Coordinator frenó el auto en seco. Recuerdo haber levantado la cabeza y haber visto de frente un revuelto de espanto y de asco en sus ojos.
- Coordinator, decíme por favor que esto es una pesadilla y que no está pasando realmente -supliqué.
- Verito, ¿cuándo comiste todo esto, pordiós? ¿En tu fiesta de quince? Huele horrible.
- Es vómito, Coordinator, qué querés, que huela a rosas?
Duro de Roer, en el ínterin, había salido eyectado del auto. Abrió la puerta de mi lado y miró frente a frente a Toda Esa Asquerosidad Bien Profunda, tratando de calcular rápidamente los daños. Se arremangó la camisa y me ofreció su pañuelo perfectamente planchado para que me limpiara… algo de todo lo que había para limpiar arriba mío. Porque, por supuesto, yo estaba hecha un despojo maloliente.
Y ahí mismo pasó algo extrañísimo. El Trabajólico que no toleraba demoras ni le interesaban los asuntos personales de cada quien y que necesitaba saber urgentemente cómo estaban conformados esos ocho millones, en pocos minutos se transformó -por obra y gracia del vómito infeliz- en un perfectamente identificable ser humano de carne y hueso.
- Tengo un hijo de tres años, así que no creas que no convivo con estas situaciones de vez en cuando.
Con el diario que había comprado a primera hora y algún trapo que encontró en la guantera, Duro de Roer limpió el desastre lo mejor que pudo. Mientras tanto, un atildadísimo Coordinator y una avergonzadísima yo nos quedábamos congelados de estupor. Después, Duro de Roer condujo el auto hasta la próxima estación de servicio, lo hizo lavar rápidamente y volvió a empezar el viaje poniendo música y contando chistes como si fuéramos Thelma y Louise en nuestro viaje al fin del mundo.
Por supuesto que hasta que llegamos a Mar del Plata el olor a vómito nos persiguió y nos alcanzó muchas veces. Los tres asaltamos nuestras habitaciones del hotel antes de ir a la empresa para bañarnos y estar más presentables, pero el aire rancio y nauseabundo se nos quedó pegado a las fosas nasales hasta unas cuantas horas después.
La anécdota se desparramó por la oficina de Buenos Aires como reguero de pólvora y al cabo de unas horas me transformé en una justiciera muy popular dentro del estudio. Había cumplido con la fantasía de más de un Novato, un Sobreviviente y un Coordinator trasnochados: lanzarle un vómito gigante y escandaloso a Duro de Roer.
Pero yo no me sentía orgullosa de mi “hazaña“, porque había comprendido que un individuo que hasta ese momento me inspiraba terror, se podía transformar en un ser humano como cualquier otro si una situación bien personal y ridícula se colaba en el medio. Sobre todo si en esa situación me ofrecía su ayuda. Por eso, desde ese día (y aunque yo ya estuviera trabajando también con otros Managers de estilo “Caudillo Sudamericano“), los gritos espasmódicos que salían de la oficina de Duro de Roer a las nueve de la noche llamando a alguno de nosotros -y sabiendo que ese “alguno” tenía que andar por allí plantificado trabajando a esas horas, sin excusas- ya no me parecieron tan amenazantes. Esa era sólo una característica personal de un jefe obsesivo y un poco cabrón, pero que ya había perdido para mí el aura de ogro intimidante que tanto me había asustado antes.
Tiempo después cambié de trabajo. En uno de esos últimos días en el estudio me llamó a su oficina -con un grito lanzado al aire más bien tarde que temprano, por supuesto-. Como todos mis compañeros a esa hora, Duro de Roer ya estaba fastidiado, a punto de enloquecer de cansancio o de mal humor. En fin, la moneda corriente de casi todas las noches ahí adentro.
- Radio Pasillo dice que te vas. ¿Es cierto eso? ¿Por qué?
Como con lo de los ocho millones, se me exigía una respuesta urgente y concreta (con él era conveniente no usar más de veinte palabras, pero yo siempre me excedía un poco).
- Bueno, ya sabemos que el estudio demanda mucho de su gente. Es genial trabajar acá, pero necesito bajar un poco el ritmo. Me voy a casar en poco tiempo y todavía no encuentro la forma de clonarme para vivir a tiempo completo cada cosa. Me parece mejor cambiar de trabajo ahora y no esperar “el estallido“.
Duro de Roer no entendía nada, me miró como si le hubiera hablado en mandarín.
- ¿Y eso del matrimonio qué tiene que ver? Casáte si tenés ganas, pero no me vengas con que vas a ser una esposa de esas que sueñan con llegar temprano a su casa para tejer bufandas. Nadie acá adentro se va a tragar ese cuento.
- No, no, no, yo no voy a tejer bufandas: conseguí un trabajo en Tal Empresa, en el puesto Equis, así que voy a hacer lo que realmente me gusta. Y además trabajar ahí me va a permitir tener una vida más ordenada y encarar otros proyectos personales. El cambio es muy positivo para mí en este momento.
Duro de Roer se pasó las manos por la cara, para despejar el cansancio o el aburrimiento.
- Pero ahora que sobreviviste a lo peor acá, que podés hacer algo de carrera… renunciar así…
Me miró con pena porque “truncaba demasiado pronto mi proyección en el estudio“, pero yo también sentía lástima por él: intuía que él sacrificaba mucho de su vida personal y familiar trabajando de esa manera. Seguramente le gustaba hacer lo que hacía, le ponía mucha energía a cada proyecto, pero estaba siempre con cara de agotado y representaba más edad de la que tenía. ¿Era esa realmente la vida que yo querría vivir? En ese momento no tenía la respuesta a esa pregunta, pero me parecía que no podría aguantar ese ritmo insostenible para tratar de descubrirla: yo ya sabía que no era tan Dura de Roer.
Se puso de pie y yo también. La conversación llegaba a su fin.
- No me parece una buena decisión -dijo-. Llamáme si cambiás de opinión.
Yo miré estúpidamente el teléfono que estaba sobre su escritorio, como si esperara que sonara inmediatamente. Es que con Duro de Roer todo era más bien inmediato.
- Si te arrepentís y querés volver, dejáme un mensaje en mi interno – me aclaró en tono paciente, como si yo otra vez le pareciera un chico de tres años-. Un trabajo como Equis lo podés conseguir en cualquier momento, ahora te parece la panacea porque estás cansada del estudio, pero después vas a ver que Tal Empresa tampoco es el paraíso. Por otro lado, me parece que te estás organizando demasiado en función del matrimonio. Y te sobra tiempo para hacer esos sacrificios – sonrió-. Y por favor, no hagas enchastres nauseabundos en tu nuevo trabajo: no nos hagas quedar mal.
Nota mental: así son las cosas, si vomitás en el auto ante un Supremo se produce una alteración química en el ida y vuelta que arroja, como devolución final, un análisis agudo de tu exacto grado de desgaste laboral y un franco cuestionamiento a tu modus vivendi personal.
Por causas o azares, Duro de Roer no se equivocó en algunos de sus vaticinios: el nuevo puesto en la nueva empresa también fue muy demandante y no pude “organizarme“ tan rápidamente como yo esperaba, otra vez viajé muchísimo y trabajé de sol a sol. Y sin que esa situación determinara el curso de mi matrimonio, me divorcié tiempo después. Pero nunca me dieron ganas de volver al estudio, así que ni pensé en comunicarme con su interno: él no era un hombre de utilizar los internos, al fin y al cabo. Y además creo que de algunos jefes, increíblemente, sólo sacás lo mejor a fuerza de vómitos espontáneos.