Monthly Archive for Julio, 2009

El traje nuevo del Emperador

el traje nuevo del emperador Se acuerdan de esta historia? Por una vez en los clásicos cuentos infantiles no hay muertos, ni intentos de antropofagia, ni sangre, ni malos / locos / cruentos… solamente hay un par de pícaros a los que les sale bien un fraude con mucha clase: cobrarle una fortuna a un Emperador vanidoso y un poco lento, por un traje invisible que solamente verían, presumiblemente, las personas inteligentes. Y el final es casi un remate de chiste de stand up que les encanta a los chicos.

Es genial el argumento, no? Porque nos recuerda que cuando parece que lo tenés todo, igual querés más. El deseo de novedad es tan intenso que a cualquier güevada que se te ponga adelante la mirás con ese entusiasmo medio irracional del comprador compulsivo: lo nuevo y costoso parecerá bueno siempre, entonces. Aunque ya tengas lo mejor de lo mejor desde hace rato -y en una de ésas ni cuenta que te diste-. Extraño comportamiento el del ser humano. Es cierto que la producción constante de nuevos adelantos (tecnológicos, médicos, etc.) nos da confort, pero de ahí a considerar un invento genial a cualquier cacharro de hojalata que sale un ojo de la cara y cuando lo das vuelta dice “made in China”… es ir ya demasiado lejos. Y es cosa muy común entre empresarios vendehumo y clientes con el cerebro ahumado. Vaya uno a saber por qué el viento los amontona, como se juntan el hambre y las ganas de comer.

Para mí que el traje a prueba de tontos del Emperador fue el primer lanzamiento de marketing de la historia, y los dos pillos eran los típicos jóvenes publicistas de la primera Edad Media. Estoy segura. (De todos modos, déjemne chequearlo en Google, seguro que Wikipedia tiene una entrada al respecto…)

Así que, resumiendo, la historia de la humanidá encuentra una sola dirección -la que nos ha marcado el Emperador iluminado- y por ahí andamos todos, insaciables y posmodernos, comprando trajes invisibles a cualquier precio y, lo que es peor, pavoneándonos como pavos… en pelotas!

Treinta días para un sueño develado

escribas Hoy hace exactamente un mes de la existencia de este blog. Y hace siete meses, también, de haber escrito yo un mensaje de buenos augurios para el 2009 -muchos de ustedes lo deben haber recibido-, en el pedía para mí y para los demás:

“Va mi profundo deseo no tanto de que se les cumplan todos sus sueños, así, de puro ‘pedo cósmico’, sino que puedan desentrañar cuáles son esos sueños personales, secretos e intransferibles que tienen agazapados por ahí, y que puedan hacerse cargo de concretarlos con mucha alegría, creatividad y madurez. Eso es lo que pido para mí para este 2009, porque intuyo que esa es la cereza del postre en esta vida, no? Mejor saborearla antes que después, para no andar derrochando el tiempo en lo que no tiene sentido.”

El 2009 está trayendo muchas experiencias. Entre otras cosas, este año puso a mis pies esta nueva vía de comunicación con ustedes. Que -recién ahora caigo- era uno de esos deseos secretos, personales e intransferibles por los que andaba clamando por ahí en ese mail que les contaba.

Así que con asombro veo que voy cumpliendo algunas metas. Queda mucho por hacer, pero lo que voy recorriendo es -parada donde estoy hoy- más meritorio todavía. Saben por qué? Porque yo hace siete meses no sabía lo que era un blog. Y mucho menos me imaginaba que me animaría a transitar tan abiertamente por este agujero desconocido llamado “la blogósfera”. Sólo intuía que tenía una expresividad insatisfecha que no tenía dónde canalizarse, y muchas palabras a la espera de nacer. Ahora esas palabras me brotan cada día y andan por aquí correteando, en este mundo tan ancho del ciberespacio en el que yo misma me busco y hasta me encuentro, aunque me pierda a veces.

Algo más: ahora caigo en que todavía faltan cinco valiosísimos (e irrecuperables) meses para terminar el año. Sigamos concretando sueños, juntos.

Y ahora que entramos en tema, cuéntenme: ya saben ustedes cuáles son sus sueños secretos?

Soy toda oídos!

