- No tengo tiempo para eso, chicas- se quejó María frente a sus amigas, tajante, mientras tomaba un sorbito de su segundo daikiri.
La promoción after office del pub (como todos los pubs en días de semana a esa hora) era de dos tragos al precio de uno, y ella no iba a andar desaprovechando con falsos escrúpulos las pocas ventajas de esa hora tan complicada del día. Tenía quince minutos exactos para saltar de su silla como un resorte, correr al subte, hacer las últimas compras, llegar a casa, bañar a los chicos, ver los cuadernos y revisar las tareas escolares, preparar la cena conversando a duras penas con su marido por encima del volumen del televisor, comer todos juntos mirando el noticiero para enterarse al vuelo de lo que había pasado en el mundo, lavar los platos a las apuradas, preparar la ropa para el otro día e irse a dormir con la urgencia de saber que a la mañana siguiente de todos modos amanecería cansada: tendría que madrugar, porque su jefe tenía prevista una presentación bien temprano en la oficina y todavía no había hecho los últimos cambios en el powerpoint ni había impreso los originales para todos los directores. Si se quedaba a hacer todo eso en la oficina hoy, no podría estar ahora tomando algo con las chicas ni podría ver a sus hijos despiertos.
- Pero cómo no vas a tener tiempo? Si el tiempo te lo hacés vos!- cacarearon algunas de sus compañeras. O todas, María no sabía bien, eran muchas voces alzadas todas juntas.
- No, no tengo tiempo de ir al gimnasio. Mi vida no es un elástico que se expande y de pronto abarca más cosas, como si nada. Yo no puedo. Ni tampoco puedo hacer terapia, o ir a ver a mi mamá al geriátrico si no es el domingo, entienden eso? Porque ya se los conté mil veces.
Y a María le parecía que no. No entendían. Todas podían solucionar la vida de María, su agenda y sus prioridades, pero las caras agotadas de sus amigas, con huellas oscuras debajo de los ojos, decían a las claras que tampoco ellas habían encontrado la felicidad, la alegría serena, la manera de hacer todo lo que querían hacer en esta trampa de tiempo. Y eso que ninguna de todas ellas (incluida María) pretendían a estas alturas desentrañar con calma qué era lo que las gratificaría en realidad, bien profundamente, aquello que habían soñado y por lo que habían luchado (o casi) cuando eran tan jóvenes, tan idealistas y tan reales a la vez. Cuando los detalles no se habían apoderado de todo.
María se deprimió un poco. A lo mejor estaba poniendo el carro delante del caballo, pensó. Sintió una flojera en la planta de los pies, producto del segundo daikiri o de su propia mente sosegándose, no lo supo definir muy bien. Los sonidos estridentes del local se silenciaron en su interior y por un instante pudo sentir que estaba viviendo la vida de otra, como si se viera desde muy atrás en el tiempo, cuando era una niña y creía que a los cuarenta tendría la vida resuelta, o desde muy adelante, cuando ya estuviera más allá de todo. En cualquiera de los dos casos se reiría con compasión ante la visión de sus desdichas y frustraciones de hoy, tan pequeñas y a la vez abrumadoras. En dónde había quedado su capacidad de abstraerse de todas estas cosas, pensó. Bueno, no sabía bien dónde. Suspiró. Sonrió divertida. Porque ahora (sin fanfarrias ni titulares de diarios) sentía recuperar esa capacidad, por lo menos durante ese momento suyo tan rotundo y verdadero en el que volvió en sí, emergiendo de la lista de pendientes que la perseguía en su mente. Sus amigas seguían hablando mientras algo duro y frío como una tensión dolorosa se quebró dentro de ella. Hubo algo parecido al alivio abandonado que sucede a un llanto profundo con lágrimas de todos los sabores. En su interior su corazón pegó un salto, pero María no sintió que se le contrajera ni un músculo de la cara. Se sintió muy bien, liviana, lúcida.
Con calma se despidió de sus amigas, llegó a su casa más temprano y sin detenerse a comprar nada en el camino. Esa noche alteró la rutina sin pensarlo dos veces (otra vez la promoción del dos por uno), se olvidó de los cuadernos y los baños: por un día sin supervisión de deberes y sin esa ducha dirigida por ella a los gritos desde la cocina, sus hijos no iban a crecer ignorantes o sucios. Improvisó un picnic en el jardincito del fondo que, oh sorpresa, a sus hijos les pareció divertido y extravagante (ella adivinó que lo extravagante era que la propuesta surgiera de ella y en mitad de la semana). Puso almohadones sobre el césped, un mantel que nunca usaban, y preparó unos sándwiches mientras hablaba con ellos de cómo había sido el día, así nomás, en un fluir incesante de palabras, sin tanta ceremonia y sobre todo sin el aullido ensordecedor de la televisión perforando las paredes. Cuando su marido llegó, se quedó desconcertado al verlos a todos allá en el patio, en piyamas, sentados en una ronda íntima cuyo centro era una fuente con pan, queso y pollo frío. Pero no preguntó nada, se cambió en el cuarto y pasó por la cocina para traer una de esas botellas de vino que guardaban para ocasiones especiales. Cruzó sus ojos con la mirada de María por un instante, como comprendiéndola o acompañándola (a veces para una mujer viene a ser lo mismo) y al rato estaba él también sentado en su almohadón, luchando por su ración de pan, queso y pollo. María lo miró sin apuro, como si lo viera por primera vez. Él se reía junto a los chicos con esa risa suya que ella recordaba de cuando eran novios, y que ahora se escuchaba en su casa en raras ocasiones (que casi nunca coincidían con aquellas otras en las que ponían sobre la mesa los vinos especiales).
Al día siguiente, mientras hacía presurosa las copias de la presentación para los directores, le contó a las chicas lo bien que lo había pasado la noche anterior en su casa con su familia, compartiendo juntos una cena sin presiones ni pretensiones, como las que ella recordaba junto a sus padres, hacía más de treinta años, cuando vivía en esa otra patria que alguno llamó infancia. Las demás la miraron como si María recién ahora hubiese descubierto la cucharita: les parecía una historia de lo más insignificante.
- Ah, querida, vos sí que no tenés nada que hacer en tu casa, eh? – le dijo otra, que corría apurada por el costado de la fotocopiadora- yo, en cambio, ni bien salgo de acá tengo que pasar por el supermercado y la tintorería, ir a buscar a mi hija a lo de mi suegra y…
María comprendió y sonrió con calma. La vida plagada de detalles se llevaba a rastras a una nueva víctima, otra vez.