Monthly Archive for Febrero, 2010

Estamos invitados a tomar el té (yo no sé por qué)

something never

“No trabajo porque mi marido no me deja, viste, es que los chicos todavía son muy chicos. Mejor si me quedo en casa por estos próximos diez, quince añitos.”

“Yo no adelgazo porque tengo un problema hormonal / glandular / astrológico / kármico, pero te juro que no como nada. Me pasás ese turrón, por favor?”.

“El se pone así de violento porque es celoso y me quiere mucho, pero no es un mal hombre. Si vieras cómo se arrepiente después…”.

“Yo a ella la quiero, claro que la quiero, me muero sin ella, te juro que si me perdona esta vez no le voy a ser infiel nunnnncamássss”.

“Repetí porque la Directora me tiene entre ceja y ceja, má, sinó seguro que me formaban una mesa de examen especial y yo rendía bien Historia: alllgo había estudiado”.

“Sí, claro, es el amor de mi vida, pero si no se da cuenta, él se lo pierde. Yo no lo voy a estar esperando durante todo el fin de semana a que se decida, así que si tenés alguien para presentarme este sábado…”

“Yo quiero tener hijos. Muchos! Lo que pasa es que todavía no me llegó el momento de ser madre. Además, en estos meses estoy planificando mi fiesta de cuarenta y la verdad es que me compré un vestido rojo que me sienta bien solamente si estoy re-flaca. Después nos pondremos a buscar bebé y quién sabe, no? Yo me lo tomo muy relajada.”

Todo el mundo tiene claro por qué hace lo que hace y toma permanentemente las mismas decisiones y hace los mismos análisis de situación.

Pero en algún momento:

-Caroline Ingalls, sumisa y dependiente, abandona a toda su familia para fugarse con el profesor de tenis, doce años más joven que ella,

-la gorda que creía que estaba apenas rellenita -lo lógico por el desajuste temporal emocional / glandular / financiero-, cuando se ve en una foto del último fin de semana se quiere morir de angustia estética: “no me digas que esa ballena franca soy yoooo!”,

-Desdémona termina usando anteojos de sol un día de lluvia para que no se le vean los moretones en la cara,

-el mujeriego termina pidiendo perdón hasta de su nombre por no madurar de una vez,

-el alumno rebelde se siente avergonzado hasta con el hámster de la casa por haber perdido tantas oportunidades sin ganar nada a cambio,

-la eterna enamorada -Primera Adelantada del amor en cada esquina-, anda siempre sola,

-la que pospone la maternidad indefinidamente, al primer mes que deja de tomar la pastilla y no queda embarazada, se desespera y pide consulta con cinco médicos a la vez para que alguno le diagnostique “ya mismo” su problema de infertilidad.

¿Por qué si actuamos siempre de la misma manera y justificamos la comodidad de nuestra vida, pretendemos algo diferente de la lógica cadena de causas y consecuencias? Ahí están, como el cuatro del dos más dos, la molesta sensación de culpa, el descreimiento, el aplazamiento permanente de las decisiones, la falta de compromiso, la inmadurez, la flojera.

Intuimos cuál es el problema. Lo podemos ver bien de frente si no damos vuelta la cara: el problema es que es muy difícil hacer el esfuerzo de cambiar, porque aunque no nos guste admitirlo, elevarnos sobre nuestras situaciones para dar vuelta los resultados no es divertido, implica grandes esfuerzos. Es incómodo. Hacerse cargo de la fortaleza propia que hay que invertir en el afuera para lograr los resultados que queremos lograr es una decisión bien escasa, y menos democrática y popular que lo que nos gustaría creer.

Las excusas son fáciles de comprar, están al alcance de cualquiera, pero encierran una dificultad: solamente se las cree el que se abraza a ellas desesperadamente, como un fuera un escudo protector. Para todos los demás -los que rodean al que se quiere salvar de hacerse cargo-, se trata de otro “Traje Invisible del Emperador”: ellos saben que el que se abriga con esas excusas tan razonables, está desnudo. Y hasta conocen las causas de su desnudez: nadie es tan tonto para juzgar al prójimo (el mundo tiene para eso una habilidad sorprendente).

Dentro nuestro, ahí en lo profundo, sabemos perfectamente bien lo que tenemos que hacer para dar esos giros desesperadamente necesarios. Si queremos ser sinceros con nosotros mismos, las señales son visibles con una nitidez pasmosa.

Así que tendremos que admitir la verdad (quién es el muerto que escondemos en nuestro armario? ya huele feo…), asumir los riesgos y esforzarnos. Sin excusas, no?

