El año en que vivimos en peligro

para el otro lado 2 Nos pasó de todo en este 2011, y sin embargo fue un año sin TANTO sobresalto: Cucurullo cambió de trabajo y lo hizo con cierto aire de tragedia griega. Ok, el cambio ya se venía previendo al mejor estilo “Crónica de una muerte anunciada”, pero igual todo el asunto nos costó un Perú. Porque así somos Cucurullo y yo: estos cambios nos cuestan, Compartidos De a Dos, todavía más que De a Uno. El Doble, para ser exactos. Pero el Doble a Cada Uno de Nosotros: a él y a mí, lo que suma un Total como de Cuatro, ponele. :-D

Nos pasó de todo, decía. En el medio de su cambio, yo también cambié mis condiciones de trabajo y comencé a pasar más horas fuera de casa. La empleada que me ayudaba con algunas tareas del hogar pasó a ser una abonada full time en mi vida (sí, “Ella” es la persona con la que más hablo por teléfono durante todas aquellas horas del día en que reverbera el sol en la ciudad).

Mile comenzó en el 2011 la escuela primaria, con todo lo que eso implica: más horas en el colegio, tareas para hacer en casa, más exigencias escolares, algún cansancio extra… cambios naturales empujados por su propia infancia que se sucede en forma rápida e inexorable. Al mismo tiempo, mi mamá se jubiló y dejó de trabajar como docente todas aquellas quichicientas horas de lunes a viernes. Y entonces comenzó a visitarnos con más frecuencia, a ser una presencia activa en casa, a estar más vigente como abuela: un milagro imprevisto y sorpresivo para nostros tres (sí, a fin y al cabo, ésta resulta ser una de aquellas maravillas que nos proporciona el paso del tiempo y el crecimiento de hijos y de madres, todo junto & al mismo tiempo). :-)

Creí tener un nódulo mamario, un lunar injustificable, un callo plantar. Todos sustos sin sustento. El final de cada cuento vino con alivios y sonrisas, con la sensación de haber recibido algo así como una segunda oportunidad. Gratis. De rebote.

Planeamos vacaciones sin tiempo, escapadas relámpagos y viajes sorpresivos (no hay caso, en esta familia no se puede agendar nada con dos meses de anticipación). Pero pudimos cumplirlos todos, y disfrutar de esos momentos entre los tres.

Pospusimos indefinidamente las reformas pendientes en la casa o el recambio -presuntamente urgente, para algunos- de modelo del auto (otro año más con esas asignaturas pendientes, y ya van…)

Un detalle no menor: este año pudimos, también, compartir nuestro tiempo con los amigos, con la familia, con los libros y la música que anda dando vueltas por nuestro espacio cotidiano.

Creo que fueron 365 días disfrutados muy al uso nostro. Resumiendo: hubo algunos progresos accidentados e imprevistos, lindas sorpresas -las que ya sabíamos de antemano que íbamos a disfrutar sin medida si es que se daban- y unas cuantas cuentas pendientes por aquí y por allá que resultaron de lo más previsibles. Pero en conjunto, fue un año de ésos que cualquier Pitonisa de Videncia Promedio me pudo haber vaticinado sin errarle demasiado.

En resumidas cuentas, para nosotros éste fue un año mucho, muchísimo “más bueno que malo”. Fue un año con ciertos cambios en algunas pocas cuestiones fundamentales, y en otras, muy propicio para ir a lo seguro.

Sin embargo, el 2012 pinta distinto. Pinta más arriegado, más “a todo o nada”.

No sé a ciencia cierta cómo fundamentar esto que afirmo, es más bien una sensación que tengo sobre cómo vendrán dándose las cosas. Es que a éste lo intuyo como un año bisagra, aunque no pueda decirles a ciencia cierta ni cómo ni por dónde (¿a ustedes no les pasa lo mismo?).

En fin, en una de ésas es porque los años bisiestos ya se prefiguran así, como dicen los viejos.

Pero es que no sé por qué a ciencia cierta pareciera que éste es un año para vivir peligrosamente, caminando al borde de la cornisa.

En una de ésas, algo de esto es lo que quisieron decirnos los Mayas cuando nos advirtieron que lo viviésemos como si fuese el último. ;-) Así que mucho cuidado, mis queridos, me pareciera que vienen soplando profundos vientos de cambio por ahí afuera. Par tutti cuanti. Esténse atentos.

