Archive for the 'Cuentos de café (con leche y edulcorante)' Category

Los amores de los Otros que son igualitos a los de Uno

marriagesResulta que Vos Estás en Pareja hace Mil años, o Dos mil, ponéle: nació Cristo y vos te casaste de blanco ese mismo día (hubo gente que no supo con qué acontecimiento social cumplir primero: si darse una vueltita por el Pesebre a dejarle a María el regalito comprado en el shopping -con descuento- para el Sacro Baby, o pasar por tu Boda y desearte felicitudes). Así que por esa época andaban los tres (Cristo, Tu Marido y Vos), recibiendo bendiciones, confites y regalos por doquier.

En Dos Mil años pasó de todo: “sobre esta roca edificaré mi Iglesia”, dijo el Hijo del Hombre a los Apenas Dulces 33. Y vos edificaste -sin ánimo de compararte, claro- una Pareja, una Familia, una Casa. Pusiste un Ladrillo sobre el Otro, una Planta en un Rincón, una Vela al costado de la Chimenea.

Tu Marido construyó una Cuna y Esperaron juntos al Retoño (pasaron por la Tensa Espera de Esperar la Espera, y la Dulce Espera de las Nueve Lunas). Adoptaron un Perro y un Gato y prepararon Mamaderas por doquier: para el Niño, y para las Mascotas (que tomaban leche con gotero).

Y un día de improviso te llama por teléfono tu Amiga Solterísima (a la que le dura más tiempo un par de medias que un novio & que no ves hace una centuria) para decirte:

vals- No sabés, el sábado conocí a El Hombre Ideal, y estamos Tan Bien, como nunca me imaginé que podía estar Con Alguien! Somos Dos Almas Gemelas, hay una Química entre nosotros que… me parece que fuimos Pareja en Vidas Pasadas, también, porque vamos creciendo en Nuestro Vínculo como a Pasos Agigantados! Y te digo Todo Esto porque cuando estamos Los Dos Juntos -el Hombre Ideal y Yo-, siento que somos tan, tan parecidos a Vos y Tu Pareja! Idénnnticos! Por eso prefiero contarte todo esto a Vos Primero, y no a Mengana ni a Perengana, Mentendés? Porque Vos te vas a dar cuenta Como Nadie de lo Que Sentimos Él y Yo, Éllas Nidddea tienen. Y ya que estamos, ¿qué te parece si el Viernes Que Viene vamos a Cenar Los Cuatro? Vas a Ver que Ellos Dos Tienen Tanto en Común!!

Y Vos, con el Teléfono en la Mano Todavía, Fijás la Vista en Tu Pareja de hace Mil Vidas (no hay explicación racional acerca de cómo sobrevivieron juntos estos Dos Milenios, como las cucarachas) que inocentemente mira un Partido Mundialista, en Tu Hijo que ya hace añares que cambió la Cuna por una Moto, en tu Planta -ya es una Selva Amazónica-, el Gato y el Perro -Viejísimos los dos-, las Paredes de la Casa que (miracolo) se mantienen en Inestable Equilibrio… y Por un Instante Soñás con Ponerle todo el Kit (completo) de Sombrero a “Tu – Amiga – Que – No – Tiene – Ni – Idea – de – lo – que – está – Hablando”.

Cuánta gente “ASÍ” habita este mundo, pordió.

Nunca estuvo sola, pobrecita

y ahora qué A esta situación Alita de Caracol siempre le tuvo temor: la de nunca tener novio y ser una solterona por siempre jamás. Así que tuvo novios, muchos y desde chica. Se casó muy joven con el Matador y al minuto quince del partido llegó Rocío de Miel, su primer hija. Después vino Matador Segundo y, cuando se creía bordeando una incipiente menopausia, la realidad era que estaba embarazada de la última, Sol de Otoño.

Alita de Caracol quiso estudiar cuando era muy joven, también. Pero ya en quinto año del secundario la cosa se puso espesa: Matador, que era un novio muy celoso, le hizo un escándalo porque se iba de viaje de egresados a Bariloche con todo el curso (él había hecho el mismo viaje en su momento, pero bueno, él era varón y esas cosas no se le cuestionaban a los hombres), así que ella prefirió quedarse en Buenos Aires y saludar desde lejos al micro lleno de compañeros del colegio. Al año siguiente comenzó a estudiar Derecho en la Facultad, pero el asunto iba para largo y ella tampoco estaba convencida de que la carrera le gustara tanto. Además, Matador no tenía mucha paciencia para sus indecisiones vocacionales, así que en menos de lo que canta un gallo se casaron y fueron felices para siempre.

