La suerte de la fea

GertrudMi amigo Rodri a menudo me repetía esta máxima muy curiosa extraída seguramente de algún Arcano Gay plagado de conocimientos sobre el Eterno Femenino: “la suerte de la fea / la bonita la desea.”

Cuando el mundo corporativo superpoblado de empleados desquiciados -con los que compartíamos doce horas al día- se volvía difícil de entender, Rodri desempolvaba la vieja frase y así volvíamos al principio: la suerte era una bataclana caprichosa que no reparaba en gastos a la hora de hacerse la difícil para decidir a quién premiaría con sus favores.

Porque con Rodri observamos en nuestro trabajo que “la linda” del cuento, la que supuestamente tiene todo para ofrecer, a menudo se ve superada otra que es “la fea” de la historia y que sin embargo termina quedándose con todos los premios: el mejor puesto de la compañía, la mejor oficina o el mejor sueldo.

Y la razón por la que esto sucedía no la entendí hasta mucho tiempo después, con un ejemplo bien pueril y en circunstancias totalmente distintas.

Tengo una amiga que no es tan linda pero tiene un físico divino, y su secreto es muy obvio: se mantiene delgada como un espárrago más bien lánguido porque se cuida en las comidas y va al gimnasio todos los días menos el primero de enero porque está cerrado (a los veinte años todas podemos estar muy bien físicamente comiendo chocolates a diario, son los beneficios de la extrema juventud, cuando estás al borde de los cuarenta, cuidarte o no cuidarte hace la diferencia, no hay vuelta).

Otra amiga mía -hermosa en su dorada adolescencia y muy indolente en estas últimas décadas- vio de casualidad a esta escultura viviente hoy por hoy tan llamativa, y en seguida disparó: “qué suerte tiene, está espléndida!”. Yo le contesté que me parecía que no era cuestión de suerte, sino de voluntad: mi Amiga “Escultura Viviente” se cuida mucho. Entonces mi Amiga “Qué Suerte” exclamó: “Bueno, pero entonces tiene mucha suerte en tener tanta voluntad para cuidarse.”

Visto así, todo en nuestra vida está signado por la suerte. Pero volvamos al famoso slogan de Rodri: “la suerte de la fea / la bonita la desea.” Todo es suerte porque no vemos lo que hay detrás de ese giro del destino de la fea (de hecho, no queremos volver la vista hacia ella: es que es tan fea!)

“La linda”, la que tiene todo para sobresalir sin esfuerzo ni escándalos, probablemente se haya quedado prendada de todas sus posibilidades, siempre latentes. “La fea” sabe desde el principio que tendrá que luchar más y mejor por conseguir su porción de beneficios, no se le dieron tan naturalmente las condiciones favorables, el juego para ella no está servido, así que tendrá que poner todo su empeño y voluntad para ganar la partida.

Y si pone ese esfuerzo y obtiene su premio, a muchos de los que estamos mirando la película sin ver sus desvelos de backstage nos queda una sensación de malestar: es que nunca pudimos medir todo lo que luchó para llegar ahí. Entonces hasta nos parece injusto que se haya quedado con el premio.

Porque, cómo fue posible? Había alguien mejor capacitado para ese puesto que era obvio que era para Fulanita La Más Bonita? Bueno, si me pongo a mirar hacia atrás, resulta que -salvo en deshonrosas excepciones que no vienen a cuento- Esta Otra Más Bien Fea puso más garra, más empeño y dedicación para obtenerlo, aunque no nos haya caído tan en gracia ni fuera tan popular entre las de buen ver. La primer y obvia candidata estaba, tal vez, tan pagada de sí misma que se olvidó de luchar por lo que supuestamente quería conseguir. Porque estaba segura de que era la ganadora -como la liebre del cuento: sabía que era más veloz que la tortuga- así que pensó que no valía la pena molestarse en competir seriamente, y menos todavía con Esta Otra Más Bien Fea.

Y así sucederá, también, que cuando alguien nos mire fijamente a cualquiera de nosotros como descubriéndonos repentinamente a pesar de habernos visto tantas veces, y suspirando nos diga: “mirá vos, qué suerte que tenés”, pensemos en todo el empeño que pusimos para que esas cosas buenas sucedieran, en todo lo que nos esforzamos para llegar a hacer lo que hicimos. Y entonces sonriamos y respondamos: “es cierto, tuve mucha suerte en tener tanta voluntad para lograrlo.”

Mosquitas muertas & otros insectos menores compatibles

nocheUna noche espléndida y llena de estrellas nos sorprendió a Cucurullo y a mí -muy de novios- en las playas de Pipa, al norte de Brasil.

Ya saben, o se imaginan: mar plagado de piedras negras y lustrosas recayendo al costado de un centro comercial coqueto & escueto, maravillosas callecitas recorridas por turistas vivaces de remeras y soleros coloridos (es el encanto del “espíritu brasileño“). Momento romántico, oscuro de velas tenues y de olas rompiendo allá a lo lejos.

