Una de Coelho que sepamos todos

bici griegaUna vez, hace muchos años, compré distraídamente un cuadro de esos que contienen un paisaje acuareloso, discreto y casi invisible de una playita con algunas casuchas blancas pintorescas. Tan blancas, tan casi invisibles, que nunca las miré con atención.

El cuadro no lo colgué nunca en ninguno de mis hogares, pero me acompañó en todas y cada una de las mudanzas. ¿Y cuándo me acordaba de que existía y que andaba tirado por ahí? Bien a menudo, en todas esas ocasiones en las que invitaba a demasiada gente a mi departamento y debía improvisar, con almohadones y “mesas ratonas” más lugares para que se acomodaran los comensales. Entonces rescataba el cuadro de su ostracismo, lo apoyaba boca arriba -vidrio arriba, mejor dicho- sobre una caja bien grande, lo cubría con un mantel, y rápidamente lo utilizaba para apoyar los vasos y las servilletas arrugadas de cinco o seis amigos del alma.

Así que, honestamente, hice uso del cuadro… como mesa auxiliar. El resto del tiempo andaba por ahí recostado contra alguna pared, a la espera de la próxima reunión de amigos. Y esas reuniones se volvieron muy frecuentes: se me había dado por empezar la carrera de Letras, como un hobby -esto ya lo conté por acá- y con mis compañeros de facultad solíamos quedarnos en mi casa largas horas estudiando y traduciendo párrafos milenarios.

Porque en esa época tuve -obligatoriamente- que cursar griego. Y durante varios años. Un cruel talón de Aquiles absolutamente necesario para sostener el resto de la osamenta, porque si quería seguir cursando todas esas “Literaturas” que me parecían tan interesantes, siempre vivitas y coleando, tendría que aprobar las lenguas muertas también. Latín no era tan terrible, pero Griego, definitivamente, era un parto de quintillizos en plena selva amazónica.

Estudié sin audacia, con la minima obediencia debida. Sin embargo, por ósmosis académica o una suerte de fundamentalismo vocacional del profesor (sospecho que más bien fue esto último), cada vez que tropezaba con el idioma del Olimpo -esas horribles declinaciones, por favor!-, volvía a ponerme en pie misteriosamente. Y después dicen que los milagros no existen…

Por efecto de los años y las páginas recorridas me volví más consciente de todo lo que no sabía y quería saber, y comencé a prestar atención cuando me mostraban fotos, imágenes o dibujos de distintos paisajes griegos. Con sorpresa descubrí que me gustaba la literatura clásica, así que me volví más accesible a la incorporación de ese idioma que consideraba inútil y torturante. A veces, mientras cenábamos sobre el cuadro apoyado en la megacaja, soñaba con ciertos lugares míticos y los comentaba con Cucurullo, que desde siempre tiene ese espíritu democrático de andar considerando todo viaje por el mapamundi como logísticamente posible (menos a la India, que le parece incómodamente imposible, pero esa historia se las cuento otro día).

El mes pasado, hartos de tropezarnos por algún rincón de la casa con el cachivache del pueblito diluido en acuarela, lo colgamos en la pared del pasillo que conduce a la biblioteca. Entonces vi el cuadro colgado por primera vez frente a mis ojos. La imagen, una vez desplegada a mi altura, me pareció curiosamente familiar. Quise ver la firma del pintor, y por ahí abajo encontré el garabato con su nombre ilegible. También me di cuenta de que había una mancha como de huellas de hormigas bailarinas de polka distribuida en el otro ángulo inferior.

¿Habría ensuciado el vidrio del cuadro con salsa de soja en una de esas noches de amigos y libros? Pasé mi dedo más impulsivo -un índice bien criticón- para apartar un molesto reflejo cristalino. Pero no era una mancha de salsa ni de tinta. Allí, en el griego más elemental que podría haber encontrado en cualquiera de mis clases de hace tanto tiempo, encontré -quince años después de haberlo comprado- el título del cuadro:

SANTORINI

Las señales andan por todas partes, sólo que no siempre estamos a su altura para verlas.

