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De qué hablamos cuando hablamos de un blog (de un año)

vuela libreDesde el 30 de junio del 2009 (fecha de inicio de este blog) este espacio acumuló 257 entradas publicadas y 3.970 comentarios escritos entre tutti cuanti. ¿Cómo puede ser? ¿De qué hablamos TANTO, me cuentan? Yo no lo sé exactamente, no podría explicarlo.

Como las mejores cosas que me han sucedido en la vida, este blog fue algo que inicié con más dudas que certezas, por causas que nada parecían tener que ver conmigo, y que sin embargo sostuve en el día a día con más voluntad que paciencia. :-D

He inventado nociones de tiempo de lo más inverosímiles para dedicarle a este blog un rato diario, a pesar de… de todo lo otro que es la vida. Pero de éso (del tiempo, “todo lo otro que es la vida”) hemos hablado también en este espacio que contiene muchos tópicos hilados unos con otros en forma bastante caprichosa, como sucede, todos sabemos, en cualquier charla de café amable y cotidiana con amigos.

Cada vez que publico una entrada nueva me digo: “y bueno, listo, ahora no tengo nada más que decir”. Y ese “no tengo nada más” es un cero absoluto, termino de escribir y me siento vacía, como si este blog fuese un gigantesco Pensadero (palabra robadísima a Harry Potter) en el que deposito cualquier idea capturada por la sesera bajo el riguroso método del azar, tal como se atrapa un insecto que anda dando vueltas en pleno verano. Y entonces, una vez apresado el minúsculo bichito y depositado aquí adentro, me quedo sin nada, ni una sola idea para “más adelante”.

Y sin embargo, los temas -entre ustedes y yo- siguen apareciendo. Y así es como, sin promesas de eternidát, nos seguimos tomando frecuentes cafecitos virtuales por éste y otros blogs.

Por consideración a los comentarios -escritos con generosidad, franqueza y absoluto sentido común- desde hace un tiempo he espaciado la publicación de entradas nuevas (día por medio, en vez de todos los días): no tiene sentido postear continuamente y que todos los comentarios que ustedes han dejado el día anterior no tengan oportunidad de leerse, no? Eso es tirar margaritas a los chanchos y no, no se hace: en mi familia si se enteran, me matan… en cuestiones como éstas, tengo por bien aprendido lo aprendido.

A los que leen, a los que comentan, a los que siguen a los que comentan (por charlas de café “en el mundo real” me entero de que los comentaristas habituales tienen sus “hinchadas”, también, aunque espero fervientemente que desistan del uso de las vuvuzelas para alentarlos), a todos mil gracias por andar por acá, así sea con frecuencia o sólo de vez en cuando. Nadie tiene tiempo que perder, así que el hecho de que pasen y lean, vuelvan y participen, es un honor misterioso y sobre todo, un gesto de parte de ustedes que me emociona un poco.

Este blog es como un hijo sorprendente que viene de uno pero va más allá de uno (bueno, como todos los hijos, no?).

Un Día Negro

emociones expuestasUn Día Negro a lo mejor empieza como cualquier otro, pero de repente se trastoca y todo queda patas para arriba, sin posibilidad de entender nada de nada, excepto eso de sentir mucho dolor en algún momento de todo el tropezón, que es caída también.

Mi mano derecha (MMD, de ahora en más en este post) trabaja desde hace añares en mi casa, y desde hace más añares todavía en la familia de origen de Cucurullo. A veces MMD viene más horas, a veces menos, pero casi todos los días me anda ayudando por acá. Cada tanto me saca de quicio si no pone empeño en la limpieza “a fondo” de la cocina, pero tiene tan buenos sentimientos que su presencia se hace indispensable entre nosotros. Es una persona muy simple, y entrena su amor por los demás en base a una profunda religiosidad que debería envidiarle más de uno del clero oficial.

Pero MMD hace un par de meses que no viene a trabajar a casa: estaba embarazada y la obstetra que la atendía le indicó hacer reposo. El parto estaba ya previsto para estos días, cesárea mediante: el bebé venía con una complicación pulmonar y se hacía urgente operarlo ni bien naciera para permitir que respirara normalmente.

Llegué de mi viaje hace tres días. Me organicé de nuevo la vida, despotricando en el mientras tanto por las mismas boludeces que siempre surgen en toda vuelta: mucha ropa para lavar, la heladera vacía, el trabajo atrasado. Y en eso, ayer, un mensaje: nació el bebé de MMD. Otro mensaje unas horas después: falleció el bebé de MMD.

