Un Día Negro a lo mejor empieza como cualquier otro, pero de repente se trastoca y todo queda patas para arriba, sin posibilidad de entender nada de nada, excepto eso de sentir mucho dolor en algún momento de todo el tropezón, que es caída también.
Mi mano derecha (MMD, de ahora en más en este post) trabaja desde hace añares en mi casa, y desde hace más añares todavía en la familia de origen de Cucurullo. A veces MMD viene más horas, a veces menos, pero casi todos los días me anda ayudando por acá. Cada tanto me saca de quicio si no pone empeño en la limpieza “a fondo” de la cocina, pero tiene tan buenos sentimientos que su presencia se hace indispensable entre nosotros. Es una persona muy simple, y entrena su amor por los demás en base a una profunda religiosidad que debería envidiarle más de uno del clero oficial.
Pero MMD hace un par de meses que no viene a trabajar a casa: estaba embarazada y la obstetra que la atendía le indicó hacer reposo. El parto estaba ya previsto para estos días, cesárea mediante: el bebé venía con una complicación pulmonar y se hacía urgente operarlo ni bien naciera para permitir que respirara normalmente.
Llegué de mi viaje hace tres días. Me organicé de nuevo la vida, despotricando en el mientras tanto por las mismas boludeces que siempre surgen en toda vuelta: mucha ropa para lavar, la heladera vacía, el trabajo atrasado. Y en eso, ayer, un mensaje: nació el bebé de MMD. Otro mensaje unas horas después: falleció el bebé de MMD.
Inmediatamente se me desplomó el corazón. Como yo “pienso con los pies” (dijo un ex jefe alguna vez), mi mente oscura y confundida se puso a hacer lo único que sabe hacer cuando funciona en piloto automático: ejecutar verbos que implican acción. Y en esa terapia ocupacional me concentré ni bien pude: llamé al celular del esposo de MMD, le ofrecí ayuda para lo que necesitara (que el hombre agradeció pero dignamente rehusó, también: “ya nos vamos a arreglar, usted no se preocupe”), anoté el nombre del sanatorio donde estaba internada MMD (que él, en su estado de shock, apenas recordaba), busqué en internet las coordenadas del lugar para confirmar los datos recibidos, me hice de algún dinero para llevarle a esta familia (lo iban a necesitar, sin dudas, a pesar de la negativa formal de hacía un rato) y sin más me tomé el subte hacia allá.
Llegué a la clínica y vi a MMD hecha un mar de lágrimas, como era lógico de suponer. En el movimiento de mi día, en la ejecución de todas mis idas y venidas, no había reparado en que el dolor es un animal salvaje y misterioso que nunca se presenta con buenas maneras, sino de una forma bestial. Y ahí estaba MMD, la más simple de todas las almas simples y buenas que conozco. Una madraza sin hijo, aferrada al borde de la cama, tratando de caminar para evitar el dolor de la cesárea reciente, del alma, de la mente embotada. Y me dijo la frase más terrible que escuché en mi vida, toda despedazada por la angustia que le salía por la garganta:
- “Me duele todo por dentro y por fuera, señora. Desde esta habitación escuché y escucho llorar a todos los bebés del sanatorio, pero el mío no llora.”
Se me fue el alma a los pies. Y mis pies, mi cabeza, todo el cuerpo mío dejó de pensar. No recuerdo haber sentido tanta compasión por nadie en toda mi vida.
MMD no es mi pariente, ni mi amiga. Pero es el reflejo del dolor de los otros que más me duele, porque me duele como si fuese mío. Y entonces abrazo a ese cuerpo hinchado de leche y de lágrimas, como si no tuviese yo otra manera de salvarme de un aluvión oscuro y atronador que aferrándome a él como sea.
Y después el dinero en la cartera, el celular que suena, todo se vuelve irrelevante. De todos modos, le entrego a su familia el sobre que tan previsoramente mi otro yo (el de hace un rato) había preparado para MMD, pero ya me da vergüenza haber ido hasta allá con esa motivación tan evidente. Me voy de nuevo hacia el subte, confundida por los ruidos de la calle, como si yo emergiera de otro mundo y fuese catapultada de pronto al barrio de Once y viera la ciudad por primera vez. En mi vagón hay un chico de veintipocos que lee un libro: “Análisis Matemático II”. Hay varias mujeres vestidas con ropa color violeta: suéteres, chalinas, camperas. Me miro los brazos: yo también tengo puesto algo violeta. Mirá vos. Y a quién le importa?
Cuando percibís el dolor, lo palpás, lo atravesás, te das cuenta del significado profundo de las cosas. No hablo “del verdadero” significado, porque “verdaderos” o “no verdaderos” pueden ser todos, el sentido superficial y el menos superficial también. No creo que haya que comparar nuestras vivencias con lo más grave que pasa por ahí: que hay hambre en África es una realidad, pero el asunto no es vivir empapados en una vida de dolor porque sucedan cosas tan tristes alrededor nuestro. Lo que sí, cuando ves de cerca situaciones como la de MMD, te das cuenta de que a veces te deprimís por soberanas tonterías, que es momento de madurar y filtrar un poco más aquello que nos provoca malestar, dolor o bronca.
Te llega un mensaje de no sé donde: es un poco ridículo dejarse vencer por cualquier sensación, emoción o pensamiento pedorro que viene a complicarnos la existencia como por acto reflejo. Hay que tomarse el trabajito de contrastar -cada tanto, al menos- lo importante con lo que es realmente insignificante, pero viene camuflado y a veces nos confunde. La cuestión de fondo es no volvernos locos por cosas que valen muy poco.
Hay gente que llora cuando tiene que llorar, y no se queja al cielo ni antes ni después: sólo cuando no le queda más alternativa ni consuelo. Un poquito así de chiquitito, aunque sea, ayer aprendí de esa gente, que de esto sabe mucho más que yo.