Monthly Archive for Marzo, 2010

Soñar no cuesta nada, pero conseguir lo que soñamos… cuánto tenés en la billetera, exactamente?

mantenerseTenemos una idea genial, un día con una energía exuberante o alguien que nos motiva a emprender una nueva tarea. Y encaramos eso nuevo que nos pasa con mucho entusiasmo: las ganas de concretar nuestro proyecto nos vuelve prácticos y resolutivos, simplificamos lo que parece complejo, proponemos nuevas formas de llegar al objetivo, abrazamos la pequeña semilla y después el primer brote y asumimos que con nuestros dos brazos podremos rodearlo todo cuando se expanda como el big bang y sea así de grande, y un poco más también.

Inventamos, intentamos.

Los primeros momentos de cualquier proyecto nuevo son como un romance de verano recién estrenado: se puede llegar al día siguiente con el corazón exaltado y la mente alerta. Pero a las primeras lluvias hay que analizar un poco más fríamente cómo es que vamos a seguir con esta historia.

Veo que la gente que continúa con sus proyectos -los nuevos y los de hace rato- los incorpora como un hábito personal e intransferible. Como bañarse o lavarse los dientes. No conozco a ningún ser humano relativamente limpio que se pregunte: “¿Tengo tiempo hoy para darme una ducha?” No, lo hacemos igual: como sea de jodida que esté nuestra vida, siempre encontramos veinte minutos para darnos un baño. ¿Significa eso que nos sobran veinte minutos todos los días, y que como no sabemos qué hacer con ellos, decidimos bañarnos? No, es justamente al revés: lo incorporamos a nosotros como un hábito, no podemos pensarlo como una decisión que hay que revisar diariamente, es parte de nosotros (bueno, excepto para algunos roñosos que conozco; digamos que para la mayoría de nosotros es así, para ser más precisos).

Así que ese es el secreto de los que siguen luchando más allá del primer envión y del primer “sueño revelación”: para ser como ellos, tendremos que ser consecuentes con el compromiso asumido, poner empeño cuando tengamos ganas de bajar los brazos (y cuando sospechamos que abrazar ese primer pimpollo es algo más que lejano en nuestro futuro: parece directamente de ciencia ficción), y lo más difícil y poco glamoroso: aprender a madurar nosotros antes de exigirles a nuestras ilusiones que terminen de crecer.

Los sueños que quedan abandonados en el camino los volverán a soñar otros hombres, aquellos que puedan vivirlos hasta el final. Esos sueños crecerán en otras vidas. Y está bien que así sea, porque no todos podemos pagar el precio de ver crecer todas las ideas maravillosas que se nos ocurren.

Pero sí podemos soñar alguna cosa -aunque sea pequeña-, y llevarla a cabo.

Cumplir las bodas de plata con ese enamoramiento estival.

Y seguir pensando en él hasta en la ducha.

That’s life

objetivo y direccionMientras les escribo esto en el blog escucho a Sinatra de fondo (”That’s life”, temazo). Sí, tengo una semana que fluye muy sinatramente… y con pañuelos descartables adornándome los contornos: siento desde ayer a la tarde que tengo la garganta atravesada por cuchillas, y en el paquete me ligué también un resfrío que no me deja pensar muy bien (a mí las congestiones nasales me bajan desde el cerebro, estoy segura, digan lo que digan los médicos acerca de dónde se ubica realmente la nariz). Así que me siento horrible, les confieso. Y tengo un día que se extiende frente a mí plagado de reuniones y compromisos laborales im-pos-ter-ga-bles (recordemos que esta semana es corta, como dice mi amiga Zilniya: “hoy parece martes pero en realidad es jueves”; el tiempo viene como camuflado). Tendré que exprimir mi creatividát y simplificar la agenda tomándome las cosas con realismo (y un té con limón, ya que estamos).

Así que pienso capear el temporal de mocos y de cuchillas como mejor pueda. Con una sonrisa -aunque sea miserable- y la frente en alto, mis queridos. Porque qué otra opción me queda… That’s life! ;-)

http://www.youtube.com/watch?v=KIiUqfxFttM

El vestidito negro

clásica La petite robe noire fue un invento genial de Chanel. Lo genial no fue el vestido, en mi opinión, sino el concepto: una pieza de buena calidad que siempre te sienta como un guante, y que combinada astutamente con algún accesorio que se destaque te hace lucir diferente cada vez. De ese modo, el vestidito negro se reconvierte según tus necesidades del momento: lo usás en un bautismo de domingo por la tarde o en una super fiesta de sábado a la noche. Con stilettos altísimos o unas chatitas informales. El vestidito negro nunca falla, te hace sentir a tus anchas donde quiera que estés, cómoda dentro de tu propio cuerpo.

Todos tenemos distintas versiones del vestidito negro pululando por fuera del placard: son esas situaciones, objetos, momentos, que siempre nos hacen sentir bien, que disfrutamos aunque tengan dos o tres detalles diferentes de vez en cuando. Y es que los retoques no nos apartan de lo esencial, aquello que disfrutamos porque responde a nuestro estilo, nuestra personalidad o nuestra forma de vivir… o simplemente, a nuestro talle.