French Kiss

equilibrio pasional“Then an extraordinary thing happened. Everything went wrong. So I was wandering the streets of Paris, penniless, without a hope in the world. And, let me tell you, you can do a lot of soul-searching in a time like that. I realised that I’ve spent most of my adult life trying to protect myself from exactly this situation. And you can’t do it. There’s no home safe enough, no relationship secure enough. You’re setting yourself up for an even bigger fall and having an incredibly boring time in the process. Sorry, Charlie.”

(Parlamento de Kate -Meg Ryan- en la película “French Kiss”, al reencontrarse con su ex novio después de mil odiseas para llegar a él y volver a conquistarlo, justito antes de darse cuenta de que ya no lo quiere ni de velador para la mesita de luz).

Este es un post sobre esa necesidad que a veces tenemos los seres humanos de creer que la vida es un paquetito para llevar forrado en amianto resistente a las balas, a los terceros en discordia, las enfermedades, las arrugas, las miserias mínimas y los malos olores. Un paquetito bien inaccesible y contenedor, como si no hubiese allí afuera otro mundo que lo sostiene y lo atraviesa.

A veces el asunto aguanta un poco más, a veces aguanta menos, pero la cosa es que tarde o temprano aflojamos la cincha y soltamos el paquetito arrugado y mentiroso. Y no digo esto pensando que la solución es la dejadez extrema, la acidez de cuerpo y alma o una rendición incondicional. Lo digo como forma de aceptación, porque finalmente cabe darse cuenta de que hay que vivir el momento propio y respetar lo que les sucede a los otros -sea lo que sea-, sin enfocarse en el paquetito sino en los sentimientos de las personas que andan por ahí cerca: es la única forma de sobrevivir durante los desastres naturales que arrecian de vez en cuando todas las vidas y todas las relaciones.

A veces soplan malos vientos y no queda otra que intentar protegerse por un rato, pero de nada sirve abroquelarse en un bunker fortificado en el que, como dice Kate (el personaje de Meg Ryan en “French Kiss”) solamente nos preparamos para una caída peor… y para aburrirnos soberanamente en el mientras tanto.

Así que admiro a los que valientemente se hacen cargo de salir del bunker y ver si hay vida en otros planetas. Incluso si después deciden volver a su misma historia, a sus mismos amores y a sus mismas batallas, así y todo desenvolver el paquetito para ver qué quedó ahí adentro resulta muy clarificador. Y necesario y honesto. Un inventario heroico.

P.D.: Tengo una pareja de amigos que quiero mucho muchísimo y que en estos días se está separando. Llevan muchos años juntos y son personas extraordinarias. Buena gente. Desde acá va mi cariño personal hacia ellos -lean o no lean esto, no importa, va igual-, también la necesidad imperiosa de respaldarlos en lo que sea que estén viviendo, y el recordatorio de que lo único de amianto que hay por acá es el afecto de tooodo un grupete de amigos que está junto a ellos, que los quiere y los querrá siempre mucho mucho.

Diosas relajadas valen por dos (o por Dior?)

relax Me saco el sombrero por esas mujeres que transmiten la sensación de estar a sus anchas en cualquier lado, ya sea sentadas en la primera fila de un desfile de modas o a bordo de un reactor nuclear. No sé cómo hacen para tener esa actitud -tan serena- de absoluta seguridad en sí mismas en toda situación, como si les sobrara el tiempo y concentraran la energía en algún punto invisible como de tesoro escondido. Es gente que irradia calma (sí, es un concepto cual marca de café descafeinado, pero no me digan que un poco de “Kalma” no le hace bien al organismo de vez en cuando).

Yo suelo ser bastante ansiosa, gente. Bastantísimo. Y tomo mucho café (cafeinado). Y es por eso que cuando me tropiezo con algún temita pendiente, antes de pensar tranquilamente en cómo y cuándo hacer qué, a menudo ya me hice cargo del estresazo -incluso puede que más del estresazo que del tema profundo en sí-. Me concentro en el envión que hace falta para catapultar la bala. Y en alguna que otra oportunidad, por qué no confesarlo, he sido el hombre bala del cuento también (pongámosle la mujer bala, ya que este es el caso). Y el problema es que a veces el esfuerzo no garantiza el resultado, valga la aclaración que ya habrán adivinado.

Cómo manejan ustedes la ansiedad? Cómo hacen para volverse bien sensatos en la administración de los objetivos, los planes a corto plazo, las carreras, los hijos, las parejas y los hobbies de cada cual?

Sigo pensando en esas mujeres regias tan dueñas de sí mismas que a nadie se le ocurriría pedirles peras, porque ellas son olmos, y eso que son lo muestran de forma muy evidente. Pero si vos andás por la vida tratando de ser un olmo y en tus ratitos libres además querés dar unas peras de la ostia, y manzanas deliciosas y también unas ramitas de abedul, no te carcome la sospecha de que vas a terminar el día en un estado mental más bien exhausto y alterado? Hay que saber hacer esos injertos: no cualquiera.

