Leonardo, el Amo y Señor del Transporte Escolar (Capítulo 2 de la Saga: “Aquellos otros hombres importantes de la vida de Una”)

Manhattan Henge Hubo una época en que toda crisis existencial en horario escolar era consultada primero con Leonardo, y después con mi marido. Es que yo ya había detectado, en aquellos primeros instantes de bache emocional, que era probable que Leonardo pudiese encontrarle una solución rápida y eficaz mucho antes que Cucurullo o el mismísimo San Expedito.

A veces me llaman del colegio para avisarme que Mile se siente mal y que prefiere volver a casa. Curiosamente, las estadísticas muestran que tal cosa sucede los días en que todo el grado tiene clase de natación: la mayoría de los chicos del curso de mi hija ha decretado que la clase es más aburrida que discurso presidencial por cadena nacional. Entonces, en ese horario prefieren practicar un nuevo y creativo deporte: lograr que los padres se lleven a los chicos a casa un rato antes bajo la excusa de un dolor de panza, cabeza o clavícula, lo mismo da.

Por eso, cada tanto recibo el fatídico llamado que me trastoca toda la rutina (porque siempre me sorprende en el trabajo, a más de una hora del colegio):

– “¿Hablo con la mamá de Mile? Qué tal, señora, cómo le va. La llamamos desde la secretaría del colegio para avisarle que Mile tiene un dolor en el dedo gordo del pie” (localicemos el dolor en un lugar cualquiera del cuerpo, total, ya es sabido que los chicos lo eligen bastante al azar).

Ahá. Así que siente dolor, mucho dolor. Y tiene que volverse a casa URGENTE.

solutions Hasta tanto yo adquiriera la firmeza necesaria para cortar la racha de excusas de mi hija para faltar a natación diciéndole “hija, te quedás igual, me parece que el dolor es manejable”, el operador logístico de la vuelta a casa tuvo que ser Leonardo, el Señor del Micro: yo lo llamaba en ese mismísimo instante y él, apostado con su celular en la puerta del colegio, coordinaba el regreso de Mile a casa de alguna manera (en auto, micro, minimicro, barco a vapor, lo que tuviese a mano).

Leonardo te lleva a tus hijos al colegio ante cualquier emergencia logística, te los trae de vuelta si no llegaste en horario a retirarlos, te lleva un grado entero a natación, al campo de deportes, museos y/o cumpleaños en el culis mundis. Leonardo sabe qué amiguitas de tu hija vienen de visita a casa los días viernes y te las trae junto con ella, sin costo adicional. Se entera si tu hija se duerme en el viaje, si perdió la campera, si entra al colegio de mal humor… y lo que es mejor: si te parás dos minutos a charlar con él a primera hora de la mañana, te lo cuenta todo. 😉

Tiene una paciencia casi búdica con las mamás que trabajamos y “por ahí no llegamos”, con los papás que apenas pueden estacionar sus autos a primera hora de la mañana -y ocupan el lugar reservado a sus micros-, con los chicos cargados de bolsos – mochilas – abrigos – luncheras, y con las empleadas domésticas que reciben de nuevo a los chicos – bolsos – mochilas – abrigos y luncheras… no siempre en la misma combinación en que fueron entregados todos ellos a tan Noble Institución Educativa.

Por eso va este post, como merecidísimo homenaje al señor que se dedica al Santo Oficio del Transporte de Caudales: lleva y trae lo más valioso que tenemos todos sus clientes, que son nuestros hijos, y lo hace con cariño y vocación de servicio. De alguna manera, mi marido se vio obligado a aceptar esta suerte de “patria potestad compartida” con Leonardo: resulta un trato bastante justo y equitativo (por lo menos, en determinados días y horarios). 😉

Ariel, el peluquero (Capítulo 1 de la Saga: “Aquellos otros hombres importantes de la vida de Una”)

Un milagro Ariel está en mi cabeza desde hace como cinco años ya. Pero no DENTRO de mi cabeza, sino ARRIBA y AL COSTADO DE, literalmente.

Se ocupa de cubrir las canas que van saliendo, de acertarle a la tonalidad del cabello que va creciendo, su iluminación / nutrición / largo y grosor… en fin, de todo lo que “tiene que caer en cascada” de las dendritas para afuera. Por cada sustantivo a estrenar que le agrega al asunto, sé que tendré que pagar un par de billetes demás ni bien llegue el fin de fiesta.

