Hace un tiempo estuvimos viviendo en París unos cuantos meses por temas laborales de Cucurullo. Fue un tiempo, también, en el que el afincarse en esa ciudad podía tansformarse en algo cuasi definitivo, por más que no fuera nuestra idea original. Todo estaba por verse, consolidarse o adivinarse en el camino. Con lo que nos encantannn esos acertijos a Cucurullo y a mí! (esta frase fue escrita con tono irónico, así que no crean una sola palabra de ella). La cosa es que por una vez tuvimos que hacer las valijas con esa sensación de andar atravesando un destino incierto y oscuro. Y ahí nos metimos, en la boca del lobo… sin vocación de odontólogos de animales salvajes. En fin, ya muchos de ustedes conocen todos los detalles de esta historia, así que ahora voy a ahorrarles la experiencia de leer el mismo cuento otra vez.
Al mundo entero le queda claro que París es París y andar recorriendo esa ciudad sin apuro turístico estuvo más que muy bien. Pero de lo que quiero hablarles no es de la ciudad, sino de los amigos que uno hace en esas situaciones de desarraigo. Conocí estando allí, entre tanta gente interesante, a una chica argentina más o menos de mi edad, Marina, con un hijo pequeño, como Mile, y un marido latinoamericano, también. Los tres viviendo temporariamente allá por el trabajo de él. La misma situación que nosotros, pero llevaban unos cuantos años más recorriendo el mundo de esta manera.
El repentino interés por compartir las experiencias que teníamos en ese momento hizo que instantáneamente nos hiciéramos amigas. Teníamos en común eso de que todo el mundo en Argentina nos dijera “pero qué bueno, están viviendo en París!” cuando para nosotras estar ahí tenía algunas implicancias muy diferentes, como por ejemplo integrarnos a una cultura que tiene sus complejidades. Nuestras afinidades en cuanto a estilos de vida y a experiencias compartidas –aún con nuestras diferencias lógicas, obviamente- nos volvieron muy cercanas. Y entonces hablamos de muchas otras cosas también, temas personales que nada tenían que ver con ese “estar fuera de Argentina”: confiamos una en la otra y nos transformamos en amigas reales. Hoy Marina vive en Río de Janeiro y sostenemos esta amistad como podemos, a fuerza de largos mails y de idas y venidas que se cruzan dentro de las páginas de este blog.
Y con este ejemplo les lanzo al ciberespacio mi duda existencial:
Qué es concretamente la amistad? Porque gracias al Facebook, por ejemplo, me he vuelto a conectar con gente que he conocido en diferentes situaciones, gente con la que he compartido un aspecto de mi vida, o varios, también: profesional, escolar o universitario, personal, de búsquedas espirituales y demás. Me he reencontrado con varias compañeras del colegio, por contarles un caso. Con mucha de toda esta gente reencontrada puedo seguir compartiendo más cosas que la puntita del iceberg del pasado, porque puedo rescatar también una forma de comunicarnos y de ver la vida, pero con respecto a otros amigos de aquellos viejos tiempos ya no tengo ni idea de quiénes son, y me asombra ver cómo quedamos cada uno de nosotros “empantanados” en la mente del otro, justamente en ese momento en que dejamos de frecuentarnos. Entonces el reencuentro pasa por tratar de evocar a esa persona que para nosotros era así o asá, con pelos y señales, pero que hoy vaya a saber uno cómo es.
Sucede que hacemos cambios cualitativos muy importantes a lo largo de nuestras vidas, y a veces cuesta reencontrarse con el “uno mismo” de antes y con los otros que acompañaban a ese “uno” un poco perdido en la neblina del recuerdo. Por lo menos, parece más difícil ese reencuentro en la vida real que el simple “click” que implica acceder de nuevo a la vida de esos viejos amigos a través del Facebook.