Ese siempre duró un rato más bien corto: los hijos demandaban tiempo, esfuerzo, dinero. Matador trabajaba muchas horas y traía su sueldo entero al hogar y, aunque era menos de lo que necesitaban para vivir holgadamente, Alita de Caracol sabía que con eso tendría que alcanzar, porque ella era madre a tiempo completo.

Entre tantas mamaderas y pañales, un día se dio cuenta de que hacía tiempo que no tenía una conversación adulta. Matador cada vez estaba más desconectado de ella: su máximo interés era sintonizar el canal de deportes cuando llegaba a casa, cansado del trabajo y fastidiado por el acoso permanente de los chicos.

Se hizo nuevas amigas y conocidas: las vecinas, las madres del colegio, las maestras de los niños y las mujeres de los compañeros de trabajo de su marido. Sus antiguas amistades de soltera se fueron diluyendo hasta casi volverse inexistentes: las continuas obligaciones la dejaban extenuada y navegando siempre las conocidas aguas de la rutina. Pero por lo menos, tenía toda esa gente nueva con quien hablar sobre sus temas cotidianos.

Alita de Caracol tenía mucho que hacer puertas adentro. Siempre. Pero un día hubo silencio en ese interior que iba más allá de sí misma: en una intersección impensable de tiempo y espacio no había nadie pidiéndole nada, ni ruido permanente, ni tele a todo volumen, lavarropas centrifugando, teléfono chillando o cuadernos que revisar. Sus hijos tenían ahora muchas actividades fuera del hogar, Matador tenía demasiado trabajo (desde hacía un tiempo volvía muy tarde, qué sugestivo, ahora que el fragor de la batalla en la casa era menos intenso él estaba más ausente que nunca) y cuando contó y recontó los años pasados en medio de tantas vicisitudes, el resultado arrojó casi dieciocho. Los sumó, restó y volvió a sumar: sí, eran dieciocho años así, sin detenerse un segundo a pensar.

Alita de Caracol no tenía una profesión, un oficio o alguien a quien acudir para que la ayudara a emprender un negocio, y sin embargo intuyó que empezaría a tener más tiempo para dedicarse a ese tipo de cosas: no comenzaba todavía el “síndrome del nido vacío”, pero las necesidades de los demás eran menos apremiantes. Y por eso pensó que tal vez le conviniera iniciar alguna actividad para sí misma.

Alita de Caracol tuvo miedo y se desesperó un poco. Cualquier cosa podría ser un nuevo comienzo: la facultad postergada, un trabajo nuevo, el gimnasio… aunque sólo fuera leer un libro de cabo a rabo.

Alita de Caracol se cansó de sólo pensarlo. Más tarde llegaría Matador, abriría una lata de cerveza, se sentaría frente al televisor y se sumergiría en su mundo de silencio e indiferencia.

Así que tomó una decisión: encendió la tele, sintonizó una novela y allí nomás, silenciosamente, se dejó caer.

Nuestro hombre en la mirilla y el otro en la escalera

escalerascircularesNuestro hombre espía por la mirilla con pavor, indignación y ese sentido de la ofensa que nos embarga las entrañas cuando pisotean nuestros derechos, las convicciones o incluso las mañas, según lo exigente que sea uno con estas cosas.

Nuestro hombre desconfía de los otros hombres, de sus intenciones y sus razones, y por eso mismo tiene una mínima relación con ese mundo de ellos. Por algún motivo -hoy ya olvidado- no le cabe en el cuerpo una sola falta de respeto más. No está de ánimo para tolerar un exabrupto del prójimo desde hace ocho años, cuando la muerte de su madre lo dejó solo de soledad absoluta, desnudo de palabras, vacío de urbanidad.

Nuestro hombre vive en un departamento mínimo, despojado, siempre a oscuras, en la planta baja de un edificio antiguo y maltratado por el tiempo. Nuestro hombre lleva la vida de un monje trapense: a veces entra al mercado, se sirve lo que necesita, paga y se va. Cobra una vez al mes su renta mínima en el banco y guarda esos pocos pesos en una media, siempre la misma. Saca algo de la media cuando necesita comer o comprar velas. La media está abultada, de todos modos: sus ingresos son magros, pero sus necesidades son menores todavía. Subsistir renunciando a casi todo, menos a la respiración, es casi tan barato como estar muerto, pensó. Estiró los labios, como si sonriera, pero se tensó de pronto: se estaba distrayendo, y no podía descuidar su atenta observación del pasillo.

