Archive for the 'Las ínfimamente fantásticas historias cotidianas de Vera y Cucurullo' Category

Juguemos a “Los Mundos Previsibles”

abanico y piano ¿Les gusta Arjona? (es una pregunta retórica, no es necesario que me contesten). Nosotros acá en casa no pensamos mucho en esto, no es un tópico que nos convoque precisamente, pero cada dos por tres en la radio aparece un tema suyo. Y entonces sucede casi siempre lo mismo: justo en ese momento canta un par de versos lindos, o graciosos, o algo así, y yo le propongo a Cucurullo “la revancha”, es decir, le sugiero que no cambiemos de estación, que dejemos seguir la canción un poco más, a ver si podemos reivindicarlo como compositor.

Pero Cucurullo ya tiene una teoría al respecto: siempre, en toda canción de este autor, invariablemente llega lo que él llama “el arjonazo”, es decir, un momento extraño e imprevisible en el que se presenta de sopetón la grasa abdominal, la cigüeña suicida y otras floras y faunas metafóricas de poeta moooy de vanguardia (digámoslo así) que hacen que mi medio limón ponga los ojos en blanco y me suplique que cambie de FM. Hoy por hoy, entonces, en cada canción de Arjona que nos presenta la vida jugamos al “arjonazo”: lo escuchamos con las orejas bien paradas (nunca nos supimos entera una canción suya, así que todo lo que pasen, sea un estreno o un clásico, para nosotros es una novedad) y por arte de magia, el “arjonazo” aparece ahí, de un momento a otro, como los mosquitos en pleno verano.

Es casi un milagro: con frecuencia en la vida cotidiana de los seres humanos aparece alguna pequeñez que no toleramos bien y que se nos atasca en el aparato digestivo. Una güevada, me refiero. Y por más que lo intentemos, ya se transforma en un clásico tropezarse con esa cosa por ahí. Y paradójicamente esas ocasiones de encuentro y desencuentro con esa pequeñez que no nos gusta también nos reivindica, porque nos hacen sentir que el mundo sigue girando a su ritmo de siempre y sin mayores contratiempos. Entonces disfrutamos el presunto “mal momento”, porque nos demuestra que dos más dos siguen siendo cuatro. Y exactamente por eso puede pasarnos que no nos guste Arjona, pero adoremos que Arjona siga cometiendo “arjonazos” en cada canción.

Dieguitos y Mafaldas

exigencias femeninasCuando pensamos en tener hijos le confesé a Cucurullo, mi media naranja & agnóstico de pura cepa, que quería que fuesen criados bajo la fe católica: no podía parecerle un capricho muy extravagante, después de todo nuestras familias son católicas, sobre todo la mía. Se lo dije muy seria, firme y decidida, para que viera que realmente el asunto era para mí muy importante.

Pero Cucurullo tiene una respuesta negociadora para todo. “Bueno, si nuestros hijos van a ser católicos, entonces también serán hinchas de Boca”.

Por unos segundos me quedé confundida, pero acepté la propuesta. Puede parecer una sutil desvalorización de las creencias religiosas más profundas de este 50% de la pareja, o tal vez una total exageración del fanatismo fulbolero de la otra mitá, pero qué quieren que les diga, en ese momento me ahorré una discusión, y elegir mis batallas siempre me pareció la marrr de razonable. ;-)

Y así quedamos, increíblemente. Un trato es un trato: Mile fue bautizada, y hasta que descubra las Cuatro Nobles Verdades del budismo y decida qué hacer con ellas -dentro de algún tiempo, seguramente- recibirá una educación cristiana que, por lo que puedo adivinar, estará básicamente a mi cargo. Además, Mile ve los partidos de Boca en casa, con su padre y su abuelo (por televisión, nunca les daré el quorum para que la lleven a la cancha, por lo menos no hasta el momento en que descubra el budismo por sí sola… :-D )

Por otro lado, la semana pasada a Mile se le cayeron sus dos primeros dientes, con muy pocos días de diferencia. El Ratón Pérez le ha traído algunos billetes la primera vez y otros tantos la segunda. En total, algo así como 16 pesos (creo que acá tuvo que ver un temita logístico con el “cambio chico” que había en la guarida del ratón y que ahora no viene al caso).

Mile estaba muy entusiasmada amontonando todos sus billetitos de dos pesos en su lata – alcancía: decidió ahorrarlos y ver qué hacer con ellos más adelante. Cucurullo la vio guardar el puñado de billetes y al instante me di cuenta de que algo no lo convencía del todo.

- ¿Mile va a guardar sus ahorros EN PESOS? – me dijo.

- Bueno, sí, lo importante es que comprenda el concepto de guardar la plata para usarla en algo determinado, no?

- Está bien, pero guardarlo todo en pesos… los ahorros no se guardan así en este país, ¡se los come la inflación!.

