Archive for the 'Todo esto no entra en ningún otro lado! (intimidades)' Category

El año en que vivimos en peligro

para el otro lado 2 Nos pasó de todo en este 2011, y sin embargo fue un año sin TANTO sobresalto: Cucurullo cambió de trabajo y lo hizo con cierto aire de tragedia griega. Ok, el cambio ya se venía previendo al mejor estilo “Crónica de una muerte anunciada”, pero igual todo el asunto nos costó un Perú. Porque así somos Cucurullo y yo: estos cambios nos cuestan, Compartidos De a Dos, todavía más que De a Uno. El Doble, para ser exactos. Pero el Doble a Cada Uno de Nosotros: a él y a mí, lo que suma un Total como de Cuatro, ponele. :-D

Nos pasó de todo, decía. En el medio de su cambio, yo también cambié mis condiciones de trabajo y comencé a pasar más horas fuera de casa. La empleada que me ayudaba con algunas tareas del hogar pasó a ser una abonada full time en mi vida (sí, “Ella” es la persona con la que más hablo por teléfono durante todas aquellas horas del día en que reverbera el sol en la ciudad).

Mile comenzó en el 2011 la escuela primaria, con todo lo que eso implica: más horas en el colegio, tareas para hacer en casa, más exigencias escolares, algún cansancio extra… cambios naturales empujados por su propia infancia que se sucede en forma rápida e inexorable. Al mismo tiempo, mi mamá se jubiló y dejó de trabajar como docente todas aquellas quichicientas horas de lunes a viernes. Y entonces comenzó a visitarnos con más frecuencia, a ser una presencia activa en casa, a estar más vigente como abuela: un milagro imprevisto y sorpresivo para nostros tres (sí, a fin y al cabo, ésta resulta ser una de aquellas maravillas que nos proporciona el paso del tiempo y el crecimiento de hijos y de madres, todo junto & al mismo tiempo). :-)

Creí tener un nódulo mamario, un lunar injustificable, un callo plantar. Todos sustos sin sustento. El final de cada cuento vino con alivios y sonrisas, con la sensación de haber recibido algo así como una segunda oportunidad. Gratis. De rebote.

Planeamos vacaciones sin tiempo, escapadas relámpagos y viajes sorpresivos (no hay caso, en esta familia no se puede agendar nada con dos meses de anticipación). Pero pudimos cumplirlos todos, y disfrutar de esos momentos entre los tres.

Pospusimos indefinidamente las reformas pendientes en la casa o el recambio -presuntamente urgente, para algunos- de modelo del auto (otro año más con esas asignaturas pendientes, y ya van…)

Un detalle no menor: este año pudimos, también, compartir nuestro tiempo con los amigos, con la familia, con los libros y la música que anda dando vueltas por nuestro espacio cotidiano.

Creo que fueron 365 días disfrutados muy al uso nostro. Resumiendo: hubo algunos progresos accidentados e imprevistos, lindas sorpresas -las que ya sabíamos de antemano que íbamos a disfrutar sin medida si es que se daban- y unas cuantas cuentas pendientes por aquí y por allá que resultaron de lo más previsibles. Pero en conjunto, fue un año de ésos que cualquier Pitonisa de Videncia Promedio me pudo haber vaticinado sin errarle demasiado.

En resumidas cuentas, para nosotros éste fue un año mucho, muchísimo “más bueno que malo”. Fue un año con ciertos cambios en algunas pocas cuestiones fundamentales, y en otras, muy propicio para ir a lo seguro.

Sin embargo, el 2012 pinta distinto. Pinta más arriegado, más “a todo o nada”.

No sé a ciencia cierta cómo fundamentar esto que afirmo, es más bien una sensación que tengo sobre cómo vendrán dándose las cosas. Es que a éste lo intuyo como un año bisagra, aunque no pueda decirles a ciencia cierta ni cómo ni por dónde (¿a ustedes no les pasa lo mismo?).

En fin, en una de ésas es porque los años bisiestos ya se prefiguran así, como dicen los viejos.

Pero es que no sé por qué a ciencia cierta pareciera que éste es un año para vivir peligrosamente, caminando al borde de la cornisa.

En una de ésas, algo de esto es lo que quisieron decirnos los Mayas cuando nos advirtieron que lo viviésemos como si fuese el último. ;-) Así que mucho cuidado, mis queridos, me pareciera que vienen soplando profundos vientos de cambio por ahí afuera. Par tutti cuanti. Esténse atentos.