Por eso les deseo que tengan un excelente nuevísimo año, amigos míos. Y que los cambios que se vengan -sean fuertes cual tsunamis, o livianos como ligeras brisas de verano- sean los mejores, los más oportunos y los más adecuados para todos ustedes. ;-)

Sobre algo de todo lo sagrado (pero muy de a pie) que acontece bajo el Brillante Signo de Apolo

a través de las aguas Hoy, sábado, amanecí con un Bautismo agendado al Mediodía. En Iglesia Lejana al Hogar, Para Más Datos.

A ver si me explico: de mi familia, yo era la única que “en serio” quería ir al bautismo. Como ante casi cualquier celebración prevista en Iglesia, Templo o Mezquita, yo siento una inclinación espiritual casi ancestral por. Y ni hablar si me invitan personas que “aprecio y esas cosas”. Pero Cucurullo y Mile no tienen mis mismos gustos ni mis mismas inclinaciones, sino las suyas propias. El día amaneció soleado y perfecto y ellos decidieron honrar tal milagro de la naturaleza… en el lago de Palermo. :-D

En otras épocas -hace pocos años- yo hubiese puesto el grito en el cielo, porque en-ese-preciso-momento teníamos planificado un bautismo y sanseacabó. Hoy digo “bien por ellos, que disfrutan del agua purificadora del bautismo, pero con otro rito” y shaestá: cada uno a lo suyo.

Yo asistí al bautismo recoleto y ellos a su mañana en el lago, alimentando patos y paseando en bote.

Al bautismo asistían, también, algunos compañeros de trabajo. No muchos, apenas un puñado. Uno de ellos venía desde el Culo del Mundo, literalmente, y llegó tardísimo. Vino con su familia flameando a los cuatro vientos, todos corriendo por la plaza muy a lo Ingalls para llegar a “Saludar En El Atrio”, al menos.

Terminada la lindísima ceremonia nos abrazamos todos con todos, nos sacamos fotos y nos despedimos. Algunos se iban a almorzar con padres y padrinos, otros seguíamos nuestros destinos por ahí, un poco a la deriva.

Yo caminaba sola por Recoleta, llamando por teléfono a Cucurullo que todavía seguía con Mile dando vueltas al lago, dentro del bote. Me reí de su destino de náufrago porque yo también me sentía un poco de esa manera (me imaginaba como en suspenso dentro del tiempo y del espacio); el sol sobre la cara, los pasos perdidos bajo los árboles; nada de planes ni lugares adonde llegar tarde. Todo el asunto se veía fantástico y yo adivinaba la mirada feliz & una sonrisa radiante detrás / debajo de mis anteojos oscuros.

Quedamos con Cucurullo -casi como en un arrebato, como si fuese una cita a ciegas improvisada- en encontrarnos en el Paseo del Pilar. Él llevaría a una niña hermosa de su mano, y yo… yo lo esperaría vestida de celeste en la Terraza del restaurante “Oasis” (con ese nombre tan promisorio, Cucurullo no podía perderse). ;-) Pero mientras hablábamos los dos por teléfono, todo el tiempo supe que algo se me estaba pasando por alto. Había por ahí un cabo suelto que hacía ruido dentro de mi cerebro. Inmediatamente antes de despedirme de Cucurullo descubrí cuál era: ¡La Familia Ingalls!

Los llamé al celular de Charles y confirmé que la familia entera andaba todavía por el barrio. Quedamos en encontrarnos todos en Ese Lugar de Nombre Promisorio donde nadie podía perderse. ;-)

Cucurullo, Mile, los Ingalls y yo pasamos una tarde muy entretenida, riéndonos mucho y compartiendo mesa a puro sol. Conociéndonos un poco más. Estrenando recuerdos. Pensé entonces que el bautismo pareciera tratarse de renacer a la hora siguiente con una mirada distinta y más bien “crecida”. Literalmente. De comenzar otra vez y descubrirnos en un mundo con perspectivas más anchas que las que acarreamos con nuestras propias creencias archisabidas, casi recitadas de memoria. Y co-creando esas perspectivas con los amigos nuevos, con la familia de siempre, todo bien sencillo y sin tanta vuelta. De una forma casi visceral, intuí que de todo esto se trata vivir “nuestras verdades” con un estilo coherente.

Vivir una vida iluminada por el sol (que para tantos es todavía una metáfora de Dios). Vivirla a pleno. Vivirla con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo (y cerca del agua, ya que estamos en esto de andar soñando cómo queremos vivir). ;-)

Esta es mi oración por estas horas en que voy aprendiendo a elegir mis batallas. Y a las personas con las que quiero compartirlas, también.

Amén.