Confesiones de baño

entodosladosAntiguamente el baño era como un pequeño cobertizo que podía estar alejado unos cuantos metros de la casa, inclusive. Un anexo no tan anexo, más bien lejano (pretendíamos alejar los depósitos de heces de nosotros, ya que no era fácil arrastrarlas con cañerías ni otros artilugios). Hoy una estructura de vivienda así sería impensable: el baño está tan incorporado a nuestras otras instalaciones y a nuestras experiencias cotidianas que ya no es solamente un lugar donde “hacer lo primero” y “lo segundo” o pegarse una ducha (lo que clasificaría como “hacer lo tercero” en una lista de actividades sanitarias, imagino).

Ana cuenta en su blog “Nada se pierde” una anécdota de una Mujer Como Cualquiera de Nosotras que un día llega a su casa y su marido, que está dándose una ducha, le confiesa que la empleada de la casa -una chica joven- se ha ido porque él “sin saber por qué, como un impulso” intentó darle un beso que la chica rechazó. Él no supo explicar exactamente cómo fue que pasó algo así, pero claramente, tenía que contárselo a su mujer (antes de que se enterase por la propia chica más adelante, imagino). Y tranquilizarla y asegurarle “que no había pasado nada”.

En ese momento, Una Mujer Como Cualquiera de Nosotras baja la tapa del inodoro y se sienta a ver cómo su mundo conocido se desploma frente a sus ojos… y en el baño.

Una experiencia traumática en el Trono, sin dudas.

Yo he tenido otras: cada vez que he perdido un embarazo, el comienzo del fin eran unas manchitas de sangre de cuya existencia me enteraba en ese mismo lugar, sintiéndome sola en el mundo, totalmente desconcertada ante la demostración repetida de finitud más palpable e irracional que he tenido nunca.

Otros momentos, en cambio, fueron memorables por lo felices. Por ejemplo: durante los años en que estuve de novia con Cucurullo, yo vivía sola en un loft de pocos metros (por esa razón, la idea de ambientes sin paredes resultaba de lo más práctica). El único lugar cerrado del departamento era el baño, por supuesto. Las noches que Cucurullo se quedaba en casa y a mí me atacaba el insomnio – frecuentemente entre las tres y cuatro de la mañana, un horario de lo más inconveniente- me encerraba en el baño (en cualquier otro lugar de la casa encender una luz significaría despertar al Bello Durmiente Cucurullo), bajaba la tapa del inodoro y leía sin parar La Ilíada, la Odisea, la Eneida, Sófocles, Eurípides, Esquilo y todos los otros clásicos griegos que me fue presentando el Dr. Eduardo Sinnott en su maravillosa cátedra de Literatura Griega. Yo trabajaba full time en una empresa y por las noches estudiaba Letras como un hobby, y por no tener nada de tiempo disponible aprovechaba hasta los minutos de insomnio para remontarme -sentada en el baño- unos milenios atrás y entrever en unas pocas páginas que en el desarrollo de nuestras pasiones griegos, persas, franceses o argentinos seguimos siendo los mismos y acatando los mismos patrones (a pesar de haber pasado tanta agua bajo el puente, del descubrimiento ya añejo del psicoanálisis y la tecnología cada vez más extravagante, midió, ¿entonces no hay esperanza?).

Cada vez que evoco el baño de ese departamento, me veo leyendo, de noche, sentada sobre la tapa del inodoro como si fuera El Pensador, pero con un libro de Editorial Cátedra en la mano.

Otro experiencia increíble -y graciosa- relacionada con el mismo ambiente: después de años y años de amistad con mi amigo Rodri -ya saben, mi amigo que además de muchas otras cosas que lo definen, es gay, psicólogo y todo un personaje-, un día cualquiera yo estaba en su departamento y tuve que ir al baño (no recuerdo si fui a hacer “lo primero” o “lo segundo”, disculpen) y me encontré con la tapa del inodoro levantada. Las dos tapas. No había nadie más que él y yo en el departamento, así que sin lugar a dudas el que había utilizado el baño en algún momento había sido él. Volví del baño indignada:

- Rodri, vos vas al baño como si fueras un hombre?- le reproché.

Midió, tantos años dando vueltas con mi amigo de acá para allá, compartiendo salidas, viajes, en fin, “la vida mesma”, y así de golpe me vine a enterar de que… hacía pis parado!

No sé por qué no lo consideraba un hombre como los demás que yo conocía, era más parecido a mí que tantas mujeres en muchas cosas, que casi asumí que anatómicamente no había tantas diferencias entre nosotros. Creo que todavía puedo escuchar en el recuerdo la carcajada portentosa de Rodri al darse cuenta de que yo lo consideraba mucho más femenino de lo que realmente era.

