Archive for the 'Somewhere in time' Category

El Quilombo Número Cinco Mil Uno

malabaresUno tiene una cuota de quilombos que puede absorber día tras día mientras trata de capear el temporal. Son unos Cinco Mil, ponele.

Uno no vive la vida contando y midiendo los quilombos pequeños, medianos y grandes que se le acumulan por ahí, y menos que menos clasificándolos como tales. Y lo bien que hace.

En mis días buenos creo que en el instante en que pasamos la cuota de los Cinco Mil, es decir, cuando se nos produce el Problema (o el Dolor) Número Cinco Mil Uno, en ese preciso momento… caemos en la cuenta de que aprendimos algo en el mientras tanto o la gota rebalsó el vaso o qué se yo, pero estamos hartos de considerarnos víctimas de algo. Y entonces comprendemos que el Quilombo Cinco Mil Uno no amerita la misma “adiposidad localizada emocional” de los Cinco Miles Anteriores: simplemente levantamos la mirada (y los hombros), decimos al cielo “y qué querés que le haga, hasta acá llegué” y no lloramos más lágrimas negras ni nos golpeamos el pecho declamando “por mi culpa, por mi gran culpa”. ¿Y por qué el cambio de actitud? En una de ésas, pudo haber pasado que maduramos y los problemas ya no nos parecen tan tenebrosos. Por esa razón, puede también que sólo la muerte se transforme en insalvable y que para todo lo demás exista una esperanza, una respuesta posible, una teoría superadora o una forma de creer y hacerle frente.

En mis días malos creo que el Quilombo Cinco Mil Uno es aquél en el que decidimos tirar la toalla, nos dejamos vencer por el enemigo (¿existe el enemigo?) y nos compramos el papel de héroes trágicos de nuestro pequeño mundito interior.

Como sea, todo nuestro aprendizaje y nuestra energía, nuestra necedad y nuestro cansancio definen, por acumulación de experiencias (no de papeleo ni fechas ni aniversarios) lo que sucede con nosotros frente al Quilombo Cinco Mil Uno.

Buena suerte para todos y cada uno ahí, acá, allí, en ese (este?) preciso instante. ;-)

“Lo que ES” es lo que HAY, darling (no lo que FALTA)

AladinoMe pregunto si sé aprovechar todo lo bueno que me viene como “de regalo” en la vida, y también todo aquello otro que me costó conseguir (mucho me costó, en algún caso) hasta que finalmente se me dio: no importa si fue más suerte que cabeza, o más cabeza que culo, lo importante es que todo eso vino a mi vida y está ahí, a disposición de ser disfrutado. ¿Le doy el valor que se sigue mereciendo a Todo Lo Conseguido, ahora que “tengo por bien vivido lo vivido”? ¿Lo saboreo al cien por ciento?

Intuyo que soy de esas personas que destacan a cada rato que le faltan los cinco centavos para el peso. Y no es que sea quejosa (creo), ni necia (por eso les cuento que hay otros noventa y cinco centavos en mis manos), o pesimista, o que me invada una angustia espantosa por esas situaciones, sino que simplemente… sumo y resto. A cada rato. Porque son dos verbos que suelen colonizar mi cabeza un poquito obsesivamente (qué combinación de palabras, no? lo de “poquito – obsesiva – mente”). Es decir, llego a los noventa y cinco y el número “cien” anda por ahí, rondando, tan tentador élll, y entonces… y entonces qué creen que hago? RECLAMO LOS OTROS CINCO CENTAVOS COMO PROPIOS. Y Alguien tiene que hacerse responsable del faltante!

Entonces cinco centavos valen más que los otros noventa y cinco, porque son los que ME FALTAN.

Pero empiezo a exasperarme cuando me doy cuenta de que el asunto en sí no tiene lógica, porque desde tercer grado comprendo el concepto de “fracciones”, o más bien, las proporciones que alcanzan las cosas: si te falta algo, un algo que -recordemos- es solamente un algo inmerso en toda una gran cantidad de algos… ¿el asunto es para amargarte para toda la cosecha? Pareciera que no.

café3Esta semana han sucedido muchas cosas alrededor mío. Amigos que yo creía que estaban bien, viviendo vidas “soñadas” muy parecidas a cuentos de hadas -por categorizarlas de algún modo & sin entrar en detalles- me han confesado sus pesares, y son pesares de los gordos: historias que hay que respirar profundo para continuarlas día tras día con una sonrisa, porque implican algunas incertidumbres jodidas de administrar. Y así y todo lo hacen (lo de sonreír), y se inventan tiempo para compartirlas conmigo (sus historias y sus sonrisas). Conmigo, que sigo contando los cinco centavos que me faltan con precisión de relojero suizo. Y, seamos realistas, tal vez por poner tanto empeño en ese detalle podría suceder que se me escurran por el otro costado una parte de los noventa y cinco centavos acumulados, no es cierto?