Los vendedores que nos apadrinan a las ocho de la noche de un día cualquiera

trenes y gentes Vieron que cada uno tiene sus pequeñas tragedias griegas, es decir, esos momentos -personales e intensísimos- en los que llega más rápido la sangre al río y todo el asunto nos genera un pelín de estrés. ;-)

Mi propia pequeña tragedia griega personal (en adelante, MPPTGP) es… perder un tren, a la vuelta de la oficina, cuando cae la tarde y todo en casa está por resolverse en dos minutos y fracción. :-D Así que cuando miro la hora y me veo venir que voy a perder el tren, me traslado hasta la Estación como rezando, pensando en que si Dios Existe y es Bueno, o más bien, si Tengo Un Tujes de la Hostia, puede que la Armonía se restablezca y hasta logre llegar a Salsipuedes (mi barrio) en tiempo y forma. Pero si los astros desafían mis deseos… bueno, no, ahí no hay caso y mi destino estará escrito en una caligrafía bastante fea, como de médico. ;-)

Hoy perdí el tren. Justo hoy, que tenía que bajarme en una estación anterior porque tenía que dejar un traje de Cucurullo en nuestra tintorería de confianza (en adelante, NTDC) antes de volver a casa. Pero buéh, la cosa no se dio como esperaba y todo el asunto iba a terminar, entonces, con más de media hora de demora. Así que nada, automáticamente se activó en mi cerebro la sensación de estar ante MPPTGP (mi propia pequeña tragedia griega personal, vieron que esta es la sigla tan fácil de recordar que pusimos ahí arriba hace un rato, ¿no?). Mi ansiedad de ama de casa part time tenía que ver, en este caso, con poder llegar a NTDC antes del horario de cierre (NTDC era “nuestra tintorería de confianza”, supongo que ya se acuerdan de todas las siglas facilísimas de este post). Un fastidio, cláh (por no llegar a la tintorería, no por lo de las siglas). Sobre todo porque Mile, nuestra gordita hermosa, ya estaba en casa, esperándome tranquilamente para pasar un lindo y divertido rato juntas (en adelante, UL&DRJ).

tienda Pero no había ya nada que hacerle: había llegado tarde a la plataforma de la estación. Entonces respiré profundo en mitad de los pasillos desiertos. Esperé y finalmente me tomé con calma el próximo tren. Cosa asombrosa: llegué a la tintorería just in time -el negocio había cerrado sus persianas, pero aún la empleada que me reconoce como su “hermana gemela separada al nacer” estaba dentro del local, cerrando la caja-. La chica, divina, me abrió la puertita de la reja, me recibió el traje lleno de lamparones de Cucurullo y hasta filosofamos un momento entre las dos sobre cómo pueden los hombres manchar TANTO los trajes cuando almuerzan a las apuradas en un barcito cualunque, pordió. Sin cobrarme por adelantado -insistió con ese asuntito de que ya había cerrado la caja- me repitió un par de veces que qué alegría enorme fue habernos visto. Me sentí como dentro de un episodio de Seinfeld, pero al revés (es que a Seinfeld alguna vez le fue muy mal con los tintoreros y afines). :-D

Había alcanzado el primer mojón de la carrerita a casa. Me sentía bien. Contenta. Y la alegría, bien sabemos, genera nuevas energías y nuevas conexiones entre las dendritas. Así fue como aproveché el desvío de la travesía por la tintorería para ir a la Super Fábrica De Pastas Del Barrio (en adelante, SFDPDB) que quedaba de camino a casa y que todavía estaba abierta. Entré, compré ravioles y pancitos saborizados. Justo en el instante antes de pagar, mi vista recayó -casualmente- en el exhibidor de salsas preparadas. Al instante detecté la que más me gustaba: salsa bolognesa. Me encanta, me fascina, la idolatro. Cucurullo, en cambio, es capaz de morir de amor por 250 gramos de pesto, la salsa que estaba exhibida al lado de la bolognesa. Yo no sé hacer pesto, nunca preparé esa salsa, ni siquiera sé muy bien la lista de ingredientes, pero de pronto intuí que esta noche necesitábamos un sabor (o un platillo) diferente, y este pesto -ya preparado y listo para servir- me hacía sentir una becaria de la cocina. Como una Lewinsky gastronómica, pongámoslé. ;-)