Por eso les deseo que tengan un excelente nuevísimo año, amigos míos. Y que los cambios que se vengan -sean fuertes cual tsunamis, o livianos como ligeras brisas de verano- sean los mejores, los más oportunos y los más adecuados para todos ustedes. ;-)

Por qué no trabajo con Buda / ni soy viuda de Neruda / y otras cuestiones por el estilo

problemas insuperables Sigo pensando -hoy más que nunca- que nos elegimos entre unos y otros, nos buscamos y nos encontramos… no por lo bueno que nos atrae del prójimo, sino entreviendo lo malo que podemos soportar. :-D Si toleramos sus defectos, ¡avanti! Si NO los toleramos, no importa que el Fulano tenga otras virtudes la marrr de lindas, el asunto no prospera y se acabó. Porque en realidad, los defectos indefendibles -propios y ajenos- están conectados con las virtudes que realmente valoramos, y lo que nos gusta o aceptamos del otro es el TODO que viene en el paquete, inclusive lo malo que permite que exista lo bueno.

Un ejemplo cortito y al pie: si me enfermara, discúlpenme todos los maravillosos médicos que han hecho un curso de programación neurolingüística y pueden generar empatía en sus pacientes al minuto cero, pero yo paso de conocerlos en esa instancia: preferiría que me atendiera el neurótico, obsesivo y ególatra Dr. House, que seguro es más incómodo de tratar que un grano en el trasero pero, vieron, el tipo (justamente por eso) termina siendo el más competente y hasta resucita a los muertos que pasan por su ojo clínico. :-D

Hago cursos de respiración, de meditación, sigo en mi búsqueda espiritual del equilibrio, la felicidad y la mar en coche. Pero no me iría a vivir al Tíbet y, honestamente, aunque lo que voy a decir resulte inexplicable para un místico de pura cepa, sería una lástima que Aquellos Para Los Que Trabajo renunciaran al mundo material y simplemente se dedicaran a meditar en posición de loto en la oficina sin pensar en nada más: nos quedaríamos sin clientes, y sin clientes todos los empleados de la compañía tendríamos que ir a buscar trabajo a otro lado, donde hubiese Algunos Señores Materialistas Que Suspiraran por Comprarse Una Casa en Punta del Este y, para llegar a eso, necesitaran contratar a algunos recursos humanos competentes. ;-) Así que prefiero que aquellos señores que habitan las oficinas del microcentro sigan soñando con cambiar el auto todos los años, porque de esa manera el circuito se retroalimenta y yo, cuando salgo de mi curso de meditación, puedo comprarme un lindo par de zapatos de liquidación. ;-)

Cucurullo es ateo, y en consecuencia cree que todo empieza y termina en esta vida. Yo no pienso de la misma manera. Pero entonces veo que, paradójicamente, esto de “dar” y “recibir” es un asunto que a Cucurullo le importa en el Más Acá, y por ende el hombre no anda postergando verbos tan claritos como esos. Él no lo sabe ni le interesa saberlo, pero sus acciones tienen, en promedio, muchas más consecuencias buenas que las de otros señores que conozco que no se pierden una misa.

Cucurullo le pone empeño a cada cosa que hace, y cree que eso que hace tiene que verse plasmado en resultados. Suele decir que cuando no puede demostrar resultados sólo puede demostrar esfuerzo, y mostrar solamente esfuerzo es de llorón, es un poco como quedarse en las intenciones, así que prefiere… ver los resultados. :-D Le gustan las actividades con efectos tangibles: bregar dos horas en el jardín y que quede prolijo todo el pasto, diseñar un mueble para la biblioteca en la sobremesa y que quede calculado el grosor y la altura de cada estante -¡y de cada puertita!- antes de irse a dormir, hacer su trabajo y que no le queden cabos sueltos, contarle a Mile un cuento largo y llegar despierto hasta la última página (lucha a brazo partido contra el cansancio para no quedarse dormido antes que ella). Si Cucurullo fuese más cómodo, más relajado, más “volado”… si todo le diese lo mismo, a lo mejor viviría como un hippie vendiendo mermeladas en El Bolsón. Seguramente entonces hubiese tenido tiempo para leer más ficción y pasarla de lo lindo con los libros de Tolkien, Borges y las tragedias griegas, pero no estaríamos juntos y probablemente nunca hubiésemos podido charlar de todo eso, porque yo nunca lo hubiese conocido en Aquella Consultora Donde Trabajábamos Los Dos y en la Que Todo, Todo lo que Hacíamos se Medía en Resultados Tangibles (un detalle que a mí no me gustaba nada, por cierto). ;-)