Me ofrece café, las revistas más actuales que todavía no he leído (porque solamente las leo en la peluquería) y un shock de keratina que cuesta lo que un par de botas del mejor cuero argentino diseñadas por la mismísima reencarnación de Pocahontas.

Lo bueno de mi relación con Ariel es que es antigua y descarnadamente honesta, así que en cuanto le huelo la intención, vamos a los bifes sin escalas:

– ¿Por qué me ofrecés el shock de keratina, si ahora no me hace falta? ¡Con todo lo que me pusiste recién en la cabeza ya parezco una torta de crema chantilly!
– Es que mi mujer está embarazada de nuevo y nuestro último hijo tiene apenas once meses. ¿Sabés todo lo que voy a gastar en pañales? ¡Si mis clientas no me empiezan a ayudar, estoy muerto!
– Pero… ¿por qué no lo pensaste antes, querido? “Control de la natalidad”, le dicen. Yo te ayudo, pero tampoco soy la Madre Teresa: hacéme un Touch de Brillo y ya. Hasta ahí llego, pero nada más. Todo tiene un límite.
– Ok, hacéte el Touch de Brillo. Todos los meses.

Adrede, sólo para enojarme, me ofrece su peor sonrisa comercial. Y le acierta, porque en seguida me dan unas ganas locas de zamparle en la cara toda la crema con la que tengo embadurnado el pelo, al mejor estilo “Los Tres Chiflados”. Por supuesto, rápidamente intenta hacer las paces obsequiándome una ampolla super-hidratante que centellea ostentosamente bajo las luces de la vidriera. Y entonces volvemos a ser amigos.

Amigos. “Amigos” es una palabra muy fuerte. Claro que no aplica para este caso. Pero qué reconfortante puede ser a veces eso de saber que hay gente que te conoce y que te espera en algún negocito encantador de tu barrio. Personas que se dedican a un oficio que les gusta, o que por ahí ya no les gusta tanto como antes pero que se las ingenian para encontrarle la vuelta, poniéndole buena actitud y garra en el día a día, sin dejarse vencer por el desgano. A esas personas las vas descubriendo poco a poco, con el tiempo, y ellas también te van conociendo a vos.

A lo mejor no pensás siquiera en estos Geniales Servidores Cuasi Públicos hasta que te cruzás de frente con la vidriera del local, y entonces los saludás haciendo algunos gestos y morisquetas de reconocimiento. O cuando caés en la cuenta de que ya tenés que volver a hacerles una visita para cortarte el pelo, arreglarte las manos, depilarte las cejas o quién sabe qué, y te das una vuelta con toda la intención de contarte las canas y la vida misma junto a estos seres que, mientras trabajan, ejercen el arte de la psicología callejera & ad honorem.

Una de las ventajas del paso del tiempo es que algunos de estos “Seres de Luz” (¿será por el Touch de Brillo?) permanecen al lado tuyo durante un rato más bien largo. Aunque no hay que sorprenderse si un día cualquiera y azaroso, te encontrás frente al secador de pelo con otro señor de sonrisa reluciente -también uniformado de negro- que nada tiene que ver con tu antiguo peluquero entrado en mañas, trucos e hijos. La recepcionista te lo presenta como “Alexis” o “Eric” o algo así.

-Ahá- decís vos, que estás tan sorprendida que ni un “hola” te sale. -¿Y Ariel dónde está, Priscilla? Porque yo SIEMPRE me atiendo con Ariel, no sé si te acordás.
-Sí, sí, claro, pero Ariel ya no trabaja más acá.

La mirada de Priscilla es oscura e impenetrable: la encargada del local está rondando y voy a tener que esperar, como mínimo, hasta el lavado de cabeza en las piletas del fondo para enterarme de qué es lo realmente pasó. ¿Se habrán peleado Ariel y el dueño de la peluquería? ¿O habrá encontrado un trabajo mejor, más rutilante todavía que la ampolla que te llevabas a veces como souvenir?

Mientras tanto, Alexis o Jonathan o como se llame se acerca y me revisa algunos mechones de cabello con mirada experta y autosuficiente.

