Monthly Archive for Noviembre, 2009

Receta para preparar un cocktail de alegre bienestar (sin pretensiones de felicidades eternas)

amanecer con ganas

- primero que nada, haga un corte de acá en más: de este lado del mostrador, junte un buen puñado de la mejor predisposición para lo que venga, buen humor y buena leche. Si por descuido le quedó en la coctelera un ingrediente que no se corresponde con estos que le acabo de mencionar, tírelo a la basura porque no le sirve para nada y agregado a su vida sólo conseguirá amargarle lo que queda del día.

- entonces ahora así, consígase algo de voluntad y creatividad (pretenda ser como Vinicius, que para decirle a una chica que pasaba por la playa que estaba muy buena escribió Garota de Ipanema y revolucionó la música de su país de punta a punta). Así que sí, de la misma manera que tantos otros personajes queribles que usted conoce bien, recíbase de poeta por el sólo gusto de verse envuelto en los mejores momentos que la vida pueda proporcionarle a usted y a los suyos: con descaro, dígale al mundo todo lo positivo que ve en sus ires y venires cotidianos, porque usted -recuerde- es un ser pensante que comparte con los demás aquello que lo afirma en su voluntad de accionar en esta realidad que le ha tocado en suerte. Usted no es un poroto, que germina en la soledad más oscura. Por si acaso, le recuerdo que este cocktail no lleva porotos.

- Pele mucha alegría y agréguela al zafarrancho, y si ve que le quedó por ahí demasiada cáscara de autocrítica, retírela inmediantamente, porque en este brebaje el secreto es no pasarse de rosca con la acidez. Hágame caso, yo sé lo que le digo.

- Sacuda con movimientos conscientes, y si ve que el ritmo decae, someta su coctelera a balottage: tal vez esté necesitando algún cambio en la intensidad de la sacudida, la motivación de una melodía en especial o la buena energía de otros para seguir, usted verá. Pero no deje caer los brazos, que lo mejor está por venir.

- Sirva todo el contenido en la mejor copa que pueda conseguir -no es neceario que sea muy costosa, créame que en estos casos el buen gusto pisa más fuerte que la billetera más abultada-, y agregue un shot de confianza más unas gotitas de paciencia, que le darán mayor calidad e intensidad al asunto.

Tómeselo una vez al día, en horario a convenir. Si puede, sea generoso y comparta este cocktail con los demás. Después me cuenta.

Stan Getz y el mar

getz Cuando las olas muerden la arena y el sol se va despidiendo de la playa Cucurullo pone algo de bossa nova para ver cómo se oscurece el cielo. Por causas y azares, entonces, alguna vez Stan Getz se nos acerca al balcón y nos susurra con su música lo mejor que se ha llevado de esta tierra de caipirinhas. Lo bien que hace en compartirlo. Nosotros, agradecidos.

Pocos argentinos hay por estos días en el sur de Brasil, una década atrás tan cargado de mate y yerba Taragüí en sus costas, presumo. Es nuestra primera vez por estos lares, porque siempre hemos andado más por el norte, o más al este, tal vez más bien en cualquier otra parte de este país, pero siempre gravitando sobre él. Ya ha llegado a ser parte de nosotros, y hasta cuando criticamos algo de la tierra del Ordem e Progresso lo hacemos sabiendo que este país también nos importa. Porque Cucurullo trabaja mucho con gente de aquí, porque nos gusta compartir nuestro tiempo en su geografía y porque sobrevuela cada tanto en nuestro destino eso de venirnos a vivir acá por unos anios. El famoso “y si decimos que sí y nos vamos para allá?”. Siempre siempre siempre otras razones de peso nos hacen pensarlo mejor, pero nunca fue el que creyéramos que no nos gustaría vivir entre su gente y su paisaje. Aunque el espíritu brasilenio -que no tiene enie, como este teclado- solamente pueda ser entendido completamente por un argentino después de media caipirinha y muchas horas de mar susurrando en sus oídos. Si Stan Getz lo acompanha, tanto melhor.

Carinhos a todos, mis queridos.

