Archive for the 'Somewhere in time' Category

Aquél Viejo Mejor Amigo en Esta Vida Nueva

tránsito pedestre

Ayer iba caminando por Florida cuando lo vi. A dos metros venía de frente (si no nos deteníamos o nos desviábamos, nos chocábamos) Aquél Mejor Amigo de Mi Vida Universitaria. “Qué increíble no habernos encontrado antes”, nos dijimos los dos en cuanto caímos en la cuenta de que trabajamos a pocas cuadras uno del otro y sin embargo hace ya como quince años que nos dejamos de ver las caras.

“Estás igual”, nos repetimos cortéstemente, como una letanía. En su caso era cierto: en el inventario rápido que hice, apenas le encontré un par de canas en las sienes y algunas pocas arrugas que delataban el paso del tiempo. Por lo demás, seguía siendo el chico brillante y de actitud humilde que después de un examen espantoso en la facultad te decía: “finalmente aprobé”. “Finalmente” sonaba más dramático de lo que realmente había sido la cosa: Aquél Mejor Amigo se había sacado un diez redondo y contundente, pero no se le antojaba hacer alarde. Nunca. Ni se le ocurría.

La sorpresa de vernos después de tanto tiempo fue enorme. Y el cariño que siempre nos tuvimos seguía estando ahí presente, en ese espacio respetuoso que guardábamos en el medio de los dos, aunque nos chocáramos los hombros y las espaldas con el resto del mundo que caminaba por Florida y Tucumán. Juntos vivimos muchas cosas: estudiábamos en su casa con frecuencia; mi novio de aquel entonces (mi marido después, y mi ex – marido desde mucho después todavía) era su “otro” mejor amigo de la universidad ;-) ; los tres compartimos muchas materias, toneladas de tiempo, nuestras familias, algunos apuntes y miles de cafés.

Los años han pasado y ahora Aquél Mejor Amigo es un respetado Socio de Una Consultora Importante. Además -más que fundamental-, es Todo un Señor Esposo y el Orgulloso Padre de Tres Hijos. Es increíble que todos esos otros títulos le quepan tan ajustadamente a mi querido compañerito de la universidad, plantado en mitad de una peatonal transitadísima del microcentro con aquellos ojos desconcertados de quien nunca entendió que era un estudiante genial y un amigo más genial todavía.

trascendente Se hacía tarde, había que seguir camino y los dos sabíamos que íbamos en direcciones opuestas. Lo abracé fuerte, como solía abrazar a mis viejos amigos en Aquéllos Años que eran tan nuevos. “Me alegró verte”, le dije sinceramente. “Tomemos un café un día de éstos y nos ponemos al día”, propuso. “Dale”, le dije yo, que odio la palabra “dale” pero en esos momentos no me importa.

Intercambiamos tarjetas laborales bien actuales y sonrisas personales que venían de otras épocas.

La alegría de verlo y de saber que el afecto sigue intacto -a pesar de que nuestra historia ya anda medio borroneada-, me iluminó el resto del día.

No sé si alguno de los dos llamará alguna vez para tomarnos ese café pendiente. Ni idea. Pero por un breve instante, sobre esa calle atestada de gente, parecía ser lo más acertado, urgente e insoslayable que tuviera que pasar en este mundo.

Pelando las capas de la cebolla

enjoy the silence Hablar hablar hablar y seguir hablándolo todo, hasta el hartazgo. Hasta que las palabras se convierten en sonidos vacíos y el sentido de toda conversación se pierde o nos marea un poco.

Son tiempos en los que se recuerda a cada rato que el derecho a expresarse es primordial y el machacarlo es saludable y necesario, por supuesto. Pero el ejercicio de ese derecho no hace que valga la pena “oírlo todo” ni “decir cualquier cosa”.

