Monthly Archive for Septiembre, 2009

El ejercicio de las facultades

el movimiento se demuestra andandoLa gente se divide en dos: la que hace y la que deshace.

La que hace es la que ejerce su opción y su derecho a andar por este mundo, aunque a veces ese andar se suceda por un camino algo torcido. De todos modos, a esa gente el tema de que el camino sea derecho o torcido le importa menos que la cuadratura del círculo, por lo que podemos ver.

Va un ejemplo: resulta que  él el programador de sistemas. Tiene el título? No, no todavía. Pero sabe programar, así que ejerce, incluso en el mientras tanto. Hace. Trabaja de. Le gusta.Va aprendiendo. Y se prepara para “ser” también: el diploma que reciba dirá que él sabe hacer lo que ya hace, le pondrá el broche de cierre, en algún momento, a aquello que hoy ya se viene demostrando.

También está esa gente que “es, pero que no ejerce”. Y ahí me detengo, porque también ahí hay algo detenido desde antes de que esa persona me dijera esa frase. Qué es eso de ser y no ejercer? Es estar capacitado para hacer algo que no se materializa: ella es profesora, es contadora, es depiladora, es enfermera, es médica nuclear, es generala del ejército de dados, yo no sé. “Pero no ejerce.”

Puede ser ese “no ejercer” un paso más en nuestra evolución como individuos? Yo supongo que sí, si ese primer escalón que hoy no se ejerce nos ha servido para subir a otros más altos, para otros haceres y otros ejerceres.

Los casos que me dan tristeza son los que evidencian nuestros  detenimientos sin causa aparente, los que no tienen una razón actual, como esos pacientes  internos del hospital de la película “Despertares”, con Robert De Niro, se acuerdan? Están detenidos en algún lugar del tiempo y hoy ya no se sabe por qué.

Son ésos los casos de las mujeres que no trabajaban porque sus hijos eran chicos y demandaban toda su energía. Pero los chicos han crecido y se han vuelto grandes, y ellas siguen amparándose en una gran turba de otros haceres y quehaceres y por alguna razón no pueden volver a dedicarse a lo que saben.  Y desperdician así parte de su identidad. La vuelven nebulosa en medio de una ensalada de recuerdos del pasado. Y hoy no ejercen su opción, ésa para la que se capacitaron, ni tampoco ejercen ninguna otra alternativa que ocupe ese lugar que quedó vacante con la profesión o el oficio vacío.

Cómo nos estimula para salir de ese parate la gente que se actualiza, que se prepara, que se entrena. Porque le gusta su trabajo, por sencillo o complejo que sea. Se ejercita para llegar, para sobrepasar incluso las metas que se había propuesto al principio. Esta actitud nos proporciona  a los demás una visión de la  evolución  casi postdarwiniana, diría yo. Y admiración.

Son los que nos impulsan, con su ejemplo, a seguir por nuestro propio camino, aunque tengamos que desandar un trecho o transitar por otro un poco torcido.

Es un lindo verbo ése, “ejercer”. Porque, no sé si estarán de acuerdo conmigo, pero pareciera ser que a este mundo vinimos a ejercer nuestros dones. Y todos, detenidos o no, en algún momento tendremos que desandar caminos conocidos para desafiarnos en otros nuevos. Habrá que sacudir la mente y las piernas para que se pongan a explorar esos paisajes a estrenar a su ritmo tan personal.

“El movimiento se demuestra andando. Pues andemos.”