Esas frasecitas contradictorias

bicicleta contradictoria Ayer estaba en un bar en el centro tomando un café, al reparo del frío, y escuché a una pareja conversar en la mesa de al lado. El y ella. El le hizo a ella un par de comentarios que me inspiraron este post de hoy.

Porque él dijo algunas de esas frases hechas que, como todos sabemos, tienen un sentido implícito que es justamente el contrario. Y ella, chica sagaz al fin de cuentas, tomaba su cafecito más bien exasperada, porque decodificaba lo que estaba subyacente en lo que él decía. Y respondía, en consecuencia, a las verdaderas intenciones del señor que sorbía con moderación su capuccino.

Fue muy productivo el encuentro, porque mientras ellos dos terminaban su discusión a las patadas -pero en voz baja- yo pude hacer un inventario de esas frases tristemente célebres en las relaciones humanas, y que todos conocemos. Aquí van las que pude encontrar hasta ahora:

- no es nada personal (es personal, pero ahora estoy ocupado y no quiero discutir de asuntos personales)

- yo quiero ayudarte, pero vos no me dejás (no quiero ayudarte, así que no me lo pidas)

- no sos vos, soy yo (sos vos)

- soy un ser humano, tengo mis limitaciones para entenderte (sos un ser humano con limitaciones para expresarse)

- te estás poniendo agresiva (me estoy poniendo nervioso)

- yo no sé de dónde sacaste esas ideas raras (nunca pensé que usarías esos argumentos tan trillados)

- a vos lo que te falta es algo que te motive (me estoy aburriendo con todos tus rezongos)

- yo a vos te quiero mucho, pero ahora no puedo asumir un compromiso (yo me quiero mucho como para asumir ahora un compromiso con vos)

- ya estoy llegando (ya estoy saliendo)

- hacé lo que quieras (me das la espalda en este instante y arde Troya)

- soltame (abrazame)

- abrazame (perdoname)

- bueno, ya está, ya pasó, ahora perdoname (cambiemos de tema, esta discusión es muy larga)

- cambiemos de canal (bueno, esa frase sí tiene un sentido literal: cambiar de canal es tomar el control remoto y… cambiar de canal!)

Bueno, cambiemos de canal, entonces. Hagamos lo que decimos. Y digamos lo que queremos decir. Hasta otro día, amigos.

Nadie es envidioso, nunca. Pero auténtico, tampoco.

Yo les digo una cosa, mis queridos, si todos fuéramos como decimos que somos, el mundo hace rato que sería una tierra de querubines, ni más ni menos. Porque hasta ahora, he encontrado en este valle de lágrimas muchas más víctimas que victimarios, más gente buena que mala, más gente que “le metió la tapa” a otro en una conversación con sus geniales argumentos, que gente que dice “sinceramente, fui un estúpido y no supe qué contestarle”. Yo no alcanzo a comprender si es porque justo a mí en la muestra me tocó lo mejorcito de lo que había exhibido en la feria persa, o es que realmente pequé de ingenua y no me di cuenta de que en todo lo que me contaron había poco de verdad. Y no porque la gente haya querido mentirme, de eso estoy segura, sino porque en el fondo a todos nos da miedo ser realmente auténticos cuando la cara que tenemos para mostrar no se parece mucho a la de Marilyn. querubines

Por supuesto que llegados a este punto, ustedes tienen derecho a preguntar: y por casa cómo andamos? Bueno, siendo como soy una mujer más cerca de los cuarenta que de los treinta, tengo por bien ganado lo ganado y me creo con todo el derecho del mundo de poder decir: y sí, a veces, gente, me salta la ficha y no soy ni tan buena, ni tan querible, ni nada. A veces soy una bruja, porque me canso de una situación, o porque no puedo hacerle frente a algo ni con todo el cielo de mi lado, y se acabó.

Y lo bueno de reconocerlo es que una comprende que los términos medios son promedios: es decir, como decía con tanta sinceridad Kübler Ross, para ser una muy buena persona hay que admitir que de vez en cuando uno no lo es, y estar en contacto con el “lado oscuro” que todos tenemos, para conocerlo y, sin negarlo, aprender a sacarle la careta. Es la única manera de ir creciendo en esta vida.

De lo contrario, si creemos que realmente somos como pretendemos ser frente al mundo, esa cara falsamente agradable y exitosa el cien por ciento del tiempo, el condimento principal de la ensalada de la vida será el “falsamente”, y nada más.