- ¿Qué pretendés que haga? ¿Que le cambie el dinero de la alcancía por cuatro dólares?

- ¡Por supuesto! El ahorro está asociado a la inversión, sinó la idea en sí es inútil y contradictoria… ¿por qué le enseñamos una manera de “ahorrar” que no tiene sentido hoy en día?

Y en ese preciso momento lo comprendí todo. A pesar del contexto multicultural que hoy se respira en todas partes, de los idiomas machacados como un juego, de los estímulos y los libros, a pesar de todo eso, estamos educando a nuestra hija como una argentina típica: medio católica, bastante futbolera y con sus primeros cuatro dólares bajo el colchón.

“Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. ;-)

Instrucciones de calendario para ser una niña de cuarenta agostos

torta Que tu fecha de cumpleaños se acerque tanto al Día del Niño puede ser algo frustrante durante toda tu infancia. Es que los festejos cumpleañeros de tus amigos tienen un aura de exclusividad (ellos reciben regalos mientras vos entonás los coros de “feliz en tu día” y aplaudís a un costado) y en el tuyo sos uno más, porque recibís tus regalos de cumpleaños… casi al mismo tiempo en que todos los otros chicos que conocés reciben los suyos con motivo del tan democrático y popular día del niño. Te sentís casi como si fueses un empresario ruso que a principios del siglo XX trabajara dale que te dale día tras día para obtener una pequeña renta, mientras ve cómo todos sus colegas se hacen ricos y disfrutan de su buena estrella, y cuando llega su tan ansiada recompensa, viene la Revolución Bolchevique y le confisca al pobre tipo todos sus bienes: “ahora, mi querido, tus beneficios serán de reparto obligatorio con el pueblo. Toooodo el pueblo.” :-D

Y así de masivo me parecía el asunto. Lo que, por otro lado, no me provocaba grandes transtornos: nunca fui de perfil alto, no me gustaban las fiestas, los payasos ni las guirnaldas, las multitudes ni el “feliz en tu día”. Prefería -como hoy- las reuniones tranquilas y de poca gente. Casi como Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia, me dedicaba a sobrevivir a ese domingo con estoicismo, agradeciendo los regalos “por tu cumple YYYY el día del niño” de familiares indirectos y amigos no tan cercanos que mataban así dos pájaros de un tiro.

Todos mis congéneres (los de mis viejas épocas del “día del niño”) son hoy treinteañeros al filo de los cuarenta, cuarentones con todas las letras o cincuenteros a estrenar, más o menos viejos o avejentados que una mesma, pero definitivamente no son en la actualidad ningunos chiquillos.

cumpleañosAsí que hoy, domingo “Día del Niño” de este 2010, por ejemplo, recibo algunos regalos de cumpleaños demorados (un horno eléctrico, un libro de Galeano, un perfume divino) al mismo tiempo que mi hija recibe ropa de Grisino, una Minnie de peluche, un juego “Jumping Monkeys” y un Tiger que salta y grita como enloquecida presidenta estilo K.

De modo que mi revancha sorprendente, anacrónica y feliz es que yo sigo festejando con los niños, sépanló. No es que Don Fulgencio no tuviera infancia, vieron? Solamente sucede que va retrocediendo durante toda su vida hasta convertirse en niño… casi a destiempo. ;-)

La “vida picante”: una cuestión de equilibrio

ají jalapeño Adoro la comida picante. Bien picante. Me parece exquisito ese sabor que brota a quemarropa por las fosas nasales. Y como me gusta cocinar, siempre tengo en mi despensa algunos chiles jalapeños, clavo de olor, pimentón, pimientas variadas y un puñado de ajíes picantes que son como bombas ardientes, rojas y microscópicas (también apodados “misiles gastrointestinales”, ya sé).

A Cucurullo le gusta la comida picante también, pero no llega a los niveles de “picor” que me enloquecen a mí: lo suyo es más bien moderado tirando a moderadísimo, mientras que yo soy la reencarnación sin escalas de un mariachi criado en Teotihuacán a pura “torta de chiles en vinagre”. :-)

Tampoco ayuda el hecho de que a Cucurullo el picante lo pone -la expresión es suya, y literal- en “estado de mierditación”. No, no me equivoqué al tipear: un plato de mi guiso en salsa picante “al uso nostro” lo hace salir disparado al baño para quedarse ahí sentado en el trono, “pensando”, un rato largo. :-(

Así que tengo que moderarme un poco, porque a los dos el asunto del picor no nos gusta de la misma manera. De todos modos a veces se me va un poquitín la mano, porque el inconsciente es poderoso y repite espasmódicamente & sin querer, una y otra vez, el gesto de echar puñados de pimientos en la cazuela, y entonces (acá va un secreto culinario archisabido por todas las abuelas) hay que equilibrar el posible desastre con algún otro ingrediente dulce (no, mis queridos, NO rebajen el picante con agua, o con crema o caldo, porque no van a lograr nada: equilibren el sabor con otra cosa dulce como azúcar, miel, una fruta picada, lo que fuere).