¿Pero qué es lo que me pasa? ¿Por qué esa actitud casi maniática de medir faltantes? Intuyo que es “simplemente” (?) porque busco la sensación de estar completa, y la palabra “peso” como equivalente a cien centavos tiene ese gran atractivo conceptual, el de hacerme sentir completa. Pero como soy un ser humano (que es una clase de bicho muy retorcido, habrán visto), me parece que la sensación de poseer el peso entre mis manos durará lo que un suspiro en mi mente: si consiguiese lo que quiero, automáticamente volvería a subirse el listón de lo que pretendo y entonces (les apuesto un Toblerone entero), me volverían a faltar otros cinco centavos imaginarios “a estrenar”.

No sé si a ustedes les pasa o les ha pasado en alguna oportunidad, pero yo no quiero lamentarme más ni exigirle al cielo -o al infierno- lo que no ha sido y tal vez no sea. Y es que mis cinco centavos, me parece, no se presentarán nunca de la manera que pretendo, es decir, con el exclusivo propósito de completar mi “peso”. Porque los “cinco” y los “cien” son una trampa, o mejor dicho, una ilusión.

Tal vez me sean dadas mil millones de cosas, buenas y malas, algunas deseadas y otras ni siquiera imaginadas todavía… y sin que de ellas dependa mi felicidad. Y está bien. Está bien, está bien, pordiós que está bien así. Es la vida.

“Hágase Tu Voluntad” está bien. Y gracias por los noventa y cinco, ya que estamos: creo que nunca Te escribí un GRACIAS así de grande.

La caída del cordón umbilical

imaginaciónEl problema de pensar en la autorrealización personal como un objetivo en sí mismo es que siempre terminamos hablando de nuestro propio ombligo. Y es que el cordón umbilical empieza y termina en el mismo lugar: el Ego. Y no tiene nada de malo que hablemos del Ego, solamente que sospecho que a veces el tema se torna monotemático. Y aburrido (el Ego no tiene sentido del humor, ése es su principal talón de Aquiles).

Yo creo que a una determinada edad, por lo menos, toda palabra que empieza con “auto” nos empieza a aburrir. A los casi cuarenta, pongámosle. O cincuenta. Pero es seguro que a los sesenta estamos hartos del término “autorrealización”, porque somos demasiado viejos para andar usando cordón umbilical, me temo. A eso es a lo que algunos intelectuales llaman “vacío existencial”, puesto en criollo: al hecho de que no haya nada externo a qué agarrarse que sea lo suficientemente firme.

En algún punto, pasados los primeros logros personales que defina cada cual, la primera juventud y las primeras ingenuidades (o encandilamientos) que nos tragamos con respecto al “deber ser”, las cosas tienen otra profundidad. Porque la realidad, antes o después se presenta en 3D. Y por eso los años nos obsequian los divinos anteojitos de la experiencia para que podamos ver la vida con otra perspectiva.

Y para disfrutarla sin cordones autorreferenciales. Porque una vez que nos graduamos de no sé qué carrera con diploma de honor, que logramos asentarnos con esa pareja que nos desvelaba de pasión todas las madrugadas, una vez que compramos la casa de nuestros sueños y tuvimos esos hijos tan deseados… entonces, qué? Eso era todo? Jugar al “Juego de la vida” y salir primeros?

Y está ahí la profundidad de los matices, también: puede que ahora nuestra profesión rutilante sea sólo un medio de vida, y no el nirvana presentado en pergamino. O que nuestra pareja cambie o cambiemos nosotros y hoy tirar del mismo carro implique otros esfuerzos compartidos inimaginables en el principio de los principios, provocando incluso que la relación se quiebre dejándonos a los dos con el cuore chamuscado. O resulta que la casa que tanto luchamos por conseguir está vacía la mayor parte del día y nadie la disfruta (excepto la empleada doméstica, la única persona que habita en todos los ambientes). O pasa que nuestros hijos hacen sus vidas aprendiendo de nosotros, pero no son “nosotros”, así que algún día de buenas a primeras ya son independientes y dejan la casa de nuestros sueños más sola todavía.

Entonces aprendemos a soltar amarras: ¿sos el Licenciado Fulano o el Doctor Mengano? No importa tanto a la hora de un diálogo mano a mano con el mozo del bar de siempre. ¿Van pasando los años y tu belleza no es tan fresca como a los veinte? Pues bien, tal vez sea hora de soltar la exigencia de ser la chica linda del condado: las puertas que hay que abrir ahora se abren con otras llaves, sin que el dinero o la perfección estética tengan que tallar acá. Porque no es un tema de status ni de poder. Porque no es un tema de Egos.

Y es que la pregunta es más profunda (estamos en 3D, recuerden que tenemos los anteojitos colgando de la nariz). ¿Cuál es nuestra misión? ¿Hay algo así como un objetivo trazado detrás de esta intersección de tiempo y espacio que cruzamos con nuestra existencia del día a día? ¿Sí? ¿ No? Tal vez no nos venga bajada la respuesta desde el cielo (sobre todo si no creemos en él, porque mal podemos creer en una encomienda especial enviada desde allí a nuestro nombre si desconfiamos del mensajero). Pero entonces, aún sin que haga falta creer en Dios, cabe la posibilidad de encontrarle un sentido a todo este asunto de andar viviendo más allá del chapoteo en la superficie.