Para todo lo demás existe Mastercard

En una época de mi vida las mejores vacaciones me parecían esas del estilo “para todo lo de menos, existe Mastercard”. Resorts cinco estrellas, restaurantes con disponibilidad permanente de comida en cantidad (pero no en calidad), spas con estresantes – turnos – agendados – para – masajes – desestresantes, en los que bajo el dominio de esa música zen chil out de a dos pesos el CD, unas pseudo masajistas te atienden en una recepción que parece la de un neuropsiquiátrico de lujo. Pero no, no se trata de eso: tras los maceteros rectangulares de cemento y esos juncos que se supone te bajan los decibeles, una chica con cara sufrida te recibe con una sonrisa cansada y te cuenta que además de ser masajista por horas, es depiladora, estilista y manicura. Mientras te pone las piedras calientes en la espalda te cuenta esa historia tan truculenta de cómo el marido la abandonó cuando estaba embarazada de sus mellizos. Para cuando te toca fangoterapia, estás a punto de echarte a llorar con ella por lo perra que es la vida de quien sea.

Así y todo, es lindísimo el Resort.

Por estos días que corren, sin embargo, con Cucurullo preferimos otro tipo de vacaciones, las que nos otorguen envuelta para regalo esa vida sencilla que decimos querer. Tomada a préstamo por unos días, aunque sea, si no nos sale el resto del tiempo en Buenos Aires.

Y así es como estamos pasando unos días en una playa de Brasil, en un apart cualquiera en mitad de la nada, que cumple con tres requisitos, los únicos importantes a esta altura del partido:

- es limpio,
- cada departamento tiene su cocina,
- y fundamentalmente, algo que no pensamos negociar en estos momentos: con absoluta vista al mar.

Y “absoluta vista” significa tener un balcón para comer en un segundo piso bien frente a la playa, ahí nomás, a dos metros a lo largo y cinco a lo alto, como las mejores localidades frente a un escenario de lujo. Eso no es negociable. Consejo: vos pedíle al dueño del apart ese departamento que mira directamente al mar y dale lo que te pida, porque nunca será tan caro como parece.

Y después, lo segundo importante en todo pueblucho marino: localizar la zona de pescadores. Acá es en el Barrio Zimbros. Y allí vamos, día por medio, a comprarle a Célio algo de todo lo que le supo extraer al mar: camarones, anchovas, lenguado, lo que fuere. El sabe que cuenta con nuestra fidelidad de fanáticos principiantes, así que no nos traiciona con fraudes de mercaderes: lo que ves es lo que hay. La pesca del día.

Entonces nuestra vida simple, la que soñamos, se hace realidad de esta manera: todos los mediodías y las noches, en medio del juego en la playa -no tiene otra cosa nuestro apart, excepto una piletita insignificante y dos hamacas fabricadas con cámaras de autos- alguno de nosotros descubre que tiene hambre. Ahí mismo yo subo las escaleras que llevan al segundo piso, pongo a freír algo de manteca en una sartén, y ni bien se calienta cocino lo que Dios y Célio nos han provisto. Hay que tener en la despensa, también, los nobles frutos del Brasil: arroz, ajo, papas, cebollas, palta, limoncitos verdes de caipirinha. Porque con algo de todo éso acompañarás la comida, de alguna manera.

Y veinte minutos después se produce el milagro: desde tu balcón, como si fuera lo más natural del mundo, llamás a tu familia para que deje de jugar en el mar y venga a almorzar, o a cenar. Si se trata de la cena, por tres reais con cincuenta comprás en cualquier mercado una vela para la mesa, y transformás el momento en un super momento.

Y la Mastercard te la pasás por el tujes, mi querido lector.

Este blog está de vacaciones, se va de retiro espiritual o adhiere al paro de subtes

de viaje… no se sabe bien, porque corren muchos rumores por el barrio. Pero lo concreto es que por unos días andará mudo, descansando de tanto ajetreo.

Les confieso que este blog es mi primer microemprendimiento. Al fin sé lo que siente quien tiene un kiosco o un minialmacén y de repente tiene que borrarse del mundo: debe bajar la persiana de su boliche hasta la vuelta. Y todo indica que yo tendré que hacer lo mismo con este espacio.

Quiero cargar pilas para retomar con energía todos los proyectos y lindas rutinas que dejo en suspenso por estos días. Año intenso éste, les cuento. Se vinieron unas últimas semanas algo duras, también. Así que pongo distancia del ciberterruño, recupero la perspectiva y nos vemos de nuevo -o nos leemos, mejor dicho- a la vuelta. Porque en un abrir y cerrar de ojos estaremos otra vez en contacto.

Hasta prontísimo, mis queridos.