El tradicional mole mexicano (que hemos preparado con singular éxito acá en casa) lleva unos cuantos ajíes peligrosos, y también bananas, chocolate y almendras dulces (todo bien triturado) para que el escozor del picante no salga disparado al primer bocado hacia el paladar de los comensales. El mérito del cocinero está en que la experiencia les deje un leve ardor dulzón, nomás… porque todos los elementos que se introdujeron en la olla se fueron equilibrando y amalgamando durante horas hasta transformarse en algo distinto, armónico y sutil. Con Cucurullo aprendimos a compartir y a saborear juntos este plato.

Y es que con Cucurullo hay mucho que tenemos en común y que surge espontáneamente, sin esfuerzo: la música que nos gusta, los autores que leemos, esos viajes a no sé dónde, algunos sueños, el placer de estar despiertos hasta tarde, la modorra imposible de la mañana hasta la llegada del primer café y el primer beso, el humor y el amor.

Y algunas orillas hay que acercarlas, tendiendo la mano y el cuerpo para llegar hasta donde están las puntas de los dedos del otro: el gusto (excesivo o moderadísimo) por el picante podría ser una de ellas. Así que ya saben: aportar a la causa algo dulce a veces ayuda, para compensar. ;-)

Todos los mundos, el mundo

otro mundoCuando yo era muy chica, en mis primeros años de colegio, tenía una hora semanal reservada a “labores”. Es decir (no se me caigan redondos de la impresión por lo que les voy a contar, pordió), en esa hora practicábamos distintos puntos de… bordado!!! (?) mientras rezábamos el… rosario!!! Qué me cuentan? Casi el mismo modus vivendi de Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez, pero más de ciento cincuenta años después. Todavía Cucurullo no me cree que yo alguna vez haya tenido el hábito semanal de enhebrar una aguja, porque en la actualidad evito los menesteres de costurera con la misma enérgica determinación que si luchara por mi vida. :-D

Es increíble las vidas que hay dentro de la vida de uno, no creen? Yo era esa misma persona de ahora, y sin embargo, totalmente distinta. Como durante aquél tiempo, estando en París, en el que me convertí en la amiga de una mujer india genial con la que me separaba, culturalmente al menos, medio planeta de distancia. Y qué medio planeta!

Ella se llama Mónica y es mamá de Mahi, que en hindi es el nombre que tiene esa línea del horizonte que separa la tierra del cielo (se les ocurre una palabra con un significado más hermoso para ponerle como nombre a una hija?). Mahi tenía algo más de dos años, y Mile era casi un año mayor, así que andaban jugando juntas por todo el Apart en el que vivíamos las dos familias: ella en un departamento en el segundo piso, con su marido y Mahi, y yo en el octavo, con Cucurullo y Mile.

Hablábamos en inglés, ya que Mónica no sabía nada de francés y yo apenas lo entendía (mi curso intravenoso en la Alianza Francesa recién dio resultado unos meses más tarde). Mahi a veces se olvidaba de que tenía que dirigirise a nosotras en inglés -idioma que dominaba como si fuese su lengua materna-, de modo que nos hablaba en hindi, pero cuando su madre -en el tono más amable que escuché en mi vida- le recordaba que no la entendíamos, pasaba al inglés inmediatamente, en medio de lo que estuviera diciendo… por lo que con Mile teníamos que deducir el sentido de esas primeras palabras perdidas para siempre en el limbo que para nosotras implicaba ese extraño idioma.

La experiencia resultó de lo más enriquecedora: Monica y yo proveníamos de culturas totalmente diferentes, pero convergíamos, de algún modo, en la forma de ver el mundo: con gran curiosidad, y con mucho sentido del humor hacia lo que nos parecía extrañísimo estar viendo.

Es que Monica, a quien por supuesto tuve que graficarle a mano alzada, sobre un papelucho, dónde estaba ubicada la Argentina, no podía creer que tuviésemos una concepción de la realidad tan distinta. Y yo tampoco.

En su país la gente cree en muchos dioses, se hablan muchas lenguas, y por supuesto, no se comen las vacas. Y claro, además son millones, todos apretujados en las ciudades más populosas. En el mío -le explicaba- se cree en un solo dios, se habla un solo idioma, y es el país en el que se consume más carne vacuna por habitante. Y la pampa, a veces, sólo tiene un ombú: no somos tantos, todavía podemos desperezarnos sin sacarle un ojo al vecino.

Ella y su hija se descalzan en cuanto entran a una casa, como señal de respeto y por una cuestión sanitaria, también, para no llevar la suciedad del exterior al hogar. En su departamento tenían las mesitas y sillones corridos contra la pared, dejando el centro de la sala vacío, para sentarse cómodamente sobre la moquette, con la cola apoyada en el piso.