Veinte años no es nada, pero un día cualquiera te cambia “algo”

to do Como todos sabemos, el Facebook sirve para reencontrarte con gente de hace mil vidas (haya sido para vos gente significativa o no) y para conocer gente nueva con la que en una de ésas tenés hoy más en común que con la del “reencuentro”.

Puede pasar entonces que nos reunamos nuevamente con los ex compañeros del secundario, de la facultad, del viejo club del barrio. Los integrantes del grupo “Yo estudié con Nora La Rosa” (tremenda profe de matemáticas) no nos vimos todavía, pero estamos en eso. ;-)

Entre tanto encuentro y reencuentro virtual, hace un tiempo descubrí en Facebook a una ex compañera de facultad, una de esas Casi Amigas que todos tenemos por ahí. Con Casi Amiga cursamos juntas toda la carrera de contador público, hace ya muchos años, pero después no nos vimos más: calculen que me recibí a los veintidós y hoy tengo cuarenta, así que cuando nos conectamos de nuevo llevábamos ya casi media vida sin saber nada una de la otra.

Cuando encontré a Casi Amiga en la red social, comenzamos a escribirnos. Yo tenía en la mente a su “Yo” de aquellos años, al que conocía bastante porque nos veíamos todos los días en la facultad. Casi Amiga era en ese entonces una persona sencilla, alegre, divertida. No era una alumna brillante, pero le ponía empeño al asunto. En mi recuerdo todavía estaba vestida con una remera fucsia de mangas con volados que ella usaba mucho y que le quedaba muy bien. Claro, en mi recuerdo ella tenía eternos veinte años y lo bueno de esa edad es que todo lo que te pongas te sienta bárbaro. :-)

En su perfil de Facebook Casi Amiga tenía fotos de su familia: se casó con otro compañero de la facultad, un chico excelente también, y tuvieron una hija que ya tiene once años. “Increíble cómo pasa el tiempo”, le comenté con una lucidez pasmosa (?) en una foto de su hija un día cualquiera. Comenzamos a escribirnos y a leernos mutuamente. Y a conocernos otra vez.

Con esta nueva Casi Amiga virtual yo tenía mucho más en común que con aquella otra de la remera fucsia. Claro, las dos estábamos más grandes y habíamos pasado por muchas cosas. Yo la sentía a ella tremendamente superada, tremendamente sabia, pero no sabía a qué atribuir esa capacidad de transmitir ideas y emociones tan profundas (¿habría sido ella siempre así y yo recién ahora me daba cuenta?).

Casi Amiga me envió un mensaje respondiendo a mi duda existencial, sin saber siquiera que yo tenía esa duda existencial. Casi Amiga había estado muy enferma y se había curado. Pero después la enfermedad había vuelto. En un mensajito en Facebook me había escrito la palabra “metástasis” y yo no terminaba de entender cómo podía tipearse en un teclado esa palabra a nuestra edad.

Casi Amiga me puso en su mensaje, también, su número de celular, porque quería que nos tomáramos un cafecito juntas. “Claro” -le escribí yo- “ahora me voy de vacaciones unos días, pero cuando vuelvo te llamo y nos tomamos ese café”.

Me fui, volví, cuando abrí el Facebook tenía tantos mensajes que se me dio por borrar todo lo viejo y en el medio del entusiasmo, seguramente, también borré sin querer el mensaje con su número de teléfono. Volví a contactar a Casi Amiga, me volvió a dar el número, lo anoté en un papelito junto con los datos de un nuevo traumatólogo que quería consultar y guardé el papelito en la billetera. Cada vez que hacía limpieza de papeles en la billetera, volvía a guardar el papelito para llamar a mi Casi Amiga un día de estos. Y pedir turno con el traumatólogo.

