Archive for the 'Historia viva (pero en coma)' Category

Las liquidaciones de fin de temporada y una servidora

competir y no ganarAdoro y aborrezco al mismo tiempo las insufribles liquidaciones de invierno. Las adoro porque en teoría me dan la posibilidad de comprar a precios rebajados algunos artículos que vi desfilar en las vidrieras a precios astronómicos durante junio y julio, pero las detesto porque somos unos cuantos (unas cuantas, para ser exacta) las que evaluamos, con rigor cuasi científico, las gangas puestas frente a nuestras narices como el queso en la trampa del ratón. Entonces el asunto es tan masivo que ves DE TODO expuesto en la feria persa shoppinesca, no solamente los tres pares sueltos de productos varios que quedaron de clavo en cada local.

Y es una trampa porque nuestro instinto de compradoras “de ocasión” a veces nos traiciona provocando situaciones curiosas, o sorprendentes. Por ejemplo, ayer entramos con mi madre a una zapatería (que me encanta) para ver unas botas negras para mí que estaban a muy buen precio en la vidriera. Pero resultó que no estaban disponibles en mi número, mirá vos. Esas cosan pasan, claro.

Lo que no entendemos cómo pasó (”miracolo, miracolo”) fue que en el ínterin, mientras el vendedor chequeaba en el depósito el stock de botas negras sufridas y discretas, mi madre se decidió por otra ganga materlializada en la forma de unos zapatitos azules bien clásicos, y yo, por unas sandalias blancas con tachas bieeen altas de Luciano Marra (sí, esta temporada estival se usarán las plataformas altísimas: se lo escuché a más de un diseñador hace meses y el asunto fue como música para mis oídos). :-D

Así que mientras mi madre me susurraba como un mantra: “yo no sé cómo podés caminar arriba de esos zancos”, sacudiendo la cabeza y calzando sus nuevos zapatitos azules, yo pagaba mis sandalias nuevas con una sonrisa de oreja a oreja, sintiéndome feliz porque el precio final estaba rebajado por ser el último par en su número, género y especie. Como si me hubiese comprado un par de dinosaurios baratísimos, ponele.

Conclusión: la zapatería siguió exhibiendo las botas negras regaladas de número imposible, y nosotras nos llevamos dos divinos pares de zapatos… que no pensábamos comprar.

Ahora sigo en la búsqueda de las botas negras, sufridas y discretas. Espero no encontrarme con ningún par de borceguíes en borravino charolado a precio increíble durante este vía crucis zapatero, porque entonces seguiré acumulando gangas mientras busco el Santo Grial materializado en Cuero Negro.

Qué misterioso es el comportamiento de “Una” frente a las liquidaciones, no me digan que no… ;-)

Vivir para contarla… en una mesa de café

cayéndose a pedazos pero él elegante igualSiempre me quedó pendiente la pregunta, atragantada en algún punto entre el pudor y un sorbo de café: “¿Alguna vez mataste a un hombre?”

Él desgajaba, poco a poco, jirones de recuerdos de su propia vida en los que se mezclaban su familia abandonada de golpe y porrazo, la guerrilla colombiana, los desmovilizados paramilitares, los libros de García Márquez, sus propios textos exquisitos y el exilio pronunciado como una palabra amarga, recién aprendida y con registro aporteñado.

Se movía con el sigilo de una pantera, tenía un andar grácil y silencioso que -intuyo- es la diferencia entre la vida y la muerte si atravesás por el medio una selva repleta de soldadesca amiga y enemiga, pero que en plena calle Corrientes se veía anacrónico y acaso demasiado sospechoso.

(Hay personas que tienen una historia de película, y que sin embargo no quieren explicársela con pelos y señales a cualquiera que ande vistiendo un traje gris. Lo comprendo).

El día en que nos conocimos, en aquélla primera clase de un curso que no viene al caso, él me dijo su nombre completo y al instante me pidió con suma cortesía que no buscara su historia en internet, porque era demasiado terrible y no quería que la relación con sus compañeros se viese afectada por esos recuerdos del pasado (esas palabras usó: “terrible” y “pasado”).

Si yo fuese un hombre, acataría su pedido como todo un caballero (porque seguramente lo hubiera sido). Pero soy una mujer, y ustedes saben tan bien como yo lo difícil que nos resulta a nosotras cumplir ciertas promesas de discreción que nunca hicimos, así que un día, varios meses después de habernos conocido, puse su nombre en un buscador cualquiera y leí su dramática historia de ex combatiente en las peores luchas clandestinas que registra el Caribe.

Y ahora que sé todo eso descubro que no me sirve de nada enterarme de los detalles confusos de fechas y traiciones. Más que nunca, lo único importante de la larga tragedia que atraviesa como un río a un país entero, es cómo vive y sueña y sonríe y anda por ahí cada Juan o José o Equis o Yé que pasó su vida en esas batallas, si la sangre de otro marcó su vida. Porque si así fuese, el sabor de aquellos cafés compartidos sería mucho más amargo y doloroso.

