
Un amigo le escribió al entonces senador norteamericano Paul Tsongas cuando éste decidió no presentarse a la reelección porque le habían diagnosticado un cáncer: “En el lecho de muerte, nadie ha dicho nunca que desearía haber pasado más tiempo en la oficina.”
Ya sabemos de los beneficios innegables del trabajo: económicos, personales, sociales, de todo tipo… como no tengo vocación pedagógica, no me voy a poner a desarrollar acá lo que ya todos conocemos (mi madre es docente y yo no tengo paciencia ni para explicar la tabla del uno, ¿pueden creerlo? Es evidente que no todos los dones se transmiten a través de los genes).
Pero a veces -a menudo- uno conoce personas que hacen de ese vínculo con su profesión o especialidad, una identidad casi única y excluyente. Es muy frecuente verlo en el mundo de los negocios. Es ese tipo de gente que cuando le preguntás el nombre, te da su CV “comentado” en doce palabras, como para que uno lo pueda ubicar en el casillero (Top) correspondiente: “Hola, soy Fulano de Tal, me gradué de Master Of The Universe en la Universidad de Trussachussets Por Poner Un Ejemplo, y hoy soy fundador, CEO y Líder Espiritual de la compañía Tal Cosa”.
Y está muy bien ser el Alma Mater de Tal Cosa, ¿no? Maravilloso.
Pero si vamos a creernos que somos principalmente eso, y a ufanarnos por pasar trece horas por día en la oficina para que Tal Cosa sea Más Grande y la Burbuja nos Posea por Completo, ya el asunto cambia.
Porque entonces no podremos hablar de otro tema que no sea nuestro trabajo, o algún otro tópico impersonal y “democrático” (todos conocen de qué se trata) pero a su vez “exclusivo” (aunque muchos aspiren a conseguirlo, sólo unos pocos pueden hacerlo): tecnología de punta, autos importados, propiedades carísimas, bienes suntuarios en general… es que esta clase de temas muestra nuestra “clase”, justamente: es la medida de nuestro éxito. La “clase” de éxito que nos proyecta al mundo como personas satisfechas consigo mismas. Como personas con la Cosa Más Grande.
Entonces la vida íntima y personal se desplaza a un costado por un rato, pero es un rato que nadie sabe cuánto dura: sí, el amor viene, pasa y se va; y los matrimonios también. Ya sólo nos queda de esas historias una cuota de cinismo, y la “otra” cuota, ésa mal llamada “alimentaria”. Y el fin de semana con los chicos, que crecen muy rápido, con los que no convivimos, de los que conocemos su pasado de muy chiquitos, pero nada de su presente: ni quiénes son hoy, o qué les gusta, o cuáles son sus amigos… unos extraños con el mismo tono de voz y la misma nariz que uno. Rarísimo Uno a estas alturas, también.
Y un día la Cosa Más Grande De Verdad puede ser todavía insignificante, pero suena la alarma: un bultito de nada, un dolor en el pecho, un desmayo sin causa. Estamos bien, “bien, bien, todo bien”, pero es imposible no sentir miedo, preocuparnos un poco, vernos la cara en el espejo con intención (por primera vez en mucho tiempo), como tratando de adivinar qué nos depara el otro lado.
Porque el reloj avanza. Por el carril lento, pero avanza. Mientras tanto, andamos por ahí creyendo que los que avanzamos (¡y por la vía rápida, además!) somos nosotros.
- Sobrevivir a una reunión de trabajo en la que te tienen dos horas quemándote las neuronas analizando planillas de excel… sin convidarte con un mísero café!
– Nosotros también nos equivocamos. Y en una de ésas, más a menudo y de peor manera que aquellos otros que nos encargamos de criticar puntualmente cuando cometen algún error.
- Por teléfono, haciendo un reclamo ante un empleado de una compañía de servicios: “Señor, veo que usted es poco despierto: qué se le va’ser, ahí no podemos hacer nada. Lo que sí, podría atender más amablemente a los clientes, porque creo que ésa es una virtud bastante accesible.”
El otro día una amiga de una amiga de una amiga mía (hay, midióssss, qué difícil es borrar evidencia) me dejó sorprendidísima. Es que ya somos gente grande las dos, hace rato que abandonamos la tierna adolescencia, somos “señoras de las cuatro décadas” (Arjona, nunca voy a comprar un disco tuyo, sabélo. Ok, hace mucho que no compro un disco, así que corrijo: nunca voy a bajarme tus temas, tenés que saber que mi e-mule te tiene en “spam”).
Así que, joven (y no tan joven) argentina (o de cualquier parte del mundo, latinas, sobre todo): si tenés un marido que trabaja doce horas diarias en algo parecido a un gineceo, y el hombre en cuestión no es:
Las chicas histéricas se dividen en dos: las Histéricas Selectivas, vale decir, aquellas que están rodeadas por una cierta aura de exclusividad para ejercitar ese famoso “sí, pero no” que tienen a algún perejil a mal traer, y las Histéricas Democráticas y Populares (más conocidas por sus siglas: “Hache De Pé”), que hacen del infierno un lugar bien accesible para unos cuantos, sin distinciones ni banderías políticas que las distraigan de su objetivo.
– “Bah, el glamour, el glamour… glamour es mantener el cavado depilado aunque estemos en invierno”.
Son buenos buenísimos y están siempre cuando las papas queman, los llames o no los llames, porque tienen un sexto sentido que les hace llegar a la velocidad del rayo la novedad de que vos estás en problemas o con ganas de recitarle a alguien esos tangos que recién terminaste de componer. Además de hacerse un tiempito para sostenerte los Kleenex a vos, están embarcados en cuanta misión solidaria los convoque, ya sea por el reclamo de los pueblos originarios o por las minorías indefensas de cualquier tipo. Son voluntarios en hospitales públicos o asilos de ancianos. Porque son, en pocas palabras, una monada de gente.
- las parejas que llevan años de casadas y no tienen nada para decirse mientras cenan en silencio, excepto cuando abren la boca para criticar (con pelos y señales) la vida de los demás.
- los que son vegetarianos, no comen ni el huevo del huevo de una gallina, pero sí usan lo último de lo último en marroquinería de cuero de primera calidad: bolsos, zapatos, cinturones… al bicho no se comen, pero si al yacaré lo van a hacer cartera, ellos la compran sin ningún prejuicio.