Caminábamos como en sueños, felices en nuestra soledad de a dos, hablándonos, escuchándonos, riéndonos de todo y de nada.

Sin idealizaciones, nada planificado, organizado ni agendable: un momento anárquico y sin defectos.

Y en ese ir y venir al ritmo de las olas, caminando despacio, codo a codo uno con el otro, en medio de las luces amortiguadas y de todas esas risas y sonrisas, en un momento en el que abrí la boca para expresar alguna idea seguramente luminosa y sugerente, justo en ese segundo en que estaba caminando con la boca abierta, me tragué una mosca.

Quiero decir que una mosca evidentemente venía volando en sentido contrario y en la oscuridad yo no la vi y ella no me vio, así que no pudimos esquivarnos. Nos accidentamos sin remedio, fui instantáneamente y sin quererlo más fuerte y poderosa que ella, y como los peces grandes se comen a los peces chicos, en una cadena alimentaria inconcebible me comí la mosca. Literalmente.

Cucurullo es un hombre más bien callado, gente. No taladra a nadie, nunca, con una multitud de palabras. Y adora los milagros estadísticos (esto que me sucedió es bastante improbable que vuelva a suceder, por lo menos eso espero). Y tiene mucha memoria. Es por eso que, aunque esta anécdota pasó hace muchos años, cada vez que alguno cerca o lejos mete la pata y habla demás (puede pasar, créanmé), Cucurullo sentencia, secreteándome a voces y con mirada significativa: “En boca cerrada no entran moscas.”

No, sepan que no, no entran. Ni salen las que han entrado, por desgracia. Y este buen hombre cada tanto me lo recuerda, además.

Así que aquí y ahora (jueves a la noche) pienso, mientras veo tanto político hablando gansadas por la televisión, defendiendo lo indefendible que hacen los inescrupulosos de siempre, pienso, digo, que hay tantos mosquitos en estos días en Buenos Aires, que tal vez no hablar demás -no decir tantas estupideces, pordió!-les evite tener que ingerir, antes o después, urgentes postres improvisados a base de cremas Off.

Disimulá, que total nadie te está mirando

fotógrafaRazones por las que mirás como disimulando que estás mirando aquello que estás mirando:

- a los 15 años, porque estás como a quinientos metros de un chico que te gusta, pero por las dudas desviás un poco la vista para que no se entere de que te tiene muerta de amor.

- a los 20 años, porque no tenés ni idea de qué poner en ese examen diseñado por el Marqués de Sade, pero estás estratégicamente ubicada al lado del nerd de la clase que se sabe todas las respuestas (y éstas seguro que también).

- a los 30 años, porque en el consultorio de tu obstetra te es imperioso calcular mentalmente cuántas pacientes tenés delante tuyo. Si son más de diez, tendrás que esperar ahí plantificada casi una vida entera: se te ocurre pensar que podrías parir ahí mismo de una vez y evitarte el esfuerzo de volver a tu casa.

- a los 40 años, porque te parece que la que pasó al lado tuyo en el subte era una ex compañera de la facultad que siempre fue insoportable y que no ves hace como 15 años. Está divina, toda producida y flaca como un alambre… y vos con las raíces del pelo crecidas como helechos en un país tropical! No, ni loca la pensás saludar, excepto que justo se te siente al lado y no quede más remedio.

- a los 50 años, para no ver ciertos papelones que hacen tus hijos cuando se les da por confundir a la gente haciéndoles creer que fueron muy mal educados por sus padres.

- a los 60 años, porque antes tenés que encontrar los anteojos, así que te parece mejor tener un anticipo de lo que hay que ver y estar segura de si vale la pena levantarse para ir a buscarlos o no.

- a los 15, 20, 30, 40, 50 y 60: porque estás caminando por la calle con tu pareja cuando pasa en sentido contrario una diosa fatal caminando como en una pasarela, así que te es imprescindible parar las antenas para ver si a tu medio limón se le ocurre mirarla. Que ni se le ocurra, porque si se le ocurre, midió, todo lo que se te puede ocurrir decirle con una sola mirada directa a sus ojos y bien de frente.

Salir del placard

asuspies“Salir del placard” salen los gays que dejan de mostrarse con novias oficiales & artificiales y buscan abiertamente ciudadanía en la patria de Ricky Martin (aunque él mismo sea un indocumentado / espalda mojada / sans papiers en su tierra).

