.

Y estallan miles de fuegos cruzados y la conversación -interna o externa- se vuelve un polvorín.

Si no emitís sonido, esas palabras no dichas se quedan estancadas dentro tuyo como estalactitas colgando de tu mente pensoteante: ahí queda todo lo que quisiste decir pero nunca dijiste, porque preferiste tratar de mover las fichas con el cálculo medido de un jugador de ajedrez… y te parece que es mejor que el asunto siga así, porque salvaste las papas y no corre sangre, pero la tristeza y la frustración las pagaste todas, igual, en ese momento uno en el que te frenaste (y de contado).

Si en cambio se te cruza que es el acabóse, tirás todo por la borda, le cantás al Susodicho cuatro frescas y que el último apague la luz. Te sentís muy bien durante cuatro minutos, vacío de ruido interno, henchido de revanchismo y a punto de inaugurar un monumento al Ego, cuando te das cuenta de que, bien mirado todo, resulta que te fuiste a la merda y dijiste dos o tres cosas de las que ya te estás arrepintiendo (por vos mismo, porque no te gusta ser un animal que le dice esas barbaridades a nadie).

De cualquiera de las dos formas en que termine para vos la situación (en implosión o explosión) te quedará la eterna duda: “¿por qué no pudimos trascender nuestras diferencias y ser amigos / buenos vecinos / conformar un buen equipo de trabajo / tener una relación cordial y de compañerismo dentro del contexto que nos tocaba a los dos en suerte?”

¿Es un tema de “energía”, de no poder trascender limitaciones personales, de la imposibilidad de relacionarnos divinamente con todo el mundo (sobre todo, con ese mundo que parece conflictivo, insensato y lleno de “dimes y diretes” que nos agotan)?

Los escucho / leo atentamente. El silencio también se escucha, para los que leen pero no comentan… no se preocupen. ;-)

Asociaciones ilícitas

asociaciones ilícitas Hay cosas que se relacionan más o menos con otras cosas, depende de la imaginación tortuosa que tenga cada cual para encontrar similitudes que, francamente, a veces pueden parecer lindas y caprichosas (como una adolescente cualquiera), malas copias de ideas olvidadas, o simples asociaciones intempestivas que no se pueden pegar ni con “La gotita”.

Por ejemplo: yo cada vez que veo un par de pantuflas -las odio, me parecen un invento de lo más incómodo y feo, sobre todo feo- me acuerdo de ese dibujito animado en el que el pobre Tom está a punto de comerse a Jerry y unas piernas gordísimas como salchichones aparecen en escena, calzadas con las odiosas susodichas, y una voz en off exclama “Tomáh, cuánta’ vece’ te he dicho que no debe’ corré’ por toa la cocina…” ponele. Una cosa así. Y también se ve una escoba, que aterriza al compás de la reprimenda sobre la cabeza del pobre bicho, tan castigado por la vieja y por el destino, simultáneamente.

Nadie nunca en mi vida me compra o me regala pantuflas, excepto mi empleada doméstica, que cada 365 días, religiosamente, me obsequia para mi cumpleaños un nuevo par. Las acomoda día a día al costado de mi mesa de luz -pensará que no las uso porque no las tengo a mano?- y yo, un poco desconcertada por su gesto, las saco a pasear por la casa de vez en cuando, sobre todo cuando no tengo otra cosa que ponerme en el momento y ella -la que me las compra- está presente. :-)

Otra asociación igual de irreverente: si veo a alguien vestido con una T – shirt amarilla y un pantalón blanco, por ejemplo, se me ocurre al instante que parece la bandera del Vaticano con patas. Cualquier par de prendas que tenga esos colores inmediatamente me transporta a la Dirección de mi antiguo colegio, más de veinte años atrás, en donde las dos banderas -la de Argentina y la del Vaticano- se exhibían a los costados del escritorio de la Hermana Directora.