Este es un post para que me ayuden a pensar, mis queridos.

Errare humanum est (parte 2 de 2)

en otraCoordinator frenó el auto en seco. Recuerdo haber levantado la cabeza y haber visto de frente un revuelto de espanto y de asco en sus ojos.

- Coordinator, decíme por favor que esto es una pesadilla y que no está pasando realmente -supliqué.

- Verito, ¿cuándo comiste todo esto, pordiós? ¿En tu fiesta de quince? Huele horrible.

- Es vómito, Coordinator, qué querés, que huela a rosas?

Duro de Roer, en el ínterin, había salido eyectado del auto. Abrió la puerta de mi lado y miró frente a frente a Toda Esa Asquerosidad Bien Profunda, tratando de calcular rápidamente los daños. Se arremangó la camisa y me ofreció su pañuelo perfectamente planchado para que me limpiara… algo de todo lo que había para limpiar arriba mío. Porque, por supuesto, yo estaba hecha un despojo maloliente.

Y ahí mismo pasó algo extrañísimo. El Trabajólico que no toleraba demoras ni le interesaban los asuntos personales de cada quien y que necesitaba saber urgentemente cómo estaban conformados esos ocho millones, en pocos minutos se transformó -por obra y gracia del vómito infeliz- en un perfectamente identificable ser humano de carne y hueso.

- Tengo un hijo de tres años, así que no creas que no convivo con estas situaciones de vez en cuando.

Con el diario que había comprado a primera hora y algún trapo que encontró en la guantera, Duro de Roer limpió el desastre lo mejor que pudo. Mientras tanto, un atildadísimo Coordinator y una avergonzadísima yo nos quedábamos congelados de estupor. Después, Duro de Roer condujo el auto hasta la próxima estación de servicio, lo hizo lavar rápidamente y volvió a empezar el viaje poniendo música y contando chistes como si fuéramos Thelma y Louise en nuestro viaje al fin del mundo.

Por supuesto que hasta que llegamos a Mar del Plata el olor a vómito nos persiguió y nos alcanzó muchas veces. Los tres asaltamos nuestras habitaciones del hotel antes de ir a la empresa para bañarnos y estar más presentables, pero el aire rancio y nauseabundo se nos quedó pegado a las fosas nasales hasta unas cuantas horas después.

La anécdota se desparramó por la oficina de Buenos Aires como reguero de pólvora y al cabo de unas horas me transformé en una justiciera muy popular dentro del estudio. Había cumplido con la fantasía de más de un Novato, un Sobreviviente y un Coordinator trasnochados: lanzarle un vómito gigante y escandaloso a Duro de Roer.

Pero yo no me sentía orgullosa de mi “hazaña“, porque había comprendido que un individuo que hasta ese momento me inspiraba terror, se podía transformar en un ser humano como cualquier otro si una situación bien personal y ridícula se colaba en el medio. Sobre todo si en esa situación me ofrecía su ayuda. Por eso, desde ese día (y aunque yo ya estuviera trabajando también con otros Managers de estilo “Caudillo Sudamericano“), los gritos espasmódicos que salían de la oficina de Duro de Roer a las nueve de la noche llamando a alguno de nosotros -y sabiendo que ese “alguno” tenía que andar por allí plantificado trabajando a esas horas, sin excusas- ya no me parecieron tan amenazantes. Esa era sólo una característica personal de un jefe obsesivo y un poco cabrón, pero que ya había perdido para mí el aura de ogro intimidante que tanto me había asustado antes.

Tiempo después cambié de trabajo. En uno de esos últimos días en el estudio me llamó a su oficina -con un grito lanzado al aire más bien tarde que temprano, por supuesto-. Como todos mis compañeros a esa hora, Duro de Roer ya estaba fastidiado, a punto de enloquecer de cansancio o de mal humor. En fin, la moneda corriente de casi todas las noches ahí adentro.

- Radio Pasillo dice que te vas. ¿Es cierto eso? ¿Por qué?

Como con lo de los ocho millones, se me exigía una respuesta urgente y concreta (con él era conveniente no usar más de veinte palabras, pero yo siempre me excedía un poco).

- Bueno, ya sabemos que el estudio demanda mucho de su gente. Es genial trabajar acá, pero necesito bajar un poco el ritmo. Me voy a casar en poco tiempo y todavía no encuentro la forma de clonarme para vivir a tiempo completo cada cosa. Me parece mejor cambiar de trabajo ahora y no esperar “el estallido“.

Duro de Roer no entendía nada, me miró como si le hubiera hablado en mandarín.

