Monthly Archive for Agosto, 2009

Diez pistas para darte cuenta de que estás un poco más “rellenita”

rellenita 1. Tu marido te regala para el aniversario de casados un plan “Mujer Divina” en Gatu-bella, que consta de diez sesiones de crioterapia para eliminar toxinas y adiposidades localizadas.

2. La única bombacha que te queda cómoda es esa rosa que te regaló tu abuela para Año Nuevo, que tiene la cintura por arriba del ombligo y que tu sobrino, que está en la edad del pavo, llevaba esa noche atada al cuello como si fuera la capa de Superman, mientras tiraba cohetes y bengalas junto a la mitad más inmadura de la familia (todos mayores de cuarenta años).

3. Se viene el verano y lo que te queda más sentador para exhibirte por la costa argentina es una especie de disfraz holgado de Buzz Lightyear, bien blanco y playero: grande, sin cuello, sin forma, que te cubre todo el cuerpo hasta las pantorrillas.

4. Tu hija adolescente no te hurta ya nada de tu placard, excepto las fundas para almohadas adicionales que necesita cuando vienen sus amigas a dormir.

5. Cambiás repentinamente tu destino de vacaciones para este verano: vos, que morías todos los años por ir a la playa a insolarte todo el día en bikini, ves con cariño esas fotos de cerros montañosos con picos nevados. Con histérica sorpresa, un día te encontrás en el placard los borceguíes que usaste en el viaje de egresados a Bariloche en el ‘87 y lo considerás una señal de que hay que irse a esquiar en familia este mismísimo febrero.

6. Si de todos modos vas a la playa, en todas las fotos que subís al facebook y en las que estás en malla, se te ve nada más que la cara (tres cuartos perfil derecho), para que no se te noten la celulitis, los kilos de más y tampoco los mofletes de nena cachetona al estilo “Ricitos de oro”.

7. Tus amigas, que antes eran “de contextura normal” ahora te parecen todas flacas escuálidas.

8. Mirás por dentro tus pantalones del año pasado y pensás: cómo hice para entrar acá? me los ponía con fórceps? Lo que no te entra en la cadera tampoco te entra en la cabeza.

9. El corte estilo Imperio, que solamente usabas cuando estabas embarazada, es el único que encontrás sentador para tus camisas y vestidos en esta temporada.

10. Antes podías disfrazarte de Barbie para una fiesta (ni Dios ni Mattel lo permitieron, pero pudiste haberlo hecho) pero ahora, en un dos por tres, el disfraz de Barney tiene tu nombre.

La lluvia de todos los años a la misma hora

la lluvia desde dentro Llueve en Buenos Aires. La tormenta de Santa Rosa ha llegado a la ciudad con unas horas de retraso. Casi puntual, para los amantes de las leyendas y las profecías.

Santa Rosa, Patrona de las Américas, defiende con una lluvia torrencial a estas regiones medio alejadas del mundo de un ataque holandés, cuenta el cuento que hoy me cuentan. Fue allá por agosto de 1615. Ayer nomás. Y esa historia sobrevive y convive con varias explicaciones metereológicas y lógicas que sostienen que el choque de un frente (frío) con otro frente (de calor) produce en estas fechas una escaramuza climática con rayos y truenos.

Pero a quién le importa la explicación científica de una lluvia que desde hace siglos tiene una cita establecida con la historia? Porque lo cierto es que hoy es la tormenta y merodea Santa Rosa. Estamos en cualquier momento del tiempo entre el mil seiscientos y el dos mil y pico, y en algún lugar del mundo hay una batalla que ganar.

Victorias pírricas

soledadQué fue lo que dijo Pirro después de vencer a los romanos aquella vez? “Otra victoria como ésta y volveré solo a casa.” Es que había perdido miles de hombres en la batalla. Una derrota honorable hubiese sido mejor que una victoria tan costosa.

No les sucede a veces que tienen muchos compromisos y tareas pendientes para realizar en un solo día, o en una sola semana? Evidentemente hay ahí implícito un error de planificación, porque cuando para hacer todo lo que tenés en mente no te queda tiempo ni para estirar unos minutos la ducha que te das cada mañana, estás jodida en cuerpo y alma.

