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Diatriba en favor del disco rayado ado ado…

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Ayer sábado íbamos con Cucurullo en el auto hablando de bueyes perdidos, como cualquier matrimonio en día sabático.

En éso, ya que hablamos del sabbat [?], me acordé. ;-) “Amorcito, el día tal en el colegio de Mile da una conferencia el rabino Bergman sobre la construcción del ciudadano, la República y demases”.

Y Cucurullo me contestó: “Pero… ¡ya lo escuchamos tantas veces! Me parecen muy buenas sus ideas, pero ya SABEMOS lo que va a decir, entonces, ¿es necesario oírlo de nuevo?”

Me dejó pensando acerca de los mensajes que pretendemos escuchar, caídos del cielo, del cable, de la blogósfera o de donde fuere: ¿es necesario que sean tan novedosos, creativos, fuera de serie?

Es cierto que, si escuchaste algunas veces al rabino Bergman, y si sus ideas son coherentes y el tipo mantiene un estilo, lo que vas a escuchar se parecerá a lo que dijo el año pasado. ¿Y?

El cerebro humano es un aparato bastante imperfecto, no me digan. No es por nada, pero supongo que ya todos entendimos que en el 99% de las religiones que reividican al ser humano como “expresión del amor de algún Dios”, están los Procedimientos Eficaces para ser Felices, y que todos se parecen entre sí. Y sin embargo nada, che, como sociedad hemos aprendido poquísimo. A veces -los días en que me levanto de muy mal humor- se me da por creer que, si respetamos colectivamente ciertas leyes y nos organizamos de alguna forma articulada, es sólo porque “el hombre es el lobo del hombre”, como decía Rousseau, y por miedo a los “otros” nos aliamos con “éstos” y acatamos algunas reglas de juego, pero no tenemos una ambición desmedida por evolucionar civilizadamente colaborando tutti cuanti en el intento (ya les aclaré que este pensamiento bien agrio se me cruza por la cabeza solamente en mis días más nefastos, ¿no?). ;-)

La repetición es la base de toda conducta novedosa que querramos aprehender: cualquier práctica religiosa o espiritual nos exhorta a que nos demos una vueltita por la parroquia, la mezquita o la sinagoga por lo menos una vez cada tanto para no debilitar nuestras creencias hasta volverlas anémicas, y aún el Doctor Ravenna te explica que para ser delgado como un espárrago, tenés que comprometerte a ir a una reunión semanal para escuchar el duro mensaje: “decile ‘no’ a ese chocolate tan tentador”.

En Oriente hay una creencia muy popular: los mantras generan un efecto benéfico por “acumulación” en aquellos que los pronuncian, porque es la repetición de determinada palabra o sonido lo que nos hace entrar en un estado de profunda apertura interior como para incorporar, por algunos mecanismos no intelectuales, ciertos conocimientos intuitivos y sagrados.

Lo mismo parece suceder con cualquier otra cosa que deseamos incorporar a nuestras vidas y que no viene implícito en el paquete genético, ¿no?. Hay que insistir, machacar, repetir. Así aprendemos chicos y grandes un idioma, por ejemplo: por imitación, repetición, generando el hábito de pronunciar, escuchar el entorno, volver a pronunciar, repetir, y volver a repetir, como un disco rayado.

Hablamos mucho de “valores”: las parejas tienen valores, las familias tienen valores, los amigos tienen códigos y valores. Y es verdad, tenemos valores, pero algunas personas ni siquiera pueden cenar una vez por semana con otros conocidos sin discutir por una pavada insignificante, demostrando así que se nos complica afirmar esos valores de “diálogo” y “respeto” que proclamamos a los cuatro vientos, y que son tan difíciles de sostener sin un encuadre que los fomente. Y es que los valores hay que ejercitarlos en el día a día, y para eso necesitamos confirmarlos en algún contexto que nos ayude a afianzarlos junto a los demás.

Entonces, pareciera que así se viven los valores, también: repitiendo, una y otra vez, lo que decimos entender de una vez y para siempre. Porque de una vez y para siempre pareciera muy complicado, ado, ado… de acatar. ;-)

Demás está decir que sí, que iré a escuchar al Rabino Bergman, una vez más.

“Te juro que si hubiera otra/o entre nosotros, mi amor, vos serías la primera persona en enterarte”

Casablanca

La Santísima Trinidad es para los cristianos un asunto muy complejo de entender, por eso de que Dios Es Uno pero son Tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este tema tan ríspido para la lógica común me tuvo confundida durante gran parte de la infancia, les confieso (son las deliciosas obsesiones que provoca la educación religiosa a tan tierna edad). :-D

Pero con el tiempo descubrí que ese dogma de fe no es el único interrogante (ni el más acuciante) que se atasca en mi mente, porque tengo que admitir, mal y tarde, que las reglas que se establecen en las relaciones de pareja son a menudo más difíciles de entender: para mí es un misterio inextrincable que cuando vivimos “de a dos”, con frecuencia digamos una cosa y sin embargo pensemos otra. O incluso que NOS PASE algo importante, y NO se lo informemos ni por error a nuestro medio limón/ media naranja, según sea el “género” del cítrico en cuestión. ;-)

El otro día tomando un café con amigas saltó una novedad inesperada: una de las chicas del grupo se había separado de su marido. Es un matrimonio con hijos y a todas nos dio pena la situación por los chicos, naturalmente. Como siempre sucede en estos casos, nos preguntamos si él (el medio limón) tendría otra pareja. Y como también siempre sucede en estas charlas de café, los pensamientos en voz alta tomaron derroteros azarosos: quién no cae a veces en la rutina cuando está en pareja, qué chocante (y qué común, sin embargo) nos resulta a veces la existencia de terceros en discordia, la traición y los secretos inconfesables o más bien “confesos, pero con sorprendente discreción”.