No llegó el día. Ayer a la mañana, con estupor y dolor, terminé sin saber cómo en el Cementerio de la Chacarita para acompañar a su familia en un responso mecánico y nada consolador: Casi Amiga había fallecido a la brevísima edad de 40 años. Me encontré con otros ex compañeros de facultad que tenían los ojos tan asombrados y tan colorados como los míos. Nadie tenía una respuesta sobre lo que había pasado, pero yo, además, tenía muchas preguntas sobre mí misma.

A veces dejo que “no llegue el día” para hacer algo. Pospongo, pospongo, lo que es imposible de permitir cuando es más que probable que el límite de tiempo llegue antes que mi decisión de hacer lo que tengo que hacer. ¿Qué era lo más terrible que podía ocurrir en este caso? Bueno, pues pasó. Y yo, ¿cómo dejé que mi probabilidad de reencuentro con Casi Amiga se convirtiese en la nada misma?

Había una palabra horrible en ese mensaje que ella me mandó y del que ya les conté. Una palabrita que yo empujé al fondo de la memoria y aquí no ha pasado nada: “Casi Amiga está bien, veo sus fotos en Facebook y me doy cuenta de que la está pasando bomba en Cariló”, me dije durante el último fin de semana largo. Y diez días después de publicadas esas fotos, el papelito de mi billetera ya no tiene razón de ser.

Dejamos de hacer cosas buenas, cosas lindas, cosas necesarias. Y no, no tenemos todo el tiempo del mundo para hacerlas.

Para novedades, los clásicos

Renoir A esta hora de la mañana no me vengan con extravagantes batidos de maracuyá ni cupcakes de colores psicodélicos: mi desayuno real -e ideal- es una taza de café con leche (fuerte el café, liviana la leche, hipercaliente todo) y una tostada cualunque. A lo sumo -si ando con un ánimo muy festivo- puedo agregarle al asunto una medialuna de manteca.

La Pantera Rosa que me gusta es muda e intrigante (su orientación sexual me deja más dudas que certezas, por ejemplo), y el Coyote, la infalible versión de la Ley de Murphy que aprendí en mi más tierna infancia (sé que un millonario pagó una fortuna por un capítulo en el que el Coyote atrapa al Correcaminos… pero qué sinvergüenza el hombre éste, pordiós, no entendió nada… hay cosas que NO tenemos derecho a pedir porque NO deben suceder nunca, y se acabó).

Los casorios que me hacen llorar pueden ser más o menos para toda la vida que los otros que no me arrancan ni una lágrima (nadie tiene la bola de cristal) pero los protagonistas parecieran ser un poquito más sensibles que aquellos otros que se preocupan más por lo que piensa la wedding planner que por su media naranja.

Y hablando de llantos varios, los chistes de velorio me hacen llorar a carcajadas exactamente en la misma proporción con la que lloro de tristeza al que se despidió ese día para siempre, y ponen en evidencia el cansancio acumulado y el respeto hacia el que se merece un último saludo que dure toda la noche (una costumbre cada vez más en desuso, como cualquier otra que implique algún sacrificio por los demás).

Las fórmulas de cortesía me gustan todas y las matemáticas, también (me ahorran mucho tiempo). Las personas que improvisan lo inimprovisable (?) me generan desconfianza, pero aquellos otros que cuando es necesario saben sacar un as de la manga -y con estilo- me fascinan desde siempre.

De puro prejuiciosa que soy, los lunes se me hacen difíciles desde temprano y los viernes me parecen una beca (aunque después resulte que el lunes sea bien light y el viernes no tenga tiempo ni para comer un sandwich). Como verán, me pasan y me gustan las mismas cosas que a tantos otros. Es que así somos la gente de a pie, habrán visto, los Fulanos y Menganos que pululamos por la calle. Entonces no sé por qué nos hacen tantas encuestas, sondeos de opinión y análisis de mercado, si es tan fácil sacarnos la ficha… ;-)

Buena semana para tutti cuanti.

La fe, el amor y todo lo demás

mirando más allá
La fe es como el amor: no puede ser impuesta por la fuerza. Es que cada uno cree y siente como puede, como le sale espontáneamente desde las entrañas, el cuore o los lagrimales según sea el caso. Uno defiende el plano emotivo de sus sueños e ilusiones, esa llamita interna que salva las papas (y a los Papas), con todo lo que viene a cuento: uñas y dientes, algún cliché y hasta la vida misma.