Pirro debe haber cometido el mismo error, se me ocurre. Qué sucede si decimos “no, gracias, hoy no puedo” de vez en cuando? Qué es preferible, claudicar con honores a algunos compromisos y deberes porque sencillamente no nos da el cuero, o seguir de largo diciendo que sí a todos y comprender, ya casi en la madrugada, que cumplimos con lo que creíamos que se pedía de nosotros, pero que el cuerpo no da más, que pesa como un yunque cada dedo del pie y que como a Pirro, si seguimos por este camino, más nos valdría no haber ganado?

Hasta Dios, con toda su perfección, el séptimo día descansó, dice el Génesis. Se ve que necesitaba un poco de paz y tranquilidad tras haber ordenado el Caos. Me pienso apoyar desesperadamente en este argumento para ver si hoy, en algún momento, puedo tirarme panza arriba a leer “La conjura de los necios” y enterarme de que sí, de que en esta casa hoy es domingo también.

A revolver el placard (y la billetera) que se viene la calorrr

carl Se viene el calorcito en Buenos Aires y, como diría el viejo Karl (Lagerfeld, no Marx): “El problema de la gente rica es que siempre hay otra más rica”. Bueno, sí, también podría ser una frase de Karl Marx, suena como si lo fuera. Pero es de Lagerfeld, ese diseñador de moda tan excéntrico que adelgazó 36 kilos para usar cierto vestuario en tamaño tallarín que le quitaba un par de décadas a su figura.

No sé cómo llegamos hasta acá. Lo del tallarín, digo. Yo quería contarles que ahora se viene el verano y todas/os sacamos los viejos trapos del placard. Los del calorcito anterior. “Sé lo que usaste el verano pasado”, parecen susurrar nuestras perchas. La ropa que hace unos meses nos parecía di-vi-na hoy no nos convence tanto. Habrá que salir, entonces, a gastar otros sueldos en cuotas de plástico para comprar más ropa, más accesorios, más zapatos.

Ahora llegan las invitaciones a casorios, a fiestas, a fines de semana en la costa o la pileta y a esas reuniones “sencillitas y familiares” en las que se compite, believe it or not, por estar monas y divinas. Tratamientos estéticos, gimnasios, spas, todos esos ítems comienzan a aparecer en los extensos resúmenes de las tarjetas de crédito en cuanto la temperatura sube de 20 grados, provocando alguna discusión en la pareja, la explicación oportuna de lo que es una “gratificación” y de lo que implica el paso del tiempo en nuestros cuerpos.

Mientras tanto, los Karl (Lagerfeld, no Marx) se ríen de nuestras desventuras de consumidoras siempre ávidas de más ropa, menos peso y ese deseo compulsivo de ser más jóvenes. Pero Karl es uno más entre las víctimas, no? Recordemos que come menos que un somalí para lograr que hasta sus anteojos oscuros le queden holgados.

Y si mejor aprovechamos los días de calor para hacer un picnic en el parque, para compartir con nuestros vestidos viejos y nuestros amigos más viejos todavía una linda tarde de sol?

Saquemos a ventilar nuestros viejos sueños, también. A ver qué es lo que hacen cuando andan sueltos por la vida. Tal vez se reciclen, tal vez no y se transformen en un clásico al estilo Chanel. Pero lo que es seguro es que duran más de una temporada, si son profundos y auténticos. Como los afectos rubicundos y la ropa de buena calidad.

Nunca digas nunca

cumple de tizi Cuando yo tenía veintipico de años iba por la vida con una seguridad en mí misma a toda prueba, porque me sentía en libertad de dar vuelta el mundo como una media. Alguna vez armé una valija un viernes a la mañana (puse una bikini y una bufanda, porque no sabía a dónde iría), me la llevé al trabajo, y a la tarde a última hora me bajé de un taxi en Aeroparque. Allí decidí, viendo las tarifas de los tickets de vuelo vigentes a último minuto, a qué lindo lugar del país me podía ir en avión a pasar el fin de semana. Era usual planificar con casi nada de anticipación un viaje a cualquier lado con alguna amiga. Es que estaba en una situación ideal para aventurarme a explorar el mundo de esa manera: ya me había recibido y tenía un buen sueldo, pero no una familia a cargo. Una combinación “explosiva”.