– Creo que a vos te vendría bien hacerte un shock de keratina -sentencia.

Lo miro fijamente y no, no encuentro ningún motivo ni excusa para enchastrarle la cara de crema. Así que giro en redondo y le digo a Priscilla que prefiero volver otro día. Y ahí mismo decido que ya es tiempo de buscarme una nueva peluquería y destinar el dinero ahorrado en keratina en un buen par de botas nuevas.

Aquél Viejo Mejor Amigo en Esta Vida Nueva

tránsito pedestre

Ayer iba caminando por Florida cuando lo vi. A dos metros venía de frente (si no nos deteníamos o nos desviábamos, nos chocábamos) Aquél Mejor Amigo de Mi Vida Universitaria. “Qué increíble no habernos encontrado antes”, nos dijimos los dos en cuanto caímos en la cuenta de que trabajamos a pocas cuadras uno del otro y sin embargo hace ya como quince años que nos dejamos de ver las caras.

“Estás igual”, nos repetimos cortéstemente, como una letanía. En su caso era cierto: en el inventario rápido que hice, apenas le encontré un par de canas en las sienes y algunas pocas arrugas que delataban el paso del tiempo. Por lo demás, seguía siendo el chico brillante y de actitud humilde que después de un examen espantoso en la facultad te decía: “finalmente aprobé”. “Finalmente” sonaba más dramático de lo que realmente había sido la cosa: Aquél Mejor Amigo se había sacado un diez redondo y contundente, pero no se le antojaba hacer alarde. Nunca. Ni se le ocurría.

La sorpresa de vernos después de tanto tiempo fue enorme. Y el cariño que siempre nos tuvimos seguía estando ahí presente, en ese espacio respetuoso que guardábamos en el medio de los dos, aunque nos chocáramos los hombros y las espaldas con el resto del mundo que caminaba por Florida y Tucumán. Juntos vivimos muchas cosas: estudiábamos en su casa con frecuencia; mi novio de aquel entonces (mi marido después, y mi ex – marido desde mucho después todavía) era su “otro” mejor amigo de la universidad 😉 ; los tres compartimos muchas materias, toneladas de tiempo, nuestras familias, algunos apuntes y miles de cafés.

Los años han pasado y ahora Aquél Mejor Amigo es un respetado Socio de Una Consultora Importante. Además -más que fundamental-, es Todo un Señor Esposo y el Orgulloso Padre de Tres Hijos. Es increíble que todos esos otros títulos le quepan tan ajustadamente a mi querido compañerito de la universidad, plantado en mitad de una peatonal transitadísima del microcentro con aquellos ojos desconcertados de quien nunca entendió que era un estudiante genial y un amigo más genial todavía.

trascendente Se hacía tarde, había que seguir camino y los dos sabíamos que íbamos en direcciones opuestas. Lo abracé fuerte, como solía abrazar a mis viejos amigos en Aquéllos Años que eran tan nuevos. “Me alegró verte”, le dije sinceramente. “Tomemos un café un día de éstos y nos ponemos al día”, propuso. “Dale”, le dije yo, que odio la palabra “dale” pero en esos momentos no me importa.

Intercambiamos tarjetas laborales bien actuales y sonrisas personales que venían de otras épocas.

La alegría de verlo y de saber que el afecto sigue intacto -a pesar de que nuestra historia ya anda medio borroneada-, me iluminó el resto del día.

No sé si alguno de los dos llamará alguna vez para tomarnos ese café pendiente. Ni idea. Pero por un breve instante, sobre esa calle atestada de gente, parecía ser lo más acertado, urgente e insoslayable que tuviera que pasar en este mundo.

La vida de “Uno”

adventure of the seas “La vida de Uno” es la que “Uno” quiere que sea (más o menos, claro, sin caer en grandes delirios). Sólo hay que saber elegir alguno o algunos de todos esos planes que hicimos y que andan sueltos, organizarse un poco y jalar la palanca.

Si es así de fácil… ¿por qué el asunto no funciona como debiera?

Porque los planes de los demás se cuelan en el nuestro y entonces todos se mezclan hasta que ya nadie puede hacer un identikit del de cada cual,
Porque a veces confundimos lo que queremos con lo que podemos
Y lo que podemos con lo que nos conviene.