Es que hay momentos en los que el ruido a ruido puede más y el “¿Por qué no te callas?” ya no es sólo una pretensión de un rey exasperado cualquiera, sino incluso de gente como Una (gente que a lo mejor tiene más principios que Su Majestad y no anda por ahí matando elefantes… pero que además habla hasta por los codos). ;-)

Entonces es mejor apartarse un poco y tomar distancia de aquél mundito como de escenografía que a veces se parece a un shopping en días de descuento, es decir, anda superpoblado de baratijas y atascado en el ruido. Entonces podemos descubrir el silencio. Y volvernos para adentro.

En una de ésas se da el milagro y aparece nuevamente la paz, la conciencia expandida, la alegría innata, la mirada limpia, la sonrisa que resplandece. En una de ésas, insisto, porque parte del secreto es que la búsqueda no sea desesperada. ;-)

ecosMe siento más liviana, más fresca. Fueron unos días sin tantos estímulos externos (nada de conversaciones casuales a mi alrededor, nada de televisión, teléfono, computadoras, libros). Esos días aquietaron a mi intelecto por un ratito (”basta de correr la rat race, querido, descansá unos días que bien te lo merecés”, fue la frase con que lo despedí en el momento en que cerré la boca y comencé a escuchar los pajaritos del parque). El cuerpo bien despierto haciendo yoga, o caminando, o simplemente respirando y descansando en serio (sin tomar café, comiendo sano, durmiendo las horas que hay que dormir… es decir, eliminando toxinas que total para qué las quiero conmigo); la mente meditando o en sano reposo, más cerca del cuore que de los crucigramas.

Me callé la boca, pero me reí mucho. Me reí a carcajadas. Bailé todos los días. También lloré un poco, como sucede casi siempre que bajamos los escudos protectores y nos vemos desnudos, tales como somos. Lloré y reí como un bebé, que es tan vulnerable y sin embargo no conoce el miedo, porque sabe que por ahí cerca siempre anda Alguien que lo cuida.

El Amor nos cuida, “si nos descuidamos un poco”. ;-)

Ahora he vuelto al mundanal ruido. Pero, como decía el poeta, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Algo habremos cambiado. Para mejor, espero.

Viajar es morir un poco

in the end love El viaje más importante de mi vida no fue por un intercambio estudiantil, por trabajo, de luna de miel o de vacaciones.

El viaje más importante de mi vida no fue el que hice a París, a Guanajuato o al Conurbano Bonaerense. ;-)

El viaje más importante de mi vida fue hace unos pocos años y lo hice en ambulancia, tendida en una camilla y con un médico extranjero muy simpático que me instaba a rezar con él el rosario. Yo no podía creer que Mi Persona estuviera ahí, en ese momento y en esa situación. Las luces de la Capital pasaban veloces, fugaces, casi imposibles de procesar por mi cerebro embotado por el pánico y la tristeza. Al lado mío, a un costado o al otro costado, pero a no más de dos metros de distancia en mitad del tránsito, yo intuía el movimiento del auto bordó de Cucurullo, medio ceniciento, medio sucio (el auto, no Cucurullo).

Se trataba de otro embarazo ectópico recién diagnosticado, e iban… iban, no importa cuántos. Iban y no volvían. Yo sabía lo que seguía después: una laparoscopía en puerta, tiempo ganándole al tiempo trasladándome de una clínica a otra – en la más pura ugencia- para dormirme un rato -calmante mediante- en posición casi inmóvil y volverme a despertar justito para la anestesia, con el quirófano organizadísimo a primera hora de la mañana.

Iba a ser la primera en estrenar quirófano al día siguiente, cláh. Todo un honor.

El cirujano que iba a operarme ya era casi un amigo. “Te garantizo que hoy le decimos basta a los embarazos con dolor” -me dijo-. “La próxima, si quieren, Cucurullo y vos hacen un tratamiento y listo. Tengan los bebés que tengan ganas de tener, pero que sean embarazos llevados con felicidad. Así, no.”

