Archive for the 'Sección Autoayuda: Socorrooo!' Category

Asignaturas pendientes que pretendo aprobar, aunque sea raspando

no lo sé

… considerando que todavía hay tiempo:

- Casarme con Cucurullo en Las Vegas (para la bendición católica estamos tarde, y nuestro paso por el registro igualitario & civil les cuento que fue genial, pero no tuvo el toque “divine” que le adjudican las parejas gays al “trámite en sí mismo” por el hecho de que ahora pueden casarse graciadió. O graciaotros, a ellos lo mismo les da y lo bien que hacen). Recapitulando, porque nos fuimos por las ramas: que nos case Elvis es una asignatura pendiente, claro que sí.

- Festejar Media Navidad o Medio Año Nuevo o Medio Año Viejo a Reestrenar, en pleno invierno porteño, cuando tiene más sentido reunirnos entre todos los seres queridos a comer pan dulce sin corridas, sin presiones ni compromisos de cabotaje al peor estilo: “¿Le avisaste a tu madre que Nochebuena lo pasamos en lo de mi tía Gladys, no?”.

- Ir a una capilla chiquita, arrodillarme acá o allá (no importa dónde), cerrar los ojos… y no pedir nada. Como si fuese lo más simple del mundo entregarme, dejarme estar y ser feliz así frente al Otro, que es Uno También. Apagar el Medidor de Inventarios (¿dónde está la tecla, en el cielo o en el infierno?) y no andar reclamando la letra chica del contrato ni para mí ni para nadie, por consideración y respeto a la inteligencia que todos tenemos para apreciar y agradecer cada día lo que nos fue dado, sabedores como somos de que no hay que esperar a conseguir lo que no tenemos para ser felices.

Qué bueno sería lograr esto, qué enterada estaría entonces de lo buena que es la vida sin exigencias de chico consentido, qué intensa satisfacción, qué respiración profunda en ese mientras tanto, esa pausa que es un “siempre ahora” que se instala en este instante… qué carcajada con gran estilo podría largar ahí, en ese momento, cómo apreciaría y valoraría cada insignificancia que ocurra: Elvis en el CD o en un altar, Un Día de Año Nuevo en Pleno Julio Que es Como Cualquier Otro Día que Disfruto Alegremente con los Seres Queridos.

Menos ceremonia, más fiesta, cualquier día del año. Aprenderme eso de una forma bien profunda, internalizarlo como la tabla del dos, llevarlo a cabo y paladearlo con intensidad, como un chocolate de los buenos: una asignatura pendiente. It’s now or never.

Post de emergencia para reconciliaciones intempestivas

reírnosEstoy tan convencida de lo que voy a decir que hasta pongo las manos en el fuego: hay más gente que se pelea con su pareja (o su medio limón o lo que fuere), para poder reconciliarse un rato después, que la que discute por razones fundadas y fundantes. Se trata de personas que aman sentirse como Heathcliff y Catherine por un rato, y reescribir “Cumbres borrascosas” aunque sea en su versión más vulgar (es decir, en una servilleta de papel y a las apuradas).

Estos eternos amantes del amor (en su versión amor / odio, bien bipolar), se distinguen del resto de los mortales de acá a la China: la clave es que por lógico efecto rebote de sus romances de telenovela, también se pelean y discuten pasionalmente con todo el mundo, así se traten de sus amigas del alma, jefes, encargados del edificio, cirujanos plásticos, concuñados o mascotas del sexo opuesto. En todos los casos, terminan sus grandes dramas platónicos (o no) girando su cuerpo en ciento ochenta grados, con gran movimiento de bucles y faldas, mientras declaman “mañana será otro día” como si fuesen Scarlet en “Lo que el viento se llevó”.

Yo no voy a renegar de mi pasado de Chica Amodóvar. Y a lo mejor somos unos cuantos los que interpretamos “para el Oscar” a algún personaje de Jane Austen, no es necesario afirmarlo o negarlo acá. Pero bueno, gente, cuando a la Mujer Bonita le salen las primeras canas, es hora de cambiar de papel por otro menos adolescente, y dejar las discusiones para las verdaderas ocasiones en las que haya algo que discutir.