“YO ACUSO” (cuando la culpa no es de uno, sino de todos los demás)

frente a todos

(Dedicado al Maradona que todos llevamos dentro)

UNO: Yo hubiese llegando puntual, justo en horario, lo que pasa es que… ¡no sabés lo que es el tráfico del microcentro a esta hora!
EL OTRO: Pero, ¿vos no te tomaste el subte?
UNO: Sí, claro, pero la calle Florida era un mundo de gente! Tuve que caminar a paso de hombre (?) hasta la estación…

VENDEDORA: ¿Vos sos talle 26? El jean que buscás lo tengo en talle 25, pero probátelo, porque viste que después la tela cede…
UNO, QUE EN ESTE CASO ES EL OTRO:
Sí, ya lo sé. Pero el 26 también se estira, ¿no? Yo soy talle 26… estirado y cedido, incluso. :-D

UNO: Yo soy vegetariana desde toda la vida y por convicción, no es una pose: imaginate lo que es para mí ver cómo matan a todos esos animalitos para comérselos…
EL OTRO: ¡Pero tus zapatos son de cuero!
UNO: Ay bueno, ¿qué querés? Yo soy vegetariana, no hippie…

UNO: Yo SÉ inglés, lo entiendo perfectamente, lo que pasa es que los yankees hablan muy cerrado…
EL OTRO (YANKEE): ¿¿¿¿?????

UNO: Vos sabés que yo tengo mucha paciencia, pero me molesta que por ser TAAAN buena, los “vivos de siempre” me tomen el tiempo.
EL OTRO (EN CUALQUIER IDIOMA): ¿¿¿¿?????

UNO: Yo tengo mucho talento, pero lo mío no es masivo, ¿viste? Y ellos apuntan a algo más comercial…
TODOS LOS OTROS (NOSOTROS): ah, porrrsupuesto, a vos te gustaría que te entiendan… solamente en el segmento ABC1 (?)

UNO: Me SACA de mis casillas cómo es él de cabeza dura, mirá. Debería ir a un curso de meditación, de yoga, de control mental, esas cosas que hago mientras él solamente se dedica a trabajar. Desde que empecé con las terapias alternativas, no sabés la cantidad de cosas que aprendí que a él le podrían servir.
EL OTRO: No contesta, en estos momentos trabaja como un burro… para pagar los cursos de su mujer.

UNO: Tengo clarísimo que podría hacer muchas otras cosas de mi vida, pero mis familia me demanda tanto tiempo, los chicos son tan chicos… imaginate que el menor RECIEN AHORA sacó el registro! No puedo dormir hasta que escucho que estaciona su auto en el garage… y eso sucede a la madrugada, encima!
EL OTRO: está desesperado mirando clasificados para alquilar un monoambiente y dejar la casa de su madre de una vez.

UNO: Obvio que tengo que hacer ejercicio, pero el único gimnasio que tengo a quince cuadras a la redonda cierra muy temprano, como a las diez de la noche…
EL OTRO (ENDEUDADO): En el cuartito está la bicicleta fija, la colchoneta, el escalador y las mancuernas, ¿o ya te olvidaste de todo lo que te vendieron por TeVeCompras el año pasado?

UNO: A mí me tratás bien y te doy hasta lo que no tengo, pero vos viste, él tiene un carácter repodrido.
EL OTRO (en general, experto conocedor del medio limón): Qué raro, porque él conserva a sus amigos de la infancia, se relaciona con toda la parentela e incluso fue elegido “mejor compañero” hasta llegar a la Universidad. Mientras que a vos creo que se te secó el potus que le regaló tu madre, ¿no?

UNO: Pero… yo se lo dije de onda, fue un chiste, no sé por qué se lo tomó tan mal! Es un amargo…
UNO, EL OTRO, EL MISMO: Los chiste xenófobos no le caen bien a nadie, excepto a los del Ku Klux Klan.

UNO: ¡No entiendo por qué no adelgacé ni un gramo! Te juro que hice todo lo que me dijo la nutricionista, no me pasé de la raya ni una vez. Es más, me morí de hambre. Decíme, ¿vas a comerte esas papas fritas?
EL OTRO (DELGADO): Están frías.
UNO: No importa, hoy me pintó el bajón. ¿Dónde está la mayonesa?

UNO: No tengo el informe listo porque recién hoy las sucursales me mandaron los datos.
EL OTRO (EL JEFE): ¿Y vos cuándo se los pediste?
UNO, ÚNÍSIMO UNO: Uf! Hace como… una hora. :-D

Ese asuntito de las lealtades, o bien: “cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”

super chic

¿Qué entendemos por lealtad? ¿Nuestro sentido de la lealtad trasciende la muerte, la pena, el sufrimiento, las dudas sobre “lo que pudo haber sido”?

¿Qué es la fidelidad? ¿Es una manifestación de amor, es una manera de honrar los compromisos asumidos más allá de las circunstancias…?