No hay que negarnos la posibilidad de admitir que sí, mis queridos, de vez en cuando nos asalta la ira, el desamor, la envidia o los celos. El no esconderlo nos hace más confiables, porque cuando sentimos algo que no nos gusta, podemos detectarlo y ponerlo sobre el tapete de nuestra conciencia. Es de seres inteligentes saber definir lo que nos pasa.

Nuestro universo, estadísticamente hablando, nos demuestra que los querubines cien por ciento genuinos están en el cielo. Así que a la próxima persona que intente convencerte de que es una carmelita descalza, mandála directo para el convento, donde hará voto de silencio y apartará sus mentirillas (cómo, es mentirosa?) de tus hastiados oídos. A los otros, a los auténticos, les cabe el reino de este mundo.

Elogio de la cocina sin ostentación

Una lee el menú de esos restaurantes super elegantes que están en cualquier barrio coqueto de ciudad cosmopolita, y se encuentra con obras literarias anónimas de algún descendiente de Bécquer dedicado de lleno a los remilgos de la cocina. Es un señor con una inclinación exagerada por las descripciones al más íntimo detalle: “noble pescado de aceitunada faz descansando en colchón de finas hierbas acompañado por crostines de papas católicas…” Es muy gracioso que se necesiten cuatro renglones para decir “pescado con papas”. Intuyo que con el mismo tono pero cambiando las palabras, el autor se haría millonario escribiendo novelas eróticas, porque la pasión por el detalle de los sentidos es el mismo, solamente cambia el tema, el origen de la obsesión. No es un romance el oscuro objeto de deseo, mis queridos, sino un plato de exquisiteces gastronómicas.
comida gourmet1

El problema de estas descripciones tan deliciosas es que, viniendo como vienen de la imaginación más bien platónica del escritor – que suponemos que nunca en su vida se topó con una mancha de aceite en un delantal de cocina propio- el plato que finalmente es servido frente a nosotros tiene mucho de obra de arte decorativa y poco de la suculencia que nos anticipara el texto del menú. No sé si a ustedes les ha pasado alguna vez, pero a mí, sí.

Y es entonces que siento por esos platos lo mismo que por las modelos divinas de pasarela cuando en la televisión, por azar, termino viendo algún desfile: me parecen de una belleza un tanto fría, con un encanto muy visual, pero que se queda ahí, no entra hasta el corazón.

Esta comida tan arreglada para exhibirse frente al mundo no me produce ese cosquilleo alegre de la comida casera que fue preparada para compartirse entre todos. Los platos gourmet tienen pretensiones de primera figura, no son francos y generosos. Yo prefiero entonces esa otra comida que cobija, casi como en un abrazo, el buen ánimo de los comensales.

comida gourmet2 Porque a mí, les confieso, me gusta que me sonrían con calidez cuando me sirven un plato de comida. Y que esa calidez se traslade al plato. Puede ser un menú de una simpleza arrolladora, eso no importa. Pero si el señor o la señora que me lo ofrece sabe cocinar con el espíritu de esas recetas centenarias, que han sobrevivido al tiempo gracias a las muchas horas junto al fogón, contemplando a las viejas generaciones cuando medían de a puñados los ingredientes secretos… bueno, ahí yo me siento una privilegiada por participar de esa comida. Como deben haberse sentido los antiguos dioses cuando la gente les ofrendaba sus “primicias”, es decir, esa primera cosecha de manjares recién expuestos al sol.

Porque todo lo que ha sobrevivido a la historia, lo sagrado y lo profano, está presente en esas comidas que habitaban en la infancia del mundo, resucitadas de milagro por los enemigos de lo absurdamente moderno.

El collar: un cuento perdido y recobrado

el collar

Este cuento lo leí hace más de mil vidas en una revista que no valía la pena, y sin embargo la historia me sorprendió tanto que todavía me acuerdo de la ilustración que la acompañaba, y de la sensación de desasosiego en la que me dejó cuando la terminé de leer. Pero solamente recuerdo el argumento casi desnudo, así que, con su permiso, pienso inventar todo lo que sea necesario para hacerla un poco más legible (no me queda opción, porque no me acuerdo los detalles del relato).