Y entonces, nada, como dicen los chicos de esta ciudad: punto y aparte con el tema del embarazo natural y espontáneo, como ése que yo llevaba en mi vientre en ese momento (el Doc no se iba con chiquitas).

Pero volviendo al tema de este post: aquél fue un viaje increíble y extraordinario. Porque era yo, que a los treinta y muchos (nada más y nada menos) partía al medio el plano de Buenos Aires yendo a los santos cuetes en una ambulancia. En serio les digo que fue un viaje iniciático.

Quiero contarles a los que no me conocen tanto que soy una persona más sana que el Quáker: no tengo colesterol alto, nada malo en el corazón, el marulo o las uñas de los pies (por lo menos, no peor que lo que puede tener la gran mayoría de la gente). No llevo una vida TAN sedentaria (hago ejercicio, todo el que puedo hacer en mis tiempos libres)… apenas podría decir de mí que tomo un poco más de café de lo que debería. Y sin embargo, mirá vos, yo era la agasajada especial a bordo de una ambulancia, con riesgo de vida y una cirugía moooy agendada.

Lloré muchísimo. La película entera -que yo ya había visto- constaba de médicos con gesto preocupado, con estresazo (¿por mí?) o sintiendo la más profunda empatía por “la” situación. Camilleros y enfermeras con barbijo, a los que apenas les conocí la mirada (tan profunda, tan bella): eran señores y señoras casi sin rostro, sin nombre ni ropa de calle, pero que me acariciaban un brazo o me daban ánimos.

El aire olía a tragedia. Cucurullo me amaba con todo su corazón, Mile -nuestra hijita de cuatro años- me enviaba besos y abrazos (y un ramo de flores amarillas). Tenía a toda la familia a mi disposición y amigos a montones.

Pero había un gran silencio alrededor de una ausencia muy profunda que se había instalado dentro de mí. Y nada ni nadie lo amortiguaba.

Y entonces llegó la Gran Revelación.

Comprendí por primera vez, con gran intensidad, la anécdota sobre ese maestro zen que meditaba y meditaba gravemente bajo un árbol y que, cuando le llegó la Iluminación, en ese preciso, precicísimo instante… largó una sonora carcajada. El cuento me pareció siempre desconcertante, porque nunca había entendido el porqué de la risa fuerte / espontánea / incongruente. Hasta que viajé en esa ambulancia.

Y ahí comprendí. Comprendí que ESTO es la vida. La vida es todo lo que te va sucediendo mientras viajás en taxi, en subte o con un Doc de acento fuerte o ridículo que te invita a rezar el rosario con él. Es este retacito de tiempo que te toca, un suspenso que huele dulzón, como el paquete de pochoclo que compraste a la entrada del cine. Así de etéreo.

O ácido y fuerte, como ese café humeante que te agujerea el estómago pero que de todos modos no deja de ser delicioso. Porque tiene cierta ligereza, a pesar de todo. La ligereza, la perspectiva, digámoslo así, que define el paso del tiempo. Que lo define eternamente. :-)

Tan frágil como el cristal.

Tan precioso como el cristal.

En medio de tantas lágrimas, fui yo la que le sonreí al médico de la ambulancia. En forma extemporánea, como en un paréntesis en medio de mi tristeza, me animé a darle consuelo. Porque él también estaba en ese viaje, conmigo. Andábamos por ahí los dos solos, indefensos, perdidos en una medianoche escura, viviendo el minuto a minuto que se acumula y forma vidas.

Entonces me reí por un instante. Les juro, fue sólo un instante, no me dio para más. Pero ese instante me sirvió para intuir lo lindas que eran las luces de la ciudad que se colaban por los vidrios altos de la ambulancia.

Pasaron los días, los meses, tal vez un año.

Una mañana di vuelta el placard y arrinconé toda la ropa oscura bien oscura o negra muy negra: no quería vestirme más así.

