
Ayer sábado íbamos con Cucurullo en el auto hablando de bueyes perdidos, como cualquier matrimonio en día sabático.
En éso, ya que hablamos del sabbat [?], me acordé.
“Amorcito, el día tal en el colegio de Mile da una conferencia el rabino Bergman sobre la construcción del ciudadano, la República y demases”.
Y Cucurullo me contestó: “Pero… ¡ya lo escuchamos tantas veces! Me parecen muy buenas sus ideas, pero ya SABEMOS lo que va a decir, entonces, ¿es necesario oírlo de nuevo?”
Me dejó pensando acerca de los mensajes que pretendemos escuchar, caídos del cielo, del cable, de la blogósfera o de donde fuere: ¿es necesario que sean tan novedosos, creativos, fuera de serie?
Es cierto que, si escuchaste algunas veces al rabino Bergman, y si sus ideas son coherentes y el tipo mantiene un estilo, lo que vas a escuchar se parecerá a lo que dijo el año pasado. ¿Y?
El cerebro humano es un aparato bastante imperfecto, no me digan. No es por nada, pero supongo que ya todos entendimos que en el 99% de las religiones que reividican al ser humano como “expresión del amor de algún Dios”, están los Procedimientos Eficaces para ser Felices, y que todos se parecen entre sí. Y sin embargo nada, che, como sociedad hemos aprendido poquísimo. A veces -los días en que me levanto de muy mal humor- se me da por creer que, si respetamos colectivamente ciertas leyes y nos organizamos de alguna forma articulada, es sólo porque “el hombre es el lobo del hombre”, como decía Rousseau, y por miedo a los “otros” nos aliamos con “éstos” y acatamos algunas reglas de juego, pero no tenemos una ambición desmedida por evolucionar civilizadamente colaborando tutti cuanti en el intento (ya les aclaré que este pensamiento bien agrio se me cruza por la cabeza solamente en mis días más nefastos, ¿no?).
La repetición es la base de toda conducta novedosa que querramos aprehender: cualquier práctica religiosa o espiritual nos exhorta a que nos demos una vueltita por la parroquia, la mezquita o la sinagoga por lo menos una vez cada tanto para no debilitar nuestras creencias hasta volverlas anémicas, y aún el Doctor Ravenna te explica que para ser delgado como un espárrago, tenés que comprometerte a ir a una reunión semanal para escuchar el duro mensaje: “decile ‘no’ a ese chocolate tan tentador”.
En Oriente hay una creencia muy popular: los mantras generan un efecto benéfico por “acumulación” en aquellos que los pronuncian, porque es la repetición de determinada palabra o sonido lo que nos hace entrar en un estado de profunda apertura interior como para incorporar, por algunos mecanismos no intelectuales, ciertos conocimientos intuitivos y sagrados.
Lo mismo parece suceder con cualquier otra cosa que deseamos incorporar a nuestras vidas y que no viene implícito en el paquete genético, ¿no?. Hay que insistir, machacar, repetir. Así aprendemos chicos y grandes un idioma, por ejemplo: por imitación, repetición, generando el hábito de pronunciar, escuchar el entorno, volver a pronunciar, repetir, y volver a repetir, como un disco rayado.
Hablamos mucho de “valores”: las parejas tienen valores, las familias tienen valores, los amigos tienen códigos y valores. Y es verdad, tenemos valores, pero algunas personas ni siquiera pueden cenar una vez por semana con otros conocidos sin discutir por una pavada insignificante, demostrando así que se nos complica afirmar esos valores de “diálogo” y “respeto” que proclamamos a los cuatro vientos, y que son tan difíciles de sostener sin un encuadre que los fomente. Y es que los valores hay que ejercitarlos en el día a día, y para eso necesitamos confirmarlos en algún contexto que nos ayude a afianzarlos junto a los demás.
Entonces, pareciera que así se viven los valores, también: repitiendo, una y otra vez, lo que decimos entender de una vez y para siempre. Porque de una vez y para siempre pareciera muy complicado, ado, ado… de acatar.
Demás está decir que sí, que iré a escuchar al Rabino Bergman, una vez más.