- ¿Y eso del matrimonio qué tiene que ver? Casáte si tenés ganas, pero no me vengas con que vas a ser una esposa de esas que sueñan con llegar temprano a su casa para tejer bufandas. Nadie acá adentro se va a tragar ese cuento.

- No, no, no, yo no voy a tejer bufandas: conseguí un trabajo en Tal Empresa, en el puesto Equis, así que voy a hacer lo que realmente me gusta. Y además trabajar ahí me va a permitir tener una vida más ordenada y encarar otros proyectos personales. El cambio es muy positivo para mí en este momento.

Duro de Roer se pasó las manos por la cara, para despejar el cansancio o el aburrimiento.

- Pero ahora que sobreviviste a lo peor acá, que podés hacer algo de carrera… renunciar así…

Me miró con pena porque “truncaba demasiado pronto mi proyección en el estudio“, pero yo también sentía lástima por él: intuía que él sacrificaba mucho de su vida personal y familiar trabajando de esa manera. Seguramente le gustaba hacer lo que hacía, le ponía mucha energía a cada proyecto, pero estaba siempre con cara de agotado y representaba más edad de la que tenía. ¿Era esa realmente la vida que yo querría vivir? En ese momento no tenía la respuesta a esa pregunta, pero me parecía que no podría aguantar ese ritmo insostenible para tratar de descubrirla: yo ya sabía que no era tan Dura de Roer.

Se puso de pie y yo también. La conversación llegaba a su fin.

- No me parece una buena decisión -dijo-. Llamáme si cambiás de opinión.

Yo miré estúpidamente el teléfono que estaba sobre su escritorio, como si esperara que sonara inmediatamente. Es que con Duro de Roer todo era más bien inmediato.

- Si te arrepentís y querés volver, dejáme un mensaje en mi interno – me aclaró en tono paciente, como si yo otra vez le pareciera un chico de tres años-. Un trabajo como Equis lo podés conseguir en cualquier momento, ahora te parece la panacea porque estás cansada del estudio, pero después vas a ver que Tal Empresa tampoco es el paraíso. Por otro lado, me parece que te estás organizando demasiado en función del matrimonio. Y te sobra tiempo para hacer esos sacrificios – sonrió-. Y por favor, no hagas enchastres nauseabundos en tu nuevo trabajo: no nos hagas quedar mal.

Nota mental: así son las cosas, si vomitás en el auto ante un Supremo se produce una alteración química en el ida y vuelta que arroja, como devolución final, un análisis agudo de tu exacto grado de desgaste laboral y un franco cuestionamiento a tu modus vivendi personal.

Por causas o azares, Duro de Roer no se equivocó en algunos de sus vaticinios: el nuevo puesto en la nueva empresa también fue muy demandante y no pude “organizarme“ tan rápidamente como yo esperaba, otra vez viajé muchísimo y trabajé de sol a sol. Y sin que esa situación determinara el curso de mi matrimonio, me divorcié tiempo después. Pero nunca me dieron ganas de volver al estudio, así que ni pensé en comunicarme con su interno: él no era un hombre de utilizar los internos, al fin y al cabo. Y además creo que de algunos jefes, increíblemente, sólo sacás lo mejor a fuerza de vómitos espontáneos.

Errare humanum est (parte 1 de 2)

fail¿Saben ustedes lo que fueron en la década de los noventa “Las Big Six”? Así eran llamadas por esa época las seis consultoras internacionales de auditoría más importantes del mercado. Eran firmas muy reconocidas y era muy común que los recién recibidos de carreras afines (ciencias económicas, ingeniería y demases) aspirásemos a trabajar en alguna de ellas para sentirnos pichones de Donald Trump por un rato. Es que ingresar a esas compañías era algo difícil, y yo creo que en parte fue esa la razón por la que me resultó muy tentadora la propuesta de entrar a una de las más grandes de las seis. Solamente para demostrarme a mí misma que podía hacerlo: “¿Por qué no?”. Con veintipocos años, si querés ver qué hay dentro de un agujero negro, metés la cabeza en ese pozo oscuro y sacás tus conclusiones de la experiencia sin hacerte demasiado rollo. Y eso fue lo que hice: meterme hasta el cuello en ese enjambre de aprendices de ejecutivos para ver qué había por allí. Por pura curiosidad. Y mi curiosidad y yo permanecimos allí instaladas casi dos largos años.

Así que con el título flamante -chorreaba tinta fresca-, me postulé y fui aceptada. Y entré a formar parte de un ejército bien organizado de consultores administrados con una estructura jerárquica envidiada por cualquier hormiguero respetable: había Novatos de Ojos Grandes, Viejos Sobrevivientes Sin Actitud de Winners, Coordinators Que Querían Mostrarse Muy Estresados, Managers Muy Trabajólicos y Socios En La Cima. Toda una pirámide de elegidos, subiendo una escalera que iba desde los puestos bien masificados a los híper exclusivos.