- Me siento halagado, nena, pero sí, tengo pene, y ni se te ocurra envidiarlo, a ver si Freud tiene razón y nos peleamos para siempre. Sería una trageeediaaaaa.

Tragedias griegas, urbanas y en pleno Buenos Aires, de todo tipo, hemos sobrevivido los seres humanos en el baño. Es un lugar con mucha historia, mis queridos, aunque no tenga la buena fama de los salones de baile de las antiguas mansiones, un quincho de estas épocas o una biblioteca generosa y polvorienta en cualquier siglo y lugar.

El baño cumple más funciones que aquellas para las que fue diseñado. Es un lugar para encontrarse con uno mismo desde perspectivas muchas veces inimaginables. Si alguno quiere compartir su terrible, misteriosa o genial experiencia en el baño, soy toda oídos.

Se hace camino al postear

life is a danceNo creo en los finales felices (porque no creo en los finales), pero sí en unos intermedios de la hostia, ya a esta altura se habrán dado cuenta. Antes (cuando era mucho más joven) me enfocaba con energía a etiquetar conceptualmente cada “qué”, pero hoy me interesa disfrutar plenamente el desarrollo de cada “cómo”. En fin, los cambios típicos que empezás a notar en tu forma de pensar cuando te volvés más paciente. O cuando los sacudones del ir y venir te van ordenando las neuronas en la sesera, andá a saber.

Este es el post 201 que escribo al cabo de estos primeros ocho meses de blog, lo que es un hito para mí. Además, entre todos hemos escrito más de 2000 comentarios acá. Ahí ya tienen una idea de “cuánto” hay escrito en estas páginas virtuales.

Y ahora pasemos directamente a lo que les quiero contar, que es el “cómo”.

Empecé este blog como un ejercicio de escritura que nos zampó Alejandro Rozitchner en un taller. Me quejé excesivamente desde el minuto uno, porque no entendía qué era lo que se me pedía que hiciera: yo nunca había prestado atención siquiera a lo que era un blog, pero antes de rehusarme de plano -mi intención original-, me puse a averiguar. Así fue que, fiel a mi estilo de tomar un tema nuevo y darlo vuelta como una media, en pocos días me leí decenas de blogs mientras me desenredaba el pelo frente a la notebook, almorzaba algo a las apuradas o Mile veía una película. Algunos, que ya son libros impresos, los leía en el subte, otros en la pantalla de la PC de la oficina entre una cosa y otra.

Dejé de escribir mails a amigos y conocidos (excepto los laborales y los estrictamente necesarios del tipo “confirmo presencia” o “mañana te llevo el dinero”) y empecé a escribir acá. No tenía ni idea de que este blog se iba a transformar en un vínculo tan importante conmigo misma y con tantos otros.

No sé de dónde surge el momento oportuno y cotidiano para escribir en este blog o para participar de “los que me gustan todavía más que el chocolate”, pero obviamente tengo que elegir y distribuir el tiempo como todo el mundo, así que lo voy haciendo día a día como puedo, de a ratitos, sin arrepentirme nunca de dedicarle energía a esto, porque me encanta leer y escribir: lo disfruto enormemente.

En el medio voy descubriendo a personas nuevas -muchos excelentes bloggers, además- y conociendo más a amigos de siempre que se van acostumbrando a compartir conmigo este espacio (la gran mayoría de ellos entra muy a menudo a ver “qué hay de nuevo”, pero no se anima a comentar nada si no es en una charla de café, y unos pocos ni siquiera pueden asimilar que yo realmente tenga un blog personal).

Ustedes no lo van a creer (no tienen por qué hacerlo) pero intuyo que todo este ida y vuelta me transforma en una persona mejor: poco a poco me parece que me voy expresando con más claridad y honestidad, voy aprendiendo a leer a cada uno (es por eso que me gusta responder cada comentario, porque me ayuda a hacer el ejercicio de escuchar al otro y contestar en función de ese vínculo que vamos construyendo, como en un diálogo), y a exponer anécdotas, pensamientos o emociones que a veces me cuestan sacar a la luz en el medio de la rutina diaria.