Nuestro hombre no lee los diarios, no escucha radio ni ve televisión. Tiene una mirilla en su puerta que tantea con sumo cuidado: hay un hombre –porque sabe que es un hombre, esas pisadas tan vehementes no son de mujer- que sube las escaleras con ritmo estrepitoso, todas las noches de lluvia en la que se corta la luz, y apaga la vela. Esa vela que nuestro hombre enciende con un resentimiento casi visceral para iluminar las escaleras de la planta baja, sabiendo que él –el otro- pasará con su carrerita veloz, silbando o tarareando, pero siempre haciendo ruido, como una sortija de calesita. Por descuido o crueldad, por la corriente de aire que se generará a su paso o por su firme intención de soplar sobre la llama, el otro apagará la vela, todas y cada una de las veces. Descuido o crueldad? Nuestro hombre quiere saberlo con la urgencia que tiene cualquier obsesión, quiere tener esa respuesta –la última- dentro de su mente: los hombres le hacen daño a los otros hombres por odio o por simple ignorancia? Es el otro un animal ciego y torpe, sin corazón y sin espíritu, de esos que pasan por el mundo destruyéndolo todo como zombies y que al cabo de una vida larga o corta como un sueño estéril, se mueren sin saber nunca qué consecuencias acarrearon sus acciones? O por el contrario, el hombre lo sabe y se ríe de todo, conciente de su poder de destrucción sobre los demás? Detrás de la puerta, colgado a la mirilla por una cadena invisible, es la respuesta a esa pregunta lo que le da terror, lo paraliza y le hace evitar, dolorido, el contacto con el mundo.

Nuestro hombre no entiende por qué pasa lo que pasa en el descanso de la escalera y sigue aferrado a la mirilla. Una vez vio un largo gabán desfilando por lo alto de la escalera, otra vez un par de botas corriendo desesperadamente, y por último, hace ya algunos años, un paraguas negro sacudiéndose en el pasillo como una flor muerta. Y el silbido o el tarareo, rebotando contra los escalones de mármol, y un ruido como de risita seca, o una tos. Pero nunca llega ver la cara del otro, esos ojos que tienen la respuesta del enigma.

- Qué locura – piensa nuestro hombre-, todavía no entiendo si es un imbécil o el mismo diablo.

El otro, el que sube, suspira su risita seca: otra vez una vela encendida en medio de la escalera. Se le acelera el pulso, como siempre que esto pasa, a causa del pavor y la ternura. Se tranquiliza: lo único certero en su vida es que la vela aparecerá, con cada apagón de cada noche de lluvia, para recordarle que hay apenas algo, en su vida horrenda e inútil, que siempre sucede de la misma manera. Siempre. No importa que lo demás sea todo un caos. Por qué lo hará quien sea que lo esté haciendo? Por qué dejará encendida una vela que sabe que no sobrevivirá a su paso? Con qué secreta esperanza? Por pura costumbre, con dolor, con una tristeza crónica, la apaga. No quiere que nuestro hombre sepa que en la pobreza de su vida –la del otro- su única alegría es ver esa vela en cada oscura tormenta.

En tránsito

solaenaeropuertoAlfonso se apostó frente a los grandes carteles de Air France, como si estuviera de guardia. Era el siguiente en la fila para despachar el equipaje. “Un aeropuerto es una muestra del mundo en miniatura”, pensó.  En el Charles de Gaulle convivían pequeñas tribus de diversas nacionalidades de Oriente y Occidente, y el hecho de tomarse un avión de vuelta a Buenos Aires parecía en este lugar una decisión tan insignificante como volver a un pueblito cualquiera. Con un movimiento mínimo, exacto y sin parpadear siquiera, con la coordinación que se le había pegado al cuerpo después de tantos años de regimiento, Alfonso giró sobre sí mismo, levantó su valija y se dirigió al próximo mostrador libre.

