Archive for the 'Cuentos y leyendas totalmente tergiversados' Category

Princesas de Disney

Slovenia Mi amiga Princesa de Disney llora frente a su cafecito y me dice que ya no está enamorada de su marido. Trata de explicarme lo inexplicable: que no sabe qué es lo que pasa entre ellos, pero que las cosas con su pareja están muy mal porque él no es el hombre que ella pensaba que era, que se siente sola y decepcionada. Me dice entre lágrimas que recuerda su noviazgo (hace como diez años atrás) y no puede creer que aquellos dos que sonríen en su memoria -felices, tostados, delgados, muy jóvenes- sean los mismos de ahora. Se le caen más lágrimas y yo sólo puedo sentir un miedo irracional de que caigan adentro de su café.

Ok, eso no es del todo cierto. Siento más cosas.

Siento un enojo impotente: ¿por qué las Princesas de Disney piensan que los matrimonios deberían ser noviazgos eternos? ¿Acaso no es pedirle demasiado a un tipo de relación que pretendemos que sobreviva más que Nueve Semanas y Media?

Pero por otra parte, ¿cuánto de esa “espuma que baja” en una pareja con el correr de los años es puro realismo, y cuánto es simple comodidad y resignación ante un “peor es nada”? Siempre me pasa lo mismo con las Princesas de Disney: me desconciertan, porque ellas me enfrentan a un sinfín de preguntas sin respuesta. Es que si ellas no tienen la Pareja de sus Sueños entonces no sé quién más podría tenerla. O reclamarla.

reflejos Mi amiga Princesa de Disney lo posterga todo por amor, desde siempre y para siempre: es capaz de hacer grandes renunciamientos por su familia (madre, padre, hermanos), su marido, sus hijos chiquitos y hasta sus amigas del alma. Es decir que, por supuesto, también ha hecho cosas extraordinarias por mí, así que sé perfectamente de qué hablo: de veras es una persona muy generosa cuando se trata de sus afectos. Y al compararme a mí misma con esa forma de ser que tiene mi amiga Princesa de Disney, yo me supe desde el vamos menos sentimental que ella en los compromisos cotidianos: no postergo una reunión de trabajo fácilmente ni desarmo toda mi agenda en función de las necesidades de los demás como ella lo hace. Entonces di por supuesto que mi amiga, que lo daba todo por amor, tenía que tener una pareja perfecta y una familia muy muy feliz. O por lo menos, conseguir la retribución del amor le tenía que costar mucho menos que a cualquiera de las que no trabajamos de princesas a tiempo completo. ¡Es que eso es lo justo! Porque si ella no lo logra… ¿entonces qué nos queda a las demás, que andamos a las corridas tratando de que todo permanezca en equilibrio evitando los renunciamientos de último minuto? (laborales, académicos, blogueriles, de todo tipo).

Si bien las dos tenemos como prioridad a nuestra familia, ella hace un culto de esa prioridad. Y entonces, mientras le daba a mi amiga un pañuelito descartable para evitar que sus lágrimas cayeran sobre el café, comencé a preguntarme otras cosas. Se me dio por pensar si no se estará escondiendo ella misma detrás de tanta postergación personal; y si la eterna victimización de las Princesas de Disney no es una forma de tenernos a todos en vilo, pendientes de su buena conducta, midiendo al detalle su grado de frustración debido a que los demás no estamos a su altura cuando se entregan al amor. Y comienzo a sospechar que su destino es reclamar hasta el hartazgo los noviazgos de fantasía -a los que tienen derecho, porque son las protagonistas de todos los cuentos- y enojarse cuando el final de ensueño no abarca el libro entero, sino el último párrafo de una paginita en la que van vestidas de blanco merengue.

Se dobla pero no se rompe

bailandoCuando éramos chicos, a Leandro -mi hermano del medio- y a mí nos encantaba que nos contaran esa historia de los árboles fuertes y macizos que se quebraban en dos ante un temporal de la hostia, mientras que un débil y flexible junco sobrevivía, inmune a los desastres naturales, por obra y gracia de su capacidad de adaptación a los cambios (caprichos?) del medio ambiente.

En teoría, el asunto del cuento era bien sencillo: para sobrellevar las grandes calamidades o las pequeñas crisis (y ser feliz a pesar de ellas), había que volverse flexibles como el junco.

Pero la trampa está en que con los años a nuestro delgado tronco se le suman anillos, frondosidades, quietudes, silencios, rutinas, ñañas, cortezas, callos, raíces engañosas, copas repletas de accesorios. Y se le pierden unas cuantas ramas principales, también.