ellos dosEs por eso que, a modo de ofrenda, quiero dedicarles a todas aquellas almas trágicas que ya sienten que están demasiado maduras para enfundarse (o desenfundarse) con tanta frecuencia en un conjuntito atrevido de Victoria’s Secret a fin de ganar la batalla (pero no la guerra), ofrendarles, decía, entregarles con el corazón abierto & generoso esta receta de Isabel Allende. Se trata de una genial -lo digo por experiencia, porque la he preparado un par de veces- “sopa de la reconciliación” (así bautizada por la autora) que es, básicamente, una sopa de hongos que combina muy bien con pan, queso y sendas copas de malbec. Y esto es para que aprendamos a no ser tan jodidamente inmaduros a la hora de pelearnos con el prójimo, dicho sea de paso… sobre todo para los que no les gusta cocinar, sospecho que preparar la bendita sopa les servirá de escarmiento. ;-)

Los ingredientes son: dos tazas de caldo, una taza de champignones frescos (no me vengan conque van a usar los de lata, porque básicamente tienen gusto a lata, no a champignones), una taza de hongos secos (si hay de distintas variedades, mejor), un diente de ajo (eso dice la receta, pero yo le pongo, además, otro diente de echalote), tres cucharadas de aceite de oliva, un cuarto de taza de oporto, dos cucharadas de crema, sal y pimienta.

Entonces, la cosa es así: freímos en el aceite de oliva el ajo, el echalote y los champignones, y después agregamos el caldo, el oporto, sal y pimienta. Previamente (media hora antes) ponemos en remojo los hongos secos en vino tinto para que se esponjen a sus anchas. Cuando los hongos están tiernos, los integramos a la preparación anterior y dejamos que se cocine todo despacito hasta que, como dice Isabel Allende, “la casa huela a paraíso”.

Cuando la casa huele así -ni un minuto antes-, apagamos el fuego. Esperamos a que al asunto le baje su nivel de hervor -como sucede en toda discusión- y ahí nomás lo trituramos con la procesadora, licuadora, minipimer o algo así. Y tal como remata la genial autora de la receta, la sopa “debe quedar con una textura algo gruesa, como de lodo, con un perfume que hace salivar y llama a otras secreciones del cuerpo y del alma. Entonces me coloco mi mejor vestido, me pinto las uñas de rojo y sirvo la sopa decorada con crema en platos calientes”.

Bueno, fue un post con receta (pasional e invernal) de regalo. Y remate literal de Isabel Allende… qué más le van a pedir a este blog? No se pongan tan exigentes porque me voy a enojar muchísimo, eh? Pero en fin, quélevoiaser, “mañana será otro día”… ;-)

Sueños, diarios, dimes y diretes con fecha de vencimiento

deadline La película “El diario de Bridget Jones” empieza cuando su protagonista, la ridícula y querible Bridget, cae en la cuenta de que su vida es un desastre y determina así, de sopetón, que ese año va a darla vuelta completamente. Entonces se compra un diario personal y ahí nomás comienza a anotar sus propósitos para el nuevo año “a estrenar”: bajar de peso (veinte libras), poner la ropa interior en el cesto de la ropa sucia cuando se la cambia (su casa está todas patas para arriba y su ropa tirada por todas partes), encontrar un novio divino y sensible para salir, no continuar con esa atracción romántica por (describe a continuación, minuciosamente): alcohólicos, trabajólicos, fóbicos al compromiso, pervertidos… y sobre todo, terminar con su obsesión por un hombre en especial que reúne todas esas características y otras igualmente horribles: SU JEFE.

Lo que más me gusta de esta escena es que Bridget Jones se toma bien en serio eso de proponerse objetivos para el nuevo año. Y aunque durante toda la película la vemos flaquear, retroceder y equivocarse, también sabemos que ese caminito tortuoso es el que va a definir cómo hará Bridget para lograr algunas (la mayoría?) de las cosas que se propuso, y otras tantas que ni en sus sueños más locos hubiese imaginado lograr.

Pareciera que nuestros sueños deben transformarse en objetivos para que bajen a la realidad. Hay que agregarle metas cortitas, algunas etapas posibles, dar algunos pasos necesarios en su dirección, actualizar la mirada que tenemos sobre ellos, descartarlos cuando ya no nos sirven y son más una molestia que una esperanza. Porque si no lo hacemos se quedan abandonados en el aire, interfiriendo en nuestro pequeño universo personal: “Yo te alcé entre mis estrofas, sobre todas, hasta rozar los astros. / Tócale a mi venganza de poeta / dejarte abandonada en el espacio”, decía Almafuerte en sus viejas épocas (no sé si es literal, cito de memoria). Rencoroso el hombre con la mujer soñada, no? Y algo rebuscado, ok.