Porque nos aterran los sueños incumplidos y algún que otro que pueda cumplirse, también (¿en quiénes nos transformaríamos si pudiésemos hacer todo lo que queremos hacer?).

Porque con frecuencia dudamos de nosotros mismos, de nuestros dones y nuestras cualidades, como si fuesen bagatelas que cualquier dios caprichoso pudiera quitarnos a la primera de cambio.

Porque a nadie le gusta que le digan que está para más pero se tira a menos,
Porque nadie conoce el precio justo ni –peor todavía- el valor de cada cosa, así que ni hablar del valor intrínseco de cualquier cuore palpitante que siempre se conjuga en tiempo presente.

Porque teniendo el boleto en la mano, pensamos que el tren que no tomamos hoy todavía vendrá a buscarnos por la estación mañana (¿acaso no tiene fecha de vencimiento, aunque no la descifremos todavía?).

Porque somos imperfectos y no podemos entender por completo las reglas de caminar siempre al filo del mientras tanto, ni la esencia del amor, ni asumir la vida como un juego o el duelo como la otra cara de la moneda.

Porque no podemos conocernos completamente.

Por eso es tan meritorio, tan sorpresivo y trascendente que así y todo respiremos bien profundo y jalemos la palanca.

Eligiendo las batallas que Una quiere ganar

best things

La noche de anoche empezó muy tarde. Es que llegué del centro pasadas las ocho. Por eso anduve dando vueltas por toda la casa con el pescado sin vender: tenía que hacer la comida, ver los cuadernos de Mile, organizar el día siguiente, cambiarme… todo lo que implica “poner la cabeza en modo hogareño”, por decirlo así, pero en un rato muy corto, porque Cucurullo estaba por llegar, muerto de hambre / sueño / tantas cosas.

No tenía mucho tiempo para cocinar largo y tendido, así que improvisé una salsa bolognesa algo “liviana” (a Cucurullo le gusta con mucha, muchísima carne picada, como si moliera una vaca enana y se la pusiera dentro del plato, pero yo tenía poca cantidad de carne en la heladera así que me arreglé con lo que había), herví unos fideos y a otra cosa.

Mientras tanto, puse música. No cualquier música que me gustara y yo ya conociera, ÉSE también fue un error: un compañero de trabajo me había regalado hacía mil vidas un DVD de “Il Divo” que nunca había escuchado (ni siquiera le había prestado atención al grupo, que no conocía más que de nombre), así que decidí sacarlo de su celofán y escucharlo en la mismísima noche de ayer.

Cuando Cucurullo llegó a casa, cayó en la cuenta de que la comida era insulsa y la música estridente e insoportable para su gusto. Para colmo de males, había tenido un día horrible en la oficina y tenía muchas, muchas ganas de contar todos los detalles escabrosos. En síntesis: todo presagiaba una larga, larguísima noche de pésimo humor “en familia”.

Mile ya había cenado más temprano y el menú no le apetecía como para seguir comiendo, así que se fue a su cuarto a leer cuentos con su abuela, que esa noche estaba de visita. Una abuela que está a dieta de carbohidratos y nunca se harta de los libros, así que tomó a Mile de la mano e hizo mutis por el foro inmediatamente (muy piola la vieja, no me digan que no).

Cucurullo y yo nos quedamos solos frente a los tenores y los tallarines.

– En serio te pregunto -me dijo, mirando detenidamente el televisor- ¿quiénes son estos mamarrachos? Encima usan trajes con brillitos… ¡qué hijos de puta!

– Bueno, pero están dando un recital en Los Ángeles. Usar trajes brillantes en L.A. no es grasa para nada, ni siquiera es extravagante.

– No importa, son un pelotazo. Saquemos esto, pordiós.

Apunté a su pecho con la cuchara de madera, mientras revolvía la salsa que -¡recién ahora!- se espesaba un poco.

– Estás muy quejoso, te voy a decir. Me parece que voy a degradarte de rango, porque hoy no estás siendo un marido dulce y comprensivo. Voy a bajarte de categoría.

Medio harto y con la boca llena de pan con queso, preguntó:

– ¿Ah, sí? Y ahora qué me toca ser, ¿a ver? Por ahí me gusta más que ser el marido que tiene que comerse estos fideos tan tristes.