Con el tiempo, la sobriedad elegante del que está preparado para viajar con un bolso de mano y nada más -viajero que, a su vez, suele ser de los que menos necesitan a lo largo de la travesía-, se nos puede volver ajena, rarísima, hasta resultar extravagante y bohemia.

Si eso nos sucediera, un día nos sorprenderíamos al desenterrar del fondo de un armario una foto vieja de donde se deduce que también nosotros andábamos por la vida con una sencilla remera blanca y unos jeans marca ACME, pocas ideas (pero bien definidas) en la sesera, y así y todo -o tal vez por eso- resulta que nos comíamos el mundo de un bocado. Estábamos más presentes en lo que necesitábamos estar, sin tanto rollo, sin tanto “te dije” o “me dijiste”, con menos mensajitos de texto y más mensajes verdaderos del estilo “te quiero”, “si esto no nos gusta, cambiémoslo y ya” o “qué lindo lo que hiciste por mí, gracias”. Simples, flexibles, naturales. Espontáneos.

Y entonces podría pasar que nos asaltara la insistente sospecha que por aquellos años parecíamos juncos. Y que cayéramos en la cuenta, también, de que nos engrosamos un poco últimamente (y en todo sentido).

Si eso sucediera -siempre en el terreno de las hipótesis más fantásticas- habría que recordar que este estado algo macizo de caderas tiene vuelta atrás: hay que podarse de obtusos chirimbolos, tirar algún lastre por la borda y andar más ligero de equipaje, como decía con tanta lucidez Anthony de Mello. Como hacen también los chicos, los santos genuinos, los locos geniales y los poetas de ojos ciegos.

Magos en el desierto

reyes en el desierto Borges solía decir que el desierto es un laberinto perfecto. Porque para salir de él no hacen falta mapas ni rutas, pero hay que saber orientarse mirando las estrellas. Desprenderse del manto de arena y olvido y recordar el destino prefijado en las señales primeras del cielo, las que vieron con ojos nuevos aquellos dioses caídos de los tiempos antiguos (y que fueron, también, las adoradas por los templos mejores, porque los habitaba la fe sin reparos del hombre apenas arribado al mundo, con sus rodillas en el suelo y los brazos bien abiertos).

Y de esas costumbres milenarias de las que ya nada sabemos -pero que andan también por nuestra sangre-, nos llega el relato velado y anónimo de los reyes lejanos cargando sus riquezas para honrar con humildad a los dioses sutiles que yacen escondidos en pesebres.

Que las estrellas te guíen en la búsqueda de esos dioses que se hallan de milagro, y que cada vez que los encuentres, puedas obsequiarles humildemente tus dones. Los reyes saben, en el silencio del desierto, honrar con sus tesoros toda Maravilla que les sale al encuentro.

Querer que el otro cambie

pormasquelointentes El principal problema que le veo a esta historia de esperar que un sapo se convierta en príncipe por causa del beso de una, es que el sapo es muy desagradable de andar besando. Y encima nadie te garantiza el resultado: el impulso desesperado que te lleva a cometer ese besicidio es una cuestión de fe sin fundamentos, es el deseo caprichoso de que algo ocurra por puro milagro estadístico.

Pongámosle -solamente por hacer el experimento al que aluden tantos cuentos infantiles- que me decido y arremeto con todo contra el pobre bicho. Antes que nada, en esta hipótesis habría que imaginar también que en ese momento de inexplicable pasión batracia o bien soy soltera – entonces este ejemplo sólo pudo haber pasado varias vidas atrás, imposible ya de reconstruir mentalmente, tendría que inventarlo todo de nuevo-, o bien sucedería estando yo casada, por lo que puede que luego de este hipotético episodio mi marido me abandone, porque es muy raro que una pareja acepte que andes besando porquerías del jardín. (Irremontable este principio de post, eh?). Ya, de por sí, la situación viene complicada.

De todos modos, el punto al que quiero llegar es que el problema de fondo no es besar a un sapo, sino pensar que porque lo besemos se va a convertir en un príncipe. Sufrimos como condenadas cada vez que pensamos que todo acto de arrojo tiene la exacta recompensa que buscamos, y más aún si lo que anhelamos es que alguien cambie como si fuera un favor que nos debe a cambio de otro favor que le hicimos nosotras antes. Porque corre muy fuerte el rumor de que nadie cambia simplemente porque se lo pidamos, sino más bien porque ese cambio lo necesita él mismo como respuesta a una inquietud propia e individual. Esa necesidad de cambio puede incluirnos a nosotras en el proceso, o tal vez no, pero en principio es su propia historia y su propia cabeza las que deciden patear el tablero y transformar el juego, y no una mujer histérica machacando con un lápiz labial sobre un pellejo verde.