Otras situaciones no tan inocentes se me plantean a veces. Por ejemplo, el otro día Príamo de los Suburbios (mi suegro) quiso comprarle a Mile un sobretodo cruzado, tamaño mini mini mini, en un color rojo – rosa – rococó – rosado – subido, que vimos juntos en un local de ropa de ésos muy shoppinescos y cuya gráfica de la marca es “chico – divino – posando – en – ciudad – europea – usando – ropa – para – adultos – en – tamaño – diminuto”. Pensé automáticamente en la niña que camina y camina por un ghetto judío en “La lista de Schindler”, bajo la atenta mirada del protagonista (les juro que el abrigo que usaba la nena era igual a éste), y el cuore se me estrujó todo y le pedí que por favor no, que no se lo regalara. No pude explicarle lo de la película y el malestar que me producía: él no la ha visto, seguramente me creería loca demente y yo en algún momento me sentiría tentada a darle la razón. Toda la razón y nada más que la razón. Pero no quiero ver a mi hija vistiendo un abrigo igual al de esa chiquita que cargaba sobre los hombros el destino trágico de todo un pueblo. Esa nena es una metáfora tan triste -y tan bella- que es el día de hoy que todavía la recuerdo.

Son esas pequeñas grandes asociaciones de ideas, ínfimos gestos de nuestra imaginación irredenta que se empeña en demostrarnos que ahí está, todavía, para lo bueno y lo malo, lo lindo y lo horrible, lo gracioso o lo simplemente pintoresco.

Mientras esté viva élla, la imaginación, le perdono unos excesos. Unos. Algunos. Unos cuantos.

La vida de los otros (la botica del blog)

balconeandoHoy inauguramos sección! Sí, señores: en este blog no reparamos en gastos. Ahora tenemos una nueva que se llama “La vida de los otros”, en la que despuntamos el vicio de ser unos chismosos irredentos y contar cosillas de la gente que vemos por ahí. Ustedes se estarán preguntando si acá vamos a sacar los trapitos al sol sobre vida y obra de los demás (les adivino el pensamiento). Bueno, no sé, tampoco quiero que corra sangre por estos lares: “sobre la vida” no creo, ahora, “sobre la obra” puede ser. Acá podemos compartir descubrimientos que hayamos hecho sobre libros, películas, blogs… en fin, esos detalles cotidianos que nos gustan y nos encantaría recomendar, porque le dan una calidad diferente a un día cualquiera. Nos referimos a lo que hay dando vueltas por el mundo, las estanterías, los escaparates, los restaurantes, los sex shops, qué se yo, todo eso que hay exhibido en esta feria persa llamada “mundo” y que pueda suscitar nuestro interés común. Pueden ser novedades o viejos clásicos del género, no importa.

Si alguno quiere aportar su colaboración como comentario, bienvenido, y si quiere que quede publicada acá como un post, puede mandar un mail a verito_molina@yahoo.com.ar con el texto, fotos o videos -si incluye-, el nombre o nickname del autor, url y demás datos de contacto que quiera publicar, y ya está. Simple como la tabla del dos.

Ahora, paso al primer tema que quisiera contarles en esta sección, si me permiten…

Estoy leyendo un libro. O más bien, estoy luchando por no terminarlo (sí, al revés que con algunos otros intragables, éste quiero que me dure un poco más) :-) Es el relato de una parte de la vida de Elizabeth Gilbert -su autora-, y se llama “Comer, rezar, amar” (la versión larga sería “Comer en Italia, rezar en India, amar en Indonesia”). Está bien escrito -fundamental para que les pase el dato-, el estilo es bien espontáneo, fresco, llevadero… y trata unos cuantos temas que todos conocemos: después de una crisis afectiva de ésas que te dejan patas para arriba (divorcio, un affaire de los mil demonios y demases), la protagonista / autora se embarca en un programa de recuperación más bien integral. Primero, se dedica a recomponer su cuerpo famélico -resultado de tanta angustia- comiendo manajares de la hostia en el mejor lugar que conoce para esos menesteres (Italia), después se propone tranquilizar un poco esa mente que tiene rebotando como bola de billar (en la India, nada menos), y termina el asunto -no les cuento cómo, obviamente- de un modo más gozoso en Indonesia.

Lo que me gusta del libro es que tiene todo lo interesante de una pintoresca crónica de viajes, y también incluye una exploración al interior de los sentimientos y emociones de la autora, que pasa por algunos episodios críticos después de tanto berenjenal afectivo. El libro tiene una alta dosis de humor, algo de autoayuda (pordió, desterremos el prejuicio sobre este tipo de publicaciones, basta de leerlas en secreto y denostarlas en público) y mucho contenido sobre cómo resuenan en un espíritu inquieto las características -tan dispares!- de los habitantes y las culturas con las que se va relacionando en Italia, India e Indonesia.