Entonces evalué el aspecto del menjunje como si yo fuese una chef de restaurante cinco estrellas. Le pregunté al empleado que me atendía si realmente la salsa era de “estilo casera”, como rezaba el cartel. Él me juró y me perjuró que sí. Y no sólo eso, también me confesó, haciendo gala de un gran sentido del humor, que tiene una clienta que hace AÑOS que le miente a su suegra sosteniendo que esta salsa la prepara ella, cuando en realidad la compra, sotto voce & desde siempre, en la SFDPDB (la fábrica de pastas, olvídense de mirar la sigla de arriba). Mientras escuchaba al empleado hacer su numerito de stand up, se me ocurría que ella -la chica del cuento- era una psicópata delirante o una mina super inteligente, exactamente una de dos… aunque yo no podía descifrar el enigma así como así. :-D Pero bueno, la cosa es que el vendedor contaba la historia con tanta gracia que me convenció de que la salsa era buenísima, y mientras me reía de la anécdota le compré una generosa cantidad del pesto – apto – para – presumir – ante – suegras – y – afines.

Les resumo: esta noche Cucurullo experimentó el Nirvana. Simplemente, porque en un rapto de inspiración recordé que los espaguettis al pesto son su perdición. Hasta Mile, nuestra gordita, se animó a probar esa sabrosísima salsa “verde y rara” después de habernos divertido un rato jugando a las damas (como ya tenía la cena resuelta al llegar a casa, pudimos dedicarnos un rato más largo a los juegos de mesa). Yo pasé de repetir la salsa bolognesa -mi favorita hasta hoy- pero probé, con nuevos bríos, la salsa preferida de Cucurullo. Y la cena resultó novedosa y muy, muy especial… con apenas un cambio de aire en la rutina cotidiana.

A veces sucede que de alguna manera caprichosa, inconsciente o accidental (y sobre todo, con alguna ayudita de alguien) hacemos algo lindo por otro. Y a ese otro lo hacemos sentir bien. Y nos sentimos bien nosotros mismos, también. El asunto es que esto último viene por añadidura, nomás, lo que hace que el recorrido de toda la cadena de “unos” y “otros” se transforme en un absoluto misterio. :-)

Esas buenísimas “malas costumbres”

por ser elegante no se pierde nada
- desayunar en la cama, todos los días & religiosamente;
- cantar (a los cuatro vientos) en la ducha (a todo vapor);
- vestirnos como para ir a una fiesta sólo para ir hasta la tintorería… a retirar aquella otra ropa de fiesta que mandamos a limpiar, cláh;
- sentirnos inescrupulosamente libres sólo porque una brisita primaveral nos sopla en la cara;
- leer tres libros al mismo tiempo (enganchándonos al instante con aquél que sacamos primero de la cartera, sea cual sea), :-D
- sobrestockearnos de cremas y más cremas para los brazos, las piernas, codos y rodillas: como si fuésemos pulpos y hubiese taaanto que humectar;
- volvernos locos con una serie de TV genial que descubrimos casi por accidente, y tratar de quemar las ocho temporadas en un mes, dividiendo los “tiempos libres” (?) de a cuarenta minutos, que es lo que dura un capítulo;
- hacer de cuenta que tenemos todo el tiempo del mundo, cuando no tenemos ni idea de cuánto, cuándo, cómo ni dónde se detiene el reloj;
- decir “te quiero” y sentir que vibra cada letra en un tiempo presente muy profundo que podría asemejarse a la eternidad (o no, ok, pero quién necesita de tantas precisiones, al fin y al cabo…)
- ponernos pretenciosos y planificar una agenda diaria que solamente podría cumplir Speedy González, para después darnos cuenta de que no hicimos todo, pero sí MUCHO más que si nos hubiéramos propuesto muy poquito. ;-)
- creer que nuestros hijos son la octava maravilla del mundo. Y de vez en cuando creer que los hijos de los demás son la misma cosa, también; ;-)
- hacer de cada día un nuevo comienzo, aunque “ayer” siga siendo “hoy” para muchas cosas, todavía…

Say no more

vacío

Una realidad cada vez más común, como los productos autóctonos “made in China”, o las mentiras políticas for export. Casi casi una peste universal… ;-)

La Experiencia Panchística del Trío Los Panchos (el post viene con data fast food bien gourmet)

Trío Los Panchos Grandes Exitos Viste que trabajás en una oficina y todos los días picás algo al mediodía. O, mejor aún, algún que otro día almorzás opíparamente (porque no es que SIEMPRE almuerces opíparamente, convengamos, sino que de vez en cuando se te da por animarte a más). ;-)

Entre idas y venidas, te conocés muchos de los lugarcitos que pululan por la zona en la que andás tantas horas de lunes a viernes.