Tenía algunas amigas que ya eran madres -pocas- y otras que como yo todavía no estaban ni cerca -muchas-. Con estas últimas, además de proyectos y viajes, compartíamos ideas muy firmes sobre todo aquello que nunca íbamos a permitir en nuestras vidas.

Ejemplos:

- Viendo a esas madres que en un restaurante contemplaban a sus hijos berrear como forajidos, ellas con sus ojos impasibles de vaca sagrada y ellos morados-al-borde-de-la-asfixia por un capricho, llegábamos a la conclusión de que nunca, pero nunca, íbamos a permitir que un hijo nuestro fuera así de maleducado. Antes, preferíamos reencarnarnos en Stalin y desterrar a Siberia a cualquier hijo desubicado que nos arruinara la cena a nosotras y a medio restaurante.

- Cuando tuviéramos familia, no íbamos a dejar de salir con nuestra pareja & amigos un sábado a la noche, o un domingo a la tardecita. Es sabido que esas salidas “revitalizan”, ningún cansancio podría frenarnos.

- Eso de contestarles a los hijos con monosílabos al estilo comodín -”sí”, “no”, “ahá”- como si fuéramos zombies y sin haber escuchado ni dos palabras del pobre chico, era considerado un pecado capital del que ya habíamos sido víctimas en nuestra propia infancia y en el que nunca íbamos a caer. Cada palabra, cada respiración que entrecortara las frases de nuestros niños sería tenida en cuenta.

- Nunca, de ninguna manera, nos íbamos a disfrazar de osos bobalicones o dinosaurios fucsias para la fiesta de una criatura. Los chicos tienen que aprender cosas más edificantes de sus padres que eso de hacer el ridículo frente a sus amiguitos. Gente grande haciendo papelones, noooooo…

Y así seguíamos hablando con mis amigas, mientras hacíamos tiempo en el aeropuerto de la vida, sobre todo lo que NO haríamos, o haríamos de otra manera.

Pero en junio del 2009 me tocó hacer de uno de los personajes de Barney en el cumple de un amiguito de Mile, y me di cuenta de que las teorías de aeropuerto son sólo eso, teorías en la antesala del verdadero viaje.

Una piensa las cosas más extrañas a los veintitantos, en un aeropuerto y con un ticket en la mano.

Sobre esas novelas románticas rosas rococó rosadas

pies Después de Cervantes, quién creen ustedes que es el autor más leído en castellano? Corín Tellado, por supuesto. De hecho, Corín Tellado es la autora más vendida en nuestro idioma. Ya figuraba en el libro Guinness de los Records del año 1994 por la cantidad de ejemplares vendidos de sus obras: 400 millones de esas novelitas rosas que “nadie leyó” (?) y evidentemente “nadie compró”. Quisiera conocer a ese tal Nadie, porque tiene todos los ejemplares que faltan en las estanterías de las librerías. Como 400 millones.

Corín Tellado publicó más de 4.000 títulos de historias de amor, de romances, de desencuentros y pasiones. Y yo me saco el sombrero ante alguien que puede inventar tantas idas y vueltas sobre las relaciones amorosas entre dos personas. Y es que no debe haber nada más difícil de escribir que una historia de amor, porque aunque la autora inventara cada relato construyendo personajes ficticios, yo intuyo que debe haber mucho de su propia intimidad dentro de esas páginas.

Tal vez tengo tantos escrúpulos sobre este tipo de novelas (y en el fondo, tanto respeto) porque nunca pude escribir dos párrafos convincentes de una historia de amor. Es un trabajo muy arduo esquivar los clichés, saltarse esos convencionalismos que son muy fáciles de detectar cuando los leemos por ahí. Como pasa en la vida misma cuando nos ponemos sentimentales y nos asalta la duda de si no estaremos haciendo un papel patético ante los demás. El límite entre una historia de amor bien contada y un bodrio rosa pastel puede ser algo sutil.