El libro es best seller, por supuesto, y ya se está rodando la película, también: esto que les cuento no es tan importante… pero me gusta agregarlo al post, ya vieron cómo soy de chismosa, al fin de cuentas. ;-)

Les dejo acá también un link que me gusta mucho y que está dirigido, con todo afecto, a aquellos que escriben o se dedican con ganas -aunque sea por hobby- a algún arte en particular. O a todas las artes. O a los que saben llevar SU VIDA con arte, por qué no. Es una breve charla que dio Elizabeth Gilbert referida a la inspiración y la creatividad, sobre cómo sostenerlas y convivir con ellas sin exigirse más allá de lo humanamente posible, pero sin negarlas tampoco (ésto vale también para mí, que durante mucho tiempo creí que lo mío eran los números y sólo los números, y aquí me ven).

Enjoy it!

Me gusta cuando callas…

uno que habla- las parejas que llevan años de casadas y no tienen nada para decirse mientras cenan en silencio, excepto cuando abren la boca para criticar (con pelos y señales) la vida de los demás.

- las viejas pesadas que tienen el cerebro apagado pero el parlante encendido y entonces repiten (y repiten) jirones de recuerdos con vos cascada.

- las amigas que develan los secretos de sus otras amigas, llevando a remate el tesoro (de otra gente) por treinta monedas de plata.

- las parejas en crisis que cuentan todas sus intimidades y permiten que amigos y conocidos metan indiscriminadamente la cuchara en la relación (como si fuera un postre para compartir entre varios).

- las voces provenientes de los televisores encendidos (cada vez más grandes y estridentes) en ambientes cerrados (cada vez más pequeños) llenos de gente (aunque cada vez nos reunamos menos).

- los hijos repitiendo (a viva voz) las mentiras de los padres.

- los políticos argumentando gansadas con los ojos bien abiertos y el tono bien convincente (pobres hijos los suyos, también).

- los que no saben lo que les pasa, pero antes de cerrar la boca y ponerse a pensar honestamente en sus problemas, acusan a cualquiera de provocarle su estado de ánimo (”Fabricación de excusas a medida: tratar aquí, en este cerebro. Atendido por su propio dueño. Abierto las veinticuatro horas del día”).

Sex o no sex (Hamlet reloaded)

saltar la bancaEnciendo el televisor y veo gente linda por todas partes (por todos los canales y por todos los ángulos de su anatomía, me refiero): mujeres con siliconas de todos los tamaños, liposucciones a cuestas, unas cuantas jeringas de botox inyectadas por aquí y por allá, iluminadas por la gracia divina de la luz pulsada y con sus dientes histéricamente blanqueados por un láser.

Veo a señores metrosexuales que esconden implantes de todo tipo (capilar, genital, maxilar, de lo que fuere), adoradores del Dios Viagra desde edades cada vez más tempranas, que saben cuál es su mejor perfil para las fotos y qué es lo que tienen que decir en una entrevista para que las mujeres caigan como chorlas a sus pies.

Y veo que construyen entre ellas y ellos parejas de lo más monas que duran lo que un castillo de naipes: nada. Entonces, cómo es el asunto de la atracción amorosa & fatal entre los Más Lindos de Todos los Lindos? La pasión dionisíaca no está garantizada ni siquiera por nueve semanas y media entre los socios del mismo club de gente eternamente sexy?

Qué nos queda entonces a nosotros, los hombres y mujeres de a pie que no adoramos fanáticamente a su Olimpo de cirujanos, masajistas y centros de estética porque no tenemos que trabajar en los medios ni posar para Playboy? (gracias a Dios!).

En mi contexto de todos los días, muy por fuera del que vi en la televisión, pienso en uno de esos típicos matrimonios en el que ella -la señora esposa- se mata corriendo en cuanta cinta de gimnasio le augure una cintura de avispa, se somete a cuanto tratamiento ortomecular le garantice la juventud eterna, mientras él -su señor esposo-se ausenta dos horas de la oficina para fugarse un rato con una empleada de su misma empresa que no es ni más linda ni con más luces que la señora esposa, pero concursa y gana el casting para la aventura clandestina que les tiene comidos los sesos a los dos.

Definitivamente creo que la atracción puede entrar por los ojos, pero se pasea por nuestras vidas aferrada al órgano sexual por excelencia, que sigue siendo la mente. La pasión se sostiene en el tiempo a través de lo que los seres humanos proponemos como juego, como goce y como disfrute entre dos personas cuando dejamos el egoísmo a un lado y nos dejamos sorprender cada uno por el otro. De lo contrario, la pasión se cae como cualquier músculo flácido y sin uso, y no hay cirugía estética o liposucción que la pueda volver a poner en su lugar.