O por ahí no, por ahí no te conocés muchos.

Es que, queriendo o sin querer, puede que siempre busques el mismo tipo de lugares para almorzar. Porque tenés un estilo. Una forma de. Y el que busca, encuentra. Encuentra siempre. Y siempre lo mismo. :-D

Un día de aquél año que pasó (sí, creo que fue el 2010), CGC (Compañerito del Grupo Comando) se apersonó por las oficinas portando un dato que a todas luces parecía bastante impresentable: “un lugar buenísimo para comer era aquél local de panchos” (sí, leyeron bien, p-a-n-c-h-o-s) de la calle Suipacha Al No Sé Cuánto.

Por supuesto que CGC se comió, además de los panchos, todas las gastadas de alguna que otra Brujilda Rubia Oxigenada del Sector Correspondiente: ¿Cómmmo que lo very best para comer en el microcentro porteño son los panchos? ¿No hay NADDDA mejor para comer por el barrio, digo yo?

CGC me amenazaba con llevarme un día a su Santuario de Comidas Rápidas, y hacerme experimentar lo que me estaba perdiendo de vivir. Yo lo apuraba -de mala que soy-, pero no te creas que lograba grandes avances: el buen día, a fin de cuentas, nunca llegaba.

La semana pasada y de una vez por todas, el momento se dio: Monsieur le Directeur, CGC y La Bloguera Que Suscribe fuimos a Matty’s y entendimos cabalmente lo que es el Nirvana envuelto en un halo de Mostaza, papas fritas y Coca Cola al tono.

Y reaprendí algo que en el fondo siempre supe: no siempre el mejor plato tiene que venir con cinco tenedores. A veces los mejores momentos de disfrute vienen, de hecho, sin ninguno. ;-)

PD: Ahora yo también, como Monsieur Le Directeur y mi amiguísimo CGC, te recomiendo estos panchos. De a de veras. Muy.

Quejas de bandoneón súper top (costosísimo bandoneón de oro, con incrustaciones en brillantes)

retro3 La rat race nos envuelve a todos, de alguna u otra manera. Imbuidos en el estilo de vida del hámster que corre y corre dentro de la ruedita, nos cansamos intentando llegar a quién sabe qué, ansiosos y medio desesperados. Cuando la vida se te va tratando de parar la olla de la familia quién puede decirte esta boca es mía, pero dejando esas cuestiones elementales que abarcan comida, salud, vestimenta, educación y un techo donde vivir… todo lo demás es, a veces, menos clarito de ver.

Supongamos por un momento que somos unos jodidos multimillonarios y que ya lo logramos todo: tenemos fábricas, inversiones hechas a troche y moche y ahorros bajo el colchón que habilitarán a nuestros hijos a vivir cual jeques petroleros durante sus varias reencarnaciones. La pregunta del millón (valga la redundancia) es entonces: ¿para qué seguir trabajando en incrementar nuestras ganancias? En ese momento de abultados bolsillos y una duda tan flaca, ¿suponemos que pararíamos la rat race y nos bajaríamos satisfechos, diciendo “bueno, y ahora ya está”, o iríamos por más, todavía?

Pareciera que el ser humano, una vez que alcanza el objetivo buscado, se acostumbra rápidamente a lo que tiene y al poco rato ya quiere algo más. La euforia por haber llegado a donde quería llegar no le permite detenerse. El logro de sus expectativas es un escalón que se sube, pero la escalera es infinita.

De ahí se explica la existencia de tantos productos suntuarios con precios extravagantes que los consumidores muy adinerados -que ya tienen satisfechas sus necesidades de gustos comunes- quieren alcanzar para sentirse presuntamente felices. Porque existen áreas del cerebro asociadas al placer que se activan cuando conocemos el valor (¿o el precio?) de algo. El saborear un buen vino tiene consecuencias en las papilas gustativas, pero el saber que la botella cuesta cien dólares activa también otras áreas del cerebro que reconocen estos datos y los valoran de algún modo (sí, pareciera que nuestra parte racional es bastante snob en su sibaritismo más elemental). ;-) Entonces, resulta que el sólo hecho de conocer la existencia de esos bienes ofrecidos en el mercado nos proporciona ya de por sí algún tipo (?) de anhelo por demandarlos en cuanto se ponen a nuestro alcance… o apenitas más allá. ;-)

Según el psicólogo evolutivo David Buss, existen en nuestra psiquis mecanismos que nos han servido a los humanos para abrirnos paso en la Edad de Piedra, pero que en la actualidad nos dejan un pelín fuera de foco con el entorno: son los que posibilitan que nos comparemos con los demás, compitamos con ellos y nos sintamos reconocidos (o no) por los resultados.

