
“No trabajo porque mi marido no me deja, viste, es que los chicos todavía son muy chicos. Mejor si me quedo en casa por estos próximos diez, quince añitos.”
“Yo no adelgazo porque tengo un problema hormonal / glandular / astrológico / kármico, pero te juro que no como nada. Me pasás ese turrón, por favor?”.
“El se pone así de violento porque es celoso y me quiere mucho, pero no es un mal hombre. Si vieras cómo se arrepiente después…”.
“Yo a ella la quiero, claro que la quiero, me muero sin ella, te juro que si me perdona esta vez no le voy a ser infiel nunnnncamássss”.
“Repetí porque la Directora me tiene entre ceja y ceja, má, sinó seguro que me formaban una mesa de examen especial y yo rendía bien Historia: alllgo había estudiado”.
“Sí, claro, es el amor de mi vida, pero si no se da cuenta, él se lo pierde. Yo no lo voy a estar esperando durante todo el fin de semana a que se decida, así que si tenés alguien para presentarme este sábado…”
“Yo quiero tener hijos. Muchos! Lo que pasa es que todavía no me llegó el momento de ser madre. Además, en estos meses estoy planificando mi fiesta de cuarenta y la verdad es que me compré un vestido rojo que me sienta bien solamente si estoy re-flaca. Después nos pondremos a buscar bebé y quién sabe, no? Yo me lo tomo muy relajada.”
Todo el mundo tiene claro por qué hace lo que hace y toma permanentemente las mismas decisiones y hace los mismos análisis de situación.
Pero en algún momento:
-Caroline Ingalls, sumisa y dependiente, abandona a toda su familia para fugarse con el profesor de tenis, doce años más joven que ella,
-la gorda que creía que estaba apenas rellenita -lo lógico por el desajuste temporal emocional / glandular / financiero-, cuando se ve en una foto del último fin de semana se quiere morir de angustia estética: “no me digas que esa ballena franca soy yoooo!”,
-Desdémona termina usando anteojos de sol un día de lluvia para que no se le vean los moretones en la cara,
-el mujeriego termina pidiendo perdón hasta de su nombre por no madurar de una vez,
-el alumno rebelde se siente avergonzado hasta con el hámster de la casa por haber perdido tantas oportunidades sin ganar nada a cambio,
-la eterna enamorada -Primera Adelantada del amor en cada esquina-, anda siempre sola,
-la que pospone la maternidad indefinidamente, al primer mes que deja de tomar la pastilla y no queda embarazada, se desespera y pide consulta con cinco médicos a la vez para que alguno le diagnostique “ya mismo” su problema de infertilidad.
¿Por qué si actuamos siempre de la misma manera y justificamos la comodidad de nuestra vida, pretendemos algo diferente de la lógica cadena de causas y consecuencias? Ahí están, como el cuatro del dos más dos, la molesta sensación de culpa, el descreimiento, el aplazamiento permanente de las decisiones, la falta de compromiso, la inmadurez, la flojera.
Intuimos cuál es el problema. Lo podemos ver bien de frente si no damos vuelta la cara: el problema es que es muy difícil hacer el esfuerzo de cambiar, porque aunque no nos guste admitirlo, elevarnos sobre nuestras situaciones para dar vuelta los resultados no es divertido, implica grandes esfuerzos. Es incómodo. Hacerse cargo de la fortaleza propia que hay que invertir en el afuera para lograr los resultados que queremos lograr es una decisión bien escasa, y menos democrática y popular que lo que nos gustaría creer.
Las excusas son fáciles de comprar, están al alcance de cualquiera, pero encierran una dificultad: solamente se las cree el que se abraza a ellas desesperadamente, como un fuera un escudo protector. Para todos los demás -los que rodean al que se quiere salvar de hacerse cargo-, se trata de otro “Traje Invisible del Emperador”: ellos saben que el que se abriga con esas excusas tan razonables, está desnudo. Y hasta conocen las causas de su desnudez: nadie es tan tonto para juzgar al prójimo (el mundo tiene para eso una habilidad sorprendente).
Dentro nuestro, ahí en lo profundo, sabemos perfectamente bien lo que tenemos que hacer para dar esos giros desesperadamente necesarios. Si queremos ser sinceros con nosotros mismos, las señales son visibles con una nitidez pasmosa.