Julia era la siguiente en la fila. Menuda y cansada, observaba los hombros de Alfonso y su porte erguido y se imaginaba que esa espalda anónima, impersonal, sería una buena tabla para barrenar las olas, el mar entero, el mundo infinito. No veía la cara de él, solamente su espalda y su nuca, pero adivinó que era un compatriota volviendo a casa: esas cosas se huelen instintivamente cuando se está en tierra extraña. Se dio cuenta de que en todo ese tiempo que había vivido en París, obsesionada con integrarse al mundo de Louis como si fuese su propia sombra, muy rara vez había echado de menos la compañía de otros argentinos. Qué curioso. Ahora, imprevistamente, al romper lanzas con tantos años de matrimonio fuera de su tierra, añoraba todo lo que estuviera relacionado con su patria, todo lo  que antes nunca había extrañado o admitido extrañar. Así y todo, aunque hoy anhelara un reencuentro con ese pasado en su país, algo borroso y desteñido,  se sentía una  intrusa volviendo a la casa de sus padres.  Porque este regreso supondría la intención de recomponer una vida que no podía ser reconstruida: se interponía en su futuro esta separación atiborrada de tristes detalles que le era imposible dejar atrás. Sospechaba que de todo lo vivido en esta ciudad nada  le serviría a su vuelta, con excepción del dominio de un idioma que ya no tendría sentido conservar en Buenos Aires excepto en algunos reductos glamorosos, como esas embajadas de protocolo un poco rancio o el entorno de algún diseñador de alta costura veleidoso y trasnochado.

Julia se acercó al próximo mostrador libre, al lado del de Alfonso. No estaba segura de querer irse, ni de quedarse. No tenía sentido volver con Louis, pero desandar los pasos hasta Buenos Aires como una mujer fracasada más, igual a las tantas que había despreciado para sus adentros en el pasado (amigas, conocidas, primas o cuñadas) le parecía de muy mal gusto: no podría enfrentar a su familia y a sus viejos amigos con la cara de la derrota tatuada sobre su piel, después de tantos años de pintarles una realidad un poco falsificada -pero siempre rutilante- de su matrimonio con Louis.

Al lado suyo, una mano fuerte y firme le cerró el brazo.

- Estás bien?- le preguntó, amable.

Eso fue todo. Un movimiento mecánico de Alfonso, preocupado por su gesto desencajado y enfermizo, dejó a la empleada de Air France que lo atendía con la pregunta en el aire, el papelerío amontonado sobre el mostrador, las valijas varadas en la cinta y toda la fila detrás de ellos demorada, sin poder avanzar.

- Vos estás bien?- repitió – parece que te vas a desmayar acá mismo. Dejame que te ayude con eso.

Julia escuchó como en trance, en medio de su sopor, el tono suave y monocorde de ese “vos” arrastrado cansinamente por un porteño, el primero que se filtraba en su oído tras tantos años sumergida en otro mundo.

-  Ahora estoy bien. Gracias.

Alfonso, con porte malevo, se hizo cargo de sus valijas, mientras ella seguía sus movimientos con ojos brillantes. En el mostrador de al lado la empleada miraba a Alfonso con gesto de reproche: monsieur estaba tardando demasiado.

Un niño lloraba en la fila demorada y los arrullos de la madre trataron de calmarlo, pero ni Julia ni Alfonso pudieron escucharlo: ellos ambos apenas se movían de sus lugares, y sus movimientos mínimos eran ejecutados uno al compás del otro, midiendo con una sutileza exquisita la distancia que existía dentro ese espacio encantado que vivía entre los dos. Cuidaban instintivamente, como animales enjaulados, esa bruma espesa e invisible que brotaba junto a ellos y los abroquelaba contra todos los demás.

Ella lo necesitaba y él necesitaba ser necesitado, qué importaba que los otros tuvieran que esperar.

La víctima

chica-en-cafe-del-abad-          No tengo tiempo para eso, chicas- se quejó María frente a sus amigas,  tajante, mientras tomaba un sorbito de su segundo daikiri.

La promoción after office del pub (como todos los pubs en días de semana a esa hora) era de dos tragos al precio de uno, y ella no iba a andar desaprovechando con falsos escrúpulos las pocas ventajas de esa hora tan complicada del día. Tenía quince minutos exactos para saltar de su silla como un resorte, correr al subte, hacer las últimas compras, llegar a casa, bañar a los chicos, ver los cuadernos y revisar las tareas escolares, preparar la cena conversando a duras penas con su marido por encima del volumen del televisor, comer todos juntos mirando el noticiero para enterarse al vuelo de lo que había pasado en el mundo, lavar los platos a las apuradas, preparar la ropa para el otro día e irse a dormir con la urgencia de saber que a la mañana siguiente de todos modos amanecería cansada: tendría que madrugar, porque su jefe tenía prevista una presentación bien temprano en la oficina y todavía no había hecho los últimos cambios en el powerpoint ni había impreso los originales para todos los directores. Si se quedaba a hacer todo eso en la oficina hoy, no podría estar ahora tomando algo con las chicas ni podría ver a sus hijos despiertos.