Va una historia verdadera:

Hachiko es un perro de raza Akita nacido en Japón. Su dueño, un profesor universitario que residía muy cerca de la estación de Shibuya, lo tuvo viviendo consigo desde que era muy cachorrito. Hachiko se había acostumbrado tanto a la vida con su amo que de alguna manera aprendió a detectar en qué horario aproximado volvía el hombre de trabajar, así que todas las tardes se iba solo desde la casa hasta la estación de tren y lo esperaba frente a la multitud que se cruzaba en la recepción entrando y saliendo. Estaba atento, porque sabía perfectamente que antes o después, él aparecería entre los otros pasajeros que dejaba el andén y se irían andando juntos a su casa.

Un día el profesor sufre un paro cardíaco en su trabajo, y muere allí mismo. Evidentemente, ya no regresará nunca más a la estación ni a la vida de Hachiko.

Y Hachiko lo sigue esperando, fiel y constante, apostado en la plazoleta que está al frente de la salida de la estación, su lugar habitual. Es un buen vigía, así que tiene la mirada atenta cuando la gente se arremolina en la salida del andén: sabe que en algún momento su amo aparecerá en medio de todos esos otros pasajeros.

Pero el hombre no aparece. Ni ese día, ni el siguiente, ni el otro que viene después. La familia de su antiguo dueño se lleva al perro de vuelta a la casa en varias ocasiones, pero él se escapa y vuelve a la estación. Y así pasan los años.

Diez años.

Hachiko ya es viejo, y toda la gente que transita por ahí sabe de su historia y de su fidelidad. Los lugareños conocían al profesor y están al tanto de su repentina muerte, pero no pueden convencer al perro para que deje de esperarlo, o bien que abandone su puesto. Así que lo cuidan, lo miman, y hasta recolectan dinero para rendirle un homenaje a esa historia de amor viviente: entre todos contratan a un escultor que confecciona una estatua como testimonio de su presencia en la plazoleta.

Y Hachiko sigue esperando al frente de la estación, porque no importa que su dueño no venga hoy: mañana sí aparecerá.

Y así muere Hachiko, mirando el andén. Porque ni un solo día en esos diez años se olvidó de esperar la vuelta de la persona amada al caer el sol.

Sé lo que me van a decir: Hachiko no entendía lo que era la muerte, el paso del tiempo ni las situaciones irrevocables. Y es cierto. Pero me encantaría que hubiese muchos seres humanos que tuviésemos su sentido de la lealtad, una verdadera fidelidad hacia los afectos, esa disposición hacia el otro que fuese más allá del frío “en función de lo que me diste, yo te doy”. Hachiko nunca hizo ese cálculo, no? Por supuesto, no sabía hacerlo tampoco. Pero lo concreto es que él vivió dos años con el profesor… y lo esperó durante otros diez.

Algunos no saben unas cosas, y otros no saben otras. Y yo no sé con qué quedarme. Soy más clara: hay mucha gente que te empapela la pared con sus diplomas pero que lo miden todo, así que con ellas las relaciones son “hasta ahí”, más superficiales que un corcho que flota. Y no importa todo lo que ostenten: nunca ofrendarán “eso que son” a los demás.

Y sin embargo, andan también por este mundo los “Hachikos”: seres sencillos, nobles y con una capacidad de entrega que provoca asombro. O admiración.

Habrá que saber elegir, aunque nos sobren algunos dedos de la mano en todo este asunto. O nos falten patas.

Un flash que hizo historia

en cada puerto

1945, Times Square, New York. Es el fin de la guerra, y todos festejan el asunto con una felicidad y un alivio como de hinchada mundialista cuando su equipo gana el partido.

Es un nuevo principio. Y la cámara de Alfred Eisenstaedt retrata una celebración única: una enfermera del Hospital de New York y un marino estadounidense se entregan en un beso impulsivo e irredimible, de esos derrochones que no se guardan nada (porqué guardarse algo?). Y la foto da la vuelta al mundo.

Ella es Edith Shain, él es uno de esos ilustres soldados desconocidos que a menudo vemos sepultados por ahí con pena y con gloria; pero esta vez el hombre salió ganando: nada de sepulcros ni honras fúnebres… el marino, vivito y coleando, inmortaliza aquél beso histórico en el más brillante blanco y negro.

Ella murió ayer, a los 91 años.

Y yo adoro (siempre adoré) esta foto.

Amores que matan, amores eternos

Camile y RodinHay amores que matan, porque son autodestructivos y enfermizos, pero también hay que admitir que su intensidad puede justificar una vida. Si uno -o los dos- de sus protagonistas tienen genio y talento, esos amores dejan huellas imborrables por siglos, porque nos regalan obras de arte que son maravillas muy misteriosas, como extraños milagros estáticos que se presentan ahí, delante nuestro, y nos implican por un rato como testigos privilegiados de tanta inspiración.

Camille Claudel y Auguste Rodin vivieron una historia larga, apasionada e intensa que dejó rastros conmovedores que no pueden verse en cualquier novelita típica con los personajes trillados de siempre: el hombre maduro, su alumna joven, bella, brillante… y la esposa del maestro, que cerca el romance con fronteras infranqueables.

En el Musée d’ Orsay se expone una escultura que cuenta toda la historia, una sola imagen plasmada por Camille para mostrarle toda su verdad al mundo con esa genialidad que sólo unos pocos tienen para expresarse. Se llama “La edad madura” y puede verla cualquiera que quiera entender cómo una historia de amor puede llevar a una artista a la cima de su talento -que además es mucho- y a la locura sin escalas, también.