Pero un ratito antes de adentrarnos en aguas tan profundas habíamos estado hablando entre nosotras de otros tantos secretos más o menos vergonzantes que existen dentro de nuestras parejas, con las que se supone que “estamos bien y tenemos confianza”. Les cuento algunos de los casos para que evaluemos juntos si no resultan más paradojales que el de la Santísima Trinidad, por poner un ejemplo (que hoy, no sé por qué, se me ocurre a cada rato). ;-)

- Una de mis amigas puede que se exponga en una película tal y como Dios la trajo al mundo (Dios Padre, Hijo o Espíritu Santo, acá pueden elegir ustedes que Persona les guste más) porque así lo exige el guión, pero todavía su esposo no sabe que anda rondando en su mente esta situación tan plausible (el proyecto existe, pero falta que se concreten algunos detalles). Es evidente que si el asunto finalmente se concretara, ella tendría que contárselo a él, pero por ahora lo sabemos únicamente nosotras, que de todos modos somos varias (como la Santísima Trinidad, somos Una y Sin Embargo, Tantas…). :-(

- Otra anécdota de la mesa de café: los gastos incalculables de “Una” con la tarjeta de crédito que, por increíbles ardides cuasi mágicos (una vez más), los jodidos de Visa o American Ex-pre$o suman y acumulan antes del cierre (¿vos podés creer tanta maldát?) dando origen a terribles maniobras financieras de “Una” para que el secreto a voces de la cifra final no sea escuchado por su propio medio limón.

Hay también muchos otros ejemplos de encubrimiento conyugal que seguramente todos ustedes conocen: desastrosos informes escolares que pondrían a los vástagos en la cuerda floja familiar a la hora de cena; novios o novias de Hijos o Hijastros adolescentes que aparecen de la nada, como el Espíritu Santo, así que “mejor que no se entere tu Padre porque te manda crucificar, ¿oíste?”; oscuras adicciones negadas tres veces -o en más ocasiones, incluso-.

Todas cuestiones laicas más fáciles de entender que los misteriosos dogmas religiosos, y que sin embargo resultan difíciles de aceptar siendo los seres concretos que somos. Son situaciones que no necesitan sostenerse desde la fe “que mueve montañas”, sino desde el respeto de ida y de vuelta. Un respeto lógico y racional, pero no exento de complejidades cotidianas.

Así que, volviendo al tema de los terceros en discordia: ¿por qué habríamos de exigir la confesión casi instantánea de cuestiones tan profundas como ésa, si la brecha de los secretos (y la desconfianza) entre naranjas y limones se produce mucho, muchísimo antes?

Preguntas sin respuesta, como la de la Santísima Trinidad.

Porque amores que matan, nunca mueren

amantes parisinos Ellos, los de la foto, se aman con locura. Y así como la locura no puede entenderse racionalmente, la pasión tampoco puede serenarse con una explicación. Y por ahí andan estos amores tan fogosos: sobreviven a la pátina de decoro que ostenta el stablishment, a las traiciones ocultas, e incluso a la muerte de uno de los amantes. A todo, menos al paso del tiempo y al peso de la rutina, a las conversaciones banales de la vida doméstica, al mundo plagado de detalles (es que la pasión de unas nueve semanas y media no tiene nada que hacer frente a la racionalidad de todo lo otro concreto & cotidiano).

Los grandes amores etéreos son eternos por no haberse contaminado nunca con la vida real: circulan por un limbo flotante que tiene su vibración más baja a cinco centímetros por encima del zócalo. Ningún Dios comprende la muerte (y nunca podría: la espada de Damocles no apunta sobre Su Cabeza). Del mismo modo, las fantasías inconfesas no encuentran traducción para la remanida frasecita “mañana vence la factura del gas”.

Las grandes pasiones encontradas se sostienen en el precario equilibrio que anida en el contraste de las miradas brillantes sobre un rincón oscuro, en la tensa atmósfera que rodea dos copas de champagne a las tres de la tarde o en el minúsculo resquicio que separa la victoria idealizada de una derrota por goleada.

La vida es rarísima cuando no se puede explicar con la lógica de un sistema de ecuaciones.

Los ovarios al plato (pensamientos premenstruales)

contando los días“La igualdad de género” es un tema que me confunde un poco: ¿se tratará del cashmere y el cashmilon, que como empiezan ambos con “cashm” marean a más de uno poco atento a las cuestiones textiles?