El mundo de las ocho (am y pm)

instante maravillosoTengo dos horarios furiosamente complicados en mis días felices y normales, es decir, dejando de lado los días tremendamente “paranormales”. En mis días normales, entonces, las ocho de la mañana y las ocho de la noche son los termómetros con los que pronostico el curso de navegación de las otras veintidós horas con poco margen de error.

Las ocho de la mañana el asunto parece irremontable si Mile y Cucurullo no están embarcando en su aventura diaria de ir hacia el colegio y el trabajo, de modo que levantarse y maniobrar la primera hora del día hasta llegar a ese momento se hace importante y exige coordinación y cierta dosis de magia, a veces, como de prestidigitador. Si a las ocho de la mañana el asunto no va sobre rieles y todo se demora, puede tomarme por asalto un fastidio para nada encantador. Y es una pena, porque ese momento será el último en familia hasta muchas horas más tarde.

El otro horario complicado, como les decía, es el de las ocho de la noche. En el medio pasan muchas cosas: pude o no pude escribir en el blog, hice algunas tareas domésticas, fui a trabajar, visité mínimamente el salón de spinning del gimnasio -síp, lo mío es el ejercicio aeróbico y cardiovascular donde puedo quemar calorías, ansiedades y obsesiones hasta dejar la bicicleta hecha un nudo, me imagino que ya se habrán dado cuenta de que la cosa pasa más por ahí que por la silenciosa cámara lenta del pilates, por ejemplo-, ir a buscar a Mile al colegio, ir con ella de compras, llevarla a danza o a hacer lo que fuere, y en algún momento, volver a casa y jugar un rato juntas.

Si no hice ejercicio, mi “vuelta al hogar” acarrea una espalda toda contracturada, en cambio si pasé por el gimnasio aunque más no sea para saludar al escalador, esa contractura y el sentido del humor pueden mejorarse un poco. Lo otro que acumula mi día a esa hora es: un bolso con carpetas y papeles colgando de mi hombro en el tren, mucha hambre -cuando cae la tarde me supera la tentación de asaltar la heladera entera-, cansancio acumulado, el racconto del día de Mile mientras da vueltas para bañarse, la preparación de la cena, las llamadas de Cucurullo tratando de organizarse para llegar.

Y así se hacen las ocho, y el día pasado y recorrido (pero todavía no “pisado”), el momento presente multitasking y el futuro esperanzado de llegar a un sueño reparador en pocas horas, vuelven a converger, todos juntos ahí, en mitad de mi cocina.

Si no soy consciente, otra vez, de que ese es el momento en que comienza el disfrute de compartir unas horas todos juntos en familia, el cansancio y el fastidio pueden anular todo tranquilo bienestar. Del mismo modo que en esos primeros momentos de la mañana, son horas de hacer varias cosas casi al unísono. Durante el resto del día -en las que, paradójicamente, no estoy con los que más quiero- puedo organizarme para hacer de a una tarea por vez, tranquila, ordenadamente, con un cafecito de por medio, sin cansancio acumulado, sin la sensanción de que todavía falta mucho o falta poco, sin presiones: lo que no se hizo a las tres de la tarde, todavía puede hacerse a las cinco, la posibilidad está aún latente, hay márgenes horarios para moverse.

A primera hora de la mañana y a última hora de la tarde, la cosa es más difícil. Por eso siempre le digo a Cucurullo que lo buenísimo de tener un/una amante no es la persona en sí, sino los horarios que maneja esta gente: cuando yo me encuentro con Cucurullo en el centro durante el día laboral soy diez veces más linda y simpática que a las doce de la noche de un jueves, cuando estoy muerta de cansancio por todo el trajín del día, de la semana, del mundo sobre los hombros, qué se yo… así que siempre le aconsejo dejarme un hueco en mitad del día para vernos, solos y corriendo todo lo otro del centro de la escena, y acercarnos los dos por fuera de la rutina diaria y lejos del mundo de detalles de cada día.

Debo centrame sobre mi eje y hacer de cuenta que soy una persona que puede estar en sus cabales a las ocho a.m., y a las ocho p.m., donde con humor, paciencia y algo de encanto podemos pasarla de la hostia, o perder el foco, desesperarnos por nada y tener la empatía de los carceleros de un campo de concentración ahogados en la resignación de todo lo que falta, todavía, para terminar la guerra (alguno de ustedes vio “El lector”? Tremenda película!)