Débil poema sobre el sexo fuerte

piernas de mujerUn poema evolutivo (?) que intenta develar por qué las mujeres constituyen uno de los dos sexos fuertes que conozco desde el mismísimo instante de nacer, y destacando solamente aquello que hace pura y exclusivamente a este sexo fuerte y no al otro (bueno, casi exclusivamente, estadísticamente hablando):
Nacemos y
ya usamos minifaldas
con medias cancán en pleno invierno.
Al tiempo zarandeamos Barbies
de talles imposibles de vestir,
lloramos como Magdalenas
por nuestro primer amor,
leemos novelas románticas
y lloramos como Magdalenas
(otra vez)
por los amores del cine y de papel.
Vamos a la peluquería
donde nos someten a
experimentos químicos
que aguantamos sin chistar.
Menstruamos con dolor,
y visitamos al ginecólogo,
que nos invita con presteza
a subir a un potro de tortura.
Y cada veintiocho días
religiosamente,
nos cambia el cuerpo
y el humor.
Nos depilamos,
gestamos,
vomitamos &
tenemos náuseas
& mareos,
las hormonas nos alteran
el cuerpo y el humor
(otra vez).
Parimos,
cicatrizamos heridas,
amamantamos,
nos despertamos
cuatro veces por noche,
vestimos a los hijos
todas las mañanas,
y desayunamos el café frío
después de que todos ya se han ido.
Nos subimos al subte con
nuestros tacos altos,
y  en el camino  con pulso de cirujano
nos pintamos las uñas de las manos.
Trabajamos a la par del otro sexo fuerte
aunque ganemos menos.
Nos reunimos con una amiga del alma
en instantes robados a todo lo otro
para contarnos las penas
con lujo de detalles.
Volvemos a casa & revisamos cuadernos
& cocinamos algo improvisado,
y leemos algo antes de dormir
para despejar la mente.
Nos operamos los párpados, los pómulos
y el rollo localizado
para que no nos adivinen la edad,
vamos al gimnasio y sudamos
o a yoga y nos doblamos en tres
como un sofá – cama.
Volvemos al ginecólogo para ver
los misterios que habitan ahora
en nuestro útero,
y para contarle de esos calores
que nos alteran el cuerpo y el humor
(otra vez).
Lloramos las lágrimas de nuestros hijos
(como Magdalenas)
y sonreímos toda su alegría de domingo.
Pasamos por la tintorería camino a casa
antes de ir a buscar a los nietos
al jardín de infantes.
Y además de todo esto, somos
con seguridad un sexo fuerte
porque a pesar de transformar
todo lo transformable
en nuestro cuerpo,
nuestra alma y nuestro humor…
somos todavía más longevas
que los hombres.

Charlas de café con Beto, mi Nobel amigo

pont royal signacPara los que todavía no lo saben, les informo que debo haberme gastado una buena parte de mis ingresos y unos cuantos años de mi vida tomando café con amigos, de los presentes y de los ausentes (leo mucho en los bares: la ventaja de esos amigos lejanos que me hablan a través de la palabra escrita es que puedo cerrar el libro y terminar la conversación en cualquier momento sin que el otro se sienta agraviado).

Con todos, los que carne & hueso y los de papel, hablamos de los problemas comunes que tenemos nosotros o algún Fulano,  según nuestro leal saber y entender. Porque siempre, mis queridos, terminamos hablando sobre los dramones de la existencia que nos tocaron en nuestra porción de pastel a través de algún cristal particular, destacándolos en versiones corregidas & aumentadas, o bien disminuidas hasta el aburrimiento.

En general, los conflictos de la vida con los que mareamos nuestros cafés versan sobre:

-          problemas amorosos,

-          problemas afectivos y de relación con familia y amigos,

-          problemas laborales o de  negocios,

-          cuestiones de dinero,

-          problemas de salud.

Por ahí anda todo lo importante que hablamos y que nos hace desnudar el corazón, más o menos. Es increíble la búsqueda de matices y la descripción de particularidades con las que exprimimos nuestro intelecto para hacer de nuestras experiencias algo absolutamente especial, nunca antes visto ni oído. Yo imagino a todos los santos y vírgenes que reciben a los suplicantes en procesión en este mundo, decirse entre sí todas las noches, rendidos después de escuchar con sus orejas de arcilla tantas súplicas de sus ansiosos devotos: “hoy vinieron 100 pidiendo trabajo y 200 pidiendo una cura milagrosa, vos cómo venís?” Y el otro santón que le contesta: “yo tengo 600 pidiendo trabajo y 50 pidiendo un novio, comparado con vos soy un Santo Sindicalista”.