Y esto de internet, los blogs, las redes sociales, también tienen lo suyo en cuanto a las formas en que aceptamos vincularnos con el mundo ancho y ajeno: me considero una amiga bastante presente de gente que no conozco personalmente, pero con la que tengo mucho en común en cuanto a formas de ver la vida, aficiones literarias o simplemente gustos personales. No he compartido nunca un café con ellos -algunos viven tan lejos que sencillamente no es posible hacerlo-, pero sabemos cosas uno del otro que tal vez en una mesa de bar con los conocidos de siempre no se hablan nunca porque en el desorden de la conversación salen a la palestra, frecuentemente, otros temas más cotidianos e intrascendentes.
Entonces concluyo en que la amistad es un tema de cercanías. Cercanías de espíritu, me refiero. Y de calidad del vínculo compartido en cuanto a inquietudes comunes, aficiones y valores, no sé si tallan demasiado en este asunto el tiempo transcurrido “junto con” o el espacio habitado en común (los años en esa oficina, en la mesa de aquel bar, en el aula de tal facultad).
Importa tanto si compartimos el mismo colegio o el mismo trabajo en la misma empresa? Sí importa, pero únicamente como punto de arranque de ese conocimiento que tienen unos sobre los otros. Me encanta sentarme en un restaurante sabiendo que voy a cenar con mis antiguas compañeras de colegio, con quienes persiste el espíritu de camaradería de aquellos viejos tiempos. Pero de ahí en adelante, para rescatar una relación habrá un trecho largo que recorrer, porque tendríamos primero que provocar el renacimiento de aquellas antiguas amistades que, como bien sabemos, sin algunos gestos de voluntad recíprocos no llegarán a madurar nuevamente.
Es muy raro esto de reencontrarse aquí y ahora con los afectos antiguos y volver a reconocernos (mientras vamos al rescate urgente del pasado para traerlo al presente, algo chamuscado pero a salvo), o también eso otro de volverse visible, en algún momento y lugar, para gente que apenas conocemos pero que es muy afín a nosotros en el aquí y ahora virtuales (porque como “punto de arranque” para compartir una amistad, no sólo está el espacio físico y concreto: la virtualidad también existe, o no?). Son las dos antípodas del clásico “ser amigos” desde siempre y para siempre, esos que sin habernos perdido nunca de vista ni de caminar uno al lado del otro, vamos compartiéndolo todo en el tiempo y en el espacio, como somos con nuestros amigos (pocos o muchos) de toda la vida, o como fueron aquellos amigos de mis padres, a los que ellos se referían con tanto orgullo cuando me decían, con la sencillez de las grandes confesiones: “Fulano es mi amigo”.
Monthly Archive for Enero, 2010
Así que me dediqué a ser feliz -lo más y mejor que pudiera- en mi divina soledad llena de amigos, mientras trataba de agenciarme los dos gatos que me correspondían por solterona asumida. Qué más podía hacer. Y en medio de todo ese movimiento de “no resistencia” y de dejarme llevar por el correr de los sucesos diarios, llegó mi cumpleaños.
Y ese día llamó el Amor de Mi Vida para saludarme. Muy pocas palabras, eh? Mensaje directo: “Que los cumplas feliz” y casi nada más. Como te llama un viejo amigo que solamente aparece una vez al año y sólo porque se acuerda de esa fecha. Así que esta era la nueva relación entre nosotros, o al menos eso parecía. De amigos lejanos. O alejados, ponéle.
Yo iba a hacer una reunión en mi minúsculo departamento de dos por dos (treinta amigos del alma, multitud de empanadas y cervezas, sector fumadores en el baño) y lo invité al ínnntimo festejo al que asistirían, también, algunos amigos en común. De todos modos, asumí que no iba a venir.