– Sex Toy.

Cucurullo dejó de masticar y me miró, pero no me dijo ni esta boca es mía.

– Sex Toy -repetí, como si él fuera medio lento-. Un Sex Toy no se queja de nada y todo el asunto con él es puro jolgorio, mi amor, así que ahora decidí que quiero uno de ésos. Yo me harté de cocinar sin ganas y me parece que vos no calificás para marido esta noche, así que te ofrezco el puesto, porque todavía está libre. Pero eso sí, si aceptás, no podés hablar. No podés rezongar ni acusarme ni quejarte de NADA DE NADA: ni de la comida, ni de la música, ni por el trabajo.

Cucurullo capituló. Se tragó el orgullo (también el pan con queso) y murió de pie, con hidalguía y dignidad, asumiendo su rol como si nunca hubiera esperado otra cosa de la vida, del destino o qué se yo. Y exactamente así fue como sobraron fideos, bolognesa y toneladas -seguro que varias toneladas- de reproches.

Aunque no todo es color de rosa. En medio de la madrugada, entre un abrazo y un beso en el hombro, me pareció escuchar a Cucurullo decir:

– Ahora sí, regalá ese DVD de mierda, por favor.

La lista de pendientes del día

bajo el agua– Revisar si Mile tiene tarea (a pesar de que al llegar del colegio ella jura y perjura que NO tiene, siempre hay algo).
– Comprar regalo de cumpleaños de la hija de mi amiga que festeja en el fin de semana, pero es que justo HOY tengo el descuento del dos mil por ciento (?) en el shopping (con tanto descuento promocionado por ahí… ¿cómo es que igual gasto una fortuna en regalos? No me lo puedo explicar).
– Pagar el monotributo (otra vez ya venció, cómo se pasan los días).
– Ver los cursos de capacitación que está dando el Consejo Profesional. Anotarme en alguno que pueda cursarse de siete a nueve de la mañana. Tratar de asistir. Objetivo asociado: dejar de pensar en dormir como si dormir fuese un objetivo en sí mismo (para eso, este fin de semana pago el déficit de sueño acumulado y empiezo a dormir ocho horas todos los días y-se-acabó).
– Planificar las comidas para hoy y mañana. Que sean ricas y nutritivas. Ergo, ir a la verdulería. Pero que no se note que los platos son muy sanos para que Cucurullo no se queje con el peor de los insultos, que es “msém, está rico, pero es DEMASIADO light”. 😀
– Comprar los botones para esa camisa a la que se le perdieron algunos. Llevar los trajes de Cucurullo a la tintorería. Bajar el ruedo del jumper de Mile (no, mejor le digo a Silvia -“la chica que trabaja en casa”- que se ocupe del jumper, yo ODIO coser. Y ya que está, que ponga los botones en la camisa, también).
– Revisar si Mile tiene piojos y si la perra tiene pulgas.
– ¿Tirar las medias gastadas de Cucurullo, o dárselas a Silvia para que les haga un zurcido? Me parece que es abusar de Silvia… ¡y del estado de esas medias!
– Llamar a mamá, a mi tía Cristina, a mi suegro, a mis amigas, a la ginecóloga para pedirle un turno y a mi futura analista para ídem.
– Tomar dos litros de agua. Ir al gimnasio o darme de baja, pero NO seguir pagándolo “así”, sin darle uso.
– Sumar todos los pendientes del trabajo que no anoto acá porque están en una lista aparte que es más aburrida que ésta, #Imaginaos.
– Dejar de quejarme de todo lo que tengo que hacer.
– Ayudar a alguno otro que ande por ahí más perdido que yo, aprovechando el resto de energía que me quedaría al NO quejarme.
– Ser tolerante conmigo misma si no cumplo con toda esta lista de pendientes.
– Dar las gracias por el vaso medio lleno y por el espacio vacío de la otra mitad (el aire fresco nos permite respirar un poco, ¿no?).
– Hablando de eso, justamente ESO: RESPIRAR

¿Cómo es su lista de pendientes? ¿Vienen tachando mucho ya?