Es que en aquellos dorados tiempos precámbricos (?), nuestros antepasados vivían en comunidades pequeñas donde era seguramente más fácil sentirse reconocido por alguna cualidad en la que sobresalieran: era posible destacarse en la caza, la pesca, por ser un buen corredor o tener los mejores atributos sexuales. En algo, seguramente, se podían distinguir, sentirse reconocidos y hasta felices.

En nuestras sociedades urbanas, masivas y casi anónimas, en cambio, la autoestima así concebida tiene muy pocas chances de realizarse: mirar para el costado nunca te hace sentir totalmente pleno, porque siempre habrá una persona que corra mejor, que baile con más gracia, que sea más inteligente, más lindo o que coleccione mejor que uno aparatos de cualquier especie. :-D

Leo y transcribo: “El ser humano se encuentra de alguna manera programado para angustiarse cuando pierde espacio en la jerarquía social, cuando se siente traicionado o solo, cuando hablan mal de él o no se siente reconocido. En otras épocas esa angustia jugaba un rol de alerta para revertir la situación. Hoy, al convivir en sociedades inmensas y con una masiva injerencia en los medios de comunicación, la angustia y la depresión empiezan a ser una luz de advertencia que se prende permanentemente, como las luces testigo del auto cuando hay una falla. [...] Esto de mirar siempre el jardín del vecino no parece muy sano. Efectivamente, hace que mecanismos ancestrales nos jueguen malas pasadas. La envidia también puede entenderse como un mecanismo evolutivo: en la carrera por la supervivencia no sólo es preciso hacer las cosas bien, sino llevarlas a cabo mejor que el prójimo. Como decía Discépolo: ‘Lo importante no es ganar, sino ver al otro perder’. Y esto es tan natural que en alemán hasta existe una palabra para describir el placer que deriva de la desgracia ajena: schadenfreude .Pero en el mundo actual la competencia en pie de igualdad es imposible: hay demasiados ‘competidores’ para usar como vara y siempre habrá varios que nos superen. Así, la envidia que en el pasado podía ser puntual (de individuo a individuo) y ayudarnos a progresar, pasó a ser semipermanente.” (Martín Lousteau, “Economía 3D”)

Así las cosas, creo que los multimillonarios seguirán sufriendo sus costosísimas penas a bordo de la rat race.

Zapatero, a tus zapatos (aunque es mejor aún si vas a los zapatos de “Ella”)

shoes change Ricky Sarkany tiene razón: los hombres deberían aprender a regalarle zapatos a una mujer. Es un detalle sexy, creativo (hay muchos diseños entre los que pueden elegir, señores, créanme) y, en general, bastante más accesible que ciertos regalos cualunques. ;-)

Además, los pies de una mujer suelen ser un poco más estables que otras partes del cuerpo: el busto se cae o se levanta, se achica o se asilicona… algunos pares de lolas parecieran cambiar de forma y de tamaño con más asiduidát que un sachet de leche en heladera de casa de familia ;-) ; los talles de los jeans pueden fluctuar, también, y casi tanto como las cotizaciones en la Bolsa. Y es que todo en nuestro cuerpo cambia al ritmo de los años, de los meses o de los ciclos menstruales. Sin embargo, como bien supo intuír Aquél Príncipe de Cuentos de Hadas, los zapatos pueden identificar cabalmente a una mujer. De pies a cabeza. Literalmente. Y a veces, mejor que ninguna otra cosa.

Ofrecer un par de zapatos puede ser una manera original de sellar un compromiso, inclusive.

Supongamos que ya pasó el día de la madre y que el regalo a la señora de la casa en cuestión fue una licuadora, el último libro sobre los Kirchner o -peor aún- diez sesiones de depilación láser de barbilla y mentón… digamos, para no abundar en detalles, que por ahí el asunto vino un poco flojo el Domingo Aquél. Entonces reivindíquense con la dama, mis queridos lectores, y háganla sentir la más bella e interesante de las mujeres: sorpréndanla con un lindísimo par de stilettos color carmín, y llévenla de ronda cualquier noche de éstas. :-)

Es un consejo que nadie me pidió, pero es gratis… aunque yo insisto en que es invaluable. En fin. Tómenlo o déjenlo. :-D

Amor a la mexicana

Galya1El otro día leí en el diario que en México estaban estudiando un proyecto de ley que permitiría que el matrimonio sea renovable cada dos años (parece que de esta manera los matrimonios “sin renovación” se ahorrarían un trámite de divorcio medio engorroso, mirá vos. A mí me parece más engorroso el casorio bianual, pero qué se yo).