Cómo ser una bomba latina: manual de emergencia para países emergentes

isabel sarliUna vez, hace algún tiempo (yo tenía 23 años, calculen cuánto hace de esto, es fácil) me fui a México  con varios compañeros de trabajo. Asistíamos a un curso de entrenamiento que organizaba la consultora para la que yo trabajaba. Iba mucha gente de varios países de Latinoamérica (argentinos, varios) y éramos todos más o menos de la misma edad, la mayoría apenas un par de años mayores que yo. Casi un viaje de egresados, pero de egresados universitarios. Imagínense, por un momento, lo que fue ese viaje “de actualización de normas de auditoría”. Bueno, no se imaginen tanto, tampoco se trataba de una orgía: éramos todos licenciados en administración, contadores, economistas, ese tipo de gente que se levanta a trabajar bien temprano. Y no, no había shows de streapers por las noches. Bastante tranquilo desde ese punto de vista, si no fuese por la cantidad de hormonas latinas dando vueltas. Nadie casado, casi nadie de novio muy formal,  excepto algunas pocas chicas y yo (porque yo desde los veinte casi siempre estuve muy de novia o muy casada o alguna de esas cosas, en distinto orden). Así que digamos que hice un poco de… árbitro? Celestina? No me quedaban muchos otros papeles para actuar sobre ese escenario.

El objetivo de todo el asunto, además de lograr que todos nosotros encaráramos una auditoría como eslabones en serie con el mismo modus operandi acá, en Dinamarca o en los Emiratos Árabes, era que nos integráramos entre todos los empleados de la firma, fuéramos de donde fuéramos. En algún punto, si prestaron atención al párrafo anterior, estoy segura de que estarán de acuerdo conmigo en que ese gran desafío corporativo concluyó en un logro sin precedentes.

Hubo otras formas de fomentar la  integración, también. Por ejemplo, todos los asistentes compartíamos el cuarto de hotel con un compañero de curso que era de otro país. A mí me tocó una compañera mexicana de la que no recuerdo el nombre. Pongámosle Frida, porque tenía físicamente un aire a la Kahlo (la auténtica, no la versión de película yankee). Era muy bonita, por supuesto. De rasgos interesantes.

Las pocas chicas argentinas que fuimos al curso teníamos todas más o menos el mismo estilo. Podrías encontrar más lindas, más feas, más arregladas o más gorditas, pero básicamente íbamos todas vestidas muy low profile, sencillas, poco maquillaje, pelo suelto y no mucho más. Chicas de oficina. Las que encontrarías por la calle Reconquista cualquier martes por la tarde.

Cuando vimos a las venezolanas, colombianas, mexicanas… Ay, Dios mío, yo llegué a pensar que nos habíamos equivocado de avión y habíamos aterrizado en la sede del concurso para Miss Universo: vestían modelitos de diseño de todos los colores, zapatos dorados o con vivos en composé, usaban peinados con torzadas o semi recogidos, y llevaban accesorios combinados al detalle con su vestuario. Y unos maquillajes como los de las azafatas, que siempre están bien cuidados y retocados. Quiero decir que tenían todas un estilo muy llamativo y arreglado. Parecían recién salidas de las telenovelas a través de algún televisor gigante que vaya a saber dónde habían instalado. Y te enterabas en seguida de lo que generaba toda esa seducción femenina en el resto del curso: solamente tenías que ver la cara de embobados de los hombres allí presentes.

Ese primer día, después del desfile sui generis de las chicas y de una desordenada presentación de los chicos, fui a mi cuarto con mi valijita. Y Frida y su kit de maletas haciendo juego recorrieron los pasillos al lado mío, también. Desempacamos nuestra ropa, libros y otros efectos personales. Yo llevé al baño mi portacosméticos, desodorante, cremas, esas cosas, y por ser amable le dije que podía usar lo que quisiera de lo que había dejado ahí. Ella abrió sus cajas (cajas!) de cosméticos, Pupas rojas de varios tamaños, buclera y secador de pelo, sonrió y me dijo que yo hicera lo mismo, que utilizara lo que gustara.

Al ver todo ese arsenal me quedé extrañada. Como recién salida de un horfanato de provincia.

A las 8 de la mañana había que estar en el desayunador. Yo me levantaba todos los días 7 y media, me bañaba, me vestía y ya estaba lista, aunque con el pelo mojado todavía pegado a la frente, qué le iba a hacer, con el tiempo que tenía no me daba para más. Frida se había levantado cada día a las 6 y media, y a las 8 estaba impecablemente arreglada como para un cocktail en el Hilton, ni más ni menos.