Y es que en algún bolsillo interno de nuestra conciencia debe existir esa necesidad de inventarnos / descubrirnos / buscarnos un porqué, una causa, una necesidad latente que vaya más allá de los mandatos biológicos o de nuestra estructura de señores burgueses con tarjetas de crédito y cédula de identidad en la billetera.

¿Y por qué se nos ocurriría pensar que existe esa necesidad? Porque haría posible en nosotros la alegría profunda de sabernos parte de algo más grande, por encontrar la dignidad que tiene eso de dar sin esperar nada a cambio, ni siquiera la tan remanida “autorrealización”. Nada más que por dar algo a alguien, por esa cosa maravillosa de ser humanos relacionados con otros humanos, nomás. Por entender esa palabra gigante y tan extrañamente inaccesible a veces: amor.

El arte de perder el tiempo disfrutándolo lentamente (sólo apto para inmortales)

kiss “En un mundo que no para durante las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, todos los tiempos son iguales: pagamos las facturas un sábado y vamos de compras el domingo, nos llevamos la notebook a la cama, trabajamos de noche, desayunamos a deshora… Nos burlamos de las estaciones comiendo fresas importadas en pleno invierno y bollos de Semana Santa durante todo el año. Con los teléfonos móviles, las Blackberrys e internet, ahora todo el mundo y todas las cosas están permanentemente a mano.

Algunos opinan que una cultura de actividad permanante puede hacer que al gente se sienta menos apresurada al darle la libertad de trabajar y hacer gestiones cuando lo desee. Esto es ilusorio. Una vez que se han borrado los límites, la competencia, la codicia y el temor nos estimulan a aplicar el principio de que el tiempo es oro a cada momento del día y de la noche.” (”Elogio de la Lentitud”, Carl Honoré).

A esta altura, ustedes y yo nos conocemos bien: el tiempo nos importa. La administración de las venticuatro horas del día nos es fundamental para hacer todo lo que queremos. Si además nos gusta hacer muchas pero muchas cosas, ni hablar: tendremos incorporado el reloj como un medidor receloso de nuestro rendimiento.

Pero más allá del estrujamiento neuronal que nos comprime la sesera a más de uno cuando intentamos saciar tantas necesidades familiares, profesionales, domésticas, intelectuales, académicas, sociales, deportivas, estéticas (me olvido de alguna?), más allá de querer cumplir con todo lo que hay en esa larga lista… resulta que nos es necesario, también, perder un poco el tiempo.

A mí me pasa, debo confesarles, que me cuesta perder el tiempo alegremente. Lo que sucede, en general, es que el tiempo me pierde a mí.

Lo que quiero decir es que suelo tener la cabeza bastante perseguida con la administración de mis horas, excepto cuando me sumerjo tan profundamente en algo que me gusta mucho, que ese sumergimiento me hace perder la noción “de mí” y de todo lo demás. Y entonces el tiempo me extravía, o yo soy plenamente consciente, por una vez, no ya del paso del tiempo, sino del presente más perfecto que ninguna gramática podría explicar jamás. :-)

Entonces, de pronto levanto la vista de la página de un libro, sorprendida: pasaron una hora o dos, y ni cuenta que me di. Se fueron volando con un sutil batimiento de alas, nada demasiado ostentoso, apenas un leve movimiento del segundero, sin prisa pero sin pausa, que no pude notar de puro concentrada que estuve en otra cosa que no fue el paso del tiempo: me puse a vivir otra vida que nada tenía que ver con mi mundo trajinado de detalles.

Me pasa también cuando escribo (donde & lo que sea que esté escribiendo), cuando nos quedamos un rato largo hablando de bueyes perdidos con mamá, cuando Cucurullo y yo nos encerramos en un paréntesis atmosférico que aparta las señales de protesta cotidianas, los resúmenes bancarios y el noticiero de las diez. Me pasa cuando Mile me relata con muchas palabras (muchas) un cuento de tres parrafitos que transformó en un novelón, y entonces la alquimia de la fantasía se pone a funcionar sin que a mí no me importe para nada cronometrar su marcha.

Y pienso en cuántas veces la ansiedad y la ambición de querer hacerlo todo provoca que superpongamos la noche al día y el día a la noche (como describe Honoré) y ya no tengamos tiempo para perder el tiempo con los afectos que elegimos para derrocharlo juntos, mirá vos.

Pienso en que antes de que un interruptor nos extendiera el día hasta lo infinito, las tardes como la de hoy, en que el cielo de Buenos Aires se oscurecerá a las seis y algo, yo perdería más el tiempo, compartiéndolo generosamente con los demás desde el momento en que nuestras sombras se alargaran sobre el suelo de mi cocina.

Habrá que encender antorchas y velas y retroceder dos siglos? Será necesario apagarlo todo y hacer de cuenta que la electricidad no existe? Tal vez no haga falta ser tan drásticos. A lo mejor podamos ganar algo con sólo renunciar a la necesidad de estar conectados a un enchufe constantemente, evitando que los artefactos estén prendidos todos en simultáneo, como si ese momento de descanso compartido exigiera abrazarse a todos ellos con uñas y dientes…

Por ahí el asunto pase por encender una sola vela y jugar a caminar más despacio, como para dejarse atrapar por el tiempo; soltar el ansia de dominarlo a cada rato con un cable a tierra, y dejar que él, a su modo, invente nuevos espacios de disfrute.

