“En un mundo que no para durante las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, todos los tiempos son iguales: pagamos las facturas un sábado y vamos de compras el domingo, nos llevamos la notebook a la cama, trabajamos de noche, desayunamos a deshora… Nos burlamos de las estaciones comiendo fresas importadas en pleno invierno y bollos de Semana Santa durante todo el año. Con los teléfonos móviles, las Blackberrys e internet, ahora todo el mundo y todas las cosas están permanentemente a mano.
Algunos opinan que una cultura de actividad permanante puede hacer que al gente se sienta menos apresurada al darle la libertad de trabajar y hacer gestiones cuando lo desee. Esto es ilusorio. Una vez que se han borrado los límites, la competencia, la codicia y el temor nos estimulan a aplicar el principio de que el tiempo es oro a cada momento del día y de la noche.” (”Elogio de la Lentitud”, Carl Honoré).
A esta altura, ustedes y yo nos conocemos bien: el tiempo nos importa. La administración de las venticuatro horas del día nos es fundamental para hacer todo lo que queremos. Si además nos gusta hacer muchas pero muchas cosas, ni hablar: tendremos incorporado el reloj como un medidor receloso de nuestro rendimiento.
Pero más allá del estrujamiento neuronal que nos comprime la sesera a más de uno cuando intentamos saciar tantas necesidades familiares, profesionales, domésticas, intelectuales, académicas, sociales, deportivas, estéticas (me olvido de alguna?), más allá de querer cumplir con todo lo que hay en esa larga lista… resulta que nos es necesario, también, perder un poco el tiempo.
A mí me pasa, debo confesarles, que me cuesta perder el tiempo alegremente. Lo que sucede, en general, es que el tiempo me pierde a mí.
Lo que quiero decir es que suelo tener la cabeza bastante perseguida con la administración de mis horas, excepto cuando me sumerjo tan profundamente en algo que me gusta mucho, que ese sumergimiento me hace perder la noción “de mí” y de todo lo demás. Y entonces el tiempo me extravía, o yo soy plenamente consciente, por una vez, no ya del paso del tiempo, sino del presente más perfecto que ninguna gramática podría explicar jamás.
Entonces, de pronto levanto la vista de la página de un libro, sorprendida: pasaron una hora o dos, y ni cuenta que me di. Se fueron volando con un sutil batimiento de alas, nada demasiado ostentoso, apenas un leve movimiento del segundero, sin prisa pero sin pausa, que no pude notar de puro concentrada que estuve en otra cosa que no fue el paso del tiempo: me puse a vivir otra vida que nada tenía que ver con mi mundo trajinado de detalles.
Me pasa también cuando escribo (donde & lo que sea que esté escribiendo), cuando nos quedamos un rato largo hablando de bueyes perdidos con mamá, cuando Cucurullo y yo nos encerramos en un paréntesis atmosférico que aparta las señales de protesta cotidianas, los resúmenes bancarios y el noticiero de las diez. Me pasa cuando Mile me relata con muchas palabras (muchas) un cuento de tres parrafitos que transformó en un novelón, y entonces la alquimia de la fantasía se pone a funcionar sin que a mí no me importe para nada cronometrar su marcha.
Y pienso en cuántas veces la ansiedad y la ambición de querer hacerlo todo provoca que superpongamos la noche al día y el día a la noche (como describe Honoré) y ya no tengamos tiempo para perder el tiempo con los afectos que elegimos para derrocharlo juntos, mirá vos.
Pienso en que antes de que un interruptor nos extendiera el día hasta lo infinito, las tardes como la de hoy, en que el cielo de Buenos Aires se oscurecerá a las seis y algo, yo perdería más el tiempo, compartiéndolo generosamente con los demás desde el momento en que nuestras sombras se alargaran sobre el suelo de mi cocina.
Habrá que encender antorchas y velas y retroceder dos siglos? Será necesario apagarlo todo y hacer de cuenta que la electricidad no existe? Tal vez no haga falta ser tan drásticos. A lo mejor podamos ganar algo con sólo renunciar a la necesidad de estar conectados a un enchufe constantemente, evitando que los artefactos estén prendidos todos en simultáneo, como si ese momento de descanso compartido exigiera abrazarse a todos ellos con uñas y dientes…
Por ahí el asunto pase por encender una sola vela y jugar a caminar más despacio, como para dejarse atrapar por el tiempo; soltar el ansia de dominarlo a cada rato con un cable a tierra, y dejar que él, a su modo, invente nuevos espacios de disfrute.