Creo también que con la madurez llega la posibilidad de ver la realidad sin perder el humor en el camino. Tal vez los príncipes azules no existan, pero tampoco hay por qué andar soñando con cuentos infantiles habiendo pasado ya la edad de la inocencia. Y él entonces no tendrá que ser ya a estas alturas ni un sapo ni un príncipe, será simplemente un hombre con sus virtudes y sus limitaciones – las primeras las descubriste en seguida, y las segundas estaban más escondidas detrás de todo el rouge de los besos que le diste-. Y un poco él ha cambiado o cambiará a través del tiempo, es cierto -quién no-, pero en esencia sigue siendo el mismo ser humano que conociste unos capítulos atrás en esta historia. En una de ésas los problemas surgen cuando alguna gran lectora de cuentos siente que le gustaba más cómo era ese príncipe al que quería llegar partiendo del hombre que en ese momento tenía entre manos, que el propio hombre que tenía entre manos. Pero las chicas que leíamos esos cuentos hemos crecido y ya podemos darnos el lujo de enamorarnos de un hombre real -tal vez sea el mismo señor que antes creíamos que era un personaje del libro-, y no de sueños de adolescentes.

Por eso digo al principio de este post que si intentara besar a un sapo no estaría hablando de mi pareja, sino simplemente de un batracio de jardín. Porque yo estoy al lado de un señor de carne y hueso que no, no es de color verde, y además soy una mujer que no cree en esas teorías que sostienen que hay sapos que esconden príncipes bonificados al cien por ciento. Los sapos son y serán siempre sapos, es ley de la naturaleza. Esa es mi opinión, y también es lo que creen unas cuantas amigas que ratificarían este post en una mesa de café, estoy segura.

Así que no, no sucederá. Los sapos no se van a convertir en príncipes de la noche a la mañana, a golpes de desesperados sortilegios que a lo mejor esconden, en el fondo más oculto y cerrado con doble llave, un corazón más calculador que el de un prestamista sin escrúpulos.

Los fantasmas de la casita del horror (es que se acerca Halloween a este blog!)

halloweenTodos cruzamos alguna vez el umbral de la casita del horror:   cuando algo te provoca dolor, un desagradable desconcierto o cierta tristeza, entrás por una puertita estrecha a un salón mohoso y en penumbras que te resulta desconocido.

Y uno se pierde un poco, porque ahí adentro no es fácil orientarse. Sin embargo en algún momento, transitando por oscuros corredores y ambientes más o menos opacados por el encierro o el padecer profundo, se encuentra de nuevo la salida. Si el dolor es muy grande la casa también lo será y tal vez la salida quede más lejos de lo imaginado, pero es seguro que está ahí, en algún lugar, y antes o después todos (o casi todos) podremos encontrarla. La única certeza que hay es que el camino hacia ella es absolutamente personal y conlleva un ritmo que debe ser respetado.

Lo que más me molesta cuando me toca transitar la casita del horror no es el aire lúgubre de su interior, sino los comentarios plagados de lugares comunes de los fantasmas que se te pegan para decirte lo fácil que es salir de ahí. Y tal vez no sea tan fácil como ellos declaman –de hecho, sospecho que esos fantasmas nunca salieron- pero si pierdo el tiempo en discutir con ellos, el paseo involuntario se me hace, además de doloroso, interminable.

Así que escucho estos ecos de otras voces, pero no me engancho con ninguno, porque sé que provienen de esos tics remanidos que se copian sin pensar ni comulgar con la realidad:

-          A mí nunca me pasó, pero si me pasara yo creo que lo podría superar fácilmente, porque yo tengo otro carácter y otra manera de procesar las cosas.

-          Al lado de lo que me ocurre a mí, tus problemas son mínimos. No te ahogues en un vaso de agua, porque no es para tanto.

-          Vas a ver que todo se soluciona solo, vos no tenés que preocuparte tanto por ese tema. Hacé como hago yo, relajate y después ves cómo evoluciona el problema en los próximos años. Ya se verá.