Nuestro living, en cambio, estaba amueblado con la distribución occidental básica: todos los muebles al medio. Y nosotros nos sentábamos en los sillones -”también los niños? pero qué extraño! si los niños no se quedan tanto tiempo sentados…” (la verdad, Monica tiene razón)- y, calzados dentro de nuestros zapatos, charlábamos de la vida mientras apoyábamos el café en la mesita frente a nosotros (vistas desde la mirada de Oriente, ¿no parecen nuestras costumbres más bien incómodas y estrafalarias?) ;-)

Cada vez que nos retirábamos de su departamento, Mile estampaba un ruidoso beso en la mejilla de Mahi, la abrazaba y le decía adiós, y Mahi, sorprendidísima, juntaba sus dos palmas y, con los codos extendidos perfectamente paralelos a los hombros, inclinaba la cabeza en señal de respetuosa deferencia para con su amiga… todos los días lo mismo, y todos los días tan extraño de ver el saludo de cada una contrapuesto al de la otra.

Éramos muy diferentes. Sin embargo, durante un ratito del día, las cuatro (ella y su hija, Mile y yo) compartíamos momentos muy amenos en su departamento, las chicas jugando, nosotras de gran charla. Y caímos en la cuenta de que, calzadas o no, vestidas con camisas bordadas o sweaters y jeans, la cosa era más o menos parecida para las dos, en lo primordial:

- las dos nos habíamos casado con nuestros maridos “por amor” (la expresión es literal en India, y es también todo un triunfo cultural, contrapuesto al matrimonio arreglado por las familias desde la más tierna edad de los contrayentes, así que no le resten mérito a Monica, porque ella ha recorrido un largo camino, muchacha, para llegar hasta ahí. Y en Occidente, por otro lado, yo sospecho que mucha gente se casa sin saber realmente qué es el amor, tampoco, así que… no crean, casarse “por amor” pasó a ser un rasgo personal que no solamente Monica valora en los días que corren),

- teníamos una carrera profesional momentáneamente suspendida, postergada por la maternidad y por los trabajos de nuestros maridos, si ustedes lo quieren ver así, pero en el fondo, siendo totalmente honestas, la decisión había sido personal, intransferible, así que no, no le echábamos la culpa a nadie; para las dos era difícil volver a pensar en esas carreras como una actividad fundamental en nuestras vidas, aunque queríamos hacerlo,

- creíamos que no había, para nosotras y para nuestras hijas, nada más importante que, en ese momento, tratar de conocer a esa persona que estaba enfrente, y entender un poco más en profundidad qué pasa del otro lado del mundo, qué piensan, qué sienten, qué quieren y cómo valoran las cosas aquellos a los que conocemos poco y desde miradas muy sesgadas, como son las que provocan las guerras, los conflictos permanentes o los trabajos de equipos multiculturales en los que no hacemos el esfuerzo de comprender a nadie.

Supe que Monica tenía mis mismas dudas, o temores: que los límites ficticios del mundo fueran más fuertes que la necesidad de comprendernos, que los nombres de los dioses y las lenguas ininteligibles fueran más importantes que la capacidad que tiene el cerebro de asimilar lo desconocido. Y entonces veíamos a nuestras hijas, que al poco tiempo soltaban palabras en castellano y en hindi indistintamente, mientras jugaban un juego mezclado de gestos, de frases en cualquier idioma, muchas risas y saltos y música… y comprendíamos que el camino estaba en marcha: a pesar de todo, la experiencia nunca nos vuelve para atrás.

Yo era la que bordaba rezando el rosario, por supuesto que sí. Y también la que me emocioné y lloré a mares, aquél día, cuando abracé a Monica y le deseé toda la suerte del mundo (de su mundo, del mío, del mundo de todos), en esa mañana en que nosotros nos volvíamos a Buenos Aires y ellos se preparaban para volverse, unos días después, a Nueva Delhi.

El mundo de las ocho (am y pm)

instante maravillosoTengo dos horarios furiosamente complicados en mis días felices y normales, es decir, dejando de lado los días tremendamente “paranormales”. En mis días normales, entonces, las ocho de la mañana y las ocho de la noche son los termómetros con los que pronostico el curso de navegación de las otras veintidós horas con poco margen de error.

Las ocho de la mañana el asunto parece irremontable si Mile y Cucurullo no están embarcando en su aventura diaria de ir hacia el colegio y el trabajo, de modo que levantarse y maniobrar la primera hora del día hasta llegar a ese momento se hace importante y exige coordinación y cierta dosis de magia, a veces, como de prestidigitador. Si a las ocho de la mañana el asunto no va sobre rieles y todo se demora, puede tomarme por asalto un fastidio para nada encantador. Y es una pena, porque ese momento será el último en familia hasta muchas horas más tarde.