Porque yo entiendo que los hombres y las mujeres debemos tener los mismos derechos y las mismas obligaciones ante la ley, de eso no creo que alguien pueda tener dudas. Ahora, fuera de esa declaración brillante que me acabo de mandar, no se me ocurre ninguna otra igualdad que debamos echarnos en cara entre nosotr@s.

Me refiero a que pareciera que somos bien distintos. Tan distintos que hasta puede que frecuentemente no nos entendamos (agreguémosle al asunto, además, nuestra pretensión simplista de ser iguales), y que por eso haya tantas rupturas de pareja, o gente sola -de ambos sexos- que no logra encontrar “así de fácil” un/a compañero/a para compartir su vida y su sommier de dos plazas.

Así las cosas, cuando escucho las tragedias afectivas de mis amigos y conocidos, les pongo el ejemplo de igualdát entre los sexos que yo acuñé para mi uso personal y que evoco cada vez que sueño con el día en que tal cosa ocurra:

Adán y Eva están en el baño. Al unísono, miran un Evatest y descubren que hay dos rayitas rojas sobresaliendo ahí, frente a sus ojos. Sí, el asunto es “positivo”.

Entonces se van a la cocina los dos tomados de la mano, felices y emocionados. Se sirven café y se sientan uno frente al otro. En silencio, abren sus agendas personales. Y entonces Eva pregunta, dulcemente:

- Bueno, amorcito, son nueve meses. Cuatro meses y medio para cada uno. Vos qué preferís: tener al baby en la panza las primeras veinte semanas, o las segundas veinte? Lo jodido de la primera mitad son las náuseas, los mareos y las posibles pérdidas, pero en la segunda tenés un pequeño problema de identidad, porque básicamente te transformás en una panza gigante llena de hormonas a punto de estallar que el dulce bombón patea desde adentro como Messi frente al arco. De todas maneras, ya sabemos que las dos etapas son maravillosas. En fin, vos, ¿en cuál de las dos mitades del embarazo te anotás?

Mientras Eva no esté habilitada técnicamente para hacer esa pregunta, mis querid@s, la igualdát entre los sexos (afectiva y efectiva) es un mero experimento antropológico sin pies ni cabeza, intuyo.

Todos somos socios de algún club del que no queremos membresía

desde el otro lado Cuando yo era chica, recuerdo haber visto pulular por mi barrio varios ejemplares de Viejas Chusmas. Las Viejas Chusmas hablan pavadas casi todo el tiempo, por eso les queda poco rato para pensar a qué perfil de oyente le importa lo que están diciendo (la Madre Teresa? Nelson Mandela?), exageran situaciones hasta lo inaudito y, lo que es peor, se regodean en la desgracia ajena o en la desprolijidad reinante.

Entonces, si la chica de la otra cuadra quedó embarazada sin estar casada, la Vieja Chusma coloniza el Paraíso con el dedo gordo del pie: tiene tarea para rato dándoles a entender a los testigos ocasionales de sus palabras todos aquellos detalles truculentos que presume saber de esa situación tan “desgraciada”.

Pero, como yo sospecho que Dios es Contador y los balances siempre le cierran bien, al poco tiempo sucede que la hija de la Vieja Chusma también está embarazada antes de desfilar de blanco frente al cura de la parroquia, o se queda para vestir santos o, lo que es peor, es “la otra” del almacenero de la otra cuadra. Pero siempre, siempre, la infame es objeto de otros chisme y de alguna otra Vieja Chusma: esta es una Ley del Universo que conoce todo barrio medianamente poblado.

Se supone que con la mayor densidad demográfica de las grandes ciudades, el estilo de comunicación de la Vieja Chusma debería menguar. Sin embargo, el formato de chimenterío barrial tiene muchos adherentes entre nosotros. Yo supongo que se debe a que todos lo hemos presenciado desde la más tierna infancia y entonces, queriendo o sin querer, se lo copiamos a la Vieja Chusma sin más ni más. Si a eso le sumamos que la Aldea Global se ha ampliado considerablemente con chimentos que no son del barrio, sino de lugares tan fáciles de comprender como Calcuta, Bali o Saigón… bueno, la verdad es que ahora entiendo por qué no nos alcanza la vida para hablar de los otros.

Y lo gracioso es que hablamos como si tuviésemos un pasado perfecto y la garantía de otros tantos días perfectos por venir, todos y cada uno con sabor a gloria. Y es que para vivir cotidianamente debemos olvidarnos cada dos por tres de que el sufrimiento es parte del destino humano, para no abrumarnos de preocupaciones. Y lo bien que hacemos! Sin embargo, cada tanto es bueno ajustar la perspectiva. Por eso, así como -acá va el “momento Coelho” de este post, disculpen, no puedo evitarlo-yo creo en los milagros (”pero no los esperes, sólo reconocelos cuando aparezcan”, dice mi amigo Javier, comentarista de este blog), también creo que a veces nos vienen unos palos impensables del destino porque es ley de la vida que a todos nos pase algo. Y que de esos palos, cuando le tocan a otros, no hay que aferrarse con uñas y dientes.