Todo eso pasa en este blog desde este lado del monitor. Y se los cuento en este post 201, porque el número suena excesivo: no me di cuenta de que llegamos hasta acá sin que yo les hubiese contado nunca las razones que me impulsaron a escribir todo esto “de un día para el otro”.

Y todavía me río cuando me acuerdo el consejo de Rozitchner para animarme a hacer la primer entrada en este blog: “vos escribí tranquila, que total NADIE LO VA A LEER”. Un humor realista pero bastante cínico, no? Algo así como si un hombre te dijera en medio de una reunión: “si querés sacate toda la ropa, total, a ninguno de nosotros le interesa mirarte”. Es genial.

Increíblemente, ese argumento me generó confianza y entusiasmo, mis queridos, y me decidió a soltar la mano sobre el teclado de la PC: al fin y al cabo, una escribe en un blog personal por el simple placer de hacerlo, no hay obligaciones ni segundas intenciones. Así que “nada se pierde” (by the way, es el nombre del blog de mi amiga Ana, pasen y vean porque es cierto que es imperdible).

Y así es como terminamos encontrándonos por acá unos cuantos, escribiéndonos y leyéndonos como si fuese lo más natural del mundo.

“Sorpresas te da la vida”, decía el borracho de la canción “Pedro Navaja”, se acuerdan?

El todo es más que la suma de las partes (pero a veces con una puntita me arreglo)

detalleHay situaciones complejas en esta vida, lugares que no conocemos y gente difícil de hacerse ver al primer intento. El mundo es a menudo un gran cambalache porque hay de todo, como en botica. Pero con un poquito de buena voluntá, mis queridos, un detalle insignificante que a cualquiera le pasa inadvertido puede servir de disparador para andar entreviendo quién, cómo o qué es lo que tenemos justito ahí frente nuestro. O por lo menos, para hacernos algunas preguntas:

-Entrás a un restó de esos chiquitos y coquetuelos que pululan por el centro de cualquier ciudad. Mientras te traen el pedido vas al baño. Si el papel higiénico -que se ve- es el más berreta que se puede conseguir en un supermercado chino, por qué tendríamos que suponer que la manteca que usan para hacer la tarta de mandarinas es de calidad premium?

- En las cadenas de supermercados todos los días hay descuentos y promociones sobre los mismos productos, pero con distintos medios de pago. Deberíamos considerar el “precio de lista” como el valor real de esos artículos, o es que simplemente están inflados para que algún piscuí crea todavía que está ahorrando algún peso cuando la cajera le entrega el ticket con el “monto neto a pagar”?

- Si en una reunión te presentan a un Fulano que es super callado, es probable que sea brillante como la luz o un estúpido con todas las letras. Pero si es estúpido, por lo menos tiene la viveza de no andar ostentándolo. Esa actitud, ¿no la podríamos considerar un punto a favor? Habrá que darle algo de crédito.

- Si en uno de esos eventos multitudinarios repletos de familias con chicos, los padres de uno que es la piel de Judas se ufanan de que su tesorito es un niño índigo que desafía los límites de puro brillante que es, lo más prudente será que no los invitemos a cenar en casa “cualquier día de estos” por muy agradables que nos parezcan, porque esa noche nos ganaremos en el sorteo las butacas en primera fila para un triste show plagado de berrinches y cristales rotos. ¿Alguna vez sentiste el deseo de querer colgar a las visitas de la araña del comedor a la media hora de haberlas recibido? Tal vez esta sea tu primera vez.

- Si nuestra nueva compañera de oficina se separó tres veces, los hijos no le hablan y sus amigos no recuerdan su nombre de pila, no te enganches con sus historias de carmelita descalza porque es más que seguro que le falta un jugador en la sesera… y lo más probable es que ella todavía pretenda que creas que la loca sos vos.

El meteorito de Arnet

temptationHace muchos años -yo era chica, calculen- pasaban por la televisión una publicidad de Arnet en donde un Hombre Sufrido Como Cualquier Hijo de Vecino lee en el diario que un meteorito al día siguiente partiría en dos el planeta y sería el acabóse. Así que en ese mismo instante el Hombre Sufrido se dedica a cumplir con todas sus fantasías maltrechas: se baja los pantalones frente al jefe, se revuelca con la mucama, abandona a su mujer y termina el día en una orgía tremenda con un burro de compañero. En resumidas cuentas, el tipo se desata a lo bestia, como si fuese el último día (porque ERA el último día).