Así que tendremos que admitir la verdad (quién es el muerto que escondemos en nuestro armario? ya huele feo…), asumir los riesgos y esforzarnos. Sin excusas, no?
“Then an extraordinary thing happened. Everything went wrong. So I was wandering the streets of Paris, penniless, without a hope in the world. And, let me tell you, you can do a lot of soul-searching in a time like that. I realised that I’ve spent most of my adult life trying to protect myself from exactly this situation. And you can’t do it. There’s no home safe enough, no relationship secure enough. You’re setting yourself up for an even bigger fall and having an incredibly boring time in the process. Sorry, Charlie.”
Me saco el sombrero por esas mujeres que transmiten la sensación de estar a sus anchas en cualquier lado, ya sea sentadas en la primera fila de un desfile de modas o a bordo de un reactor nuclear. No sé cómo hacen para tener esa actitud -tan serena- de absoluta seguridad en sí mismas en toda situación, como si les sobrara el tiempo y concentraran la energía en algún punto invisible como de tesoro escondido. Es gente que irradia calma (sí, es un concepto cual marca de café descafeinado, pero no me digan que un poco de “Kalma” no le hace bien al organismo de vez en cuando).
Coordinator frenó el auto en seco. Recuerdo haber levantado la cabeza y haber visto de frente un revuelto de espanto y de asco en sus ojos.
¿Saben ustedes lo que fueron en la década de los noventa “Las Big Six”? Así eran llamadas por esa época las seis consultoras internacionales de auditoría más importantes del mercado. Eran firmas muy reconocidas y era muy común que los recién recibidos de carreras afines (ciencias económicas, ingeniería y demases) aspirásemos a trabajar en alguna de ellas para sentirnos pichones de Donald Trump por un rato. Es que ingresar a esas compañías era algo difícil, y yo creo que en parte fue esa la razón por la que me resultó muy tentadora la propuesta de entrar a una de las más grandes de las seis. Solamente para demostrarme a mí misma que podía hacerlo: “¿Por qué no?”. Con veintipocos años, si querés ver qué hay dentro de un agujero negro, metés la cabeza en ese pozo oscuro y sacás tus conclusiones de la experiencia sin hacerte demasiado rollo. Y eso fue lo que hice: meterme hasta el cuello en ese enjambre de aprendices de ejecutivos para ver qué había por allí. Por pura curiosidad. Y mi curiosidad y yo permanecimos allí instaladas casi dos largos años.
Tengo treinta y nueve años, un marido que es el único hombre de esta tierra con quien quiero festejar San Valiente cada año y una hija que es, como cada hijo de cada madre o padre, lo más maravilloso que me sucedió en la vida. Hasta acá, seguramente muchos de ustedes coincidirán o habrán coincidido en el tipo de historia familiar, con más o menos detalle.
Quiero una playa carioca a mi alrededor para sentarme amablemente en medio del la arena a ocuparme de todo lo que me toca. Tendré que abocarme a todo lo mismo de siempre, pero por lo menos podré hacerlo en un contexto más relajado. Eso lo quiero ya mismo. También quiero una bikini como ésa, tal cual como la que ven por allá arriba. De puro envidiosa que me puse del perro, nomás, porque el color no me favorece. Y la sensualidad de Sonia Braga -ya que ando formulando pedidos tan atinados, no quisiera olvidarme de nada importante.
Es de noche y llueve en Buenos Aires. Tormenta esperada, fuerte y decidida, con truenos bien ruidosos y garras de gotas espesas y todo lo demás, como esas que se presentan en las películas de terror justo antes de que aparezca el asesino serial en primer plano.
¿Les gusta el festejo multitudinario del día de los enamorados? A mí no me convence demasiado. Siempre creí que eso de estar enamorado es algo muy privado, y que a veces no tiene nada que ver con un status marital, ni familiar, ni siquiera con que estés en pareja o no: ¿cuánta gente hay que está más sola que un bonsai, y sin embargo suspira de amor por otro que a lo mejor no está ni enterado?
- Te das cuenta de que en la alacena se acumuló un stock de cinco paquetes de galletitas Oreo (es que mientras está en tu casa no come otra cosa?).