Entonces, dejando de lado los típicos argumentos de paz y amor (fuera de aquí, Coelho!), pienso que, por pura viveza estadística, por pura sospecha de que hablar mal de los demás, sin compasión de ningún tipo, nos hace parecidos a las Viejas Chusmas de mi barrio que por cada cosa prejuzgada recibían un papelón igual o mayor del futuro insondable, está buenísimo no comentar con ligereza, por ejemplo:

“Pero qué loco mirá vos pobre mina la esposa del ex presidente del Banco Central, enganchado in fraganti con la Chica Pulposa de Rigor. ¿Cómo es ella? ¿Linda, horrible, jodida, una divina?” (sé que el tema no nos importa nada, mis queridos, pero el nombre de “la esposa” fue lo más tipeado por la gente en los buscadores de internet durante el día de ayer, acá en Argentina). Nos regodeamos en esa historia, pareciera. Sin embargo, también hay respuestas brillantes a la “noticia de color” más buscada actualmente; una de ellas es la que leí ayer de un amigo en el Facebook, que de esto manya bastante: “No conozco a nadie que se vaya sin cuernos de este mundo”.

Ojo al piojo, caro lector, que escupir para arriba es un deporte de alto riesgo.

El caso es que hay gente con la que no hay caso…

estallandoHay que sincerarse, decirse a uno mismo frente al espejo y con todas las letras que cuando no va, no va.

Me refiero a que hay gente con la que no hay caso, no se puede generar un vínculo sano de ida y vuelta. Esa persona puede ser un pseudo jefe, un pseudo amigo o un pseudo pariente: el término que importa acá es “pseudo”: se trata de pseudo relaciones. De la boca para afuera puede que no nos animemos a decírselo al Fulano con todas las letras: seríamos despiadados, crueles, unos jodidos con menos tacto que un elefante en un bazar. Así que tratamos de tapar el asunto. Peeero no importa cuánta buena cara le pongamos al mal tiempo: lo que vuelve de ese contacto cotidiano es una madeja de desencuentros confusos que nos deja todo el interior entreverado y en malestar, como cuando nos tragamos un pelo y se nos queda estancado en la garganta.

¿Nunca les pasó?

Y es que sabemos -yo sé que sabemos- que no podemos caerle bien a todo el mundo, ni todo el mundo puede dejarnos tampoco a nosotros encantados de la vida. Tratamos de tener y generar una buena onda incolora e indolora para toda la masa innominada de gente que anda por ahí. Pero así y todo hay personas -pocas, asumo, e identificadas con nombre y apellido en la vida de cada uno- que no nos convencen, y con las que obligadamente tenemos que relacionarnos. Probablemente sea gente para la que nosotros quedamos a mitad de camino, también. Y en las relaciones humanas, acumular esfuerzos para remontar situaciones trabajosas y “que nos querramos a pesar de todo”, ya no sé si es buena idea: hay un desgaste permanente, y en alguno de esos ires o venires el hilo se corta por lo más delgado y entonces, por cualquier nimiedad así, pero así de chiquita, un problemita tamaño bonsai, por una cosa insignificante, se arma un sainete de padre y señor nuestro.

Y estallan miles de fuegos cruzados y la conversación -interna o externa- se vuelve un polvorín.

Si no emitís sonido, esas palabras no dichas se quedan estancadas dentro tuyo como estalactitas colgando de tu mente pensoteante: ahí queda todo lo que quisiste decir pero nunca dijiste, porque preferiste tratar de mover las fichas con el cálculo medido de un jugador de ajedrez… y te parece que es mejor que el asunto siga así, porque salvaste las papas y no corre sangre, pero la tristeza y la frustración las pagaste todas, igual, en ese momento uno en el que te frenaste (y de contado).

Si en cambio se te cruza que es el acabóse, tirás todo por la borda, le cantás al Susodicho cuatro frescas y que el último apague la luz. Te sentís muy bien durante cuatro minutos, vacío de ruido interno, henchido de revanchismo y a punto de inaugurar un monumento al Ego, cuando te das cuenta de que, bien mirado todo, resulta que te fuiste a la merda y dijiste dos o tres cosas de las que ya te estás arrepintiendo (por vos mismo, porque no te gusta ser un animal que le dice esas barbaridades a nadie).

De cualquiera de las dos formas en que termine para vos la situación (en implosión o explosión) te quedará la eterna duda: “¿por qué no pudimos trascender nuestras diferencias y ser amigos / buenos vecinos / conformar un buen equipo de trabajo / tener una relación cordial y de compañerismo dentro del contexto que nos tocaba a los dos en suerte?”

¿Es un tema de “energía”, de no poder trascender limitaciones personales, de la imposibilidad de relacionarnos divinamente con todo el mundo (sobre todo, con ese mundo que parece conflictivo, insensato y lleno de “dimes y diretes” que nos agotan)?

Los escucho / leo atentamente. El silencio también se escucha, para los que leen pero no comentan… no se preocupen. ;-)

¿Por qué es más fácil amar a la humanidát entera que a Juan de los Palotes?

vidas Un terremoto pone a Haití patas para arriba en el mapa (más de lo que ya estaba, todavía!), y todos sentimos compasión, horror y ganas de ayudar como sea y donde sea. Donamos ropa, alimentos no perecederos, incluso cosas que todavía podríamos usar pero que esa gente necesita más que nosotros. Sin embargo, estos tipos tan solidarios con el prójimo somos los mismos que le arrojaríamos más de una levantada en peso a un compañero de oficina si nos sacara la abrochadora del escritorio sin pedirnos permiso. Y no es que no seamos desprendidos con nuestras cosas (para no confundirnos al despejar la equis, asumamos acá que no somos tan retorcidamente egoístas y recordemos que en este mismo párrafo donamos no sé cuantas cosas a los haitianos). El problema es que el fondo del asunto pasa por otro lado.