Inmediatamente se me desplomó el corazón. Como yo “pienso con los pies” (dijo un ex jefe alguna vez), mi mente oscura y confundida se puso a hacer lo único que sabe hacer cuando funciona en piloto automático: ejecutar verbos que implican acción. Y en esa terapia ocupacional me concentré ni bien pude: llamé al celular del esposo de MMD, le ofrecí ayuda para lo que necesitara (que el hombre agradeció pero dignamente rehusó, también: “ya nos vamos a arreglar, usted no se preocupe”), anoté el nombre del sanatorio donde estaba internada MMD (que él, en su estado de shock, apenas recordaba), busqué en internet las coordenadas del lugar para confirmar los datos recibidos, me hice de algún dinero para llevarle a esta familia (lo iban a necesitar, sin dudas, a pesar de la negativa formal de hacía un rato) y sin más me tomé el subte hacia allá.

Llegué a la clínica y vi a MMD hecha un mar de lágrimas, como era lógico de suponer. En el movimiento de mi día, en la ejecución de todas mis idas y venidas, no había reparado en que el dolor es un animal salvaje y misterioso que nunca se presenta con buenas maneras, sino de una forma bestial. Y ahí estaba MMD, la más simple de todas las almas simples y buenas que conozco. Una madraza sin hijo, aferrada al borde de la cama, tratando de caminar para evitar el dolor de la cesárea reciente, del alma, de la mente embotada. Y me dijo la frase más terrible que escuché en mi vida, toda despedazada por la angustia que le salía por la garganta:

- “Me duele todo por dentro y por fuera, señora. Desde esta habitación escuché y escucho llorar a todos los bebés del sanatorio, pero el mío no llora.”

Se me fue el alma a los pies. Y mis pies, mi cabeza, todo el cuerpo mío dejó de pensar. No recuerdo haber sentido tanta compasión por nadie en toda mi vida.

MMD no es mi pariente, ni mi amiga. Pero es el reflejo del dolor de los otros que más me duele, porque me duele como si fuese mío. Y entonces abrazo a ese cuerpo hinchado de leche y de lágrimas, como si no tuviese yo otra manera de salvarme de un aluvión oscuro y atronador que aferrándome a él como sea.

Y después el dinero en la cartera, el celular que suena, todo se vuelve irrelevante. De todos modos, le entrego a su familia el sobre que tan previsoramente mi otro yo (el de hace un rato) había preparado para MMD, pero ya me da vergüenza haber ido hasta allá con esa motivación tan evidente. Me voy de nuevo hacia el subte, confundida por los ruidos de la calle, como si yo emergiera de otro mundo y fuese catapultada de pronto al barrio de Once y viera la ciudad por primera vez. En mi vagón hay un chico de veintipocos que lee un libro: “Análisis Matemático II”. Hay varias mujeres vestidas con ropa color violeta: suéteres, chalinas, camperas. Me miro los brazos: yo también tengo puesto algo violeta. Mirá vos. Y a quién le importa?

Cuando percibís el dolor, lo palpás, lo atravesás, te das cuenta del significado profundo de las cosas. No hablo “del verdadero” significado, porque “verdaderos” o “no verdaderos” pueden ser todos, el sentido superficial y el menos superficial también. No creo que haya que comparar nuestras vivencias con lo más grave que pasa por ahí: que hay hambre en África es una realidad, pero el asunto no es vivir empapados en una vida de dolor porque sucedan cosas tan tristes alrededor nuestro. Lo que sí, cuando ves de cerca situaciones como la de MMD, te das cuenta de que a veces te deprimís por soberanas tonterías, que es momento de madurar y filtrar un poco más aquello que nos provoca malestar, dolor o bronca.

Te llega un mensaje de no sé donde: es un poco ridículo dejarse vencer por cualquier sensación, emoción o pensamiento pedorro que viene a complicarnos la existencia como por acto reflejo. Hay que tomarse el trabajito de contrastar -cada tanto, al menos- lo importante con lo que es realmente insignificante, pero viene camuflado y a veces nos confunde. La cuestión de fondo es no volvernos locos por cosas que valen muy poco.