Al instante siguiente de enterarme de la novedát, encaré a Cucurullo en la cocina y le pregunté a boca de jarro si él renovaría el compromiso conmigo (vos viste que las mujeres somos de hacer estas cosas: leemos una noticia intrascendente en el diario y ahí nomás generamos una situación personal -de vida o muerte- en mitad del desayuno). :-)

Cucurullo me miró como midiendo en profundidad las ventajas y desventajas del asunto (el muy zanguango lo pensó en serio, ¡lo juro!) y después me preguntó, como vacilando (?):

- ¿ Por cuánto tiempo sería la renovación?

Lo miré fijamente. MUY fijamente.

- Dos años, como dice la ley (?).

- Dos años. Enteros. Ahá. Bueno, entonces tendríamos que agregar algunos detalles a este matrimonio, como que hagas jugo de naranja todas las mañanas y que levantes a la noche el abono que deja la perra en el jardín.

Así que Cucurullo estaba negociando, fijate vos.

Levantar la mugre que deja Carola es función de Cucurullo desde el primer día en que trajimos al bichito de Dios a nuestras vidas (yo me ocupo de su comida; la de la perra y la de todos los demás en esta casa, ya que estamos), y es cierto que el jugo de naranja desapareció de nuestra bandeja de desayuno en cuanto Mile empezó a ir al colegio y opté por simplificar al máximo mis corridas domésticas a las siete de la mañana.

Son dos reclamos clásicos de nuestra convivencia matrimonial, les cuento. Nada que no haya escuchado ya… pero ahora que nuestro matrimonio pende de un hilo (?) según los cánones aztecas, enderecé las antenas y me puse a pensar. Me hizo gracia que la negociación pasara por lo más chiquito, por esas nimiedades que a todos nos cuestan asumir o que directamente nos fastidian en el día a día. Asuntos bien cotidianos y prosaicos que cambiaríamos si pudiéramos, pero no sé si estas victorias hacen realmente a la diferencia: terminaríamos ganando en ciertas cuestiones, pero inmediatamente después aparecerán otras que volverán a ser parte de la próxima negociación cuando venzan los dos años. Como la celulitis, el inconformismo no se erradica del todo. Nunca (todas las mujeres caucásicas de más de treinta años saben perfectamente de lo que hablo). :-)

Me quedé pensando un poco más y me propuse -como siempre- elegir mis batallas.

- Cucurullo, tómalo o déjalo: te hago el dichoso jugo los fines de semana. Y los regalitos de Carola en el jardín no son negociables.

- Hecho- me dijo, bastante satisfecho de sí mismo.

Tarde me di cuenta de que con toda esta charla de café me había agenciado un laburito más: exprimir naranjas los sábados y domingos. Y de que Cucurullo -vivísimo él-, nunca me había preguntado si yo renovaría el contrato… ¿porque se dio cuenta de que yo igual iba a poner el gancho, o porque ni siquiera quiso averiguarlo? ;-)

Viajar es morir un poco

in the end love El viaje más importante de mi vida no fue por un intercambio estudiantil, por trabajo, de luna de miel o de vacaciones.

El viaje más importante de mi vida no fue el que hice a París, a Guanajuato o al Conurbano Bonaerense. ;-)

El viaje más importante de mi vida fue hace unos pocos años y lo hice en ambulancia, tendida en una camilla y con un médico extranjero muy simpático que me instaba a rezar con él el rosario. Yo no podía creer que Mi Persona estuviera ahí, en ese momento y en esa situación. Las luces de la Capital pasaban veloces, fugaces, casi imposibles de procesar por mi cerebro embotado por el pánico y la tristeza. Al lado mío, a un costado o al otro costado, pero a no más de dos metros de distancia en mitad del tránsito, yo intuía el movimiento del auto bordó de Cucurullo, medio ceniciento, medio sucio (el auto, no Cucurullo).

Se trataba de otro embarazo ectópico recién diagnosticado, e iban… iban, no importa cuántos. Iban y no volvían. Yo sabía lo que seguía después: una laparoscopía en puerta, tiempo ganándole al tiempo trasladándome de una clínica a otra – en la más pura ugencia- para dormirme un rato -calmante mediante- en posición casi inmóvil y volverme a despertar justito para la anestesia, con el quirófano organizadísimo a primera hora de la mañana.