Y como ella, muchas otras chicas. Las argentinas mirábamos, asombradas, todo ese arreglo, ese glamour mañanero como algo muy por fuera de nuestros hábitos, así como también ese desayuno fuerte tomado bien temprano (con huevos, tocino, chicharrón, arepas) mientras nosotras nos contentábamos con un ataque al hígado debido al picante de la cena del día anterior, un tecito y unas tostadas. Al lado de las otras, éramos tan sencillas para desayunar como para arreglarnos. Definitivamente teníamos un estilo de actuar y movernos por el mundo bien distinto. Sería por el clima tan poco tropical que marcaba nuestra identidad nacional? (Aclaración: no había chicas chilenas o uruguayas en ese curso, las conocí después, y debo decir que me parecieron tener el mismo estilo de las argentinas; se ve que hay una onda más rioplantense o del Cono Sur, pongámosle, y otra más bien “caliente”, dirían los yankees, que es la de las chicas que habitan de la cintura para arriba de Sudamérica, y más arriba también).

Fue un choque cultural muy fuerte, mis queridos. Yo descubrí el secreto de por qué son tantas las Misses venezolanas, o son tantos los hombres que caen como chorlitos, muertos de amor por las bombas latinas tan sexies como impecables: las he visto en pijamas, sin una gota de maquillaje, tan parecidas a una chica más, para meterse luego en el baño con la actitud de un cirujano que entra al quirófano a operar. Y las he visto salir de ahí con el halo de una diva de Hollywood saliéndoles por los cuatro costados. Es todo cuestión de actitud, mis queridos. Frida me lo recalcó muy bien, mientras se marcaba las pestañas entre una prensa en forma de arco con pinzas que parecía instrumental ginecológico. Yo, en un rinconcito a su lado, me peinaba el cabello mojado con un  peine verde gigante, de plástico, que había encontrado abandonado en el botiquín de la casa de mi abuela.

PD: Pero eso sí, como cualquier Sherezade de los suburbios, la madrugada anterior a esta escena del baño (y tantas otras madrugadas también), yo había invertido dos preciosas horas de sueño en leer algunas de las historias originales de “Las mil y una noches”. Esto de que las mujeres nos sepamos algún que otro cuento,  será también una ventaja de vez en cuando, seamos del país que fuere y del trópico que más le guste imaginar a cada cual? Habrá que preguntarle a la Coca Sarli qué nos conviene más, si vestirnos con flores más seguido o leer y comentar buenas ficciones, de – ésas – que – atrapan – civilizaciones – enteras. O mejor aún, no me quieren contar ustedes qué opinan sobre este tema tan candente, casi de envergadura internacional? Shakira y una servidora les estaríamos eternamente agradecidas.

Dos veces veinte. O también: “Tarde para lágrimas”

tiempoentremanosSabemos que cuando cumplimos cuarenta años estamos diciendo que ya vivimos dos veces veinte. Porque es matemática pura.  Eso puede significar que tenemos el doble de celulitis o de panza, de canas y de arrugas. Pero también implica el doble de experiencia y de temple para enfrentar las dificultades, o el doble de motivos para no darnos por vencidos ni aún vencidos, como escribió Almafuerte. Y sobre todo, implica el doble de aprendizajes (ya de por sí, es mucho más del doble de libros leídos juntando polvo en nuestra biblioteca).

Porque cuarenta es el doble de veinte, no es el doble de cero (cero por toda la cantidad… psst!). Es mucha riqueza como para dilapidarla, desesperarse o cuestionarse la vida entera en pos de un puñado de  clichés exclamados a viva voz por aquellos que hablan con tono solemne, pero que nunca alcanzan el trance de la sinceridad profunda.

Entonces, si a los cuarenta piso más fuerte que a los veinte en este mundo (en todo sentido: peso un par de kilitos más que en aquella época) a lo mejor sería muy bueno, también, que no me quejara tanto como en esos tiempos donde eran más las carencias y lo pendiente que todo – lo – otro, o por lo menos eso podía parecerme. Hay una palabrita que quisiera desterrar de mi diccionario personal antes de ser una señora de las cuatro décadas con grasa abdominal, Arjona dixit. No, la palabrita no es “grasa” (aunque mal no estaría, tampoco). Pero la palabra a la que me refiero es  “lloriqueo”. Yo creo  (lo digo entre nos,  los más íntimos dos mil amigos que de vez en cuando leen este blog), que a los cuarenta no hay que andar lloriqueando por cualquier chiquititez.