Esa noche el Amor de Mi Vida llegó puntual, pero huraño y poco comunicativo. Incómodo, en realidad.Todos los demás (amigos, compañerísimos de trabajo, en fin, la fauna nuestra de cada día) se sentían exultantes porque estaban viendo en vivo y en directo al protagonista de todos mis desvelos, y al mismo tiempo que yo. Algún candidato que revoloteaba por ahí en esos días -y que no había sido invitado- envió esa mañana a mi casa, sin embargo, un ramo de rosas rojas. Rodri -mi amigo gay que rechazaba el lesbianismo, se acuerdan?- desfilaba en una pasarela improvisada de cuarenta centímetros de largo –no había mucho espacio libre, el departamento era de veras minúsculo- con una de las rosas rojas entre los dientes. Me miró significativamente con el pulgar en alto: el Amor de Mi Vida y su temperamento algo hosco de aquella noche habían sido aprobados por este otro hombre al que le debía tanto apoyo en mis momentos de Chica Almodóvar: Mi Mejor Amigo.
Esa noche prácticamente no crucé palabra con el Amor de Mi Vida, porque yo estaba de anfitriona y porque además siempre había una multitud de gente en el medio entre él y yo, pero así y todo se las arregló para ayudarme a atender a las visitas como si fuese parte del Comité de Bienvenida. La cosa siguió así hasta algún momento de la madrugada en que el Amor de Mi Vida comenzó a recoger los platos, las latas de cerveza (que todavía los invitados estaban tomando), los vasitos de café, las servilletas sucias y hasta se puso a barrer el piso, mientras pedía a mis amigos que por favor levantaran las piernas para pasar el escobillón –lo juro, yo no podría inventar ni en mil vidas un detalle así!-. Así que los pocos que quedaban entendieron que la party estaba terminando y que de algún modo los estaban invitando a retirarse. Se pusieron de pie, tomaron sus camperas y bufandas (es que cumplo años en pleno invierrrrno) y se ordenaron en fila como frente a una ventanilla de banco, dispuestos a la estampida en masa. El Amor de mi Vida se colocó su abrigo, también. Yo tomé las llaves: tenía que abrir la puerta de acceso al edificio para que todos pudieran salir.
Cuando el último de mis amigos salió del departamento rumbo al pasillo, sólo quedábamos en el living el Amor de Mi Vida y yo, dispuestos a seguirlos. Pero justo en ese momento se cerró la puerta –nunca quedó en claro si fue él quien la cerró o una corriente de aire- y quedamos nosotros dos –y las llaves- encerrados del lado de adentro. Mientras tanto todos los demás, del lado de afuera, caminaban lentamente rumbo al ascensor.
Lo último que escuché fue la pregunta algo desesperada de mi amiga Gaby: “Y ahora cómo salimos?” y la risa portentosa de Rodri, llegando desde el final del pasillo: “No seas tarada, nena, vos seguí caminando. Después vemos.”
Y así fue el comienzo de los tiempos con el Amor de Mi Vida, alias Cucurullo.
Qué es lo primero que hace una mujer que sufre por amor? Facilísimo de responder: llora, baja tres kilos en setentaidóshoras, llama por teléfono doscientas veces por semana al hombre por el que suspira noche y día y se lee de cabo a rabo “mujeres que aman demasiado” o “los hombres son de marte, las mujeres de miércole a vierne”, o cualquiera de esos libros de autoayuda que a lo único que la ayudan es a estar ocupada un rato entre llamada y llamada al hombre en cuestión. También se dedica a torturar a sus amigos contándole al detalle las conversaciones telefónicas con el susodicho y reciente “ex” –en las que el “ex” dijo, en general: “sí”, “no” o “me tengo que ir”-, justamente hasta que llega el momento en que esos amigos también se saturan de ella o se tienen que ir.
Bueno, yo por un tiempo (unos cuantos meses) hice todas esas cosas. Y me autocompadecí bastante por mi vida tan perra, también.
Pero llegó un momento en el que me cansé de ser una víctima de mi debilidad, como dice la canción de “Los auténticos decadentes”. Y necesité hacer algo más por mí misma. Dejé de mirarme el ombligo y me fijé en todo lo que había alrededor y que tan bien me hacía si yo dejaba de boicotear ese pasaje hacia la estabilidad emocional: excelentes amigos, un ambiente ameno de trabajo, la familia, toneladas de libros (a la mierda con “las mujeres que aman demasiado”), tiempo para dedicarle a otros… y mucho, mucho por aprender en este mundo tan ancho y ajeno.