Pero algo imprevisto sucedió, mis queridos: el meteorito esquivó el planeta en una voltereta de no creerse, y la Tierra Se Salvó. La noticia corría ya por internet desde hacía rato mientras el Hombre Sufrido Como Cualquier Hijo de Vecino andaba como desquiciado por ahí. Pero el problema “de fondo” es y será que el susodicho no había contratado el servicio de Arnet (!) y por eso no se enteró de que no habría acabóse.

Nuestro Hombre Sufrido debe haber sido más Sufriente que nunca a partir de ese Día Después, no creen? Eso no lo muestra el spot -que no pude encontrar en internet, mis queridos, qué paradoja- pero lo supongo de intuitiva que soy, nomás.

¿Qué harían ustedes si hoy fuese el último día antes de que un meteorito rajara la Tierra? Yo sacaría urgentemente unos pasajes a París – pagados con la tarjeta de crédito, of course- y pasaría en el Marais con Cucurullo y Mile las últimas horas, porque nada mejor que compartir en familia los momentos apocalípticos… y rodeados por una muchedumbre de parisinos: ellos toman todo cataclismo como la cosa más natural del mundo (y toda cosa natural como un cataclismo). Y después, dedicaría a Cucurullo un feliz brindis con champagne, como si fuera Año Nuevo, por los buenos momentos pasados.

Suponiendo que pudiera cumplir en quince minutos la fantasía de encontrarme con alguien que admiro-no quisiera restarle mucho tiempo a lo del Marais- creo que trataría de tropezarme con Anthony Bourdain (es una mezcla de fantasía romántica, gastronómica y hasta literaria, porque me divierten mucho sus libros): Cucurullo tendrá que aceptarlo, como yo acepto lo de Uma Thurman, quéselevaser. Los meteoritos son así… ;-)

Como descubrí accidentalmente en esta vida que me gusta escribir, también me tomaría unos minutos para dejar asentado en este blog todas las experiencias del último día. Pero a diferencia de estas épocas sin meteoritos a la vista, no me detendría a esperar sus comentarios, porque ni sentido tendría… pero sí aprovecharía esa conexión a internet para contratar los servicios de Arnet, por supuesto.

Bueno, me alegro de haber dado vuelta mi alma como una media frente a ustedes.

Ahora es vuestro turno: ¿qué harían hoy si mañana el meteorito de Arnet atravesara todos los ombligos del mundo?

Tango que me hiciste mal, y sin embargo te quiero

tangoEl otro día -este, aquél, el de más allá, fueron varios días, porque sucede a menudo- estábamos hablando con Cucurullo acerca de algunas situaciones complejas que la mayoría de la gente tiene antes o después: eso de tener que tomar decisiones laborales, personales, sobre proyectos de acá a fin de año… en fin, las cosas que tenemos para arremangarnos y resolver.

Pero esa noche, cuando nos pusimos a analizar en detalle algunos de esos temas, hicimos un zoom tan, pero tan gigante sobre cada uno de los puntos conflictivos de cada situación, que en vez de analizarlos como lo que eran: problemas comunes que suceden en la vida de cualquiera -estadísticamente, lo que le pasa a alguno cada dos por tres- parecía que estábamos tratando de autoevacuarnos de un Titanic a punto de hundirse. Nos encontramos superados por la situación, abrumados por el encierro en ese laberinto amenazante y sin salida.

Entonces, comenzó un espiral de conspiraciones adivinadas, un halo de sospechas nunca confirmadas, la suposición de que éste o aquél podrían haber actuado diferente, y…

No sienten a veces que damos por el pito más de lo que el pito vale? Era una noche perfecta, y dos personas sanas y sencillas, que hemos vivido hasta acá más cosas buenas que malas -muchas más buenas que malas-y que deberíamos agradecer con mucha, mucha más frecuencia todo lo que el destino nos ha puesto al alcance de la mano, estábamos ahí, amargándonos la vida por puro gusto, avanzando peligrosamente por la autopista de nuestros pensamientos -a todo o nada- cuando hasta hacía cinco minutos andábamos transitando por el carril lento.

¿Y todo esto por qué? ¿Por el oscuro placer de frustrar nuestra propia seguridad en lo que somos y hacemos? ¿Por qué ser así de insufribles cuando podemos pasarla bien, tomar con naturalidad aquello que sí existe con certeza -sea bueno o malo-, y las dudas o conflictos tomarlos con más ligereza, sin exageraciones?