La cosa empieza así: Malena y su marido son un matrimonio de clase media con aspiraciones a algo más. El trabaja y provee el sustento de su familia con mucha comodidad, y ella es una señora que va todas las semanas a los shoppings (economiza comprando productos de grandes marcas con las promociones de las tarjetas de crédito… y cree que ahorra muchísimo!), va al gimnasio todas las tardes y adora viajar.

Pero Malena cree que podrían estar mucho mejor económicamente, tener mucho más de lo que tienen, todavía, y tal vez no se equivoque: ellos viven en un país en el que tener contactos hace la diferencia entre ser o no ser, así que esta es la cuestión, Hamlet: conseguir las relaciones necesarias para encumbrarse un poquitito más.

Malena tiene una amiga, Teresita, a la que envidia o admira por la buena vida que lleva (depende del día: si esa mañana Malena se levanta con la autoestima alta, idolatra a su amiga, sinó se envenena contra ella y no le perdona ni la más mínima tontería). Para Malena es difícil seguirle el ritmo de vida a Teresita, pero lo intenta, porque su ejemplo es una motivación concreta en su vida: le copia los gustos, las frases que usa, la ropa y el estilo.

Un día al marido de Malena le llega una invitación para ir a una fiesta muy elegante que hacen los directores más importantes de la compañía en la que trabaja. Malena va a acompañarlo. Se prueba mil veces su espléndido vestido negro, el que va a usar para la ocasión. Pero Malena no está satisfecha, porque sabe que si al vestido le agrega un collar importante, alguna joya de valor, el conjunto será imponente y logrará sorprender a los otros invitados. Malena es muy bella y todavía joven, quiere hacer valer sus encantos en esta oportunidad, tal vez de las últimas que le queden. Sueña con rescatar su hermosura de la monotonía de su vida. No tiene muchas otras chances de alternar con gente tan importante.

Como al descuido, deja caer un comentario sobre el collar en casa de Teresita. Ella tiene muchas joyas y casi con indiferencia abre los alhajeros y le ofrece las piezas que Malena quiera.

Malena elige una gargantilla de diamantes imponente. La enceguece la sensación de triunfo: la lucirá y se sentirá un reina… y al lunes siguiente se lo devolvería a Teresita y fin de la historia. Pero tendría para contarles a todas sus amigas sobre lo espléndida que había estado aquella noche.

Y así resultó. Malena estuvo divina, se sacó muchas fotos, fue el comentario de todas las otras señoras y se sintió realmente una Cenicienta en el día del baile. Radiante, se olvidó de todo: de ella, de Teresita, del collar. Y el collar en algún momento de la noche se le soltó de la garganta y se perdió.

No pudieron encontrarlo, obviamente, y ante la conciencia de Malena y de su esposo quedó esta gran disyuntiva bien planteada: qué hacer? ir con la verdad a Teresita u ocultar lo ocurrido, reponer el collar y aquí no ha pasado nada? Comprar uno nuevo sería muy costoso, habría que endeudarse y pasar estrecheces un tiempo, porque era una pieza a todas luces muy cara. Pero exponerse a la sospecha de los demás, a la mínima duda de que los amigos y conocidos creyeran que ellos habían hecho desaparecer el collar adrede para quedárselo, era todavía peor. Tácitamente, una condena social se establecería sobre ellos. Para Malena y su esposo, el ostracismo era el infierno más temido.

De modo que, con las fotos de la fiesta en donde Malena lucía la alhaja, fueron a un joyero para diseñar y encargar un collar similar. La reposición terminó costando una fortuna y, tal como habían previsto, tuvieron que renunciar a mucho de lo que ya tenían para pagarlo. Pero Teresita tuvo al poco tiempo la gargantilla refulgente en sus manos. No le dio importancia a la demora en devolverlo, apenas le echó una ojeada y lo volvió a guardar en su joyero. A Malena ese desprecio de su amiga a su enorme sacrificio le contrajo el corazón de resentimiento. Pero Teresita nada sabía de lo que realmente había acontecido, así que ella nada podía reprocharle.

Pasaron los años. Malena recordaba esa noche de esplendor cada vez que la amargura la invadía: habían renunciado a tanto por restituir ese collar! Los viajes, los pequeños o grandes gustos, las compras en tiendas exclusivas. Habían dejado de frecuentar a los amigos a los que les costaba seguir en su tren de vida, porque ahora apenas hacían frente a sus gastos.