Puse bien a la vista todas mis prendas de color: descubrí que eran muchas. Y asombrosamente lindas: una mujer casi desconocida que habitaba dentro de mí las había elegido, después de todo. Y estaban prácticamente nuevas: yo no las había usado casi nunca porque las guardaba para una ocasión especial.

¿Cuál sería esa ocasión especial? Andá a saber en qué pensaba cuando pensaba “así”.

Hoy me parece que hoy es la ocasión. Cada hoy.

No voy a esperar a la próxima ambulancia, que no sé si llegará o no… Pero por lo pronto, cada día me levanto decidida a disfrutar(lo), aunque no me salga del todo. Casi como si fuese un ejercicio de meditación, desde hace un rato largo -ponele-, cada mañana me visto con esmero y decido honrarlo con lo mejor que tengo en mí en ese momento: la alegría que pueda sentir, el amor que me salga por los poros (aunque a esas horas tan tempranas no sea para tanto ;-) ), los buenos sentimientos que se me instalen porque sí (de a segundos, si no me levanto muy buena) por la gente que quiero, la determinación de hacer lo mejor que pueda mi trabajo.

Quiero vivir una vida honesta, yo; conmigo misma y con los demás. “Sólo por hoy”, como dicen algunos por ahí.

Todo lo otro podrá esperar… hasta el próximo viaje.

A Rio de Janeiro, ponele. :-)

You can live your hat on (con agenda en mano, por esta vez)

sombrero hongo

Tengo agendado llevar sobre el marulo un sombrero escocés durante todo el día Lunes Primero de Agosto. Ya mismo les cuento por qué.

El uso del sombrero es un asuntito un poco complicado en esta bendita ciudad. “¿Y ésta quién se cree que es?” pareciera decir la gente de a pie cuando ve venir de la mano contraria a una persona con más accesorios que principales. Comos si el llevar sombrero fuese un gesto de la más inútil extravagancia, o una costumbre respetable solamente en los turistas que se nos entreveran en nuestro camino ineludible a aquella oficina de acá a dos cuadras.

A mí se me antoja que el sombrero es una de esas prendas que demuestran en todo su esplendor la personalísima personalidad de quien lo porta. Actitud, estilo, una suerte de autoconfianza y de flexibilidad para verse a sí mismo y a los demás en medio de cualquier berenjenal que la vida le arroje a la cara sin que al Fulano se le mueva un pelo (y si se le mueve nadie puede aseverarlo, justamente).

Por eso, en diálogo bloggero con Juan Manuel Bulacio y otros amigos virtuales, hemos decidido que el lunes primero de agosto salimos con sombrero a la calle… y nos bancamos la diferencia que esa decisión pueda traer a nuestro día. Que será contada en éste y seguramente otros blogs, porque no hay tema pequeño o insignificante cuando la intención que subyace en el trasfondo de estas cosas es aprender qué es lo que nos pasa a nosotros mismos y a los demás cuando defendemos a capa y espada un estilo de vida que siendo simple y sano, no carece de encanto ni de alegría.

Los invitamos cordialmente a sumarse al Día del Sombrero y contarnos después qué de raro, lindo o interesante les trajo ese objeto tan misterioso a sus vidas cotidianas.

Nadie resiste el archivo (tampoco es cuestión de endiosar caducos expedientes)

thelma and louise No todo el mundo es un panqueque que se da vuelta y vuelta: hay gente que cambia, aunque nunca estemos del todo seguros de si ese cambio es una evolución taaan clara. :-D

De vez en cuando se nos presentan desafíos, interrogantes, acertijos. Rascamos la superficie, pensamos, analizamos alternativas, repasamos los escenarios y elegimos encararlos de tal o cual manera. Otras veces el asunto no es tan racional: nos topamos con una oportunidad inesperada y la tomamos casi como un acto reflejo causado por la desesperación o el cansancio. O el aburrimiento (hay tantas actitudes disfrazadas de espontaneidad, ¿no?).