Un día me encontré paseando serenamente por la ciudad, comprometida en algo que no implicaba ese respirar entrecortado y nervioso de la mujer que está en mil cosas y ninguna al mismo tiempo, ni corriendo, trabajando, estudiando u ordenando el departamento a las apuradas: me encontré disfrutando de mi tiempo SOLA, por primera vez, después de tanto Noviazgo con Papeles y jornadas agotadoras de trabajo o de estudio vividas entre aeropuerto y aeropuerto y, después, Apasionantes Encontronazos con el Amor de mi Vida.
Y me gustó lo que veía en mí. Con el corazón roto o no, de todos modos había mucho para ser feliz. Parece un contrasentido, pero no lo es: la felicidad es un momento vivido a pleno, celebrando cualquier verbo en presente, y eso lo podés hacer aunque tengas el corazón roto y aunque la responsabilidad de la rotura haya sido casi toda tuya. Sentirse feliz es de lo más democrático que hay, lo puede hacer cualquiera si se olvida un poco de ser un “personaje melodramático” por un rato, y deja de bloquear la entrada a lo bueno que anda dando vueltas.
Paradojas que se producen a veces: cuando dejé de sentirme una víctima desgraciada, dejé de ser, también, un elefante en un bazar en relación con el Amor de mi Vida. Me refiero a la relación entre su teléfono y el mío, claro, porque él y yo no nos veíamos cara a cara desde hacía meses. Y me refiero a que dejé de arruinarlo todo porque, sencillamente, dejé de llamarlo: había pasado tantas cosas entre nosotros, y habíamos hablado tanto uno con el otro, que ya lo único que cabía en ese espacio vacío era el silencio.
Así fue, también, que un día cualquiera en medio de un curso de no sé qué –teníamos que “hacer número” entre los asistentes, porque uno de los instructores era el novio de una buena amiga mía- conocí a No Me Acuerdo Quién.
No Me Acuerdo Quién tenía –o creo que tenía, porque honestamente No Me Acuerdo, recuerden- el physique du rol de un Presidente de Banco Central. Esa clase de hombres con pinta de muy prolijos que, como decía un amigo mío, nunca harían pis en la bañera mientras se dan una ducha. Muy rubio, también. Lo de ser muy rubio es de una flojera estética importante para mí (detalle subjetivo si lo hay, caramba): los hombres siempre me parecieron mucho más interesantes en su versión “morochos”, no sé por qué siempre me sentí rara frente a un candidato mucho más rubio que yo, es como que me faltaba un contraste bien necesario. Rodri, un amigo gay que comparte mis cánones estéticos, lo resumió en una frase brillante: “Es que el lesbianismo, no, no va, nena”.
Pero No Me acuerdo Quién me invitó a cenar una noche de sábado y, honestamente, fue tan elegante en su forma de invitarme que yo hubiese quedado como una grosera rechazándolo. Así que… dije que sí. Y me llevó a cenar a un lugar paquetísimo. Y el punto es que No Me Acuerdo Quién fue tan correcto y formal que me aburrí como una ostra. No dijo ni una palabra inconveniente, porque todo lo que dijo en esa cena resultó una colección de clichés, y el acartonamiento progresivo me dejó toda contracturada. Media hora después de haberme pasado a buscar por casa –muy puntual- hubiera dado lo que fuera por encontrarme sola de nuevo en mi minúsculo departamento, recostada en el sofá, los pies en alto, comiendo helado del tarro y viendo “Sleepless en Seattle” en video por décima vez. Tenía ventisiete años y ya miraba con simpatía la vida de cualquier solterona. Ya solamente me faltaba comprarme dos gatos y bautizarlos con nombres en sánscrito para tener una vida solitaria y perfecta.