-          Lo que pasa es que vos no te permitís ser feliz, yo en cambio no pienso tanto en esos temas porque si pienso me bloqueo. Y miráme, me funciona, porque estoy bárbara. Porque fijáte: vos no me ves bárbara?.

-          Peor es lo que le pasó a mi amiga, porque no sabés, ella…

-          Mirá, lo que te pasó es tan complicado que se lo conté a mi analista, y él me dijo que…

-          Hay hambre en África: ésos son problemas. Vos comés todos los días, así que en comparación no tenés de qué preocuparte, querida.

Las dificultades que se nos presentan en la vida no son productos fabricados en serie, y nosotros tampoco somos tan idénticos al que tenemos a nuestro lado, así que necesariamente  el paseo obligado que hace cada uno por la casita del horror tiene sus propios vericuetos y contradicciones.

Pero andar escuchando a esos fantasmas que muy sueltos de cuerpo (literalmente) viven comparando nuestra vida con la suya propia o con la de los otros y que se creen la medida de todas las cosas, me parece que está contraindicado para salir rápidamente de la casita del horror. Intuyo que nadie lo logra si se detiene a inventariar los lugares comunes de toda esa farándula ruidosa e invasiva que siempre tiene mucho para opinar sobre la vida de los demás.

Sólo se vive una vez

laprincesahepburnRoma, 1953. La historia es universal, a pesar de sus extravagancias de cine de oro hollywoodiense: ella tiene una vida que pesa con todos sus detalles a cuestas, pero también una juventud arrolladora y un coraje a toda prueba aunque nunca haya sido probado. Él es un hombre común, uno más de esos que son dueños de una mala carrera y peores modales, pero tan hermoso como un amanecer frente a un lago en invierno (y tan frío también).

Los dos, muy glamorosos a pesar de sus mentiras impiadosas y groseras (porque necesitan mentirse para permanecer cerca) se sienten atraídos por el otro sin poder confesárselo ni siquiera a sí mismos. Son más vulnerables de lo que creen – aunque nosotros los espectadores ya nos hemos dado cuenta- y al final de la historia se ven transfigurados por todo lo que han pasado juntos. Porque salen fortalecidos y ennoblecidos por sus propias vivencias compartidas, aunque ya no vayan a compartir otras.

Esa es  la anatomía universal de los amores contrariados. Ya en sus detalles, les cuento que es trata de “Roman Holiday”, “Vacaciones en Roma” en varios países de habla hispana y “La princesa que quería vivir” en Argentina. La película -de sagrado blanco y negro- contiene a una casi ignota Audrey Hepburn que gana el Oscar a la mejor actriz por esta actuación, a un Gregory Peck maravilloso que hace creíble a esta pareja con más glamour que la de Sarkozy y Carla Bruni (de acá a la China), y a esa Roma de la posguerra, que resurge de sus cenizas con una alevosa fe en su destino y que se nos muestra entera, brillante e insumisa, con personajes secundarios locales bien queribles y familiares para esta tierra generosa en inmigrantes italianos.

Y pienso, mientras vemos en casa este film clásico de clásicos, en todos los Audrey y Gregory que tienen una Roma en 1953 en sus corazones.

Me refiero a esos momentos en los que cualquier Audrey o cualquier Gregory se topan por la vida con ese otro ser que los transforma y les enseña a ser felices de una forma inesperada. Se vuelven entonces manipuladores inocentes de una realidad que no terminan de comprender sino mucho después de haber paseado con el otro de la mano por una ciudad apenas descubierta.

Porque cuando el tiempo pase, estos personajes de película devenidos en galanes maduros tecnicolor  se encontrarán con que aún sobreviven en un rincón de sus almas ciertos recuerdos tenues, audaces y de gran nobleza, velados en silencios que valen más que mil palabras. Son los ecos de una juventud perdida que les permitirán concluir que nadie, nunca, escapa a su destino en blanco y negro ni en Buenos Aires, ni en Teherán, ni en esa Roma resucitada de los cincuenta.

Aunque la Roma de hoy sea una tierra tan fría y carente de esperanzas como esas primeras miradas de Gregory a Audrey, cuando el galán todavía no estaba al tanto de que esa mujer que tenía frente a él era lo más noble que le ofrecería el argumento de su vida.

Quereme así, piantao

bestiaAlguien dijo alguna vez que la historia de la Bella y la Bestia es un caso de Síndrome de Estocolmo adaptado para niños. Me pareció brillante. Porque la Bestia es un carcelero del que para colmo es muy difícil enamorarse: es violento, tosco, huraño, de mal genio, sin nada de sentido del humor y bastante feo, dicho sea de paso. Más que feo, directamente es un bicho de otra especie. En la versión de Disney nos resulta imposible que Bella se enamore de este engendro que parece un jabalí que baila el vals sobre sus patas traseras.