El otro horario complicado, como les decía, es el de las ocho de la noche. En el medio pasan muchas cosas: pude o no pude escribir en el blog, hice algunas tareas domésticas, fui a trabajar, visité mínimamente el salón de spinning del gimnasio -síp, lo mío es el ejercicio aeróbico y cardiovascular donde puedo quemar calorías, ansiedades y obsesiones hasta dejar la bicicleta hecha un nudo, me imagino que ya se habrán dado cuenta de que la cosa pasa más por ahí que por la silenciosa cámara lenta del pilates, por ejemplo-, ir a buscar a Mile al colegio, ir con ella de compras, llevarla a danza o a hacer lo que fuere, y en algún momento, volver a casa y jugar un rato juntas.

Si no hice ejercicio, mi “vuelta al hogar” acarrea una espalda toda contracturada, en cambio si pasé por el gimnasio aunque más no sea para saludar al escalador, esa contractura y el sentido del humor pueden mejorarse un poco. Lo otro que acumula mi día a esa hora es: un bolso con carpetas y papeles colgando de mi hombro en el tren, mucha hambre -cuando cae la tarde me supera la tentación de asaltar la heladera entera-, cansancio acumulado, el racconto del día de Mile mientras da vueltas para bañarse, la preparación de la cena, las llamadas de Cucurullo tratando de organizarse para llegar.

Y así se hacen las ocho, y el día pasado y recorrido (pero todavía no “pisado”), el momento presente multitasking y el futuro esperanzado de llegar a un sueño reparador en pocas horas, vuelven a converger, todos juntos ahí, en mitad de mi cocina.

Si no soy consciente, otra vez, de que ese es el momento en que comienza el disfrute de compartir unas horas todos juntos en familia, el cansancio y el fastidio pueden anular todo tranquilo bienestar. Del mismo modo que en esos primeros momentos de la mañana, son horas de hacer varias cosas casi al unísono. Durante el resto del día -en las que, paradójicamente, no estoy con los que más quiero- puedo organizarme para hacer de a una tarea por vez, tranquila, ordenadamente, con un cafecito de por medio, sin cansancio acumulado, sin la sensanción de que todavía falta mucho o falta poco, sin presiones: lo que no se hizo a las tres de la tarde, todavía puede hacerse a las cinco, la posibilidad está aún latente, hay márgenes horarios para moverse.

A primera hora de la mañana y a última hora de la tarde, la cosa es más difícil. Por eso siempre le digo a Cucurullo que lo buenísimo de tener un/una amante no es la persona en sí, sino los horarios que maneja esta gente: cuando yo me encuentro con Cucurullo en el centro durante el día laboral soy diez veces más linda y simpática que a las doce de la noche de un jueves, cuando estoy muerta de cansancio por todo el trajín del día, de la semana, del mundo sobre los hombros, qué se yo… así que siempre le aconsejo dejarme un hueco en mitad del día para vernos, solos y corriendo todo lo otro del centro de la escena, y acercarnos los dos por fuera de la rutina diaria y lejos del mundo de detalles de cada día.

Debo centrame sobre mi eje y hacer de cuenta que soy una persona que puede estar en sus cabales a las ocho a.m., y a las ocho p.m., donde con humor, paciencia y algo de encanto podemos pasarla de la hostia, o perder el foco, desesperarnos por nada y tener la empatía de los carceleros de un campo de concentración ahogados en la resignación de todo lo que falta, todavía, para terminar la guerra (alguno de ustedes vio “El lector”? Tremenda película!)

Me voy, gente querida, tengo muchísimo que hacer y ya hemos pasado las ocho a.m. de un viernes, y con creces. Que tengan un excelente fin de semana, sin horarios a maltraer.

El divorcio y la “muerte súbita” de los afectos no gananciales

ganar y perderCon Cucurullo tenemos en claro que nuestro noviazgo comenzó con el pie izquierdo. O con varios pies izquierdos, quizá, porque hubo que remontar más de un mal presagio. Es que no era la situación ideal para decidirnos a empezar nada entre nosotros, ni siquiera un curso de origami, así que menos todavía para encarar esta relación.

Puestos ante el desafío, sin embargo, descubrimos que somos gente de armas tomar, así que de alguna manera capeamos el temporal, pero convengamos en que nuestro principio fue tan desordenado como cualquier película de Woody Allen que tenga más de un analista y dos bibliotecas: un verdadero caos.

Un Primo Nuestro, en cambio, tenía desde hacía tiempo a la familia de los Ingalls reencarnando en su propio hogar. Primo Nuestro y Caroline tenían dos hijos hermosos como buñuelos en aquellos días en que Cucurullo y yo éramos como dos huevos fritos estallando en aceite muy caliente: imagínense el contraste.