Pero hay otras conversaciones de café, más fuertes y un poco amargas, que para los mortales prosaicos como yo se dan en momentos muy ocasionales. Son las referidas al paso del tiempo y a esos capítulos de la vida en los que nada parece tener sentido. Por alguna razón inexplicable,  en determinado momento nuestras experiencias no nos satisfacen y las “cosas” -materiales o inmateriales- desentonan para nosotros aunque estén en su sitio. Sea porque estamos atravesando una crisis profunda o porque lo tenemos todo y ese “todo” nos parece de una futilidad absurda, caemos en la más vacía duda existencial y nada nos conmueve o nos convence. “No hay nada nuevo bajo el sol” y encima todos los días amanecen nublados.

A esa conversación se le contrapone otra, que es su lógica consecuencia histórica y evolutiva: la conversación de tono espiritual, muy propia en estos días en que hay tantos libros de autoayuda en las librerías. Y es que hoy se han desarrollado tantas salidas espirituales a nuestros problemas existenciales como gustos de helado en las heladerías (cuando yo tenía 5 años había vainilla, chocolate, frutilla y “crema del cielo”. En lo religioso se estilaba buscar respuestas en el cristianismo, judaísmo, el Islam o el budismo. Ahora tenemos doscientos gustos de helado –algunos light- y muchas alternativas espirituales nuevas que son una mezcla muy particular de Oriente y Occidente –algunas light, también). Todas al alcance de la mano para paliar la angustia que existe en lo más hondo de cada uno.

El hombre sin máscaras es un buscador sin mucha idea del objetivo a alcanzar en esta vida, pero con gran cantidad de mapas ofrecidos por tantos otros peregrinos más o menos perdidos, como él.

Las conversaciones “existenciales” son muy atrevidas para nuestra mente y nuestro espíritu, porque lo revolucionan todo. Son esas palabras que descorren el velo sobre nuestra cotidianeidad y nos hacen saber que hay algo que no funciona del todo bien en el ser humano por el simple hecho de que la felicidad le resulta rara e inalcanzable y la alegría es un estado que hay que estimular, porque no es tan espontánea como nos gusta imaginar. Y si no me creen, bajen a cualquier estación de subte un martes a las 6 de la tarde y cuénmente cuántos seres humanos adultos parecen caminar con una contagiosa alegría de vivir.

Como una espada de Damocles colgando sobre nuestras cabezas,  existe la sospecha de que tenemos que recibir un mazazo del cielo o del infierno para aprender a disfrutar nuestra vida, y más bien como consecuencia de la desesperación o de la resignación que por un convencimiento profundo.

En el mientras tanto, esa extraordinaria fuerza de voluntad para verle el huevo al pelo y no alcanzar la felicidad ha sido llamada “vacío existencial”, “pecado original” y vaya a saber de cuántas otras formas, pero siempre, mis queridos, estamos hablando de esa calvicie que se apodera del alma y que hace que cuando nos rascamos la cabeza, la sensibilidad sea mayor a la esperada.

Como se habrán dado cuenta, recientemente he tomado algún que otro café con un amigo que da cuenta de estos dramones existenciales que en el fondo son tan reales como el aire. Anduve compartiendo mesa con Albert Camus, y ese libro genial que es “La caída”. Que recomiendo con el alma y el corazón, porque aunque no nos explique cómo hace uno para levantarse del suelo (ese proceso es tan, pero tan personal, y algunos sospechan que no existe) nos cuenta magistralmente que todos nos caemos en algún momento, desde un puente de París o desde el pensamiento más brillante de nuestro cerebro, porque la insatisfacción es universal, y que no hay nada como hablar de estas cuestiones con los amigos en un bar, codo a codo, para paliar la soledad más agobiante.

Respuestas extrañas a propuestas extrañas

chocolateChicas, ustedes qué dicen? Entre una noche de pasión y una tableta de Cadbury’s, con qué se quedan? Los hombres no respondan si no tienen ganas de tipear, total, tengo clarísima la respuesta.

Si no hay opción, el Cadbury’s siempre estará disponible, eso es cierto.

Pero ante la posibilidad abierta de recrear “9 semanas y media” entre cuatro paredes o la de zamparse 9 barras y media de chocolate en modo torta (yo sé que la decisión es muy personal) la respuesta femenina del cartel es por lo menos desconcertante.