Sin embargo, al borde de los cuarenta y sin ser gay (pero sí gay friendly) he comprobado que en la vida uno tiene más de un placard personal del que salir desafiando fornidas cerraduras propias o ajenas (propias, principalmente). Y yo he tenido que salir (o escapar huyendo hacia adelante, según el caso) de varios placards. Como tanta otra gente. Van ejemplos, propios y ajenos (propios, principalmente):

- Aceptar ofertas laborales en las que damos mucho más de lo que obtenemos a cambio (una de estas tres, por lo menos, debe devolvernos la empresa por el esfuerzo y el tiempo que entregamos ahí adentro: alta capacitación / experiencia de la hostia, un sueldo acorde, o disponibilidad de tiempo libre. Si no existe ninguna de las tres ventajas, habrá que moverse hacia otro trabajo, porque permanecer en ese lugar autofabricándonos expectativas que son puro humo nos hace cómplices de la situación, no víctimas).

- Quedarnos atados a relaciones de pareja que nos otorgan una falsa sensación de seguridad exterior, porque disfrazan una comodidad vacía ocupando el espacio que antes correspondía al amor y la alegría. Y entonces nos transformamos en hombres o mujeres más bien tirando a insensibles, pasivos, alejados de esa vida amorosa sana y auténtica que soñábamos “cuando soñábamos”.

- Realizar actividades que nos gustan poco y nada, que aborrecemos o que para nosotros equivalen, simplemente, a una pérdida de tiempo, sin poner algo de empeño en descubrir alguna otra actividad que la reemplace (aunque sea en parte) y que realmente nos apasione, una ocupación que para nosotros valga la pena y a la que podamos dedicarle aunque sea unos pocos momentos del día.

- Compartir tiempo con gente que nos desagrada o nos resulta indiferente, sin elegirla para nuestra vida desde el afecto o la admiración, sino simplemente “porque están ahí”.

- Comer sin hambre “para no tirarlo a la basura”, dormir sin sueño “porque todos en casa duermen”, criticar a nuestros amigos con otros amigos “porque salió el tema / porque sinódequéhablamos.”

Vale decir, actuar de un modo que nos violenta, que no es compatible ni por asomo con nuestra identidad o nuestra forma de ser, por comodidad, por el “qué dirán”, por no pensar en lo que estamos haciendo, y perdiéndonos en el camino a nosotros mismos, ya que estamos.

Salir del placard tiene que ser liberador, aunque al principio parezca un trabajito de esos que solamente encaraba el viejo Hércules. Habrá que hacerlo, chicos. Vos animate, Ricky, que nosotros también, de vez en cuando, aunamos fuerzas y nos animamos.

Una chica Sex and the City va a Mc Donald’s

cajita felizEl problema de los estereotipos es que están destinados a permanecer fijos e inamovibles en el cristalero de la imaginación popular. Es entonces cuando una generación de autoproclamadas fans de Carrie, que delira por la fauna y flora de New York plagada de cocktails Cosmopolitan y zapatitos Manolo Blahnik (pero que vive en Buenos Aires), una década después de haberse aprendido de memoria todo el libreto de la famosa serie “Sex and the City“, no sabe cómo actuaría el famoso personaje si tuviese un hijo en edad escolar que, tarde o temprano, se propusiera aterrizar en un Mc Donald’s atestado de gente como la Bolsa de Tokio, arrastrando a su madre hasta la caja registradora. La sufrida Carrie, siempre vestida de diseñador, usaría zapatitos Manolo en el Reino de Ronald? (nunca, nunca vi una madre con zapatitos Manolo o Jimmy Choo en un Mc Donald’s, supongo que Carrie será la primera).

Habrá de ser una experiencia traumática para cualquiera de “nosotras” (la Carrie original y todas las sucedáneas). Porque luego de haber sido (noten el tiempo pasado) mujeres totalmente independientes, visitantes frecuentes de coquetos restaurantes y, sobre todo, solteras, ahora de un día para el otro (así se siente, por lo menos) sabemos de las incomodidades que implica ser madres de familia de niños pequeños. Por ejemplo, a veces apenas adivinamos qué es lo que comemos (comimos?) y pagamos lo que sea por juguetitos de cartón que acompañan la comida de cartón (el “accesorio que sigue a lo principal”… qué es en este caso lo accesorio, y qué es lo principal?).

No me voy a quejar de mi familia porque está claro que es lo mejor que tengo y supe conseguir (podría escribir un himno en homenaje a lo linda que me salió), pero no les voy a negar que a veces me siento saturada al ver que soy una más dentro de la inmensa cantidad de padres y madres que cohabitan de vez en cuando en este sufriente antro de perdición infantil.

Me molestan las largas colas para hacer el pedido, los menúes exhibidos en esas fotos que nunca coinciden ni por asomo con las minúsculas porciones que nos sirven en las bandejas (a pesar de los colores chillones del packaging, la comida servida ahí, en vivo y en directo, tiene un aire deprimente a comida de cárcel), las proporciones irracionales de los “aderezos” entregados por sus empleados autómatas (cuatro sobrecitos de sal por cada sachet de mayonesa), el espantoso café de filtro o, lo que es rarísimo, la ridícula pretensión de que ese sector de “nueva” cafetería color avellana alias “Mc Café” es un auténtico café gourmet (?).