Claro, si fuese tan fácil lograr esto… porque bueno, ya vieron, todavía guardamos en el placard algo (¿mucho?) de toda esa ropa que alguna vez nos gustó pero que nunca usaremos de nuevo, que es totalmente ponible para otro cuerpo que ya no es el nuestro, que tiene un diseño y un corte que corresponden a una edad que ya no tenemos y que nunca volverá, y que tampoco es tan valiosa como para que nos sobreviva. Y sin embargo ahí anda, ocupando lugar en nuestros estantes. Entonces, ¿cómo no vamos a juntar antigüedades apolilladas dentro de nuestra cabeza, cuyo berenjenal interior “es invisible a los ojos”?

Pero podemos intentar una limpieza general cada tanto, desechando lo que no nos sirve y utilizando al cien por ciento, con energía, lo que todavía podemos disfrutar… El departamento de Bridget quedó divino en aquella película, me acuerdo, ¿por qué no podríamos hacer lo mismo nosotros? ;-)

Siempre hay un roto para un descosido

traeme un cortado… dicen las viejas. Y como evidentemente no me vuelvo más joven con los años, estoy empezando a creer que tienen razón.

Tengo una amiga que es una muy obsesiva “rompe pelotas”, por decirlo técnicamente: te llama cinco veces en la semana para recordarte que el sábado festejan el cumpleaños de su hijo, que en noviembre no hay fines de semana largos o que la casa de pastas que te recomendó no está al 7435 de Avenida Cabildo, sino al 7437, justo treinta centímetros más allá.

Uno creería que esta mujer no puede convivir fácilmente con su pareja: sacaría de quicio al pobre Cristo que cayera rendido a sus pies, quien aún queriéndola mucho se mudaría a la manzana de enfrente, aunque sea, para no tener que escuchar sus consejos y advertencias permanentes. Y sin embargo existe a su lado, feliz y campante, un señor que vive tumbado en el tiempo y el espacio: al hombre no le interesa qué día es hoy ni registra en tu casa -aunque haya ido una docena de veces- dónde queda el baño, pero tiene un humor maravilloso y siempre corre a su mujer por el lado que dispara.

El todo es más que la suma de las partes: cada uno, por separado, pareciera que desafina un poco. Pero juntos conforman una dulce melodía. Qué me contás.

Viendo más que muchos de estos casos, llegué a la conclusión de que las parejas, amistades y relaciones que perduran en el tiempo son aquellas en las que hay, más que virtudes compatibles, presuntos “defectos” compatibles. A las virtudes de uno se acostumbra cualquiera, pero a esas características difíciles de cambiar, que nos hacen recalar en un retiro espiritual cada año bisiesto para ver si podemos mejorar el asunto… ésas son las que nuestra pareja debe tolerar cada dos por tres. Y es mejor que se acostumbre a que, por mucho que nos esforcemos, de vez en cuando mostraremos la hilacha.

Les cuento todo esto porque el otro día, en pleno asado dominguero, la prima de mi amado Cucurullo -que es casi como su hermana, así de unida ha sido siempre su familia-, viendo lo analítico, detallista y sumamente observador que es la media naranja de una, me zampa la confesión: “Yo, si estuviera en pareja con alguien como él, me agarraría de las mechas! Vos, cómo lo aguantás?”

Me mira. Y yo la miro.

Dios, en su infinita sabiduría, sabe que si me diera a elegir entre la belleza y la paciencia como dones “envueltos para regalo” para usufructuar en esta segunda etapa de mi vida, yo elegiría, sin dudar, la paciencia. Porque no tengo ni una pizca, no hay caso. Rezo por alcanzarla -rezo impaciente-, hago ejercicios de respiración, meditación, yoga y no sé cuántas cosas más. Yo los hago, y a Cucurullo le hacen efecto.

Entonces, si viene el albañil para hacer una reforma en casa, cuando termina su trabajo yo miro la obra terminada durante algo así como diez microsegundos, me parece bien, le pago y cierro la puerta. En el ínterin, Cucurullo llega de la oficina, mira detenidamente el ángulo todavía fresco de cemento y me dice: “ésto no está en noventa grados, está en 88: no ves que está torcido?”

No, no lo veo, lo que veo -más bien “visualizo” con las técnicas aprendidas en mi último curso de búsqueda espiritual- es a Medina, el albañil, arrancando su camioneta con el dinero en el bolsillo, satisfecho. Visualizo que lo voy a tener que correr por la calle si es que no dio ya la vuelta a la esquina para perderse para siempre o hasta el mes que viene, que para mí -en mi impaciencia- viene a ser lo mismo. Visualizo que pude haber esperado unos minutos -con Medina en el rincón, parado ahí como un florero- a que Cucurullo llegara a casa para dar por terminado el temita de “la pared y el ángulo” en mi vida.