Pasaron los años, nosotros encontramos la forma y el estilo de nuestra pareja, y nos encontramos a nosotros mismos en el intento, también. Primo Nuestro y Caroline seguían siendo el matrimonio ideal, él con un sentido del humor maravilloso, ella perfecta. Sus hijos, dos encantos.

Porque Caroline era linda, buena esposa, ama de casa eficiente, madre cariñosa, cocinera casi profesional, repostera dedicada y Chica Utilísima todo terreno: te salvaba las papas forrando en tela una caja para guardar encajes, y forrando en encajes una caja para guardar telas. Un verdadero lujo para cualquier Charles.

Durante unos meses en la familia no hubo bautismos, comuniones, casamientos ni velorios, todos anduvimos muy ocupados en otros menesteres y perdimos de vista a Primo Nuestro y su club de los Ingalls.

Cuando los volvimos a ver las cosas resultaron muy complicadas de entender: Caroline se había separado de su marido “de un día para el otro” cerrando la relación de un portazo. Y después de eso no hubo cabida en su vida para ninguno de nosotros, porque nuestro pariente era el Primo Nuestro, y ella era solamente la Prima Consorte (detalle que en toda familia parece muy sutil cuando el matrimonio continúa, pero cuando se rompe, hace que el no es consanguíneo pierda el partido por muerte súbita). En pocas palabras: “el de afuera es de palo”.

Y eso –exactamente- fue lo que sentí: Caroline salió de nuestra vida inmediatamente y desde el mismísimo momento en que dieron por terminada la relación con su esposo. Como si se la hubieran llevado todos los demonios de un día para el otro: no tuvimos una cena de despedida, una conversación profunda o un recuerdo memorable como broche de oro. Nuestro último día juntas fue un asado de domingo como cualquier otro hablando de su postre delicioso –algún día me daría la receta- y cotidianeidades de sus buñuelos. Y nada más.

No sabíamos que ése sería nuestro último encuentro (o tal vez ella sí?). Yo por lo menos, no intuía que la suerte de esa relación estaba echada y que sería parecida a la muerte –por lo irrevocable-, ni que nunca más la vida de cada una de nosotras integraría la vida de la otra.

Hace un tiempo Cucurullo reconoció su auto por la calle: es que ése había sido nuestro auto alguna vez, y en uno de esos traspasos familiares típicos de algunos clanes muy unidos, terminó siendo patrimonio de los Ingalls. Cucurullo sintió como si hubiese visto pasar un fantasma al volante de un auto también fantasma (“I see dead people”, confesó el chico de “Sexto Sentido”, no?).

Es extraño eso de que una pareja de muchos años de convivencia se termine un día y se lleve puesta -porque no hay otro remedio- al resto de la gente que comparte sus vidas, a las relaciones familiares que no son gananciales, a los afectos de tantas etapas anteriores a su nuevo status de separados a estrenar. Esas rupturas implican una nueva separación con tanta otra gente… son muchas separaciones en una sola.

Es que un matrimonio se divorcia y deja de ver a un tendal de otros que también es parte de su historia, y eso me parece que es una tristeza más -y no menor-, agregada a la de la separación y el desencuentro con el otro. Porque ya no habrán nuevos capítulos de aquel afecto familiar que venía siendo compartido, así que entregan a muchos de los que están cerca, en cambio, ese misterioso final que implica algo más que un “se terminó mi historia con Fulano”: entregan un gran gran gran silencio, alto como una montaña impenetrable.

Supongo que Caroline también nos extrañará alguna que otra vez. Y que recordará que todavía tiene pendiente conmigo la receta de aquél postre delicioso con el que nos agasajó a todos en mi casa, y que yo todavía sigo esperando.

Una de Coelho que sepamos todos

bici griegaUna vez, hace muchos años, compré distraídamente un cuadro de esos que contienen un paisaje acuareloso, discreto y casi invisible de una playita con algunas casuchas blancas pintorescas. Tan blancas, tan casi invisibles, que nunca las miré con atención.

El cuadro no lo colgué nunca en ninguno de mis hogares, pero me acompañó en todas y cada una de las mudanzas. ¿Y cuándo me acordaba de que existía y que andaba tirado por ahí? Bien a menudo, en todas esas ocasiones en las que invitaba a demasiada gente a mi departamento y debía improvisar, con almohadones y “mesas ratonas” más lugares para que se acomodaran los comensales. Entonces rescataba el cuadro de su ostracismo, lo apoyaba boca arriba -vidrio arriba, mejor dicho- sobre una caja bien grande, lo cubría con un mantel, y rápidamente lo utilizaba para apoyar los vasos y las servilletas arrugadas de cinco o seis amigos del alma.