Amores incongruentes

a través de la rejaPareciera que ya nunca te va a volver a suceder: el flechazo romántico, en pleno crucero turístico, con un chef ítalo marroquí bohemio que se leyó todo Camus antes de cumplir los 18, y que ya está de vuelta en la vida cuando vos apenas estás yendo. Y la cola que traen este tipo de historias: hacer planes chinos entre los dos para verse siete días en agosto y un fin de semana de febrero, pasar juntos alguna Navidad y tal vez -si das bien todos los exámenes en la universidad- en marzo encontrarse otras dos semanas más para compartir, colgados uno del otro, en algún lugar perdido del mundo.

Un día ves que tanto esfuerzo es al reverendo gas butano: estos son amores que no pueden desarrollarse más que en un momento mágico en el que se despliegan como la cola de un pavo real, pero que después, en mitad de todo lo otro que es tu vida, se encogen o se diluyen o alguien los mata por encargo (tus padres, un analista, algún amigo sensato de esos que nunca faltan).

Pero hoy, a esta edad, esas cosas ya no te pasan porque sabés que lo imposible entra en el terreno de lo que hay que descartar: es que antes o después habrá que descartarlo. Haber vivido un romance así puede dejarte un lindo recuerdo, o a lo mejor uno más bien bochornoso, pero la moraleja final es que no se pueden forzar los hemisferios, el tiempo y el espacio enteros para que las historias de amor nos cuadren como a nosotros nos gustaría. A estos proyectos hay que “dejarlos pasar” a mejor vida. Así son las cosas.

Entonces por qué, cada vez que piso las arenas de la playa de Ferradura, en pleno Búzios, siento ese mismo amor incongruente por un lugar que no me pertenece en lo más mínimo? Con Cucurullo miramos las casas (pisando firmemente en la arena), elegimos la que más nos gustaría para vivir -ni muy grande ni una caja de fósforos, una casa “razonable” (?), después de todo somos gente “realista” (?), pensamos en qué podríamos hacer nosotros en ese pueblito de pescadores y dueños de posadas, tratamos de adaptar mentalmente a Mile -garota de Buenos Aires- en medio de la escuela buziana… y no terminamos de aceptar que esa vida no nos queda bien ni por asomo.

Le queremos buscar la vuelta como sea, exactamente igual que una chica de veinte con su pseudo novio que vive del otro lado del Pacífico.

No aprendemos más.

Hay que dejarlo estar, es un sueño que no nos corresponde, no tiene nuestro nombre. Habrá que devolverlo a sus legítimos dueños.

Podemos vernos cada año, mi querido mar de Ferradura. Como de hecho hacemos, sin que nos lo hayamos propuesto expresamente hasta ahora. Sin ataduras, sin adueñarnos de ninguna casa, sin inscribir a nadie en ninguna escuela ni aceptar trabajos intrabajables para nosotros dos.

Tendremos que vivir cada cual en nuestro lado del mundo durante once meses y medio.

Para después encontrarnos, unos días al menos, y colgarnos de tus costas hasta el hartazgo -que nunca llega-.

Así son las cosas. Así que… hasta el año que viene, a la misma hora.

Asociaciones ilícitas

asociaciones ilícitas Hay cosas que se relacionan más o menos con otras cosas, depende de la imaginación tortuosa que tenga cada cual para encontrar similitudes que, francamente, a veces pueden parecer lindas y caprichosas (como una adolescente cualquiera), malas copias de ideas olvidadas, o simples asociaciones intempestivas que no se pueden pegar ni con “La gotita”.

Por ejemplo: yo cada vez que veo un par de pantuflas -las odio, me parecen un invento de lo más incómodo y feo, sobre todo feo- me acuerdo de ese dibujito animado en el que el pobre Tom está a punto de comerse a Jerry y unas piernas gordísimas como salchichones aparecen en escena, calzadas con las odiosas susodichas, y una voz en off exclama “Tomáh, cuánta’ vece’ te he dicho que no debe’ corré’ por toa la cocina…” ponele. Una cosa así. Y también se ve una escoba, que aterriza al compás de la reprimenda sobre la cabeza del pobre bicho, tan castigado por la vieja y por el destino, simultáneamente.

Nadie nunca en mi vida me compra o me regala pantuflas, excepto mi empleada doméstica, que cada 365 días, religiosamente, me obsequia para mi cumpleaños un nuevo par. Las acomoda día a día al costado de mi mesa de luz -pensará que no las uso porque no las tengo a mano?- y yo, un poco desconcertada por su gesto, las saco a pasear por la casa de vez en cuando, sobre todo cuando no tengo otra cosa que ponerme en el momento y ella -la que me las compra- está presente. :-)

Otra asociación igual de irreverente: si veo a alguien vestido con una T – shirt amarilla y un pantalón blanco, por ejemplo, se me ocurre al instante que parece la bandera del Vaticano con patas. Cualquier par de prendas que tenga esos colores inmediatamente me transporta a la Dirección de mi antiguo colegio, más de veinte años atrás, en donde las dos banderas -la de Argentina y la del Vaticano- se exhibían a los costados del escritorio de la Hermana Directora.