Los juguetes que acompañan las cajitas felices parecen la muestra gratis de un souvenir para ingenieros enanos (por qué serán tan difíciles de entender esos instructivos dibujados en las bolsitas?) o, lo que es peor, objetos tan deprimentes que no existe juego que se pueda jugar con ellos (qué se hace con la cabeza suelta de una Chica Superpoderosa, fabricada en trapo, que es lo que le tocó a Mile ayer en suerte?).

Si lográs pagar sin que te interrumpan a cada rato con increíbles promociones (le gustaría ampliar su Coca Cola a un bidón de 5 litros de hielo por cincuenta centavos?), te será ejectado del mostrador el pedido lleno de fritangas de tus hijos, las diez piecitas de ese juguete inútil y tu café recalentado. Entonces intentarás amontonar el contenido de las bandejas en una sola, buscar sorbetes y servilletas -que siempre están en la otra punta del local-, tomar de las manos a tus hijos y tu bolso y todos, en desordenada procesión tras la bandeja, se propondrán encontrar una mesa frente al pelotero -querrás vigilar de cerca a tus niños cuando cuelguen como salvajes de la punta de cada uno de esos juegos-. Pero en ese momento, leerás un cartel bien visible y simpático que está pegado en la puerta de ese sector y que reza así: “Pelotero cerrado por festejo de cumpleaños de Fulanito, desde este mismo instante y hasta dentro de dos horas o el momento en que usted colapse, señora, lo que ocurra primero.”

Para rematar la situación, al minuto aparecerá otra “empleada del mes” portando la carta de postres (que tus hijos, que todavía no tocaron la comida de cartón, ya estarán eligiendo). Si en esa hecatombe infantil apenas contenida “del lado de afuera” del pelotero la empleada del mes ofreciera Cosmopolitans entre las madres desesperadas que en otra vida fueron Carries, tendría un éxito rotundo.

