Mi amiga Princesa de Disney llora frente a su cafecito y me dice que ya no está enamorada de su marido. Trata de explicarme lo inexplicable: que no sabe qué es lo que pasa entre ellos, pero que las cosas con su pareja están muy mal porque él no es el hombre que ella pensaba que era, que se siente sola y decepcionada. Me dice entre lágrimas que recuerda su noviazgo (hace como diez años atrás) y no puede creer que aquellos dos que sonríen en su memoria -felices, tostados, delgados, muy jóvenes- sean los mismos de ahora. Se le caen más lágrimas y yo sólo puedo sentir un miedo irracional de que caigan adentro de su café.
Ok, eso no es del todo cierto. Siento más cosas.
Siento un enojo impotente: ¿por qué las Princesas de Disney piensan que los matrimonios deberían ser noviazgos eternos? ¿Acaso no es pedirle demasiado a un tipo de relación que pretendemos que sobreviva más que Nueve Semanas y Media?
Pero por otra parte, ¿cuánto de esa “espuma que baja” en una pareja con el correr de los años es puro realismo, y cuánto es simple comodidad y resignación ante un “peor es nada”? Siempre me pasa lo mismo con las Princesas de Disney: me desconciertan, porque ellas me enfrentan a un sinfín de preguntas sin respuesta. Es que si ellas no tienen la Pareja de sus Sueños entonces no sé quién más podría tenerla. O reclamarla.
Mi amiga Princesa de Disney lo posterga todo por amor, desde siempre y para siempre: es capaz de hacer grandes renunciamientos por su familia (madre, padre, hermanos), su marido, sus hijos chiquitos y hasta sus amigas del alma. Es decir que, por supuesto, también ha hecho cosas extraordinarias por mí, así que sé perfectamente de qué hablo: de veras es una persona muy generosa cuando se trata de sus afectos. Y al compararme a mí misma con esa forma de ser que tiene mi amiga Princesa de Disney, yo me supe desde el vamos menos sentimental que ella en los compromisos cotidianos: no postergo una reunión de trabajo fácilmente ni desarmo toda mi agenda en función de las necesidades de los demás como ella lo hace. Entonces di por supuesto que mi amiga, que lo daba todo por amor, tenía que tener una pareja perfecta y una familia muy muy feliz. O por lo menos, conseguir la retribución del amor le tenía que costar mucho menos que a cualquiera de las que no trabajamos de princesas a tiempo completo. ¡Es que eso es lo justo! Porque si ella no lo logra… ¿entonces qué nos queda a las demás, que andamos a las corridas tratando de que todo permanezca en equilibrio evitando los renunciamientos de último minuto? (laborales, académicos, blogueriles, de todo tipo).
Si bien las dos tenemos como prioridad a nuestra familia, ella hace un culto de esa prioridad. Y entonces, mientras le daba a mi amiga un pañuelito descartable para evitar que sus lágrimas cayeran sobre el café, comencé a preguntarme otras cosas. Se me dio por pensar si no se estará escondiendo ella misma detrás de tanta postergación personal; y si la eterna victimización de las Princesas de Disney no es una forma de tenernos a todos en vilo, pendientes de su buena conducta, midiendo al detalle su grado de frustración debido a que los demás no estamos a su altura cuando se entregan al amor. Y comienzo a sospechar que su destino es reclamar hasta el hartazgo los noviazgos de fantasía -a los que tienen derecho, porque son las protagonistas de todos los cuentos- y enojarse cuando el final de ensueño no abarca el libro entero, sino el último párrafo de una paginita en la que van vestidas de blanco merengue.
Cuando éramos chicos, a Leandro -mi hermano del medio- y a mí nos encantaba que nos contaran esa historia de los árboles fuertes y macizos que se quebraban en dos ante un temporal de la hostia, mientras que un débil y flexible junco sobrevivía, inmune a los desastres naturales, por obra y gracia de su capacidad de adaptación a los cambios (caprichos?) del medio ambiente.
Borges solía decir que el desierto es un laberinto perfecto. Porque para salir de él no hacen falta mapas ni rutas, pero hay que saber orientarse mirando las estrellas. Desprenderse del manto de arena y olvido y recordar el destino prefijado en las señales primeras del cielo, las que vieron con ojos nuevos aquellos dioses caídos de los tiempos antiguos (y que fueron, también, las adoradas por los templos mejores, porque los habitaba la fe sin reparos del hombre apenas arribado al mundo, con sus rodillas en el suelo y los brazos bien abiertos).
El principal problema que le veo a esta historia de esperar que un sapo se convierta en príncipe por causa del beso de una, es que el sapo es muy desagradable de andar besando. Y encima nadie te garantiza el resultado: el impulso desesperado que te lleva a cometer ese besicidio es una cuestión de fe sin fundamentos, es el deseo caprichoso de que algo ocurra por puro milagro estadístico.
Todos cruzamos alguna vez el umbral de la casita del horror: cuando algo te provoca dolor, un desagradable desconcierto o cierta tristeza, entrás por una puertita estrecha a un salón mohoso y en penumbras que te resulta desconocido.
Roma, 1953. La historia es universal, a pesar de sus extravagancias de cine de oro hollywoodiense: ella tiene una vida que pesa con todos sus detalles a cuestas, pero también una juventud arrolladora y un coraje a toda prueba aunque nunca haya sido probado. Él es un hombre común, uno más de esos que son dueños de una mala carrera y peores modales, pero tan hermoso como un amanecer frente a un lago en invierno (y tan frío también).
Alguien dijo alguna vez que la historia de la Bella y la Bestia es un caso de Síndrome de Estocolmo adaptado para niños. Me pareció brillante. Porque la Bestia es un carcelero del que para colmo es muy difícil enamorarse: es violento, tosco, huraño, de mal genio, sin nada de sentido del humor y bastante feo, dicho sea de paso. Más que feo, directamente es un bicho de otra especie. En la versión de Disney nos resulta imposible que Bella se enamore de este engendro que parece un jabalí que baila el vals sobre sus patas traseras.
Que la historia de Cenicienta es puro cuento, mis queridos, se cae de maduro. Y, sobre todo, es un cuento que no se adapta a nuestros tiempos.
Ustedes ya lo deben saber, pero sus hijas a lo mejor todavía no: el mundo no es color rosa Barbie. Tiene muchos otros matices interesantes.
- Tiene una casa muy de plástico y muchas amigas de plástico también, una más bonita que la otra. En el fondo ver tantas flores hermosas juntas es una lástima, porque evidentemente sólo les queda competir entre ellas y la pobre Barbie con lo buena que está ni siquiera puede hacer alarde de ser la chica más linda del barrio.
Lo de Isaac Newton y la manzana es un cuento chino. La verdad de la milanesa es que, después de un año de frío intenso que calaba los huesos, el viejo Isaac se fue a una playa a pasar sus merecidas vacaciones y ahí nos vio a todas en malla, refrescándonos la piel de naranja al ritmo del sucundún sucundún de las olas y el viento (sobre todo si anduvo por las playas argentinas, tan ventosas ellas). Así se desayunó el hombre de que existía la gravedad. Nosotras lo intuíamos desde hacía rato, pero es muy difícil vernos el propio traste: hay que contorsionar toda la espalda y alguna vértebra se nos puede torcer, así que lo pensamos mejor y dejamos que él describiera la situación con lujo de detalles.