Otras situaciones no tan inocentes se me plantean a veces. Por ejemplo, el otro día Príamo de los Suburbios (mi suegro) quiso comprarle a Mile un sobretodo cruzado, tamaño mini mini mini, en un color rojo – rosa – rococó – rosado – subido, que vimos juntos en un local de ropa de ésos muy shoppinescos y cuya gráfica de la marca es “chico – divino – posando – en – ciudad – europea – usando – ropa – para – adultos – en – tamaño – diminuto”. Pensé automáticamente en la niña que camina y camina por un ghetto judío en “La lista de Schindler”, bajo la atenta mirada del protagonista (les juro que el abrigo que usaba la nena era igual a éste), y el cuore se me estrujó todo y le pedí que por favor no, que no se lo regalara. No pude explicarle lo de la película y el malestar que me producía: él no la ha visto, seguramente me creería loca demente y yo en algún momento me sentiría tentada a darle la razón. Toda la razón y nada más que la razón. Pero no quiero ver a mi hija vistiendo un abrigo igual al de esa chiquita que cargaba sobre los hombros el destino trágico de todo un pueblo. Esa nena es una metáfora tan triste -y tan bella- que es el día de hoy que todavía la recuerdo.

Son esas pequeñas grandes asociaciones de ideas, ínfimos gestos de nuestra imaginación irredenta que se empeña en demostrarnos que ahí está, todavía, para lo bueno y lo malo, lo lindo y lo horrible, lo gracioso o lo simplemente pintoresco.

Mientras esté viva élla, la imaginación, le perdono unos excesos. Unos. Algunos. Unos cuantos.

Haciendo números redondos sobre un mundo bien redondo

caféCuando yo era chica tenía una gran certeza: cumpliría treinta en el año Dos Mil. Imagínense qué rimbombantes me parecían esos números a los dulces dieciséis, por ejemplo: los veía enormes, lejanos, imposibles.

En el Dos Mil Diez -este año- cumplo cuarenta, y sin embargo veo que muchas de las cosas que soñaba para mis treinta abriles (o agostos, para ser exactos) ya no se aplican, me quedan demasiado grandes (inasibles?) o demasiado pequeñas (insignificantes?). O tal vez suceda que los sueños y las ilusiones también se actualizan si una madura y deja atrás la primera, segunda y tercera infancia (porque hay más de una, sin lugar a dudas… inclusive conozco a señores divorciados que se van a vivir con su mamá y descubren una cuarta beca para transformarse en niños, mirá vos, pero ésa es otra historia).

En esos años yo pensaba, por ejemplo, que el amor de tu vida se daba de una vez y para siempre. Entonces, ir a la fiesta de casamiento de una pareja me parecía definitivo y definitorio, un hecho consumado que presagiaba felicidad en forma inequívoca, como en los cuentos de hadas: “y vivieron felices”. No sabía todavía que esa celebración es un gesto de buen augurio, pero que todo lo demás (lo que aparece en el matrimonio después de esos primeros confites) es un caminito largo y sin garantías de glamour eterno en el que hay mucho que aprender, con más incertidumbres personales que consejos de terceros para acatar a rajatabla, con más vida para cambiar y flexibilizar que para dejar asentada en mármol.

Pensaba que el éxito profesional era de lo más democrático y popular que podía encontrarse por ahí: hoy veo que existen pirámides y estructuras de acceso a algunos puestos de trabajo que son más misteriosas que las que construyeron los egipcios hace milenios: son tan inexplicables! Y sin embargo, muchos las adoran, de rodillas y de cara al sol, repitiendo el mismo oscuro rito histórico, pero enfundados en saco y corbata y acarreando una notebook, en lugar de vestirse con túnicas y portar incienso y un cáliz.

Creía que tener hijos era un mandato biológico natural y a la vez un sueño de trascendencia, de prolongación, y también una forma de postergarse uno para darle a otro (la noción del amor, tal vez?). Hoy, a menudo tomo un café con gente que se cuestiona tener hijos como si fuese un trabajo más, o gente que se queja de los que tiene con una concepción económica inquietante, como si el tiempo que les dedica fuese más un costo que un beneficio. Hay una fe de erratas final, en casi todos los casos: “por supuesto, tener hijos es lo más importante que puede pasarme / me pasó en la vida”, pero mientras el café se mantuvo caliente en los pocillos, lo importante se quedó detrás de las quejas de bandoneón.

¿Qué ha cambiado tanto en estos cuarenta años? Algunos podrán decir que el mundo siempre fue igual y que simplemente yo profundicé la mirada y empecé a ver más lejos en el horizonte, descubriendo otros pliegues de la realidad que siempre estuvieron ahí, y que ahora se me presentan bien de frente porque tengo más edad y puedo ver esas sutilezas.