La amistad en los tiempos de Steve Jobs

smsHace un tiempo estuvimos viviendo en París unos cuantos meses por temas laborales de Cucurullo. Fue un tiempo, también, en el que el afincarse en esa ciudad podía tansformarse en algo cuasi definitivo, por más que no fuera nuestra idea original. Todo estaba por verse, consolidarse o adivinarse en el camino. Con lo que nos encantannn esos acertijos a Cucurullo y a mí! (esta frase fue escrita con tono irónico, así que no crean una sola palabra de ella). La cosa es que por una vez tuvimos que hacer las valijas con esa sensación de andar atravesando un destino incierto y oscuro. Y ahí nos metimos, en la boca del lobo… sin vocación de odontólogos de animales salvajes. En fin, ya muchos de ustedes conocen todos los detalles de esta historia, así que ahora voy a ahorrarles la experiencia de leer el mismo cuento otra vez.
Al mundo entero le queda claro que París es París y andar recorriendo esa ciudad sin apuro turístico estuvo más que muy bien. Pero de lo que quiero hablarles no es de la ciudad, sino de los amigos que uno hace en esas situaciones de desarraigo. Conocí estando allí, entre tanta gente interesante, a una chica argentina más o menos de mi edad, Marina, con un hijo pequeño, como Mile, y un marido latinoamericano, también. Los tres viviendo temporariamente allá por el trabajo de él. La misma situación que nosotros, pero llevaban unos cuantos años más recorriendo el mundo de esta manera.
El repentino interés por compartir las experiencias que teníamos en ese momento hizo que instantáneamente nos hiciéramos amigas. Teníamos en común eso de que todo el mundo en Argentina nos dijera “pero qué bueno, están viviendo en París!” cuando para nosotras estar ahí tenía algunas implicancias muy diferentes, como por ejemplo integrarnos a una cultura que tiene sus complejidades. Nuestras afinidades en cuanto a estilos de vida y a experiencias compartidas –aún con nuestras diferencias lógicas, obviamente- nos volvieron muy cercanas. Y entonces hablamos de muchas otras cosas también, temas personales que nada tenían que ver con ese “estar fuera de Argentina”: confiamos una en la otra y nos transformamos en amigas reales. Hoy Marina vive en Río de Janeiro y sostenemos esta amistad como podemos, a fuerza de largos mails y de idas y venidas que se cruzan dentro de las páginas de este blog.
Y con este ejemplo les lanzo al ciberespacio mi duda existencial:
Qué es concretamente la amistad? Porque gracias al Facebook, por ejemplo, me he vuelto a conectar con gente que he conocido en diferentes situaciones, gente con la que he compartido un aspecto de mi vida, o varios, también: profesional, escolar o universitario, personal, de búsquedas espirituales y demás. Me he reencontrado con varias compañeras del colegio, por contarles un caso. Con mucha de toda esta gente reencontrada puedo seguir compartiendo más cosas que la puntita del iceberg del pasado, porque puedo rescatar también una forma de comunicarnos y de ver la vida, pero con respecto a otros amigos de aquellos viejos tiempos ya no tengo ni idea de quiénes son, y me asombra ver cómo quedamos cada uno de nosotros “empantanados” en la mente del otro, justamente en ese momento en que dejamos de frecuentarnos. Entonces el reencuentro pasa por tratar de evocar a esa persona que para nosotros era así o asá, con pelos y señales, pero que hoy vaya a saber uno cómo es.
Sucede que hacemos cambios cualitativos muy importantes a lo largo de nuestras vidas, y a veces cuesta reencontrarse con el “uno mismo” de antes y con los otros que acompañaban a ese “uno” un poco perdido en la neblina del recuerdo. Por lo menos, parece más difícil ese reencuentro en la vida real que el simple “click” que implica acceder de nuevo a la vida de esos viejos amigos a través del Facebook.
Y esto de internet, los blogs, las redes sociales, también tienen lo suyo en cuanto a las formas en que aceptamos vincularnos con el mundo ancho y ajeno: me considero una amiga bastante presente de gente que no conozco personalmente, pero con la que tengo mucho en común en cuanto a formas de ver la vida, aficiones literarias o simplemente gustos personales. No he compartido nunca un café con ellos -algunos viven tan lejos que sencillamente no es posible hacerlo-, pero sabemos cosas uno del otro que tal vez en una mesa de bar con los conocidos de siempre no se hablan nunca porque en el desorden de la conversación salen a la palestra, frecuentemente, otros temas más cotidianos e intrascendentes.
Entonces concluyo en que la amistad es un tema de cercanías. Cercanías de espíritu, me refiero. Y de calidad del vínculo compartido en cuanto a inquietudes comunes, aficiones y valores, no sé si tallan demasiado en este asunto el tiempo transcurrido “junto con” o el espacio habitado en común (los años en esa oficina, en la mesa de aquel bar, en el aula de tal facultad).
Importa tanto si compartimos el mismo colegio o el mismo trabajo en la misma empresa? Sí importa, pero únicamente como punto de arranque de ese conocimiento que tienen unos sobre los otros. Me encanta sentarme en un restaurante sabiendo que voy a cenar con mis antiguas compañeras de colegio, con quienes persiste el espíritu de camaradería de aquellos viejos tiempos. Pero de ahí en adelante, para rescatar una relación habrá un trecho largo que recorrer, porque tendríamos primero que provocar el renacimiento de aquellas antiguas amistades que, como bien sabemos, sin algunos gestos de voluntad recíprocos no llegarán a madurar nuevamente.
Es muy raro esto de reencontrarse aquí y ahora con los afectos antiguos y volver a reconocernos (mientras vamos al rescate urgente del pasado para traerlo al presente, algo chamuscado pero a salvo), o también eso otro de volverse visible, en algún momento y lugar, para gente que apenas conocemos pero que es muy afín a nosotros en el aquí y ahora virtuales (porque como “punto de arranque” para compartir una amistad, no sólo está el espacio físico y concreto: la virtualidad también existe, o no?). Son las dos antípodas del clásico “ser amigos” desde siempre y para siempre, esos que sin habernos perdido nunca de vista ni de caminar uno al lado del otro, vamos compartiéndolo todo en el tiempo y en el espacio, como somos con nuestros amigos (pocos o muchos) de toda la vida, o como fueron aquellos amigos de mis padres, a los que ellos se referían con tanto orgullo cuando me decían, con la sencillez de las grandes confesiones: “Fulano es mi amigo”.

Un nuevo comienzo (parte 3 de 3)