Pelando las capas de la cebolla

enjoy the silence Hablar hablar hablar y seguir hablándolo todo, hasta el hartazgo. Hasta que las palabras se convierten en sonidos vacíos y el sentido de toda conversación se pierde o nos marea un poco.

Son tiempos en los que se recuerda a cada rato que el derecho a expresarse es primordial y el machacarlo es saludable y necesario, por supuesto. Pero el ejercicio de ese derecho no hace que valga la pena “oírlo todo” ni “decir cualquier cosa”.

Es que hay momentos en los que el ruido a ruido puede más y el “¿Por qué no te callas?” ya no es sólo una pretensión de un rey exasperado cualquiera, sino incluso de gente como Una (gente que a lo mejor tiene más principios que Su Majestad y no anda por ahí matando elefantes… pero que además habla hasta por los codos). 😉

Entonces es mejor apartarse un poco y tomar distancia de aquél mundito como de escenografía que a veces se parece a un shopping en días de descuento, es decir, anda superpoblado de baratijas y atascado en el ruido. Entonces podemos descubrir el silencio. Y volvernos para adentro.

En una de ésas se da el milagro y aparece nuevamente la paz, la conciencia expandida, la alegría innata, la mirada limpia, la sonrisa que resplandece. En una de ésas, insisto, porque parte del secreto es que la búsqueda no sea desesperada. 😉

ecosMe siento más liviana, más fresca. Fueron unos días sin tantos estímulos externos (nada de conversaciones casuales a mi alrededor, nada de televisión, teléfono, computadoras, libros). Esos días aquietaron a mi intelecto por un ratito (“basta de correr la rat race, querido, descansá unos días que bien te lo merecés”, fue la frase con que lo despedí en el momento en que cerré la boca y comencé a escuchar los pajaritos del parque). El cuerpo bien despierto haciendo yoga, o caminando, o simplemente respirando y descansando en serio (sin tomar café, comiendo sano, durmiendo las horas que hay que dormir… es decir, eliminando toxinas que total para qué las quiero conmigo); la mente meditando o en sano reposo, más cerca del cuore que de los crucigramas.

Me callé la boca, pero me reí mucho. Me reí a carcajadas. Bailé todos los días. También lloré un poco, como sucede casi siempre que bajamos los escudos protectores y nos vemos desnudos, tales como somos. Lloré y reí como un bebé, que es tan vulnerable y sin embargo no conoce el miedo, porque sabe que por ahí cerca siempre anda Alguien que lo cuida.

El Amor nos cuida, “si nos descuidamos un poco”. 😉

Ahora he vuelto al mundanal ruido. Pero, como decía el poeta, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Algo habremos cambiado. Para mejor, espero.

Kill Me Now

a traición y por la espalda

– Planchar cualquier cosa. Planchar ropa con olor a humedad: el peor de todos los castigos domésticos.
– Ver una película mal traducida, o con subtítulos llenos de errores de ortografía.
– Reggaeton, karaoke, wachiturros y aledaños.
– Visualizar juntos -en el mismo día y horario- todos los estampados “animal print” del mundo.
– Calzas para salir. Calzas para estar en casa. Calzas como idea general de “me siento regia vestida así”.
– Café quemado o frío. Si es quemado y frío: el peor castigo gastronómico.
– El humor residual que se me queda adosado después de tres días de dieta estricta.
– Lidiar con el mito masculino referido al síndrome pre-menstrual, menstrual o post-menstrual.
– El pelo despeinado / inmanejable cuando hay humedad / con las raíces oscuras / con las puntas florecidas = todas esas combinaciones posibles sumarían el 95% de los días del año. 😉
– Mandar 250 mensajes por el Blackberry y al rato largo darme cuenta de que el sistema no funciona y nadie se enteró de nada.
– Hablar primero, pensar después… y arrepentirme de las dos cosas en simultáneo.
– Que me recomienden una pila de libros nuevos y no recordar el título de ninguno cuando entro a la librería.
– Dejar plantado a alguien por causas de fuerza… menor.
– Necesitar desesperadamente lentes con mayor aumento / más tiempo para hacer todo lo pendiente / una caja de chocolates cuando pinta el bajón.