-          Pero cómo no vas a tener tiempo? Si el tiempo te lo hacés vos!- cacarearon algunas de sus compañeras. O todas, María no sabía bien, eran muchas voces alzadas todas juntas.

-          No, no tengo tiempo de ir al gimnasio. Mi vida no es un elástico que se expande y de pronto abarca más cosas, como si nada. Yo no puedo.  Ni tampoco puedo hacer terapia, o ir a ver a mi mamá al geriátrico si no es el domingo, entienden eso? Porque ya se los conté mil veces.

Y a María le parecía que no. No entendían. Todas podían solucionar la vida de María, su agenda y sus prioridades, pero las caras agotadas de sus amigas, con huellas oscuras debajo de los ojos, decían a las claras que tampoco ellas habían encontrado la felicidad, la alegría serena, la manera de hacer todo lo que querían hacer en esta trampa de tiempo. Y eso que ninguna de todas ellas (incluida María) pretendían a estas alturas desentrañar con calma qué era lo que las gratificaría en realidad, bien profundamente, aquello que habían soñado y por lo que habían luchado (o casi) cuando eran tan jóvenes, tan idealistas y tan reales a la vez. Cuando los detalles no se habían apoderado de todo.

María se deprimió un poco. A lo mejor estaba poniendo el carro delante del caballo, pensó. Sintió una flojera en la planta de los pies, producto del segundo daikiri o de su propia mente sosegándose, no lo supo definir muy bien. Los sonidos estridentes del local se silenciaron en su interior y por un instante pudo sentir que estaba viviendo la vida de otra, como si se viera desde muy atrás en el tiempo, cuando era una niña y creía que a los cuarenta tendría la vida resuelta, o desde muy adelante, cuando ya estuviera más allá de todo. En cualquiera de los dos casos se reiría con compasión ante la visión de sus desdichas y frustraciones de hoy, tan pequeñas y a la vez abrumadoras. En dónde había quedado su capacidad de abstraerse de todas estas cosas, pensó. Bueno, no sabía bien dónde. Suspiró. Sonrió divertida. Porque ahora (sin fanfarrias ni titulares de diarios)  sentía  recuperar esa capacidad, por lo menos durante ese momento suyo tan rotundo y  verdadero en el que volvió en sí, emergiendo de la lista de pendientes que la perseguía en su mente. Sus amigas seguían hablando mientras algo duro y frío como una tensión dolorosa se quebró dentro de ella. Hubo algo parecido al alivio abandonado que sucede a un llanto profundo con lágrimas de todos los sabores.  En su interior su corazón pegó un salto, pero María no sintió que se le contrajera ni un músculo de la cara. Se sintió muy bien, liviana, lúcida.

Con calma se despidió de sus amigas, llegó a su casa más temprano y sin detenerse a comprar nada en el camino. Esa noche alteró la rutina sin pensarlo dos veces (otra vez la promoción del dos por uno), se olvidó de los cuadernos y los baños: por un día sin supervisión de deberes y sin esa ducha dirigida por ella a los gritos desde la cocina, sus hijos no iban a crecer ignorantes o sucios. Improvisó un picnic en el jardincito del fondo que, oh sorpresa, a sus hijos les pareció divertido y extravagante (ella adivinó que lo extravagante era que la propuesta surgiera de ella y en mitad de la semana). Puso almohadones sobre el césped, un mantel que nunca usaban, y preparó unos sándwiches mientras hablaba con ellos de cómo había sido el día, así nomás, en un fluir incesante de palabras, sin tanta ceremonia y sobre todo sin el aullido ensordecedor de la televisión perforando las paredes. Cuando su marido llegó, se quedó desconcertado al verlos a todos allá en el patio, en piyamas, sentados en una ronda íntima cuyo centro era una fuente con pan, queso y pollo frío. Pero no preguntó nada, se cambió en el cuarto y pasó por la cocina para traer una de esas botellas de vino que guardaban para ocasiones especiales. Cruzó sus ojos con la mirada de María por un instante, como comprendiéndola o acompañándola (a veces para una mujer viene a ser lo mismo) y al rato estaba él también sentado en su almohadón, luchando por su ración de pan, queso y pollo. María lo miró sin apuro, como si lo viera por primera vez. Él se reía junto a los chicos con esa risa suya que ella recordaba de cuando eran novios, y que ahora se escuchaba en su casa en raras ocasiones (que casi nunca coincidían con aquellas otras en las que ponían sobre la mesa los vinos especiales).