Pero el final del cuento es que cuando actuamos arriesgándonos un poco, algo cambia adentro nuestro. Una crisálida se quiebra, y lo que pudo o no pudo haber sido se presenta ante nosotros sin tanta vuelta: es o no es; y ese ser o no ser, es… de determinada manera (estamos expuestos, Hamlet, ya no hay más suspensos).

Puede haber contradicciones, aclaraciones, felicitaciones o escarmientos. Pero hemos dado un paso hoy que hace que mañana desemboque en alguna instancia diferente. Porque como dice el gran filósofo infantil Carlitos Balá, “el movimiento se demuestra andando”. El desafío siempre fue, es y será dejar a nuestras espaldas ese rincón lleno de dudas sobre “lo que pudo haber sido”, el eterno miedo, la parálisis por análisis, cierta comodidad idealizada, la puerta trasera del infierno.

Todo lo bueno de la vida, engorda o es pecado

take away coffee “Todo lo bueno de la vida engorda o es pecado”, dice una frase insidiosa por ahí. Eso quiere decir que todos tenemos algo de Ralph de Bricassart en nuestras vidas (al que no tenga ni idea de quién es este personaje que lo busque en Google, midió, o que lea el párrafo siguiente si anda medio perezoso para abrir otra pestaña).

Ralph de Bricassart revolucionó mi preadolescencia y puso a los pies de Más de Una la primera noción del pecado romántico. El hombre era el protagonista de una miniserie que acá en Argentina se llamó “El pájaro canta hasta morir”, y en otras latitudes “El pájaro espino”. Sacerdote devenido cardenal a lo largo de los capítulos, el personaje en cuestión andaba tironeado entre su amor a la Iglesia Católica, y el amor más terrenal por una mujer a la que vio crecer cuando él ya era un hombre maduro. La historia en sí tenía todos los condimentos para que fuese un exitazo de acá a la China… ¡y por supuesto que lo fue! Como consecuencia, todas las alumnas del Colegio Católico de Señoritas Al Que Yo Asistía, estuvimos más o menos enamoradas de algún sacerdote de la parroquia, de la Acción Católica, del Movimiento Mariano, Movimiento Juvenil Salesiano u otras organizaciones afines (aunque en la real realidát, lo que hacíamos era suspirar de amor por Ralph de Bricassart, por supuesto). Como yo pertenecí a todos estos grupos religiosos hasta los 18 años –mínimo-, debo admitir que como la chica de la historia conocía más sacerdotes y seminaristas que hombres interesantes que no hubiesen tomado (o estuviesen por tomar) el voto de castidad, así que digamos que mi vida sentimental perfilaba complicada desde el vamos. Qué quieren que les diga, con esos antecedentes… es increíble que haya podido remontarla después, ¿no? ;-)

Pero bueno, mi evolución o involución sentimental no es un best seller precisamente, así que volvamos a la historia de Ralph de Bricassart, que sí lo es. ¿Cuál era el drama en la vida de este señor? ¿Estar enamorado de “Ella”? No, yo no creía entonces –y menos ahora- que la cosa fuese tan simple. Querer o no querer a alguien nunca será un problema si estamos dispuestos a admitir que hay amores a los que debemos renunciar simplemente porque no podemos vivirlo todo y al mismo tiempo. Así como no es posible usar tres vestidos lindísimos superpuestos uno arriba del otro para ir a una fiesta, no podemos experimentar ciertos amores en simultáneo sin sufrir en el intento. El problema de la humanidad es y seguirá siendo, entonces, el tener que transitar mundos opuestos pretendiendo la felicidad y la realización personal mientras mezcla (hasta el hartazgo, además) el agua y el aceite.

Existen relaciones no elegidas (de todo tipo, no solamente de pareja) que son tremendamente agónicas, y hasta pareciera que hay más Ralphs de Bricassarts que libros que se refieran a ellos: se ve por ahí toda una paleta de grises que hay que tragarse a veces (no sólo Van Gogh se tragó los colores, le gustaran o no). Pero también los años me han hecho comprender que las relaciones son orgánicas, lo que significa que las alimentamos “de a dos”, y que si no las alimentamos en absoluto, van languideciendo y desapareciendo de nuestro sistema venoso emocional (porque hasta las relaciones que sí queremos conservar se degradan si no les ponemos un poco de ganas al asunto, como bien sabemos).