Los pongo al tanto de mis sospechas: cada vez estoy más convencida de que uno es como siente… aquello en lo que cree (todo lo demás no importa tanto – tanto -demasiado).

Podemos tener muchos diplomas colgando en la pared y aún así no poder mantenernos a flote ni en tierra firme, porque cualquier oleada de emociones y actos reflejos nos sacude la sesera como si fuese un sonajero amorfo y desvencijado. Podemos maldecir, protestar y reprocharle “pero usted qué se cree” a Fulano y a Mengano, pero si no estamos convencidos de quiénes somos, de nada servirá que levantemos el dedo índice en el aire.

Intuyo que no se trata de esta nueva moda de desarrollar la autoestima (una palabra tan remanida, sí, tal cual) como si fuese una materia que hay que cursar cada verano, sino más bien que se trata creer -porque sí, porque así son las cosas- en nuestro propio valor y de nuestro propio amor (no amor propio, sino el otro) tal como creemos en los de los demás: por puro instinto positivo, como afirmación de la realidad, sin cuestionamientos pseudo neuróticos ni desamparos intelectuales.

No sé cuándo dejamos de creer con firmeza en todo lo que podemos, no sé cuándo dejamos de querernos más que un poco (a pesar de esto o aquello) o de vernos con ojos distendidos, como miran los padres a sus hijos (sin esa mirada cálida y abierta, todo lo otro carece de sentido). Pero qué alivio es este reencuentro del otro lado del espejo, como quien aterriza de un viaje interior y finalmente se rescata. Es que más allá del momento fugaz (o no) en que nos hayamos perdido, este querer y este creer no pueden inventarse de la nada, pero tampoco pueden perderse para siempre.

Take me to Paris

takeme Hay días en los que Una quisiera borrarse del mapa. Del mapa habitual que Una anda recorriendo, sea éste o aquél. Mudarse de país, de historia y de universo. La autora norteamericana Sarah Ban Breathnach llama a esta necesidad de huir hacia adelante: “el síndrome de fritos o revueltos”, es decir, el impulso onírico de soltar el lastre de todos los dilemas habituales y convertirse, por un día al menos, en camarera de un restaurante de comidas rápidas en un pueblito del sur. Entonces Una se imagina que puede disolver todas las tensiones del presente ante la única inquietud de saber si el cliente prefiere sus huevos fritos o revueltos para acompañar el café del desayuno. Y es justamente en ese momento, cuando comienza a envidiar la vida de la camarera que pronuncia esas palabras como un mantra -sostiene Ban Breathnach-, que Una descubre lo crispada que anda su vida personal a veces, y por eso el ánimo se le complica y hasta los sueños se le vuelven raros.

Yo tengo mis propios síndromes personales, también. Uno es el Síndrome “Take me to Paris”. Es que en días como éste quisiera estar paseando por las encantadoras callecitas de París, llegar caminando a la antiquísima iglesia de Saint Germain des Prés, sentarme en el primer banco de madera y organizar ahí mismo mi propia “Résistence”. La resistencia interior, de mente y espíritu, para afrontar con una sonrisa los cambios que propone la vida cada tanto. Es que esos cambios generan temor, porque son desafiantes. Así que si yo pudiera alzarme en armas interiormente, transformarme en mi propia fortaleza, y después soltar amarras y entregarme a lo que venga, con la misma actitud que si el misterio fuese: “¿cómo los prefiere usted, fritos o revueltos?”, entonces la alegría del salto al vacío y el poder de aceptación del aterrizaje forzoso serían otros. Es que hay que ser fuerte para entregarse a la incertidumbre del destino personal, ¿no?.

“Zambúllete en el fragor de la batalla y mantén tu corazón a los pies del Señor” (Bhagavad-Gita).

Si el Señor está en París, y Una también, tanto mejor. ;-)

De qué hablamos cuando hablamos de un blog (de un año)

vuela libreDesde el 30 de junio del 2009 (fecha de inicio de este blog) este espacio acumuló 257 entradas publicadas y 3.970 comentarios escritos entre tutti cuanti. ¿Cómo puede ser? ¿De qué hablamos TANTO, me cuentan? Yo no lo sé exactamente, no podría explicarlo.