Así que, honestamente, hice uso del cuadro… como mesa auxiliar. El resto del tiempo andaba por ahí recostado contra alguna pared, a la espera de la próxima reunión de amigos. Y esas reuniones se volvieron frecuentes: se me había dado por empezar la carrera de Letras, como un hobby -esto ya lo conté por acá- y con mis compañeros de facultad solíamos quedarnos en mi casa largas horas estudiando cada materia o traduciendo párrafos milenarios.

Es en esa época tuve -obligatoriamente- que cursar griego. Y durante varios años. Un cruel talón de Aquiles absolutamente necesario para sostener el resto de la osamenta, porque si quería seguir cursando todas esas “Literaturas” que me parecían tan interesantes, siempre vivitas y coleando, tendría que aprobar las lenguas muertas también. Latín no era tan terrible, pero Griego, definitivamente, era un parto de quintillizos en plena selva amazónica.

Estudié sin audacia, con la minima obediencia debida. Sin embargo, por ósmosis académica o una suerte de fundamentalismo vocacional del profesor (sospecho que más bien fue esto último), cada vez que tropezaba con el idioma del Olimpo -esas horribles declinaciones, por favor!-, volvía a ponerme en pie misteriosamente. Y después dicen que los milagros no existen…

Por efecto de los años y las páginas recorridas me volví más consciente de todo lo que no sabía y quería saber, y comencé a prestar atención cuando me mostraban fotos, imágenes o dibujos de distintos paisajes griegos. Con sorpresa descubrí que me gustaba la literatura clásica, así que me volví más accesible a la incorporación de ese idioma que consideraba inútil y torturante. A veces, mientras cenábamos sobre el cuadro apoyado en la megacaja, soñaba con ciertos lugares míticos y los comentaba con Cucurullo, que desde siempre tiene ese espíritu democrático de andar considerando todo viaje por el mapamundi como logísticamente posible (menos a la India, que le parece incómodamente imposible, pero esa historia se las cuento otro día).

El mes pasado, hartos de tropezarnos por algún rincón de la casa con el cachivache del pueblito diluido en acuarela, lo colgamos en la pared del pasillo que conduce a la biblioteca. Entonces vi el cuadro colgado por primera vez frente a mis ojos. La imagen, una vez desplegada a mi altura, me pareció curiosamente familiar. Quise ver la firma del pintor, y por ahí abajo encontré el garabato con su nombre ilegible. También me di cuenta de que había una mancha como de huellas de hormigas bailarinas de polka distribuida en el otro ángulo inferior.

¿Habría ensuciado el vidrio del cuadro con salsa de soja en una de esas noches de amigos y libros? Pasé mi dedo más impulsivo -un índice bien criticón- para apartar un molesto reflejo cristalino. Pero no era una mancha de salsa ni de tinta. Allí, en el griego más elemental que podría haber encontrado en cualquiera de mis clases de hace tanto tiempo, encontré -quince años después de haberlo comprado- el título del cuadro:

SANTORINI

Las señales andan por todas partes, sólo que no siempre estamos a su altura para verlas.

Tango que me hiciste mal, y sin embargo te quiero

tangoEl otro día -este, aquél, el de más allá, fueron varios días, porque sucede a menudo- estábamos hablando con Cucurullo acerca de algunas situaciones complejas que la mayoría de la gente tiene antes o después: eso de tener que tomar decisiones laborales, personales, sobre proyectos de acá a fin de año… en fin, las cosas que tenemos para arremangarnos y resolver.

Pero esa noche, cuando nos pusimos a analizar en detalle algunos de esos temas, hicimos un zoom tan, pero tan gigante sobre cada uno de los puntos conflictivos de cada situación, que en vez de analizarlos como lo que eran: problemas comunes que suceden en la vida de cualquiera -estadísticamente, lo que le pasa a alguno cada dos por tres- parecía que estábamos tratando de autoevacuarnos de un Titanic a punto de hundirse. Nos encontramos superados por la situación, abrumados por el encierro en ese laberinto amenazante y sin salida.

Entonces, comenzó un espiral de conspiraciones adivinadas, un halo de sospechas nunca confirmadas, la suposición de que éste o aquél podrían haber actuado diferente, y…

No sienten a veces que damos por el pito más de lo que el pito vale? Era una noche perfecta, y dos personas sanas y sencillas, que hemos vivido hasta acá más cosas buenas que malas -muchas más buenas que malas-y que deberíamos agradecer con mucha, mucha más frecuencia todo lo que el destino nos ha puesto al alcance de la mano, estábamos ahí, amargándonos la vida por puro gusto, avanzando peligrosamente por la autopista de nuestros pensamientos -a todo o nada- cuando hasta hacía cinco minutos andábamos transitando por el carril lento.

¿Y todo esto por qué? ¿Por el oscuro placer de frustrar nuestra propia seguridad en lo que somos y hacemos? ¿Por qué ser así de insufribles cuando podemos pasarla bien, tomar con naturalidad aquello que sí existe con certeza -sea bueno o malo-, y las dudas o conflictos tomarlos con más ligereza, sin exageraciones?