Acá van algunos de mis “vestiditos negros”, mis queridos: los puedo compartir con ustedes, pero no creo que pueda renunciar a ellos…

- Las historias recién horneadas que surgen de la “bolsa de los cuentos” a pedido de Mile: son ficciones que no merecen un Nobel, se imaginarán! Se trata de cuentos inventados justito ahí a la hora de dormir, en la penumbra. La bolsa se supone que es el entretejido neuronal que existe dentro de la sesera y del que salen los argumentos más fantásticos e incongruentes, que la gorda me permite desplegar frente a ella con mucho más de amor que de sentido crítico. La mayoría de las veces, de la bolsa salen cuentos con elementos “a pedido”: La Bella Durmiente (Vuelteramente Durmiente) que tengo al lado insiste en que el cuento tenga una princesa, un hada y una mula, por ejemplo, y que se desarrolle preferentemente en la cima de una montaña. Y ahí nomás, sin un instante de respiro, remata: “¿me lo contás ahora mismo?”. Y ahí va la historia, desandando una madeja que todavía nunca hemos visto antes. Momento mágico de Sherezade Express enhebrado entre las dos.
- Los libros que escriben esos escritores de talento monstruoso y genial y que me hacen compartir otros mundos a través de sus palabras: Borges, Fresán, Fuentes, Quino, no importa quiénes, sólo sé que existen y están ahí en mis estantes para que yo los descubra. Puede cambiar el autor, pero la sensación de disfrute que tengo cada vez que los encuentro es la misma, adivino que ese momento perfecto es real y no lo anduve soñando cuando comienza a surgir otra vez entre las páginas impresas y lo reconozco otra vez, como me reconozco a mí misma cuando me veo en el espejo.
- Bailar con Cucurullo en el living de casa cualquier día de la semana, cualquier tema en cualquier idioma, sabiendo que cuando me abraza me guía con su cuerpo y hace que -milagro de los milagros, más inexplicable aún que el de los panes y los peces- me deslice al compás de la música y giremos coordinados: sólo él puede convencerme de que los dos -juntos- estamos siguiendo el ritmo, el resto del tiempo que no bailo con él yo sé perfectamente que tengo dos pies izquierdos para esos menesteres.
- El cafecito con amigas, a la mañana bien temprano o a la tarde después del trabajo: abrir la puerta del bar y escuchar el entrechocar de los pocillos en los platos, las cucharitas y el saludo cordial de las voces familiares en una mesa justito ahí frente a mi mirada me produce una sensación muy parecida a la felicidad (nota: en el cielo tiene que haber bares, no puede ser una nube larga y espaciosa con dos o tres ángeles y ninguna mesa de café para conversar con ellos de filosofía barata y zapatos de goma, eso sería inadmisible).
- Compartir esas largas charlas con mamá, sobre todo y sobre nada: una película, un libro de la infancia, la fragancia de la crema facial que usaba mi abuela y que todavía evocamos sin esfuerzo, recuerdos insignificantes que convertimos en fundamentales cualquier domingo a las tres de la tarde, cuando nadie nos escucha y está toda la vida expuesta en dos tazas humeantes, una frente a la otra (insisto: en el cielo tiene que haber café, no podemos renunciar a él con la excusa de que en el Paraíso no hay una miserable máquina expresso!)
- El mercado abierto de la plaza de mi barrio, los martes a la mañana, lleno de frutas, verduras, pescados y tantas otras chucherías que desconozco para qué sirven (o si son lindas o feas para el mundo), pero que me encanta que se expongan ahí para poder desconcertarme del mismo modo cada semana: como si yo tuviese tres años y estuviese frente a una mini feria persa.
- Y cualquier otro mercado de cualquier otro barrio, porque me gustan todos por igual.
- Ver caer el sol, una tarde -una más-, sabiendo que otra vez pude usar el eterno vestidito negro, que nunca se deshilacha porque es de buena calidad: así es como su encanto dura y perdura. Le reconozco su valor, su fidelidad y su sencilla dignidad. Lo cuelgo como siempre en su lugar, dándole las gracias por los servicios prestados y sabiendo que al día siguiente, en algún momento, lo sacaré a relucir otra vez, me lo pondré nuevamente sobre el cuerpo y seguro, segurísimo, me volverá a sentar de maravilla.