Y por qué leemos estas historias, las bien contadas y los bodrios rosas? Yo creo, mis queridos, que las leemos para no olvidarnos de esos momentos romáticos de la pareja que anteceden a la conquista, donde dos personas se juegan su amor a todo o nada. Vivimos vidas tan prácticas, tan asentadas en lo concreto, tan propensas a ser intelectualizadas y pseudoanalizadas como si se trataran de cultivos en tubos de ensayo, que necesitamos de algún contrapeso que equilibre la balanza.

Es que hoy las mujeres de más de treinta y pico – el público cautivo de estas historias- si están solteras, cuando encuentran un candidato potable le sacan un Veraz y googlean hasta el nombre de sus tíos maternos, para ver si el fulano es algún asesino serial conocido o al menos, un típico tránsfuga anónimo de esos que pululan en las grandes ciudades. Porque la cosa es sacarle la ficha antes de enamorarse como una tonta. Si, en cambio, están casadas desde hace quince años, piensan que él entenderá que acordarse todas las semanas de comprarle su shampoo con extracto de ortiga que evita la caída del cabello es un profundísimo acto de amor. Actitudes prosaicas de una mujer práctica y moderna en esta bendita ciudad y en pleno siglo XXI.

Y así es que necesitamos volver de vez en cuando a esas ensoñaciones en donde habitan los que todo lo pueden dentro de un mundo de ilusión. Y estas novelas apelan a nuestra sensibilidad básica, esa que pretende que amemos y seamos amados en corcordancia y que cuando concreta ese encuentro se cierra en sí misma en un suspiro bien profundo. Y fin de la historia.

Y de pronto Loretta, una amiga de una amiga de una amiga mía, lee una novelita de Danielle Steel. Desborda en ese sentimiento de amor más tórrido y heroico, y con el impulso característico de su primera juventud entra a una agencia de turismo y compra unos pasajes de ida y vuelta a la playa para ella y para él, olvidándose del google y del shampoo por un rato.

Y así como Loretta puede reírse con la historia de “Alicia en el país de las maravillas” que le lee a sus hijos mientras rescata del recuerdo las tardecitas de su infancia, también se reencuentra ahora con su corazón enamorado. Ese mismo corazón que de puro idealista sobrevivió a algunos naufragios emocionales, aunque casi no cuenta el cuento. Loretta le acaricia a su amorcito esa cabellera que tanto le gusta (a pesar de lo rala que se ha puesto con los años), y sin pensarlo dos veces se van los dos a vivir de nuevo su propia historia de amor. A la sombra de las páginas de un libro de Danielle Steel.

Mi Buenos Aires querido

calle-florida01Cuando estoy tomando un café con alguna amiga en mi barrio y le digo: “ahora me tengo que ir a trabajar al centro” generalmente recibo esta contestación: “aaahhh… al centro???? uyyynóóó!!! Qué cosa molesta irse hasta allááá!”

Pero las callecitas de Buenos Aires tienen ese quéseyo, ese nosequé. Es extraña esa combinación ecléctica de edificios parisinos al estilo Boulevard Haussmann (pero con menos mantenimiento), otros más modernosos y minimalistas (con más mantenimiento que los anteriores), unas cuantas palmeras rodeándolo todo… En fin, es una coctelera más complicada de describir que la fortuna del matrimonio presidencial. Y la gente, yo incluida, también sufrimos una transformación al caminar por esos lares: andamos todos como más apurados, con un karma más individualista y con el rostro más severo. Andamos como preocupados. Vaya uno a saber por qué, pero es el estado medio estresante que se te contagia cuando bajaste del subte en la estación Florida o Carlos Pellegrini. Rarísimo, no?

Así y todo, hay detalles bien típicos del centro de esta ciudad que disfruto casi todos los días. Yo tengo hecha esta mini-lista (ahora que la repaso mentalmente, no sé si es tan mini, habrá que ver). Si ustedes quieren, le agregan algo más:

- Los lustrabotas que andan por las avenidas, con boina, gestos elegantes y el saludo generoso.

- Los cafés en cada esquina, a mitad de cuadra, arriba y abajo y en todas partes. Todos con gente hablando o leyendo en las mesas, produciendo ese ruidito alegre de vajilla entrechocándose, de cucharitas revolviendo café.

