El viaje más importante de mi vida no fue por un intercambio estudiantil, por trabajo, de luna de miel o de vacaciones.
El viaje más importante de mi vida no fue el que hice a París, a Guanajuato o al Conurbano Bonaerense.
El viaje más importante de mi vida fue hace unos pocos años y lo hice en ambulancia, tendida en una camilla y con un médico extranjero muy simpático que me instaba a rezar con él el rosario. Yo no podía creer que Mi Persona estuviera ahí, en ese momento y en esa situación. Las luces de la Capital pasaban veloces, fugaces, casi imposibles de procesar por mi cerebro embotado por el pánico y la tristeza. Al lado mío, a un costado o al otro costado, pero a no más de dos metros de distancia en mitad del tránsito, yo intuía el movimiento del auto bordó de Cucurullo, medio ceniciento, medio sucio (el auto, no Cucurullo).
Se trataba de otro embarazo ectópico recién diagnosticado, e iban… iban, no importa cuántos. Iban y no volvían. Yo sabía lo que seguía después: una laparoscopía en puerta, tiempo ganándole al tiempo trasladándome de una clínica a otra – en la más pura ugencia- para dormirme un rato -calmante mediante- en posición casi inmóvil y volverme a despertar justito para la anestesia, con el quirófano organizadísimo a primera hora de la mañana.
Iba a ser la primera en estrenar quirófano al día siguiente, cláh. Todo un honor.
El cirujano que iba a operarme ya era casi un amigo. “Te garantizo que hoy le decimos basta a los embarazos con dolor” -me dijo-. “La próxima, si quieren, Cucurullo y vos hacen un tratamiento y listo. Tengan los bebés que tengan ganas de tener, pero que sean embarazos llevados con felicidad. Así, no.”
Y entonces, nada, como dicen los chicos de esta ciudad: punto y aparte con el tema del embarazo natural y espontáneo, como ése que yo llevaba en mi vientre en ese momento (el Doc no se iba con chiquitas).
Pero volviendo al tema de este post: aquél fue un viaje increíble y extraordinario. Porque era yo, que a los treinta y muchos (nada más y nada menos) partía al medio el plano de Buenos Aires yendo a los santos cuetes en una ambulancia. En serio les digo que fue un viaje iniciático.
Quiero contarles a los que no me conocen tanto que soy una persona más sana que el Quáker: no tengo colesterol alto, nada malo en el corazón, el marulo o las uñas de los pies (por lo menos, no peor que lo que puede tener la gran mayoría de la gente). No llevo una vida TAN sedentaria (hago ejercicio, todo el que puedo hacer en mis tiempos libres)… apenas podría decir de mí que tomo un poco más de café de lo que debería. Y sin embargo, mirá vos, yo era la agasajada especial a bordo de una ambulancia, con riesgo de vida y una cirugía moooy agendada.
Lloré muchísimo. La película entera -que yo ya había visto- constaba de médicos con gesto preocupado, con estresazo (¿por mí?) o sintiendo la más profunda empatía por “la” situación. Camilleros y enfermeras con barbijo, a los que apenas les conocí la mirada (tan profunda, tan bella): eran señores y señoras casi sin rostro, sin nombre ni ropa de calle, pero que me acariciaban un brazo o me daban ánimos.
El aire olía a tragedia. Cucurullo me amaba con todo su corazón, Mile -nuestra hijita de cuatro años- me enviaba besos y abrazos (y un ramo de flores amarillas). Tenía a toda la familia a mi disposición y amigos a montones.
Pero había un gran silencio alrededor de una ausencia muy profunda que se había instalado dentro de mí. Y nada ni nadie lo amortiguaba.
Y entonces llegó la Gran Revelación.
Comprendí por primera vez, con gran intensidad, la anécdota sobre ese maestro zen que meditaba y meditaba gravemente bajo un árbol y que, cuando le llegó la Iluminación, en ese preciso, precicísimo instante… largó una sonora carcajada. El cuento me pareció siempre desconcertante, porque nunca había entendido el porqué de la risa fuerte / espontánea / incongruente. Hasta que viajé en esa ambulancia.
Y ahí comprendí. Comprendí que ESTO es la vida. La vida es todo lo que te va sucediendo mientras viajás en taxi, en subte o con un Doc de acento fuerte o ridículo que te invita a rezar el rosario con él. Es este retacito de tiempo que te toca, un suspenso que huele dulzón, como el paquete de pochoclo que compraste a la entrada del cine. Así de etéreo.
O ácido y fuerte, como ese café humeante que te agujerea el estómago pero que de todos modos no deja de ser delicioso. Porque tiene cierta ligereza, a pesar de todo. La ligereza, la perspectiva, digámoslo así, que define el paso del tiempo. Que lo define eternamente.
Tan frágil como el cristal.
Tan precioso como el cristal.
En medio de tantas lágrimas, fui yo la que le sonreí al médico de la ambulancia. En forma extemporánea, como en un paréntesis en medio de mi tristeza, me animé a darle consuelo. Porque él también estaba en ese viaje, conmigo. Andábamos por ahí los dos solos, indefensos, perdidos en una medianoche escura, viviendo el minuto a minuto que se acumula y forma vidas.
Entonces me reí por un instante. Les juro, fue sólo un instante, no me dio para más. Pero ese instante me sirvió para intuir lo lindas que eran las luces de la ciudad que se colaban por los vidrios altos de la ambulancia.
Pasaron los días, los meses, tal vez un año.
Una mañana di vuelta el placard y arrinconé toda la ropa oscura bien oscura o negra muy negra: no quería vestirme más así.
Puse bien a la vista todas mis prendas de color: descubrí que eran muchas. Y asombrosamente lindas: una mujer casi desconocida que habitaba dentro de mí las había elegido, después de todo. Y estaban prácticamente nuevas: yo no las había usado casi nunca porque las guardaba para una ocasión especial.
¿Cuál sería esa ocasión especial? Andá a saber en qué pensaba cuando pensaba “así”.
Hoy me parece que hoy es la ocasión. Cada hoy.
No voy a esperar a la próxima ambulancia, que no sé si llegará o no… Pero por lo pronto, cada día me levanto decidida a disfrutar(lo), aunque no me salga del todo. Casi como si fuese un ejercicio de meditación, desde hace un rato largo -ponele-, cada mañana me visto con esmero y decido honrarlo con lo mejor que tengo en mí en ese momento: la alegría que pueda sentir, el amor que me salga por los poros (aunque a esas horas tan tempranas no sea para tanto
), los buenos sentimientos que se me instalen porque sí (de a segundos, si no me levanto muy buena) por la gente que quiero, la determinación de hacer lo mejor que pueda mi trabajo.
Quiero vivir una vida honesta, yo; conmigo misma y con los demás. “Sólo por hoy”, como dicen algunos por ahí.
Todo lo otro podrá esperar… hasta el próximo viaje.
A Rio de Janeiro, ponele.