bailando3Así que me dediqué a ser feliz -lo más y mejor que pudiera- en mi divina soledad llena de amigos, mientras trataba de agenciarme los dos gatos que me correspondían por solterona asumida. Qué más podía hacer. Y en medio de todo ese movimiento de “no resistencia” y de dejarme llevar por el correr de los sucesos diarios, llegó mi cumpleaños.
Y ese día llamó el Amor de Mi Vida para saludarme. Muy pocas palabras, eh? Mensaje directo: “Que los cumplas feliz” y casi nada más. Como te llama un viejo amigo que solamente aparece una vez al año y sólo porque se acuerda de esa fecha. Así que esta era la nueva relación entre nosotros, o al menos eso parecía. De amigos lejanos. O alejados, ponéle.
Yo iba a hacer una reunión en mi minúsculo departamento de dos por dos (treinta amigos del alma, multitud de empanadas y cervezas, sector fumadores en el baño) y lo invité al ínnntimo festejo al que asistirían, también, algunos amigos en común. De todos modos, asumí que no iba a venir.
Esa noche el Amor de Mi Vida llegó puntual, pero huraño y poco comunicativo. Incómodo, en realidad.Todos los demás (amigos, compañerísimos de trabajo, en fin, la fauna nuestra de cada día) se sentían exultantes porque estaban viendo en vivo y en directo al protagonista de todos mis desvelos, y al mismo tiempo que yo. Algún candidato que revoloteaba por ahí en esos días -y que no había sido invitado- envió esa mañana a mi casa, sin embargo, un ramo de rosas rojas. Rodri -mi amigo gay que rechazaba el lesbianismo, se acuerdan?- desfilaba en una pasarela improvisada de cuarenta centímetros de largo –no había mucho espacio libre, el departamento era de veras minúsculo- con una de las rosas rojas entre los dientes. Me miró significativamente con el pulgar en alto: el Amor de Mi Vida y su temperamento algo hosco de aquella noche habían sido aprobados por este otro hombre al que le debía tanto apoyo en mis momentos de Chica Almodóvar: Mi Mejor Amigo.
Esa noche prácticamente no crucé palabra con el Amor de Mi Vida, porque yo estaba de anfitriona y porque además siempre había una multitud de gente en el medio entre él y yo, pero así y todo se las arregló para ayudarme a atender a las visitas como si fuese parte del Comité de Bienvenida. La cosa siguió así hasta algún momento de la madrugada en que el Amor de Mi Vida comenzó a recoger los platos, las latas de cerveza (que todavía los invitados estaban tomando), los vasitos de café, las servilletas sucias y hasta se puso a barrer el piso, mientras pedía a mis amigos que por favor levantaran las piernas para pasar el escobillón –lo juro, yo no podría inventar ni en mil vidas un detalle así!-. Así que los pocos que quedaban entendieron que la party estaba terminando y que de algún modo los estaban invitando a retirarse. Se pusieron de pie, tomaron sus camperas y bufandas (es que cumplo años en pleno invierrrrno) y se ordenaron en fila como frente a una ventanilla de banco, dispuestos a la estampida en masa. El Amor de mi Vida se colocó su abrigo, también. Yo tomé las llaves: tenía que abrir la puerta de acceso al edificio para que todos pudieran salir.
Cuando el último de mis amigos salió del departamento rumbo al pasillo, sólo quedábamos en el living el Amor de Mi Vida y yo, dispuestos a seguirlos. Pero justo en ese momento se cerró la puerta –nunca quedó en claro si fue él quien la cerró o una corriente de aire- y quedamos nosotros dos –y las llaves- encerrados del lado de adentro. Mientras tanto todos los demás, del lado de afuera, caminaban lentamente rumbo al ascensor.
Lo último que escuché fue la pregunta algo desesperada de mi amiga Gaby: “Y ahora cómo salimos?” y la risa portentosa de Rodri, llegando desde el final del pasillo: “No seas tarada, nena, vos seguí caminando. Después vemos.”
Y así fue el comienzo de los tiempos con el Amor de Mi Vida, alias Cucurullo.

Un nuevo comienzo (parte 2 de 3)

