Si la vida no se mide en hitos sino en un acontecer parcelado en pequeños momentos, en detalles contiguos que nosotros decidimos que sean memorables o de descarte; si elegimos creer que esa sucesión que es el tiempo nos trae una sarta de piedras duras y secas o un collar de diamantes divino y único, que viene a ser lo mismo pero visto de otra manera: es nuestra la decisión de atenernos a un pensamiento o a otro. Y es nuestra responsabilidad darle forma a esa mirada que nos crece para ver el mundo, que es como un cuadro visto desde más cerca o desde más bien lejos: sólo una equis cantidad de pinceladas impresas, apretadas, encimadas una sobre otras sin razón aparente, o también la vida misma que se revela en una imagen, se conjuga en algún verbo, una palabra que hace que todo tenga sentido, y de la experiencia hayamos aprendido algo.
Monthly Archive for Octubre, 2009
Algunos increíbles que he detectado a lo largo de estos años, desde mi infancia hasta los casi cuarenta, y que me provocan una profunda admiración:
- crema, dulce de leche y chocolate,
- piedra, papel o tijera,
- nieve, un lago y montañas,
- cabello recogido, vestido de noche y stilettos,
- cabernet, quesos y baguette,
- Chico, Harpo y Groucho,
- Athos, Porthos y Aramis,
- El anillo de tres oros de Dior,
- Mar, sol y caipirinha,
- Hijos, perros y árboles,
- T-shirt, jeans y zapatillas,
- Albahaca, tomate y mozzarella,
- libros, música y películas,
- café, amigos y el barcito de siempre,
- sábado, domingo y lunes feriado,
- los fabulosos Baker Boys (con Michelle Pfeiffer),
- caserón gigante, jardinero y mucama,
- spaguettis, brócoli y crema,
- mantel rojo sangre, velas y champagne,
- té, miel y canela,
- Harry, Ron y Hermione,
- John, Yoko y una cama blanca,
- Salud, dinero y amor.
De chica sufría viendo cómo el Coyote diseñaba complejísimas trampas para atrapar al Correcaminos: ya sabía de entrada que lo que fuera que hubiera dentro de la caja “ACME” terminaría hecho trizas contra el televisor, al lado de un Coyote enojado y sufriente. A lo lejos vería volar sobre el pavimento a un Correcaminos vivito y coleando. Alegremente. Ni enterado de la situación.
Pobre Coyote, todo tan planificado, organizado y frustrante.
Una de las ventajas de la espontaneidad es que provoca efectos que vienen a cuento de esos giros inesperados del día. Si nos subimos a ese tren, resulta que al rato y porque sí nos encontramos viviendo un momento de amor que no habíamos provocado, una conversación reveladora con los hijos, una cena casual y cálida compartida con amigos.
Y otra de las ventajas de la espontaneidad es que los regalos que ofrece son siempre bien simples: cuando la realidad se abre en ese momento como una flor lo que se ve ahí adentro no son situaciones rebuscadas y complejas, sino pequeños instantes improvisados que traen alguna sorpresa delicada y sutil.
Planificar ciertos acontecimientos o actividades ofrece ventajas para ordenarnos la vida. Pero pareciera que no hay que andar planificándolo todo: las cenas con amigos los viernes, las de pareja los sábados, los martes orquídeas y los jueves en esta casa se cena pastas. Persiguiendo la eficiencia para administrar mejor la vida cotidiana, acatamos pautas de ordenamiento que no son exigibles por nadie, como Coyotes fanáticos obedeciendo instructivos de una invisible caja ACME.
Las amas de casa perfectas deben haber existido hace millones de años, como los dinosaurios. Pero no se dejan ver en los tiempos que corren.
Son esos seres dedicados íntegramente a su familia y a las tareas domésticas. Como el hogar es un lugar de trabajo recontra full time, no tienen más que breves períodos de descanso de los que se levantan como resortes para ocuparse de otra montaña de pendientes de gran altura.
Porque el ama de casa perfecta tienen su hogar más arreglado que los de todas las demás mujeres juntas, y se enorgullece de eso. La ropa de su marido y de sus hijos parece siempre recién salida de la tintorería, y tiene cajones con hilos, retazos de tela, cierres y botones coloridos: en tu casa, esos objetos son tan escasos que los guardás en una cajita de fósforos.
Prepara comidas complicadísimas “en un dos por tres”. Se sabe recetas medievales para hacer soufflés, terrinas y mousse de arándanos. Tiene instrumentos que vos usarías para operar en un quirófano, pero que ella manipula con destreza en la cocina: mangas para decorar tortas, corta pastas, moldes para galletitas. Todo lo que se come en su hogar es casero, y su familia cree que la palabra “salchicha” define únicamente a una raza canina.