Yo, como Novata de Ojos Grandes, me asombraba de todo, aprendía muchísimo y dejaba que durante más de doce horas diarias estrujaran mis neuronas, mi sangre, plasma y todo lo demás que pudiera dejar ahí adentro. Viajaba de acá para allá como bola sin manija haciendo auditorías en distintos puntos del mapa, y si bien el sueldo no era muy bueno, no tenía muchas ocasiones de gastarlo (porque cuando salía del trabajo estaban todos los negocios cerrados, y el fin de semana me la pasaba yendo o volviendo de algún lado para ver a mi familia), así que ahorré como nunca lo hice ni antes ni después de trabajar en el Hormiguero.

Allí dentro, si tenías suerte, comenzabas a formar parte de algún equipo de trabajo estable y por ende, de muchas de las auditorías de ese equipo. Así dejabas de estar disponible para cualquier proyecto “muerto” que te tuviera un año o más sin aprender nada, solamente haciendo número en un freezer oscuro y aislado del resto del mundo. Yo había ido a parar alguna vez al grupo de esclavos de Coordinator (manejaba muchas empresas grandes y le dedicaba muchísimas horas al día al trabajo). Coordinator respondía a las órdenes de varios Managers, entre ellos, un Hueso Trabajólico muy Duro de Roer, y al que muchos le escapaban por la cantidad de horas extras que exigía de sus subordinados, los gritos que pegaba para llamar a uno u otro -no se le pasaba por la cabeza llamar a alguien por un interno- y su estilo de trabajo quizá poco empático -sobre todo, comparado con otro tipo de líderes del estudio que tenían una onda más a lo “caudillo sudamericano“. En conclusión, Duro de Roer aparecía realmente un hombre bastante temible, digamos que no era “Novatos Friendly”.

Un día el estudio alquiló un auto para que fuésemos rumbo a Mar del Plata a hacer una auditoría los tres (Duro de Roer iba por apenas 24 horas para asistir a un par de reuniones, Coordinator y yo íbamos a trabajar por un tiempo más largo) porque el aeropuerto ese día estaba cerrado por refacciones (había que remozarlo para los Juegos Panamericanos) y nosotros no podíamos postergar el inicio del trabajo simplemente por no poder viajar en avión. Así eran las cosas en el Hormiguero.

Eran las seis de la mañana del “Día D” y ya estábamos los tres en viaje: Coordinator manejando en silencio, Duro de Roer analizando frenéticamente varios balances a su lado, yo en el asiento de atrás, contestando su metralla de preguntas mientras me bamboleaba con el movimiento del auto.

Tengo un secreto que debo confesarles a ustedes como en ese momento lo hice con Coordinator y Duro de Roer: si leo en un auto en movimiento, siento instantáneamente mareos y náuseas. No lo puedo controlar, y menos a las seis de la mañana, sin haber desayunado -no había hecho a tiempo, me había tomado apenas un café negro como el petróleo a la carrera: nuestro apuro por salir era muy grande- y con la metralla cuestionadora de Duro de Roer funcionando a toda máquina.

Le recordé a Duro de Roer que me estaba sintiendo algo mareada. “Sí, sí” -contestó él, sin darle importancia- “sólo una cosa más: fijate acá, estos ocho millones – me puso un papel lleno de cifras delante de los ojos- recordás cómo llegaste a ese número, y cómo se descompone?”

La única descompuesta que se me vino a la mente llevaba mi nombre y apellido. Automáticamente lancé sobre el asiento trasero del auto y sobre mí misma el vómito más abundante, sorpresivo e infeliz de toda mi vida.

(y esta historia continuará).

Nunca es tarde

nuncaestarde Tengo treinta y nueve años, un marido que es el único hombre de esta tierra con quien quiero festejar San Valiente cada año y una hija que es, como cada hijo de cada madre o padre, lo más maravilloso que me sucedió en la vida. Hasta acá, seguramente muchos de ustedes coincidirán o habrán coincidido en el tipo de historia familiar, con más o menos detalle.

Tengo treinta y nueve años y también la ilusión, el sueño, la esperanza de ser mamá otra vez. No me es fácil, no puedo invocar solamente a la Madre Naturaleza para lograrlo, pero hay milagros dando vueltas por todos lados y quién te dice yo salga sorteada para alguno en el que ande implicada una cigüeña.

Y es que intuyo -por puro instinto de supervivencia, por ganas de reírme y disfrutar de lo que queda del día- que nunca es tarde para andar soñando y por lógica consecuencia tampoco es tarde para andar cumpliendo sueños.