Con No Me Acuerdo Quién no hubo segunda cita: en esa cena yo me aburrí soberanamente y creo que -sólo por pasar el rato- durante el café llegué a plantearle que estaba considerando dejar de depilarme para siempre, como las francesas (eso de que las francesas no se depilan es mentira, pero suena genial para remontar un concurso de bostezos, no es cierto?). Nunca más nos hablamos y supongo que por ahí seguirá, bancocentraleando.
Pero es que entonces lo tuve clarísimo de una vez: ya conocía al Amor de mi Vida, no necesitaba andar buscándolo en otros. Podría superarlo y vivir sin él? Seguramente que sí, podría hacerlo. Me refiero al hecho incontrastable de que yo seguiría por acá, en el mundo de los vivos: no iba a tener un paro cardíaco y morirme al día siguiente. Pero él continuaría siendo el Amor de mi Vida aunque lo negara tres veces y siguiera adelante viviendo la vida de otra. Y también pudiera ser que con el tiempo reconstruyera mi vida en pareja con otro hombre, quién sabe. En ese momento, sin embargo, no tenía ganas de salir a escena travestida de otra mujer superada y perfecta. Era feliz algunas veces, ya les conté, pero también amaba, “sin prisa pero sin pausa”, a alguien con quien no podía estar como yo quería estar, y eso no lo cambiaba con cualquier actitud negadora de superación personal en diez pasos, o en menos de diez neuronas.
(y hablando de números: ya van casi mil doscientas palabras en este post, mis queridos, así que la seguimos la próxima).
Y entonces un día cualquiera se terminó el “Noviazgo con Papeles”, como había bautizado un jefe mío a ese matrimonio también mío. Yo era muy joven, el novio había asumido su rol desde hacía más de mil vidas y mi vestido blanco merengue le dio –como se estila en estos casos- la bienvenida a nuestra aniñada vida de recién casados. No recuerdo mucho más de aquel breve matrimonio que terminó, con el tiempo y como era de esperarse, con los papeles de divorcio muy en orden. Porque así fuimos siempre de formales y ordenados, mi Novio con Papeles y yo.
Un detalle “de color”, sin embargo, me viene a la memoria: entre los tantos invitados a la fiesta de bodas, había un ex compañero de trabajo que muchos años más tarde sería mi marido –en segundas nupcias, más maduradas y exitosas-, pero en esos primeros días de fiesta, pompas y circunstancias hubiese sido totalmente impensable semejante vuelta del destino. Y definitivamente, un desorden.
El problema es que el desorden nunca me dejó pensar muy bien. Y yo, con los pensamientos encorsetados y a la deriva –fea combinación- me siento muy incómoda, como bloqueada. Así fue que cuando comencé a salir con este señor que había sido compañero de trabajo, invitado a la fiesta y ya se perfilaba como el Amor de mi Vida, se me tildaron todos los cables que conectaban las neuronas y por un instante entreví el Fin del Mundo. Sé que el asunto así descripto suena de un apasionado romanticismo y de hecho así fue, pero también se tornaba pesado de digerir junto a Todo lo Otro (no sabía bien dónde guardar mi “casi flamante” vestido blanco merengue) y a mí, ya les dije, esos desórdenes descompartimentados no me dejan pensar muy bien.
Así las cosas, fui una novia (cómo, otra vez de novia?) muy difícil para el Amor de mi Vida. Si bien me reía a cada rato de la situación, también lo cuestionaba todo y ponía en juego la relación cada dos por tres. El Amor de mi Vida es un hombre de pocas palabras, pero con sus acciones va demostrando cuál es su intención y sus sueños. Lo suyo es más bien fácil de interpretar cuando le prestás atención en el día a día: si va para adelante, es porque pretende ir por esa senda y no desandarla, a menos que un tsunami de esos que rajan la tierra le abra en dos el camino frente a él. Porque es de tomarse su tiempo para tomar decisiones, pero cuando las toma no se echa atrás: el hombre es muy coherente entre lo que hace, siente y piensa.
Yo, en cambio, estaba pasando por una etapa algo pendular: iba y venía, quería y no quería, sabía todo y al rato no sabía nada. Andaba por la vida a bordo de un temperamento absolutamente inestable y lo que afirmaba a la mañana podía refutarlo a la tarde con la misma seguridad. Francamente insoportable. Pero algo tenía en claro: yo a este hombre lo quería.