Al día siguiente, mientras hacía presurosa las copias de la presentación para los directores, le contó a las chicas lo bien que lo había pasado la noche anterior en su casa con su familia, compartiendo juntos una cena sin presiones ni pretensiones, como las que ella recordaba junto a sus padres, hacía más de treinta años, cuando vivía en esa otra patria que alguno llamó infancia. Las demás la miraron como si María recién ahora hubiese descubierto la cucharita: les parecía una historia de lo más insignificante.

-          Ah, querida, vos sí que no tenés nada que hacer en tu casa, eh? – le dijo otra, que corría apurada por el costado de la fotocopiadora- yo, en cambio, ni bien salgo de acá tengo que pasar por el supermercado y la tintorería, ir a buscar a mi hija a lo de mi suegra y…

María comprendió y sonrió con calma. La vida plagada de detalles se llevaba a rastras a una nueva víctima, otra vez.

Breve historia de la histeria

histericaEl día en que entró a trabajar en esa oficina ella supo que todos la mirarían de reojo. La sensación, que ella conoce bien, es como la de ser la más linda de la fiesta: una es Kate Moss por ocho horas al día.

Kate sonrió a todos esa primera vez, sin discriminar, consciente de su papel de diva divina detrás de ese escritorio. El resto de los días siguió sonriendo, pero preseleccionando cada objetivo: a algunos le sonreía abiertamente, a otros apenas -como una Mona Lisa pasada de calmantes-, y a otros con una simple caída de ojos cual odalisca embozada. Pero a pesar de estas sutilezas para tratar a unos y otros , en realidad pretendía dejarlos a sus pies a todos ellos.

Kate desfilaba por el pasillo camino a la fotocopiadora, como si en vez de empleados de a tres mil pesos mensuales chequeando cadenas de chistes por e-mail, hubiese alrededor de su pasarela imaginaria un alud de  fotógrafos con chalecos llenos de bolsillos y cámaras potentes y flashes y exclamaciones de admiración.

Porque Kate es experta en esto de jugar a las escondidas y a las descubiertas, dice “sí” cuando quiere decir “no”, y sobre todo dice a menudo “no” cuando no sabe qué quiere decir. En esos casos sonríe más, para que el otro no advierta su confusión.

Su fantasía es salir con el Director de Mucho Dinero de su empresa, que está casado y tiene cinco hijos, perro y gato. Sobre todo, ya tiene gato. De todos modos Kate le sonríe, porque nunca se sabe. Sin embargo, el que está muerto por Kate es el cadete, que va y viene con muchos miles de pesos  que no son suyos dentro de una mochila. Kate lo desprecia en silencio.

Pero un día ingresa al staff una chica más joven, más linda y/o más interesante que Kate. Todos se dan vuelta para mirar al nuevo bombón. Tiene un aire a Brigitte Bardot cuando todavía no era la loca de los bichos, sino una máquina infernal de triturar hombres con su querida presencia, Comandante.

Y entonces es el acabóse, porque Brigitte conoce el poderío de ser la hermosa más hermosa y todos sabemos que además escoba nueva barre bien.

Kate, en depresión profunda, un día se da cuenta de que para sus compañeros de trabajo pasó a ser Gabriela Saccomano, una más que se identifica por su número de legajo y su taza de café con letritas rojas.

Despechada, Kate comienza a buscar otro trabajo. Llora su pena en brazos del cadete hasta que un día cualquiera, al fin, un nuevo empleo aparece.

Y es así como Kate vuelve a brillar, mi amor. Gabriela Saccomano queda relegada a la tarjeta de crédito de la billetera, porque un nuevo Director de Sueños se acerca por la pasarela, perdón, por el pasillo. Kate va a su encuentro: los teclados se detienen a su paso.

Sí pero no, no pero sí, el mundo vuelve va ser como nunca debió dejar de haber sido.