Cucurullo me mira fijamente, con el saco todavía en la mano y la convicción, cada vez más fuerte, de que el ángulo está a 88 grados. Tal vez 87. Pero puede esperar a que vuelva Medina y arregle tamaña desproporción en el ambiente, por lo menos.

Y yo le pido a Dios que me de algo de paciencia para sobrevivir dignamente hasta que el asunto esté totalmente zanjado, si puede ser. Pero si el Supremo Sigue Así de Obstinado, entonces, por lo menos le voy a pedir que no le reste paciencia a mi media naranja. Porque si el hombre se pone ansioso, a mí se me pudre el rancho.

Pero cómo le explico todo este asunto a su prima, que es una persona tan equilibrada?

A Dios rogando y con el mazo dando

la humildad de los grandesHay una antigua bendición irlandesa que dice así: “Que el día sea hermoso para tí; que el camino al infierno verdee por falta de viajeros; que mueras a los noventa y cinco años en la cama con tu amante, por el disparo de un cónyuge celoso.”

¿No es una genialidad? No conozco una forma de morir con más estilo que ésa (dentro de las formas paganas, por supuesto) :-D Pero… hay que tener coraje para desearle algo así a los seres queridos, no? Y mucha creatividad.

Hay que saber pedir; para los demás… y para uno mismo, también.

Creo que el poder más impactante de la oración religiosa es que nos permite establecer cuáles son nuestros deseos más íntimos para tratar de ponerlos en palabras, o en intenciones, o en energía aplicada a un fin en concreto. Porque voluntaria o involuntariamente, al expresar nuestras motivaciones ponemos algo de nosotros en movimiento para que nuestros sueños se cumplan (la sesera, el corazón, los pies, lo que fuere). Entonces sabremos en qué de todo lo que hay disponible en este mundo vamos a enfocar nuestro esfuerzo (y si escarbamos un poco más profundo en todo este proceso, puede que depositemos el resultado de nuestras acciones en manos de Dios, también).

Intuyo que todos esos modernos cursos de visualización creativa, control mental y tantas otras técnicas de autoayuda (como “el secreto”, o “la ley de la atracción”) que nos enseñan a expresar nuestras propias y verdaderas intenciones al vivir esta vida y a conseguir lo que buscamos, no son más que aggiornamientos más o menos rebuscados de ese antiguo impulso -tan humano, por otra parte- de hincar una rodilla en tierra, juntar las manos y pedirle a Dios lo que creemos que nos falta, o aquello que hemos perdido y que Él sabe dónde está. Porque al entender lo que queremos, al definirlo con claridad ante nosotros mismos, salimos a buscarlo por ahí, y nos volvemos atentos al descubrimiento de cualquier pista que nos permita encontrar la llave que abra las puertas de aquello que consideramos nuestro propio cielo.

Lo más importante de rezar no es volverse compulsivamente pedigüeño frente a un altar, entonces, sino andar escarbando en el filón de nuestro espíritu para aprender a detectar cuáles son las pistas que nos llevan de regreso a nosotros mismos, a nuestras motivaciones más auténticas.

Rezar a nuestro Dios, o al Dios de los Otros si no tenemos Uno Propio… juntar las manos y rezar tiene una rara dignidad: no cualquiera sabe pedir lo que necesita. Y con humildad, como si fuera poco. Y soltando la expectativa sobre el resultado, ya que estamos.

Al escarbar en nuestros deseos más íntimos, también puede que descubramos que necesitamos algo parecido a un milagro para conseguir lo que queremos. Bueno, los milagros son raros, pero son cosas que también podrían sucedernos. Si nos ponemos a recordar cuidadosamente, hay tanto de inexplicable rondando nuestra propia vida… Como dice David Ben-Gurión: “Cualquier hombre que no cree en los milagros, no es realista”.

Soñar. Pedir. Buscar. Y soltar.

Por qué no?

Si la pereza es un pecado capital, hoy me toca pagar con intereses

relleno y reparacion con Legos AmsterdamQué terrible es arrancar de nuevo un lunes después de unos días de descanso. Me pregunto por qué no podremos compartir unos días más así, como éstos que pasamos, en familia, todos juntos, tranquilos acá en casa.