Otros podrán sospechar que me ando relacionando ahora -más que antes-, con gente que se mira el ombligo con extraña fijeza, o que me he decidido a vivir, como elección personal, en un mundo menos idealista, puro y espiritual (¿tendré que cambiar de amigos, de entorno, de libros?).

El mundo ha cambiado. ¿O quizá uno ha cambiado y el mundo sigue girando como si nada, mostrando las mil fascetas que cada tanto ilumina o esconde la luna, según sea donde nos encontremos?

Mi vida es distinta a la que imaginé hace tanto tiempo: es mejor y es peor, es más rica y variada, me hace cuestionar ideas, querer, sufrir y ser feliz en situaciones totalmente impensables en el pasado. Así que supongo que entonces nada va a parecerme tan sorprendente ahora que ya sé todo esto, porque nada es tan original o tan insensato: tanto yo como ustedes, todos, hemos transitado y palpado los distintos rincones de este mundo y ya sabemos de qué se trata.

Milena ayer miró el cielo y me preguntó por qué nunca, todavía, habíamos ido de vacaciones al espacio.

Y vuelta a empezar.

Una noche sin brújula en la cocina: la aventura de perdernos y volver a encontrarnos… en otro lugar

encontrar o hacerLlego de trabajar el jueves a últimísima hora de la tarde. Abro la heladera y se despliega ante mí el momento más jugado del día: ¿qué preparo para cenar? Tradicionalmente en esta casa vamos al supermercado los fines de semana, así que jueves y viernes hay que estrujar hasta la última gota de creatividát para cocinar con lo que queda en la heladera y también en la despensa (=ese depósito de alimentos atesorados como para sobrevivir una larga posguerra dentro de un búnker). Los martes se come pescado fresco, y compro poca cantidad de frutas y verduras casi todos los días para preparar comidas sanas y saludables. O eso intento, al menos.

Y dicho así parece todo muy lindo y fácil de organizar… pero este jueves no había tenido tiempo de visitar a mi amigo el verdulero (es un ladrón, pero sus productos son incomparables, así que oscilo entre la oscura promesa de no pisarle el negocio nunca más, y volver de nuevo al local, culpógena y contrita, pensando en que no me cuesta tanto darle una nueva oportunidad para que me provea de sus plantas de rúcula bien frescas y esas manzanas siempre tan estupendas).

Pero… ¿qué podía cocinar este jueves a la noche, pordió? Saco de la heladera todo elemento que alguna vez haya vivido sobre o bajo la tierra: echalotes, una cabeza de ajo, ají picante y tomates (no es mucho, no?). Me lo llevo todo.

Abro el freezer: unos pocos langostinos me miran con ojitos para nada inteligentes. Sobrevivieron a alguna fiesta poco popular y ahí están, depositados sobre las sempiternas milanesas de soja, como orgullosos habitantes de su castillito de hielo. Les interrumpo su destino gélido “a lo Walt Disney” de un manotazo: están invitados a este festín, definitivamente.

Chequeo alacenas y bajomesadas: cebollas (excelente!, son fundamentales en todo menú fatto in casa), arroz, una lata grande de atún, coriandro.

Muy bien, va marchando un plato de arroz con atún y langostinos “a la meditarránea”, no queda otra: la combinación tiene que servir para una cena de emergencia.

Y en eso, la inspiración: recuerdo de pronto que tengo por ahí escondida una botellita de aceite de dendé, y decido instintivamente que éste es el momento de estrenarla.

El aceite de dendé se utiliza muchísimo en la comida bahiana y en otras zonas de Brasil de fuerte ascendencia africana. De hecho, es el también llamado “aceite de palma” con el que se prepara la comida más tradicional del África occidental.

Entonces, la Comida Obligatoria comienza a transformarse en un proceso de exploración transcontinental: abro la botella y aspiro el aroma fuerte y tropical de este aceite untuoso, espeso y de color bronce. Vierto generosamente el potaje en la sartén -como dicen los expertos que debe disponerse de esta delicia suculenta- y preparo sobre ese colchoncito oloroso el plato que había concebido como uno más de los de siempre, y que de pronto se va convirtiendo en algo muy especial.

Alquimia sorprendente: mi cocina de Salsipuedes huele a festín en el Magreb. Cucurullo y Mile se sienten convocados desde algún lejano rincón de la casa sin que haga falta el tradicional grito sagrado avisando que ya está lista la comida. En silencio se sientan a la mesa.

Cucurullo abre un malbec y lo sirve en las copas: se adivina en el vino un cálido anfitrión para lo que sea que esté por llegar.

Sin decir una palabra sirvo los platos: son una pura promesa aromática, humeante.

Ninguna decepción, mis queridos: lo más simple, lo indispensable, más un toque extravagante e impensado. Y la vida se transforma en otra cosa.

¿A quién no le pasa de vez en cuando…?

El vestidito negro

clásica La petite robe noire fue un invento genial de Chanel. Lo genial no fue el vestido, en mi opinión, sino el concepto: una pieza de buena calidad que siempre te sienta como un guante, y que combinada astutamente con algún accesorio que se destaque te hace lucir diferente cada vez. De ese modo, el vestidito negro se reconvierte según tus necesidades del momento: lo usás en un bautismo de domingo por la tarde o en una super fiesta de sábado a la noche. Con stilettos altísimos o unas chatitas informales. El vestidito negro nunca falla, te hace sentir a tus anchas donde quiera que estés, cómoda dentro de tu propio cuerpo.