Hay gente que llora cuando tiene que llorar, y no se queja al cielo ni antes ni después: sólo cuando no le queda más alternativa ni consuelo. Un poquito así de chiquitito, aunque sea, ayer aprendí de esa gente, que de esto sabe mucho más que yo.

No, no son Carrie & Mr. Big

nosotros dos Somos Cucurullo & me en el día de nuestro casorio. Después de ese acontecimiento nos vinimos a pasar la luna de miel a estas playas donde estamos ahora, acá en Buzios, donde también pasamos nuestras primeras vacaciones juntos unos cuantos años antes.

Hoy cumplimos siete años de casados. Como en tantas otras historias de amor, a nosotros nos costó llegar “a los papeles”, pero como dice la canción: no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar. Y acá estamos retratados en ese gran día, yo subida a la punta de mis pies para alcanzar las alturas de Cucurullo (detalle que no se ve en la foto). A partir de ese momento y a lo largo de los años, ha habido otras tantas subidas, y bajadas también: en los momentos lindos nos reímos de toda pavada -con mucha mejor leche que las hienas-, y en los momentos malos… en los momentos malos quién pudiera reír como llora Chavela, pero bueno, digamos que tampoco han sido tantos, así que nos ha alcanzado la dignidad que teníamos disponible para enfrentarlos.

Desde esta nueva luna de miel vivida de a tres (porque Mile disfruta de pasar el tiempo acá con nosotros, también, élla que es la bendición más concreta de esta historia), desde este “aquí y ahora” va este post que comparte un poco nuestros recuerdos con ustedes, los que leen, escriben o pasan por acá cada tanto. ;-)

Adicionalmente se deja traslucir en la imagen mi perfil tan poco griego, pocas veces tan expuesto: es que mi amiga Klaritt -que me quiere mucho y es sensible a la estética de mi tabique nasal-, siempre trata de obviarlo cuando ve que estoy por a salir en alguna foto: “Vero, ponéte de frente que te sale la narííízzz” me dice, y yo inmediatamente acato órdenes y me oriento a la cámara en un perfecto ángulo de 90 grados. Porque no hay como los amigos para que compartan nuestros momentos felices (y los no tanto, también) o para que nos ayuden a lucirnos cuando se presta la ocasión, éllos que saben cómo es de verdad verdadera nuestro rostro lleno de personalidad, único e irrepetible. :-D

Seguimos en contacto, más que seguro.

Sex o no sex (Hamlet reloaded)

saltar la bancaEnciendo el televisor y veo gente linda por todas partes (por todos los canales y por todos los ángulos de su anatomía, me refiero): mujeres con siliconas de todos los tamaños, liposucciones a cuestas, unas cuantas jeringas de botox inyectadas por aquí y por allá, iluminadas por la gracia divina de la luz pulsada y con sus dientes histéricamente blanqueados por un láser.

Veo a señores metrosexuales que esconden implantes de todo tipo (capilar, genital, maxilar, de lo que fuere), adoradores del Dios Viagra desde edades cada vez más tempranas, que saben cuál es su mejor perfil para las fotos y qué es lo que tienen que decir en una entrevista para que las mujeres caigan como chorlas a sus pies.

Y veo que construyen entre ellas y ellos parejas de lo más monas que duran lo que un castillo de naipes: nada. Entonces, cómo es el asunto de la atracción amorosa & fatal entre los Más Lindos de Todos los Lindos? La pasión dionisíaca no está garantizada ni siquiera por nueve semanas y media entre los socios del mismo club de gente eternamente sexy?

Qué nos queda entonces a nosotros, los hombres y mujeres de a pie que no adoramos fanáticamente a su Olimpo de cirujanos, masajistas y centros de estética porque no tenemos que trabajar en los medios ni posar para Playboy? (gracias a Dios!).

En mi contexto de todos los días, muy por fuera del que vi en la televisión, pienso en uno de esos típicos matrimonios en el que ella -la señora esposa- se mata corriendo en cuanta cinta de gimnasio le augure una cintura de avispa, se somete a cuanto tratamiento ortomecular le garantice la juventud eterna, mientras él -su señor esposo-se ausenta dos horas de la oficina para fugarse un rato con una empleada de su misma empresa que no es ni más linda ni con más luces que la señora esposa, pero concursa y gana el casting para la aventura clandestina que les tiene comidos los sesos a los dos.