Hace más de un siglo existían las lloronas pagas que iban a los velorios para demostrar lo mucho que el muerto había sido querido durante su vida por aquellos que lo despedían (y, sobre todo, que pagaban los servicios de las lloronas). Hoy creo más en la espontaneidad de los chistes de velorio que en la necesidad de andar lloriqueando por ahí. Qué se le va a hacer, debe ser por esto de que estoy llegando a los cuarenta y cada vez me parece más razonable visualizar por alláááá a lo leeeeeeejos, en el fin de los tiempos, un momento en el que podamos reírnos de todo como los chicos bien chicos o como los dos viejos de Siddharta, el librito de Hesse: esos dos que algunos creían un poco tontos, pero ustedes y yo sabemos que no. Eran sabios, porque lo habían vivido todo y habían comprendido la futilidad de amargarse por cualquier cosita insignificante. Y también ando creyendo en estos días, les cuento para terminar la idea, que debe ser más inteligente tratar de orientarnos para encontrar el camino de la alegría -a pesar de los momentos malos que nos toca atravesar-  que perdernos por el del archiconocido valle de lágrimas que no nos deja ver la tonelada de momentos de – la – ostia que andamos disfrutando también durante el viaje.

Pensándolo bien, creo que cuarenta años es más que dos veces veinte. Muy a pesar de las matemáticas.

En tránsito

solaenaeropuertoAlfonso se apostó frente a los grandes carteles de Air France, como si estuviera de guardia. Era el siguiente en la fila para despachar el equipaje. “Un aeropuerto es una muestra del mundo en miniatura”, pensó.  En el Charles de Gaulle convivían pequeñas tribus de diversas nacionalidades de Oriente y Occidente, y el hecho de tomarse un avión de vuelta a Buenos Aires parecía en este lugar una decisión tan insignificante como volver a un pueblito cualquiera. Con un movimiento mínimo, exacto y sin parpadear siquiera, con la coordinación que se le había pegado al cuerpo después de tantos años de regimiento, Alfonso giró sobre sí mismo, levantó su valija y se dirigió al próximo mostrador libre.

Julia era la siguiente en la fila. Menuda y cansada, observaba los hombros de Alfonso y su porte erguido y se imaginaba que esa espalda anónima, impersonal, sería una buena tabla para barrenar las olas, el mar entero, el mundo infinito. No veía la cara de él, solamente su espalda y su nuca, pero adivinó que era un compatriota volviendo a casa: esas cosas se huelen instintivamente cuando se está en tierra extraña. Se dio cuenta de que en todo ese tiempo que había vivido en París, obsesionada con integrarse al mundo de Louis como si fuese su propia sombra, muy rara vez había echado de menos la compañía de otros argentinos. Qué curioso. Ahora, imprevistamente, al romper lanzas con tantos años de matrimonio fuera de su tierra, añoraba todo lo que estuviera relacionado con su patria, todo lo  que antes nunca había extrañado o admitido extrañar. Así y todo, aunque hoy anhelara un reencuentro con ese pasado en su país, algo borroso y desteñido,  se sentía una  intrusa volviendo a la casa de sus padres.  Porque este regreso supondría la intención de recomponer una vida que no podía ser reconstruida: se interponía en su futuro esta separación atiborrada de tristes detalles que le era imposible dejar atrás. Sospechaba que de todo lo vivido en esta ciudad nada  le serviría a su vuelta, con excepción del dominio de un idioma que ya no tendría sentido conservar en Buenos Aires excepto en algunos reductos glamorosos, como esas embajadas de protocolo un poco rancio o el entorno de algún diseñador de alta costura veleidoso y trasnochado.

Julia se acercó al próximo mostrador libre, al lado del de Alfonso. No estaba segura de querer irse, ni de quedarse. No tenía sentido volver con Louis, pero desandar los pasos hasta Buenos Aires como una mujer fracasada más, igual a las tantas que había despreciado para sus adentros en el pasado (amigas, conocidas, primas o cuñadas) le parecía de muy mal gusto: no podría enfrentar a su familia y a sus viejos amigos con la cara de la derrota tatuada sobre su piel, después de tantos años de pintarles una realidad un poco falsificada -pero siempre rutilante- de su matrimonio con Louis.