Entonces termino por creer que la vida se afirma en la búsqueda de una felicidad posible, y con “posible” quiero decir: que nos satisfaga a nosotros mismos desde lo que somos. Sin falsas expectativas, sin tantos mandatos superpuestos y peripuestos –por lo menos, no más que los absolutamente necesarios-, permitiendo que los años, con sus grises y con sus púrpuras, nos vuelvan más lúcidos y menos confundidos. O confundibles… “O que será, que será”.

Media Docena a la Medianoche

mirando el cielo siendo chico Mi Hija de Media Docena de Años quiere quedarse despierta para ver qué sucede cuando la noche se transforma en “el día de mañana”. La duda vendría a ser algo así: “¿Qué loca mutación del tiempo y del espacio se produce a las Doce En Punto y hace que de repente el día de hoy se convierta en ooootro día?”.

Con Cucurullo queremos calmarla y contarle que nada pasa, que el asunto es más bien simple, que un momento de la medianoche se encadena con el instante del día siguiente con gran sigilo, sin grandes aconteceres, sólo un respirar y expirar y volver a respirar, y todo seguirá como era entonces. No hay saltos, no hay ejes que se parten en dos ni dioses que bajan del Olimpo.

“Pero a lo mejor cambian las fases de la luna”, insiste.

Es cabeza dura. No sabemos a quién salió con esa extraña condición -yo creo que al padre-, pero a esta hora de la noche no nos vamos a poner a discutir por pequeñeces: el recorrido que hace el tiempo entre el presente y el futuro es un asunto mucho más interesante. Chico Buarque canta discretamente allá a lo lejos (y su canción “Apesar de você” pareciera darle la razón a la Cabeza Dura de Media Docena), y yo vuelvo atrás en el tiempo y pienso brevemente en mis Primeras Docenas de Años (¿cuántas cosas pensé que cambiarían en mi vida porque algún dato externo me daba el visto bueno? Ya saben, un papel firmado por un juez de paz, un título universitario, un certificado médico aprobándome con cuatro).

Son momentos importantes o memorables, más bien, pero no necesariamente cambian algo al instante siguiente: es el acumulado de los días y de las medianoches y de las lunas llenas y de las lunas nuevas el que hace que las cosas pasen y se transformen en otras diferentes (pareciera que la alquimia es una disciplina para gente paciente, que está dispuesta a invertir la vida entera en el rarísimo proceso de mutar la piedra en oro).

Es admirable la noción del tiempo -y el misterio de su transcurrir- en la imaginación de Cualquier Personita de Media Docena de Años. Y qué genial que es tener la oportunidad de recordar cómo éramos a “Esa Edad” y a tantas otras Edades. Nos hace más abiertos de mollera. Gente menos cabeza dura, pongámoslé (no es que una lo sea, pero asumamos esa hipótesis por un momento). :-D

Y entonces recuerdo a Picasso justo ahora, un ratito antes de que den las doce: “Pintar como los pintores del renacimiento me llevó unos años, pero pintar como los niños me llevó toda la vida”.

“En mi vida me hubiera fijado en él” (o ella, o ello)

U063994_002 Bueno, lo de “ello” está demás, aunque bien podría pasar que te enamoraras intempestivamente de un par de zapatos divinos que viste en una vidriera, por ejemplo… conozco casos así. Y no, no son TAN excepcionales esos casos (aunque sí los zapatos. ;-) ).