El cartel me pareció genial. Bien de revista femenina de los años ‘40.

En el Génesis no figura que Dios creara inmediatamente la carrera de creativo publicitario, convengamos. Como los psicólogos, han poblado nuestro mundo más tarde que temprano.

Los hermanos, son o se hacen?

monocopiaAcá estoy con mi hermano menor, Pato. Es una foto de hace un año y monedas. Ya les explico por qué posteo esto acá. No es por “exhibicionismo familiar” (?), sino porque detrás de esta foto hay una historia. Nuestra historia.

Nos llevamos casi catorce años con Pato. Casi una generación.

Para que tengan una idea de lo que quiero decir, les confieso que hacía tiempo que yo llevaba un dinero importante gastado en toallitas femeninas cuando él nació.

También podría contarles que al mismo tiempo que Pato empezaba el jardín de infantes, yo comenzaba la universidad.

O que a los tres años, Pato parecía ese “pobre angelito” de las películas, con cabello dorado y sonrisa perfecta. Justo en ese momento,  yo era una escuálida castaña malhumorada de diecisiete que tomaba vitaminas para engordar.

Más tarde, gracias a los milagros de la química, me volví una rubia fanática del más exclusivo club L’oreal Tono 001, pero él ya se había transformado en un cráneo mooy nerd de pelo oscuro (duro como un cepillo) y  traste fofinho que se pasaba todo el día sentado frente a la PC.

Convivimos muy poco tiempo bajo el mismo techo, menos de una quinta parte de su vida.

Nuestros padres eran exactamente los mismos, según consta en nuestras partidas de nacimiento, pero la situación había cambiado tanto entre mi niñez y la suya que terminamos viviendo realidades familiares diametralmente opuestas: ellos estuvieron casados entre sí durante toda mi infancia y adolescencia, pero se divorciaron cuando Pato tenía 5 años, así que no, no era la misma familia: yo tuve padres jóvenes y casados, y él tuvo padres más maduros y divorciados.

Por esto de estar uno yendo y el otro volviendo, la vida de Pato y la mía se cruzaban pero no iban nunca en paralelo. Vernos era siempre un reencuentro desde las antípodas del otro mundo. Un viaje largo.

Hace un año y algo nos sacamos esta foto, en casa. El había empezado a ir al gimnasio y también una dieta “milagrosa”, así que perdió varios kilos en el intento. Yo me había cansado del rubio Barbie Country y había destrozado el carnet del club de las oxigenadas, pasándome por un rato a un castaño bajo perfil.

Nos encontramos a mitad de camino, él abierto al mundo, yo tratando de no cerrarme en el mío.

Descubrimos, a través de esa cámara apuntando al azar en el tiempo, que ahora somos hasta físicamente parecidos, algo que nunca fuimos. O nunca supimos que éramos. Porque a veces pasa que hasta lo evidente se pierde en un mundo de detalles. En el ir y en el venir de una vida que pasa mientras uno está ocupado en otras cosas, como decía el viejo John.

Por eso este post, por eso la foto. Porque estamos juntos, después de tantas idas y venidas, mi hermanito y yo.

Cenicientas del mundo, uníos!

limpiandoQue la historia de Cenicienta es puro cuento, mis queridos, se cae de maduro. Y, sobre todo, es un cuento que no se adapta a nuestros tiempos.

Porque les aseguro que si en estos días que corren un señor soltero o divorciado & hecho y derecho, sea un príncipe azul o un Natalio Ruiz (el hombrecito del sombrero gris), se encuentra con una señorita que sepa coser, que sepa bordar y que sepa abrir la puerta para ir a jugar, más que proponerle matrimonio, la contrata para trabajar como empleada doméstica a $12 la hora, con cobertura social y viáticos pagos. También puede que le proponga ser su protegida cama adentro con algunas otras prerrogativas, pero nunca, nunca se lanzaría sin red al compromiso, necesitado como estará, más que nada en este mundo, de alguien que le planche las camisas antes que de enmatrimoniarse para siempre jamás. Les juego un par de sandalias animal print a que la prosaica realidad de hoy es tal cual como se las pinto.