Wake me up before you go go

a primera hora de la mañanaUn día que pinta malo puede comenzar de cualquier manera: si no escuché el despertador y me quedé dormida, si un rato antes llovió el Diluvio Universal y me dejó olor a humedad en todo un tendal de ropa, con una amiga que me llama por teléfono en esa primera hora tan inoportuna -cuando cada instante cuenta para bañarme y vestirme- para contarme al detalle su nueva conquista amorosa que se parece bastante al juego de las sillas (hay que ubicarse en alguna, aunque sea por cinco minutos), cuando mi hija -que todavía tiene sueño- se rebela ante Cualquier Orden Establecido (desayunar? noooo! lavarme los dientes? por quééé!!! peinarme? no quieroooo!), o un viernes cualquiera en que Cucurullo se queda veinte minutos mirando los goles en el noticiero mientras pierde absolutamente la noción del tiempo (no cualquier tiempo, sino el Tiempo Sagrado de las Ocho Menos Cuarto de la Madrugada) con la taza de café en vilo, exactamente como si estuviéramos de vacaciones en las Bahamas y tuviésemos todo un día de playa por delante.

A primera hora de la mañana en esta casa -y calculo que en muchas casas- el día comienza frecuentemente con la sensación de que nos han robado (a traición y por la espalda) una preciosa media hora que siempre nos anda faltando. Y por supuesto, no podemos invertir el – poco – tiempo – que – queda – para – descontar – tareas – pendientes en lamentar su pérdida, porque en ese caso el faltante de minutos mañaneros sería más grosero todavía.

Así que nos dedicamos a chapotear ese primer charco de la rutina diaria como mejor podemos. Más tarde podré escribirles algo en este blog (antes de irme a trabajar), y las horas se irán acomodando -o no-, hasta saber cómo viene definitivamente el día para cada uno de nosotros. Nos llamaremos cada pocas horas, Cucurullo y yo, para irnos comentando los detalles, los pormenores interesantes que surgen a cada rato: si pudimos concretar algo sobre tal viaje que está pendiente, si nos encontramos con algún amigo, qué tal si invitamos a Fulano a comer mañana, hay que comprarle un nuevo par de zapatillas a la gorda (podremos evitar la estética Barbie por esta vez?). Y después nos reuniremos los tres, un poco antes de la hora de cenar, y compartiremos lo que queda del día.

Si se fijan bien, es una vida bastante sencilla de vivir. Después de todo, no sé si somos tan distintos a las abejas que viven todas juntas en un panal (no es muy diferente un panal a ciertos edificios amontonados en el centro porteño), a las hormigas que se trasladan por arriba y por debajo del hormiguero (como yo y tantos otros deslizándonos por las estaciones de subte, día tras día), o a un rebaño de cabras pastando en medio de la montaña (tan parecido es su ir y venir al de la gente que vive en un country).

-”Querida, qué hay de cenar? Me muero de hambre”- pregunta el Cucurullo trabajador en su versión cabrito, bajando desesperado por la ladera del monte al caer el sol (desesperado porque está hambriento, ya se habrán dado cuenta, no por un interés deportivo en quebrar su marca haciendo running desde las alturas).

- “Hierbas del Mediterráneo en Tierra Mojada”- dice Mi Yo en Versión Cabra Multitasking: hace rato volvió de trepar por allá arriba y de olisquear por acá abajo, de acompañar el crecimiento de su prole (¿tendrán cuaderno de comunicaciones en el colegio cabriteril?) y de acicalarla con el amor universal de toda madre hacia su cría.

La vida de los seres vivos no es tan diferente. Podemos ser organismos unicelulares como los protozoarios, bichos de cuatro patas, o incluso hombres de esos bien orgullosos de su estirpe que esculpen “Conócete a tí mismo” en grandes letras griegas. No importa.

El meollo del asunto es que tendremos que aprender a disfrutar el día, el presente, el ahora, ahora, ahora (escucho el sonido de un chasquido de los dedos devolviéndome a este momento, la respiración de este instante, ahora, ahora, ahora, el minuto que tengo para existir).

Ahora. “La vida es lo que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes”, cantaba el viejo Lennon.

La vida es esto, y esto es lo que tenemos para disfrutar: los goles con el café, el libro en el subte, mi amiga contándome su historia de amor desesperado por teléfono mientras me visto para irme a trabajar, el ratito en este blog, los sueños de viajar, Cucurullo revisando desesperadamente la heladera cuando llega la noche y la cena no está lista, Mile corriendo por la casa en pijama y toda despeinada.

Si es un mal día o si es el Paraíso, mis queridos, depende de nuestra mirada, o de haber logrado escuchar el chasquido del presente, sin excusas.

Transmitiendo desde las entrañas del Ave Fénix… Hay alguien ahí?

bailando en rojoMucho antes de la Resurrección Cristiana hubo unos cuantos mitos y leyendas clásicos relacionados con la muerte y la vuelta a la vida. Los griegos, que lo inventaron todo (bueno, en una época les juro que fue así, ahora los que lo inventan todo son los chinos), ya se referían al Ave Fénix con pelos y señales: Heródoto describe en su obra a este bicho extraño y maravilloso que tiene la curiosa propiedad de resurgir de sus cenizas cada quinientos años, joven, fuerte y nuevo.