Oteo el horizonte y veo allá en mi futuro cinco días, -cinco! enteros!- con todo tipo de compromisos amontonados sin orden aparente. Como columnas de cajas de zapatos apiladas -lánguidas torres de Pisa de cartón- sobre un estante del placard. Exactamente así, con la diferencia de que esta vez el estante que sostiene las cajas, los compartimientos y las responsabilidades, es nada más y nada menos que mi cabeza (no pregunten después por qué me duele tanto el cuello, las cervicales, la espalda…. psst!).

Trabajo y más trabajo pendiente, reuniones, ir al médico -ya más que un médico como cualquier otro es un amigo, pero tengo que ir igual, y su consultorio me queda muy trasmano-, Mile y su propia agenda de compromisos, las tareas domésticas (la ropa para planchar -odddio planchar- llega a una altura insospechada esta mañana: habrá que rebanarle un metro a esa montaña, o construir un ascensor en el medio), hay que llevar un par de trajes de Cucurullo a la tintorería hoy sin falta. Y así tantas cosas por hacer…

Me pregunto también si pasaré muchas horas del lunes quejándome. Si fuese así, tendría que posponer mis actividades previstas para una semana entera y comprimirlas en cuatro días, arrancando el martes. Entonces sí que lo arruinaría todo y con creces: tendría cuatro días -cuatro! enteros?- para hacer lo que ya parece ajustado de cumplir en cinco.

Ok, ya sé lo que me van a decir: “¿Por qué no bajás las pretensiones de esta semana y eliminás un par de compromisos?”

Respuesta honesta, brutal y real: porque el problema no es la cantidad de cosas que tengo que hacer, no están TAN mal planificados mis días. El problema es que tengo tanta pereza para arrancar la semana que ni sacándome dos o tres asuntos gordos del medio me voy a sentir más liviana. La pesada no es la agenda: la pesada soy yo.

¿Serán los huevos de chocolate que me comí en estos días? Ok, estaba festejando la Resurrección de un Dios. Pero a juzgar por lo que comimos ayer y un par de días antes acá en casa, vamos a tener que volvernos politeístas para nivelar la cantidad de chocolate ingerido con la cantidad de Dioses en Honor de los Cuales se Hace Necesario Tanto Festejo Hipercalórico.

Así que hoy me siento pesada, de mal humor y agobiada de compromisos.

Entonces voy a empezar por encontrar la punta del ovillo, que pareciera ser la forma más ordenada de desenredar la madeja.

Dicen los que saben que una caminata rápida -como si estuvieras llegando tarde al trabajo, a ese ritmo- de cuarenta minutos libera una considerable cantidad de endorfinas. Las endorfinas, ya saben, “las promotoras de la felicidad” en nuestro organismo.

Así que me parece que no, no voy a postergarlo todo indefinidamente. No me va a hacer más feliz esconder la basura bajo la alfombra, ni me va a dar resultado tampoco: el martes me voy a sentir igual o peor.

Pero voy a postergar todo lo que tengo que hacer -absolutamente todo- durante una hora. Una hora nada más. Y me voy a dedicar a probar este temita de las endorfinas.

Me voy a ir a caminar,
a respirar profundo,
sentir el sol en la cara,
medir con los ojos la altura del pasto bien verde de la plaza
y escuchar música durante todo ese rato como si no hubiera nada mejor que hacer.

Se trata de un recambio de oxígeno en los pulmones, de darle rienda suelta al buen humor y también, porqué no, de sudar chocolate (si sucede… miracolo! ya les contaré).

Y después de una buena ducha, con un estado de ánimo más alegre -estimo- y una taza de café bien caliente corriéndome por la sangre, me voy a sentar a trabajar largo y tendido. No me queda otra alternativa, en realidad. Lo que voy a hacer es lo mismo que ustedes y yo ya sabíamos que iba a terminar haciendo antes o después, pero espero que de mejor talante, con más gracia y tal vez, por qué no, poniendo más foco y concentración. Como si tuviera ganas. Como si me encantara empezar el lunes mirando Anexos de Inversiones de una Mega Compañía Que Todavía Invierte… Shit! (bueno, ya les dije, hoy nadddda me viene bien).

Si le pongo garras al asunto y lo liquido antes de lo previsto, en una de ésas todavía puede que me queden unos minutos libres para darme una vueltita por esa tienda que me gusta tanto y comprarme unos zapatitos nuevos (de liquidación, obviamente). ;-)

Soñar no cuesta nada, pero conseguir lo que soñamos… cuánto tenés en la billetera, exactamente?

mantenerseTenemos una idea genial, un día con una energía exuberante o alguien que nos motiva a emprender una nueva tarea. Y encaramos eso nuevo que nos pasa con mucho entusiasmo: las ganas de concretar nuestro proyecto nos vuelve prácticos y resolutivos, simplificamos lo que parece complejo, proponemos nuevas formas de llegar al objetivo, abrazamos la pequeña semilla y después el primer brote y asumimos que con nuestros dos brazos podremos rodearlo todo cuando se expanda como el big bang y sea así de grande, y un poco más también.