Las mujeres sabemos que es muy ingrato ocuparse permanentemente de la casa. Del ritmo de las tareas hogareñas no se levanta cabeza nunca: una vez que lo arreglaste, alguien lo desarregló y hay que volverlo a acomodar, a limpiar, a lavar o a planchar. Es así. Por eso es que, antes de tener que hacer todos los quehaceres domésticos por obligación urgente, todas preferimos trabajar en otras tantas profesiones u oficios que nos permitan pagar, así sea a duras penas, a nuestra propia Cenicienta que sepa coser, barrer, limpiar los vidrios y abrir la puerta para que nuestros hijos salgan a jugar.

Porque en nuestros días, mis queridos, no tengo tan en claro si las mujeres mueren por un príncipe azul. Pero poder contratar a una Cenicienta, ah, esa sí, definitivamente, es una aspiración de toda soñadora inteligente.

Viejos son los trapos (y cualquiera que crea que un MP4 es una especie de misil aire-tierra)

viejashitechMi mamá se abrió una cuenta en Facebook. Mi mamá, entienden? Cuando ella tenía 9 años se hizo la luz del televisor por  primera vez en Buenos Aires.  Siempre creí que mi mamá había sido testigo ocasional de unos cuantos génesis tecnológicos de los que hoy nos parecen imprescindibles.

Y hoy, tantos años después, mi hermano menor, de dulces 25, se asombra de que cuando yo era chica no hubiese shopping centers, o que aprendiera computación como a los 15 años en el colegio en una materia que se cursaba en medio de la asepsia de un “laboratorio” con 5 PCs. Las alumnas nos agrupábamos en pequeños equipos de adoratrices, y la más osada de cada grupo tocaba las teclas, mientras las demás mirábamos azoradas.

Cuando hago este tipo de comentarios, mi hija sospecha que nací en una nebulosa del tiempo a dos pasos del Precámbrico: sin celular, computadora, cable o dvd. Se abrió la tierra en dos, dividiendo América de África, y su mamá aprendió a usar el Lotus en diskettes de 5 ¼. Más o menos ese es el racconto de los hechos, abreviando algo.

Hace un tiempo yo le quería explicar a Mile que concretamente teníamos tales y cuales películas para ver: le mostraba los dvds que tenía en la mano, y le contaba qué había adentro de cada uno, en el mismo tono en el que los policías de las películas yankees le recitan sus  derechos a los delincuentes cuando los apresan. “Tenés derecho a guardar silencio durante media hora viendo Baby Van Gogh o Shrek”. Cuál de todas “esas” opciones quería elegir ella?

Pero Mile me hizo referencia, a su modo, a esa paginita de Internet: “Youtube”: ahí podríamos ver todo lo que quiséramos, no? Por qué limitarnos a lo que había en los dvds?

Los más chicos comprenden ahora que un objeto material encierra información virtual, pero también hay información virtual dando vueltas sin tanto aparataje físico y concreto: “se pueden ver películas sin dvds, mami.”

Leí que en Uruguay todos los alumnos de la escuela primaria tienen su propia notebook. Todos. Me parece muy importante que aprendan a usarla: es esencial en estos tiempos que corren.

Pero no se van a salvar de la evolución generacional a la velocidad de la luz: sus hijos no comprenderán, seguramente, cómo es que de pequeños sus padres no viajaron a otros planetas, no accedían al menú de opciones con el pensamiento o coleccionaban fotos impresas de su paso por la vida.

La grieta que partió la tierra en dos se agiganta cada vez más, no creen?

Y como bien dice Serrat, “todos llevamos un viejo encima”.

Son las cosas de la vida, son las cosas del querer

estar juntosConfirmado: una persona egoísta no quiere a nadie. Solamente siente un amor apoteótico por su ombligo, que dicho sea de paso, en general es bastante antiestético (no conozco ombligos hermosísimos, que una se caiga de espaldas al verlos).