Un día, entre las tantas idas y venidas de rigor –él manejaba el auto, yo desandaba nuevamente nuestra historia-, el Amor de mi Vida se cansó. Y justo cuando yo me entretenía argumentando las mil razones por las que no sabía si era buena para nosotros esa idea tan nueva de estar juntos, el auto estacionó frente a mi casa con una frenada en seco. Abrió la puerta de mi lado gentilmente –el Amor de mi Vida no pierde la compostura aunque le rompan el corazón-, me dio la razón y me despidió de su auto y de su vida sin más trámite. Estaba enamorado de mí, pero estaba harto de toda la situación, también, me dijo.
Y así se abrió frente a mí un pozo negro de angustia y de desconcierto: yo había abierto la compuerta de esa ruptura, pero el Amor de mi Vida había cruzado el dintel y cerrado la puerta detrás de él, dejándome de este lado del mundo sola y con el alma rota en pedacitos.
(A no desesperar, mis queridos: esta historia continuará mañana)
No les pasa a veces? Mucho tiempo “en el afuera”, exponiéndonos sin demasiadas ganas, mucho café de máquina de oficina (o de bar) para paliar esos deseos repentinos de dormir la siesta, mucho sudor como souvenir de calle pegajosa e incandescente, y al instante temperatura ambiente de aire acondicionado (alguno, acondicionado como para dar una vuelta por las afueras del polo). Entrar y volver a salir: verbos para pensarlos bien. Para los que nos quedamos en la ciudad en el verano, seguir el ritmo de siempre se hace bastante duro con estas temperaturas agobiantes.
La gente va llegando de sus vacaciones (ya? no se quedaban quince días? que ya pasaron las dos semanas? ay, mirá vos cómo pasa el tiempo!), y nos acumulamos en un ir y venir, de acá para allá, ahora en plan familiar o con amigos, otra vez. El sabor del reencuentro: Off y protector solar.
Y el verano que se deja caer, aplastante y aplastado, sobre la rutina de una ciudad que no quiere abrir los ojos todavía. Habrá que seguir esperando, en el dolce far niente -si se puede, y todo lo que podamos- a que decida volverse, remoloneando y aún en sueños, para despertarla y sonreírle apenas. No sabe -nunca sabrá- de todas las ocasiones en que en estos meses pensamos en abandonarla para siempre.
Nuestro hombre espía por la mirilla con pavor, indignación y ese sentido de la ofensa que nos embarga las entrañas cuando pisotean nuestros derechos, las convicciones o incluso las mañas, según lo exigente que sea uno con estas cosas.
Nuestro hombre desconfía de los otros hombres, de sus intenciones y sus razones, y por eso mismo tiene una mínima relación con ese mundo de ellos. Por algún motivo -hoy ya olvidado- no le cabe en el cuerpo una sola falta de respeto más. No está de ánimo para tolerar un exabrupto del prójimo desde hace ocho años, cuando la muerte de su madre lo dejó solo de soledad absoluta, desnudo de palabras, vacío de urbanidad.
Nuestro hombre vive en un departamento mínimo, despojado, siempre a oscuras, en la planta baja de un edificio antiguo y maltratado por el tiempo. Nuestro hombre lleva la vida de un monje trapense: a veces entra al mercado, se sirve lo que necesita, paga y se va. Cobra una vez al mes su renta mínima en el banco y guarda esos pocos pesos en una media, siempre la misma. Saca algo de la media cuando necesita comer o comprar velas. La media está abultada, de todos modos: sus ingresos son magros, pero sus necesidades son menores todavía. Subsistir renunciando a casi todo, menos a la respiración, es casi tan barato como estar muerto, pensó. Estiró los labios, como si sonriera, pero se tensó de pronto: se estaba distrayendo, y no podía descuidar su atenta observación del pasillo.