Camile ClaudelCamille es la joven suplicante de rodillas, que ve cómo su amor (un hombre maduro, el propio Rodin) se aleja guiado por un personaje que se parece a un ángel de cara siniestra: es Rose, la esposa del hombre, o podría ser la vejez también, no importa cómo ustedes quieran considerar la cosa: a Camille le da lo mismo, porque las define como equivalentes.

Camille y Rodin se separaron muchas veces, y muchas veces retomaron su historia allí donde la habían terminado. Como sucede tan repetidamente en estos casos, un día él la abandona para siempre.

Camille continúa su vida sola, encerrada durante décadas en un manicomio, y debido a esos escándalos de artista genial pero de conducta incomprensible, su familia le da la espalda y, a su muerte, es sepultada en una fosa sin nombre ni reconocimiento, dentro de la misma institución mental donde viviese aislada tanto tiempo.

La más explosiva de las amantes de la ciudad más extravagante que pueda concebirse, es censurada por toda una sociedad que no puede con ella.

Pero el mundo siempre vuelve su mirada al amor elevado por el talento, o al talento elevado por el amor, vaya uno a saber, porque nunca entenderemos cabalmente cuál de las dos cosas lleva a la otra. Lo cierto es que hoy, en el Musée Rodin, uno puede ver las obras que trabajaron juntos, aquellas que Camille inspiró en Rodin -como su musa-, y las que ella supo crear para contar su propia historia.

Porque hay amores que matan, pero la entrega de los protagonistas mientras viven tales amores puede ser de una belleza inadmisible.

Y un día llovió café (pero antes hubo que moler tantos granos!)

extravagancia Hay cambios fundamentales en la vida, y cuando suceden finalmente… ¡son tan bienvenidos! Pero cuestan un ovario y la mitad del otro que anden aconteciendo por ahí, déjenme que les cuente, de paso.

Ayer llamé a una amiga mía que hace mucho tiempo que no veo, pero con la que sigo en contacto (internet mediante): me habían ofrecido un trabajo de consultoría que pinta interesante, pero que por problemas de horarios no puedo tomar yo, así que la recomendé a ella para que tomara mi lugar. Lindo proyecto, part time, buena gente, proyección a futuro, honorarios a conversar. Bien, no?

Mi amiga entró en pánico por un rato: hace años que no trabaja en esto -lo suyo, lo mío, lo nuestro-: por esas cosas de la vida, trabajamos juntas hace como quince años en un Mega Proyecto de una de las antiguas Big Six. Después ella se casó y se fue a vivir a Brasil con el gerente del Mega Proyecto – bueno, sí, esas cosas también pasan en las consultoras, no? ;-) – y hace pocos años volvió al país siendo muy madre y esposa.

Y ahora yo que la llamo y le hablo de volver “a lo nuestro”. Y su sorpresa, su alegría, la inseguridad y esa sensación que me transmite de “¿estaré lista para volver al ruedo?” me recuerda mis nuevos comienzos en la profesión luego de tener a Mile.

La maternidad es un camino de ida. Yo ya había recorrido tantas autopistas laborales antes de llegar a ella que no me dio pena alguna renunciar a esa profusamente recorrida Guía Filcar, Quatro Rodas y tantas otras para volverme puertas adentro y caminar despacio y en familia al interior de este sendero profundo.

Y un día, cuando Mile ya tenía año y medio o casi dos, Alguien Generoso me llamó (como yo llamé ayer a mi Amiga Corazón Verde Amarelo) y me ofreció trabajar en un proyecto part time, tal como el que ahora yo le cuento a ella, exactamente en las mismas condiciones.

Y recuerdo mis dudas, las ganas de volver al ruedo y ganar mi dinero -siempre tan necesario- de nuevo, ser útil en los viejos órdenes de la vida que yo había conocido, y mezclada con todo eso, también, la inseguridad carcomiéndome las entrañas (¿podré volver así, sin más ni más? ¿sabré hacer mi trabajo de siempre? y yendo más allá, porque la inseguridad no conoce fronteras: ¿habrá cambiado mucho el Mundo de los Altos Edificios de la Ciudad desde que yo presioné aquél día el botón del ascensor que decía “Planta Baja” para no volver a subir a Ellos en todos estos años?)

Y así, las dudas prosiguieron durante días y días, mientras tenía entrevistas, nuevas reuniones de trabajo, gente muy paciente o incosciente de mis nervios pululando alrededor mío, nuevos ascensores abriéndose de par en par, ansiosas máquinas de café, prisas salvajes, subtes y trenes frenéticos, celulares insistentes, abrazos emocionados de Mile cuando yo llegaba a casa después de lo que parecía un siglo sin estar con ella, rendida pero feliz.

Recordé también la valentía que empezás a sentir cuando ves que podés cambiar las cosas y sacudirte la comodidad aparente. Aunque provoque alguna que otra crisis, un improvisado desorden, una noche de cena imprevista a puro delivery de empanadas o algún taxi tomado a las apuradas para llegar a casa descontándole minutos a reuniones demoradas que se hacen eternas.

