Los finales felices son sólo el principio

Caminando por Paris Un senador decide candidatearse a la presidencia de los Estados Unidos. El hombre “lucha y se desangra por la fe que lo empecina” (diría el tango), o también, “hace de mierda dulce de leche” (diría un ex jefe mío). Porque el objetivo de este señor es llegar a la presidencia, claro. A pesar de que no cuenta con las mejores cartas para ganar la partida, el tipo se la juega. Contra viento y marea. Y entonces lo consigue… ¡Sí, después de tanta angustia y mala sangre, al fin logra ganar las elecciones presidenciales! Esa es la trama de la película “El candidato”, de 1972, con Robert Redford como protagonista. Lo genial de esa película es, para mí, la escena final más que la trama en sí, porque esa secuencia justifica todo el resto. En esa escena, el equipo de campaña del candidato se enfrenta con el triunfante Senador, alias Robert Redford, que está cómodamente instalado en una suite de un hotel de lujo. El jefe de los asesores le pregunta: “¿Qué sigue ahora, señor Presidente?”, y el Señor Presidente, con una mirada desconcertada, contesta: “No sé, no sé qué siga”.

McKay Es que toda la carne al asador estaba puesta en ganar, y ahora que habíamos ganado… ¿qué era lo que había que hacer? Ya no sabíamos, porque habíamos llegado al límite fijado. Y de ahí “non plus ultra”. Continuar siendo felices por siempre, supongamos. ;-)

Los finales felices son sólo el principio. La celebración dura justamente ese ratito que media entre lo que había que hacer para llegar hasta allí, y lo que hay que hacer después para que la cosa realmente funcione. Lo más difícil de todo el asunto es poner las manos en la masa el día después y el que viene después de los despueses, y así ad infinitum.

Te recibiste,
te casaste,
tuviste un hijo, plantaste un árbol, escribiste un libro,
conseguiste el trabajo que tanto ansiabas,
compraste la casa, el auto y el lavavajillas de tus sueños.

Por supuesto, no dejemos pasar la oportunidad de descorchar champagne y festejar mucho mucho lo obtenido. Pero me pregunto si recordamos de vez en cuando que está bueno, también, considerar todo el asunto no ya como el cierre o el final de algo (o como un mullido sofá en el que uno se tira a descansar hasta el olvido) sino como un principio auspicioso, un primer paso que será el envión, en realidad, para seguir andando por ese camino elegido. Un recorrido que se irá construyendo cada día con las ideas, los sueños y la conducta personal que nos han llevado ya hasta allí, y que deben seguir acompañándonos -y renovándose junto a nosotros- para abrirnos paso en el trecho siguiente.

Sigo pensando en las películas, y de pronto caigo en la cuenta de que muchas segundas partes de aquellas historias geniales que nos han gustado tanto, no nos parecen TAN buenas como las primeras: pienso en que en esas segundas partes con frecuencia hay que remar la corriente del río que ya descubrimos en la parte primera; no hay tremendos misterios sobre quiénes son los protagonistas, sino pequeños o grandes desafíos / conflictos / dimes y diretes de una realidad ya conocida por los espectadores, y que se afrontan mejor o peor según sea el caso. Pero la esencia de la trama en sí ya la conocemos. El champagne, probablemente, ya nos lo tomamos en la primera parte, y entonces puede que pensemos que ahora sólo nos queda replicar el resplandor de aquellos viejos reflectores, pero no el descubrimiento de una nueva luz que haga que la historia se reinvente y se sostenga por sí misma.

A menos que cambiemos nuestra expectativa y la proyectemos sobre lo que esperamos de nuestra propia película personal. Al fin y al cabo, ahí pudiera estar el quid de la cuestión: “hacer historia” no debiera pasar por dar el puntapié final con aplausos, banderitas, confites y/o arroz, sino por sembrar cada día una actitud vibrante (me encanta esa palabra), es decir, despierta, esperanzada y cargada de sentido… una actitud “así” puede hacernos vivir plenamente nuestro acontecer cotidiano. Ese acontecer que incluye, también, la próxima temporada de estrenos. ;-)

Más de cien motivos (para no cortar de un tajo las venas de este blog)

como te tomo me doy Un día nos decimos “chau, hasta mañana”… pero ese mañana tarda en suceder. O peor todavía, nunca más amanece entre Éste y Aquél.