Todos tenemos distintas versiones del vestidito negro pululando por fuera del placard: son esas situaciones, objetos, momentos, que siempre nos hacen sentir bien, que disfrutamos aunque tengan dos o tres detalles diferentes de vez en cuando. Y es que los retoques no nos apartan de lo esencial, aquello que disfrutamos porque responde a nuestro estilo, nuestra personalidad o nuestra forma de vivir… o simplemente, a nuestro talle.

Acá van algunos de mis “vestiditos negros”, mis queridos: los puedo compartir con ustedes, pero no creo que pueda renunciar a ellos…

- Las historias recién horneadas que surgen de la “bolsa de los cuentos” a pedido de Mile: son ficciones que no merecen un Nobel, se imaginarán! Se trata de cuentos inventados justito ahí a la hora de dormir, en la penumbra. La bolsa se supone que es el entretejido neuronal que existe dentro de la sesera y del que salen los argumentos más fantásticos e incongruentes, que la gorda me permite desplegar frente a ella con mucho más de amor que de sentido crítico. La mayoría de las veces, de la bolsa salen cuentos con elementos “a pedido”: La Bella Durmiente (Vuelteramente Durmiente) que tengo al lado insiste en que el cuento tenga una princesa, un hada y una mula, por ejemplo, y que se desarrolle preferentemente en la cima de una montaña. Y ahí nomás, sin un instante de respiro, remata: “¿me lo contás ahora mismo?”. Y ahí va la historia, desandando una madeja que todavía nunca hemos visto antes. Momento mágico de Sherezade Express enhebrado entre las dos.
- Los libros que escriben esos escritores de talento monstruoso y genial y que me hacen compartir otros mundos a través de sus palabras: Borges, Fresán, Fuentes, Quino, no importa quiénes, sólo sé que existen y están ahí en mis estantes para que yo los descubra. Puede cambiar el autor, pero la sensación de disfrute que tengo cada vez que los encuentro es la misma, adivino que ese momento perfecto es real y no lo anduve soñando cuando comienza a surgir otra vez entre las páginas impresas y lo reconozco otra vez, como me reconozco a mí misma cuando me veo en el espejo.
- Bailar con Cucurullo en el living de casa cualquier día de la semana, cualquier tema en cualquier idioma, sabiendo que cuando me abraza me guía con su cuerpo y hace que -milagro de los milagros, más inexplicable aún que el de los panes y los peces- me deslice al compás de la música y giremos coordinados: sólo él puede convencerme de que los dos -juntos- estamos siguiendo el ritmo, el resto del tiempo que no bailo con él yo sé perfectamente que tengo dos pies izquierdos para esos menesteres.
- El cafecito con amigas, a la mañana bien temprano o a la tarde después del trabajo: abrir la puerta del bar y escuchar el entrechocar de los pocillos en los platos, las cucharitas y el saludo cordial de las voces familiares en una mesa justito ahí frente a mi mirada me produce una sensación muy parecida a la felicidad (nota: en el cielo tiene que haber bares, no puede ser una nube larga y espaciosa con dos o tres ángeles y ninguna mesa de café para conversar con ellos de filosofía barata y zapatos de goma, eso sería inadmisible).
- Compartir esas largas charlas con mamá, sobre todo y sobre nada: una película, un libro de la infancia, la fragancia de la crema facial que usaba mi abuela y que todavía evocamos sin esfuerzo, recuerdos insignificantes que convertimos en fundamentales cualquier domingo a las tres de la tarde, cuando nadie nos escucha y está toda la vida expuesta en dos tazas humeantes, una frente a la otra (insisto: en el cielo tiene que haber café, no podemos renunciar a él con la excusa de que en el Paraíso no hay una miserable máquina expresso!)
- El mercado abierto de la plaza de mi barrio, los martes a la mañana, lleno de frutas, verduras, pescados y tantas otras chucherías que desconozco para qué sirven (o si son lindas o feas para el mundo), pero que me encanta que se expongan ahí para poder desconcertarme del mismo modo cada semana: como si yo tuviese tres años y estuviese frente a una mini feria persa.
- Y cualquier otro mercado de cualquier otro barrio, porque me gustan todos por igual.
- Ver caer el sol, una tarde -una más-, sabiendo que otra vez pude usar el eterno vestidito negro, que nunca se deshilacha porque es de buena calidad: así es como su encanto dura y perdura. Le reconozco su valor, su fidelidad y su sencilla dignidad. Lo cuelgo como siempre en su lugar, dándole las gracias por los servicios prestados y sabiendo que al día siguiente, en algún momento, lo sacaré a relucir otra vez, me lo pondré nuevamente sobre el cuerpo y seguro, segurísimo, me volverá a sentar de maravilla.