Me remonté a esos instantes de miradas desesperadas dentro del placard, redescubriendo todo mi vestuario con ojos nuevos, descartando de un manotazo los jeans -todos con alguna manchita insalvable- y las T shirts de los últimos dos años y buscando las antiguas camisas de corte más formal, rescatando polleras de vestir prehistóricas (¿quién había sido esa persona que habitaba en mí y que se las subía por las piernas automáticamente a primera hora de la mañana, casi sin reparar en ellas, hacía varios años, mientras tomaba un café a las apuradas?), botas altas compradas en tramposas liquidaciones de otras vidas, carteras elegantes que nunca había usado y todo lo otro que andaba depositado en los últimos cajones, las perchas del fondo o en lo más recóndito de mi forma de ser.

Sentirme la misma de siempre y sin embargo distinta a cada rato, rescatando palabras del pasado (¿vocabulario técnico?), releyendo informes de contenido académico para darme cuenta de que nada había cambiado demasiado, y que yo ya había crecido emocionalmente también y podía capear los mismos temporales con más soltura.

De pronto, un mes después de haber empezado todo aquél viaje al interior de mí misma -viaje más profundo y más riesgoso que tantos que recorrí con anterioridad en el mundo medible en kilómetros o yardas, porque este nuevo se contaba en años y mañanas postergadas- me sentí rescatada, hablando varios idiomas a la vez (era madre, esposa y era profesional en ejercicio, de nuevo): cierta madurez me había hecho entender que todo era más manejable de lo que parecía ese primer día de la primer llamada de Alguien Generoso ofreciéndome un trabajo.

Y entonces, una de las mayores alegrías de mi nueva y extenuente vida: como recompensa a semejante esfuerzo, recibí mi primer cheque.

Y eso es lo que le quiero contar en este post a Corazón Verde Amarelo: que se puede volver de cualquier lugar, siempre se puede. Lo que no puede hacerse es obviar lo pedregoso que parecen ser los primeros momentos del viaje. Siempre, sea hoy o mañana o dentro de cinco años, con esta llamada o cualquier otra, surgirán los mismos y conocidos temores. Temores que -también hay que admitirlo- nos hacen sentir vivos de una manera distinta. Ese instante de vértigo y pánico feliz no se puede evitar. Habrá que trascenderlo y encontrarnos, sanos y salvos, del otro lado de las emociones de ese primer tramo tan oscuro. Saltar el charco y buscarnos en la Nueva Tierra, para fundirnos en un abrazo. Reencontrarnos en las miradas sorprendidas y despiertas que nos provocan los cambios que pintan para bien, porque son miradas de personas que buscamos crecer y estar completas, lo hayamos conseguido o no, no importa, pero que lo intentamos y nos sentimos vivas en cada intento.

“Harto ya de estar harto de las fronteras” (Sabina dixit)

redes urbanas “Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.” Pero esta vez no me refiero a ningún verbo bíblico, sino a uno más actual: googlear.

Antes de Google (pero después de Cristo), las fronteras estre los países entrañaban idiosincrasias precisas en la forma de pensar, de actuar, de concebir al mundo. Unos años previos a que el uso de internet fuera más masivo que el pancho con Coca Cola, recuerdo que en una cena de trabajo entre gente de diferentes países un jefe mío tiró este comentario: los que estábamos allí sentados teníamos más en común entre nosotros, que con otros compatriotas de distinto estrato social o forma de vida.

Yo era muy joven, pero todavía recuerdo el rechazo inmediato que me produjo esa idea, porque entonces, ¿qué pasa con la patria de uno, los lugares de la infancia, el lunfardo / slang / la jerga de cada barrio y cada día? ¿No vale de nada tener todo eso en común? ¿No soy yo más compatible con un productor de soja del interior del país -que habla mi mismo idioma y canta mi mismo himno- que con un tipo que trabaja en una oficina de la misma consultora en Los Ángeles, Lisboa o Pretoria? Como mínimo, todo el asunto me parecía polémico.

Durante todos estos años, sin embargo, muchas cosas han cambiado. Viajar por el mundo ya no es una peregrinación que dura un año sabático, sino una experiencia más frecuente y accesible, casi al menudeo. Y si no viajás físicamente, podés viajar en forma virtual: hoy tenés amigos que se mueven por el mapa constantemente, que hoy viven acá y en dos años andan por allá, y con los que estás en contacto por Facebook, messenger o mail. Cuando tenés ganas y algo de tiempo, podés conocer detalles de su tierra, sus experiencias y su forma de ver la vida a un solo click de una webcam. Y así los individuos de un lado y del otro se conocen, comprenden, se mezclan y se aceptan.

Las fronteras se acortan, andan difusas y hay que ponerlas bajo la lupa para ver bien qué quieren decir exactamente.