Pareciera que algo de eso ha pasado en nuestro blog: una vez le dimos la bienvenida al 2012 a estrenar y acto seguido nos despedimos hasta un día de éstos. A casi medio año de aquel post -redondeando- me di cuenta de que me quedé atrapada en los vericuetos del Calendario Maya: es decir, me perdí en medio de un acontecer diario totalmente coyuntural, plagado de detallecitos bien mínimos, y de tanto ver el árbol me tragué el bosque. Entero. Ese bosque por el que paseábamos algunos de los que -por locura o extravío- recalábamos de vez en cuando en este espacio.

Acá estoy. No me morí ni me disolví en la blogósfera, insisto: sólo me extravié un rato. No tengo sentido de la orientación (posta) y por eso me ha costado tiempo y esfuerzo neuronal volver a las fuentes.

No les cuento lo que hice en el mientras tanto porque es muy aburrido. En vez de eso, prefiero contarles algunos de los temas que quise tratar en este blog y que todavía están en el aire. En una de ésas, materializar brevemente estas ideas acá me lleva a desarrollarlas más tarde:

- Vinicius de Moraes dice en una canción que “Detrás de Mandinga hay amor”: ¿es posible que el odio sea la contracara del amor? Algunos dicen que el verdadero desamor es la indiferencia, pero yo no tendría ganas de andar dándole las gracias a algún paspado simplemente porque ostente un gran estilo para malquererme a los porrazos, gente, qué quieren que les diga.

- “Éramos todos amigos hasta que apareció la piñata”: es facilísimo ser amigo del otro cuando no hay intereses en juego, pero si hay que compartir y repartir más que besos y abrazos entre nuestros afectos… ¿cuánto tardará en estallar el lado más miserable y oscuro de nosotros mismos? ¿O acaso el egoísmo es un deporte que sólo se practica entre desconocidos?

- “El poster del cuarto adolescente”: hay quien tenía colgada en su pared a La Mujer Maravilla, mientras que otros ostentamos la foto de aquel Michael Jackson de charreteras doradas, o la de Superman (¿por qué nunca Clark Kent?) o, peor que peor, el fotograma de Top Gun que mostraba a un recio Tom Cruise subido a una moto con una rubia ochentosa atrás de su espalda (sí, yo tuve ese poster, ¿y qué?). El asunto es: ¿Qué podemos decir de nuestros ídolos juveniles? ¿Qué nos gustaba de ellos? ¿Qué nos sigue gustando de ellos aún hoy en día? (y, más interesante todavía: ahora que somos TAN adultos, ¿qué nos parece insufrible de aquellos dioses de pies de barro?). ;-)

- Para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero: la listita inmunda & escrita a las apuradas con todos aquellos temas pendientes que exigen inmediata resolución. ¿Es un potente organizador del día / mes / año / década, una expresión de deseo un pelín inservible, un suave motor energético que nos impulsa a ir siempre un poco más allá o la voz demasiado exigente de una conciencia que nunca se acalla?

- El temita de los límites: “Hasta aquí llegó mi amor”. ¿Cuándo saber si ésta, JUSTO ésta es la gota que rebalsa el vaso o “náh, naddda que ver, no seas TAN exagerada/o, querida/o”?. ¿Existe un mecanismo que mida la sensibilidad de la tolerancia que hay en juego en una Relación Equis, el quantum de paciencia involucrado, la fórmula para expresar que uno/a está ya archipodrido/a de una situación, persona o cosa parecida?

En fin, esta es una pequeña muestra de los temas que me he planteado dejar caer por aquí “un día de éstos”, antes o después de quién sabe qué, pero que por lo visto irán actualizando esta bitácora… más bien después (de hoy, no ya “de quién sabe qué”). ;-)

Intuyo que brotarán por acá o por allá algunas cuantas ideas compartidas con los lectores, otras tantas miles de palabras cruzadas de ida y de vuelta, más de cien motivos para no cortar de un tajo las venas de este blog (la cuenta es inexacta).

Sólo debo rescatar al “Tiempo para Escribir” que se me había quedado prisionero. Ese “Tiempo” me ha curado tantas heridas, que esta vez me toca a mí hacerme cargo de que Él pueda levantarse de sus cenizas. En eso estamos. ;-)

Beso, abrazo y todo lo demás. Nos estamos viendo.

