Nos pasó de todo en este 2011, y sin embargo fue un año sin TANTO sobresalto: Cucurullo cambió de trabajo y lo hizo con cierto aire de tragedia griega. Ok, el cambio ya se venía previendo al mejor estilo “Crónica de una muerte anunciada”, pero igual todo el asunto nos costó un Perú. Porque así somos Cucurullo y yo: estos cambios nos cuestan, Compartidos De a Dos, todavía más que De a Uno. El Doble, para ser exactos. Pero el Doble a Cada Uno de Nosotros: a él y a mí, lo que suma un Total como de Cuatro, ponele.
Nos pasó de todo, decía. En el medio de su cambio, yo también cambié mis condiciones de trabajo y comencé a pasar más horas fuera de casa. La empleada que me ayudaba con algunas tareas del hogar pasó a ser una abonada full time en mi vida (sí, “Ella” es la persona con la que más hablo por teléfono durante todas aquellas horas del día en que reverbera el sol en la ciudad).
Mile comenzó en el 2011 la escuela primaria, con todo lo que eso implica: más horas en el colegio, tareas para hacer en casa, más exigencias escolares, algún cansancio extra… cambios naturales empujados por su propia infancia que se sucede en forma rápida e inexorable. Al mismo tiempo, mi mamá se jubiló y dejó de trabajar como docente todas aquellas quichicientas horas de lunes a viernes. Y entonces comenzó a visitarnos con más frecuencia, a ser una presencia activa en casa, a estar más vigente como abuela: un milagro imprevisto y sorpresivo para nostros tres (sí, a fin y al cabo, ésta resulta ser una de aquellas maravillas que nos proporciona el paso del tiempo y el crecimiento de hijos y de madres, todo junto & al mismo tiempo).
Creí tener un nódulo mamario, un lunar injustificable, un callo plantar. Todos sustos sin sustento. El final de cada cuento vino con alivios y sonrisas, con la sensación de haber recibido algo así como una segunda oportunidad. Gratis. De rebote.
Planeamos vacaciones sin tiempo, escapadas relámpagos y viajes sorpresivos (no hay caso, en esta familia no se puede agendar nada con dos meses de anticipación). Pero pudimos cumplirlos todos, y disfrutar de esos momentos entre los tres.
Pospusimos indefinidamente las reformas pendientes en la casa o el recambio -presuntamente urgente, para algunos- de modelo del auto (otro año más con esas asignaturas pendientes, y ya van…)
Un detalle no menor: este año pudimos, también, compartir nuestro tiempo con los amigos, con la familia, con los libros y la música que anda dando vueltas por nuestro espacio cotidiano.
Creo que fueron 365 días disfrutados muy al uso nostro. Resumiendo: hubo algunos progresos accidentados e imprevistos, lindas sorpresas -las que ya sabíamos de antemano que íbamos a disfrutar sin medida si es que se daban- y unas cuantas cuentas pendientes por aquí y por allá que resultaron de lo más previsibles. Pero en conjunto, fue un año de ésos que cualquier Pitonisa de Videncia Promedio me pudo haber vaticinado sin errarle demasiado.
En resumidas cuentas, para nosotros éste fue un año mucho, muchísimo “más bueno que malo”. Fue un año con ciertos cambios en algunas pocas cuestiones fundamentales, y en otras, muy propicio para ir a lo seguro.
Sin embargo, el 2012 pinta distinto. Pinta más arriegado, más “a todo o nada”.
No sé a ciencia cierta cómo fundamentar esto que afirmo, es más bien una sensación que tengo sobre cómo vendrán dándose las cosas. Es que a éste lo intuyo como un año bisagra, aunque no pueda decirles a ciencia cierta ni cómo ni por dónde (¿a ustedes no les pasa lo mismo?).
En fin, en una de ésas es porque los años bisiestos ya se prefiguran así, como dicen los viejos.
Pero es que no sé por qué a ciencia cierta pareciera que éste es un año para vivir peligrosamente, caminando al borde de la cornisa.
En una de ésas, algo de esto es lo que quisieron decirnos los Mayas cuando nos advirtieron que lo viviésemos como si fuese el último.
Así que mucho cuidado, mis queridos, me pareciera que vienen soplando profundos vientos de cambio por ahí afuera. Par tutti cuanti. Esténse atentos.
Por eso les deseo que tengan un excelente nuevísimo año, amigos míos. Y que los cambios que se vengan -sean fuertes cual tsunamis, o livianos como ligeras brisas de verano- sean los mejores, los más oportunos y los más adecuados para todos ustedes.
Sigo pensando -hoy más que nunca- que nos elegimos entre unos y otros, nos buscamos y nos encontramos… no por lo bueno que nos atrae del prójimo, sino entreviendo lo malo que podemos soportar.
Como todos sabemos, el Facebook sirve para reencontrarte con gente de hace mil vidas (haya sido para vos gente significativa o no) y para conocer gente nueva con la que en una de ésas tenés hoy más en común que con la del “reencuentro”.
A esta hora de la mañana no me vengan con extravagantes batidos de maracuyá ni cupcakes de colores psicodélicos: mi desayuno real -e ideal- es una taza de café con leche (fuerte el café, liviana la leche, hipercaliente todo) y una tostada cualunque. A lo sumo -si ando con un ánimo muy festivo- puedo agregarle al asunto una medialuna de manteca. 
Hay días en los que Una quisiera borrarse del mapa. Del mapa habitual que Una anda recorriendo, sea éste o aquél. Mudarse de país, de historia y de universo. La autora norteamericana Sarah Ban Breathnach llama a esta necesidad de huir hacia adelante: “el síndrome de fritos o revueltos”, es decir, el impulso onírico de soltar el lastre de todos los dilemas habituales y convertirse, por un día al menos, en camarera de un restaurante de comidas rápidas en un pueblito del sur. Entonces Una se imagina que puede disolver todas las tensiones del presente ante la única inquietud de saber si el cliente prefiere sus huevos fritos o revueltos para acompañar el café del desayuno. Y es justamente en ese momento, cuando comienza a envidiar la vida de la camarera que pronuncia esas palabras como un mantra -sostiene Ban Breathnach-, que Una descubre lo crispada que anda su vida personal a veces, y por eso el ánimo se le complica y hasta los sueños se le vuelven raros.
Desde el 30 de junio del 2009 (fecha de inicio de este blog) este espacio acumuló 257 entradas publicadas y 3.970 comentarios escritos entre tutti cuanti. ¿Cómo puede ser? ¿De qué hablamos TANTO, me cuentan? Yo no lo sé exactamente, no podría explicarlo.
Un Día Negro a lo mejor empieza como cualquier otro, pero de repente se trastoca y todo queda patas para arriba, sin posibilidad de entender nada de nada, excepto eso de sentir mucho dolor en algún momento de todo el tropezón, que es caída también.
Somos Cucurullo & me en el día de nuestro casorio. Después de ese acontecimiento nos vinimos a pasar la luna de miel a estas playas donde estamos ahora, acá en Buzios, donde también pasamos nuestras primeras vacaciones juntos unos cuantos años antes.
Enciendo el televisor y veo gente linda por todas partes (por todos los canales y por todos los ángulos de su anatomía, me refiero): mujeres con siliconas de todos los tamaños, liposucciones a cuestas, unas cuantas jeringas de botox inyectadas por aquí y por allá, iluminadas por la gracia divina de la luz pulsada y con sus dientes histéricamente blanqueados por un láser.