Un ejemplo: de los años mi infancia tengo registro de tantas escaramuzas entre Argentina y Chile, de amenazas veladas y no veladas de irnos a las manos como si fuera una riña de guapos de arrabal. Hoy las fronteras van perdiendo altura y si uno cogotea ve perfectamente la costa del Pacífico: quién no tiene alguien conocido viviendo allá, otro que vive de este lado del muro y algunos que van y vienen y tienen hijos en un lugar y en otro. Las fronteras siguen estando fijas ahí, pero ahora aprendemos a ver del otro lado y a comprender que hay más de inconcebible en peleas entre países que en discusiones entre vecinos medianera por medio.

Entonces hoy surge un terremoto detrás de la pared del fondo y nos impacta a todos. El mundo es más pequeño de lo que pretendíamos creer: la tecnología lo contrajo, y por eso estamos más juntos o arracimados o conscientes de que hay otros -otros como nosotros- de aquél lado del mapa. Otros que comparten las mismas emociones, usan nuestras mismas palabras u otras equivalentes en cualquier idioma, conozcan o no nuestro lunfardo / slang / la jerga de cada barrio, pero saben lo que se siente al vivir en una ciudad y salir a trabajar todos los días, o tener hijos que desafían nuestras estructuras más temprano que tarde, o tantas cosas en las que somos todos iguales. (¿Alguno de ustedes vio ese programa “Seis mil millones de otros” que se transmite cada tanto por canal Encuentro?).

Las ciudades comienzan a tener una estética similar: los mismos arquitectos viajan de un lugar para el otro, los edificios nuevos de Puerto Madero y los de La Défense en París se parecen bastante, es fácil darse cuenta. El Taj Mahal es único, pero desde Google a esta parte, muchas ciudades comienzan a integrarse en una forma común más allá de su historia o sus peculiaridades. ¿Es mejor que cada lugar permanezca fiel al pasado que le dio origen, o es mejor que se suba a la marea cosmopolita del presente? No tengo ni la más remota idea, pero sé que hoy tenemos acceso a compartir nuestra vida con gente que está en cualquier lugar del mundo como si estuviera frente a nosotros, y podemos tratar de entendernos a pesar de las distancias geográficas, históricas y quién sabe cuántas más, porque hoy las barreras son más bien tecnológicas que de concreto.

Día a día, las fronteras tienen que ir perdiendo su entidad y su razón de ser. Hoy tenemos Mercosures, Uniones Europeas, lugares trasnacionales donde presentar pasaportes, pero cada vez esos trámites son más equívocos y cuestionables, no creen?

Errare humanum est (parte 2 de 2)

en otraCoordinator frenó el auto en seco. Recuerdo haber levantado la cabeza y haber visto de frente un revuelto de espanto y de asco en sus ojos.

- Coordinator, decíme por favor que esto es una pesadilla y que no está pasando realmente -supliqué.

- Verito, ¿cuándo comiste todo esto, pordiós? ¿En tu fiesta de quince? Huele horrible.

- Es vómito, Coordinator, qué querés, que huela a rosas?

Duro de Roer, en el ínterin, había salido eyectado del auto. Abrió la puerta de mi lado y miró frente a frente a Toda Esa Asquerosidad Bien Profunda, tratando de calcular rápidamente los daños. Se arremangó la camisa y me ofreció su pañuelo perfectamente planchado para que me limpiara… algo de todo lo que había para limpiar arriba mío. Porque, por supuesto, yo estaba hecha un despojo maloliente.

Y ahí mismo pasó algo extrañísimo. El Trabajólico que no toleraba demoras ni le interesaban los asuntos personales de cada quien y que necesitaba saber urgentemente cómo estaban conformados esos ocho millones, en pocos minutos se transformó -por obra y gracia del vómito infeliz- en un perfectamente identificable ser humano de carne y hueso.

- Tengo un hijo de tres años, así que no creas que no convivo con estas situaciones de vez en cuando.

Con el diario que había comprado a primera hora y algún trapo que encontró en la guantera, Duro de Roer limpió el desastre lo mejor que pudo. Mientras tanto, un atildadísimo Coordinator y una avergonzadísima yo nos quedábamos congelados de estupor. Después, Duro de Roer condujo el auto hasta la próxima estación de servicio, lo hizo lavar rápidamente y volvió a empezar el viaje poniendo música y contando chistes como si fuéramos Thelma y Louise en nuestro viaje al fin del mundo.

Por supuesto que hasta que llegamos a Mar del Plata el olor a vómito nos persiguió y nos alcanzó muchas veces. Los tres asaltamos nuestras habitaciones del hotel antes de ir a la empresa para bañarnos y estar más presentables, pero el aire rancio y nauseabundo se nos quedó pegado a las fosas nasales hasta unas cuantas horas después.

La anécdota se desparramó por la oficina de Buenos Aires como reguero de pólvora y al cabo de unas horas me transformé en una justiciera muy popular dentro del estudio. Había cumplido con la fantasía de más de un Novato, un Sobreviviente y un Coordinator trasnochados: lanzarle un vómito gigante y escandaloso a Duro de Roer.