El año en que vivimos en peligro

para el otro lado 2 Nos pasó de todo en este 2011, y sin embargo fue un año sin TANTO sobresalto: Cucurullo cambió de trabajo y lo hizo con cierto aire de tragedia griega. Ok, el cambio ya se venía previendo al mejor estilo “Crónica de una muerte anunciada”, pero igual todo el asunto nos costó un Perú. Porque así somos Cucurullo y yo: estos cambios nos cuestan, Compartidos De a Dos, todavía más que De a Uno. El Doble, para ser exactos. Pero el Doble a Cada Uno de Nosotros: a él y a mí, lo que suma un Total como de Cuatro, ponele. :-D

Nos pasó de todo, decía. En el medio de su cambio, yo también cambié mis condiciones de trabajo y comencé a pasar más horas fuera de casa. La empleada que me ayudaba con algunas tareas del hogar pasó a ser una abonada full time en mi vida (sí, “Ella” es la persona con la que más hablo por teléfono durante todas aquellas horas del día en que reverbera el sol en la ciudad).

Mile comenzó en el 2011 la escuela primaria, con todo lo que eso implica: más horas en el colegio, tareas para hacer en casa, más exigencias escolares, algún cansancio extra… cambios naturales empujados por su propia infancia que se sucede en forma rápida e inexorable. Al mismo tiempo, mi mamá se jubiló y dejó de trabajar como docente todas aquellas quichicientas horas de lunes a viernes. Y entonces comenzó a visitarnos con más frecuencia, a ser una presencia activa en casa, a estar más vigente como abuela: un milagro imprevisto y sorpresivo para nostros tres (sí, a fin y al cabo, ésta resulta ser una de aquellas maravillas que nos proporciona el paso del tiempo y el crecimiento de hijos y de madres, todo junto & al mismo tiempo). :-)

Creí tener un nódulo mamario, un lunar injustificable, un callo plantar. Todos sustos sin sustento. El final de cada cuento vino con alivios y sonrisas, con la sensación de haber recibido algo así como una segunda oportunidad. Gratis. De rebote.

Planeamos vacaciones sin tiempo, escapadas relámpagos y viajes sorpresivos (no hay caso, en esta familia no se puede agendar nada con dos meses de anticipación). Pero pudimos cumplirlos todos, y disfrutar de esos momentos entre los tres.

Pospusimos indefinidamente las reformas pendientes en la casa o el recambio -presuntamente urgente, para algunos- de modelo del auto (otro año más con esas asignaturas pendientes, y ya van…)

Un detalle no menor: este año pudimos, también, compartir nuestro tiempo con los amigos, con la familia, con los libros y la música que anda dando vueltas por nuestro espacio cotidiano.

Creo que fueron 365 días disfrutados muy al uso nostro. Resumiendo: hubo algunos progresos accidentados e imprevistos, lindas sorpresas -las que ya sabíamos de antemano que íbamos a disfrutar sin medida si es que se daban- y unas cuantas cuentas pendientes por aquí y por allá que resultaron de lo más previsibles. Pero en conjunto, fue un año de ésos que cualquier Pitonisa de Videncia Promedio me pudo haber vaticinado sin errarle demasiado.

En resumidas cuentas, para nosotros éste fue un año mucho, muchísimo “más bueno que malo”. Fue un año con ciertos cambios en algunas pocas cuestiones fundamentales, y en otras, muy propicio para ir a lo seguro.

Sin embargo, el 2012 pinta distinto. Pinta más arriegado, más “a todo o nada”.

No sé a ciencia cierta cómo fundamentar esto que afirmo, es más bien una sensación que tengo sobre cómo vendrán dándose las cosas. Es que a éste lo intuyo como un año bisagra, aunque no pueda decirles a ciencia cierta ni cómo ni por dónde (¿a ustedes no les pasa lo mismo?).

En fin, en una de ésas es porque los años bisiestos ya se prefiguran así, como dicen los viejos.

Pero es que no sé por qué a ciencia cierta pareciera que éste es un año para vivir peligrosamente, caminando al borde de la cornisa.

En una de ésas, algo de esto es lo que quisieron decirnos los Mayas cuando nos advirtieron que lo viviésemos como si fuese el último. ;-) Así que mucho cuidado, mis queridos, me pareciera que vienen soplando profundos vientos de cambio por ahí afuera. Par tutti cuanti. Esténse atentos.

Por eso les deseo que tengan un excelente nuevísimo año, amigos míos. Y que los cambios que se vengan -sean fuertes cual tsunamis, o livianos como ligeras brisas de verano- sean los mejores, los más oportunos y los más adecuados para todos ustedes. ;-)

Sobre algo de todo lo sagrado (pero muy de a pie) que acontece bajo el Brillante Signo de Apolo

a través de las aguas Hoy, sábado, amanecí con un Bautismo agendado al Mediodía. En Iglesia Lejana al Hogar, Para Más Datos.