Malena no veía mucho a Teresita, pero su amiga no parecía notarlo. Un día, sin embargo, Teresita despertó de su letargo indiferente y le preguntó por qué había cambiado tanto: qué había sido de esa Malena alegre y llena de amigos, de sus viajes de todos los años, de todo lo que le gustaba y la había definido durante tanto tiempo? Quién era ahora esa señora sola, gris y apagada, casi irreconocible, que se había adueñado del cuerpo de su amiga?

Malena se cansó de mentir. La única respuesta coherente era la verdad. Y ahí, un poco por despecho por todo lo que había pasado, herida por el costo de la renuncia sin reconocimiento, le contó la verdad: habían hipotecado todo lo que tenía para pagar el collar.

Teresita se la quedó mirando sin comprender: por el collar de aquélla fiesta? Pero qué ridiculez! Si era un collar de piedras falsas!

El cuento me pareció maravilloso, mis queridos, porque sin tener yo ni diez años ya alguien me había contado la historia sin fin de nuestra naturaleza humana de modo tal que hasta una nena tan pequeña la pudiera comprender: las cosas por sí solas no tienen valor, son eso, solamente cosas. El valor a todas ellas se lo ponemos nosotros. Es una fórmula inexplicable que mezcla nuestras expectativas e ilusiones, nuestra autenticidad o falta de ella para enfrentar la vida, y el reconociento de que de vez en cuando está muy bien cuestionarse lo que parece incuestionable para ponderar lo que realmente acontece.

Porque de lo contrario, podemos cometer errores: y es así como creemos que todo collar de diamantes que se cruza ante nuestros ojos es verdadero.

Buen fin de semana, mis queridos.

Charlas de baño: las mujeres en la más pura intimidad

baños Hay que tomar dos, tres litros de agua por día, mis queridos. Eso dicen los nutricionistas. Y las mujeres acatamos todos los consejos que ellos nos dan para mejorar nuestra dieta con mucha seriedad (excepto los que dicen que hay que eliminar los chocolates y los carbohidratos).

Así que, si a la tendencia natural de ir al baño en cualquier restaurante al que vayamos a cenar -que ya de por sí tenemos las mujeres-, le agregamos la posibilidad de tener que retener dos o tres litros de agua hasta la hora de la cena… es lógico que en algún momento dejemos abandonado a nuestro novio/ marido con las velitas y el champagne decorándoles la mesa, para correr al lugar que por diez minutos enteros será nuestro íntimo santuario.

Bueno, “íntimo” es un decir. Porque ahí, mis queridos, toda la fauna femenina del restaurante estará haciendo lo mismo que una pretende (todas leyeron lo de los tres litros diarios), así que es muy probable que te topes con algunas de estas maravillosas especímenes al lado tuyo, compitiendo por un lugar en la fila de dos metros que se forma frente a los inodoros. Y todas se mirarán de reojo desde el espejo del baño durante el tiempo que les lleve llegar a su objetivo, para ver si alguna de ellas pertenece a una de estas clásicas categorías. Hélas aquí:

- Jessica Rabbit: este engendro mitad vampiresa mitad mujer va enfundada en riguroso rojo escotado. Cuando entró al restaurante clavaste los ojos en tu novio/marido, que sincronizó al milímetro la situación con tus celos y se dedicó a mirar con sospechosa fijeza el pseudo Picasso que está a tus espaldas. A esta mujer no le concediste ni el derecho a respirar durante toda la cena, pero ahora te la encontraste en el baño y, oh milagro, junto a las canillas te elogia el prendedor de la abuela que llevás adherido a la camisa. La perdonás por ser una comehombres durante unos instantes, pensando que es probable que sea tonta pero no mala… hasta que parte velozmente dejando una estela a lo Marilyn que te convence definitivamente de que no, estabas equivocada, claro que es mala y manipuladora como pocas, porque incluso a vos, mujer avezada en esto de detripar a la fauna femenina, por un momento ese peligroso felino te hizo creer que era como la Madre Teresa. Al final, concluís que la tonta sos vos… y sin el cuerpo de la malvada!