El punto es que es difícil amar(nos) sabiendo de nuestras pequeñas miserias y nuestro confuso mundo de detalles, en el que no somos tan maravillosos ni tan accesibles para eso de querer y ser queridos todo el tiempo. Querer a la humanidad “en general” es muchísimo más sencillo, lógico y razonable. Todos queremos en grandes letras mayúsculas, como rasgo de inteligencia social si no es por otras razones más metafísicas o religiosas. Hasta mi hija de cinco años sabe que “los que son muy malos en algún momento se quedan solos, mami”.

Entonces pienso en el Papa, en Buda, en Osho y tantos otros… me pregunto si para ellos no es (o “fue” para algunos que ya no están en este mundo, pero pongamos toda esta idea en un tiempo presente ideal) más fácil amar a la humanidad en general porque no tienen que compartir el baño a la mañana con su media naranja -¿todos tardamos en bañarnos / afeitarnos / maquillarnos más tiempo de lo que el otro puede esperar para usar las mismas instalaciones?-, o correr con los hijos una carrera maratónica para no llegar tarde a la escuela un día lunes, por ejemplo. Y porque también tienen la ventaja de irse a trabajar a un ambiente relajado de oración y meditación, así que nadie les exige presentarse todos los días en una oficina en el microcentro donde el que llegó a la cima (el despacho con ventana al río) es un señor que tiene la sensibilidad del que se come a los chicos crudos. Es decir, me pregunto si las grandes virtudes teologales no son más difíciles de practicar en el día a día del mundo real, jodidamente real, que hace conexión con la Línea D de subtes.

Porque pienso que el ser humano no está tan bien hecho como para ser fácilmente querible. Enamorarse de Fulano o Mengano es una experiencia de acceso democrático porque en el enamoramiento hay mucho de arrobamiento, de sentirse asombrado por lo bueno y nuevo que decubrimos en el otro, por eso “escoba nueva barre bien”. Pero ya sabemos a esta altura que el mérito de querer a los demás no pasa por lo que descubrimos de bueno en ellos en los primeros quince minutos, sino en seguir sintiendo ese amor y esa admiración después de los primeros quince añitos de compartirlo todo (lo bueno y lo no tan bueno).

Y me doy cuenta de que el amor ilimitado no es tan fácil de lograr como quisiéramos creer. Hay gente que publica en su muro de Facebook maravillosas frases de amor -dedicadas a la humanidad en general o a un idealizado vecino de por ahí al lado- pero con serios problemas para volcar entre sus afectos reales y concretos tamañas enseñanzas. ¿Cómo entender el amor que concibe esa gente, entonces? ¿Como un amor idílico, adolescente, académico (me refiero a teórico, “de libro”)?

Querer querer lo que se dice querer, quiso -al mundo en general y a muchos en particular, y constantemente- la Madre Teresa, por ejemplo. Ahí tenemos un hallazgo sorprendente: no se casó con nadie de este mundo (se casó con Dios, y creo que ella no se merecía ningún otro cónyuge de menor categoría que Ese), y tampoco hizo grandes declaraciones ceremoniales. Fundó una orden religiosa para socorrer a los insocorribles de siempre (creo que acabo de inventar una palabra, disculpen), se arremangó hasta la humildad más absoluta y se entregó como nunca vimos entregarse a nadie (olvídense de esos amores de películas hollywoodienses con música tipo “Carrozas de Fuego” de fondo, todos sabemos que estamos hablando de algo más maduro que eso, hablamos del amor fundante, profundo, que no se lleva bien con el botox en el ombligo: no sé por qué últimamente no creo en ninguna escena de amor y de desprendida entrega en donde el amante tenga los rasgos rígidos de puro amor propio).

Así que cuando pienso en una declaración de amor jugado, al mejor estilo “contigo pan y cebolla”, pienso en la Madre Teresa de Calculta, que es la mujer más preparada que concibo para poder hacer ese juramento. A todos los demás puede que no nos quepa el sayo, o por lo menos puede que andemos tecleando de vez en cuando.

Entonces el amor no está puesto en el objeto de ese amor, sino en el sujeto que dice andar amando por ahí. Si soy capaz de amar, podré amar a cualquier Juan de los Palotes. Juan de los Palotes a veces es un chico enfermo en Calcuta que no come hace mil vidas, otra vez es mi media naranja utilizando el baño por treinta minutos en “hora pico” y otro día es ese compañero que me desordena el escritorio sin permiso. Y ahí es cuando me encuentro de sopetón con la realidad más prosaica pretendiendo ser una gran deidad iluminada, o quien sea que esté allá lejos sobre un altar, bajo las cumbres del Tibet o en un ashram de la hostia. Pero esos espíritus sutiles no están casados con una señora que mira programas de chimentos ni son empleados en el Deutsche Bank: viven en otro barrio intelectual y emocional del que no vamos a hablar acá.