A ver si me explico: de mi familia, yo era la única que “en serio” quería ir al bautismo. Como ante casi cualquier celebración prevista en Iglesia, Templo o Mezquita, yo siento una inclinación espiritual casi ancestral por. Y ni hablar si me invitan personas que “aprecio y esas cosas”. Pero Cucurullo y Mile no tienen mis mismos gustos ni mis mismas inclinaciones, sino las suyas propias. El día amaneció soleado y perfecto y ellos decidieron honrar tal milagro de la naturaleza… en el lago de Palermo. :-D

En otras épocas -hace pocos años- yo hubiese puesto el grito en el cielo, porque en-ese-preciso-momento teníamos planificado un bautismo y sanseacabó. Hoy digo “bien por ellos, que disfrutan del agua purificadora del bautismo, pero con otro rito” y shaestá: cada uno a lo suyo.

Yo asistí al bautismo recoleto y ellos a su mañana en el lago, alimentando patos y paseando en bote.

Al bautismo asistían, también, algunos compañeros de trabajo. No muchos, apenas un puñado. Uno de ellos venía desde el Culo del Mundo, literalmente, y llegó tardísimo. Vino con su familia flameando a los cuatro vientos, todos corriendo por la plaza muy a lo Ingalls para llegar a “Saludar En El Atrio”, al menos.

Terminada la lindísima ceremonia nos abrazamos todos con todos, nos sacamos fotos y nos despedimos. Algunos se iban a almorzar con padres y padrinos, otros seguíamos nuestros destinos por ahí, un poco a la deriva.

Yo caminaba sola por Recoleta, llamando por teléfono a Cucurullo que todavía seguía con Mile dando vueltas al lago, dentro del bote. Me reí de su destino de náufrago porque yo también me sentía un poco de esa manera (me imaginaba como en suspenso dentro del tiempo y del espacio); el sol sobre la cara, los pasos perdidos bajo los árboles; nada de planes ni lugares adonde llegar tarde. Todo el asunto se veía fantástico y yo adivinaba la mirada feliz & una sonrisa radiante detrás / debajo de mis anteojos oscuros.

Quedamos con Cucurullo -casi como en un arrebato, como si fuese una cita a ciegas improvisada- en encontrarnos en el Paseo del Pilar. Él llevaría a una niña hermosa de su mano, y yo… yo lo esperaría vestida de celeste en la Terraza del restaurante “Oasis” (con ese nombre tan promisorio, Cucurullo no podía perderse). ;-) Pero mientras hablábamos los dos por teléfono, todo el tiempo supe que algo se me estaba pasando por alto. Había por ahí un cabo suelto que hacía ruido dentro de mi cerebro. Inmediatamente antes de despedirme de Cucurullo descubrí cuál era: ¡La Familia Ingalls!

Los llamé al celular de Charles y confirmé que la familia entera andaba todavía por el barrio. Quedamos en encontrarnos todos en Ese Lugar de Nombre Promisorio donde nadie podía perderse. ;-)

Cucurullo, Mile, los Ingalls y yo pasamos una tarde muy entretenida, riéndonos mucho y compartiendo mesa a puro sol. Conociéndonos un poco más. Estrenando recuerdos. Pensé entonces que el bautismo pareciera tratarse de renacer a la hora siguiente con una mirada distinta y más bien “crecida”. Literalmente. De comenzar otra vez y descubrirnos en un mundo con perspectivas más anchas que las que acarreamos con nuestras propias creencias archisabidas, casi recitadas de memoria. Y co-creando esas perspectivas con los amigos nuevos, con la familia de siempre, todo bien sencillo y sin tanta vuelta. De una forma casi visceral, intuí que de todo esto se trata vivir “nuestras verdades” con un estilo coherente.

Vivir una vida iluminada por el sol (que para tantos es todavía una metáfora de Dios). Vivirla a pleno. Vivirla con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo (y cerca del agua, ya que estamos en esto de andar soñando cómo queremos vivir). ;-)

Esta es mi oración por estas horas en que voy aprendiendo a elegir mis batallas. Y a las personas con las que quiero compartirlas, también.

Amén.