Como las mejores cosas que me han sucedido en la vida, este blog fue algo que inicié con más dudas que certezas, por causas que nada parecían tener que ver conmigo, y que sin embargo sostuve en el día a día con más voluntad que paciencia. :-D

He inventado nociones de tiempo de lo más inverosímiles para dedicarle a este blog un rato diario, a pesar de… de todo lo otro que es la vida. Pero de éso (del tiempo, “todo lo otro que es la vida”) hemos hablado también en este espacio que contiene muchos tópicos hilados unos con otros en forma bastante caprichosa, como sucede, todos sabemos, en cualquier charla de café amable y cotidiana con amigos.

Cada vez que publico una entrada nueva me digo: “y bueno, listo, ahora no tengo nada más que decir”. Y ese “no tengo nada más” es un cero absoluto, termino de escribir y me siento vacía, como si este blog fuese un gigantesco Pensadero (palabra robadísima a Harry Potter) en el que deposito cualquier idea capturada por la sesera bajo el riguroso método del azar, tal como se atrapa un insecto que anda dando vueltas en pleno verano. Y entonces, una vez apresado el minúsculo bichito y depositado aquí adentro, me quedo sin nada, ni una sola idea para “más adelante”.

Y sin embargo, los temas -entre ustedes y yo- siguen apareciendo. Y así es como, sin promesas de eternidát, nos seguimos tomando frecuentes cafecitos virtuales por éste y otros blogs.

Por consideración a los comentarios -escritos con generosidad, franqueza y absoluto sentido común- desde hace un tiempo he espaciado la publicación de entradas nuevas (día por medio, en vez de todos los días): no tiene sentido postear continuamente y que todos los comentarios que ustedes han dejado el día anterior no tengan oportunidad de leerse, no? Eso es tirar margaritas a los chanchos y no, no se hace: en mi familia si se enteran, me matan… en cuestiones como éstas, tengo por bien aprendido lo aprendido.

A los que leen, a los que comentan, a los que siguen a los que comentan (por charlas de café “en el mundo real” me entero de que los comentaristas habituales tienen sus “hinchadas”, también, aunque espero fervientemente que desistan del uso de las vuvuzelas para alentarlos), a todos mil gracias por andar por acá, así sea con frecuencia o sólo de vez en cuando. Nadie tiene tiempo que perder, así que el hecho de que pasen y lean, vuelvan y participen, es un honor misterioso y sobre todo, un gesto de parte de ustedes que me emociona un poco.

Este blog es como un hijo sorprendente que viene de uno pero va más allá de uno (bueno, como todos los hijos, no?).

Un Día Negro

emociones expuestasUn Día Negro a lo mejor empieza como cualquier otro, pero de repente se trastoca y todo queda patas para arriba, sin posibilidad de entender nada de nada, excepto eso de sentir mucho dolor en algún momento de todo el tropezón, que es caída también.

Mi mano derecha (MMD, de ahora en más en este post) trabaja desde hace añares en mi casa, y desde hace más añares todavía en la familia de origen de Cucurullo. A veces MMD viene más horas, a veces menos, pero casi todos los días me anda ayudando por acá. Cada tanto me saca de quicio si no pone empeño en la limpieza “a fondo” de la cocina, pero tiene tan buenos sentimientos que su presencia se hace indispensable entre nosotros. Es una persona muy simple, y entrena su amor por los demás en base a una profunda religiosidad que debería envidiarle más de uno del clero oficial.

Pero MMD hace un par de meses que no viene a trabajar a casa: estaba embarazada y la obstetra que la atendía le indicó hacer reposo. El parto estaba ya previsto para estos días, cesárea mediante: el bebé venía con una complicación pulmonar y se hacía urgente operarlo ni bien naciera para permitir que respirara normalmente.

Llegué de mi viaje hace tres días. Me organicé de nuevo la vida, despotricando en el mientras tanto por las mismas boludeces que siempre surgen en toda vuelta: mucha ropa para lavar, la heladera vacía, el trabajo atrasado. Y en eso, ayer, un mensaje: nació el bebé de MMD. Otro mensaje unas horas después: falleció el bebé de MMD.