No hay caso, en nuestro mundillo de liquidaciones de verano pagaderas en cuotas fijas a estrenar, amar es tolerar sin desmadrarse las miserias del otro. Con una sonrisa incluso, lo que ya sería la cereza del postre. Para todo lo demás… ya saben lo que voy a decir, no? para todo lo demás, existe Mastercard.

Confesiones de baño

entodosladosAntiguamente el baño era como un pequeño cobertizo que podía estar alejado unos cuantos metros de la casa, inclusive. Un anexo no tan anexo, más bien lejano (pretendíamos alejar los depósitos de heces de nosotros, ya que no era fácil arrastrarlas con cañerías ni otros artilugios). Hoy una estructura de vivienda así sería impensable: el baño está tan incorporado a nuestras otras instalaciones y a nuestras experiencias cotidianas que ya no es solamente un lugar donde “hacer lo primero” y “lo segundo” o pegarse una ducha (lo que clasificaría como “hacer lo tercero” en una lista de actividades sanitarias, imagino).

Ana cuenta en su blog “Nada se pierde” una anécdota de una Mujer Como Cualquiera de Nosotras que un día llega a su casa y su marido, que está dándose una ducha, le confiesa que la empleada de la casa -una chica joven- se ha ido porque él “sin saber por qué, como un impulso” intentó darle un beso que la chica rechazó. Él no supo explicar exactamente cómo fue que pasó algo así, pero claramente, tenía que contárselo a su mujer (antes de que se enterase por la propia chica más adelante, imagino). Y tranquilizarla y asegurarle “que no había pasado nada”.

En ese momento, Una Mujer Como Cualquiera de Nosotras baja la tapa del inodoro y se sienta a ver cómo su mundo conocido se desploma frente a sus ojos… y en el baño.

Una experiencia traumática en el Trono, sin dudas.

Yo he tenido otras: cada vez que he perdido un embarazo, el comienzo del fin eran unas manchitas de sangre de cuya existencia me enteraba en ese mismo lugar, sintiéndome sola en el mundo, totalmente desconcertada ante la demostración repetida de finitud más palpable e irracional que he tenido nunca.

Otros momentos, en cambio, fueron memorables por lo felices. Por ejemplo: durante los años en que estuve de novia con Cucurullo, yo vivía sola en un loft de pocos metros (por esa razón, la idea de ambientes sin paredes resultaba de lo más práctica). El único lugar cerrado del departamento era el baño, por supuesto. Las noches que Cucurullo se quedaba en casa y a mí me atacaba el insomnio – frecuentemente entre las tres y cuatro de la mañana, un horario de lo más inconveniente- me encerraba en el baño (en cualquier otro lugar de la casa encender una luz significaría despertar al Bello Durmiente Cucurullo), bajaba la tapa del inodoro y leía sin parar La Ilíada, la Odisea, la Eneida, Sófocles, Eurípides, Esquilo y todos los otros clásicos griegos que me fue presentando el Dr. Eduardo Sinnott en su maravillosa cátedra de Literatura Griega. Yo trabajaba full time en una empresa y por las noches estudiaba Letras como un hobby, y por no tener nada de tiempo disponible aprovechaba hasta los minutos de insomnio para remontarme -sentada en el baño- unos milenios atrás y entrever en unas pocas páginas que en el desarrollo de nuestras pasiones griegos, persas, franceses o argentinos seguimos siendo los mismos y acatando los mismos patrones (a pesar de haber pasado tanta agua bajo el puente, del descubrimiento ya añejo del psicoanálisis y la tecnología cada vez más extravagante, midió, ¿entonces no hay esperanza?).

Cada vez que evoco el baño de ese departamento, me veo leyendo, de noche, sentada sobre la tapa del inodoro como si fuera El Pensador, pero con un libro de Editorial Cátedra en la mano.

Otro experiencia increíble -y graciosa- relacionada con el mismo ambiente: después de años y años de amistad con mi amigo Rodri -ya saben, mi amigo que además de muchas otras cosas que lo definen, es gay, psicólogo y todo un personaje-, un día cualquiera yo estaba en su departamento y tuve que ir al baño (no recuerdo si fui a hacer “lo primero” o “lo segundo”, disculpen) y me encontré con la tapa del inodoro levantada. Las dos tapas. No había nadie más que él y yo en el departamento, así que sin lugar a dudas el que había utilizado el baño en algún momento había sido él. Volví del baño indignada:

- Rodri, vos vas al baño como si fueras un hombre?- le reproché.

Midió, tantos años dando vueltas con mi amigo de acá para allá, compartiendo salidas, viajes, en fin, “la vida mesma”, y así de golpe me vine a enterar de que… hacía pis parado!

No sé por qué no lo consideraba un hombre como los demás que yo conocía, era más parecido a mí que tantas mujeres en muchas cosas, que casi asumí que anatómicamente no había tantas diferencias entre nosotros. Creo que todavía puedo escuchar en el recuerdo la carcajada portentosa de Rodri al darse cuenta de que yo lo consideraba mucho más femenino de lo que realmente era.