Su botiquín es una salita de primeros auxilios que le envidiaría Florence Nightingale, y es muy estricta a la hora de elegir un médico para atender a su familia: no cualquier pediatra, ginecólogo, traumatólogo o fonoaudiólogo pasa por su examen de enfermera de trinchera.
Se sirve la parte menos tentadora de todo plato que ponga en la mesa: la porción de torta que se desarmó, el lado quemado del flan, las alitas del pollo que nadie quiere. Se levanta antes que cualquier otro para lavar los platos, perdiéndose la sobremesa y enterándose mal y tarde de todos los chismes.
Siempre tiene algo que hacer mientras conversa un ratito con vos. Le contás que te extirparon un quiste de un ovario, y ella se dedica con movimientos epilépticos a despulgar al perro, deshuesar un pollo o batir histéricamente las claras de huevo a punto nieve. Con el oído atento a tus palabras, cree ingenuamente que su actividad no quiebra para nada el clima ideal para una charla íntima entre dos.
Así las cosas, a nadie le sorprende que ella tome el helado caliente, el café frío o un vaso de gaseosa sin gas, porque cuando se sienta “un segundito” a saborear lo que hay en la mesa, ya es tarde para disfrutarlo. Pero no importa, cae sobre la silla, agotada, con el movimiento sexy de una bolsa de papas, para descansar y tomarse el caldo tibio y desabrido que la espera desde hace rato sobre la mesa.
No debe ser fácil ser ama de casa tiempo completo. Son tareas que ahora se comparten entre dos, entre tres, entre todos los seres vivos y bípedos de una casa. Si además el ama de casa full time conserva su buen humor durante todo el día, mis queridos, ya estamos hablando de un ser iluminado, capaz de llegar al Nirvana mientras carga el lavarropas. Aunque yo no conozco a un solo yogui que haya llevado tan generosamente un hogar adelante como lo hacía mi abuela.
Supongamos que Romeo y Julieta se hubiesen enterado a tiempo de que el otro todavía andaba vivo y suspirando de amor dentro de los confines de este mundo. Una hipótesis muy conveniente para terminar ambos dos de luna de miel en Verona, del lado de afuera del cementerio.
Es increíble la cantidad de malos entendidos que terminan en tragedia o en una mala comedia de enredos, y sin el atenuante de ser clásicos escritos por Shakespeare.
Pueden cambiar las palabras lo que ya viene rondando nuestro destino, o está todo escrito? Yo no sé si existe el fatum pergeñado por los griegos, pero intuyo que lo que no se dice a tiempo nos hace, por lo menos, caer en una duda resignada de si el haberlo dicho hubiera cambiado en algo el devenir de nuestra historia personal.
Porque pareciera que decir esas cosas importantes que tenemos en mente -y decirlas apropiadamente- puede transformarnos, no sé si en Romeos y Julietas felices que comen perdices, pero por lo menos en los Shakespeares de nuestras propias puestas en escena.
Así las cosas, la única tragedia de la vida sería no esforzarse en encontrar las palabras y esconderse tras un muro de silencio y olvido.
Vinicius y Toquinho compusieron juntos “Tarde em Itapoã”, entre tantas otras cosas (como por ejemplo una amistad).
Y en esa canción describen sin sermones de autoayuda cómo es eso de saber estar sosegado en una tarde tranquila con amigos, compartiendo tiempo y música, mirando el mar sin agitarse –ni uno ni el mar- y simplemente quedarse ahí tranquilamente viendo la tierra rodar.
Con Cucurullo tenemos la sospecha de que no hay estado meditativo más profundo que ése en el que podemos hacer una pausa en el ir y venir por el surco del hormiguero, levantar por un rato la mirada, sentarnos a mirar el horizonte y dedicarnos a hacer nada mientras vemos cómo gira la tierra y el sol se hace humilde por un rato. Porque no hay nada frente a nuestros ojos a lo que debamos aferrarnos, sólo se repite en el mundo la liturgia de ayer y anteayer y de hace algunos millones de años: gaviotas en vuelo rasante, el agua que viene y se va, el sol que se esconde, la arena suave bajo nuestros pies. Porque estamos en Itapoã.
Y eso es descansar. Si justo hoy no andan por aquellas playas, háganse unos minutos y escuchen esos acordes que compone un poeta satisfecho con su destino. O simplemente déjense tentar por el movimiento discreto de la tierra a lo largo del día.
Que tengan un hermoso domingo, mis queridos.
Todos cruzamos alguna vez el umbral de la casita del horror: cuando algo te provoca dolor, un desagradable desconcierto o cierta tristeza, entrás por una puertita estrecha a un salón mohoso y en penumbras que te resulta desconocido.