Me hago trampa o realmente soy más joven que a los veintipico? En este sentido: ahora tengo celulitis y antes no tenía ni un poco, pero ahora tengo más sueños que antes, también. Hoy sé mejor qué es lo que quiero o admito todo lo que quiero con mucha franqueza y los ojos bien abiertos: a los casi cuarenta se me dio por andar mirando de frente al mundo, sin nada de miedo ni falsos pudores.

También me siento a mis anchas cuando puedo contar lo que me pasa y lo que me gustaría para el futuro. Hay gente que se desespera por darme este consejo que en el pasado yo también he dado tantas veces: “No cuentes tus cosas, no compartas tus proyectos, se te pueden pinchar / quemar / pongan el verbo jodido que quieran acá”. Y pienso si el que se traga eso de poner sus sueños en palabras no termina con el tiempo tragándose los sueños, también.

Y pienso que nunca es tarde para querer algo, ¿y cuál es el problema de admitirlo, al fin y al cabo? El mundo natural es generoso y evidente y abundante, no es solapado ni intrigante ni mucho menos maquiavélico.

Nunca es tarde para soñar, ni para compartir los sueños, y espero que tampoco sea tarde para cumplirlos.

Invocando al espíritu brasileño

soloenbrasil

Díganme qué tiene Marisa Monte que no tenga yo. O Sonia Braga, para ir directamente a los clásicos del género femenino for export de Brasil.

¿Por qué esa gente del país vecino se empecina en mostrarnos su alegría serena con una sonrisa de lo más encantadora, haciendo derroche de esa calidez elegante que tiene cualquier anfitrión con mundo? Ya saben, me refiero a esa mezcla de “mi casa es tu casa” y “bienvenido al paraíso” (que es su casa, justamente, conviene aclararlo).

Mientras tanto yo ando por acá enroscándome en medio de papeles y cemento y me agoto en el intento de simplificarlo todo -sin resultado- en uno de esos días bien complejos que se me avecinan en esta bendita Buenos Aires.

Yo, corriendo. Ellas, espléndidas.

Sém, habrán visto que hoy no estoy de mi mejor humor. Me toca ir remontando el momento. Ando de acá para allá como bola sin manija lidiando con mil trámites personales de todo tipo (familiares, laborales, financieros, midió!!) y, francamente, más tironeada por mis quehaceres concretos que el pichicho con la bikini que tan bien ilustra mi estado de ánimo. El contraste de mi pila de obligaciones con la visión de playa de Río me eyecta sin escalas a mis sueños recurrentes con la tierra del Orden e Progresso.

Es que si que hay que andar tironeado de la cuerda, que sea con estilo.

Sonia Quiero una playa carioca a mi alrededor para sentarme amablemente en medio del la arena a ocuparme de todo lo que me toca. Tendré que abocarme a todo lo mismo de siempre, pero por lo menos podré hacerlo en un contexto más relajado. Eso lo quiero ya mismo. También quiero una bikini como ésa, tal cual como la que ven por allá arriba. De puro envidiosa que me puse del perro, nomás, porque el color no me favorece. Y la sensualidad de Sonia Braga -ya que ando formulando pedidos tan atinados, no quisiera olvidarme de nada importante.

En fin, olvídense de la bikini y todo lo otro: con lo de Sonia Braga ya estoy hecha, mis queridos.

Durmiendo bajo la lluvia

antesdedormirEs de noche y llueve en Buenos Aires. Tormenta esperada, fuerte y decidida, con truenos bien ruidosos y garras de gotas espesas y todo lo demás, como esas que se presentan en las películas de terror justo antes de que aparezca el asesino serial en primer plano.

Cucurullo y yo tuvimos un lunes muy largo: estamos muertos de sueño y queremos acampar en nuestro cuarto, al fin. Ya es muy tarde. Nos miramos y nos movemos con gestos de complicidad bien sincronizada, porque adivinamos qué es eso que los dos nos merecemos y andamos buscando desesperadamente: un momento de descanso silencioso, armónico, como los que solíamos tener cuando éramos un binomio parejil (o perejil?) bien simple y sin “familia a cargo”, cuando éramos más bien egoístas y pensábamos solamente en nosotros mismos mientras creíamos ser muy buenos porque festejábamos San Valentín (no San Valiente, como festejamos ahora).

Queremos tendernos en nuestra cama, cerrar los ojos, respirar profundo. Visualizamos anticipadamente el momento, como invocándolo: necesitamos que ese descanso finalmente ocurra.

