Una vez, hace algún tiempo (yo tenía 23 años, calculen cuánto hace de esto, es fácil) me fui a México con varios compañeros de trabajo. Asistíamos a un curso de entrenamiento que organizaba la consultora para la que yo trabajaba. Iba mucha gente de varios países de Latinoamérica (argentinos, varios) y éramos todos más o menos de la misma edad, la mayoría apenas un par de años mayores que yo. Casi un viaje de egresados, pero de egresados universitarios. Imagínense, por un momento, lo que fue ese viaje “de actualización de normas de auditoría”. Bueno, no se imaginen tanto, tampoco se trataba de una orgía: éramos todos licenciados en administración, contadores, economistas, ese tipo de gente que se levanta a trabajar bien temprano. Y no, no había shows de streapers por las noches. Bastante tranquilo desde ese punto de vista, si no fuese por la cantidad de hormonas latinas dando vueltas. Nadie casado, casi nadie de novio muy formal, excepto algunas pocas chicas y yo (porque yo desde los veinte casi siempre estuve muy de novia o muy casada o alguna de esas cosas, en distinto orden). Así que digamos que hice un poco de… árbitro? Celestina? No me quedaban muchos otros papeles para actuar sobre ese escenario.
El objetivo de todo el asunto, además de lograr que todos nosotros encaráramos una auditoría como eslabones en serie con el mismo modus operandi acá, en Dinamarca o en los Emiratos Árabes, era que nos integráramos entre todos los empleados de la firma, fuéramos de donde fuéramos. En algún punto, si prestaron atención al párrafo anterior, estoy segura de que estarán de acuerdo conmigo en que ese gran desafío corporativo concluyó en un logro sin precedentes.
Hubo otras formas de fomentar la integración, también. Por ejemplo, todos los asistentes compartíamos el cuarto de hotel con un compañero de curso que era de otro país. A mí me tocó una compañera mexicana de la que no recuerdo el nombre. Pongámosle Frida, porque tenía físicamente un aire a la Kahlo (la auténtica, no la versión de película yankee). Era muy bonita, por supuesto. De rasgos interesantes.
Las pocas chicas argentinas que fuimos al curso teníamos todas más o menos el mismo estilo. Podrías encontrar más lindas, más feas, más arregladas o más gorditas, pero básicamente íbamos todas vestidas muy low profile, sencillas, poco maquillaje, pelo suelto y no mucho más. Chicas de oficina. Las que encontrarías por la calle Reconquista cualquier martes por la tarde.
Cuando vimos a las venezolanas, colombianas, mexicanas… Ay, Dios mío, yo llegué a pensar que nos habíamos equivocado de avión y habíamos aterrizado en la sede del concurso para Miss Universo: vestían modelitos de diseño de todos los colores, zapatos dorados o con vivos en composé, usaban peinados con torzadas o semi recogidos, y llevaban accesorios combinados al detalle con su vestuario. Y unos maquillajes como los de las azafatas, que siempre están bien cuidados y retocados. Quiero decir que tenían todas un estilo muy llamativo y arreglado. Parecían recién salidas de las telenovelas a través de algún televisor gigante que vaya a saber dónde habían instalado. Y te enterabas en seguida de lo que generaba toda esa seducción femenina en el resto del curso: solamente tenías que ver la cara de embobados de los hombres allí presentes.
Ese primer día, después del desfile sui generis de las chicas y de una desordenada presentación de los chicos, fui a mi cuarto con mi valijita. Y Frida y su kit de maletas haciendo juego recorrieron los pasillos al lado mío, también. Desempacamos nuestra ropa, libros y otros efectos personales. Yo llevé al baño mi portacosméticos, desodorante, cremas, esas cosas, y por ser amable le dije que podía usar lo que quisiera de lo que había dejado ahí. Ella abrió sus cajas (cajas!) de cosméticos, Pupas rojas de varios tamaños, buclera y secador de pelo, sonrió y me dijo que yo hicera lo mismo, que utilizara lo que gustara.
Al ver todo ese arsenal me quedé extrañada. Como recién salida de un horfanato de provincia.
A las 8 de la mañana había que estar en el desayunador. Yo me levantaba todos los días 7 y media, me bañaba, me vestía y ya estaba lista, aunque con el pelo mojado todavía pegado a la frente, qué le iba a hacer, con el tiempo que tenía no me daba para más. Frida se había levantado cada día a las 6 y media, y a las 8 estaba impecablemente arreglada como para un cocktail en el Hilton, ni más ni menos.
Y como ella, muchas otras chicas. Las argentinas mirábamos, asombradas, todo ese arreglo, ese glamour mañanero como algo muy por fuera de nuestros hábitos, así como también ese desayuno fuerte tomado bien temprano (con huevos, tocino, chicharrón, arepas) mientras nosotras nos contentábamos con un ataque al hígado debido al picante de la cena del día anterior, un tecito y unas tostadas. Al lado de las otras, éramos tan sencillas para desayunar como para arreglarnos. Definitivamente teníamos un estilo de actuar y movernos por el mundo bien distinto. Sería por el clima tan poco tropical que marcaba nuestra identidad nacional? (Aclaración: no había chicas chilenas o uruguayas en ese curso, las conocí después, y debo decir que me parecieron tener el mismo estilo de las argentinas; se ve que hay una onda más rioplantense o del Cono Sur, pongámosle, y otra más bien “caliente”, dirían los yankees, que es la de las chicas que habitan de la cintura para arriba de Sudamérica, y más arriba también).
Fue un choque cultural muy fuerte, mis queridos. Yo descubrí el secreto de por qué son tantas las Misses venezolanas, o son tantos los hombres que caen como chorlitos, muertos de amor por las bombas latinas tan sexies como impecables: las he visto en pijamas, sin una gota de maquillaje, tan parecidas a una chica más, para meterse luego en el baño con la actitud de un cirujano que entra al quirófano a operar. Y las he visto salir de ahí con el halo de una diva de Hollywood saliéndoles por los cuatro costados. Es todo cuestión de actitud, mis queridos. Frida me lo recalcó muy bien, mientras se marcaba las pestañas entre una prensa en forma de arco con pinzas que parecía instrumental ginecológico. Yo, en un rinconcito a su lado, me peinaba el cabello mojado con un peine verde gigante, de plástico, que había encontrado abandonado en el botiquín de la casa de mi abuela.
PD: Pero eso sí, como cualquier Sherezade de los suburbios, la madrugada anterior a esta escena del baño (y tantas otras madrugadas también), yo había invertido dos preciosas horas de sueño en leer algunas de las historias originales de “Las mil y una noches”. Esto de que las mujeres nos sepamos algún que otro cuento, será también una ventaja de vez en cuando, seamos del país que fuere y del trópico que más le guste imaginar a cada cual? Habrá que preguntarle a la Coca Sarli qué nos conviene más, si vestirnos con flores más seguido o leer y comentar buenas ficciones, de – ésas – que – atrapan – civilizaciones – enteras. O mejor aún, no me quieren contar ustedes qué opinan sobre este tema tan candente, casi de envergadura internacional? Shakira y una servidora les estaríamos eternamente agradecidas.