Los vendedores que nos apadrinan a las ocho de la noche de un día cualquiera

trenes y gentes Vieron que cada uno tiene sus pequeñas tragedias griegas, es decir, esos momentos -personales e intensísimos- en los que llega más rápido la sangre al río y todo el asunto nos genera un pelín de estrés. ;-)

Mi propia pequeña tragedia griega personal (en adelante, MPPTGP) es… perder un tren, a la vuelta de la oficina, cuando cae la tarde y todo en casa está por resolverse en dos minutos y fracción. :-D Así que cuando miro la hora y me veo venir que voy a perder el tren, me traslado hasta la Estación como rezando, pensando en que si Dios Existe y es Bueno, o más bien, si Tengo Un Tujes de la Hostia, puede que la Armonía se restablezca y hasta logre llegar a Salsipuedes (mi barrio) en tiempo y forma. Pero si los astros desafían mis deseos… bueno, no, ahí no hay caso y mi destino estará escrito en una caligrafía bastante fea, como de médico. ;-)

Hoy perdí el tren. Justo hoy, que tenía que bajarme en una estación anterior porque tenía que dejar un traje de Cucurullo en nuestra tintorería de confianza (en adelante, NTDC) antes de volver a casa. Pero buéh, la cosa no se dio como esperaba y todo el asunto iba a terminar, entonces, con más de media hora de demora. Así que nada, automáticamente se activó en mi cerebro la sensación de estar ante MPPTGP (mi propia pequeña tragedia griega personal, vieron que esta es la sigla tan fácil de recordar que pusimos ahí arriba hace un rato, ¿no?). Mi ansiedad de ama de casa part time tenía que ver, en este caso, con poder llegar a NTDC antes del horario de cierre (NTDC era “nuestra tintorería de confianza”, supongo que ya se acuerdan de todas las siglas facilísimas de este post). Un fastidio, cláh (por no llegar a la tintorería, no por lo de las siglas). Sobre todo porque Mile, nuestra gordita hermosa, ya estaba en casa, esperándome tranquilamente para pasar un lindo y divertido rato juntas (en adelante, UL&DRJ).

tienda Pero no había ya nada que hacerle: había llegado tarde a la plataforma de la estación. Entonces respiré profundo en mitad de los pasillos desiertos. Esperé y finalmente me tomé con calma el próximo tren. Cosa asombrosa: llegué a la tintorería just in time -el negocio había cerrado sus persianas, pero aún la empleada que me reconoce como su “hermana gemela separada al nacer” estaba dentro del local, cerrando la caja-. La chica, divina, me abrió la puertita de la reja, me recibió el traje lleno de lamparones de Cucurullo y hasta filosofamos un momento entre las dos sobre cómo pueden los hombres manchar TANTO los trajes cuando almuerzan a las apuradas en un barcito cualunque, pordió. Sin cobrarme por adelantado -insistió con ese asuntito de que ya había cerrado la caja- me repitió un par de veces que qué alegría enorme fue habernos visto. Me sentí como dentro de un episodio de Seinfeld, pero al revés (es que a Seinfeld alguna vez le fue muy mal con los tintoreros y afines). :-D

Había alcanzado el primer mojón de la carrerita a casa. Me sentía bien. Contenta. Y la alegría, bien sabemos, genera nuevas energías y nuevas conexiones entre las dendritas. Así fue como aproveché el desvío de la travesía por la tintorería para ir a la Super Fábrica De Pastas Del Barrio (en adelante, SFDPDB) que quedaba de camino a casa y que todavía estaba abierta. Entré, compré ravioles y pancitos saborizados. Justo en el instante antes de pagar, mi vista recayó -casualmente- en el exhibidor de salsas preparadas. Al instante detecté la que más me gustaba: salsa bolognesa. Me encanta, me fascina, la idolatro. Cucurullo, en cambio, es capaz de morir de amor por 250 gramos de pesto, la salsa que estaba exhibida al lado de la bolognesa. Yo no sé hacer pesto, nunca preparé esa salsa, ni siquiera sé muy bien la lista de ingredientes, pero de pronto intuí que esta noche necesitábamos un sabor (o un platillo) diferente, y este pesto -ya preparado y listo para servir- me hacía sentir una becaria de la cocina. Como una Lewinsky gastronómica, pongámoslé. ;-)