La historia de la Bella y la Bestia es, para mí, una historia de amor vuelta del revés, como una media: el exterior de la media, lo armónico y prolijito de su tejido, no es visible sino hacia el final de la historia. En el mientras tanto transcurren un millón de hilitos interiores mal zurcidos y enmarañados que no nos dejan ver sino jirones de lo que puede llegar a ser ese amor.

En la vida real los amores convencionales comienzan generalmente al revés que el de la Bella y la Bestia: todos mostramos nuestra mejor sonrisa y una imagen exterior seductora, plagada de bienestar y calidez, como los personajes de las publicidades de perfumes, y más adelante -antes o después, según el grado de locura de cada cual- surgen nuestros impulsos un poco más oscuros, esos monstruitos más difíciles de domesticar a la hora de filmar un spot publicitario con nuestras vidas.

De todos modos, gente, les confieso que a mí me tranquiliza entrever de antemano un poquito a la Bestia de cada uno, la mía y la de los demás. Prefiero saber si el monstruito es más o menos querible, tiene colmillos chiquitos o gigantes, baila el vals en dos patas o el rock con catorce ventosas. Es que hay monstruos y Monstruos. El que no deja ver nunca a su Bestia malquerida, ni con los años ni en varias vidas, es alguien que me da algo de miedo y mucho de desconfianza.  Solamente los ejemplares a lo Dorian Gray tienen demasiado que esconder bajo la alfombra, porque son divinos por fuera pero muy flojos en los papeles.  Los demás, supongo, tendremos algunos pudores lógicos para exhibir a nuestro bicho que es así, algo piantao. Y que a lo mejor tampoco baila bien el vals.

Cenicientas del mundo, uníos!

limpiandoQue la historia de Cenicienta es puro cuento, mis queridos, se cae de maduro. Y, sobre todo, es un cuento que no se adapta a nuestros tiempos.

Porque les aseguro que si en estos días que corren un señor soltero o divorciado & hecho y derecho, sea un príncipe azul o un Natalio Ruiz (el hombrecito del sombrero gris), se encuentra con una señorita que sepa coser, que sepa bordar y que sepa abrir la puerta para ir a jugar, más que proponerle matrimonio, la contrata para trabajar como empleada doméstica a $12 la hora, con cobertura social y viáticos pagos. También puede que le proponga ser su protegida cama adentro con algunas otras prerrogativas, pero nunca, nunca se lanzaría sin red al compromiso, necesitado como estará, más que nada en este mundo, de alguien que le planche las camisas antes que de enmatrimoniarse para siempre jamás. Les juego un par de sandalias animal print a que la prosaica realidad de hoy es tal cual como se las pinto.

Las mujeres sabemos que es muy ingrato ocuparse permanentemente de la casa. Del ritmo de las tareas hogareñas no se levanta cabeza nunca: una vez que lo arreglaste, alguien lo desarregló y hay que volverlo a acomodar, a limpiar, a lavar o a planchar. Es así. Por eso es que, antes de tener que hacer todos los quehaceres domésticos por obligación urgente, todas preferimos trabajar en otras tantas profesiones u oficios que nos permitan pagar, así sea a duras penas, a nuestra propia Cenicienta que sepa coser, barrer, limpiar los vidrios y abrir la puerta para que nuestros hijos salgan a jugar.

Porque en nuestros días, mis queridos, no tengo tan en claro si las mujeres mueren por un príncipe azul. Pero poder contratar a una Cenicienta, ah, esa sí, definitivamente, es una aspiración de toda soñadora inteligente.

La vie en rose

mundo rosa barbie Ustedes ya lo deben saber, pero sus hijas a lo mejor todavía no: el mundo no es color rosa Barbie. Tiene muchos otros matices interesantes.

Además de por ese asunto de los colores, el estilo de vida de una Barbie no es aconsejable para ninguna mujer en su sano juicio, o en sus sanas proporciones.

Miren sinó:

- la pobre Barbie se viste y se produce divinamente todo el tiempo, sea para ir al baño a vomitar o para ir de shopping, y sin embargo sólo consigue de pareja un novio andrógino que todo el mundo sospecha de homosexual. En el fondo todo esto es muy lógico, mis queridos. Ningún hombre heterosexual se aguanta convivir con una mujer que es un vestidor con patas (aunque sean larguísimas patas). Al único que se puede conseguir como pareja teniendo una personalidad tan extraña es a Jaime Bayly.