Para los cristianos de pura cepa se vienen días de ritos intensos. Para la mayoría de nosotros se trata de una tradición familiar que se evoca desde más lejos o más cerca en el tiempo, pero más allá de la distancia que mantengamos con los asuntos de la fe, la idea de la muerte y la renovación nos anda rondando. Y a mí me gusta esa idea, porque se trata de creer que en la vida se vienen vientos de cambio. No nos referimos a una cómoda brisa que apenas nos despeina, sino a vientos fuertes, huracanados. No se podrá negar que en la experiencia se atraviesa por algunos sacrificios: los caminos aparentemente intransitables (o intransitados) que tenemos que tomar a menudo no son de color rosa Barbie. La aceptación de estos hechos le llega a cualquier Ave Fénix en su madurez.

Sé que es un tema bien clásico y reiterado cada tanto en la historia del mundo (sí, el asunto es dogma de fe para los que creen en la Resurrección de Cristo o un simple argumento literario y fantástico para los incrédulos), pero es un planteo más interesante, me parece, que la ilusión de la juventud eterna a la que tan desesperadamente se aferran las que a partir de los cuarenta se internan en cualquier centro de estética para detener el tiempo. Porque en vez de sacerdotes o chamanes, ahora frecuentamos cirujanos plásticos: ustedes díganme qué compañía prefieren.

Detener el tiempo no es posible, volver a nacer, claro que sí. Quién no nació de nuevo alguna vez. Quién no empezó de cero cuando se suponía que ya no había esperanzas, milagrosamente transformado por la experiencia de caer y volver a levantarse.

Exponerse, atravesar el fuego, consumirse, y volver a empezar. Por ahí anda más de uno que conozco. Yo también.

¿Por qué es más fácil amar a la humanidát entera que a Juan de los Palotes?

vidas Un terremoto pone a Haití patas para arriba en el mapa (más de lo que ya estaba, todavía!), y todos sentimos compasión, horror y ganas de ayudar como sea y donde sea. Donamos ropa, alimentos no perecederos, incluso cosas que todavía podríamos usar pero que esa gente necesita más que nosotros. Sin embargo, estos tipos tan solidarios con el prójimo somos los mismos que le arrojaríamos más de una levantada en peso a un compañero de oficina si nos sacara la abrochadora del escritorio sin pedirnos permiso. Y no es que no seamos desprendidos con nuestras cosas (para no confundirnos al despejar la equis, asumamos acá que no somos tan retorcidamente egoístas y recordemos que en este mismo párrafo donamos no sé cuantas cosas a los haitianos). El problema es que el fondo del asunto pasa por otro lado.

El punto es que es difícil amar(nos) sabiendo de nuestras pequeñas miserias y nuestro confuso mundo de detalles, en el que no somos tan maravillosos ni tan accesibles para eso de querer y ser queridos todo el tiempo. Querer a la humanidad “en general” es muchísimo más sencillo, lógico y razonable. Todos queremos en grandes letras mayúsculas, como rasgo de inteligencia social si no es por otras razones más metafísicas o religiosas. Hasta mi hija de cinco años sabe que “los que son muy malos en algún momento se quedan solos, mami”.

Entonces pienso en el Papa, en Buda, en Osho y tantos otros… me pregunto si para ellos no es (o “fue” para algunos que ya no están en este mundo, pero pongamos toda esta idea en un tiempo presente ideal) más fácil amar a la humanidad en general porque no tienen que compartir el baño a la mañana con su media naranja -¿todos tardamos en bañarnos / afeitarnos / maquillarnos más tiempo de lo que el otro puede esperar para usar las mismas instalaciones?-, o correr con los hijos una carrera maratónica para no llegar tarde a la escuela un día lunes, por ejemplo. Y porque también tienen la ventaja de irse a trabajar a un ambiente relajado de oración y meditación, así que nadie les exige presentarse todos los días en una oficina en el microcentro donde el que llegó a la cima (el despacho con ventana al río) es un señor que tiene la sensibilidad del que se come a los chicos crudos. Es decir, me pregunto si las grandes virtudes teologales no son más difíciles de practicar en el día a día del mundo real, jodidamente real, que hace conexión con la Línea D de subtes.

Porque pienso que el ser humano no está tan bien hecho como para ser fácilmente querible. Enamorarse de Fulano o Mengano es una experiencia de acceso democrático porque en el enamoramiento hay mucho de arrobamiento, de sentirse asombrado por lo bueno y nuevo que decubrimos en el otro, por eso “escoba nueva barre bien”. Pero ya sabemos a esta altura que el mérito de querer a los demás no pasa por lo que descubrimos de bueno en ellos en los primeros quince minutos, sino en seguir sintiendo ese amor y esa admiración después de los primeros quince añitos de compartirlo todo (lo bueno y lo no tan bueno).

Y me doy cuenta de que el amor ilimitado no es tan fácil de lograr como quisiéramos creer. Hay gente que publica en su muro de Facebook maravillosas frases de amor -dedicadas a la humanidad en general o a un idealizado vecino de por ahí al lado- pero con serios problemas para volcar entre sus afectos reales y concretos tamañas enseñanzas. ¿Cómo entender el amor que concibe esa gente, entonces? ¿Como un amor idílico, adolescente, académico (me refiero a teórico, “de libro”)?