Inventamos, intentamos.

Los primeros momentos de cualquier proyecto nuevo son como un romance de verano recién estrenado: se puede llegar al día siguiente con el corazón exaltado y la mente alerta. Pero a las primeras lluvias hay que analizar un poco más fríamente cómo es que vamos a seguir con esta historia.

Veo que la gente que continúa con sus proyectos -los nuevos y los de hace rato- los incorpora como un hábito personal e intransferible. Como bañarse o lavarse los dientes. No conozco a ningún ser humano relativamente limpio que se pregunte: “¿Tengo tiempo hoy para darme una ducha?” No, lo hacemos igual: como sea de jodida que esté nuestra vida, siempre encontramos veinte minutos para darnos un baño. ¿Significa eso que nos sobran veinte minutos todos los días, y que como no sabemos qué hacer con ellos, decidimos bañarnos? No, es justamente al revés: lo incorporamos a nosotros como un hábito, no podemos pensarlo como una decisión que hay que revisar diariamente, es parte de nosotros (bueno, excepto para algunos roñosos que conozco; digamos que para la mayoría de nosotros es así, para ser más precisos).

Así que ese es el secreto de los que siguen luchando más allá del primer envión y del primer “sueño revelación”: para ser como ellos, tendremos que ser consecuentes con el compromiso asumido, poner empeño cuando tengamos ganas de bajar los brazos (y cuando sospechamos que abrazar ese primer pimpollo es algo más que lejano en nuestro futuro: parece directamente de ciencia ficción), y lo más difícil y poco glamoroso: aprender a madurar nosotros antes de exigirles a nuestras ilusiones que terminen de crecer.

Los sueños que quedan abandonados en el camino los volverán a soñar otros hombres, aquellos que puedan vivirlos hasta el final. Esos sueños crecerán en otras vidas. Y está bien que así sea, porque no todos podemos pagar el precio de ver crecer todas las ideas maravillosas que se nos ocurren.

Pero sí podemos soñar alguna cosa -aunque sea pequeña-, y llevarla a cabo.

Cumplir las bodas de plata con ese enamoramiento estival.

Y seguir pensando en él hasta en la ducha.

Estamos invitados a tomar el té (yo no sé por qué)

something never

“No trabajo porque mi marido no me deja, viste, es que los chicos todavía son muy chicos. Mejor si me quedo en casa por estos próximos diez, quince añitos.”

“Yo no adelgazo porque tengo un problema hormonal / glandular / astrológico / kármico, pero te juro que no como nada. Me pasás ese turrón, por favor?”.

“El se pone así de violento porque es celoso y me quiere mucho, pero no es un mal hombre. Si vieras cómo se arrepiente después…”.

“Yo a ella la quiero, claro que la quiero, me muero sin ella, te juro que si me perdona esta vez no le voy a ser infiel nunnnncamássss”.

“Repetí porque la Directora me tiene entre ceja y ceja, má, sinó seguro que me formaban una mesa de examen especial y yo rendía bien Historia: alllgo había estudiado”.

“Sí, claro, es el amor de mi vida, pero si no se da cuenta, él se lo pierde. Yo no lo voy a estar esperando durante todo el fin de semana a que se decida, así que si tenés alguien para presentarme este sábado…”

“Yo quiero tener hijos. Muchos! Lo que pasa es que todavía no me llegó el momento de ser madre. Además, en estos meses estoy planificando mi fiesta de cuarenta y la verdad es que me compré un vestido rojo que me sienta bien solamente si estoy re-flaca. Después nos pondremos a buscar bebé y quién sabe, no? Yo me lo tomo muy relajada.”

Todo el mundo tiene claro por qué hace lo que hace y toma permanentemente las mismas decisiones y hace los mismos análisis de situación.