Nuestro hombre no lee los diarios, no escucha radio ni ve televisión. Tiene una mirilla en su puerta que tantea con sumo cuidado: hay un hombre –porque sabe que es un hombre, esas pisadas tan vehementes no son de mujer- que sube las escaleras con ritmo estrepitoso, todas las noches de lluvia en la que se corta la luz, y apaga la vela. Esa vela que nuestro hombre enciende con un resentimiento casi visceral para iluminar las escaleras de la planta baja, sabiendo que él –el otro- pasará con su carrerita veloz, silbando o tarareando, pero siempre haciendo ruido, como una sortija de calesita. Por descuido o crueldad, por la corriente de aire que se generará a su paso o por su firme intención de soplar sobre la llama, el otro apagará la vela, todas y cada una de las veces. Descuido o crueldad? Nuestro hombre quiere saberlo con la urgencia que tiene cualquier obsesión, quiere tener esa respuesta –la última- dentro de su mente: los hombres le hacen daño a los otros hombres por odio o por simple ignorancia? Es el otro un animal ciego y torpe, sin corazón y sin espíritu, de esos que pasan por el mundo destruyéndolo todo como zombies y que al cabo de una vida larga o corta como un sueño estéril, se mueren sin saber nunca qué consecuencias acarrearon sus acciones? O por el contrario, el hombre lo sabe y se ríe de todo, conciente de su poder de destrucción sobre los demás? Detrás de la puerta, colgado a la mirilla por una cadena invisible, es la respuesta a esa pregunta lo que le da terror, lo paraliza y le hace evitar, dolorido, el contacto con el mundo.
Nuestro hombre no entiende por qué pasa lo que pasa en el descanso de la escalera y sigue aferrado a la mirilla. Una vez vio un largo gabán desfilando por lo alto de la escalera, otra vez un par de botas corriendo desesperadamente, y por último, hace ya algunos años, un paraguas negro sacudiéndose en el pasillo como una flor muerta. Y el silbido o el tarareo, rebotando contra los escalones de mármol, y un ruido como de risita seca, o una tos. Pero nunca llega ver la cara del otro, esos ojos que tienen la respuesta del enigma.
- Qué locura – piensa nuestro hombre-, todavía no entiendo si es un imbécil o el mismo diablo.
El otro, el que sube, suspira su risita seca: otra vez una vela encendida en medio de la escalera. Se le acelera el pulso, como siempre que esto pasa, a causa del pavor y la ternura. Se tranquiliza: lo único certero en su vida es que la vela aparecerá, con cada apagón de cada noche de lluvia, para recordarle que hay apenas algo, en su vida horrenda e inútil, que siempre sucede de la misma manera. Siempre. No importa que lo demás sea todo un caos. Por qué lo hará quien sea que lo esté haciendo? Por qué dejará encendida una vela que sabe que no sobrevivirá a su paso? Con qué secreta esperanza? Por pura costumbre, con dolor, con una tristeza crónica, la apaga. No quiere que nuestro hombre sepa que en la pobreza de su vida –la del otro- su única alegría es ver esa vela en cada oscura tormenta.
Buen viaje, mis queridos! Para la gente que va y que viene en esta época de vacaciones, la que me cruzo en estas décadas, o la que me encuentro en mi generación, mientras veo pasar a tantas otras de diferentes edades que comparten algún instante de sus vidas conmigo -y entre sí- convergiendo, cada cual a su estilo, en la misma cinta transportadora del tiempo.
“La verdadera generosidad, en relación con el futuro, consiste en dárselo todo al presente”. (Albert Camus).