- Los letreros de “outlet” decorando cada local de liquidación, una nueva palabra que empuja a los clientes hacia adentro, aunque más no sea para curiosear.

- Las galerías comerciales, moribundas desde hace añares y que sin embargo ahora han repuntado un poco y gozan de cierta salud. Están llenas de baratijas y de gangas ocasionales que comprás por puro impulso. Una vez que llegás a tu casa no sabés dónde meterlas porque no sirven para nada, pero en el local te parecen brillantes, maravillosas e imprescindibles.

- Los repartidores de folletos, apostados en guardia en cada esquina.

- Las librerías de viejo de la calle Corrientes, que te venden libros usados baratísimos en promociones increíbles que incluyen todas las pulgas que logres encontrar entre sus páginas.

- Los taxistas, con opinión formada sobre cualquier tópico, sea literatura, política o reactores nucleares.

- Los restaurantes abiertos hasta tarde con sus asadores de escaparate, exhibiendo las reses dorándose sobre las brasas.

- Los músicos que tocan en las estaciones de subte, con todos sus instrumentos y parafernalia, alegrando el regreso a casa de los pasajeros después de un día laaaaargo.

- La revista “Barcelona” colgando en el frente de los kioscos de diarios, con sus títulos graciosos, bizarros, geniales.

- Florida y Tucumán: hay una vieja que se para a veces en esa esquina. Tiene como 70 años y un cuerpo que parece de 30, usa jeans talle 24 y una capucha de un disfraz de Caperucita Roja con una capa cortita. Exhibe un cartel que dice “Sexshop” y la dirección del local. Me mato de risa cada vez que la veo, porque me parece una publicidad buenísima y super efectiva. “Todo es cuestión de actitud, mis queridos”, eso nos grita la vieja a los cuatro vientos con su presencia de bataclana bien avenida en ese vértice de la ciudad más porteño que el Obelisco. Todo un hallazgo.

La ciudad, a pesar de sus cambios, de la pobreza creciente, de todo lo oscuro que ya sabemos que también tiene, aún conserva ese estilo pícaro, generoso y abierto, el mismo de siempre.

Los unos y los otros

incomunicados Se acuerdan de la película “Sexto sentido”? Cuando la terminé de ver por primera vez me invadió una sensación de vulnerabilidad. Mis sentidos, todos, graciosamente habían sido burlados (desde el título me venían previniendo, mirá vos).

Nuestra realidad cotidiana es todavía más difícil de interpretar que las películas, porque el cine de la vida de abre en millones de “cortos”, que además no sabemos dónde empiezan ni dónde terminan, ni por dónde se van a entrecruzar. A eso hay que agregarle que no hemos podido ver todas las escenas referidas a aquellos argumentos que nos involucran. Todavía menos, podemos deducir, nos enteraremos de todas aquellas aventuras que se relacionan con nosotros tangencialmente, y que algún conocido nos relatará en alguna charla ocasional, según como él las haya percibido u oído.

Así las cosas, pareciera que pecamos de ingenuos cuando creemos que lo sabemos todo, que podemos interpretar al otro como si fuese transparente a nuestra vista. Inclusive muchas veces nos reinterpretamos a nosotros mismos con tanta liviandad… nos verán los demás con la ligereza con la que nostros aceptamos nuestros propios errores? Coincidirán los otros con nuestra mirada bonachona hacia nosotros mismos, o autocrítica también, según sea el caso?

No pretendo con este comentario que nos pongamos a disposición de la opinión de los demás, mirando nuestra vida con ojos prestados, sino solamente volver a reenfocarnos en esto de la relatividad de nuestras apreciaciones, de lo volátil de nuestros pensamientos y de lo complejo que es percibirlo todo como si fuésemos infalibles.

Dice Philip Roth en “Pastoral Americana”: “Qué hemos de hacer con este asunto tremendamente importante de los otros? Te equivocas acerca de ellos antes de conocerlos mientras imaginas que los vas a conocer; te equivocas acerca de ellos mientras estás con ellos; y después vas a tu casa y le cuentas a alguien acerca del encuentro y te equivocas acerca de ellos otra vez.”