Querer querer lo que se dice querer, quiso -al mundo en general y a muchos en particular, y constantemente- la Madre Teresa, por ejemplo. Ahí tenemos un hallazgo sorprendente: no se casó con nadie de este mundo (se casó con Dios, y creo que ella no se merecía ningún otro cónyuge de menor categoría que Ese), y tampoco hizo grandes declaraciones ceremoniales. Fundó una orden religiosa para socorrer a los insocorribles de siempre (creo que acabo de inventar una palabra, disculpen), se arremangó hasta la humildad más absoluta y se entregó como nunca vimos entregarse a nadie (olvídense de esos amores de películas hollywoodienses con música tipo “Carrozas de Fuego” de fondo, todos sabemos que estamos hablando de algo más maduro que eso, hablamos del amor fundante, profundo, que no se lleva bien con el botox en el ombligo: no sé por qué últimamente no creo en ninguna escena de amor y de desprendida entrega en donde el amante tenga los rasgos rígidos de puro amor propio).

Así que cuando pienso en una declaración de amor jugado, al mejor estilo “contigo pan y cebolla”, pienso en la Madre Teresa de Calculta, que es la mujer más preparada que concibo para poder hacer ese juramento. A todos los demás puede que no nos quepa el sayo, o por lo menos puede que andemos tecleando de vez en cuando.

Entonces el amor no está puesto en el objeto de ese amor, sino en el sujeto que dice andar amando por ahí. Si soy capaz de amar, podré amar a cualquier Juan de los Palotes. Juan de los Palotes a veces es un chico enfermo en Calcuta que no come hace mil vidas, otra vez es mi media naranja utilizando el baño por treinta minutos en “hora pico” y otro día es ese compañero que me desordena el escritorio sin permiso. Y ahí es cuando me encuentro de sopetón con la realidad más prosaica pretendiendo ser una gran deidad iluminada, o quien sea que esté allá lejos sobre un altar, bajo las cumbres del Tibet o en un ashram de la hostia. Pero esos espíritus sutiles no están casados con una señora que mira programas de chimentos ni son empleados en el Deutsche Bank: viven en otro barrio intelectual y emocional del que no vamos a hablar acá.

No hay caso, en nuestro mundillo de liquidaciones de verano pagaderas en cuotas fijas a estrenar, amar es tolerar sin desmadrarse las miserias del otro. Con una sonrisa incluso, lo que ya sería la cereza del postre. Para todo lo demás… ya saben lo que voy a decir, no? para todo lo demás, existe Mastercard.

Viejos leones herbívoros (porque se quedaron sin dientes)

un temita no menor – los mujeriegos octogenarios (como Adolfo Bioy Casares en sus últimos años), que al hablar de sus fechorías de dos reencarnaciones atrás pareciera que se refieren a travesuras de pícaros ligeramente tiernos y ya pasado de punto. La pura verdad es que fueron unos jodidos en flor con sus mujeres de aquellos tiempos, pero como ahora ya no destrozan el corazón de nadie, quieren hacernos creer que en su momento sus asuntos fueron graciosos y divertidos para todo el mundo.

- las suegras maltratadoras que se conducen como dulces viejecitas de geriátrico y que se parecen tanto a esa ancianita taimada e inimputable que caminaba con pasos cortitos en las caricaturas de Silvestre y Tweety.

- los abuelos que a sus hijos no le compraban ni un par de cordones nuevos para las zapatillas (para no malacostumbrarlos) y a los nietos le ponen un departamento a su nombre ni bien cumplen 18 años.

- las madres escandalizadas que viven encerradas en su casa mirando el noticiero de Crónica o los programas de chimentos y que no permiten que sus hijas adolescentes salgan ni la esquina a ver si llueve, cuando ellas mismas veinte años atrás se la pasaban de martes a domingo bailando arriba del parlante en cuanto boliche les franqueara la entrada.

- los comentaristas deportivos que justifican toda animalada de los jugadores porque ellos mismos estuvieron corriendo tras la misma pelotita diez años antes (y cometiendo las mismas torpezas).

- los taxistas opinólgos que son expertos en economía, psicología, fútbol, genética molecular, runas y tarot, pero no saben cuál es la calle Reconquista.

- los chicos lindos del condado que cuando vos eras adolescente no te daban ni la hora y que hoy, veinte años después, ya panzones y pelados, te ven de casualidad por la calle y trotan dos cuadras hasta alcanzarte para comentarte “lo linda que estás”.

- los chicos lindos del condado que cuando vos eras adolescente eran simpatiquísimos con todo el mundo (tu madre los adoraba con toda su alma) y que hoy, veinte años después, siguen siendo los chicos lindos del condado… gay.

- los jefes terribles con vocación de Stalin que hacen que cada día en la oficina parezca un largo fin de semana picando piedras en un campo de concentración y que, una vez que cambiás de trabajo, pretenden transformarse en tus consejeros sentimentales, psicólogos ad honorem o asesores inmobiliarios.