Al primer intento de irnos a dormir vemos a Carola (nuestra cachorrita de raza “paticorta“) que arrastra con el hocico su inmundo almohadón rojo desteñido (un souvenir de algún festejo de San Valentín canino, tal vez?). Los truenos la asustan y pretende colarse en nuestro cuarto para ahorrarse la desesperación provocada por esta lluvia intensa. Rarísimo, en esta casa no se ven películas de terror: cómo sabe la perra que la lluvia atrae el peligro si Hollywood no le ha pasado el dato? Instintivamente busca el costado de mi cama: Cucurullo de vez en cuando tiene vocación de Stalin y se le da por expatriar del cuarto a cualquier bicho que camina, cuantimás a Carola, que cada tanto hace soberano escándalo orillero. Por eso es que el hombre cae bien fácil en la tentación de mandarla a Siberia. O al jardín, o a la cocina, o a cualquier otro lado en el que no se la tropiece dormido cuando se levanta para ir al baño. No es nada personal, simplemente se obstina en no guardar perros en nuestro dormitorio. Bastante entendible, después de todo.

Así que Carola tarde o temprano tendrá que buscar otro refugio contra el temporal, eso está clarísimo. Trato de explicárselo al pobre bicho, que sigue aferrado a su almohadón.

A los pocos minutos aterriza Mile de un salto sobre nuestra cama, con sus trenzas y sus cuentos (no hemos podido deshacer los nudos ni de unas ni de los otros, todavía: cabello que desenredar, cuentos que terminar de contar, perros que desterrar del cuarto… a qué hora termina esta noche toda la movida de “todo el mundo a dormiiiirrr”?)

Pienso en mi vida anterior a ésta. Recuerdo cuando definir el término de la jornada para irme a dormir era una decisión tan individual… ahora se trata de una secuencia encadenada de pasos en la que todos tenemos que movernos de un lado hacia el otro para lograr el cometido de poder recostarnos en la cama tranquilos, con la sensación de que podremos permanecer ahí por un buen rato.

Pero todavía no, todavía hay tareas pendientes: después de cumplir con toda esa liturgia doméstica podremos desparramar las piernas y los brazos entre las sábanas, encender el aire acondicionado y, finalmente, escuchar la lluvia caer del otro lado del vidrio.

Y me doy cuenta de que esto es una familia: cuatro en un cuarto en la penumbra en una noche de viento y truenos, desenredando trenzas y contando cuentos, haciendo la vista gorda al almohadón rojo tendido en el piso, mientras el resto de la casa vacía desanda nuestros pasos de todo el día. Y nosotros, de uno en uno, enhebrando la noche entre sus rincones, nos vamos moviendo lentamente, acomodándonos en el tiempo y el espacio, a la espera de que la oscuridad no nos sorprenda tan solos.

P.D.: Sí, ya sé, llegará el momento en que para algunos en esta casa eso de irse a dormir volverá a ser una decisión individual. Porque sé que a veces pasa que los hijos crecen y se mudan y los cachorros se vuelven inmunes a la lluvia. Pero hoy no me lo recuerden, hoy quiero disfrutar de mi descomunal cansancio en familia.

Yo no quiero 14 de febrero [...] ni “Venecia sin tííí” (Sabina dixit)

día de San Valentón¿Les gusta el festejo multitudinario del día de los enamorados? A mí no me convence demasiado. Siempre creí que eso de estar enamorado es algo muy privado, y que a veces no tiene nada que ver con un status marital, ni familiar, ni siquiera con que estés en pareja o no: ¿cuánta gente hay que está más sola que un bonsai, y sin embargo suspira de amor por otro que a lo mejor no está ni enterado?

El día de los enamorados -por definición comercial- corresponde a:

- esa gente que está enamorada de alguno (digamos: un sujeto A enamorado de un sujeto B),
- este alguno está al tanto de esta situación (B sabe del amor que siente A por él),
- y a su vez está enamorado de esa gente (B está enamorado de A también, pero qué coincidencia),
- y es de desear que no haya terceros en discordia, por lo menos no en esa noche de San Valentín (es muy conveniente, para pasar bien la velada, que ningún C vaya a prenderle fuego al restaurante donde están celebrando A y B por una simple vendetta pasional).

Pero, por sobre todo, este día corresponde a gente que está interesada en demostrar que está enamorada. Demostrárselo a sí mismo (A), al otro (B) y creo que, tal vez sin una intención consciente, también es el tipo de gente (A y B) que quieren demostrar hacia afuera este status, inclusive, porqué no, a aquellos que no tienen la oportunidad de estar en la situación de A y B (de la C a la Z, el alfabeto griego y todos los otros que no vamos a nombrar acá).