La frase del título la escuché frente al “tótem” (= máquina de café) en una de las oficinas que frecuento por mi trabajo. Me la dijo una chica que, como se imaginarán, tiene colonizada la cabeza por amor. El galán en cuestión trabaja en otro sector de la empresa lo suficientemente alejado como para disponer de su propio tótem cafetero, así que ella puede hacerme estos comentarios frente al nuestro con cierta impunidad (realmente, yo creo que nuestro tótem tiene algo de confesionario: cada vez que me dispongo a apretar la tecla “capuccino”, surge misteriosamente una nueva charla personal que, no sé por qué, nunca brota en los baños, frente a mi escritorio o en el ascensor: debe haber un componente místico ahí que se me escapa).

¿En qué estábamos? En la confesión sentimental de esta chica, es verdad. La cosa es que mi sufriente interlocutora me dio a entender que el objeto de sus suspiros no era el tipo de hombre por el que ella naturalmente se hubiese sentido atraída desde un principio. Y el resto de lo que me dijo… en fin, es el argumento de toda película romántica: al “momento cero” conocés a una persona que te parece como cualquier otra, y al tiempo, después de tratarla más profundamente, ¡paf!, él o ella se transforma en “the one”.

ugly betty Primero me divertí con la anécdota. Le tomé un poco el pelo a su historia de amor (que todavía no sabemos si es correspondida o no, mondo cane) simplemente porque estábamos frente al tótem y a estas alturas de mi vida personal, a veces -sólo a veces- a eso de las diez de la mañana de un jueves cualquiera me tomo con menos liviandad el enamoramiento por un par de zapatos que por otra persona, y ella justo me atrapó en uno de esos momentos un tanto cínicos. Pero después recordé cuántas veces sufrí por amor como una condenada a cadena perpetua y lamenté haber sido tan poco comprensiva. Así que a última hora me di una vuelta por el escritorio de ella con un chocolate y un capuccino, dispuesta a ser todo orejas nuevamente. Todo orejas y un espíritu más generoso, pongámosle.

Y mientras la escuchaba hablar otra vez de su tema favorito -”élll”-, yo pensaba en las personas con las que nos tropezamos alguna vez (quién sabe por qué), y que nos influyeron profundamente. Son esos “él” (o “ella”, según sea el caso) que a lo mejor no caben en nuestra previsible ley de atracción personal. Por lo menos, no desde el vamos. Por eso no los registramos a conciencia y a veces ni siquiera recordamos el momento exacto en que los conocimos. Pero estábamos destinados a encontrarnos, a relacionarnos, a compartir y a aprender algo de ese encuentro. Algunas de esas experiencias prosperan y se vuelven fundantes de muchas otras, y algunas de esas historias se diluyen con el tiempo o se congelan indefinidamente en una suerte de final abierto, abrumadas por los desafíos que vienen planteados a continuación y que son difíciles de superar.

“Yo no buscaba a nadie, y te vi”, dice la canción. Con un par de zapatos en principio inaccesible, el asunto puede ser complicado. Con un par de zapatos y un amor… es casi la historia de cualquier Cenicienta.

La muerte nos sienta mal. Siempre mal.

last trainResulta que se muere una chica que se llama Romina Yan y yo ni siquiera la conozco más que de nombre: nunca vi sus novelas, sus productos televisivos (¿se llaman así?), nunca supe nada de su vida ni leí su biografía. Pero de pronto todas mis amigas de casi cuarenta están consternadas y tristes, porque pudieron haber sido ellas. O yo.

Es que Romina Yan era una mujer como la que pudiera haber sido (¿o quisiera haber sido?) cualquiera de. Es decir, una mujer de treinta y pico, con hijos chiquitos, un marido al que la unía el amor y no el espanto (dicen por ahí), una madre perfecta / perfectible con una profesión mejor-que-no-tener-ninguna, al menos. Razonablemente linda. Que se cuidaba algo obsesivamente. Que era un poco anoréxica y un poco no… como el treinta por ciento -o más- de las argentinas que podemos elegir entre comer o no comer.