- La Madre con mirada de Vía Crucis: siempre, en todo restaurante, hay una puérpera que busca recomponer el romanticismo perdido en su pareja -que debe llevar al baño el sacaleche, porque sinó a las dos horas de no amamantar se le mancha el frente del vestido-, o la que lleva al bebé en un cochecito -se la pasará diciéndole “sshhhh” toda la cena. Si lleva al tesorito, tendrás que ayudarla a maniobrar el óleo calcáreo y los pañales (no hay lugar para un cambiador en los restaurantes coquetos): el conocimiento de las posiciones del Kamasutra que antes esta mujer destinaba a su propia intimidad, ahora se recicla para lograr ubicar al bebé debajo de la canilla y su propia mano maternal como una boa constrictor por todo el costado del lavatorio. Así podrá cambiarle el pañal en lo que ella considera “un dos por tres”, pero vos sabés que en la mesa ya se le derritió el helado hace rato.

- La abuela coqueta: lleva ropa divina y muchos collares, se pinta los labios de rojo furioso frente al espejo y se muestra tan satisfecha con su aspecto como si fuera Kate Moss. Es la mujer que querés ser en tu vejez, porque es elegante, cuidada y está cenando con alguien que seguramente tiene 120 años, pero la mira como si fuera un novio en la primera cita. Tal vez sea un pretendiente, después de todo, porque con estas mujeres nunca se sabe. Si te dice que en el pasado fue Mata Hari, no se te mueve un pelo: también pudo ser Cleopatra, porque edad y personalidad le sobran!

- La Camarera Rigurosamente Vestida de Negro: y sí, ella también tienen que ir al baño. De pronto te viene a la cabeza la intuición de que además de servirte el vino durante toda la cena, es también un ser humano. Prometés dejarle una buena propina, porque a estas horas todavía está trabajando y parece cansada. Eso sí, te quedás haciendo tiempo hasta que ella salga del baño para asegurarte de que se haya lavado las manos como un cirujano antes de operar, no vaya a ser que te contamine los postres!

- La chica “recién peleada” que está llorando en el baño: es la misma que viste muy acaramelada con su medio limón durante toda la cena. Pero ahora algo que se dijeron fue de vida o muerte y en la relación corrió sangre. O lágrimas, que a esta altura viene a ser lo mismo. De todos modos, apostás tu mejor vestido a que van a reconciliarse en el auto camino a casa, y por ende van a pasarse una noche filmando Nueve Semanas y Media. Sospechás que si el hombre es tan austuto como una mujer, provocó la pelea para asegurarse el descenlace… pero no tenés como comprobarlo, porque con el susodicho señor no hay confianza para hacer preguntas.

- La modelo vestida al último grito de diseñador que estaba en la mesa frente a la tuya: es un palo con flecos, de súper onda y con mirada indiferente. Ahora está bien encerrada dentro del baño -cerró la puerta con tranca-, y escuchás sus gritos de “hugooo”: comprendés que está vomitando los dos buñuelos de verdura que se comió. La imaginás abrazada al inodoro y no, te convencés, ni loca le envidiás el esqueleto si este es el costo a pagar… mejor es ser rellenita pero con buena onda!

Y así, habiéndote cruzado en el baño con todas ellas, te das cuenta de que el compartir sus intimidades te ha otorgado cierta sabiduría. Ahora es el momento de volver a la mesa para tratar de entender los misterios del otro sexo, que con todas sus complejidades a cuestas, nunca podrá ofrecer la variedad de caras y caretas de las féminas en el toilette.

Hansel y Gretel: a ser padres también se aprende

hansel y gretel

Recuerdan ustedes esta terrible historia? A los padres no nos gusta mucho, en general. Y yo creo que eso es porque nos toca muy de cerca. No son padres perfectos los del cuento, no? Bueno, mi querido lector, si sos un padre/madre muy perfeccionista o ya te las sabés todas sobre experiencias de crianza, podés saltearte esta interpretación que vamos a construir, porque no te va a servir para nada… Para los demás, hagamos un racconto de la situación.

El padre y la madrastra (las esposas en segundas nupcias padecen de muy mala prensa en los cuentos infantiles) deciden abandonar a sus hijos en el bosque. Ahí los chicos se encuentran con una vieja loca que vive en una casa que parece un kiosco siniestro de golosinas. Y después, al final de la historia, cuando ellos solitos ya han desenmascarado a la bruja y salido airosos de la situación, aparece el padre compungido para llevárselos de vuelta a casa.

