Hubo una época en que toda crisis existencial en horario escolar era consultada primero con Leonardo, y después con mi marido. Es que yo ya había detectado, en aquellos primeros instantes de bache emocional, que era probable que Leonardo pudiese encontrarle una solución rápida y eficaz mucho antes que Cucurullo o el mismísimo San Expedito.
A veces me llaman del colegio para avisarme que Mile se siente mal y que prefiere volver a casa. Curiosamente, las estadísticas muestran que tal cosa sucede los días en que todo el grado tiene clase de natación: la mayoría de los chicos del curso de mi hija ha decretado que la clase es más aburrida que discurso presidencial por cadena nacional. Entonces, en ese horario prefieren practicar un nuevo y creativo deporte: lograr que los padres se lleven a los chicos a casa un rato antes bajo la excusa de un dolor de panza, cabeza o clavícula, lo mismo da.
Por eso, cada tanto recibo el fatídico llamado que me trastoca toda la rutina (porque siempre me sorprende en el trabajo, a más de una hora del colegio):
- “¿Hablo con la mamá de Mile? Qué tal, señora, cómo le va. La llamamos desde la secretaría del colegio para avisarle que Mile tiene un dolor en el dedo gordo del pie” (localicemos el dolor en un lugar cualquiera del cuerpo, total, ya es sabido que los chicos lo eligen bastante al azar).
Ahá. Así que siente dolor, mucho dolor. Y tiene que volverse a casa URGENTE.
Hasta tanto yo adquiriera la firmeza necesaria para cortar la racha de excusas de mi hija para faltar a natación diciéndole “hija, te quedás igual, me parece que el dolor es manejable”, el operador logístico de la vuelta a casa tuvo que ser Leonardo, el Señor del Micro: yo lo llamaba en ese mismísimo instante y él, apostado con su celular en la puerta del colegio, coordinaba el regreso de Mile a casa de alguna manera (en auto, micro, minimicro, barco a vapor, lo que tuviese a mano).
Leonardo te lleva a tus hijos al colegio ante cualquier emergencia logística, te los trae de vuelta si no llegaste en horario a retirarlos, te lleva un grado entero a natación, al campo de deportes, museos y/o cumpleaños en el culis mundis. Leonardo sabe qué amiguitas de tu hija vienen de visita a casa los días viernes y te las trae junto con ella, sin costo adicional. Se entera si tu hija se duerme en el viaje, si perdió la campera, si entra al colegio de mal humor… y lo que es mejor: si te parás dos minutos a charlar con él a primera hora de la mañana, te lo cuenta todo.
Tiene una paciencia casi búdica con las mamás que trabajamos y “por ahí no llegamos”, con los papás que apenas pueden estacionar sus autos a primera hora de la mañana -y ocupan el lugar reservado a sus micros-, con los chicos cargados de bolsos – mochilas – abrigos – luncheras, y con las empleadas domésticas que reciben de nuevo a los chicos – bolsos – mochilas – abrigos y luncheras… no siempre en la misma combinación en que fueron entregados todos ellos a tan Noble Institución Educativa.
Por eso va este post, como merecidísimo homenaje al señor que se dedica al Santo Oficio del Transporte de Caudales: lleva y trae lo más valioso que tenemos todos sus clientes, que son nuestros hijos, y lo hace con cariño y vocación de servicio. De alguna manera, mi marido se vio obligado a aceptar esta suerte de “patria potestad compartida” con Leonardo: resulta un trato bastante justo y equitativo (por lo menos, en determinados días y horarios).
Ariel está en mi cabeza desde hace como cinco años ya. Pero no DENTRO de mi cabeza, sino ARRIBA y AL COSTADO DE, literalmente.
Se hacía tarde, había que seguir camino y los dos sabíamos que íbamos en direcciones opuestas. Lo abracé fuerte, como solía abrazar a mis viejos amigos en Aquéllos Años que eran tan nuevos. “Me alegró verte”, le dije sinceramente. “Tomemos un café un día de éstos y nos ponemos al día”, propuso. “Dale”, le dije yo, que odio la palabra “dale” pero en esos momentos no me importa.
“La vida de Uno” es la que “Uno” quiere que sea (más o menos, claro, sin caer en grandes delirios). Sólo hay que saber elegir alguno o algunos de todos esos planes que hicimos y que andan sueltos, organizarse un poco y jalar la palanca.
- Revisar si Mile tiene tarea (a pesar de que al llegar del colegio ella jura y perjura que NO tiene, siempre hay algo).
Hablar hablar hablar y seguir hablándolo todo, hasta el hartazgo. Hasta que las palabras se convierten en sonidos vacíos y el sentido de toda conversación se pierde o nos marea un poco.
Me siento más liviana, más fresca. Fueron unos días sin tantos estímulos externos (nada de conversaciones casuales a mi alrededor, nada de televisión, teléfono, computadoras, libros). Esos días aquietaron a mi intelecto por un ratito (”basta de correr la rat race, querido, descansá unos días que bien te lo merecés”, fue la frase con que lo despedí en el momento en que cerré la boca y comencé a escuchar los pajaritos del parque). El cuerpo bien despierto haciendo yoga, o caminando, o simplemente respirando y descansando en serio (sin tomar café, comiendo sano, durmiendo las horas que hay que dormir… es decir, eliminando toxinas que total para qué las quiero conmigo); la mente meditando o en sano reposo, más cerca del cuore que de los crucigramas.
Un senador decide candidatearse a la presidencia de los Estados Unidos. El hombre “lucha y se desangra por la fe que lo empecina” (diría el tango), o también, “hace de mierda dulce de leche” (diría un ex jefe mío). Porque el objetivo de este señor es llegar a la presidencia, claro. A pesar de que no cuenta con las mejores cartas para ganar la partida, el tipo se la juega. Contra viento y marea. Y entonces lo consigue… ¡Sí, después de tanta angustia y mala sangre, al fin logra ganar las elecciones presidenciales! Esa es la trama de la película “El candidato”, de 1972, con Robert Redford como protagonista. Lo genial de esa película es, para mí, la escena final más que la trama en sí, porque esa secuencia justifica todo el resto. En esa escena, el equipo de campaña del candidato se enfrenta con el triunfante Senador, alias Robert Redford, que está cómodamente instalado en una suite de un hotel de lujo. El jefe de los asesores le pregunta: “¿Qué sigue ahora, señor Presidente?”, y el Señor Presidente, con una mirada desconcertada, contesta: “No sé, no sé qué siga”.
Es que toda la carne al asador estaba puesta en ganar, y ahora que habíamos ganado… ¿qué era lo que había que hacer? Ya no sabíamos, porque habíamos llegado al límite fijado. Y de ahí “non plus ultra”. Continuar siendo felices por siempre, supongamos.
Un día nos decimos “chau, hasta mañana”… pero ese mañana tarda en suceder. O peor todavía, nunca más amanece entre Éste y Aquél.