Pero en algún momento:

-Caroline Ingalls, sumisa y dependiente, abandona a toda su familia para fugarse con el profesor de tenis, doce años más joven que ella,

-la gorda que creía que estaba apenas rellenita -lo lógico por el desajuste temporal emocional / glandular / financiero-, cuando se ve en una foto del último fin de semana se quiere morir de angustia estética: “no me digas que esa ballena franca soy yoooo!”,

-Desdémona termina usando anteojos de sol un día de lluvia para que no se le vean los moretones en la cara,

-el mujeriego termina pidiendo perdón hasta de su nombre por no madurar de una vez,

-el alumno rebelde se siente avergonzado hasta con el hámster de la casa por haber perdido tantas oportunidades sin ganar nada a cambio,

-la eterna enamorada -Primera Adelantada del amor en cada esquina-, anda siempre sola,

-la que pospone la maternidad indefinidamente, al primer mes que deja de tomar la pastilla y no queda embarazada, se desespera y pide consulta con cinco médicos a la vez para que alguno le diagnostique “ya mismo” su problema de infertilidad.

¿Por qué si actuamos siempre de la misma manera y justificamos la comodidad de nuestra vida, pretendemos algo diferente de la lógica cadena de causas y consecuencias? Ahí están, como el cuatro del dos más dos, la molesta sensación de culpa, el descreimiento, el aplazamiento permanente de las decisiones, la falta de compromiso, la inmadurez, la flojera.

Intuimos cuál es el problema. Lo podemos ver bien de frente si no damos vuelta la cara: el problema es que es muy difícil hacer el esfuerzo de cambiar, porque aunque no nos guste admitirlo, elevarnos sobre nuestras situaciones para dar vuelta los resultados no es divertido, implica grandes esfuerzos. Es incómodo. Hacerse cargo de la fortaleza propia que hay que invertir en el afuera para lograr los resultados que queremos lograr es una decisión bien escasa, y menos democrática y popular que lo que nos gustaría creer.

Las excusas son fáciles de comprar, están al alcance de cualquiera, pero encierran una dificultad: solamente se las cree el que se abraza a ellas desesperadamente, como un fuera un escudo protector. Para todos los demás -los que rodean al que se quiere salvar de hacerse cargo-, se trata de otro “Traje Invisible del Emperador”: ellos saben que el que se abriga con esas excusas tan razonables, está desnudo. Y hasta conocen las causas de su desnudez: nadie es tan tonto para juzgar al prójimo (el mundo tiene para eso una habilidad sorprendente).

Dentro nuestro, ahí en lo profundo, sabemos perfectamente bien lo que tenemos que hacer para dar esos giros desesperadamente necesarios. Si queremos ser sinceros con nosotros mismos, las señales son visibles con una nitidez pasmosa.

Así que tendremos que admitir la verdad (quién es el muerto que escondemos en nuestro armario? ya huele feo…), asumir los riesgos y esforzarnos. Sin excusas, no?

Diosas relajadas valen por dos (o por Dior?)

relax Me saco el sombrero por esas mujeres que transmiten la sensación de estar a sus anchas en cualquier lado, ya sea sentadas en la primera fila de un desfile de modas o a bordo de un reactor nuclear. No sé cómo hacen para tener esa actitud -tan serena- de absoluta seguridad en sí mismas en toda situación, como si les sobrara el tiempo y concentraran la energía en algún punto invisible como de tesoro escondido. Es gente que irradia calma (sí, es un concepto cual marca de café descafeinado, pero no me digan que un poco de “Kalma” no le hace bien al organismo de vez en cuando).

Yo suelo ser bastante ansiosa, gente. Bastantísimo. Y tomo mucho café (cafeinado). Y es por eso que cuando me tropiezo con algún temita pendiente, antes de pensar tranquilamente en cómo y cuándo hacer qué, a menudo ya me hice cargo del estresazo -incluso puede que más del estresazo que del tema profundo en sí-. Me concentro en el envión que hace falta para catapultar la bala. Y en alguna que otra oportunidad, por qué no confesarlo, he sido el hombre bala del cuento también (pongámosle la mujer bala, ya que este es el caso). Y el problema es que a veces el esfuerzo no garantiza el resultado, valga la aclaración que ya habrán adivinado.

Cómo manejan ustedes la ansiedad? Cómo hacen para volverse bien sensatos en la administración de los objetivos, los planes a corto plazo, las carreras, los hijos, las parejas y los hobbies de cada cual?

Sigo pensando en esas mujeres regias tan dueñas de sí mismas que a nadie se le ocurriría pedirles peras, porque ellas son olmos, y eso que son lo muestran de forma muy evidente. Pero si vos andás por la vida tratando de ser un olmo y en tus ratitos libres además querés dar unas peras de la ostia, y manzanas deliciosas y también unas ramitas de abedul, no te carcome la sospecha de que vas a terminar el día en un estado mental más bien exhausto y alterado? Hay que saber hacer esos injertos: no cualquiera.