Al lado suyo, una mano fuerte y firme le cerró el brazo.

- Estás bien?- le preguntó, amable.

Eso fue todo. Un movimiento mecánico de Alfonso, preocupado por su gesto desencajado y enfermizo, dejó a la empleada de Air France que lo atendía con la pregunta en el aire, el papelerío amontonado sobre el mostrador, las valijas varadas en la cinta y toda la fila detrás de ellos demorada, sin poder avanzar.

- Vos estás bien?- repitió – parece que te vas a desmayar acá mismo. Dejame que te ayude con eso.

Julia escuchó como en trance, en medio de su sopor, el tono suave y monocorde de ese “vos” arrastrado cansinamente por un porteño, el primero que se filtraba en su oído tras tantos años sumergida en otro mundo.

-  Ahora estoy bien. Gracias.

Alfonso, con porte malevo, se hizo cargo de sus valijas, mientras ella seguía sus movimientos con ojos brillantes. En el mostrador de al lado la empleada miraba a Alfonso con gesto de reproche: monsieur estaba tardando demasiado.

Un niño lloraba en la fila demorada y los arrullos de la madre trataron de calmarlo, pero ni Julia ni Alfonso pudieron escucharlo: ellos ambos apenas se movían de sus lugares, y sus movimientos mínimos eran ejecutados uno al compás del otro, midiendo con una sutileza exquisita la distancia que existía dentro ese espacio encantado que vivía entre los dos. Cuidaban instintivamente, como animales enjaulados, esa bruma espesa e invisible que brotaba junto a ellos y los abroquelaba contra todos los demás.

Ella lo necesitaba y él necesitaba ser necesitado, qué importaba que los otros tuvieran que esperar.

Recursadas

groundhog daySe acerca el fin de año académico -falta poco menos de un cuarto de hora, ja!- y los chicos (y no tan chicos también) se preparan para dar exámenes, aprobar parciales y recuperatorios, hacer mérito para levantar notas o conservar promedios. En fin, agachar la cabeza hacia los libros y apuntes durante este último mes, antes de alzarla al sol ni bien lleguen las vacaciones.

A mí me encanta esta época del año: me da la sensación de que clausura etapas, como si hubiera un episodio que se termina dentro de una estructura bien lineal. Y que arranca otra cosa. Un asunto bastante diferente a la vida misma, que tiene una forma de ser tan… circular. Que es cíclica y sugerente, porque contiene muchas recursadas zigzagueantes, sucesivas (y sorpresivas!) si es que en los cursos anteriores no estuviste a la altura de las circunstancias. O si no te acompañó el promedio de tus notas, por la razón que fuera.

Cada tanto me acuerdo de un film de ésos  que ahora llaman “de culto” (?) que me encanta porque cumple con los dos requisitos que considero más importantes a la hora de exclamar como posesa: “addddoro esta película, veámosla unas doscientas veces!!!”:

1) que yo pueda aprender algo mientras la estoy viendo,

2) mientras me río como un chico de cinco años.

Si logra cumplir con esas poquísimas pretensiones, ese DVD se habrá ganado mi corazón por siempre.

marmota

Y eso me pasó con “El día de la marmota” (traducción original del inglés “Groundhog Day”) o “Hechizo del tiempo”, acá en Argentina. Una película genial. Si nunca la vieron, les recomiendo que la alquilen o, como dice mi amigo Javier, se la pidan prestada al Emule mientras la consiguen “por las buenas”. Y si la vieron, les recomiendo que la vean otras 199 veces.

La película trata sobre… recursadas. Es decir, sobre un improbable momento desquiciante en la vida de un malhumorado periodista, que debe vivir miles de veces una misma e incómoda situación crítica hasta poder superarla. Y como hemos hecho muchos de nosotros en alguna crisis o suceso vital supuestamente irremontable, el Fulano, antes que nada, se arma de todos los malos recursos que conoce para evadir sus problemas (que vuelven una y otra vez, por supuesto), en lugar de poner foco en resolverlos: los niega, los trata con cinismo, se trampea a sí mismo intentando eliminarlos, se vuelve loco de ira y resentimiento, y hasta pierde la esperanza de encontrar la salida, alguna vez, a ese inconcebible (y sin embargo querible) pozo negro.