Entonces, la muerte pispeada en bolas en el probador de al lado nos pega a todas las que transitamos cualquier shopping en tiempos de descuento. Por eso el reflejo en el espejo, la identificación y el lamento. Resulta que estamos tan compenetradas en nuestra vida cotidiana (consumista, superficial, la que considera al detalle cada simbronazo doméstico que -justamente- no mide en tiempo y forma el Más Allá de Todo Más Acá) que el asunto es todo un golpe… ¡porque se muere una persona en sus dulces treinta y seis!

Sí, uno se muere. A los veintipocos, a los treinta y algo, a los cincuenta y. Sietemesino, también. Se muere siendo Chiquitita, confesando “Amor mío” o sintiéndose Bella y Bestia a la vez. Uno se muere, antes o después.

Y ese fue el motivo concreto por el que hoy, a casi seis años de convertirme en mamá de Milena, yo dedicara mis concienzudos cincuenta minutos (de reloj) a elegir el mejor centro de torta que pudiera conseguir. Sí, la muerte de no-sé-quién fue la excusa inconfesable que me llevó a merodear el barrio de Once (alias Barrio Cotillón, Compra Pedorra al Por Mayor o Importadores Inc.) en busca de un hada de cuentos.

Porque Cucurullo & me descubrimos que nos merecemos tooodo ese tiempo del mundo en cumplir uno de los deseos de nuestra hija: que al lado de sus velitas de cumpleaños se encuentre Tinkerbell, el hada más práctica y pensante que existe en el mundo de los sueños mágicos de Disney. Disney, el canal por el que mi hija conoció [?] a Romina Yan. Que yo no sé quién es. Pero sé quién es Tinkerbell. Y sé quiénes somos Cucurullo & me. Y quién es mi hija hoy, aquí y ahora: una nena -como cualquier otra de esa edad- que todavía cree que las hadas existen.

El Quilombo Número Cinco Mil Uno

malabaresUno tiene una cuota de quilombos que puede absorber día tras día mientras trata de capear el temporal. Son unos Cinco Mil, ponele.

Uno no vive la vida contando y midiendo los quilombos pequeños, medianos y grandes que se le acumulan por ahí, y menos que menos clasificándolos como tales. Y lo bien que hace.

En mis días buenos creo que en el instante en que pasamos la cuota de los Cinco Mil, es decir, cuando se nos produce el Problema (o el Dolor) Número Cinco Mil Uno, en ese preciso momento… caemos en la cuenta de que aprendimos algo en el mientras tanto o la gota rebalsó el vaso o qué se yo, pero estamos hartos de considerarnos víctimas de algo. Y entonces comprendemos que el Quilombo Cinco Mil Uno no amerita la misma “adiposidad localizada emocional” de los Cinco Miles Anteriores: simplemente levantamos la mirada (y los hombros), decimos al cielo “y qué querés que le haga, hasta acá llegué” y no lloramos más lágrimas negras ni nos golpeamos el pecho declamando “por mi culpa, por mi gran culpa”. ¿Y por qué el cambio de actitud? En una de ésas, pudo haber pasado que maduramos y los problemas ya no nos parecen tan tenebrosos. Por esa razón, puede también que sólo la muerte se transforme en insalvable y que para todo lo demás exista una esperanza, una respuesta posible, una teoría superadora o una forma de creer y hacerle frente.

En mis días malos creo que el Quilombo Cinco Mil Uno es aquél en el que decidimos tirar la toalla, nos dejamos vencer por el enemigo (¿existe el enemigo?) y nos compramos el papel de héroes trágicos de nuestro pequeño mundito interior.

Como sea, todo nuestro aprendizaje y nuestra energía, nuestra necedad y nuestro cansancio definen, por acumulación de experiencias (no de papeleo ni fechas ni aniversarios) lo que sucede con nosotros frente al Quilombo Cinco Mil Uno.

Buena suerte para todos y cada uno ahí, acá, allí, en ese (este?) preciso instante. ;-)