Este es un post para que me ayuden a pensar, mis queridos.

La suerte de la fea

GertrudMi amigo Rodri a menudo me repetía esta máxima muy curiosa extraída seguramente de algún Arcano Gay plagado de conocimientos sobre el Eterno Femenino: “la suerte de la fea / la bonita la desea.”

Cuando el mundo corporativo superpoblado de empleados desquiciados -con los que compartíamos doce horas al día- se volvía difícil de entender, Rodri desempolvaba la vieja frase y así volvíamos al principio: la suerte era una bataclana caprichosa que no reparaba en gastos a la hora de hacerse la difícil para decidir a quién premiaría con sus favores.

Porque con Rodri observamos en nuestro trabajo que “la linda” del cuento, la que supuestamente tiene todo para ofrecer, a menudo se ve superada otra que es “la fea” de la historia y que sin embargo termina quedándose con todos los premios: el mejor puesto de la compañía, la mejor oficina o el mejor sueldo.

Y la razón por la que esto sucedía no la entendí hasta mucho tiempo después, con un ejemplo bien pueril y en circunstancias totalmente distintas.

Tengo una amiga que no es tan linda pero tiene un físico divino, y su secreto es muy obvio: se mantiene delgada como un espárrago más bien lánguido porque se cuida en las comidas y va al gimnasio todos los días menos el primero de enero porque está cerrado (a los veinte años todas podemos estar muy bien físicamente comiendo chocolates a diario, son los beneficios de la extrema juventud, cuando estás al borde de los cuarenta, cuidarte o no cuidarte hace la diferencia, no hay vuelta).

Otra amiga mía -hermosa en su dorada adolescencia y muy indolente en estas últimas décadas- vio de casualidad a esta escultura viviente hoy por hoy tan llamativa, y en seguida disparó: “qué suerte tiene, está espléndida!”. Yo le contesté que me parecía que no era cuestión de suerte, sino de voluntad: mi Amiga “Escultura Viviente” se cuida mucho. Entonces mi Amiga “Qué Suerte” exclamó: “Bueno, pero entonces tiene mucha suerte en tener tanta voluntad para cuidarse.”

Visto así, todo en nuestra vida está signado por la suerte. Pero volvamos al famoso slogan de Rodri: “la suerte de la fea / la bonita la desea.” Todo es suerte porque no vemos lo que hay detrás de ese giro del destino de la fea (de hecho, no queremos volver la vista hacia ella: es que es tan fea!)

“La linda”, la que tiene todo para sobresalir sin esfuerzo ni escándalos, probablemente se haya quedado prendada de todas sus posibilidades, siempre latentes. “La fea” sabe desde el principio que tendrá que luchar más y mejor por conseguir su porción de beneficios, no se le dieron tan naturalmente las condiciones favorables, el juego para ella no está servido, así que tendrá que poner todo su empeño y voluntad para ganar la partida.

Y si pone ese esfuerzo y obtiene su premio, a muchos de los que estamos mirando la película sin ver sus desvelos de backstage nos queda una sensación de malestar: es que nunca pudimos medir todo lo que luchó para llegar ahí. Entonces hasta nos parece injusto que se haya quedado con el premio.

Porque, cómo fue posible? Había alguien mejor capacitado para ese puesto que era obvio que era para Fulanita La Más Bonita? Bueno, si me pongo a mirar hacia atrás, resulta que -salvo en deshonrosas excepciones que no vienen a cuento- Esta Otra Más Bien Fea puso más garra, más empeño y dedicación para obtenerlo, aunque no nos haya caído tan en gracia ni fuera tan popular entre las de buen ver. La primer y obvia candidata estaba, tal vez, tan pagada de sí misma que se olvidó de luchar por lo que supuestamente quería conseguir. Porque estaba segura de que era la ganadora -como la liebre del cuento: sabía que era más veloz que la tortuga- así que pensó que no valía la pena molestarse en competir seriamente, y menos todavía con Esta Otra Más Bien Fea.

Y así sucederá, también, que cuando alguien nos mire fijamente a cualquiera de nosotros como descubriéndonos repentinamente a pesar de habernos visto tantas veces, y suspirando nos diga: “mirá vos, qué suerte que tenés”, pensemos en todo el empeño que pusimos para que esas cosas buenas sucedieran, en todo lo que nos esforzamos para llegar a hacer lo que hicimos. Y entonces sonriamos y respondamos: “es cierto, tuve mucha suerte en tener tanta voluntad para lograrlo.”