- Me siento halagado, nena, pero sí, tengo pene, y ni se te ocurra envidiarlo, a ver si Freud tiene razón y nos peleamos para siempre. Sería una trageeediaaaaa.

Tragedias griegas, urbanas y en pleno Buenos Aires, de todo tipo, hemos sobrevivido los seres humanos en el baño. Es un lugar con mucha historia, mis queridos, aunque no tenga la buena fama de los salones de baile de las antiguas mansiones, un quincho de estas épocas o una biblioteca generosa y polvorienta en cualquier siglo y lugar.

El baño cumple más funciones que aquellas para las que fue diseñado. Es un lugar para encontrarse con uno mismo desde perspectivas muchas veces inimaginables. Si alguno quiere compartir su terrible, misteriosa o genial experiencia en el baño, soy toda oídos.

El meteorito de Arnet

temptationHace muchos años -yo era chica, calculen- pasaban por la televisión una publicidad de Arnet en donde un Hombre Sufrido Como Cualquier Hijo de Vecino lee en el diario que un meteorito al día siguiente partiría en dos el planeta y sería el acabóse. Así que en ese mismo instante el Hombre Sufrido se dedica a cumplir con todas sus fantasías maltrechas: se baja los pantalones frente al jefe, se revuelca con la mucama, abandona a su mujer y termina el día en una orgía tremenda con un burro de compañero. En resumidas cuentas, el tipo se desata a lo bestia, como si fuese el último día (porque ERA el último día).

Pero algo imprevisto sucedió, mis queridos: el meteorito esquivó el planeta en una voltereta de no creerse, y la Tierra Se Salvó. La noticia corría ya por internet desde hacía rato mientras el Hombre Sufrido Como Cualquier Hijo de Vecino andaba como desquiciado por ahí. Pero el problema “de fondo” es y será que el susodicho no había contratado el servicio de Arnet (!) y por eso no se enteró de que no habría acabóse.

Nuestro Hombre Sufrido debe haber sido más Sufriente que nunca a partir de ese Día Después, no creen? Eso no lo muestra el spot -que no pude encontrar en internet, mis queridos, qué paradoja- pero lo supongo de intuitiva que soy, nomás.

¿Qué harían ustedes si hoy fuese el último día antes de que un meteorito rajara la Tierra? Yo sacaría urgentemente unos pasajes a París – pagados con la tarjeta de crédito, of course- y pasaría en el Marais con Cucurullo y Mile las últimas horas, porque nada mejor que compartir en familia los momentos apocalípticos… y rodeados por una muchedumbre de parisinos: ellos toman todo cataclismo como la cosa más natural del mundo (y toda cosa natural como un cataclismo). Y después, dedicaría a Cucurullo un feliz brindis con champagne, como si fuera Año Nuevo, por los buenos momentos pasados.

Suponiendo que pudiera cumplir en quince minutos la fantasía de encontrarme con alguien que admiro-no quisiera restarle mucho tiempo a lo del Marais- creo que trataría de tropezarme con Anthony Bourdain (es una mezcla de fantasía romántica, gastronómica y hasta literaria, porque me divierten mucho sus libros): Cucurullo tendrá que aceptarlo, como yo acepto lo de Uma Thurman, quéselevaser. Los meteoritos son así… ;-)

Como descubrí accidentalmente en esta vida que me gusta escribir, también me tomaría unos minutos para dejar asentado en este blog todas las experiencias del último día. Pero a diferencia de estas épocas sin meteoritos a la vista, no me detendría a esperar sus comentarios, porque ni sentido tendría… pero sí aprovecharía esa conexión a internet para contratar los servicios de Arnet, por supuesto.

Bueno, me alegro de haber dado vuelta mi alma como una media frente a ustedes.

Ahora es vuestro turno: ¿qué harían hoy si mañana el meteorito de Arnet atravesara todos los ombligos del mundo?