caretasQué es lo primero que hace una mujer que sufre por amor? Facilísimo de responder: llora, baja tres kilos en setentaidóshoras, llama por teléfono doscientas veces por semana al hombre por el que suspira noche y día y se lee de cabo a rabo “mujeres que aman demasiado” o “los hombres son de marte, las mujeres de miércole a vierne”, o cualquiera de esos libros de autoayuda que a lo único que la ayudan es a estar ocupada un rato entre llamada y llamada al hombre en cuestión. También se dedica a torturar a sus amigos contándole al detalle las conversaciones telefónicas con el susodicho y reciente “ex” –en las que el “ex” dijo, en general: “sí”, “no” o “me tengo que ir”-, justamente hasta que llega el momento en que esos amigos también se saturan de ella o se tienen que ir.
Bueno, yo por un tiempo (unos cuantos meses) hice todas esas cosas. Y me autocompadecí bastante por mi vida tan perra, también.
Pero llegó un momento en el que me cansé de ser una víctima de mi debilidad, como dice la canción de “Los auténticos decadentes”. Y necesité hacer algo más por mí misma. Dejé de mirarme el ombligo y me fijé en todo lo que había alrededor y que tan bien me hacía si yo dejaba de boicotear ese pasaje hacia la estabilidad emocional: excelentes amigos, un ambiente ameno de trabajo, la familia, toneladas de libros (a la mierda con “las mujeres que aman demasiado”), tiempo para dedicarle a otros… y mucho, mucho por aprender en este mundo tan ancho y ajeno.
Un día me encontré paseando serenamente por la ciudad, comprometida en algo que no implicaba ese respirar entrecortado y nervioso de la mujer que está en mil cosas y ninguna al mismo tiempo, ni corriendo, trabajando, estudiando u ordenando el departamento a las apuradas: me encontré disfrutando de mi tiempo SOLA, por primera vez, después de tanto Noviazgo con Papeles y jornadas agotadoras de trabajo o de estudio vividas entre aeropuerto y aeropuerto y, después, Apasionantes Encontronazos con el Amor de mi Vida.
Y me gustó lo que veía en mí. Con el corazón roto o no, de todos modos había mucho para ser feliz. Parece un contrasentido, pero no lo es: la felicidad es un momento vivido a pleno, celebrando cualquier verbo en presente, y eso lo podés hacer aunque tengas el corazón roto y aunque la responsabilidad de la rotura haya sido casi toda tuya. Sentirse feliz es de lo más democrático que hay, lo puede hacer cualquiera si se olvida un poco de ser un “personaje melodramático” por un rato, y deja de bloquear la entrada a lo bueno que anda dando vueltas.
Paradojas que se producen a veces: cuando dejé de sentirme una víctima desgraciada, dejé de ser, también, un elefante en un bazar en relación con el Amor de mi Vida. Me refiero a la relación entre su teléfono y el mío, claro, porque él y yo no nos veíamos cara a cara desde hacía meses. Y me refiero a que dejé de arruinarlo todo porque, sencillamente, dejé de llamarlo: había pasado tantas cosas entre nosotros, y habíamos hablado tanto uno con el otro, que ya lo único que cabía en ese espacio vacío era el silencio.
Así fue, también, que un día cualquiera en medio de un curso de no sé qué –teníamos que “hacer número” entre los asistentes, porque uno de los instructores era el novio de una buena amiga mía- conocí a No Me Acuerdo Quién.
No Me Acuerdo Quién tenía –o creo que tenía, porque honestamente No Me Acuerdo, recuerden- el physique du rol de un Presidente de Banco Central. Esa clase de hombres con pinta de muy prolijos que, como decía un amigo mío, nunca harían pis en la bañera mientras se dan una ducha. Muy rubio, también. Lo de ser muy rubio es de una flojera estética importante para mí (detalle subjetivo si lo hay, caramba): los hombres siempre me parecieron mucho más interesantes en su versión “morochos”, no sé por qué siempre me sentí rara frente a un candidato mucho más rubio que yo, es como que me faltaba un contraste bien necesario. Rodri, un amigo gay que comparte mis cánones estéticos, lo resumió en una frase brillante: “Es que el lesbianismo, no, no va, nena”.
Pero No Me acuerdo Quién me invitó a cenar una noche de sábado y, honestamente, fue tan elegante en su forma de invitarme que yo hubiese quedado como una grosera rechazándolo. Así que… dije que sí. Y me llevó a cenar a un lugar paquetísimo. Y el punto es que No Me Acuerdo Quién fue tan correcto y formal que me aburrí como una ostra. No dijo ni una palabra inconveniente, porque todo lo que dijo en esa cena resultó una colección de clichés, y el acartonamiento progresivo me dejó toda contracturada. Media hora después de haberme pasado a buscar por casa –muy puntual- hubiera dado lo que fuera por encontrarme sola de nuevo en mi minúsculo departamento, recostada en el sofá, los pies en alto, comiendo helado del tarro y viendo “Sleepless en Seattle” en video por décima vez. Tenía ventisiete años y ya miraba con simpatía la vida de cualquier solterona. Ya solamente me faltaba comprarme dos gatos y bautizarlos con nombres en sánscrito para tener una vida solitaria y perfecta.
Con No Me Acuerdo Quién no hubo segunda cita: en esa cena yo me aburrí soberanamente y creo que -sólo por pasar el rato- durante el café llegué a plantearle que estaba considerando dejar de depilarme para siempre, como las francesas (eso de que las francesas no se depilan es mentira, pero suena genial para remontar un concurso de bostezos, no es cierto?). Nunca más nos hablamos y supongo que por ahí seguirá, bancocentraleando.
Pero es que entonces lo tuve clarísimo de una vez: ya conocía al Amor de mi Vida, no necesitaba andar buscándolo en otros. Podría superarlo y vivir sin él? Seguramente que sí, podría hacerlo. Me refiero al hecho incontrastable de que yo seguiría por acá, en el mundo de los vivos: no iba a tener un paro cardíaco y morirme al día siguiente. Pero él continuaría siendo el Amor de mi Vida aunque lo negara tres veces y siguiera adelante viviendo la vida de otra. Y también pudiera ser que con el tiempo reconstruyera mi vida en pareja con otro hombre, quién sabe. En ese momento, sin embargo, no tenía ganas de salir a escena travestida de otra mujer superada y perfecta. Era feliz algunas veces, ya les conté, pero también amaba, “sin prisa pero sin pausa”, a alguien con quien no podía estar como yo quería estar, y eso no lo cambiaba con cualquier actitud negadora de superación personal en diez pasos, o en menos de diez neuronas.

(y hablando de números: ya van casi mil doscientas palabras en este post, mis queridos, así que la seguimos la próxima).