Habrá que reconciliarse con las dudas que plantea el futuro con menos ansiedad y más sentido del humor,
desenroscar la tapa del frasco en el que estamos encerrados, trepar por el vidrio y tomar aire fresco,
no consagrarse a agigantar los problemas hasta volverlos el monstruo del lago Ness (que nadie vio, pero aterra a todos),
y recordar todos los dones gigantes que hay para disfrutar alrededor nuestro, y que nos estamos perdiendo de ver por andar dedicados a analizar con lupa ciertas situaciones del montón.

Habrá que dejar de acuchillar fantasmas.

La vida en busca de la ensalada Caesar perfecta

sirviendo esperoNo, yo no anduve buscando el Santo Grial, como los caballeros de la mesa redonda. Buscaba una sencilla ensalada Caesar que fuera al menos tan sabrosa como la que alguna vez habíamos comido en casa. Pero por simple que parezca lo que se quiere hallar, a veces no se logra transitar la experiencia con facilidad.

El sábado pasado fuimos con Cucurullo a cenar a uno de los mejores restaurantes de Salsipuedes. Y pedí para comer una ensalada Caesar. Fue decididamente una mala elección: algo huele mal en Dinamarca y en Salsipuedes también, y pronto descubrí que se trataba del aderezo de mi ensalada que tenía un persistente dejo a aceite rancio. Me prometí no volver a pedir ese plato en ese lugar, y de ser posible, ningún otro (hay otros buenos restaurantes para explorar en el barrio). El camarero -de riguroso negro posmoderno- amagó con eso de que “la casa invita los cafés“, pero rechazamos el gesto cortésmente y nos fuimos a comer el postre a otro lado.

Este lunes estábamos en plan familiar tutti cuanti -con mi mamá, también- y decidimos salir todos a cenar a un restaurante, OTRO restaurante. El lugar es mucho más simple y tradicional (los camareros no están vestidos de negro, la carta es más amplia). Como revancha, pedí nuevamente una Caesar. Estaba bastante sabrosa, y ya me había comido con mucho entusiasmo casi la mitad de la ensalada cuando la vista de lince de Cucurullo notó un mínimo gusanillo transparante escalando las hojas verdes de mi plato. Así es, gente: parece que me estaba comiendo la flora y fauna del lugar. Inmediatamente crucé los cubiertos y ya no pude comer nada más. Como corresponde en estos casos, los cafés fueron cortesía de la casa: esta vez los aceptamos con resignación.

Ayer miércoles fuimos con Cucurullo al centro a hacer unos trámites. Paramos a comer algo sencillo en Maquiavelo, el restaurante del Paseo La Plaza con forma de anfiteatro, seguramente ya saben cuál es. Como adivinarán a esta altura del post, Cucurullo -casi sin levantar la vista del menú para mirarme-, pidió una ensalada Caesar (está muy al tanto de mis pequeñas obsesiones temporales). Mi consejo como neoespecialista compulsiva de la famosa ensalada es que no pidan ese plato en Maquiavelo, porque no tiene gusto a nada: su versión no lleva queso, el aderezo es insulso y el pollo y los croutons también. Así que dejé sin terminar más de la mitad del plato. Con Cucurullo abreviamos el asunto de la comida y fuimos directo a los cafés, que esta vez pagamos rigurosamente.

Y se me dio por pensar que la vida es la Búsqueda de la Ensalada Caesar Perfecta. Definitivamente se había transformado en mi Santo Grial, casi sin proponérmelo. Mientras me entretenía pensando en cuál sería el mejor restaurante donde pedir la ensalada la próxima vez, Cucurullo me recordó que yo en alguna oportunidad la había preparado en casa y que decididamente había quedado mucho, pero mucho mejor que las que había comido en los últimos días (tampoco es tan difícil obtener ese galardón, no? Si la comparamos con la versión rancia, la “más proteica” o la bien insulsa… cuál de todas elegirían ustedes?).

Pero el quid de la cuestión es que había estado buscando afuera lo que yo podía preparar en mi propia cocina a gusto y piacere, porque ya sabía con bastante certeza cuáles eran los sabores que quería experimentar en esa ensalada, y el asunto estaba totalmente dentro de mis posibilidades. ¿No les parece un razonamiento muy evidente? Bueno, así y todo, se me había pasado por alto durante unos cuantos días.

Moraleja con cerbatana: ¿Es tan necesario buscar afuera lo que uno ya tiene a disposición “en el interior de uno mismo”, y en una muy buena versión? Por supuesto, hay que poner foco en encontrar la ocasión de disfrutar lo mejor que este “uno mismo” puede dar (pero es que, entre nos, la ensalada Caesar a mí me sale muy bien).

“Al que le quepa el sayo, que se lo ponga”, solía decir mi abuela.