- la profesora de matemáticas híper exigente del colegio secundario que te hacía parir su materia durante todo el año, pero gracias a ella cursaste a medias “cálculo financiero” en la facultad y ya la aprobaste como por un tubo.

- las mujeres otrora infartantes que hoy siguen exhibiéndose con aires de diva, escotes arrugados y pintadas como una puerta.

“Harto ya de estar harto de las fronteras” (Sabina dixit)

redes urbanas “Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.” Pero esta vez no me refiero a ningún verbo bíblico, sino a uno más actual: googlear.

Antes de Google (pero después de Cristo), las fronteras estre los países entrañaban idiosincrasias precisas en la forma de pensar, de actuar, de concebir al mundo. Unos años previos a que el uso de internet fuera más masivo que el pancho con Coca Cola, recuerdo que en una cena de trabajo entre gente de diferentes países un jefe mío tiró este comentario: los que estábamos allí sentados teníamos más en común entre nosotros, que con otros compatriotas de distinto estrato social o forma de vida.

Yo era muy joven, pero todavía recuerdo el rechazo inmediato que me produjo esa idea, porque entonces, ¿qué pasa con la patria de uno, los lugares de la infancia, el lunfardo / slang / la jerga de cada barrio y cada día? ¿No vale de nada tener todo eso en común? ¿No soy yo más compatible con un productor de soja del interior del país -que habla mi mismo idioma y canta mi mismo himno- que con un tipo que trabaja en una oficina de la misma consultora en Los Ángeles, Lisboa o Pretoria? Como mínimo, todo el asunto me parecía polémico.

Durante todos estos años, sin embargo, muchas cosas han cambiado. Viajar por el mundo ya no es una peregrinación que dura un año sabático, sino una experiencia más frecuente y accesible, casi al menudeo. Y si no viajás físicamente, podés viajar en forma virtual: hoy tenés amigos que se mueven por el mapa constantemente, que hoy viven acá y en dos años andan por allá, y con los que estás en contacto por Facebook, messenger o mail. Cuando tenés ganas y algo de tiempo, podés conocer detalles de su tierra, sus experiencias y su forma de ver la vida a un solo click de una webcam. Y así los individuos de un lado y del otro se conocen, comprenden, se mezclan y se aceptan.

Las fronteras se acortan, andan difusas y hay que ponerlas bajo la lupa para ver bien qué quieren decir exactamente.

Un ejemplo: de los años mi infancia tengo registro de tantas escaramuzas entre Argentina y Chile, de amenazas veladas y no veladas de irnos a las manos como si fuera una riña de guapos de arrabal. Hoy las fronteras van perdiendo altura y si uno cogotea ve perfectamente la costa del Pacífico: quién no tiene alguien conocido viviendo allá, otro que vive de este lado del muro y algunos que van y vienen y tienen hijos en un lugar y en otro. Las fronteras siguen estando fijas ahí, pero ahora aprendemos a ver del otro lado y a comprender que hay más de inconcebible en peleas entre países que en discusiones entre vecinos medianera por medio.

Entonces hoy surge un terremoto detrás de la pared del fondo y nos impacta a todos. El mundo es más pequeño de lo que pretendíamos creer: la tecnología lo contrajo, y por eso estamos más juntos o arracimados o conscientes de que hay otros -otros como nosotros- de aquél lado del mapa. Otros que comparten las mismas emociones, usan nuestras mismas palabras u otras equivalentes en cualquier idioma, conozcan o no nuestro lunfardo / slang / la jerga de cada barrio, pero saben lo que se siente al vivir en una ciudad y salir a trabajar todos los días, o tener hijos que desafían nuestras estructuras más temprano que tarde, o tantas cosas en las que somos todos iguales. (¿Alguno de ustedes vio ese programa “Seis mil millones de otros” que se transmite cada tanto por canal Encuentro?).

Las ciudades comienzan a tener una estética similar: los mismos arquitectos viajan de un lugar para el otro, los edificios nuevos de Puerto Madero y los de La Défense en París se parecen bastante, es fácil darse cuenta. El Taj Mahal es único, pero desde Google a esta parte, muchas ciudades comienzan a integrarse en una forma común más allá de su historia o sus peculiaridades. ¿Es mejor que cada lugar permanezca fiel al pasado que le dio origen, o es mejor que se suba a la marea cosmopolita del presente? No tengo ni la más remota idea, pero sé que hoy tenemos acceso a compartir nuestra vida con gente que está en cualquier lugar del mundo como si estuviera frente a nosotros, y podemos tratar de entendernos a pesar de las distancias geográficas, históricas y quién sabe cuántas más, porque hoy las barreras son más bien tecnológicas que de concreto.

Día a día, las fronteras tienen que ir perdiendo su entidad y su razón de ser. Hoy tenemos Mercosures, Uniones Europeas, lugares trasnacionales donde presentar pasaportes, pero cada vez esos trámites son más equívocos y cuestionables, no creen?