Habrá que reconciliarse con las dudas que plantea el futuro con menos ansiedad y más sentido del humor,
desenroscar la tapa del frasco en el que estamos encerrados, trepar por el vidrio y tomar aire fresco,
no consagrarse a agigantar los problemas hasta volverlos el monstruo del lago Ness (que nadie vio, pero aterra a todos),
y recordar todos los dones gigantes que hay para disfrutar alrededor nuestro, y que nos estamos perdiendo de ver por andar dedicados a analizar con lupa ciertas situaciones del montón.

Habrá que dejar de acuchillar fantasmas.

Momentos memorables visibles con microscopio

say goodnight Hay situaciones que te declaran descaradamente y a quemarropa que el tiempo pasa (te guste o no): tu cumpleaños de quince, el día en que sacaste el registro de conductor, cuando te dieron un diploma en una salón lleno de gente o fuiste la novia o el padrino de una boda. Nació un hijo, un nieto, o hubo un funeral y todavía no podés asimilar que estuviste ahí presenciándolo todo.

Pero hay otros pequeños momentos muy sutiles, con un encanto agridulce particular -como ciertos platos de Oriente-, que no son medibles en hitos biológicos de los que caben en esos formularios presentables en la ventanilla tres; no tienen nada que ver con las carátulas sociales que te transforman de niño en adolescente, de adulto en anciano ni ninguna edad en particular, pero son reveladores -a su modo- de que el tiempo se desliza suavemente y sin ostentar a lo grande: va en discretas oleadas, como el mar sobre la playa. Y que somos -si queremos serlo, la naturaleza no nos obliga- los testigos impensables de ese cambio de matices.

Porque el transcurso del tiempo no tiene ademanes de nuevo rico. Su rostro se hace visible -para el que puede medirlo- en esas partículas microscópicas que caen en un reloj de arena; y uno lo puede ver moverse, bailando despacio y más vivo que nunca, en la cadencia graciosa con que se deslizan esos puñados de momentos.

Y así sucede que la primera vez que alguien te dice “señora” en lugar del tradicional “señorita” te sorprendés un poco, pero sin inquietarte: hace ya años que recorrés con paso firme los caminitos de este mundo, por qué no congraciarte con la idea de que los demás también se dan cuenta y que ya no es un secreto. O cuando cambiás de estilo de ropa y por eso tu vestidito floreado, ese que era tu favorito, ya no te hace sentir espléndida porque ahora te parece más apto para tapiz de un sillón de campo que para tu cuerpo; cuando desayunar en el mejor café del barrio con el diario oliendo a nuevo te parece preferible a bailar arriba del parlante; cuando no entendés cada nuevo adelanto tecnológico si no te lo explica pacientemente tu hermano menor (casi quince años menor), o cuando ves a tu hija (tan chiquita ayer) más grande que nunca (¿cuándo le crecieron esas piernas tan largas?), empezando un nuevo año en el colegio, copiándote los ademanes cuando se recoge el cabello para colgarse la mochila al hombro, saludándote con autosuficiencia (ayer nomás se abrazaba a tu pollera, llorando a mares porque ella se quedaba en el colegio y vos te ibas) y diciéndote con dulzura: “ya estoy más grande, mami, vos no me extrañes, que yo ya sé que después nos vemos.”

Estamos invitados a tomar el té (yo no sé por qué)

something never

“No trabajo porque mi marido no me deja, viste, es que los chicos todavía son muy chicos. Mejor si me quedo en casa por estos próximos diez, quince añitos.”

“Yo no adelgazo porque tengo un problema hormonal / glandular / astrológico / kármico, pero te juro que no como nada. Me pasás ese turrón, por favor?”.

“El se pone así de violento porque es celoso y me quiere mucho, pero no es un mal hombre. Si vieras cómo se arrepiente después…”.

“Yo a ella la quiero, claro que la quiero, me muero sin ella, te juro que si me perdona esta vez no le voy a ser infiel nunnnncamássss”.

“Repetí porque la Directora me tiene entre ceja y ceja, má, sinó seguro que me formaban una mesa de examen especial y yo rendía bien Historia: alllgo había estudiado”.