El amor primario (el que todos sentimos aunque sea de vez en cuando) es el amor biológico. Como decía Bernard Shaw, el amor es “una tremenda exageración de la diferencia que existe entre una persona y todas las demás.” Por eso, este tipo de amor es el que nos hace babearnos ante cualquier gesto tierno o inteligente que hacen nuestros hijos, porque siempre serán a nuestros ojos más hermosos que los hijos de los demás. Y aunque en vez de hacernos “ternuritas” el encanto en cuestión nos vomite entero un plato de ravioles, nuestra actitud será la misma que si asunto oliera a rosas: lo queremos, por lo que veremos la realidad que él provoque con algo más de amabilidad o de paciencia que si fuera el hijo del vecino. Tiene que ser así, mis queridos, o hubiésemos desaparecido como especie de la faz de la tierra hace añares.

Lo individualizamos todo cuando empezamos a amar. Lo parcelamos, lo compartimentamos bien compartimentado, porque así se generan lazos más allá de nuestro ombligo. Pero creo que esa forma de amor que sentimos se sigue pareciendo bastante a un cordón umbilical. No nos engañemos.

Vieron la película “La lista de Schindler”? Es vieja, tiene unos cuantos años.  Notaron que cuando Schindler se empieza a quebrar en su interior ante esa sociedad nazi cínica y cruel –de la que él forma parte- ve una niña vestida de rojo, a la que sigue con la mirada, durante toda una larga secuencia del film? La única persona que lleva algo de color, en una película toda en blanco y negro.

Se habrán dado cuenta de que ése es justamente el momento en el que Schindler comienza a sentir algo por alguien. Él individualiza a esa niña, y siente ansiedad por su situación, entre millares de otras situaciones parecidas que hay en el film y que todavía no le provocan nada. Siente angustia, pena. Siente amor. Registra en su retina a esa niña, y ya no la olvidará nunca.  Como nosotros registramos las caras de los hijos cuando salen de nuestro vientre, y nunca, nunca más podremos olvidarnos de ellas.

Hay otra secuencia de la película que a mí me conmovió: cuando se extravía el cargamento con los prisioneros judíos que habían trabajado en la fábrica de Schindler durante largo tiempo, un comandante nazi le ofrece a él enviarle a otros prisioneros  judíos. Porque los primeros habían ido a parar por error a un campo de concentración. Schindler casi se descompone del ataque de nervios: quería a sus judíos, no a  otros. Los suyos, los que él conocía, los que él había llegado a querer. Ya no daba lo mismo tener a éstos o a aquéllos. Porque esos prisioneros ya no eran un número en su cabeza, o en su corazón. Y mueve cielo y tierra (y diamantes) para sacarlos del campo y devolverlos a su fábrica.

Ese amor es casi todo el amor que hay disponible en el mundo. Es elogiable aunque tenga limitaciones. Porque así y todo, es casi perfecto en su profundidad.

También hay otro tipo de amor, innominado, que es el que sienten los grandes hombres y mujeres de todos los tiempos: esa cosa tan rara que es el amar al prójimo como a sí mismo. Porque es un amor hacia cualquier prójimo: es abarcativo y sin divisiones. Es el amor que siente una Madre Teresa, los que ven tan hermoso a un crío cualquiera como si fuera propio, aquéllos que no hipotecan su felicidad según los vaivenes de una pareja o el de quien nos puede ver a nosotros con el matiz de nuestra propia individualidad, y sin embargo, como formando parte de un lienzo multicolor en donde entramos todos. Ya no hay blancos ni negros para esos maestros tan especiales, sino colores sutiles que componen una trama de amor, donde no se discrimina a uno de otro.

Y entonces sí, podemos hablar de amor con letras grandes, me parece. Esos seres de amor -los que pueden sentir así de profundamente- transforman sociedades, porque cuestionan al hombre en su totalidad. No hay ni puede haber muchos de estos seres en el mundo,  porque nuestras comunidades no los absorben sin grandes rebeliones internas y externas. No aprendemos fácilmente a actuar como ellos, amando y dejándonos amar todo el tiempo. Porque todavía nos defendemos del otro, buscando dividir y reinar.  Porque todavía no abarcamos a todos los otros en un gran gesto de amor.