- como cualquier modelo de pasarela un poco inestable con su carrera y que se siente desvalorizada, Barbie se inventa mil y una profesiones que puede ejercer de la boca para afuera: es veterinaria, abogada, científica o domadora de leones. Pero lo único que vemos que hace de su vida, en concreto, es desfilar en talles imposibles los últimos diseños de Armani. Como Victoria Beckham, pero dos números menos. Tendrá realmente Barbie un título habilitante para todas las carreras universitarias que dice haber estudiado?

- No todo lo que reluce es oro: tiene un cabello rubio platinado que es una gloria y por el que han corrido ríos y ríos de agua oxigenada. Sin embargo, al primer lavado, así sea con el mejor champú, la peluca otrora brillante queda más reseca e indomable que la del león de Madagascar cuando se queda varado en la selva.

barbie armani- Tiene una casa muy de plástico y muchas amigas de plástico también, una más bonita que la otra. En el fondo ver tantas flores hermosas juntas es una lástima, porque evidentemente sólo les queda competir entre ellas y la pobre Barbie con lo buena que está ni siquiera puede hacer alarde de ser la chica más linda del barrio.

- Un tema no menor para andar por la vida como cualquiera: por sus proporciones, Barbie no tiene equilibrio, ni buenas articulaciones. Ni pezones, ya que estamos (limitación sustancial para una futurísima “Barbie lactancia”). Sólo se halla cómodamente sentada en un convertible con el asiento bien extendido hacia atrás, para exhibir sus largas piernas. Baila con la gracia de un dromedario (de ahí sus crisis de pareja con su novio gay: no conozco ningún Ken que acepte como pareja una mujer que no sepa bailar) y su mirada hueca espanta a quien quiera tener una charla normal sobre algo.

Resumiendo, es el modelo de un tipo de mujer muy del siglo XXI: vestida luce increíble, pero desnuda se ve un poco fría y carente de encanto. Tiene el cuerpo muy duro y la cabeza muy blanda. Un verdadero desquicio femenino para vivir la vida que en nuestras hijas no deberíamos estimular.

La ley de gravedad es mucho más grave después de los cuarenta

uma thurmanLo de Isaac Newton y la manzana es un cuento chino. La verdad de la milanesa es que, después de un año de frío intenso que calaba los huesos, el viejo Isaac se fue a una playa a pasar sus merecidas vacaciones y ahí nos vio a todas en malla, refrescándonos la piel de naranja al ritmo del sucundún sucundún de las olas y el viento (sobre todo si anduvo por las playas argentinas, tan ventosas ellas). Así se desayunó el hombre de que existía la gravedad. Nosotras lo intuíamos desde hacía rato, pero es muy difícil vernos el propio traste: hay que contorsionar toda la espalda y alguna vértebra se nos puede torcer, así que lo pensamos mejor y dejamos que él describiera la situación con lujo de detalles.

Después apareció un tal Einstein, que se tropezó en un laboratorio científico con unos cables que en la punta tenían unos electrodos. Con unas ventosas (no por las playas ventosas, esta vez, sino por esos adminículos que pegan objetos como parejas en luna de miel) se adhieren los electrodos a los trastes de las señoras y la celulitis se relativiza. Paf! Se le hizo la luz a Albert y anotó la ley de la relatividá en un papel: E = mc2. Es decir, Electrodos son iguales al Mejor Culo (que se potencia por dos).

En fin, todo este avance científico evidencia nuestros desesperados intentos por permanecer jóvenes y bellas, que es mucho más que meramente bellas. Miren, sinó, a Uma Thurman (sí, le encanta a mi esposo, por eso la elegí a ella para graficar este post plagado de maldá), cómo ha caído desde las alturas del Olimpo de las eternas beldades a los infiernos éstos que consisten en ser una chica común y corriente con todos sus atributos a cuestas, o más bien acostados. Un cirujano los volverá pronto a su lugar, mis queridos, a no preocuparse que tenemos sex bomb para rato.

La ilusión de la eterna juventud no debe desparramarse en un mar de celulitis, o flacidez, ni en ningún otro mar. Las ventosas antigravitacionales la contendrán desesperadamente, para que ningún viento de cambio nos demuestre que el cuerpo se tranforma, muta y nos convierte en algo más que una cara bonita.