Tenemos una idea genial, un día con una energía exuberante o alguien que nos motiva a emprender una nueva tarea. Y encaramos eso nuevo que nos pasa con mucho entusiasmo: las ganas de concretar nuestro proyecto nos vuelve prácticos y resolutivos, simplificamos lo que parece complejo, proponemos nuevas formas de llegar al objetivo, abrazamos la pequeña semilla y después el primer brote y asumimos que con nuestros dos brazos podremos rodearlo todo cuando se expanda como el big bang y sea así de grande, y un poco más también.
Inventamos, intentamos.
Los primeros momentos de cualquier proyecto nuevo son como un romance de verano recién estrenado: se puede llegar al día siguiente con el corazón exaltado y la mente alerta. Pero a las primeras lluvias hay que analizar un poco más fríamente cómo es que vamos a seguir con esta historia.
Veo que la gente que continúa con sus proyectos -los nuevos y los de hace rato- los incorpora como un hábito personal e intransferible. Como bañarse o lavarse los dientes. No conozco a ningún ser humano relativamente limpio que se pregunte: “¿Tengo tiempo hoy para darme una ducha?” No, lo hacemos igual: como sea de jodida que esté nuestra vida, siempre encontramos veinte minutos para darnos un baño. ¿Significa eso que nos sobran veinte minutos todos los días, y que como no sabemos qué hacer con ellos, decidimos bañarnos? No, es justamente al revés: lo incorporamos a nosotros como un hábito, no podemos pensarlo como una decisión que hay que revisar diariamente, es parte de nosotros (bueno, excepto para algunos roñosos que conozco; digamos que para la mayoría de nosotros es así, para ser más precisos).
Así que ese es el secreto de los que siguen luchando más allá del primer envión y del primer “sueño revelación”: para ser como ellos, tendremos que ser consecuentes con el compromiso asumido, poner empeño cuando tengamos ganas de bajar los brazos (y cuando sospechamos que abrazar ese primer pimpollo es algo más que lejano en nuestro futuro: parece directamente de ciencia ficción), y lo más difícil y poco glamoroso: aprender a madurar nosotros antes de exigirles a nuestras ilusiones que terminen de crecer.
Los sueños que quedan abandonados en el camino los volverán a soñar otros hombres, aquellos que puedan vivirlos hasta el final. Esos sueños crecerán en otras vidas. Y está bien que así sea, porque no todos podemos pagar el precio de ver crecer todas las ideas maravillosas que se nos ocurren.
Pero sí podemos soñar alguna cosa -aunque sea pequeña-, y llevarla a cabo.
Cumplir las bodas de plata con ese enamoramiento estival.
Y seguir pensando en él hasta en la ducha.
Mientras les escribo esto en el blog escucho a Sinatra de fondo (”That’s life”, temazo). Sí, tengo una semana que fluye muy sinatramente… y con pañuelos descartables adornándome los contornos: siento desde ayer a la tarde que tengo la garganta atravesada por cuchillas, y en el paquete me ligué también un resfrío que no me deja pensar muy bien (a mí las congestiones nasales me bajan desde el cerebro, estoy segura, digan lo que digan los médicos acerca de dónde se ubica realmente la nariz). Así que me siento horrible, les confieso. Y tengo un día que se extiende frente a mí plagado de reuniones y compromisos laborales im-pos-ter-ga-bles (recordemos que esta semana es corta, como dice mi amiga Zilniya: “hoy parece martes pero en realidad es jueves”; el tiempo viene como camuflado). Tendré que exprimir mi creatividát y simplificar la agenda tomándome las cosas con realismo (y un té con limón, ya que estamos).
La petite robe noire fue un invento genial de Chanel. Lo genial no fue el vestido, en mi opinión, sino el concepto: una pieza de buena calidad que siempre te sienta como un guante, y que combinada astutamente con algún accesorio que se destaque te hace lucir diferente cada vez. De ese modo, el vestidito negro se reconvierte según tus necesidades del momento: lo usás en un bautismo de domingo por la tarde o en una super fiesta de sábado a la noche. Con stilettos altísimos o unas chatitas informales. El vestidito negro nunca falla, te hace sentir a tus anchas donde quiera que estés, cómoda dentro de tu propio cuerpo.
