Cuando éramos chicos, a Leandro -mi hermano del medio- y a mí nos encantaba que nos contaran esa historia de los árboles fuertes y macizos que se quebraban en dos ante un temporal de la hostia, mientras que un débil y flexible junco sobrevivía, inmune a los desastres naturales, por obra y gracia de su capacidad de adaptación a los cambios (caprichos?) del medio ambiente.
En teoría, el asunto del cuento era bien sencillo: para sobrellevar las grandes calamidades o las pequeñas crisis (y ser feliz a pesar de ellas), había que volverse flexibles como el junco.
Pero la trampa está en que con los años a nuestro delgado tronco se le suman anillos, frondosidades, quietudes, silencios, rutinas, ñañas, cortezas, callos, raíces engañosas, copas repletas de accesorios. Y se le pierden unas cuantas ramas principales, también.
Con el tiempo, la sobriedad elegante del que está preparado para viajar con un bolso de mano y nada más -viajero que, a su vez, suele ser de los que menos necesitan a lo largo de la travesía-, se nos puede volver ajena, rarísima, hasta resultar extravagante y bohemia.
Si eso nos sucediera, un día nos sorprenderíamos al desenterrar del fondo de un armario una foto vieja de donde se deduce que también nosotros andábamos por la vida con una sencilla remera blanca y unos jeans marca ACME, pocas ideas (pero bien definidas) en la sesera, y así y todo -o tal vez por eso- resulta que nos comíamos el mundo de un bocado. Estábamos más presentes en lo que necesitábamos estar, sin tanto rollo, sin tanto “te dije” o “me dijiste”, con menos mensajitos de texto y más mensajes verdaderos del estilo “te quiero”, “si esto no nos gusta, cambiémoslo y ya” o “qué lindo lo que hiciste por mí, gracias”. Simples, flexibles, naturales. Espontáneos.
Y entonces podría pasar que nos asaltara la insistente sospecha que por aquellos años parecíamos juncos. Y que cayéramos en la cuenta, también, de que nos engrosamos un poco últimamente (y en todo sentido).
Si eso sucediera -siempre en el terreno de las hipótesis más fantásticas- habría que recordar que este estado algo macizo de caderas tiene vuelta atrás: hay que podarse de obtusos chirimbolos, tirar algún lastre por la borda y andar más ligero de equipaje, como decía con tanta lucidez Anthony de Mello. Como hacen también los chicos, los santos genuinos, los locos geniales y los poetas de ojos ciegos.
Borges solía decir que el desierto es un laberinto perfecto. Porque para salir de él no hacen falta mapas ni rutas, pero hay que saber orientarse mirando las estrellas. Desprenderse del manto de arena y olvido y recordar el destino prefijado en las señales primeras del cielo, las que vieron con ojos nuevos aquellos dioses caídos de los tiempos antiguos (y que fueron, también, las adoradas por los templos mejores, porque los habitaba la fe sin reparos del hombre apenas arribado al mundo, con sus rodillas en el suelo y los brazos bien abiertos).
El principal problema que le veo a esta historia de esperar que un sapo se convierta en príncipe por causa del beso de una, es que el sapo es muy desagradable de andar besando. Y encima nadie te garantiza el resultado: el impulso desesperado que te lleva a cometer ese besicidio es una cuestión de fe sin fundamentos, es el deseo caprichoso de que algo ocurra por puro milagro estadístico.
Todos cruzamos alguna vez el umbral de la casita del horror: cuando algo te provoca dolor, un desagradable desconcierto o cierta tristeza, entrás por una puertita estrecha a un salón mohoso y en penumbras que te resulta desconocido.
Roma, 1953. La historia es universal, a pesar de sus extravagancias de cine de oro hollywoodiense: ella tiene una vida que pesa con todos sus detalles a cuestas, pero también una juventud arrolladora y un coraje a toda prueba aunque nunca haya sido probado. Él es un hombre común, uno más de esos que son dueños de una mala carrera y peores modales, pero tan hermoso como un amanecer frente a un lago en invierno (y tan frío también).
Alguien dijo alguna vez que la historia de la Bella y la Bestia es un caso de Síndrome de Estocolmo adaptado para niños. Me pareció brillante. Porque la Bestia es un carcelero del que para colmo es muy difícil enamorarse: es violento, tosco, huraño, de mal genio, sin nada de sentido del humor y bastante feo, dicho sea de paso. Más que feo, directamente es un bicho de otra especie. En la versión de Disney nos resulta imposible que Bella se enamore de este engendro que parece un jabalí que baila el vals sobre sus patas traseras.
Que la historia de Cenicienta es puro cuento, mis queridos, se cae de maduro. Y, sobre todo, es un cuento que no se adapta a nuestros tiempos.
Ustedes ya lo deben saber, pero sus hijas a lo mejor todavía no: el mundo no es color rosa Barbie. Tiene muchos otros matices interesantes.
- Tiene una casa muy de plástico y muchas amigas de plástico también, una más bonita que la otra. En el fondo ver tantas flores hermosas juntas es una lástima, porque evidentemente sólo les queda competir entre ellas y la pobre Barbie con lo buena que está ni siquiera puede hacer alarde de ser la chica más linda del barrio.
Lo de Isaac Newton y la manzana es un cuento chino. La verdad de la milanesa es que, después de un año de frío intenso que calaba los huesos, el viejo Isaac se fue a una playa a pasar sus merecidas vacaciones y ahí nos vio a todas en malla, refrescándonos la piel de naranja al ritmo del sucundún sucundún de las olas y el viento (sobre todo si anduvo por las playas argentinas, tan ventosas ellas). Así se desayunó el hombre de que existía la gravedad. Nosotras lo intuíamos desde hacía rato, pero es muy difícil vernos el propio traste: hay que contorsionar toda la espalda y alguna vértebra se nos puede torcer, así que lo pensamos mejor y dejamos que él describiera la situación con lujo de detalles.
Se acuerdan de esta historia? Por una vez en los clásicos cuentos infantiles no hay muertos, ni intentos de antropofagia, ni sangre, ni malos / locos / cruentos… solamente hay un par de pícaros a los que les sale bien un fraude con mucha clase: cobrarle una fortuna a un Emperador vanidoso y un poco lento, por un traje invisible que solamente verían, presumiblemente, las personas inteligentes. Y el final es casi un remate de chiste de stand up que les encanta a los chicos.