Definitivamente creo que la atracción puede entrar por los ojos, pero se pasea por nuestras vidas aferrada al órgano sexual por excelencia, que sigue siendo la mente. La pasión se sostiene en el tiempo a través de lo que los seres humanos proponemos como juego, como goce y como disfrute entre dos personas cuando dejamos el egoísmo a un lado y nos dejamos sorprender cada uno por el otro. De lo contrario, la pasión se cae como cualquier músculo flácido y sin uso, y no hay cirugía estética o liposucción que la pueda volver a poner en su lugar.

Si el tiempo no me alcanza, tendré que ver en qué lo ando gastando…

así no hay tiempo que alcance Este es un post muy personal, gente. De confesionario, casi.

Como algunos de ustedes ya saben bien, yo hasta el año pasado no tenía blog, Facebook ni notebook. Sí tenía y sigo teniendo una PC común en el escritorio de casa, otra PC en la oficina en la que trabajo y un celular viejo. Esa Clásica Trinidad me sigue asistiendo en mi vida sencilla de siempre, incluso cuando se producen los consabidos cambios para que nada cambie: si voy a otra empresa, me asignan una PC igual de lenta que la que tengo ahora en la oficina; se me rompió anteayer mi viejo celular, y lo reemplacé por otro… igual de viejo, en parte porque no me gusta hablar por teléfono, y en parte porque no quiero atarme a otro aparatito nuevo lleno de chichitos entretenidos. Y la PC de mi casa es, todavía, exactamente la mismísima del año anterior.

Así que, hasta el año pasado, mi vida transcurría en un mundo muy real y concreto: mi familia, mi casa, mis amigas, el gimnasio, los cursos de lo que fuere… y el mundo “virtual” se me adhería a los dedos si me conectaba a mi Clásica Trinidad: básicamente, cuando me sentaba en mi escritorio & mi computadora a trabajar, en casa o en la oficina. Pero el resto del tiempo, el mundo -mi mundo- era más real que virtual.

Hoy tengo mi notebook disponible a toda hora (no tengo que sentarme en ningún escritorio específico para usarla) y wi fi en todas partes. Y mi vida se ha desordenado un poco más, porque de pronto comencé a llenar “huecos” de tiempo con entradas a este blog, entradas al Facebook, algo de Twitter (que no me gusta demasiado), comentarios a otros blogs…

Al principio eran eso: huecos. Después el asunto fue expandiéndose y encontrándome -como casualmente, pero en el fondo sin tanta inocencia- en otros tantos momentos que sí tenían -hasta ese instante- asidero en el mundo real, y que de pronto fueron poblándose de contactos, personas y experiencias más virtuales.

Honestidad brutal: le encuentro muchísimas ventajas y un enorme potencial a esta forma de expresión y comunicación que es producto de la inmediatez y de la disponibilidad permanente. Pero no dejo de notar que esa “permanencia” me vuelve impermanente en otros contextos o vivencias que son importantes para mí, también.

Tendré que reordenar prioridades, organizarme nuevamente en mis tiempos para cada cosa: mi familia, el trabajo, los viejos tiempos muertos que antes llenaba con otras formas de expresión y de comunicación fundamentales para mí, que iban surgiendo en el momento y que también tienen que ver con mi estilo de vida: cafés compartidos con alguna amiga entrevista casualmente a través de la vidriera de un bar, la lectura de viejos libros retomada desde cualquier rincón, algunos paréntesis de silencio, una canción desesperada al estilo del viejo poeta y cualquier otra cosa de ésas que hoy tienen menos ocasión de aparecerse frente a mí porque mi Acer Personal se ha transformado en un apéndice de mi cuerpo.

Necesito un poco menos de pantalla virtual y un poco más de pantalla solar para andar por ahí, recorriendo con más tiempo libre las callecitas de Buenos Aires bajo la luz del día, sin apuro y con ganas de encontrarme nuevamente con lo inaudito, lo espontáneo… y real.

No son las horas del día dedicadas a cada cosa (son pocas? son muchas? son suficientes o excesivas?), sino el desorden, la pérdida de foco, el tener la cabeza en dos cosas al mismo tiempo, los dedos tipeando a todo correr y la cabeza todavía un paso más allá. Creo que soy una persona rápida en la dígitolectoescritura (seguro que inventé esta palabra, pero ahora no puedo comprobarlo: estoy demasiado ocupada escribiendo), lo que contribuye al ésssito del asunto, pero me parece que toda esta actividad me pone más ansiosa de lo que debiera (para qué corro tanto, pordió?) y no, no es necesario mirar tanto el Facebook, por ejemplo, o chequear si hay novedades en todos los diarios o blogs que sigo… qué pasa si en vez de leerlos ahora los leo más tarde? alguien se va a ofender por siempre jamás si no leo todo ahora mismo?