Un día que pinta malo puede comenzar de cualquier manera: si no escuché el despertador y me quedé dormida, si un rato antes llovió el Diluvio Universal y me dejó olor a humedad en todo un tendal de ropa, con una amiga que me llama por teléfono en esa primera hora tan inoportuna -cuando cada instante cuenta para bañarme y vestirme- para contarme al detalle su nueva conquista amorosa que se parece bastante al juego de las sillas (hay que ubicarse en alguna, aunque sea por cinco minutos), cuando mi hija -que todavía tiene sueño- se rebela ante Cualquier Orden Establecido (desayunar? noooo! lavarme los dientes? por quééé!!! peinarme? no quieroooo!), o un viernes cualquiera en que Cucurullo se queda veinte minutos mirando los goles en el noticiero mientras pierde absolutamente la noción del tiempo (no cualquier tiempo, sino el Tiempo Sagrado de las Ocho Menos Cuarto de la Madrugada) con la taza de café en vilo, exactamente como si estuviéramos de vacaciones en las Bahamas y tuviésemos todo un día de playa por delante.
Mucho antes de la Resurrección Cristiana hubo unos cuantos mitos y leyendas clásicos relacionados con la muerte y la vuelta a la vida. Los griegos, que lo inventaron todo (bueno, en una época les juro que fue así, ahora los que lo inventan todo son los chinos), ya se referían al Ave Fénix con pelos y señales: Heródoto describe en su obra a este bicho extraño y maravilloso que tiene la curiosa propiedad de resurgir de sus cenizas cada quinientos años, joven, fuerte y nuevo.
Un terremoto pone a Haití patas para arriba en el mapa (más de lo que ya estaba, todavía!), y todos sentimos compasión, horror y ganas de ayudar como sea y donde sea. Donamos ropa, alimentos no perecederos, incluso cosas que todavía podríamos usar pero que esa gente necesita más que nosotros. Sin embargo, estos tipos tan solidarios con el prójimo somos los mismos que le arrojaríamos más de una levantada en peso a un compañero de oficina si nos sacara la abrochadora del escritorio sin pedirnos permiso. Y no es que no seamos desprendidos con nuestras cosas (para no confundirnos al despejar la equis, asumamos acá que no somos tan retorcidamente egoístas y recordemos que en este mismo párrafo donamos no sé cuantas cosas a los haitianos). El problema es que el fondo del asunto pasa por otro lado.
– los mujeriegos octogenarios (como Adolfo Bioy Casares en sus últimos años), que al hablar de sus fechorías de dos reencarnaciones atrás pareciera que se refieren a travesuras de pícaros ligeramente tiernos y ya pasado de punto. La pura verdad es que fueron unos jodidos en flor con sus mujeres de aquellos tiempos, pero como ahora ya no destrozan el corazón de nadie, quieren hacernos creer que en su momento sus asuntos fueron graciosos y divertidos para todo el mundo.
“Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.” Pero esta vez no me refiero a ningún verbo bíblico, sino a uno más actual: googlear.
El otro día tomé un café en la oficina con una colega de esas que siempre pululan alrededor mío: la chica nunca se ha casado –todavía- ni tiene hijos. En cambio tiene el recuerdo de muchos aviones embarcados en temporada baja y unas cuantas vidas contratadas en relación de dependencia. Ya saben cómo es, cualquiera de ustedes la ha visto: delgada, corte de pelo a la moda, ropa de shopping comprada en liquidación & con descuentos de Miércoles Mujer (entiéndase bien: vestuario que no es de diseñador exclusivo, pero sí de marca), infinidad de dimes y diretes símil sitcom urdidos en horario de 9 a 18 y muchos, muchos kilómetros de sala de reuniones trajinados en su CV. Deja caer, con tono cómplice, ese comentario que casi me incluye, o más bien pretende incluirme: “todas hemos salido alguna vez con un jefe casado”. Me mira fijamente, buscando una confesión que la exonere de culpa y cargo. Me sorprendo a mí misma renunciando al intento de negar su acusación, siquiera: nunca pasé por su experiencia, pero me da pereza enredarme en una discusión que no interesa a nadie.
En el subte leo las aventuras de Anthony Burdain en Saigón y Vietnam: el tipo es un chef de casaca blanca y escuela francesa de cocina, así que se supone que debe vivir encerrado en el servicio de comidas de su restaurante paquetísimo (“Les Halles”, en New York, ya voy a ir, créanme). En cambio, anda errando por el mundo buscando los sabores perfectos de cada país mientras escribe las aventuras vividas en un libro –el que leo ahora-, que a su vez son grabadas para un programa de televisión -”Sin Reservas”-, que se transmite cada dos por tres en cable.
Con Cucurullo tenemos en claro que nuestro noviazgo comenzó con el pie izquierdo. O con varios pies izquierdos, quizá, porque hubo que remontar más de un mal presagio. Es que no era la situación ideal para decidirnos a empezar nada entre nosotros, ni siquiera un curso de origami, así que menos todavía para encarar esta relación.