Los finales felices son sólo el principio

Caminando por Paris Un senador decide candidatearse a la presidencia de los Estados Unidos. El hombre “lucha y se desangra por la fe que lo empecina” (diría el tango), o también, “hace de mierda dulce de leche” (diría un ex jefe mío). Porque el objetivo de este señor es llegar a la presidencia, claro. A pesar de que no cuenta con las mejores cartas para ganar la partida, el tipo se la juega. Contra viento y marea. Y entonces lo consigue… ¡Sí, después de tanta angustia y mala sangre, al fin logra ganar las elecciones presidenciales! Esa es la trama de la película “El candidato”, de 1972, con Robert Redford como protagonista. Lo genial de esa película es, para mí, la escena final más que la trama en sí, porque esa secuencia justifica todo el resto. En esa escena, el equipo de campaña del candidato se enfrenta con el triunfante Senador, alias Robert Redford, que está cómodamente instalado en una suite de un hotel de lujo. El jefe de los asesores le pregunta: “¿Qué sigue ahora, señor Presidente?”, y el Señor Presidente, con una mirada desconcertada, contesta: “No sé, no sé qué siga”.

McKay Es que toda la carne al asador estaba puesta en ganar, y ahora que habíamos ganado… ¿qué era lo que había que hacer? Ya no sabíamos, porque habíamos llegado al límite fijado. Y de ahí “non plus ultra”. Continuar siendo felices por siempre, supongamos. 😉

Los finales felices son sólo el principio. La celebración dura justamente ese ratito que media entre lo que había que hacer para llegar hasta allí, y lo que hay que hacer después para que la cosa realmente funcione. Lo más difícil de todo el asunto es poner las manos en la masa el día después y el que viene después de los despueses, y así ad infinitum.

Te recibiste,
te casaste,
tuviste un hijo, plantaste un árbol, escribiste un libro,
conseguiste el trabajo que tanto ansiabas,
compraste la casa, el auto y el lavavajillas de tus sueños.

Por supuesto, no dejemos pasar la oportunidad de descorchar champagne y festejar mucho mucho lo obtenido. Pero me pregunto si recordamos de vez en cuando que está bueno, también, considerar todo el asunto no ya como el cierre o el final de algo (o como un mullido sofá en el que uno se tira a descansar hasta el olvido) sino como un principio auspicioso, un primer paso que será el envión, en realidad, para seguir andando por ese camino elegido. Un recorrido que se irá construyendo cada día con las ideas, los sueños y la conducta personal que nos han llevado ya hasta allí, y que deben seguir acompañándonos -y renovándose junto a nosotros- para abrirnos paso en el trecho siguiente.

Sigo pensando en las películas, y de pronto caigo en la cuenta de que muchas segundas partes de aquellas historias geniales que nos han gustado tanto, no nos parecen TAN buenas como las primeras: pienso en que en esas segundas partes con frecuencia hay que remar la corriente del río que ya descubrimos en la parte primera; no hay tremendos misterios sobre quiénes son los protagonistas, sino pequeños o grandes desafíos / conflictos / dimes y diretes de una realidad ya conocida por los espectadores, y que se afrontan mejor o peor según sea el caso. Pero la esencia de la trama en sí ya la conocemos. El champagne, probablemente, ya nos lo tomamos en la primera parte, y entonces puede que pensemos que ahora sólo nos queda replicar el resplandor de aquellos viejos reflectores, pero no el descubrimiento de una nueva luz que haga que la historia se reinvente y se sostenga por sí misma.

A menos que cambiemos nuestra expectativa y la proyectemos sobre lo que esperamos de nuestra propia película personal. Al fin y al cabo, ahí pudiera estar el quid de la cuestión: “hacer historia” no debiera pasar por dar el puntapié final con aplausos, banderitas, confites y/o arroz, sino por sembrar cada día una actitud vibrante (me encanta esa palabra), es decir, despierta, esperanzada y cargada de sentido… una actitud “así” puede hacernos vivir plenamente nuestro acontecer cotidiano. Ese acontecer que incluye, también, la próxima temporada de estrenos. 😉

Más de cien motivos (para no cortar de un tajo las venas de este blog)

como te tomo me doy Un día nos decimos “chau, hasta mañana”… pero ese mañana tarda en suceder. O peor todavía, nunca más amanece entre Éste y Aquél.