Son todas herramientas, pero no son panaceas angelicales. Entiendo que hay que saber utilizarlas sin estimular al mismo tiempo la ansiedad que generan. En uno de mis trabajos prohibieron el acceso al Facebook porque los empleados tenían una adicción permanente con esa red social. En un primer momento me pareció brutal, una decisión tomada en lo más profundo de alguna caverna. Hoy… sé que voy a esa empresa y las horas me rinden más que si trabajara en casa, definitivamente.

Este blog es el único del que no reniego (faltaba más, jaaa!). Es que para entrar acá tengo más bien pautados los momentos: prefiero estar tranquila, disfrutar de leerlos a ustedes o escribirles yo, por lo que los tiempos para ir y venir de paseo por este espacio están más organizados. Pero el resto… es una dispersión constante.

Así que, en el más puro criollo, les cuento: tendré que cortar el chorro, gente. Me refiero a la longitud de este post? No, no (solamente). Me refiero a todo el chorro virtual, desde el google para acá, toooodo lo más que se pueda cortar.

Besos gigantes. Los leo dentro de un rato largo (pero los leo) ;-)

Wake me up before you go go

a primera hora de la mañanaUn día que pinta malo puede comenzar de cualquier manera: si no escuché el despertador y me quedé dormida, si un rato antes llovió el Diluvio Universal y me dejó olor a humedad en todo un tendal de ropa, con una amiga que me llama por teléfono en esa primera hora tan inoportuna -cuando cada instante cuenta para bañarme y vestirme- para contarme al detalle su nueva conquista amorosa que se parece bastante al juego de las sillas (hay que ubicarse en alguna, aunque sea por cinco minutos), cuando mi hija -que todavía tiene sueño- se rebela ante Cualquier Orden Establecido (desayunar? noooo! lavarme los dientes? por quééé!!! peinarme? no quieroooo!), o un viernes cualquiera en que Cucurullo se queda veinte minutos mirando los goles en el noticiero mientras pierde absolutamente la noción del tiempo (no cualquier tiempo, sino el Tiempo Sagrado de las Ocho Menos Cuarto de la Madrugada) con la taza de café en vilo, exactamente como si estuviéramos de vacaciones en las Bahamas y tuviésemos todo un día de playa por delante.

A primera hora de la mañana en esta casa -y calculo que en muchas casas- el día comienza frecuentemente con la sensación de que nos han robado (a traición y por la espalda) una preciosa media hora que siempre nos anda faltando. Y por supuesto, no podemos invertir el – poco – tiempo – que – queda – para – descontar – tareas – pendientes en lamentar su pérdida, porque en ese caso el faltante de minutos mañaneros sería más grosero todavía.

Así que nos dedicamos a chapotear ese primer charco de la rutina diaria como mejor podemos. Más tarde podré escribirles algo en este blog (antes de irme a trabajar), y las horas se irán acomodando -o no-, hasta saber cómo viene definitivamente el día para cada uno de nosotros. Nos llamaremos cada pocas horas, Cucurullo y yo, para irnos comentando los detalles, los pormenores interesantes que surgen a cada rato: si pudimos concretar algo sobre tal viaje que está pendiente, si nos encontramos con algún amigo, qué tal si invitamos a Fulano a comer mañana, hay que comprarle un nuevo par de zapatillas a la gorda (podremos evitar la estética Barbie por esta vez?). Y después nos reuniremos los tres, un poco antes de la hora de cenar, y compartiremos lo que queda del día.

Si se fijan bien, es una vida bastante sencilla de vivir. Después de todo, no sé si somos tan distintos a las abejas que viven todas juntas en un panal (no es muy diferente un panal a ciertos edificios amontonados en el centro porteño), a las hormigas que se trasladan por arriba y por debajo del hormiguero (como yo y tantos otros deslizándonos por las estaciones de subte, día tras día), o a un rebaño de cabras pastando en medio de la montaña (tan parecido es su ir y venir al de la gente que vive en un country).