Inmediatamente se me desplomó el corazón. Como yo “pienso con los pies” (dijo un ex jefe alguna vez), mi mente oscura y confundida se puso a hacer lo único que sabe hacer cuando funciona en piloto automático: ejecutar verbos que implican acción. Y en esa terapia ocupacional me concentré ni bien pude: llamé al celular del esposo de MMD, le ofrecí ayuda para lo que necesitara (que el hombre agradeció pero dignamente rehusó, también: “ya nos vamos a arreglar, usted no se preocupe”), anoté el nombre del sanatorio donde estaba internada MMD (que él, en su estado de shock, apenas recordaba), busqué en internet las coordenadas del lugar para confirmar los datos recibidos, me hice de algún dinero para llevarle a esta familia (lo iban a necesitar, sin dudas, a pesar de la negativa formal de hacía un rato) y sin más me tomé el subte hacia allá.

Llegué a la clínica y vi a MMD hecha un mar de lágrimas, como era lógico de suponer. En el movimiento de mi día, en la ejecución de todas mis idas y venidas, no había reparado en que el dolor es un animal salvaje y misterioso que nunca se presenta con buenas maneras, sino de una forma bestial. Y ahí estaba MMD, la más simple de todas las almas simples y buenas que conozco. Una madraza sin hijo, aferrada al borde de la cama, tratando de caminar para evitar el dolor de la cesárea reciente, del alma, de la mente embotada. Y me dijo la frase más terrible que escuché en mi vida, toda despedazada por la angustia que le salía por la garganta:

- “Me duele todo por dentro y por fuera, señora. Desde esta habitación escuché y escucho llorar a todos los bebés del sanatorio, pero el mío no llora.”

Se me fue el alma a los pies. Y mis pies, mi cabeza, todo el cuerpo mío dejó de pensar. No recuerdo haber sentido tanta compasión por nadie en toda mi vida.

MMD no es mi pariente, ni mi amiga. Pero es el reflejo del dolor de los otros que más me duele, porque me duele como si fuese mío. Y entonces abrazo a ese cuerpo hinchado de leche y de lágrimas, como si no tuviese yo otra manera de salvarme de un aluvión oscuro y atronador que aferrándome a él como sea.

Y después el dinero en la cartera, el celular que suena, todo se vuelve irrelevante. De todos modos, le entrego a su familia el sobre que tan previsoramente mi otro yo (el de hace un rato) había preparado para MMD, pero ya me da vergüenza haber ido hasta allá con esa motivación tan evidente. Me voy de nuevo hacia el subte, confundida por los ruidos de la calle, como si yo emergiera de otro mundo y fuese catapultada de pronto al barrio de Once y viera la ciudad por primera vez. En mi vagón hay un chico de veintipocos que lee un libro: “Análisis Matemático II”. Hay varias mujeres vestidas con ropa color violeta: suéteres, chalinas, camperas. Me miro los brazos: yo también tengo puesto algo violeta. Mirá vos. Y a quién le importa?

Cuando percibís el dolor, lo palpás, lo atravesás, te das cuenta del significado profundo de las cosas. No hablo “del verdadero” significado, porque “verdaderos” o “no verdaderos” pueden ser todos, el sentido superficial y el menos superficial también. No creo que haya que comparar nuestras vivencias con lo más grave que pasa por ahí: que hay hambre en África es una realidad, pero el asunto no es vivir empapados en una vida de dolor porque sucedan cosas tan tristes alrededor nuestro. Lo que sí, cuando ves de cerca situaciones como la de MMD, te das cuenta de que a veces te deprimís por soberanas tonterías, que es momento de madurar y filtrar un poco más aquello que nos provoca malestar, dolor o bronca.

Te llega un mensaje de no sé donde: es un poco ridículo dejarse vencer por cualquier sensación, emoción o pensamiento pedorro que viene a complicarnos la existencia como por acto reflejo. Hay que tomarse el trabajito de contrastar -cada tanto, al menos- lo importante con lo que es realmente insignificante, pero viene camuflado y a veces nos confunde. La cuestión de fondo es no volvernos locos por cosas que valen muy poco.

Hay gente que llora cuando tiene que llorar, y no se queja al cielo ni antes ni después: sólo cuando no le queda más alternativa ni consuelo. Un poquito así de chiquitito, aunque sea, ayer aprendí de esa gente, que de esto sabe mucho más que yo.

No, no son Carrie & Mr. Big

nosotros dos Somos Cucurullo & me en el día de nuestro casorio. Después de ese acontecimiento nos vinimos a pasar la luna de miel a estas playas donde estamos ahora, acá en Buzios, donde también pasamos nuestras primeras vacaciones juntos unos cuantos años antes.