Un nuevo comienzo (parte 1 de 3)

yendoY entonces un día cualquiera se terminó el “Noviazgo con Papeles”, como había bautizado un jefe mío a ese matrimonio también mío. Yo era muy joven, el novio había asumido su rol desde hacía más de mil vidas y mi vestido blanco merengue le dio –como se estila en estos casos- la bienvenida a nuestra aniñada vida de recién casados. No recuerdo mucho más de aquel breve matrimonio que terminó, con el tiempo y como era de esperarse, con los papeles de divorcio muy en orden. Porque así fuimos siempre de formales y ordenados, mi Novio con Papeles y yo.
Un detalle “de color”, sin embargo, me viene a la memoria: entre los tantos invitados a la fiesta de bodas, había un ex compañero de trabajo que muchos años más tarde sería mi marido –en segundas nupcias, más maduradas y exitosas-, pero en esos primeros días de fiesta, pompas y circunstancias hubiese sido totalmente impensable semejante vuelta del destino. Y definitivamente, un desorden.
El problema es que el desorden nunca me dejó pensar muy bien. Y yo, con los pensamientos encorsetados y a la deriva –fea combinación- me siento muy incómoda, como bloqueada. Así fue que cuando comencé a salir con este señor que había sido compañero de trabajo, invitado a la fiesta y ya se perfilaba como el Amor de mi Vida, se me tildaron todos los cables que conectaban las neuronas y por un instante entreví el Fin del Mundo. Sé que el asunto así descripto suena de un apasionado romanticismo y de hecho así fue, pero también se tornaba pesado de digerir junto a Todo lo Otro (no sabía bien dónde guardar mi “casi flamante” vestido blanco merengue) y a mí, ya les dije, esos desórdenes descompartimentados no me dejan pensar muy bien.
Así las cosas, fui una novia (cómo, otra vez de novia?) muy difícil para el Amor de mi Vida. Si bien me reía a cada rato de la situación, también lo cuestionaba todo y ponía en juego la relación cada dos por tres. El Amor de mi Vida es un hombre de pocas palabras, pero con sus acciones va demostrando cuál es su intención y sus sueños. Lo suyo es más bien fácil de interpretar cuando le prestás atención en el día a día: si va para adelante, es porque pretende ir por esa senda y no desandarla, a menos que un tsunami de esos que rajan la tierra le abra en dos el camino frente a él. Porque es de tomarse su tiempo para tomar decisiones, pero cuando las toma no se echa atrás: el hombre es muy coherente entre lo que hace, siente y piensa.
Yo, en cambio, estaba pasando por una etapa algo pendular: iba y venía, quería y no quería, sabía todo y al rato no sabía nada. Andaba por la vida a bordo de un temperamento absolutamente inestable y lo que afirmaba a la mañana podía refutarlo a la tarde con la misma seguridad. Francamente insoportable. Pero algo tenía en claro: yo a este hombre lo quería.
Un día, entre las tantas idas y venidas de rigor –él manejaba el auto, yo desandaba nuevamente nuestra historia-, el Amor de mi Vida se cansó. Y justo cuando yo me entretenía argumentando las mil razones por las que no sabía si era buena para nosotros esa idea tan nueva de estar juntos, el auto estacionó frente a mi casa con una frenada en seco. Abrió la puerta de mi lado gentilmente –el Amor de mi Vida no pierde la compostura aunque le rompan el corazón-, me dio la razón y me despidió de su auto y de su vida sin más trámite. Estaba enamorado de mí, pero estaba harto de toda la situación, también, me dijo.
Y así se abrió frente a mí un pozo negro de angustia y de desconcierto: yo había abierto la compuerta de esa ruptura, pero el Amor de mi Vida había cruzado el dintel y cerrado la puerta detrás de él, dejándome de este lado del mundo sola y con el alma rota en pedacitos.

(A no desesperar, mis queridos: esta historia continuará mañana)

Verano pisando asfalto

mamiehija2 No les pasa a veces? Mucho tiempo “en el afuera”, exponiéndonos sin demasiadas ganas, mucho café de máquina de oficina (o de bar) para paliar esos deseos repentinos de dormir la siesta, mucho sudor como souvenir de calle pegajosa e incandescente, y al instante temperatura ambiente de aire acondicionado (alguno, acondicionado como para dar una vuelta por las afueras del polo). Entrar y volver a salir: verbos para pensarlos bien. Para los que nos quedamos en la ciudad en el verano, seguir el ritmo de siempre se hace bastante duro con estas temperaturas agobiantes.

La gente va llegando de sus vacaciones (ya? no se quedaban quince días? que ya pasaron las dos semanas? ay, mirá vos cómo pasa el tiempo!), y nos acumulamos en un ir y venir, de acá para allá, ahora en plan familiar o con amigos, otra vez. El sabor del reencuentro: Off y protector solar.

Y el verano que se deja caer, aplastante y aplastado, sobre la rutina de una ciudad que no quiere abrir los ojos todavía. Habrá que seguir esperando, en el dolce far niente -si se puede, y todo lo que podamos- a que decida volverse, remoloneando y aún en sueños, para despertarla y sonreírle apenas. No sabe -nunca sabrá- de todas las ocasiones en que en estos meses pensamos en abandonarla para siempre.