Cuando yo era chica devoraba los libros de Lin Yutang, un famosísimo escritor chino que se había educado en Occidente, y que tuvo el detalle de explicarnos a los que vivíamos de este lado del mundo cómo es la cultura de su país, entre otras cosas. De hecho, gran parte de su obra pareciera ser algo así como “China for dummies”, pero bien escrito.
Me encantaba leer a Lin Yutang, y todavía me gusta mucho. Sin embargo, hubo una frase que leí en uno de sus libros y que todavía tengo presente porque no podría estar más en desacuerdo: “La mujer se viste para el hombre que pretende dejarla en traje de Eva”.
Yo era muy joven, mis queridos, y no sabía mucho sobre los motivos que hacen que una mujer se vista o se desvista; aunque tal vez los intuía vagamente. La cosa es que, a los cuarenta bien cumplidos, creo que puedo refutar al maestro, muuuuy a mi pesar. Así que, mi querido Lin, desde donde quiera que estés, espero que escuches este mensaje de tu humilde admiradora: excepto que una mujer tenga 30 días de ovulación al mes (un milagro biológico), no se viste más que en algunas ocasiones para “el hombre que pretende dejarla en traje de Eva”. Y podrás notarlo con facilidad: son los momentos en los que el escote baja cinco centímetros, o la falda sube otros seis, porque con esos detalles estéticos alcanza y sobra. En todas las otras ocasiones las mujeres, en su inmensa mayoría, dedican tiempo, dinero y energía en vestirse para que las miren (y admiren) las demás mujeres, porque a través de esas miradas sabrán si (todavía) son hermosas, elegantes, atractivas, delgadas o poderosas. Y es que la mirada de una mujer hacia otra mujer es muy exigente para valorar detalles que para los hombres pasan absolutamente desapercibidos, y puede mejorar o arruinar totalmente su autoestima en un solo “gesto examinador” que ningún “Lin” (chino, sueco o congoleño) notaría jamás.
Lin Yutang tendió larguísimos puentes para acercar las culturas de Oriente y Occidente, pero sobre la forma de pensar de una mujer, a estas alturas, como dice el tango: “aunque tenga que aprender, nadie sabe más que yo”.
Ustedes ya conocen a Juan Manuel Bulacio, un amigo de la casa: participa mucho de los comentarios de este blog, poniendo un poco de cordura a los posts estilo “bola sin manija” que publico a veces.
… y solamente por esa razón, es decir, por la posibilidades que se inventan de merodear impunemente por este mundo ancho y ajeno, siempre me llevé muy bien con las chicas malas (sép, tengo más tolerancia a las “chicas malas” que a la lactosa, ya es hora de que se enteren). Y es que en los grandes dramones de película, no me digan que las chicas malas no tienen un atractivo personal MIL VECES más definido que el de las chicas buenas…
Las chicas malas están en contacto con su arpía interior porque pasean a unos dobermans con collares de cuero negro con brillantes falsos incrustados. Las chicas malas viajan a Las Vegas con la Visa oro de su ex que todavía lleva su nombre. Son apasionadamente leales a sus amigas (son capaces de matar a quienes rompan el corazón de sus amigas del alma). Las chicas malas tienen amigos dotados de poderes sobrenaturales. Tienen su propio astrólogo. Saben que un cuerno (de la luna o de otro astro) no es necesariamente algo que te pone el marido. Las chicas malas escuchan a Billie Holiday. Saben de la importancia de depilarse con cera periódicamente. Las chicas malas ejercitan unos músculos que el resto de nosotras ni siquiera sabemos que tenemos. Las chicas malas huelen a perfume caro y nunca salen de casa sin unos pendientes fabulosos. Leen a Nietzsche. Saben pronunciar el nombre de Goethe y recitar Las flores del mal. Las chicas malas utilizan boquilla; las chicas realmente malas asisten a cenas donde sólo se fuman puros.
“Nunca discutan sobre política, fútbol o religión”, escuché en mi familia desde que yo era un chichón del piso. No digo que el mensaje estuviese mal, porque el objetivo era evitar que uno se agarrara de las mechas con la familia y los amigos en pleno asado dominguero, pero creo que acá vamos a estar de acuerdo en que lo fundamental es aprender a dialogar sobre cualquier tema hablando y escuchando con serenidad, comentando y dejando espacio al otro para que cuente lo que opina, también. Porque ya habrán visto que en este mundo hay más diferencias que coincidencias.
Ayer leía ” De qué hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami. Y me encontré con lo siguiente que viene a cuento, más o menos: “… sea en la vida cotidiana, sea en el ámbito laboral, competir con los demás no es mi ideal de vida. Tal vez sea una perogrullada, pero el mundo es lo que es porque en él hay gente de todo tipo. Los demás tienen sus valores y llevan una vida conforme a esos valores. Yo también tengo los míos y vivo conforme a ellos. Las diferencias generan pequeños roces cotidianos y, a veces, la combinación de varios de esos roces se transforma en un gran malentendido. Como consecuencia de ello, se reciben a veces críticas infundadas. Y es evidente que no es agradable que te malinterpreten o que te critiquen. Te puedes sentir profundamente herido. Es una experiencia muy dura.
“Todo lo que hay que saber sobre cómo vivir y qué hacer y cómo debo ser lo aprendí en el jardín de infantes. La sabiduría no estaba en la cima de la montaña de la universidad, sino allí, en el arenero.
¿Les gusta cómo escribe Rodrigo Fresán? Va algo de todo lo mucho que me gusta de “La velocidad de las cosas”:
Hoy inauguramos sección! Sí, señores: en este blog no reparamos en gastos. Ahora tenemos una nueva que se llama “La vida de los otros”, en la que despuntamos el vicio de ser unos chismosos irredentos y contar cosillas de la gente que vemos por ahí. Ustedes se estarán preguntando si acá vamos a sacar los trapitos al sol sobre vida y obra de los demás (les adivino el pensamiento). Bueno, no sé, tampoco quiero que corra sangre por estos lares: “sobre la vida” no creo, ahora, “sobre la obra” puede ser. Acá podemos compartir descubrimientos que hayamos hecho sobre libros, películas, blogs… en fin, esos detalles cotidianos que nos gustan y nos encantaría recomendar, porque le dan una calidad diferente a un día cualquiera. Nos referimos a lo que hay dando vueltas por el mundo, las estanterías, los escaparates, los restaurantes, los sex shops, qué se yo, todo eso que hay exhibido en esta feria persa llamada “mundo” y que pueda suscitar nuestro interés común. Pueden ser novedades o viejos clásicos del género, no importa. 