No sé por qué no confío del todo en la profundidad y la veracidad de este tipo de festejos. Conozco a más de una pareja en la que uno está más aburrido del otro que de escuchar a los políticos de turno, pero de todos modos se anota en la tradición de festejar “el día de los enamorados” en el restaurante que está a dos cuadras de su casa, aunque casi no se hablen durante la cena como no sea para chismorrear con cierta insolencia sobre la vida de Fulano o el auto de Perengano. Les confieso que mucha ternura no me inspiran.

¿Por qué huelo el tufillo de la careteada detrás en muchos de estos festejos? Tal vez me resisto a creer en la veracidad de los sentimientos que se ponen en evidencia más allá – o más acá- de los gestos espontáneos, banalizando cosas profundas que nada tienen que ver con fechas comerciales establecidas. Pero se trata de una simple sospecha, que no es fácil de ser comprobada.

También podría pensarse que tengo demasiada resistencia a festejos en los que solamente debería seguir la corriente del resto de la gente y poner más entusiasmo que objeciones. Porque, después de todo, el concepto -aunque comercial- no es malo en sí mismo. Se supone que festejamos el amor. Nadie debería sospechar de un festejo que tiene un mensaje tan inocente. ¿Podría ser esa otra solución al enigma de por qué me resisto al festejo tradicional del Día de los Enamorados? Es decir, ¿me resisto de puro vueltera con la vida, desconfiada y jodida? Bueno, podría ser otra respuesta posible.

Lo cierto es que nosotros acá en casa en vez de San Valentín festejamos San Valiente (Cucurullo y yo), y brindamos por seguir conservando el arrojo necesario para continuar estando juntos, ese mismo arrojo y ese mismo entusiasmo de la primera vez. Y Mile, ella también, con su enamoramiento infantil por Cucurullo -el mismo que alienta este día rojo shopping tan poco adulto, pero bueno, ella tiene 5 años, es lógico que se sienta tentada por el protocolo del escaparate-, se viste de carmesí, exige una vela en la cena y todos, los tres -con una diferente versión de lo que es el amor según sea cada cual-, servimos una cena bien al uso nostro. Los bombones decorados,a esos sí, los acepto con la misma devoción de siempre, se trate del día que se trate (un soborno de chocolate no se le niega a nadie en el día del santo que sea).

Cosas increíbles que suceden en tu casa cuando tu empleada doméstica se toma vacaciones

quedarseadentro- Te das cuenta de que en la alacena se acumuló un stock de cinco paquetes de galletitas Oreo (es que mientras está en tu casa no come otra cosa?).

- Durante los primeros días no podés reaccionar, de pronto ves que son las diez de la mañana y vos todavía con el pescado sin vender: las camas destendidas, el lavarropas sin cargar y, lo que es peor, los chicos aún no desayunaron ni un vaso de yogur (pero ya se comieron todas las Oreo que habías encontrado).

- Como no sabés dónde ella guarda la plancha, te dedicás a descubrir aquella ropa que tenés archivada en el placard que no requiere planchado: la usás toda junta y en esos días. Te asombrás al verte en el espejo vestida con los pantalones pinzados de lino y las remeras tejidas que se usaban hace veinte años: Ok, de pronto parecés una persona recién salida del túnel del tiempo, pero que se sacó un diez en practicidad (y con diploma de honor).

- Te das cuenta que en el lavadero se ha generado un sobrestock de suavizante para ropa, detergente y Cif con lavandina (hasta hace una semana comprabas uno cada pocos días porque su faltante era considerado una emergencia sanitaria grave, como la de insulina para un diabético).

- Recordás vagamente que ella te repetía a diario que hacían falta más broches para el tender, y ahora cada mañana, al sacar la ropa del lavarropas, caés en la cuenta de que ella tenía razón (y vos seguís con el pescado sin vender: las camas destendidas, sin las Oreo que venían sobrando y, además, sin comprar los broches para colgar la ropa).

- No entendés cómo es que ella necesita tanto tiempo para hacer las tareas domésticas que a vos te llevan solamente unas horitas y nada más.

- Al rato, no podés creer que dedicarle a las tareas domésticas solamente unas horitas y nada más te fastidie tanto y te deje los huesos molidos.

- Ves todas las telas de araña que cuelgan del techo, las marcas de dedos en las paredes y las pelusas de las aberturas: toda la mugre que no viste en meses. Te prometés a vos misma hablar seriamente con ella sobre estos temas cuando vuelva y ser más exigente con la limpieza de ahora en adelante.

- Cuando la ves llegar a tu casa el lunes siguiente: suspirás aliviada, ordenás en la despensa los nuevos paquetes de Oreo que compraste el día anterior, ponés bien a la vista el Cif y el suavizante de ropa y te colgás la cartera al hombro, sin poder creer, todavía, que vas a poder trabajar tranquila y feliz durante el resto del día.