… considerando que todavía hay tiempo:
- Casarme con Cucurullo en Las Vegas (para la bendición católica estamos tarde, y nuestro paso por el registro igualitario & civil les cuento que fue genial, pero no tuvo el toque “divine” que le adjudican las parejas gays al “trámite en sí mismo” por el hecho de que ahora pueden casarse graciadió. O graciaotros, a ellos lo mismo les da y lo bien que hacen). Recapitulando, porque nos fuimos por las ramas: que nos case Elvis es una asignatura pendiente, claro que sí.
- Festejar Media Navidad o Medio Año Nuevo o Medio Año Viejo a Reestrenar, en pleno invierno porteño, cuando tiene más sentido reunirnos entre todos los seres queridos a comer pan dulce sin corridas, sin presiones ni compromisos de cabotaje al peor estilo: “¿Le avisaste a tu madre que Nochebuena lo pasamos en lo de mi tía Gladys, no?”.
- Ir a una capilla chiquita, arrodillarme acá o allá (no importa dónde), cerrar los ojos… y no pedir nada. Como si fuese lo más simple del mundo entregarme, dejarme estar y ser feliz así frente al Otro, que es Uno También. Apagar el Medidor de Inventarios (¿dónde está la tecla, en el cielo o en el infierno?) y no andar reclamando la letra chica del contrato ni para mí ni para nadie, por consideración y respeto a la inteligencia que todos tenemos para apreciar y agradecer cada día lo que nos fue dado, sabedores como somos de que no hay que esperar a conseguir lo que no tenemos para ser felices.
Qué bueno sería lograr esto, qué enterada estaría entonces de lo buena que es la vida sin exigencias de chico consentido, qué intensa satisfacción, qué respiración profunda en ese mientras tanto, esa pausa que es un “siempre ahora” que se instala en este instante… qué carcajada con gran estilo podría largar ahí, en ese momento, cómo apreciaría y valoraría cada insignificancia que ocurra: Elvis en el CD o en un altar, Un Día de Año Nuevo en Pleno Julio Que es Como Cualquier Otro Día que Disfruto Alegremente con los Seres Queridos.
Menos ceremonia, más fiesta, cualquier día del año. Aprenderme eso de una forma bien profunda, internalizarlo como la tabla del dos, llevarlo a cabo y paladearlo con intensidad, como un chocolate de los buenos: una asignatura pendiente. It’s now or never.
Estoy tan convencida de lo que voy a decir que hasta pongo las manos en el fuego: hay más gente que se pelea con su pareja (o su medio limón o lo que fuere), para poder reconciliarse un rato después, que la que discute por razones fundadas y fundantes. Se trata de personas que aman sentirse como Heathcliff y Catherine por un rato, y reescribir “Cumbres borrascosas” aunque sea en su versión más vulgar (es decir, en una servilleta de papel y a las apuradas).
Es por eso que, a modo de ofrenda, quiero dedicarles a todas aquellas almas trágicas que ya sienten que están demasiado maduras para enfundarse (o desenfundarse) con tanta frecuencia en un conjuntito atrevido de Victoria’s Secret a fin de ganar la batalla (pero no la guerra), ofrendarles, decía, entregarles con el corazón abierto & generoso esta receta de Isabel Allende. Se trata de una genial -lo digo por experiencia, porque la he preparado un par de veces- “sopa de la reconciliación” (así bautizada por la autora) que es, básicamente, una sopa de hongos que combina muy bien con pan, queso y sendas copas de malbec. Y esto es para que aprendamos a no ser tan jodidamente inmaduros a la hora de pelearnos con el prójimo, dicho sea de paso… sobre todo para los que no les gusta cocinar, sospecho que preparar la bendita sopa les servirá de escarmiento.
La película “El diario de Bridget Jones” empieza cuando su protagonista, la ridícula y querible Bridget, cae en la cuenta de que su vida es un desastre y determina así, de sopetón, que ese año va a darla vuelta completamente. Entonces se compra un diario personal y ahí nomás comienza a anotar sus propósitos para el nuevo año “a estrenar”: bajar de peso (veinte libras), poner la ropa interior en el cesto de la ropa sucia cuando se la cambia (su casa está todas patas para arriba y su ropa tirada por todas partes), encontrar un novio divino y sensible para salir, no continuar con esa atracción romántica por (describe a continuación, minuciosamente): alcohólicos, trabajólicos, fóbicos al compromiso, pervertidos… y sobre todo, terminar con su obsesión por un hombre en especial que reúne todas esas características y otras igualmente horribles: SU JEFE.
… dicen las viejas. Y como evidentemente no me vuelvo más joven con los años, estoy empezando a creer que tienen razón.
Hay una antigua bendición irlandesa que dice así: “Que el día sea hermoso para tí; que el camino al infierno verdee por falta de viajeros; que mueras a los noventa y cinco años en la cama con tu amante, por el disparo de un cónyuge celoso.”
Qué terrible es arrancar de nuevo un lunes después de unos días de descanso. Me pregunto por qué no podremos compartir unos días más así, como éstos que pasamos, en familia, todos juntos, tranquilos acá en casa.
Tenemos una idea genial, un día con una energía exuberante o alguien que nos motiva a emprender una nueva tarea. Y encaramos eso nuevo que nos pasa con mucho entusiasmo: las ganas de concretar nuestro proyecto nos vuelve prácticos y resolutivos, simplificamos lo que parece complejo, proponemos nuevas formas de llegar al objetivo, abrazamos la pequeña semilla y después el primer brote y asumimos que con nuestros dos brazos podremos rodearlo todo cuando se expanda como el big bang y sea así de grande, y un poco más también.
Me saco el sombrero por esas mujeres que transmiten la sensación de estar a sus anchas en cualquier lado, ya sea sentadas en la primera fila de un desfile de modas o a bordo de un reactor nuclear. No sé cómo hacen para tener esa actitud -tan serena- de absoluta seguridad en sí mismas en toda situación, como si les sobrara el tiempo y concentraran la energía en algún punto invisible como de tesoro escondido. Es gente que irradia calma (sí, es un concepto cual marca de café descafeinado, pero no me digan que un poco de “Kalma” no le hace bien al organismo de vez en cuando).
Mi amigo Rodri a menudo me repetía esta máxima muy curiosa extraída seguramente de algún Arcano Gay plagado de conocimientos sobre el Eterno Femenino: “la suerte de la fea / la bonita la desea.”