-”Querida, qué hay de cenar? Me muero de hambre”- pregunta el Cucurullo trabajador en su versión cabrito, bajando desesperado por la ladera del monte al caer el sol (desesperado porque está hambriento, ya se habrán dado cuenta, no por un interés deportivo en quebrar su marca haciendo running desde las alturas).

- “Hierbas del Mediterráneo en Tierra Mojada”- dice Mi Yo en Versión Cabra Multitasking: hace rato volvió de trepar por allá arriba y de olisquear por acá abajo, de acompañar el crecimiento de su prole (¿tendrán cuaderno de comunicaciones en el colegio cabriteril?) y de acicalarla con el amor universal de toda madre hacia su cría.

La vida de los seres vivos no es tan diferente. Podemos ser organismos unicelulares como los protozoarios, bichos de cuatro patas, o incluso hombres de esos bien orgullosos de su estirpe que esculpen “Conócete a tí mismo” en grandes letras griegas. No importa.

El meollo del asunto es que tendremos que aprender a disfrutar el día, el presente, el ahora, ahora, ahora (escucho el sonido de un chasquido de los dedos devolviéndome a este momento, la respiración de este instante, ahora, ahora, ahora, el minuto que tengo para existir).

Ahora. “La vida es lo que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo otros planes”, cantaba el viejo Lennon.

La vida es esto, y esto es lo que tenemos para disfrutar: los goles con el café, el libro en el subte, mi amiga contándome su historia de amor desesperado por teléfono mientras me visto para irme a trabajar, el ratito en este blog, los sueños de viajar, Cucurullo revisando desesperadamente la heladera cuando llega la noche y la cena no está lista, Mile corriendo por la casa en pijama y toda despeinada.

Si es un mal día o si es el Paraíso, mis queridos, depende de nuestra mirada, o de haber logrado escuchar el chasquido del presente, sin excusas.

Se hace camino al postear

life is a danceNo creo en los finales felices (porque no creo en los finales), pero sí en unos intermedios de la hostia, ya a esta altura se habrán dado cuenta. Antes (cuando era mucho más joven) me enfocaba con energía a etiquetar conceptualmente cada “qué”, pero hoy me interesa disfrutar plenamente el desarrollo de cada “cómo”. En fin, los cambios típicos que empezás a notar en tu forma de pensar cuando te volvés más paciente. O cuando los sacudones del ir y venir te van ordenando las neuronas en la sesera, andá a saber.

Este es el post 201 que escribo al cabo de estos primeros ocho meses de blog, lo que es un hito para mí. Además, entre todos hemos escrito más de 2000 comentarios acá. Ahí ya tienen una idea de “cuánto” hay escrito en estas páginas virtuales.

Y ahora pasemos directamente a lo que les quiero contar, que es el “cómo”.

Empecé este blog como un ejercicio de escritura que nos zampó Alejandro Rozitchner en un taller. Me quejé excesivamente desde el minuto uno, porque no entendía qué era lo que se me pedía que hiciera: yo nunca había prestado atención siquiera a lo que era un blog, pero antes de rehusarme de plano -mi intención original-, me puse a averiguar. Así fue que, fiel a mi estilo de tomar un tema nuevo y darlo vuelta como una media, en pocos días me leí decenas de blogs mientras me desenredaba el pelo frente a la notebook, almorzaba algo a las apuradas o Mile veía una película. Algunos, que ya son libros impresos, los leía en el subte, otros en la pantalla de la PC de la oficina entre una cosa y otra.

Dejé de escribir mails a amigos y conocidos (excepto los laborales y los estrictamente necesarios del tipo “confirmo presencia” o “mañana te llevo el dinero”) y empecé a escribir acá. No tenía ni idea de que este blog se iba a transformar en un vínculo tan importante conmigo misma y con tantos otros.

No sé de dónde surge el momento oportuno y cotidiano para escribir en este blog o para participar de “los que me gustan todavía más que el chocolate”, pero obviamente tengo que elegir y distribuir el tiempo como todo el mundo, así que lo voy haciendo día a día como puedo, de a ratitos, sin arrepentirme nunca de dedicarle energía a esto, porque me encanta leer y escribir: lo disfruto enormemente.

En el medio voy descubriendo a personas nuevas -muchos excelentes bloggers, además- y conociendo más a amigos de siempre que se van acostumbrando a compartir conmigo este espacio (la gran mayoría de ellos entra muy a menudo a ver “qué hay de nuevo”, pero no se anima a comentar nada si no es en una charla de café, y unos pocos ni siquiera pueden asimilar que yo realmente tenga un blog personal).