Quiero copiar acá entero enterísimo este párrafo de Mahatma Gandhi, y tratar de entender cómo Haití puede ser un país tan pobre que ni siquiera tiene la manera de administrar la ayuda de otros, y cómo es que esos otros países son tan ricos que éste, tan pobre, les parece invisible hasta que llega el momento -amazing!- de enterarse de que a ese lugar del mundo casi se lo traga la tierra:
“El rico posee montones de cosas superfluas que no necesita y, por tanto, descuida y derrocha, mientras que millones de hombres mueren de hambre por falta de alimentos. Si cada uno guarda sólo lo que necesita, a nadie le faltará nada, contentándose cada uno con lo suyo. En el actual sistema, el rico está tan descontento como el pobre. Al pobre le gustaría convertirse en millonario y el millonario querría ser multimillonario. El rico debería tomar la iniciativa de no poseer, para permitir que reinase la satisfacción universal.”
Me parece brillante y revolucionaria esta idea: el hombre rico -que puede educarse más y mejor- podría tener otros estímulos más provechosos para gratificar sus ansias de “hacer historia”, porque el logro material ya lo ha obtenido Y TODAVÍA TIENE LA CAPACIDAD DE TRASCENDERLO (una vez que lo tenés todo, sólo podrías querer que los demás tuvieran algo, no? Tener más de lo que ya tenés, para qué? A quién querés demostrarle qué cosa?).
Gandhi dijo alguna vez -pero no encuentro la cita- que por cada millonario hay unos cuantos miles que mueren de hambre, y que esto es así porque la riqueza proporcionada por los bienes materiales es un recurso finito y, por ende, lo que sobra en un lugar siempre falta en otro. No soy tan ingenua como para soñar que todos tengamos exactamente lo mismo en cantidad y calidad, pero sí en mínima dignidad: nadie debería morirse de hambre en un mundo tan fértil y naturalmente generoso como el nuestro, no? “No tener para comer” y volverse un bruto vándalo por pura supervivencia es desquiciante para cualquier espíritu del siglo XXI que se considere civilizado.
- Creer que un profesional es super calificado porque en la sala de espera hay más gente que en un shopping en día de liquidaciones (es tan competente como prejuzgamos, o es tan desorganizado que no le importa agendarse tres pacientes para el mismo turno?)
- Darte cuenta de que adelgazaste cinco kilos en una semana… porque tenés un estresazo tan grande que no sabés ni dónde queda la heladera.
- Que tu pareja sea muy celosa, demostrándote cuánto amor (propio) tiene para dar (se).
- Que tus hijos sean muy demandantes (te quieren mucho, o nada les basta?)
- Ser la más linda e inteligente de la fiesta… pero sólo porque “en el reino de los ciegos, el tuerto es rey”.
- Que te pidan que participes de una competencia “por el honor” de haber concursado … y enterarte después de que eligieron al ganador por acomodo.
- Que comentes en tu trabajo que tenés una oferta laboral mejor… y que tu jefe te anime para que la aceptes.
- Saber desde siempre que tu mejor amiga tiene un raro talento para la actuación… y descubrir veinte años más tarde que te mintió en casi todo lo que te dijo desde que la conociste en el curso para la Primera Comunión.
- Que tus hermanos te digan que estás cada día más parecida a tus padres (aaaggghh!)
Un problema inesperado sale al encuentro de uno en un momento como cualquier otro de un día que hubiese pasado sin pena ni gloria si no fuera por, justamente, ese suceso que de pronto nos tiene a mal traer. Mala suerte, a todos nos pasa a veces.
Pero hay gente que se conduele de lo que todavía no sucedió, por las dudas y bien a menudo, o aprovecha cualquier excusa, desesperadamente, para recordarnos que éste es nada más y nada menos que un valle de lágrimas. Son como los presentadores de los noticieros de la mañana: invierten su tiempo en describir la frustración y el dolor con un morbo miserable y a punto caramelo, para que uno caiga en la trampa y se quede pegoteado el resto del día.
Y entonces me acuerdo de ese párrafo de Lao Tse que me dan ganas de arrojárselo por la cabeza al “amargo profesional”, para que no me arruine el día por puro gusto: “Utilizar el tiempo limitado de una vida para preocuparse y dolerse del caos del mundo es como llorar sobre un río para acrecentar su agua por miedo a que se seque.”
Lástima que tengo mala puntería y seguro, segurísimo que le erro y le pego al que no se lo merece.