El mundo es ancho y ajeno como trasero de garota de escola do samba, señores

el trasero del mundoEl otro día tomé un café en la oficina con una colega de esas que siempre pululan alrededor mío: la chica nunca se ha casado –todavía- ni tiene hijos. En cambio tiene el recuerdo de muchos aviones embarcados en temporada baja y unas cuantas vidas contratadas en relación de dependencia. Ya saben cómo es, cualquiera de ustedes la ha visto: delgada, corte de pelo a la moda, ropa de shopping comprada en liquidación & con descuentos de Miércoles Mujer (entiéndase bien: vestuario que no es de diseñador exclusivo, pero sí de marca), infinidad de dimes y diretes símil sitcom urdidos en horario de 9 a 18 y muchos, muchos kilómetros de sala de reuniones trajinados en su CV. Deja caer, con tono cómplice, ese comentario que casi me incluye, o más bien pretende incluirme: “todas hemos salido alguna vez con un jefe casado”. Me mira fijamente, buscando una confesión que la exonere de culpa y cargo. Me sorprendo a mí misma renunciando al intento de negar su acusación, siquiera: nunca pasé por su experiencia, pero me da pereza enredarme en una discusión que no interesa a nadie.

Al día siguiente me encuentro con algunas madres de los compañeritos de colegio de mi hija: la conversación se atasca con el detalle de los cuadernos forrados con papel contact, los horarios de adaptación y los nombres de las nuevas maestras. Hay pasión contenida en las voces que relatan las historias mínimas de la rutina diaria de nuestros chicos, la desorganización del horario de entrada y ni hablar del de salida. Un microcosmos de sucesos construidos en puro presente, descriptivo y perecedero.

bourdain chefEn el subte leo las aventuras de Anthony Burdain en Saigón y Vietnam: el tipo es un chef de casaca blanca y escuela francesa de cocina, así que se supone que debe vivir encerrado en el servicio de comidas de su restaurante paquetísimo (“Les Halles”, en New York, ya voy a ir, créanme). En cambio, anda errando por el mundo buscando los sabores perfectos de cada país mientras escribe las aventuras vividas en un libro –el que leo ahora-, que a su vez son grabadas para un programa de televisión -”Sin Reservas”-, que se transmite cada dos por tres en cable.

Cucurullo llama más tarde y me cuenta los pormenores de otro día a puro powerpoint, Príamo de los Suburbios (mi suegro) pasa por mi casa para hacer una visita express y, de paso, dejar en mi heladera una provisión de quesos exquisitos que consiguió donde el diablo perdió el poncho.

Una amiga del alma me llama para contarme que ahora tiene menos trabajo y está preocupada (este mes llegan a cubrir todas las cuentas, pero no sabe si podrá decir lo mismo a fines de abril: todo está aumentando mucho); mi empleada doméstica se ofrece para venir los sábados “por si precisa más ayuda con la casa, señora” con tono contenido pero digno.

Otra amiga de esas de fierro me llama para invitarme a su fiesta de cumpleaños en el Museo Renault. Puedo ir con Cucurullo, pero la reunión es sin chicos.

¿Y cuál es la vida real? ¿Dónde está el verdadero mundo? ¿Cuál es el suelo firme y concreto en esto que es andar transitando día tras día un mismo caminito que pretende ser coherente?

Todo se complica y se vuelve enorme si nos encerramos en una sola realidad y nos pensamos el chico lindo del condado, o tal vez el más pobre de toda la aldea y aledaños.

El punto en el que enloquecemos para siempre es cuando creemos sin lugar a dudas que la verdad es ese azulejo en el que estamos incrustados. Y no vemos el conjunto, la mixtura profunda de los hilos del otro lado del tapiz.

Hay mujeres enfundandas en burkas en la otra mitad del mundo,
hay lenguas inimaginables pronunciándose en este mismo instante por toda Babel,
hay terremotos lejanos que impactan en cada rincón del planeta (Buenos Aires se corrió tres centímetros del mapa y todos creemos estar en el mismo lugar),
está la diversidad que no entrevemos por pura costumbre,
y también la potencialidad pura o impura -qué más da- que refracta cada gesto.

Entonces nadie muere de ansiedad por saber si Fulana sale con un casado,
si el contact de hoy debe ser azul o transparente,
si los zócalos se friegan un jueves y un sábado a diez pesos la hora,
si Japón es la única fuente que hay en el globo del famoso pez globo (ahora pareciera una redundancia insignificante), de ingesta mortal si no está preparado por un chef competente en el asunto.

Burdain da el primer bocado, mastica el famoso pez y yo tiemblo de terror, pero mi hija me aprieta firmemente la mano y me cuenta cómo es el dibujo que pintó hoy a las tres y cuarto; en ese instante Cucurullo abre el portón del garage con gesto rendido – al fin en casa!- y el mundo sigue girando en una órbita infinita.