Ustedes no lo van a creer (no tienen por qué hacerlo) pero intuyo que todo este ida y vuelta me transforma en una persona mejor: poco a poco me parece que me voy expresando con más claridad y honestidad, voy aprendiendo a leer a cada uno (es por eso que me gusta responder cada comentario, porque me ayuda a hacer el ejercicio de escuchar al otro y contestar en función de ese vínculo que vamos construyendo, como en un diálogo), y a exponer anécdotas, pensamientos o emociones que a veces me cuestan sacar a la luz en el medio de la rutina diaria.

Todo eso pasa en este blog desde este lado del monitor. Y se los cuento en este post 201, porque el número suena excesivo: no me di cuenta de que llegamos hasta acá sin que yo les hubiese contado nunca las razones que me impulsaron a escribir todo esto “de un día para el otro”.

Y todavía me río cuando me acuerdo el consejo de Rozitchner para animarme a hacer la primer entrada en este blog: “vos escribí tranquila, que total NADIE LO VA A LEER”. Un humor realista pero bastante cínico, no? Algo así como si un hombre te dijera en medio de una reunión: “si querés sacate toda la ropa, total, a ninguno de nosotros le interesa mirarte”. Es genial.

Increíblemente, ese argumento me generó confianza y entusiasmo, mis queridos, y me decidió a soltar la mano sobre el teclado de la PC: al fin y al cabo, una escribe en un blog personal por el simple placer de hacerlo, no hay obligaciones ni segundas intenciones. Así que “nada se pierde” (by the way, es el nombre del blog de mi amiga Ana, pasen y vean porque es cierto que es imperdible).

Y así es como terminamos encontrándonos por acá unos cuantos, escribiéndonos y leyéndonos como si fuese lo más natural del mundo.

“Sorpresas te da la vida”, decía el borracho de la canción “Pedro Navaja”, se acuerdan?

Nunca es tarde

nuncaestarde Tengo treinta y nueve años, un marido que es el único hombre de esta tierra con quien quiero festejar San Valiente cada año y una hija que es, como cada hijo de cada madre o padre, lo más maravilloso que me sucedió en la vida. Hasta acá, seguramente muchos de ustedes coincidirán o habrán coincidido en el tipo de historia familiar, con más o menos detalle.

Tengo treinta y nueve años y también la ilusión, el sueño, la esperanza de ser mamá otra vez. No me es fácil, no puedo invocar solamente a la Madre Naturaleza para lograrlo, pero hay milagros dando vueltas por todos lados y quién te dice yo salga sorteada para alguno en el que ande implicada una cigüeña.

Y es que intuyo -por puro instinto de supervivencia, por ganas de reírme y disfrutar de lo que queda del día- que nunca es tarde para andar soñando y por lógica consecuencia tampoco es tarde para andar cumpliendo sueños.

Me hago trampa o realmente soy más joven que a los veintipico? En este sentido: ahora tengo celulitis y antes no tenía ni un poco, pero ahora tengo más sueños que antes, también. Hoy sé mejor qué es lo que quiero o admito todo lo que quiero con mucha franqueza y los ojos bien abiertos: a los casi cuarenta se me dio por andar mirando de frente al mundo, sin nada de miedo ni falsos pudores.

También me siento a mis anchas cuando puedo contar lo que me pasa y lo que me gustaría para el futuro. Hay gente que se desespera por darme este consejo que en el pasado yo también he dado tantas veces: “No cuentes tus cosas, no compartas tus proyectos, se te pueden pinchar / quemar / pongan el verbo jodido que quieran acá”. Y pienso si el que se traga eso de poner sus sueños en palabras no termina con el tiempo tragándose los sueños, también.

Y pienso que nunca es tarde para querer algo, ¿y cuál es el problema de admitirlo, al fin y al cabo? El mundo natural es generoso y evidente y abundante, no es solapado ni intrigante ni mucho menos maquiavélico.

Nunca es tarde para soñar, ni para compartir los sueños, y espero que tampoco sea tarde para cumplirlos.

Invocando al espíritu brasileño

soloenbrasil

Díganme qué tiene Marisa Monte que no tenga yo. O Sonia Braga, para ir directamente a los clásicos del género femenino for export de Brasil.