Hoy cumplimos siete años de casados. Como en tantas otras historias de amor, a nosotros nos costó llegar “a los papeles”, pero como dice la canción: no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar. Y acá estamos retratados en ese gran día, yo subida a la punta de mis pies para alcanzar las alturas de Cucurullo (detalle que no se ve en la foto). A partir de ese momento y a lo largo de los años, ha habido otras tantas subidas, y bajadas también: en los momentos lindos nos reímos de toda pavada -con mucha mejor leche que las hienas-, y en los momentos malos… en los momentos malos quién pudiera reír como llora Chavela, pero bueno, digamos que tampoco han sido tantos, así que nos ha alcanzado la dignidad que teníamos disponible para enfrentarlos.

Desde esta nueva luna de miel vivida de a tres (porque Mile disfruta de pasar el tiempo acá con nosotros, también, élla que es la bendición más concreta de esta historia), desde este “aquí y ahora” va este post que comparte un poco nuestros recuerdos con ustedes, los que leen, escriben o pasan por acá cada tanto. ;-)

Adicionalmente se deja traslucir en la imagen mi perfil tan poco griego, pocas veces tan expuesto: es que mi amiga Klaritt -que me quiere mucho y es sensible a la estética de mi tabique nasal-, siempre trata de obviarlo cuando ve que estoy por a salir en alguna foto: “Vero, ponéte de frente que te sale la narííízzz” me dice, y yo inmediatamente acato órdenes y me oriento a la cámara en un perfecto ángulo de 90 grados. Porque no hay como los amigos para que compartan nuestros momentos felices (y los no tanto, también) o para que nos ayuden a lucirnos cuando se presta la ocasión, éllos que saben cómo es de verdad verdadera nuestro rostro lleno de personalidad, único e irrepetible. :-D

Seguimos en contacto, más que seguro.

Sex o no sex (Hamlet reloaded)

saltar la bancaEnciendo el televisor y veo gente linda por todas partes (por todos los canales y por todos los ángulos de su anatomía, me refiero): mujeres con siliconas de todos los tamaños, liposucciones a cuestas, unas cuantas jeringas de botox inyectadas por aquí y por allá, iluminadas por la gracia divina de la luz pulsada y con sus dientes histéricamente blanqueados por un láser.

Veo a señores metrosexuales que esconden implantes de todo tipo (capilar, genital, maxilar, de lo que fuere), adoradores del Dios Viagra desde edades cada vez más tempranas, que saben cuál es su mejor perfil para las fotos y qué es lo que tienen que decir en una entrevista para que las mujeres caigan como chorlas a sus pies.

Y veo que construyen entre ellas y ellos parejas de lo más monas que duran lo que un castillo de naipes: nada. Entonces, cómo es el asunto de la atracción amorosa & fatal entre los Más Lindos de Todos los Lindos? La pasión dionisíaca no está garantizada ni siquiera por nueve semanas y media entre los socios del mismo club de gente eternamente sexy?

Qué nos queda entonces a nosotros, los hombres y mujeres de a pie que no adoramos fanáticamente a su Olimpo de cirujanos, masajistas y centros de estética porque no tenemos que trabajar en los medios ni posar para Playboy? (gracias a Dios!).

En mi contexto de todos los días, muy por fuera del que vi en la televisión, pienso en uno de esos típicos matrimonios en el que ella -la señora esposa- se mata corriendo en cuanta cinta de gimnasio le augure una cintura de avispa, se somete a cuanto tratamiento ortomecular le garantice la juventud eterna, mientras él -su señor esposo-se ausenta dos horas de la oficina para fugarse un rato con una empleada de su misma empresa que no es ni más linda ni con más luces que la señora esposa, pero concursa y gana el casting para la aventura clandestina que les tiene comidos los sesos a los dos.

Definitivamente creo que la atracción puede entrar por los ojos, pero se pasea por nuestras vidas aferrada al órgano sexual por excelencia, que sigue siendo la mente. La pasión se sostiene en el tiempo a través de lo que los seres humanos proponemos como juego, como goce y como disfrute entre dos personas cuando dejamos el egoísmo a un lado y nos dejamos sorprender cada uno por el otro. De lo contrario, la pasión se cae como cualquier músculo flácido y sin uso, y no hay cirugía estética o liposucción que la pueda volver a poner en su lugar.