La amistad en los tiempos de Steve Jobs

smsHace un tiempo estuvimos viviendo en París unos cuantos meses por temas laborales de Cucurullo. Fue un tiempo, también, en el que el afincarse en esa ciudad podía tansformarse en algo cuasi definitivo, por más que no fuera nuestra idea original. Todo estaba por verse, consolidarse o adivinarse en el camino. Con lo que nos encantannn esos acertijos a Cucurullo y a mí! (esta frase fue escrita con tono irónico, así que no crean una sola palabra de ella). La cosa es que por una vez tuvimos que hacer las valijas con esa sensación de andar atravesando un destino incierto y oscuro. Y ahí nos metimos, en la boca del lobo… sin vocación de odontólogos de animales salvajes. En fin, ya muchos de ustedes conocen todos los detalles de esta historia, así que ahora voy a ahorrarles la experiencia de leer el mismo cuento otra vez.
Al mundo entero le queda claro que París es París y andar recorriendo esa ciudad sin apuro turístico estuvo más que muy bien. Pero de lo que quiero hablarles no es de la ciudad, sino de los amigos que uno hace en esas situaciones de desarraigo. Conocí estando allí, entre tanta gente interesante, a una chica argentina más o menos de mi edad, Marina, con un hijo pequeño, como Mile, y un marido latinoamericano, también. Los tres viviendo temporariamente allá por el trabajo de él. La misma situación que nosotros, pero llevaban unos cuantos años más recorriendo el mundo de esta manera.
El repentino interés por compartir las experiencias que teníamos en ese momento hizo que instantáneamente nos hiciéramos amigas. Teníamos en común eso de que todo el mundo en Argentina nos dijera “pero qué bueno, están viviendo en París!” cuando para nosotras estar ahí tenía algunas implicancias muy diferentes, como por ejemplo integrarnos a una cultura que tiene sus complejidades. Nuestras afinidades en cuanto a estilos de vida y a experiencias compartidas –aún con nuestras diferencias lógicas, obviamente- nos volvieron muy cercanas. Y entonces hablamos de muchas otras cosas también, temas personales que nada tenían que ver con ese “estar fuera de Argentina”: confiamos una en la otra y nos transformamos en amigas reales. Hoy Marina vive en Río de Janeiro y sostenemos esta amistad como podemos, a fuerza de largos mails y de idas y venidas que se cruzan dentro de las páginas de este blog.
Y con este ejemplo les lanzo al ciberespacio mi duda existencial:
Qué es concretamente la amistad? Porque gracias al Facebook, por ejemplo, me he vuelto a conectar con gente que he conocido en diferentes situaciones, gente con la que he compartido un aspecto de mi vida, o varios, también: profesional, escolar o universitario, personal, de búsquedas espirituales y demás. Me he reencontrado con varias compañeras del colegio, por contarles un caso. Con mucha de toda esta gente reencontrada puedo seguir compartiendo más cosas que la puntita del iceberg del pasado, porque puedo rescatar también una forma de comunicarnos y de ver la vida, pero con respecto a otros amigos de aquellos viejos tiempos ya no tengo ni idea de quiénes son, y me asombra ver cómo quedamos cada uno de nosotros “empantanados” en la mente del otro, justamente en ese momento en que dejamos de frecuentarnos. Entonces el reencuentro pasa por tratar de evocar a esa persona que para nosotros era así o asá, con pelos y señales, pero que hoy vaya a saber uno cómo es.
Sucede que hacemos cambios cualitativos muy importantes a lo largo de nuestras vidas, y a veces cuesta reencontrarse con el “uno mismo” de antes y con los otros que acompañaban a ese “uno” un poco perdido en la neblina del recuerdo. Por lo menos, parece más difícil ese reencuentro en la vida real que el simple “click” que implica acceder de nuevo a la vida de esos viejos amigos a través del Facebook.
Y esto de internet, los blogs, las redes sociales, también tienen lo suyo en cuanto a las formas en que aceptamos vincularnos con el mundo ancho y ajeno: me considero una amiga bastante presente de gente que no conozco personalmente, pero con la que tengo mucho en común en cuanto a formas de ver la vida, aficiones literarias o simplemente gustos personales. No he compartido nunca un café con ellos -algunos viven tan lejos que sencillamente no es posible hacerlo-, pero sabemos cosas uno del otro que tal vez en una mesa de bar con los conocidos de siempre no se hablan nunca porque en el desorden de la conversación salen a la palestra, frecuentemente, otros temas más cotidianos e intrascendentes.
Entonces concluyo en que la amistad es un tema de cercanías. Cercanías de espíritu, me refiero. Y de calidad del vínculo compartido en cuanto a inquietudes comunes, aficiones y valores, no sé si tallan demasiado en este asunto el tiempo transcurrido “junto con” o el espacio habitado en común (los años en esa oficina, en la mesa de aquel bar, en el aula de tal facultad).
Importa tanto si compartimos el mismo colegio o el mismo trabajo en la misma empresa? Sí importa, pero únicamente como punto de arranque de ese conocimiento que tienen unos sobre los otros. Me encanta sentarme en un restaurante sabiendo que voy a cenar con mis antiguas compañeras de colegio, con quienes persiste el espíritu de camaradería de aquellos viejos tiempos. Pero de ahí en adelante, para rescatar una relación habrá un trecho largo que recorrer, porque tendríamos primero que provocar el renacimiento de aquellas antiguas amistades que, como bien sabemos, sin algunos gestos de voluntad recíprocos no llegarán a madurar nuevamente.
Es muy raro esto de reencontrarse aquí y ahora con los afectos antiguos y volver a reconocernos (mientras vamos al rescate urgente del pasado para traerlo al presente, algo chamuscado pero a salvo), o también eso otro de volverse visible, en algún momento y lugar, para gente que apenas conocemos pero que es muy afín a nosotros en el aquí y ahora virtuales (porque como “punto de arranque” para compartir una amistad, no sólo está el espacio físico y concreto: la virtualidad también existe, o no?). Son las dos antípodas del clásico “ser amigos” desde siempre y para siempre, esos que sin habernos perdido nunca de vista ni de caminar uno al lado del otro, vamos compartiéndolo todo en el tiempo y en el espacio, como somos con nuestros amigos (pocos o muchos) de toda la vida, o como fueron aquellos amigos de mis padres, a los que ellos se referían con tanto orgullo cuando me decían, con la sencillez de las grandes confesiones: “Fulano es mi amigo”.