“Sí, claro, es el amor de mi vida, pero si no se da cuenta, él se lo pierde. Yo no lo voy a estar esperando durante todo el fin de semana a que se decida, así que si tenés alguien para presentarme este sábado…”

“Yo quiero tener hijos. Muchos! Lo que pasa es que todavía no me llegó el momento de ser madre. Además, en estos meses estoy planificando mi fiesta de cuarenta y la verdad es que me compré un vestido rojo que me sienta bien solamente si estoy re-flaca. Después nos pondremos a buscar bebé y quién sabe, no? Yo me lo tomo muy relajada.”

Todo el mundo tiene claro por qué hace lo que hace y toma permanentemente las mismas decisiones y hace los mismos análisis de situación.

Pero en algún momento:

-Caroline Ingalls, sumisa y dependiente, abandona a toda su familia para fugarse con el profesor de tenis, doce años más joven que ella,

-la gorda que creía que estaba apenas rellenita -lo lógico por el desajuste temporal emocional / glandular / financiero-, cuando se ve en una foto del último fin de semana se quiere morir de angustia estética: “no me digas que esa ballena franca soy yoooo!”,

-Desdémona termina usando anteojos de sol un día de lluvia para que no se le vean los moretones en la cara,

-el mujeriego termina pidiendo perdón hasta de su nombre por no madurar de una vez,

-el alumno rebelde se siente avergonzado hasta con el hámster de la casa por haber perdido tantas oportunidades sin ganar nada a cambio,

-la eterna enamorada -Primera Adelantada del amor en cada esquina-, anda siempre sola,

-la que pospone la maternidad indefinidamente, al primer mes que deja de tomar la pastilla y no queda embarazada, se desespera y pide consulta con cinco médicos a la vez para que alguno le diagnostique “ya mismo” su problema de infertilidad.

¿Por qué si actuamos siempre de la misma manera y justificamos la comodidad de nuestra vida, pretendemos algo diferente de la lógica cadena de causas y consecuencias? Ahí están, como el cuatro del dos más dos, la molesta sensación de culpa, el descreimiento, el aplazamiento permanente de las decisiones, la falta de compromiso, la inmadurez, la flojera.

Intuimos cuál es el problema. Lo podemos ver bien de frente si no damos vuelta la cara: el problema es que es muy difícil hacer el esfuerzo de cambiar, porque aunque no nos guste admitirlo, elevarnos sobre nuestras situaciones para dar vuelta los resultados no es divertido, implica grandes esfuerzos. Es incómodo. Hacerse cargo de la fortaleza propia que hay que invertir en el afuera para lograr los resultados que queremos lograr es una decisión bien escasa, y menos democrática y popular que lo que nos gustaría creer.

Las excusas son fáciles de comprar, están al alcance de cualquiera, pero encierran una dificultad: solamente se las cree el que se abraza a ellas desesperadamente, como un fuera un escudo protector. Para todos los demás -los que rodean al que se quiere salvar de hacerse cargo-, se trata de otro “Traje Invisible del Emperador”: ellos saben que el que se abriga con esas excusas tan razonables, está desnudo. Y hasta conocen las causas de su desnudez: nadie es tan tonto para juzgar al prójimo (el mundo tiene para eso una habilidad sorprendente).

Dentro nuestro, ahí en lo profundo, sabemos perfectamente bien lo que tenemos que hacer para dar esos giros desesperadamente necesarios. Si queremos ser sinceros con nosotros mismos, las señales son visibles con una nitidez pasmosa.

Así que tendremos que admitir la verdad (quién es el muerto que escondemos en nuestro armario? ya huele feo…), asumir los riesgos y esforzarnos. Sin excusas, no?

French Kiss

equilibrio pasional“Then an extraordinary thing happened. Everything went wrong. So I was wandering the streets of Paris, penniless, without a hope in the world. And, let me tell you, you can do a lot of soul-searching in a time like that. I realised that I’ve spent most of my adult life trying to protect myself from exactly this situation. And you can’t do it. There’s no home safe enough, no relationship secure enough. You’re setting yourself up for an even bigger fall and having an incredibly boring time in the process. Sorry, Charlie.”

(Parlamento de Kate -Meg Ryan- en la película “French Kiss”, al reencontrarse con su ex novio después de mil odiseas para llegar a él y volver a conquistarlo, justito antes de darse cuenta de que ya no lo quiere ni de velador para la mesita de luz).