Ellos, los de la foto, se aman con locura. Y así como la locura no puede entenderse racionalmente, la pasión tampoco puede serenarse con una explicación. Y por ahí andan estos amores tan fogosos: sobreviven a la pátina de decoro que ostenta el stablishment, a las traiciones ocultas, e incluso a la muerte de uno de los amantes. A todo, menos al paso del tiempo y al peso de la rutina, a las conversaciones banales de la vida doméstica, al mundo plagado de detalles (es que la pasión de unas nueve semanas y media no tiene nada que hacer frente a la racionalidad de todo lo otro concreto & cotidiano).
“La igualdad de género” es un tema que me confunde un poco: ¿se tratará del cashmere y el cashmilon, que como empiezan ambos con “cashm” marean a más de uno poco atento a las cuestiones textiles?
Cuando yo era chica, recuerdo haber visto pulular por mi barrio varios ejemplares de Viejas Chusmas. Las Viejas Chusmas hablan pavadas casi todo el tiempo, por eso les queda poco rato para pensar a qué perfil de oyente le importa lo que están diciendo (la Madre Teresa? Nelson Mandela?), exageran situaciones hasta lo inaudito y, lo que es peor, se regodean en la desgracia ajena o en la desprolijidad reinante.
Hay que sincerarse, decirse a uno mismo frente al espejo y con todas las letras que cuando no va, no va.
Un terremoto pone a Haití patas para arriba en el mapa (más de lo que ya estaba, todavía!), y todos sentimos compasión, horror y ganas de ayudar como sea y donde sea. Donamos ropa, alimentos no perecederos, incluso cosas que todavía podríamos usar pero que esa gente necesita más que nosotros. Sin embargo, estos tipos tan solidarios con el prójimo somos los mismos que le arrojaríamos más de una levantada en peso a un compañero de oficina si nos sacara la abrochadora del escritorio sin pedirnos permiso. Y no es que no seamos desprendidos con nuestras cosas (para no confundirnos al despejar la equis, asumamos acá que no somos tan retorcidamente egoístas y recordemos que en este mismo párrafo donamos no sé cuantas cosas a los haitianos). El problema es que el fondo del asunto pasa por otro lado.
Antiguamente el baño era como un pequeño cobertizo que podía estar alejado unos cuantos metros de la casa, inclusive. Un anexo no tan anexo, más bien lejano (pretendíamos alejar los depósitos de heces de nosotros, ya que no era fácil arrastrarlas con cañerías ni otros artilugios). Hoy una estructura de vivienda así sería impensable: el baño está tan incorporado a nuestras otras instalaciones y a nuestras experiencias cotidianas que ya no es solamente un lugar donde “hacer lo primero” y “lo segundo” o pegarse una ducha (lo que clasificaría como “hacer lo tercero” en una lista de actividades sanitarias, imagino).
Hace muchos años -yo era chica, calculen- pasaban por la televisión una publicidad de Arnet en donde un Hombre Sufrido Como Cualquier Hijo de Vecino lee en el diario que un meteorito al día siguiente partiría en dos el planeta y sería el acabóse. Así que en ese mismo instante el Hombre Sufrido se dedica a cumplir con todas sus fantasías maltrechas: se baja los pantalones frente al jefe, se revuelca con la mucama, abandona a su mujer y termina el día en una orgía tremenda con un burro de compañero. En resumidas cuentas, el tipo se desata a lo bestia, como si fuese el último día (porque ERA el último día).
Hace un tiempo estuvimos viviendo en París unos cuantos meses por temas laborales de Cucurullo. Fue un tiempo, también, en el que el afincarse en esa ciudad podía tansformarse en algo cuasi definitivo, por más que no fuera nuestra idea original. Todo estaba por verse, consolidarse o adivinarse en el camino. Con lo que nos encantannn esos acertijos a Cucurullo y a mí! (esta frase fue escrita con tono irónico, así que no crean una sola palabra de ella). La cosa es que por una vez tuvimos que hacer las valijas con esa sensación de andar atravesando un destino incierto y oscuro. Y ahí nos metimos, en la boca del lobo… sin vocación de odontólogos de animales salvajes. En fin, ya muchos de ustedes conocen todos los detalles de esta historia, así que ahora voy a ahorrarles la experiencia de leer el mismo cuento otra vez.