Por supuesto que la película propone una solución, la única razonable en una situación a todas luces irracional. Tal vez por eso el final es doblemente lúcido. Y a lo mejor ese final es la razón por la que recuerdo tantas veces esta película en momentos bien diferentes de mi vida. Porque me acompaña en esas ocasiones de crucial aprendizaje y me hace sonreír, comprensiva, cada vez que me sorprendo recursando lo que cursé antes, ayer nomás, en el día de la marmota.

Una aguja en un pajar

felizHace un tiempo tuve un problemita médico de – esos – desagradables – pero –  con – solución. Era también uno de esos problemitas que tienen mínima probabilidad de ocurrencia, pero bueno, esa “mínima probabilidad” le tiene que tocar a alguien, y a ese alguien le toca el 100% de uno de los casos que mide esa baja estadística: si en el invierno se resfría uno de cada diez, vos sos ese “uno de los diez” o sos uno de los otros nueve, pero lo que es seguro es que no te va a tocar un décimo del resfrío repartido entre diez. Así que yo pasé por el mal trago de ser una de las elegidas por la ley de las probabilidades.

Pasó el tiempo. Hace poco se me generaron los mismos síntomas de aquél  problemita – médico – de – esos – desagradables – pero – con – solución. Se lo conté a mi médico y él me retrucó, segurísimo de sí mismo: “no puede ser: en medicina hay menos posibilidades de que una paciente repita este diagnóstico  que de ganarse el Quini 6!”

El final de la historia es que tuve el mismo diagnóstico y la misma solución que aquella primera vez.

Hablando ayer con una amiga sobre este tema de las probabilidades, concluimos en que a todos nos tocan algunos de esos casos en que hay “bajas probabilidades de”, es decir, sucesos imposibles que repentinamente se vuelven posibles sólo para vos y plantan bandera en tu realidad cotidiana. Si son sucesos de los buenos, yo los llamaría “milagros”, si no lo son tanto, deberemos considerarlos oportunidades, resquicios de nuestra historia por los que se cuela la posibilidad repentina de vivir otra, con una profundidad como de película, para aprender algo que no imaginábamos que nos tocaba aprender.

Mi amiga tiene un hijo que nació con algunos problemas de salud (hoy ya resueltos), a pesar de las bajísimas estadísticas que medían la probabilidad de que eso ocurriera.  Como así también tuvo antes una hija en forma imprevisible, “de milagro”, porque mi amiga estuvo años soñando con la posibilidad de tener a esa bebé que nunca llegaba, hasta que sin proponérselo quedó embarazada como cualquier mujer sin complicaciones.

Hay hechos que ocurren porque tienen que ocurrirle a alguien. Y a veces somos las personas elegidas para que esas situaciones se verifiquen en el mundo. Nos transformamos en un “caso testigo”. Como en un sorteo, sale elegido nuestro número de entre miles del bolillero y ahí estamos, con todas las luces enfocándonos sobre el escenario, mientras suena una música pegadiza y estridente de fondo: el maestro de ceremonias nos pide que demos un paso al frente, porque ahora es nuestro turno de bailar. Y ahí descubrimos, poniendo una expresión algo estúpida, que los que hemos sido elegidos para bailar somos nosotros. Y ya mismo. Inmediatamente.

Mi amiga me confesó ayer que ella y su marido juegan desde hace años al Quini 6. No pareciera tan difícil poder ganar el premio, después de todo. Y aunque fuese difícil, no hay que olvidarse:  siempre está la chance de que sí ocurra.

Yo estoy a punto de empezar a participar del juego, también. Me encantaría compartir un cartoncito del Quini6 a medias con mi médico: estoy segura de que por estos días debe estar más que abierto a aceptar mi invitación.

Nada es perfecto, les juro

unabasuritaenelojoLo que equivale a pensar que el mundo, nuestras vivencias, nuestros logros y aprendizajes son perfectos así como son, desprolijos y cambiantes y patas para arriba de vez en cuando y todo lo demás. La perfección teórica, bien de libro, tiene el alma sintética y en su ámbito de laboratorio periférico e inalcanzable nadie aprende cómo es aquello que puede encontrarse en el centro de la vida real, orgánico,   impermanente y fecundo como es, con todo ese pelambre a cuestas de ires – y – venires – dimes – y – diretes – ay – me – caí – pero – ahora – me – levanto – y – ya – llegué – espero – que – no – sea – demasiado – tarde.

Espero que no sea demasiado tarde.