¿Por qué esa gente del país vecino se empecina en mostrarnos su alegría serena con una sonrisa de lo más encantadora, haciendo derroche de esa calidez elegante que tiene cualquier anfitrión con mundo? Ya saben, me refiero a esa mezcla de “mi casa es tu casa” y “bienvenido al paraíso” (que es su casa, justamente, conviene aclararlo).

Mientras tanto yo ando por acá enroscándome en medio de papeles y cemento y me agoto en el intento de simplificarlo todo -sin resultado- en uno de esos días bien complejos que se me avecinan en esta bendita Buenos Aires.

Yo, corriendo. Ellas, espléndidas.

Sém, habrán visto que hoy no estoy de mi mejor humor. Me toca ir remontando el momento. Ando de acá para allá como bola sin manija lidiando con mil trámites personales de todo tipo (familiares, laborales, financieros, midió!!) y, francamente, más tironeada por mis quehaceres concretos que el pichicho con la bikini que tan bien ilustra mi estado de ánimo. El contraste de mi pila de obligaciones con la visión de playa de Río me eyecta sin escalas a mis sueños recurrentes con la tierra del Orden e Progresso.

Es que si que hay que andar tironeado de la cuerda, que sea con estilo.

Sonia Quiero una playa carioca a mi alrededor para sentarme amablemente en medio del la arena a ocuparme de todo lo que me toca. Tendré que abocarme a todo lo mismo de siempre, pero por lo menos podré hacerlo en un contexto más relajado. Eso lo quiero ya mismo. También quiero una bikini como ésa, tal cual como la que ven por allá arriba. De puro envidiosa que me puse del perro, nomás, porque el color no me favorece. Y la sensualidad de Sonia Braga -ya que ando formulando pedidos tan atinados, no quisiera olvidarme de nada importante.

En fin, olvídense de la bikini y todo lo otro: con lo de Sonia Braga ya estoy hecha, mis queridos.

Cosas increíbles que suceden en tu casa cuando tu empleada doméstica se toma vacaciones

quedarseadentro- Te das cuenta de que en la alacena se acumuló un stock de cinco paquetes de galletitas Oreo (es que mientras está en tu casa no come otra cosa?).

- Durante los primeros días no podés reaccionar, de pronto ves que son las diez de la mañana y vos todavía con el pescado sin vender: las camas destendidas, el lavarropas sin cargar y, lo que es peor, los chicos aún no desayunaron ni un vaso de yogur (pero ya se comieron todas las Oreo que habías encontrado).

- Como no sabés dónde ella guarda la plancha, te dedicás a descubrir aquella ropa que tenés archivada en el placard que no requiere planchado: la usás toda junta y en esos días. Te asombrás al verte en el espejo vestida con los pantalones pinzados de lino y las remeras tejidas que se usaban hace veinte años: Ok, de pronto parecés una persona recién salida del túnel del tiempo, pero que se sacó un diez en practicidad (y con diploma de honor).

- Te das cuenta que en el lavadero se ha generado un sobrestock de suavizante para ropa, detergente y Cif con lavandina (hasta hace una semana comprabas uno cada pocos días porque su faltante era considerado una emergencia sanitaria grave, como la de insulina para un diabético).

- Recordás vagamente que ella te repetía a diario que hacían falta más broches para el tender, y ahora cada mañana, al sacar la ropa del lavarropas, caés en la cuenta de que ella tenía razón (y vos seguís con el pescado sin vender: las camas destendidas, sin las Oreo que venían sobrando y, además, sin comprar los broches para colgar la ropa).

- No entendés cómo es que ella necesita tanto tiempo para hacer las tareas domésticas que a vos te llevan solamente unas horitas y nada más.

- Al rato, no podés creer que dedicarle a las tareas domésticas solamente unas horitas y nada más te fastidie tanto y te deje los huesos molidos.

- Ves todas las telas de araña que cuelgan del techo, las marcas de dedos en las paredes y las pelusas de las aberturas: toda la mugre que no viste en meses. Te prometés a vos misma hablar seriamente con ella sobre estos temas cuando vuelva y ser más exigente con la limpieza de ahora en adelante.

- Cuando la ves llegar a tu casa el lunes siguiente: suspirás aliviada, ordenás en la despensa los nuevos paquetes de Oreo que compraste el día anterior, ponés bien a la vista el Cif y el suavizante de ropa y te colgás la cartera al hombro, sin poder creer, todavía, que vas a poder trabajar tranquila y feliz durante el resto del día.