El mundo es ancho y ajeno como trasero de garota de escola do samba, señores

el trasero del mundoEl otro día tomé un café en la oficina con una colega de esas que siempre pululan alrededor mío: la chica nunca se ha casado –todavía- ni tiene hijos. En cambio tiene el recuerdo de muchos aviones embarcados en temporada baja y unas cuantas vidas contratadas en relación de dependencia. Ya saben cómo es, cualquiera de ustedes la ha visto: delgada, corte de pelo a la moda, ropa de shopping comprada en liquidación & con descuentos de Miércoles Mujer (entiéndase bien: vestuario que no es de diseñador exclusivo, pero sí de marca), infinidad de dimes y diretes símil sitcom urdidos en horario de 9 a 18 y muchos, muchos kilómetros de sala de reuniones trajinados en su CV. Deja caer, con tono cómplice, ese comentario que casi me incluye, o más bien pretende incluirme: “todas hemos salido alguna vez con un jefe casado”. Me mira fijamente, buscando una confesión que la exonere de culpa y cargo. Me sorprendo a mí misma renunciando al intento de negar su acusación, siquiera: nunca pasé por su experiencia, pero me da pereza enredarme en una discusión que no interesa a nadie.

Al día siguiente me encuentro con algunas madres de los compañeritos de colegio de mi hija: la conversación se atasca con el detalle de los cuadernos forrados con papel contact, los horarios de adaptación y los nombres de las nuevas maestras. Hay pasión contenida en las voces que relatan las historias mínimas de la rutina diaria de nuestros chicos, la desorganización del horario de entrada y ni hablar del de salida. Un microcosmos de sucesos construidos en puro presente, descriptivo y perecedero.

bourdain chefEn el subte leo las aventuras de Anthony Burdain en Saigón y Vietnam: el tipo es un chef de casaca blanca y escuela francesa de cocina, así que se supone que debe vivir encerrado en el servicio de comidas de su restaurante paquetísimo (“Les Halles”, en New York, ya voy a ir, créanme). En cambio, anda errando por el mundo buscando los sabores perfectos de cada país mientras escribe las aventuras vividas en un libro –el que leo ahora-, que a su vez son grabadas para un programa de televisión -”Sin Reservas”-, que se transmite cada dos por tres en cable.

Cucurullo llama más tarde y me cuenta los pormenores de otro día a puro powerpoint, Príamo de los Suburbios (mi suegro) pasa por mi casa para hacer una visita express y, de paso, dejar en mi heladera una provisión de quesos exquisitos que consiguió donde el diablo perdió el poncho.

Una amiga del alma me llama para contarme que ahora tiene menos trabajo y está preocupada (este mes llegan a cubrir todas las cuentas, pero no sabe si podrá decir lo mismo a fines de abril: todo está aumentando mucho); mi empleada doméstica se ofrece para venir los sábados “por si precisa más ayuda con la casa, señora” con tono contenido pero digno.

Otra amiga de esas de fierro me llama para invitarme a su fiesta de cumpleaños en el Museo Renault. Puedo ir con Cucurullo, pero la reunión es sin chicos.

¿Y cuál es la vida real? ¿Dónde está el verdadero mundo? ¿Cuál es el suelo firme y concreto en esto que es andar transitando día tras día un mismo caminito que pretende ser coherente?

Todo se complica y se vuelve enorme si nos encerramos en una sola realidad y nos pensamos el chico lindo del condado, o tal vez el más pobre de toda la aldea y aledaños.

El punto en el que enloquecemos para siempre es cuando creemos sin lugar a dudas que la verdad es ese azulejo en el que estamos incrustados. Y no vemos el conjunto, la mixtura profunda de los hilos del otro lado del tapiz.

Hay mujeres enfundandas en burkas en la otra mitad del mundo,
hay lenguas inimaginables pronunciándose en este mismo instante por toda Babel,
hay terremotos lejanos que impactan en cada rincón del planeta (Buenos Aires se corrió tres centímetros del mapa y todos creemos estar en el mismo lugar),
está la diversidad que no entrevemos por pura costumbre,
y también la potencialidad pura o impura -qué más da- que refracta cada gesto.

Entonces nadie muere de ansiedad por saber si Fulana sale con un casado,
si el contact de hoy debe ser azul o transparente,
si los zócalos se friegan un jueves y un sábado a diez pesos la hora,
si Japón es la única fuente que hay en el globo del famoso pez globo (ahora pareciera una redundancia insignificante), de ingesta mortal si no está preparado por un chef competente en el asunto.

Burdain da el primer bocado, mastica el famoso pez y yo tiemblo de terror, pero mi hija me aprieta firmemente la mano y me cuenta cómo es el dibujo que pintó hoy a las tres y cuarto; en ese instante Cucurullo abre el portón del garage con gesto rendido – al fin en casa!- y el mundo sigue girando en una órbita infinita.

Mientras no nos enfrasquemos hasta la asfixia en las anécdotas de cuaderno, o en los chismes de máquina de café, o en las historias de Vietnam leídas en letras de molde, mientras no midamos con amargura o codicia cada pobreza o cada riqueza, podremos volvernos tolerantes y hasta compartirlo todo. Porque ese todo es todo lo que hay (valga otra redundancia, como la del pez globo).