Por qué no nos gusta esta historia? Yo creo que porque manifiesta lo que todos ya sabemos de antemano, pero puesto ahí en letras de molde molesta como un grano en el traste: los padres somos seres humanos, nos equivocamos, poco o mucho. Es que no siempre estamos a la monumental altura que se merece la crianza de estos locos bajitos, como los llama Serrat. A veces hacemos agua y nos ahogamos un poco en ese charco. Al rato nos damos cuenta, y pataleando desesperados salimos a buscar a nuestros hijos, nosotros-padres-mojados-y-tiritando-que-ya-hemos-aprendido-algo.

Los griegos, que lo inventaron todo, tienen una versión más adulta y muy simbólica de esto que es el viajar solos por el mundo atravesando lo fantástico, lo que no se entiende o parece de locura, para al fin volverse indemnes, más maduros y sabios, como les sucede a Hansel y Gretel. Es la Odisea, la primera historia de aventuras que se viene contando desde hace miles de años. Porque Odiseo, o Ulises, como recordarán, se va de Itaca (lo conocido, el logos, lo articulado, el orden), para recorrer esos extraños bajofondos tormentosos poblados de seres malvados, mágicos, ininteligibles o singulares. Vuelve al terruño veinte años después, más maduro y más fuerte, habiendo conocido ese otro mundo de las sombras.

Nuestros hijos pasan por estos mismos momentos iniciáticos cuando los adultos nos equivocamos y los dejamos sin explicaciones frente a lo desconocido. Son momentos naturales, que todos atravesamos (padres e hijos) porque somos imperfectos, y lógicamente implican un desconcierto para ellos, y también será parte de su aprendizaje. Van descubriendo que el mundo adulto no siempre es racional, hay brujas y brujos metidos dentro de la piel humana, y ese algo que no se entiende y es inexplicable también es parte de este camino que recorremos juntos y que a veces converge y otras veces se bifurca.

La diferencia entre los padres y los hijos pequeños es que a la edad de Hansel y Gretel no se puede volver a casa si alguien no les tiende una mano. Pueden con la bruja, el horno caliente y la falsa casa de la dulzura, pero para volver al hogar necesitan que los acompañemos con madurez: admitir que nos equivocamos y que ya mismo estaremos junto a ellos para guiarlos de vuelta por el bosque. No tienen miguitas de pan para orientarse, pero nosotros los adultos, aún con todas nuestras imperfecciones, ya sabemos el camino. Ellos con su alegría contagiosa nos darán un abrazo al vernos llegar, como Hansel y Gretel hacen con su padre cuando se reencuentran al final de esta historia. El amor es ese punto de encuentro.

Espíritu brasileño

espíritu brasileño Los argentinos tenemos el tango, esa música tan maravillosa y particular. Alguien dijo que el tango es un pensamiento triste que se baila. “Quejas de Bandeón” es uno de mis favoritos, porque me encanta la melodía y porque sé que nos identifica plenamente hasta en el título. Así somos, como el tango y el bandoneón, instrumento difícil y rico en sonidos.

Los brasileños, en cambio, tienen el berimbau, un instrumento que tiene una sola cuerda. Dicho así parece un objeto muy simple. Pero con ese sonido tan dulce pueden hacer que el alma baile contenta durante más de una vida al ritmo de la samba. Ellos no podrían haber compuesto un tema llamado “Quejas de berimbau”… no existe esa posibilidad sobre la tierra.

Por eso, cuando voy a Brasil trato de aprender a comportarme como ellos, los dueños del berimbau, con esas cualidades que abundan en su idiosincrasia y que me encantan. “Donde fueres, haz lo que vieres”, me aconseja el dicho de la época de mis abuelos. Y por ahí ando, en medio de la playa, repartiendo sonrisas ni bien me acuerdo, porque eso es lo que veo casi todo el tiempo.

Los brasileños tienen la amabilidad del anfitrión, esa hospitalidad perenne a flor de piel. Si una conversación les lleva un rato largo, no importa, ellos invierten el tiempo que sea necesario para que la despedida sea algo natural, espontáneo, que no corte el ritmo de lo que viene aconteciendo.