Este es un post sobre esa necesidad que a veces tenemos los seres humanos de creer que la vida es un paquetito para llevar forrado en amianto resistente a las balas, a los terceros en discordia, las enfermedades, las arrugas, las miserias mínimas y los malos olores. Un paquetito bien inaccesible y contenedor, como si no hubiese allí afuera otro mundo que lo sostiene y lo atraviesa.

A veces el asunto aguanta un poco más, a veces aguanta menos, pero la cosa es que tarde o temprano aflojamos la cincha y soltamos el paquetito arrugado y mentiroso. Y no digo esto pensando que la solución es la dejadez extrema, la acidez de cuerpo y alma o una rendición incondicional. Lo digo como forma de aceptación, porque finalmente cabe darse cuenta de que hay que vivir el momento propio y respetar lo que les sucede a los otros -sea lo que sea-, sin enfocarse en el paquetito sino en los sentimientos de las personas que andan por ahí cerca: es la única forma de sobrevivir durante los desastres naturales que arrecian de vez en cuando todas las vidas y todas las relaciones.

A veces soplan malos vientos y no queda otra que intentar protegerse por un rato, pero de nada sirve abroquelarse en un bunker fortificado en el que, como dice Kate (el personaje de Meg Ryan en “French Kiss”) solamente nos preparamos para una caída peor… y para aburrirnos soberanamente en el mientras tanto.

Así que admiro a los que valientemente se hacen cargo de salir del bunker y ver si hay vida en otros planetas. Incluso si después deciden volver a su misma historia, a sus mismos amores y a sus mismas batallas, así y todo desenvolver el paquetito para ver qué quedó ahí adentro resulta muy clarificador. Y necesario y honesto. Un inventario heroico.

P.D.: Tengo una pareja de amigos que quiero mucho muchísimo y que en estos días se está separando. Llevan muchos años juntos y son personas extraordinarias. Buena gente. Desde acá va mi cariño personal hacia ellos -lean o no lean esto, no importa, va igual-, también la necesidad imperiosa de respaldarlos en lo que sea que estén viviendo, y el recordatorio de que lo único de amianto que hay por acá es el afecto de tooodo un grupete de amigos que está junto a ellos, que los quiere y los querrá siempre mucho mucho.

Diosas relajadas valen por dos (o por Dior?)

relax Me saco el sombrero por esas mujeres que transmiten la sensación de estar a sus anchas en cualquier lado, ya sea sentadas en la primera fila de un desfile de modas o a bordo de un reactor nuclear. No sé cómo hacen para tener esa actitud -tan serena- de absoluta seguridad en sí mismas en toda situación, como si les sobrara el tiempo y concentraran la energía en algún punto invisible como de tesoro escondido. Es gente que irradia calma (sí, es un concepto cual marca de café descafeinado, pero no me digan que un poco de “Kalma” no le hace bien al organismo de vez en cuando).

Yo suelo ser bastante ansiosa, gente. Bastantísimo. Y tomo mucho café (cafeinado). Y es por eso que cuando me tropiezo con algún temita pendiente, antes de pensar tranquilamente en cómo y cuándo hacer qué, a menudo ya me hice cargo del estresazo -incluso puede que más del estresazo que del tema profundo en sí-. Me concentro en el envión que hace falta para catapultar la bala. Y en alguna que otra oportunidad, por qué no confesarlo, he sido el hombre bala del cuento también (pongámosle la mujer bala, ya que este es el caso). Y el problema es que a veces el esfuerzo no garantiza el resultado, valga la aclaración que ya habrán adivinado.

Cómo manejan ustedes la ansiedad? Cómo hacen para volverse bien sensatos en la administración de los objetivos, los planes a corto plazo, las carreras, los hijos, las parejas y los hobbies de cada cual?

Sigo pensando en esas mujeres regias tan dueñas de sí mismas que a nadie se le ocurriría pedirles peras, porque ellas son olmos, y eso que son lo muestran de forma muy evidente. Pero si vos andás por la vida tratando de ser un olmo y en tus ratitos libres además querés dar unas peras de la ostia, y manzanas deliciosas y también unas ramitas de abedul, no te carcome la sospecha de que vas a terminar el día en un estado mental más bien exhausto y alterado? Hay que saber hacer esos injertos: no cualquiera.

Este es un post para que me ayuden a pensar, mis queridos.