Pareciera que algo de eso ha pasado en nuestro blog: una vez le dimos la bienvenida al 2012 a estrenar y acto seguido nos despedimos hasta un día de éstos. A casi medio año de aquel post -redondeando- me di cuenta de que me quedé atrapada en los vericuetos del Calendario Maya: es decir, me perdí en medio de un acontecer diario totalmente coyuntural, plagado de detallecitos bien mínimos, y de tanto ver el árbol me tragué el bosque. Entero. Ese bosque por el que paseábamos algunos de los que -por locura o extravío- recalábamos de vez en cuando en este espacio.

Acá estoy. No me morí ni me disolví en la blogósfera, insisto: sólo me extravié un rato. No tengo sentido de la orientación (posta) y por eso me ha costado tiempo y esfuerzo neuronal volver a las fuentes.

No les cuento lo que hice en el mientras tanto porque es muy aburrido. En vez de eso, prefiero contarles algunos de los temas que quise tratar en este blog y que todavía están en el aire. En una de ésas, materializar brevemente estas ideas acá me lleva a desarrollarlas más tarde:

– Vinicius de Moraes dice en una canción que “Detrás de Mandinga hay amor”: ¿es posible que el odio sea la contracara del amor? Algunos dicen que el verdadero desamor es la indiferencia, pero yo no tendría ganas de andar dándole las gracias a algún paspado simplemente porque ostente un gran estilo para malquererme a los porrazos, gente, qué quieren que les diga.

– “Éramos todos amigos hasta que apareció la piñata”: es facilísimo ser amigo del otro cuando no hay intereses en juego, pero si hay que compartir y repartir más que besos y abrazos entre nuestros afectos… ¿cuánto tardará en estallar el lado más miserable y oscuro de nosotros mismos? ¿O acaso el egoísmo es un deporte que sólo se practica entre desconocidos?

– “El poster del cuarto adolescente”: hay quien tenía colgada en su pared a La Mujer Maravilla, mientras que otros ostentamos la foto de aquel Michael Jackson de charreteras doradas, o la de Superman (¿por qué nunca Clark Kent?) o, peor que peor, el fotograma de Top Gun que mostraba a un recio Tom Cruise subido a una moto con una rubia ochentosa atrás de su espalda (sí, yo tuve ese poster, ¿y qué?). El asunto es: ¿Qué podemos decir de nuestros ídolos juveniles? ¿Qué nos gustaba de ellos? ¿Qué nos sigue gustando de ellos aún hoy en día? (y, más interesante todavía: ahora que somos TAN adultos, ¿qué nos parece insufrible de aquellos dioses de pies de barro?). 😉

– Para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero: la listita inmunda & escrita a las apuradas con todos aquellos temas pendientes que exigen inmediata resolución. ¿Es un potente organizador del día / mes / año / década, una expresión de deseo un pelín inservible, un suave motor energético que nos impulsa a ir siempre un poco más allá o la voz demasiado exigente de una conciencia que nunca se acalla?

– El temita de los límites: “Hasta aquí llegó mi amor”. ¿Cuándo saber si ésta, JUSTO ésta es la gota que rebalsa el vaso o “náh, naddda que ver, no seas TAN exagerada/o, querida/o”?. ¿Existe un mecanismo que mida la sensibilidad de la tolerancia que hay en juego en una Relación Equis, el quantum de paciencia involucrado, la fórmula para expresar que uno/a está ya archipodrido/a de una situación, persona o cosa parecida?

En fin, esta es una pequeña muestra de los temas que me he planteado dejar caer por aquí “un día de éstos”, antes o después de quién sabe qué, pero que por lo visto irán actualizando esta bitácora… más bien después (de hoy, no ya “de quién sabe qué”). 😉

Intuyo que brotarán por acá o por allá algunas cuantas ideas compartidas con los lectores, otras tantas miles de palabras cruzadas de ida y de vuelta, más de cien motivos para no cortar de un tajo las venas de este blog (la cuenta es inexacta).

Sólo debo rescatar al “Tiempo para Escribir” que se me había quedado prisionero. Ese “Tiempo” me ha curado tantas heridas, que esta vez me toca a mí hacerme cargo de que Él pueda levantarse de sus cenizas. En eso estamos. 😉

Beso, abrazo y todo lo demás. Nos estamos viendo.




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