Me voy, gente querida, tengo muchísimo que hacer y ya hemos pasado las ocho a.m. de un viernes, y con creces. Que tengan un excelente fin de semana, sin horarios a maltraer.

Haciendo números redondos sobre un mundo bien redondo

caféCuando yo era chica tenía una gran certeza: cumpliría treinta en el año Dos Mil. Imagínense qué rimbombantes me parecían esos números a los dulces dieciséis, por ejemplo: los veía enormes, lejanos, imposibles.

En el Dos Mil Diez -este año- cumplo cuarenta, y sin embargo veo que muchas de las cosas que soñaba para mis treinta abriles (o agostos, para ser exactos) ya no se aplican, me quedan demasiado grandes (inasibles?) o demasiado pequeñas (insignificantes?). O tal vez suceda que los sueños y las ilusiones también se actualizan si una madura y deja atrás la primera, segunda y tercera infancia (porque hay más de una, sin lugar a dudas… inclusive conozco a señores divorciados que se van a vivir con su mamá y descubren una cuarta beca para transformarse en niños, mirá vos, pero ésa es otra historia).

En esos años yo pensaba, por ejemplo, que el amor de tu vida se daba de una vez y para siempre. Entonces, ir a la fiesta de casamiento de una pareja me parecía definitivo y definitorio, un hecho consumado que presagiaba felicidad en forma inequívoca, como en los cuentos de hadas: “y vivieron felices”. No sabía todavía que esa celebración es un gesto de buen augurio, pero que todo lo demás (lo que aparece en el matrimonio después de esos primeros confites) es un caminito largo y sin garantías de glamour eterno en el que hay mucho que aprender, con más incertidumbres personales que consejos de terceros para acatar a rajatabla, con más vida para cambiar y flexibilizar que para dejar asentada en mármol.

Pensaba que el éxito profesional era de lo más democrático y popular que podía encontrarse por ahí: hoy veo que existen pirámides y estructuras de acceso a algunos puestos de trabajo que son más misteriosas que las que construyeron los egipcios hace milenios: son tan inexplicables! Y sin embargo, muchos las adoran, de rodillas y de cara al sol, repitiendo el mismo oscuro rito histórico, pero enfundados en saco y corbata y acarreando una notebook, en lugar de vestirse con túnicas y portar incienso y un cáliz.

Creía que tener hijos era un mandato biológico natural y a la vez un sueño de trascendencia, de prolongación, y también una forma de postergarse uno para darle a otro (la noción del amor, tal vez?). Hoy, a menudo tomo un café con gente que se cuestiona tener hijos como si fuese un trabajo más, o gente que se queja de los que tiene con una concepción económica inquietante, como si el tiempo que les dedica fuese más un costo que un beneficio. Hay una fe de erratas final, en casi todos los casos: “por supuesto, tener hijos es lo más importante que puede pasarme / me pasó en la vida”, pero mientras el café se mantuvo caliente en los pocillos, lo importante se quedó detrás de las quejas de bandoneón.

¿Qué ha cambiado tanto en estos cuarenta años? Algunos podrán decir que el mundo siempre fue igual y que simplemente yo profundicé la mirada y empecé a ver más lejos en el horizonte, descubriendo otros pliegues de la realidad que siempre estuvieron ahí, y que ahora se me presentan bien de frente porque tengo más edad y puedo ver esas sutilezas.

Otros podrán sospechar que me ando relacionando ahora -más que antes-, con gente que se mira el ombligo con extraña fijeza, o que me he decidido a vivir, como elección personal, en un mundo menos idealista, puro y espiritual (¿tendré que cambiar de amigos, de entorno, de libros?).

El mundo ha cambiado. ¿O quizá uno ha cambiado y el mundo sigue girando como si nada, mostrando las mil fascetas que cada tanto ilumina o esconde la luna, según sea donde nos encontremos?

Mi vida es distinta a la que imaginé hace tanto tiempo: es mejor y es peor, es más rica y variada, me hace cuestionar ideas, querer, sufrir y ser feliz en situaciones totalmente impensables en el pasado. Así que supongo que entonces nada va a parecerme tan sorprendente ahora que ya sé todo esto, porque nada es tan original o tan insensato: tanto yo como ustedes, todos, hemos transitado y palpado los distintos rincones de este mundo y ya sabemos de qué se trata.

Milena ayer miró el cielo y me preguntó por qué nunca, todavía, habíamos ido de vacaciones al espacio.

Y vuelta a empezar.