La cadencia de las olas, de la samba y de la bossa nova, están en armonía con su respiración. Son así, maravillosamente despreocupados y contentos. En el espíritu llevan incorporado el sabor de la caipirinha, sin necesidad de agregar cachaça para invocar ese estado de beatitud y alegría. Sol, palmeras, el mar que viene y va. “Tudo bem”, oirás donde quiera que vayas. Lindo de ver, lindo de imitar.

El romanticismo es una conspiración de pequeños detalles

una vela

Hace muchos años comprendimos con mi marido -en ese momento era mi novio- que la época menos romántica para una pareja… es cuando está a punto de casarse. Son tantos los preparativos, los apurones, los temas menores que se transforman en fundamentales, que no queda tiempo para lo importante.

Para colmo, en nuestro caso, por esos días estábamos todavía reciclando la casa que habíamos comprado casi tan destruida como Afganistán después de los bombardeos (por eso la pudimos comprar: era una ruina y los costos de los arreglos nos estaban dejando en la ruina también a nosotros). Recién nos habíamos ido a vivir juntos, mi novio y yo, en medio de los escombros, planificando el casamiento entre los albañiles que nos juraban que pronto terminarían la obra (pero la reforma estaba más verde que Irlanda entera, obviamente) y en las noches de insomnio actualizábamos al centavo unas cuantas planillitas de excel con los presupuestos de los arreglos de la casa, del casamiento, nuestros sueldos que neteaban todas esas columnas… y el resplandor rojo furioso de los números negativos se nos proyectaba de la computadora a las caras, así, sin escalas. Estábamos preocupados y estresados.

Una noche de esas volví de trabajar con muy poca energía para nada más, estaba rendida, y para colmo hacía inventario mentalmente y recordaba que para preparar la cena no había más que un paquete de fideos y una lata de puré de tomates. Así que estaba resuelto el menú, nos gustara o no, porque para barajar opciones había que tener ganas de ir de compras, cocinar con tiempo… muchas cosas que no existían en ese momento.

Cuando llegué al umbral me encontré conque se había cortado la luz en todo el barrio. Entré y miré hacia el fondo de la casa. Había una iglesia en la otra cuadra, en diagonal a mi jardín, pero no se veía nada: estaba todo oscuro como boca de lobo. Mientras me quejaba de mi mala suerte, prendí unas velas. Pensé en el calor bochornoso de esa noche, una de las últimas del verano, y decidí que, como no funcionaba el aire acondicinado, sería mejor comer en el balcón que daba al jardín. Puse ahí la mesa, las velas prendidas… y todo cambió. Mi espíritu comenzó a desperezarse con cierta sutileza. Sorprendente.

Levanté la cabeza y vi el cielo, por primera vez en muchos días: la luna era un disco redondo de plata brillante, como los calendarios sagrados de los orfebres indígenas. Cerré los ojos. La salsa- de esas de lata, a la que le había echado unos condimentos distraídamente- se cocinaba a fuego lento y desprendía un olorcito delicioso por toda la casa.

Cuando Rubén llegó, al rato, la escena era otra: no se veían los escombros de todos los días, solamente la mesa iluminada en el balcón, los árboles, la noche estrellada y una luna generosa dando la bienvenida.

No quiero ser cursi pero sé que lo que viene va a sonar así. Es inevitable. Porque la historia no termina ahí, hay un detalle que no puedo obviar y que fue la cereza del postre. Cuando estábamos cenando esa pasta tan simple, que resultó exquisita a pesar de mi mala fe en prepararla, escuchamos unas voces cantando que provenían de la Iglesia: quebrando el silencio, en ondas tan frágiles como el cristal, un grupo de religiosos entonaba un canto que parecía ancestral, velado, misterioso, como es todo aquello que no entendemos por qué ocurre.

Con Rubén nos miramos, sorprendidos, un rato largo. Una noche que no era nada para nadie se había transformado, porque sí, en una de las más románticas que hubiésemos vivido: sin expectativas, sin preparativos, sin andar planificando nada de lo que fue aconteciendo. Fue un obsequio anónimo. Nos regalaron una noche para soltar amarras.

Dios escribe derecho sobre renglones torcidos, mis queridos, de eso estoy segura. La cadencia de la vida conspiró a nuestro favor y nos brindó sin reservas una noche mágica donde antes sólo veíamos piedras y arena.

Son milagros que suceden de vez en cuando y que hay que saborear y agradecer, con mucha humildad. Porque la vida es perfecta así como es.