Así que, para concluir este cafecito virtual, quería decirles que me parece que el amor es una cosa muy rara, mis queridos. Es mi humilde opinión.  No es tan frecuente de encontrar ni es tan constante en el tiempo. Hay momentos de amor, hay lapsus de una entrega generosa y en grandes dosis en todos nosotros, pero no somos capaces de amar hasta el infinito. Nuestro amor es, en general, biológico y restrictivo. Parcelado. Con nombres y apellidos. Con antes y con después. Con mucha historia y a veces con algo de histeria.

Todavía tenemos tanto que aprender en esto de andar amando, me temo. Mientras les cuento esto que pienso, revuelvo con la cucharita mi café. Y me digo que es bueno fijarnos en cómo es que amamos, cada tanto, para tenerle respeto al asunto, no? Por eso les escribo sobre esto.  Porque creo que no hay que ir por la vida diciendo mecánicamente “te amo” o “te quiero”. Porque habrá que decirlo sintiendo realmente las palabras. Y habrá que hacer el ejercicio, más bien frecuente, de ver a los otros (a todos los otros), sin tanta vuelta y sin tanto documento. Mirarlos en sus gamas de colores: muchos rojos, muchos azules, muchos verdes, muchos de todos ellos (muchos de todos nosotros). Todos juntos.

Para ver si entendemos, de una vez por todas, qué ven ésos que aman “a lo grande” cuando nos ven.

Llegó la Prima Vera… y yo así, toda desarreglada!

saltoenaltoTodo llega. La Prima Vera también. Generalmente su arribo a estas tierras es bastante desprolijo: en ese día puede aparecer alguna lluvia, o presentarse algún atardecer un tanto destemplado. Rarísimo que sea un día de sol iridiscente, como hoy.

De cualquier modo, no hay que olvidar que quien viene (como sea que venga) es nuestra vieja Prima Vera,  alegre y divertida como siempre, presentándose con sus aires renovadores, sacudiendo de polvo a los parientes melancólicos y medio tristones que hemos soportado hasta ahora: el otoño, el invierno, algunas lluvias resentidas, un viento impenitente, el fantasma de la gripe A y tantos otros.

Abramos la mente y las ventanas de par en par y recibamos con alegría a nuestra espléndida amiga. Provoca extravagancias a su paso, porque tiene algo  de Blanche, el personaje de “Un tranvía llamado deseo”: llega y el aire se les trastoca a todos los que entran en contacto con ella. Pero hay que reconocerle que renueva solamente aquello que por su naturaleza acepta ser renovado, no hace ningún cambio que no tenga ganas de volverse presente.

Porque tampoco es el bochorno ni el escándalo:  la Prima Vera comanda con buen humor un puñado de nuestros días con el único objetivo de guiarnos hacia la salida de este destartalado túnel, alejándonos de un invierno gris y fiero. Es una señora con buenas intenciones.

Bienvenida, Prima Vera.

Cuarto capítulo de la novela del pato víctima de una blogger muy cruel

el pato en una fiesta de disfracesSer una blogger muy cruel no es para cualquiera. Lo peor que te puede pasar cuando tenés prisionero a un pato de goma para  pedir de rescate más comentarios en tu blog, es que el pato se te escape de la bañera. Y del baño. Y de tu blog.

Y más terrible es todavía que el referido pato sea visto poco tiempo después en una fiesta de patos plásticos cualquiera, disfrazado de Mario Baracus, bailando feliz arriba de los parlantes. Despreocupado, como si nunca hubiese sido una víctima  ya tristemente célebre (?) de cierta blogger muy cruel.

Conocen ustedes el concepto de “resiliencia”? Es una capacidad que tienen los seres vivos.  Se supone que esa cualidad te permite sobreponerte al dolor e inclusive volverte más fuerte por haber vivido lo jodido que hayas vivido.

Creo que el pato está saliendo fortalecido de la situación. Y la crueldá inconclusa, mis queridos, no tiene peor castigo que terminar siendo burlada por la risa y la actitud alegre del que se prepara para que su vida sea una fiesta (o un festín).

De todos modos, aún con el pato de partusa, yo sigo leyendo y respondiendo todos sus comentarios, que ahora sabré que son por absoluta decisión personal, ya que no hay extorsiones de por medio.

Son todos bienvenidos. El pato también.