Entonces evalué el aspecto del menjunje como si yo fuese una chef de restaurante cinco estrellas. Le pregunté al empleado que me atendía si realmente la salsa era de “estilo casera”, como rezaba el cartel. Él me juró y me perjuró que sí. Y no sólo eso, también me confesó, haciendo gala de un gran sentido del humor, que tiene una clienta que hace AÑOS que le miente a su suegra sosteniendo que esta salsa la prepara ella, cuando en realidad la compra, sotto voce & desde siempre, en la SFDPDB (la fábrica de pastas, olvídense de mirar la sigla de arriba). Mientras escuchaba al empleado hacer su numerito de stand up, se me ocurría que ella -la chica del cuento- era una psicópata delirante o una mina super inteligente, exactamente una de dos… aunque yo no podía descifrar el enigma así como así. :-D Pero bueno, la cosa es que el vendedor contaba la historia con tanta gracia que me convenció de que la salsa era buenísima, y mientras me reía de la anécdota le compré una generosa cantidad del pesto – apto – para – presumir – ante – suegras – y – afines.

Les resumo: esta noche Cucurullo experimentó el Nirvana. Simplemente, porque en un rapto de inspiración recordé que los espaguettis al pesto son su perdición. Hasta Mile, nuestra gordita, se animó a probar esa sabrosísima salsa “verde y rara” después de habernos divertido un rato jugando a las damas (como ya tenía la cena resuelta al llegar a casa, pudimos dedicarnos un rato más largo a los juegos de mesa). Yo pasé de repetir la salsa bolognesa -mi favorita hasta hoy- pero probé, con nuevos bríos, la salsa preferida de Cucurullo. Y la cena resultó novedosa y muy, muy especial… con apenas un cambio de aire en la rutina cotidiana.

A veces sucede que de alguna manera caprichosa, inconsciente o accidental (y sobre todo, con alguna ayudita de alguien) hacemos algo lindo por otro. Y a ese otro lo hacemos sentir bien. Y nos sentimos bien nosotros mismos, también. El asunto es que esto último viene por añadidura, nomás, lo que hace que el recorrido de toda la cadena de “unos” y “otros” se transforme en un absoluto misterio. :-)

Esas buenísimas “malas costumbres”

por ser elegante no se pierde nada
- desayunar en la cama, todos los días & religiosamente;
- cantar (a los cuatro vientos) en la ducha (a todo vapor);
- vestirnos como para ir a una fiesta sólo para ir hasta la tintorería… a retirar aquella otra ropa de fiesta que mandamos a limpiar, cláh;
- sentirnos inescrupulosamente libres sólo porque una brisita primaveral nos sopla en la cara;
- leer tres libros al mismo tiempo (enganchándonos al instante con aquél que sacamos primero de la cartera, sea cual sea), :-D
- sobrestockearnos de cremas y más cremas para los brazos, las piernas, codos y rodillas: como si fuésemos pulpos y hubiese taaanto que humectar;
- volvernos locos con una serie de TV genial que descubrimos casi por accidente, y tratar de quemar las ocho temporadas en un mes, dividiendo los “tiempos libres” (?) de a cuarenta minutos, que es lo que dura un capítulo;
- hacer de cuenta que tenemos todo el tiempo del mundo, cuando no tenemos ni idea de cuánto, cuándo, cómo ni dónde se detiene el reloj;
- decir “te quiero” y sentir que vibra cada letra en un tiempo presente muy profundo que podría asemejarse a la eternidad (o no, ok, pero quién necesita de tantas precisiones, al fin y al cabo…)
- ponernos pretenciosos y planificar una agenda diaria que solamente podría cumplir Speedy González, para después darnos cuenta de que no hicimos todo, pero sí MUCHO más que si nos hubiéramos propuesto muy poquito. ;-)
- creer que nuestros hijos son la octava maravilla del mundo. Y de vez en cuando creer que los hijos de los demás son la misma cosa, también; ;-)
- hacer de cada día un nuevo comienzo, aunque “ayer” siga siendo “hoy” para muchas cosas, todavía…

Say no more

vacío

Una realidad cada vez más común, como los productos autóctonos “made in China”, o las mentiras políticas for export. Casi casi una peste universal… ;-)

La Experiencia Panchística del Trío Los Panchos (el post viene con data fast food bien gourmet)

Trío Los Panchos Grandes Exitos Viste que trabajás en una oficina y todos los días picás algo al mediodía. O, mejor aún, algún que otro día almorzás opíparamente (porque no es que SIEMPRE almuerces opíparamente, convengamos, sino que de vez en cuando se te da por animarte a más). ;-)

Entre idas y venidas, te conocés muchos de los lugarcitos que pululan por la zona en la que andás tantas horas de lunes a viernes.