Mientras no nos enfrasquemos hasta la asfixia en las anécdotas de cuaderno, o en los chismes de máquina de café, o en las historias de Vietnam leídas en letras de molde, mientras no midamos con amargura o codicia cada pobreza o cada riqueza, podremos volvernos tolerantes y hasta compartirlo todo. Porque ese todo es todo lo que hay (valga otra redundancia, como la del pez globo).

El divorcio y la “muerte súbita” de los afectos no gananciales

ganar y perderCon Cucurullo tenemos en claro que nuestro noviazgo comenzó con el pie izquierdo. O con varios pies izquierdos, quizá, porque hubo que remontar más de un mal presagio. Es que no era la situación ideal para decidirnos a empezar nada entre nosotros, ni siquiera un curso de origami, así que menos todavía para encarar esta relación.

Puestos ante el desafío, sin embargo, descubrimos que somos gente de armas tomar, así que de alguna manera capeamos el temporal, pero convengamos en que nuestro principio fue tan desordenado como cualquier película de Woody Allen que tenga más de un analista y dos bibliotecas: un verdadero caos.

Un Primo Nuestro, en cambio, tenía desde hacía tiempo a la familia de los Ingalls reencarnando en su propio hogar. Primo Nuestro y Caroline tenían dos hijos hermosos como buñuelos en aquellos días en que Cucurullo y yo éramos como dos huevos fritos estallando en aceite muy caliente: imagínense el contraste.

Pasaron los años, nosotros encontramos la forma y el estilo de nuestra pareja, y nos encontramos a nosotros mismos en el intento, también. Primo Nuestro y Caroline seguían siendo el matrimonio ideal, él con un sentido del humor maravilloso, ella perfecta. Sus hijos, dos encantos.

Porque Caroline era linda, buena esposa, ama de casa eficiente, madre cariñosa, cocinera casi profesional, repostera dedicada y Chica Utilísima todo terreno: te salvaba las papas forrando en tela una caja para guardar encajes, y forrando en encajes una caja para guardar telas. Un verdadero lujo para cualquier Charles.

Durante unos meses en la familia no hubo bautismos, comuniones, casamientos ni velorios, todos anduvimos muy ocupados en otros menesteres y perdimos de vista a Primo Nuestro y su club de los Ingalls.

Cuando los volvimos a ver las cosas resultaron muy complicadas de entender: Caroline se había separado de su marido “de un día para el otro” cerrando la relación de un portazo. Y después de eso no hubo cabida en su vida para ninguno de nosotros, porque nuestro pariente era el Primo Nuestro, y ella era solamente la Prima Consorte (detalle que en toda familia parece muy sutil cuando el matrimonio continúa, pero cuando se rompe, hace que el no es consanguíneo pierda el partido por muerte súbita). En pocas palabras: “el de afuera es de palo”.

Y eso –exactamente- fue lo que sentí: Caroline salió de nuestra vida inmediatamente y desde el mismísimo momento en que dieron por terminada la relación con su esposo. Como si se la hubieran llevado todos los demonios de un día para el otro: no tuvimos una cena de despedida, una conversación profunda o un recuerdo memorable como broche de oro. Nuestro último día juntas fue un asado de domingo como cualquier otro hablando de su postre delicioso –algún día me daría la receta- y cotidianeidades de sus buñuelos. Y nada más.

No sabíamos que ése sería nuestro último encuentro (o tal vez ella sí?). Yo por lo menos, no intuía que la suerte de esa relación estaba echada y que sería parecida a la muerte –por lo irrevocable-, ni que nunca más la vida de cada una de nosotras integraría la vida de la otra.

Hace un tiempo Cucurullo reconoció su auto por la calle: es que ése había sido nuestro auto alguna vez, y en uno de esos traspasos familiares típicos de algunos clanes muy unidos, terminó siendo patrimonio de los Ingalls. Cucurullo sintió como si hubiese visto pasar un fantasma al volante de un auto también fantasma (“I see dead people”, confesó el chico de “Sexto Sentido”, no?).

Es extraño eso de que una pareja de muchos años de convivencia se termine un día y se lleve puesta -porque no hay otro remedio- al resto de la gente que comparte sus vidas, a las relaciones familiares que no son gananciales, a los afectos de tantas etapas anteriores a su nuevo status de separados a estrenar. Esas rupturas implican una nueva separación con tanta otra gente… son muchas separaciones en una sola.

Es que un matrimonio se divorcia y deja de ver a un tendal de otros que también es parte de su historia, y eso me parece que es una tristeza más -y no menor-, agregada a la de la separación y el desencuentro con el otro. Porque ya no habrán nuevos capítulos de aquel afecto familiar que venía siendo compartido, así que entregan a muchos de los que están cerca, en cambio, ese misterioso final que implica algo más que un “se terminó mi historia con Fulano”: entregan un gran gran gran silencio, alto como una montaña impenetrable.

Supongo que Caroline también nos extrañará alguna que otra vez. Y que recordará que todavía tiene pendiente conmigo la receta de aquél postre delicioso con el que nos agasajó a todos en mi casa, y que yo todavía sigo esperando.