Pero yo no me sentía orgullosa de mi “hazaña“, porque había comprendido que un individuo que hasta ese momento me inspiraba terror, se podía transformar en un ser humano como cualquier otro si una situación bien personal y ridícula se colaba en el medio. Sobre todo si en esa situación me ofrecía su ayuda. Por eso, desde ese día (y aunque yo ya estuviera trabajando también con otros Managers de estilo “Caudillo Sudamericano“), los gritos espasmódicos que salían de la oficina de Duro de Roer a las nueve de la noche llamando a alguno de nosotros -y sabiendo que ese “alguno” tenía que andar por allí plantificado trabajando a esas horas, sin excusas- ya no me parecieron tan amenazantes. Esa era sólo una característica personal de un jefe obsesivo y un poco cabrón, pero que ya había perdido para mí el aura de ogro intimidante que tanto me había asustado antes.

Tiempo después cambié de trabajo. En uno de esos últimos días en el estudio me llamó a su oficina -con un grito lanzado al aire más bien tarde que temprano, por supuesto-. Como todos mis compañeros a esa hora, Duro de Roer ya estaba fastidiado, a punto de enloquecer de cansancio o de mal humor. En fin, la moneda corriente de casi todas las noches ahí adentro.

- Radio Pasillo dice que te vas. ¿Es cierto eso? ¿Por qué?

Como con lo de los ocho millones, se me exigía una respuesta urgente y concreta (con él era conveniente no usar más de veinte palabras, pero yo siempre me excedía un poco).

- Bueno, ya sabemos que el estudio demanda mucho de su gente. Es genial trabajar acá, pero necesito bajar un poco el ritmo. Me voy a casar en poco tiempo y todavía no encuentro la forma de clonarme para vivir a tiempo completo cada cosa. Me parece mejor cambiar de trabajo ahora y no esperar “el estallido“.

Duro de Roer no entendía nada, me miró como si le hubiera hablado en mandarín.

- ¿Y eso del matrimonio qué tiene que ver? Casáte si tenés ganas, pero no me vengas con que vas a ser una esposa de esas que sueñan con llegar temprano a su casa para tejer bufandas. Nadie acá adentro se va a tragar ese cuento.

- No, no, no, yo no voy a tejer bufandas: conseguí un trabajo en Tal Empresa, en el puesto Equis, así que voy a hacer lo que realmente me gusta. Y además trabajar ahí me va a permitir tener una vida más ordenada y encarar otros proyectos personales. El cambio es muy positivo para mí en este momento.

Duro de Roer se pasó las manos por la cara, para despejar el cansancio o el aburrimiento.

- Pero ahora que sobreviviste a lo peor acá, que podés hacer algo de carrera… renunciar así…

Me miró con pena porque “truncaba demasiado pronto mi proyección en el estudio“, pero yo también sentía lástima por él: intuía que él sacrificaba mucho de su vida personal y familiar trabajando de esa manera. Seguramente le gustaba hacer lo que hacía, le ponía mucha energía a cada proyecto, pero estaba siempre con cara de agotado y representaba más edad de la que tenía. ¿Era esa realmente la vida que yo querría vivir? En ese momento no tenía la respuesta a esa pregunta, pero me parecía que no podría aguantar ese ritmo insostenible para tratar de descubrirla: yo ya sabía que no era tan Dura de Roer.

Se puso de pie y yo también. La conversación llegaba a su fin.

- No me parece una buena decisión -dijo-. Llamáme si cambiás de opinión.

Yo miré estúpidamente el teléfono que estaba sobre su escritorio, como si esperara que sonara inmediatamente. Es que con Duro de Roer todo era más bien inmediato.

- Si te arrepentís y querés volver, dejáme un mensaje en mi interno – me aclaró en tono paciente, como si yo otra vez le pareciera un chico de tres años-. Un trabajo como Equis lo podés conseguir en cualquier momento, ahora te parece la panacea porque estás cansada del estudio, pero después vas a ver que Tal Empresa tampoco es el paraíso. Por otro lado, me parece que te estás organizando demasiado en función del matrimonio. Y te sobra tiempo para hacer esos sacrificios – sonrió-. Y por favor, no hagas enchastres nauseabundos en tu nuevo trabajo: no nos hagas quedar mal.

Nota mental: así son las cosas, si vomitás en el auto ante un Supremo se produce una alteración química en el ida y vuelta que arroja, como devolución final, un análisis agudo de tu exacto grado de desgaste laboral y un franco cuestionamiento a tu modus vivendi personal.

Por causas o azares, Duro de Roer no se equivocó en algunos de sus vaticinios: el nuevo puesto en la nueva empresa también fue muy demandante y no pude “organizarme“ tan rápidamente como yo esperaba, otra vez viajé muchísimo y trabajé de sol a sol. Y sin que esa situación determinara el curso de mi matrimonio, me divorcié tiempo después. Pero nunca me dieron ganas de volver al estudio, así que ni pensé en comunicarme con su interno: él no era un hombre de utilizar los internos, al fin y al cabo. Y además creo que de algunos jefes, increíblemente, sólo sacás lo mejor a fuerza de vómitos espontáneos.