O por ahí no, por ahí no te conocés muchos.

Es que, queriendo o sin querer, puede que siempre busques el mismo tipo de lugares para almorzar. Porque tenés un estilo. Una forma de. Y el que busca, encuentra. Encuentra siempre. Y siempre lo mismo. :-D

Un día de aquél año que pasó (sí, creo que fue el 2010), CGC (Compañerito del Grupo Comando) se apersonó por las oficinas portando un dato que a todas luces parecía bastante impresentable: “un lugar buenísimo para comer era aquél local de panchos” (sí, leyeron bien, p-a-n-c-h-o-s) de la calle Suipacha Al No Sé Cuánto.

Por supuesto que CGC se comió, además de los panchos, todas las gastadas de alguna que otra Brujilda Rubia Oxigenada del Sector Correspondiente: ¿Cómmmo que lo very best para comer en el microcentro porteño son los panchos? ¿No hay NADDDA mejor para comer por el barrio, digo yo?

CGC me amenazaba con llevarme un día a su Santuario de Comidas Rápidas, y hacerme experimentar lo que me estaba perdiendo de vivir. Yo lo apuraba -de mala que soy-, pero no te creas que lograba grandes avances: el buen día, a fin de cuentas, nunca llegaba.

La semana pasada y de una vez por todas, el momento se dio: Monsieur le Directeur, CGC y La Bloguera Que Suscribe fuimos a Matty’s y entendimos cabalmente lo que es el Nirvana envuelto en un halo de Mostaza, papas fritas y Coca Cola al tono.

Y reaprendí algo que en el fondo siempre supe: no siempre el mejor plato tiene que venir con cinco tenedores. A veces los mejores momentos de disfrute vienen, de hecho, sin ninguno. ;-)

PD: Ahora yo también, como Monsieur Le Directeur y mi amiguísimo CGC, te recomiendo estos panchos. De a de veras. Muy.

Quejas de bandoneón súper top (costosísimo bandoneón de oro, con incrustaciones en brillantes)

retro3 La rat race nos envuelve a todos, de alguna u otra manera. Imbuidos en el estilo de vida del hámster que corre y corre dentro de la ruedita, nos cansamos intentando llegar a quién sabe qué, ansiosos y medio desesperados. Cuando la vida se te va tratando de parar la olla de la familia quién puede decirte esta boca es mía, pero dejando esas cuestiones elementales que abarcan comida, salud, vestimenta, educación y un techo donde vivir… todo lo demás es, a veces, menos clarito de ver.

Supongamos por un momento que somos unos jodidos multimillonarios y que ya lo logramos todo: tenemos fábricas, inversiones hechas a troche y moche y ahorros bajo el colchón que habilitarán a nuestros hijos a vivir cual jeques petroleros durante sus varias reencarnaciones. La pregunta del millón (valga la redundancia) es entonces: ¿para qué seguir trabajando en incrementar nuestras ganancias? En ese momento de abultados bolsillos y una duda tan flaca, ¿suponemos que pararíamos la rat race y nos bajaríamos satisfechos, diciendo “bueno, y ahora ya está”, o iríamos por más, todavía?

Pareciera que el ser humano, una vez que alcanza el objetivo buscado, se acostumbra rápidamente a lo que tiene y al poco rato ya quiere algo más. La euforia por haber llegado a donde quería llegar no le permite detenerse. El logro de sus expectativas es un escalón que se sube, pero la escalera es infinita.

De ahí se explica la existencia de tantos productos suntuarios con precios extravagantes que los consumidores muy adinerados -que ya tienen satisfechas sus necesidades de gustos comunes- quieren alcanzar para sentirse presuntamente felices. Porque existen áreas del cerebro asociadas al placer que se activan cuando conocemos el valor (¿o el precio?) de algo. El saborear un buen vino tiene consecuencias en las papilas gustativas, pero el saber que la botella cuesta cien dólares activa también otras áreas del cerebro que reconocen estos datos y los valoran de algún modo (sí, pareciera que nuestra parte racional es bastante snob en su sibaritismo más elemental). ;-) Entonces, resulta que el sólo hecho de conocer la existencia de esos bienes ofrecidos en el mercado nos proporciona ya de por sí algún tipo (?) de anhelo por demandarlos en cuanto se ponen a nuestro alcance… o apenitas más allá. ;-)

Según el psicólogo evolutivo David Buss, existen en nuestra psiquis mecanismos que nos han servido a los humanos para abrirnos paso en la Edad de Piedra, pero que en la actualidad nos dejan un pelín fuera de foco con el entorno: son los que posibilitan que nos comparemos con los demás, compitamos con ellos y nos sintamos reconocidos (o no) por los resultados.