Conocernos unos a otros es complejo. No imposible, pero sí difícil. En el medio del camino están esas piedras grandes o pequeñas de nuestras propias incoherencias, mentiras o mezquindades, que confunden un poco más al observador menos avezado. Y está eso también de vernos con cristales más o menos empañados y de simplificar lo inextrincable.

Para no perder el equilibrio y hacernos la vida más fácil, vamos a la caza del cuento que se nos presente como si viéramos “Sexto sentido” por primera vez, creyendo en lo obvio sin cuestionamientos, sacando conclusiones fulminantes, multiplicando los malos entendidos y aseverando cualquier hipótesis que tiene menos consistencia que el aire que se marea con nuestras palabras.

Habrá que tratar de percibir con calma, enfocados, estar más presentes en el aquí y ahora, con la mente abierta y sin tanto pensoteo que nos distrae del mundo tal como es. Asumiendo también con humildad que nuestra opinión, alternativa o teoría es una más de las tantas que son posibles de ser argumentadas.

En esta película en la que estamos actuando ahora hay muchos que creemos estar muy “vivos”, pero puede que haya que transitar toda la trama para confirmarlo.

La vie en rose

mundo rosa barbie Ustedes ya lo deben saber, pero sus hijas a lo mejor todavía no: el mundo no es color rosa Barbie. Tiene muchos otros matices interesantes.

Además de por ese asunto de los colores, el estilo de vida de una Barbie no es aconsejable para ninguna mujer en su sano juicio, o en sus sanas proporciones.

Miren sinó:

- la pobre Barbie se viste y se produce divinamente todo el tiempo, sea para ir al baño a vomitar o para ir de shopping, y sin embargo sólo consigue de pareja un novio andrógino que todo el mundo sospecha de homosexual. En el fondo todo esto es muy lógico, mis queridos. Ningún hombre heterosexual se aguanta convivir con una mujer que es un vestidor con patas (aunque sean larguísimas patas). Al único que se puede conseguir como pareja teniendo una personalidad tan extraña es a Jaime Bayly.

- como cualquier modelo de pasarela un poco inestable con su carrera y que se siente desvalorizada, Barbie se inventa mil y una profesiones que puede ejercer de la boca para afuera: es veterinaria, abogada, científica o domadora de leones. Pero lo único que vemos que hace de su vida, en concreto, es desfilar en talles imposibles los últimos diseños de Armani. Como Victoria Beckham, pero dos números menos. Tendrá realmente Barbie un título habilitante para todas las carreras universitarias que dice haber estudiado?

- No todo lo que reluce es oro: tiene un cabello rubio platinado que es una gloria y por el que han corrido ríos y ríos de agua oxigenada. Sin embargo, al primer lavado, así sea con el mejor champú, la peluca otrora brillante queda más reseca e indomable que la del león de Madagascar cuando se queda varado en la selva.

barbie armani- Tiene una casa muy de plástico y muchas amigas de plástico también, una más bonita que la otra. En el fondo ver tantas flores hermosas juntas es una lástima, porque evidentemente sólo les queda competir entre ellas y la pobre Barbie con lo buena que está ni siquiera puede hacer alarde de ser la chica más linda del barrio.

- Un tema no menor para andar por la vida como cualquiera: por sus proporciones, Barbie no tiene equilibrio, ni buenas articulaciones. Ni pezones, ya que estamos (limitación sustancial para una futurísima “Barbie lactancia”). Sólo se halla cómodamente sentada en un convertible con el asiento bien extendido hacia atrás, para exhibir sus largas piernas. Baila con la gracia de un dromedario (de ahí sus crisis de pareja con su novio gay: no conozco ningún Ken que acepte como pareja una mujer que no sepa bailar) y su mirada hueca espanta a quien quiera tener una charla normal sobre algo.

Resumiendo, es el modelo de un tipo de mujer muy del siglo XXI: vestida luce increíble, pero desnuda se ve un poco fría y carente de encanto. Tiene el cuerpo muy duro y la cabeza muy blanda. Un verdadero desquicio femenino para vivir la vida que en nuestras hijas no deberíamos estimular.

“Amor sin barreras”

felicidad