Y uno se pierde un poco, porque ahí adentro no es fácil orientarse. Sin embargo en algún momento, transitando por oscuros corredores y ambientes más o menos opacados por el encierro o el padecer profundo, se encuentra de nuevo la salida. Si el dolor es muy grande la casa también lo será y tal vez la salida quede más lejos de lo imaginado, pero es seguro que está ahí, en algún lugar, y antes o después todos (o casi todos) podremos encontrarla. La única certeza que hay es que el camino hacia ella es absolutamente personal y conlleva un ritmo que debe ser respetado.
Lo que más me molesta cuando me toca transitar la casita del horror no es el aire lúgubre de su interior, sino los comentarios plagados de lugares comunes de los fantasmas que se te pegan para decirte lo fácil que es salir de ahí. Y tal vez no sea tan fácil como ellos declaman –de hecho, sospecho que esos fantasmas nunca salieron- pero si pierdo el tiempo en discutir con ellos, el paseo involuntario se me hace, además de doloroso, interminable.
Así que escucho estos ecos de otras voces, pero no me engancho con ninguno, porque sé que provienen de esos tics remanidos que se copian sin pensar ni comulgar con la realidad:
- A mí nunca me pasó, pero si me pasara yo creo que lo podría superar fácilmente, porque yo tengo otro carácter y otra manera de procesar las cosas.
- Al lado de lo que me ocurre a mí, tus problemas son mínimos. No te ahogues en un vaso de agua, porque no es para tanto.
- Vas a ver que todo se soluciona solo, vos no tenés que preocuparte tanto por ese tema. Hacé como hago yo, relajate y después ves cómo evoluciona el problema en los próximos años. Ya se verá.
- Lo que pasa es que vos no te permitís ser feliz, yo en cambio no pienso tanto en esos temas porque si pienso me bloqueo. Y miráme, me funciona, porque estoy bárbara. Porque fijáte: vos no me ves bárbara?.
- Peor es lo que le pasó a mi amiga, porque no sabés, ella…
- Mirá, lo que te pasó es tan complicado que se lo conté a mi analista, y él me dijo que…
- Hay hambre en África: ésos son problemas. Vos comés todos los días, así que en comparación no tenés de qué preocuparte, querida.
Las dificultades que se nos presentan en la vida no son productos fabricados en serie, y nosotros tampoco somos tan idénticos al que tenemos a nuestro lado, así que necesariamente el paseo obligado que hace cada uno por la casita del horror tiene sus propios vericuetos y contradicciones.
Pero andar escuchando a esos fantasmas que muy sueltos de cuerpo (literalmente) viven comparando nuestra vida con la suya propia o con la de los otros y que se creen la medida de todas las cosas, me parece que está contraindicado para salir rápidamente de la casita del horror. Intuyo que nadie lo logra si se detiene a inventariar los lugares comunes de toda esa farándula ruidosa e invasiva que siempre tiene mucho para opinar sobre la vida de los demás.
En la sala de jardín de mi hija hace unas semanas trabajaron en un proyecto: “parecidos pero diferentes”. En esos días entonces apareció en casa un guante de ésos grandes y transparentes relleno de papel picado o prensado o algo así, con un instructivo del colegio que rezaba que la mano gigante debía ser decorada como si fuera un muñeco, según los caprichos de nuestros hijos o del destino o algo así. Los chicos de ese modo comprenderían que el mismo guante que todos se llevaron antes se había transformado en un bicho diferente que poco y nada tenía que ver con el del otro, o algo así.
Mi hija quiso que su mano enguantada se transformara en un superhéroe con nombre y apellido (un compañerito de su sala al que adora o algo así).
Y entonces yo, que no sé coser ni mucho menos decorar un guante para transformarlo en un superhéroe tuve que poner manos a la obra, o manos en el guante para ser más exacta o algo así.
Le fabriqué el miniatuendo. Me salió un superhéroe algo chapucero, como ya se habrán imaginado. Porque no pensarán ustedes que mis manos mágicas fabricaron un superhéroe de milagro o algo así y si lo pensaron, se equivocaron. Milagros como el de los panes y los peces, solamente Jesús que caminó sobre las aguas, yo, nada (apenas nado).
Pero cumplimos la tarea y al final del asunto fuimos al jardín, con un guante travestido, un día lunes o algo así.
Ayer llegó a casa mi hija con un libro inmenso manufacturado por todos ellos –los cómplices que conviven en su sala y ella también-: parece que los personajes inventados sobre guantes de gigante se transformaron en seres poderosos que exigían una historia para sobrevivir a su destino “parecido pero diferente o algo así.” Entonces las maestras recogieron la historia que había sido pergeñada por los pequeños autores, la plasmaron en hojas grandes dibujadas por ellos mismos y la distribuyeron familia por familia para que compartiéramos su fantasía colectiva o algo así.