Es que en aquellos dorados tiempos precámbricos (?), nuestros antepasados vivían en comunidades pequeñas donde era seguramente más fácil sentirse reconocido por alguna cualidad en la que sobresalieran: era posible destacarse en la caza, la pesca, por ser un buen corredor o tener los mejores atributos sexuales. En algo, seguramente, se podían distinguir, sentirse reconocidos y hasta felices.

En nuestras sociedades urbanas, masivas y casi anónimas, en cambio, la autoestima así concebida tiene muy pocas chances de realizarse: mirar para el costado nunca te hace sentir totalmente pleno, porque siempre habrá una persona que corra mejor, que baile con más gracia, que sea más inteligente, más lindo o que coleccione mejor que uno aparatos de cualquier especie. :-D

Leo y transcribo: “El ser humano se encuentra de alguna manera programado para angustiarse cuando pierde espacio en la jerarquía social, cuando se siente traicionado o solo, cuando hablan mal de él o no se siente reconocido. En otras épocas esa angustia jugaba un rol de alerta para revertir la situación. Hoy, al convivir en sociedades inmensas y con una masiva injerencia en los medios de comunicación, la angustia y la depresión empiezan a ser una luz de advertencia que se prende permanentemente, como las luces testigo del auto cuando hay una falla. [...] Esto de mirar siempre el jardín del vecino no parece muy sano. Efectivamente, hace que mecanismos ancestrales nos jueguen malas pasadas. La envidia también puede entenderse como un mecanismo evolutivo: en la carrera por la supervivencia no sólo es preciso hacer las cosas bien, sino llevarlas a cabo mejor que el prójimo. Como decía Discépolo: ‘Lo importante no es ganar, sino ver al otro perder’. Y esto es tan natural que en alemán hasta existe una palabra para describir el placer que deriva de la desgracia ajena: schadenfreude .Pero en el mundo actual la competencia en pie de igualdad es imposible: hay demasiados ‘competidores’ para usar como vara y siempre habrá varios que nos superen. Así, la envidia que en el pasado podía ser puntual (de individuo a individuo) y ayudarnos a progresar, pasó a ser semipermanente.” (Martín Lousteau, “Economía 3D”)

Así las cosas, creo que los multimillonarios seguirán sufriendo sus costosísimas penas a bordo de la rat race.

Zapatero, a tus zapatos (aunque es mejor aún si vas a los zapatos de “Ella”)

shoes change Ricky Sarkany tiene razón: los hombres deberían aprender a regalarle zapatos a una mujer. Es un detalle sexy, creativo (hay muchos diseños entre los que pueden elegir, señores, créanme) y, en general, bastante más accesible que ciertos regalos cualunques. ;-)

Además, los pies de una mujer suelen ser un poco más estables que otras partes del cuerpo: el busto se cae o se levanta, se achica o se asilicona… algunos pares de lolas parecieran cambiar de forma y de tamaño con más asiduidát que un sachet de leche en heladera de casa de familia ;-) ; los talles de los jeans pueden fluctuar, también, y casi tanto como las cotizaciones en la Bolsa. Y es que todo en nuestro cuerpo cambia al ritmo de los años, de los meses o de los ciclos menstruales. Sin embargo, como bien supo intuír Aquél Príncipe de Cuentos de Hadas, los zapatos pueden identificar cabalmente a una mujer. De pies a cabeza. Literalmente. Y a veces, mejor que ninguna otra cosa.

Ofrecer un par de zapatos puede ser una manera original de sellar un compromiso, inclusive.

Supongamos que ya pasó el día de la madre y que el regalo a la señora de la casa en cuestión fue una licuadora, el último libro sobre los Kirchner o -peor aún- diez sesiones de depilación láser de barbilla y mentón… digamos, para no abundar en detalles, que por ahí el asunto vino un poco flojo el Domingo Aquél. Entonces reivindíquense con la dama, mis queridos lectores, y háganla sentir la más bella e interesante de las mujeres: sorpréndanla con un lindísimo par de stilettos color carmín, y llévenla de ronda cualquier noche de éstas. :-)

Es un consejo que nadie me pidió, pero es gratis… aunque yo insisto en que es invaluable. En fin. Tómenlo o déjenlo. :-D