Cuando yo era muy chica, en mis primeros años de colegio, tenía una hora semanal reservada a “labores”. Es decir (no se me caigan redondos de la impresión por lo que les voy a contar, pordió), en esa hora practicábamos distintos puntos de… bordado!!! (?) mientras rezábamos el… rosario!!! Qué me cuentan? Casi el mismo modus vivendi de Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez, pero más de ciento cincuenta años después. Todavía Cucurullo no me cree que yo alguna vez haya tenido el hábito semanal de enhebrar una aguja, porque en la actualidad evito los menesteres de costurera con la misma enérgica determinación que si luchara por mi vida.
Es increíble las vidas que hay dentro de la vida de uno, no creen? Yo era esa misma persona de ahora, y sin embargo, totalmente distinta. Como durante aquél tiempo, estando en París, en el que me convertí en la amiga de una mujer india genial con la que me separaba, culturalmente al menos, medio planeta de distancia. Y qué medio planeta!
Ella se llama Mónica y es mamá de Mahi, que en hindi es el nombre que tiene esa línea del horizonte que separa la tierra del cielo (se les ocurre una palabra con un significado más hermoso para ponerle como nombre a una hija?). Mahi tenía algo más de dos años, y Mile era casi un año mayor, así que andaban jugando juntas por todo el Apart en el que vivíamos las dos familias: ella en un departamento en el segundo piso, con su marido y Mahi, y yo en el octavo, con Cucurullo y Mile.
Hablábamos en inglés, ya que Mónica no sabía nada de francés y yo apenas lo entendía (mi curso intravenoso en la Alianza Francesa recién dio resultado unos meses más tarde). Mahi a veces se olvidaba de que tenía que dirigirise a nosotras en inglés -idioma que dominaba como si fuese su lengua materna-, de modo que nos hablaba en hindi, pero cuando su madre -en el tono más amable que escuché en mi vida- le recordaba que no la entendíamos, pasaba al inglés inmediatamente, en medio de lo que estuviera diciendo… por lo que con Mile teníamos que deducir el sentido de esas primeras palabras perdidas para siempre en el limbo que para nosotras implicaba ese extraño idioma.
La experiencia resultó de lo más enriquecedora: Monica y yo proveníamos de culturas totalmente diferentes, pero convergíamos, de algún modo, en la forma de ver el mundo: con gran curiosidad, y con mucho sentido del humor hacia lo que nos parecía extrañísimo estar viendo.
Es que Monica, a quien por supuesto tuve que graficarle a mano alzada, sobre un papelucho, dónde estaba ubicada la Argentina, no podía creer que tuviésemos una concepción de la realidad tan distinta. Y yo tampoco.
En su país la gente cree en muchos dioses, se hablan muchas lenguas, y por supuesto, no se comen las vacas. Y claro, además son millones, todos apretujados en las ciudades más populosas. En el mío -le explicaba- se cree en un solo dios, se habla un solo idioma, y es el país en el que se consume más carne vacuna por habitante. Y la pampa, a veces, sólo tiene un ombú: no somos tantos, todavía podemos desperezarnos sin sacarle un ojo al vecino.
Ella y su hija se descalzan en cuanto entran a una casa, como señal de respeto y por una cuestión sanitaria, también, para no llevar la suciedad del exterior al hogar. En su departamento tenían las mesitas y sillones corridos contra la pared, dejando el centro de la sala vacío, para sentarse cómodamente sobre la moquette, con la cola apoyada en el piso.
Nuestro living, en cambio, estaba amueblado con la distribución occidental básica: todos los muebles al medio. Y nosotros nos sentábamos en los sillones -”también los niños? pero qué extraño! si los niños no se quedan tanto tiempo sentados…” (la verdad, Monica tiene razón)- y, calzados dentro de nuestros zapatos, charlábamos de la vida mientras apoyábamos el café en la mesita frente a nosotros (vistas desde la mirada de Oriente, ¿no parecen nuestras costumbres más bien incómodas y estrafalarias?)
Cada vez que nos retirábamos de su departamento, Mile estampaba un ruidoso beso en la mejilla de Mahi, la abrazaba y le decía adiós, y Mahi, sorprendidísima, juntaba sus dos palmas y, con los codos extendidos perfectamente paralelos a los hombros, inclinaba la cabeza en señal de respetuosa deferencia para con su amiga… todos los días lo mismo, y todos los días tan extraño de ver el saludo de cada una contrapuesto al de la otra.
Éramos muy diferentes. Sin embargo, durante un ratito del día, las cuatro (ella y su hija, Mile y yo) compartíamos momentos muy amenos en su departamento, las chicas jugando, nosotras de gran charla. Y caímos en la cuenta de que, calzadas o no, vestidas con camisas bordadas o sweaters y jeans, la cosa era más o menos parecida para las dos, en lo primordial:
- las dos nos habíamos casado con nuestros maridos “por amor” (la expresión es literal en India, y es también todo un triunfo cultural, contrapuesto al matrimonio arreglado por las familias desde la más tierna edad de los contrayentes, así que no le resten mérito a Monica, porque ella ha recorrido un largo camino, muchacha, para llegar hasta ahí. Y en Occidente, por otro lado, yo sospecho que mucha gente se casa sin saber realmente qué es el amor, tampoco, así que… no crean, casarse “por amor” pasó a ser un rasgo personal que no solamente Monica valora en los días que corren),
- teníamos una carrera profesional momentáneamente suspendida, postergada por la maternidad y por los trabajos de nuestros maridos, si ustedes lo quieren ver así, pero en el fondo, siendo totalmente honestas, la decisión había sido personal, intransferible, así que no, no le echábamos la culpa a nadie; para las dos era difícil volver a pensar en esas carreras como una actividad fundamental en nuestras vidas, aunque queríamos hacerlo,
- creíamos que no había, para nosotras y para nuestras hijas, nada más importante que, en ese momento, tratar de conocer a esa persona que estaba enfrente, y entender un poco más en profundidad qué pasa del otro lado del mundo, qué piensan, qué sienten, qué quieren y cómo valoran las cosas aquellos a los que conocemos poco y desde miradas muy sesgadas, como son las que provocan las guerras, los conflictos permanentes o los trabajos de equipos multiculturales en los que no hacemos el esfuerzo de comprender a nadie.
Supe que Monica tenía mis mismas dudas, o temores: que los límites ficticios del mundo fueran más fuertes que la necesidad de comprendernos, que los nombres de los dioses y las lenguas ininteligibles fueran más importantes que la capacidad que tiene el cerebro de asimilar lo desconocido. Y entonces veíamos a nuestras hijas, que al poco tiempo soltaban palabras en castellano y en hindi indistintamente, mientras jugaban un juego mezclado de gestos, de frases en cualquier idioma, muchas risas y saltos y música… y comprendíamos que el camino estaba en marcha: a pesar de todo, la experiencia nunca nos vuelve para atrás.
Yo era la que bordaba rezando el rosario, por supuesto que sí. Y también la que me emocioné y lloré a mares, aquél día, cuando abracé a Monica y le deseé toda la suerte del mundo (de su mundo, del mío, del mundo de todos), en esa mañana en que nosotros nos volvíamos a Buenos Aires y ellos se preparaban para volverse, unos días después, a Nueva Delhi.