Leímos el libro en casa después de cenar, con todo respeto y consideración por los autores, y ahora estoy en condiciones de contarles que en el cuento hay superhéroes, señoras en peligro, sirenas y piratas o algo así. Y un principio, un nudo y un final. Es como una Odisea urdida por un Homero de cinco años pero más moderno o algo así. Casi un clásico, si le ponen ganas al leerlo.
Lo que me llena de asombro es ver que los chicos muy chicos ya saben qué es la literatura en realidad: personajes poderosos, tiempo y ganas de crear (no hay mayor lujo que hacer de demiurgo por un rato), amigos que colaboran cuando uno se queda sin ideas y el puro goce de saber que todo es un juego. Y con algo de perseverancia, el rito de siempre invoca a las musas: nace una historia que pide ser contada o algo así.
“Porque al fin de cuentas, lo que queda de nosotros son solamente historias”. (Salman Rushdie). No sé si la cita es textual, pero créanme si les digo que es algo así.
No quiero esperar San Valentín, cuando los astros sean propicios o el día señalado por los expertos de mesa de café. Me importa nada si hoy no es nuestro aniversario, porque el de alguien debe ser y para honrar esa fecha de los otros yo también prefiero decirte que te quiero.
Como el primer día no, porque ese primer día al amor también se le sumaba el desconcierto y las dudas sobre el porvenir y todo un mundo para hacer girar en la dirección inversa: queríamos evitar que la rotación del tiempo nos persiguiera y nos dejara con la lengua afuera. Demasiadas expectativas, demasiado por conocer del otro en ese primer día.
Te quiero más que en ese momento, porque te quiero ahora, cuando sé que no hay nada que alcanzar sino la alegría cotidiana de este último minuto que casi se nos escapa -pero no- y la posibilidad tan nuestra de mirarnos a los ojos y reírnos de todo o de nada, que viene a ser lo mismo. Y de compartir con los otros aquello que es posible compartir: el pan y los libros, el lujo del tiempo y las palabras.
Ayer nuestra hija iba por la vida con una remera de esas llenas de letras que dice que ella y su madre tienen algo en común: las dos aman al mismo hombre. Y creo que con sus pocos años estuvo más expresiva que yo, porque pidió ponérsela arriba de la ropa para declararle a todo el mundo que te quiere tanto como yo te quiero. Es que apenas sabe leer o escribir, pero sabe pasar mensajes.
Y a mí, que tengo todo este espacio disponible para decir tantas cosas, me quedó grabado ese gesto de quien tiene solamente el frente de una remera para publicar sus sentimientos aquí y ahora. Y caí en la cuenta de que no hay que dejar pasar el tiempo para decir te quiero. Es que yo sé leer remeras, libros, fotos y señales, y todo está desplegado por ahí en el ancho mundo para que yo aprenda a no esperar para decírtelo. Y que vos te enteres más profundamente todavía.
Cosas que sucedieron ayer nomás, pero ahora caigo en la cuenta de que va pasando el tiempo y hasta parecen espejismos:
- La felicidad sin diluir de esa infancia envuelta en libros, Nesquik y arena.
- Los amigos incondicionales que vimos por última vez subidos a su bicicleta y con los cordones desatados.
- Volvernos locas de amor por un personaje de una película, sentadas en una butaca del cine, sin caer en la cuenta de que era un personaje, una película, una butaca, un cine.
- Irnos de viaje de egresadas sintiendo que no habrá otro viaje con amigas como ése (porque no habrá otro viaje con amigas como ése).
- El desconcierto de un beso adolescente con redoblantes y violines de fondo.
- La primera vez que viajamos solas a la otra punta del mundo creyéndonos náufragos en mitad del océano, por lo aventureras y desesperadas.
- Tener un día disponible para leer un libro de cabo a rabo, viviendo otra vida en otro mundo durante todo ese tiempo irreal que se interrumpe nada más que para comer a las apuradas y para ir al baño.
- Lucir fantásticas en una fiesta sin una gota de maquillaje.
- Intuir que es el amor de tu vida sin poder comprobarlo todavía porque empezaste a salir con él ayer a la tarde (y guardarte el secreto: si se lo contás a tus amigas seguro que te diagnostican un romanticismo ingenuo e incurable).
- El día feliz en que te casaste con el del ítem anterior, asombrada de tu buena intuición (en este momento le contás a tus amigas esto de tu buena intuición, pero ellas no te creen porque no se lo dijiste antes, durante el ítem anterior).
- Agotada, ver en el quirófano a tu hija recién nacida y saber que nunca nunca nunca más te vas a olvidar de esa cara (por eso cuando hoy te sonríe sigue siendo tu bebé como aquél día).
- El primer café con leche de la mañana. Hace horas de eso. Si vas a buscarte uno, me traés otro a mí?