Errare humanum est (parte 1 de 2)

fail¿Saben ustedes lo que fueron en la década de los noventa “Las Big Six”? Así eran llamadas por esa época las seis consultoras internacionales de auditoría más importantes del mercado. Eran firmas muy reconocidas y era muy común que los recién recibidos de carreras afines (ciencias económicas, ingeniería y demases) aspirásemos a trabajar en alguna de ellas para sentirnos pichones de Donald Trump por un rato. Es que ingresar a esas compañías era algo difícil, y yo creo que en parte fue esa la razón por la que me resultó muy tentadora la propuesta de entrar a una de las más grandes de las seis. Solamente para demostrarme a mí misma que podía hacerlo: “¿Por qué no?”. Con veintipocos años, si querés ver qué hay dentro de un agujero negro, metés la cabeza en ese pozo oscuro y sacás tus conclusiones de la experiencia sin hacerte demasiado rollo. Y eso fue lo que hice: meterme hasta el cuello en ese enjambre de aprendices de ejecutivos para ver qué había por allí. Por pura curiosidad. Y mi curiosidad y yo permanecimos allí instaladas casi dos largos años.

Así que con el título flamante -chorreaba tinta fresca-, me postulé y fui aceptada. Y entré a formar parte de un ejército bien organizado de consultores administrados con una estructura jerárquica envidiada por cualquier hormiguero respetable: había Novatos de Ojos Grandes, Viejos Sobrevivientes Sin Actitud de Winners, Coordinators Que Querían Mostrarse Muy Estresados, Managers Muy Trabajólicos y Socios En La Cima. Toda una pirámide de elegidos, subiendo una escalera que iba desde los puestos bien masificados a los híper exclusivos.

Yo, como Novata de Ojos Grandes, me asombraba de todo, aprendía muchísimo y dejaba que durante más de doce horas diarias estrujaran mis neuronas, mi sangre, plasma y todo lo demás que pudiera dejar ahí adentro. Viajaba de acá para allá como bola sin manija haciendo auditorías en distintos puntos del mapa, y si bien el sueldo no era muy bueno, no tenía muchas ocasiones de gastarlo (porque cuando salía del trabajo estaban todos los negocios cerrados, y el fin de semana me la pasaba yendo o volviendo de algún lado para ver a mi familia), así que ahorré como nunca lo hice ni antes ni después de trabajar en el Hormiguero.

Allí dentro, si tenías suerte, comenzabas a formar parte de algún equipo de trabajo estable y por ende, de muchas de las auditorías de ese equipo. Así dejabas de estar disponible para cualquier proyecto “muerto” que te tuviera un año o más sin aprender nada, solamente haciendo número en un freezer oscuro y aislado del resto del mundo. Yo había ido a parar alguna vez al grupo de esclavos de Coordinator (manejaba muchas empresas grandes y le dedicaba muchísimas horas al día al trabajo). Coordinator respondía a las órdenes de varios Managers, entre ellos, un Hueso Trabajólico muy Duro de Roer, y al que muchos le escapaban por la cantidad de horas extras que exigía de sus subordinados, los gritos que pegaba para llamar a uno u otro -no se le pasaba por la cabeza llamar a alguien por un interno- y su estilo de trabajo quizá poco empático -sobre todo, comparado con otro tipo de líderes del estudio que tenían una onda más a lo “caudillo sudamericano“. En conclusión, Duro de Roer aparecía realmente un hombre bastante temible, digamos que no era “Novatos Friendly”.

Un día el estudio alquiló un auto para que fuésemos rumbo a Mar del Plata a hacer una auditoría los tres (Duro de Roer iba por apenas 24 horas para asistir a un par de reuniones, Coordinator y yo íbamos a trabajar por un tiempo más largo) porque el aeropuerto ese día estaba cerrado por refacciones (había que remozarlo para los Juegos Panamericanos) y nosotros no podíamos postergar el inicio del trabajo simplemente por no poder viajar en avión. Así eran las cosas en el Hormiguero.

Eran las seis de la mañana del “Día D” y ya estábamos los tres en viaje: Coordinator manejando en silencio, Duro de Roer analizando frenéticamente varios balances a su lado, yo en el asiento de atrás, contestando su metralla de preguntas mientras me bamboleaba con el movimiento del auto.

Tengo un secreto que debo confesarles a ustedes como en ese momento lo hice con Coordinator y Duro de Roer: si leo en un auto en movimiento, siento instantáneamente mareos y náuseas. No lo puedo controlar, y menos a las seis de la mañana, sin haber desayunado -no había hecho a tiempo, me había tomado apenas un café negro como el petróleo a la carrera: nuestro apuro por salir era muy grande- y con la metralla cuestionadora de Duro de Roer funcionando a toda máquina.

Le recordé a Duro de Roer que me estaba sintiendo algo mareada. “Sí, sí” -contestó él, sin darle importancia- “sólo una cosa más: fijate acá, estos ocho millones – me puso un papel lleno de cifras delante de los ojos- recordás cómo llegaste a ese número, y cómo se descompone?”

La única descompuesta que se me vino a la mente llevaba mi nombre y apellido. Automáticamente lancé sobre el asiento trasero del auto y sobre mí misma el vómito más abundante, sorpresivo e infeliz de toda mi vida.

(y esta historia continuará).