Iba a ser la primera en estrenar quirófano al día siguiente, cláh. Todo un honor.

El cirujano que iba a operarme ya era casi un amigo. “Te garantizo que hoy le decimos basta a los embarazos con dolor” -me dijo-. “La próxima, si quieren, Cucurullo y vos hacen un tratamiento y listo. Tengan los bebés que tengan ganas de tener, pero que sean embarazos llevados con felicidad. Así, no.”

Y entonces, nada, como dicen los chicos de esta ciudad: punto y aparte con el tema del embarazo natural y espontáneo, como ése que yo llevaba en mi vientre en ese momento (el Doc no se iba con chiquitas).

Pero volviendo al tema de este post: aquél fue un viaje increíble y extraordinario. Porque era yo, que a los treinta y muchos (nada más y nada menos) partía al medio el plano de Buenos Aires yendo a los santos cuetes en una ambulancia. En serio les digo que fue un viaje iniciático.

Quiero contarles a los que no me conocen tanto que soy una persona más sana que el Quáker: no tengo colesterol alto, nada malo en el corazón, el marulo o las uñas de los pies (por lo menos, no peor que lo que puede tener la gran mayoría de la gente). No llevo una vida TAN sedentaria (hago ejercicio, todo el que puedo hacer en mis tiempos libres)… apenas podría decir de mí que tomo un poco más de café de lo que debería. Y sin embargo, mirá vos, yo era la agasajada especial a bordo de una ambulancia, con riesgo de vida y una cirugía moooy agendada.

Lloré muchísimo. La película entera -que yo ya había visto- constaba de médicos con gesto preocupado, con estresazo (¿por mí?) o sintiendo la más profunda empatía por “la” situación. Camilleros y enfermeras con barbijo, a los que apenas les conocí la mirada (tan profunda, tan bella): eran señores y señoras casi sin rostro, sin nombre ni ropa de calle, pero que me acariciaban un brazo o me daban ánimos.

El aire olía a tragedia. Cucurullo me amaba con todo su corazón, Mile -nuestra hijita de cuatro años- me enviaba besos y abrazos (y un ramo de flores amarillas). Tenía a toda la familia a mi disposición y amigos a montones.

Pero había un gran silencio alrededor de una ausencia muy profunda que se había instalado dentro de mí. Y nada ni nadie lo amortiguaba.

Y entonces llegó la Gran Revelación.

Comprendí por primera vez, con gran intensidad, la anécdota sobre ese maestro zen que meditaba y meditaba gravemente bajo un árbol y que, cuando le llegó la Iluminación, en ese preciso, precicísimo instante… largó una sonora carcajada. El cuento me pareció siempre desconcertante, porque nunca había entendido el porqué de la risa fuerte / espontánea / incongruente. Hasta que viajé en esa ambulancia.

Y ahí comprendí. Comprendí que ESTO es la vida. La vida es todo lo que te va sucediendo mientras viajás en taxi, en subte o con un Doc de acento fuerte o ridículo que te invita a rezar el rosario con él. Es este retacito de tiempo que te toca, un suspenso que huele dulzón, como el paquete de pochoclo que compraste a la entrada del cine. Así de etéreo.

O ácido y fuerte, como ese café humeante que te agujerea el estómago pero que de todos modos no deja de ser delicioso. Porque tiene cierta ligereza, a pesar de todo. La ligereza, la perspectiva, digámoslo así, que define el paso del tiempo. Que lo define eternamente. :-)

Tan frágil como el cristal.

Tan precioso como el cristal.

En medio de tantas lágrimas, fui yo la que le sonreí al médico de la ambulancia. En forma extemporánea, como en un paréntesis en medio de mi tristeza, me animé a darle consuelo. Porque él también estaba en ese viaje, conmigo. Andábamos por ahí los dos solos, indefensos, perdidos en una medianoche escura, viviendo el minuto a minuto que se acumula y forma vidas.

Entonces me reí por un instante. Les juro, fue sólo un instante, no me dio para más. Pero ese instante me sirvió para intuir lo lindas que eran las luces de la ciudad que se colaban por los vidrios altos de la ambulancia.

Pasaron los días, los meses, tal vez un año.

Una mañana di vuelta el placard y arrinconé toda la ropa oscura bien oscura o negra muy negra: no quería vestirme más así.

Puse bien a la vista todas mis prendas de color: descubrí que eran muchas. Y asombrosamente lindas: una mujer casi desconocida que habitaba dentro de mí las había elegido, después de todo. Y estaban prácticamente nuevas: yo no las había usado casi nunca porque las guardaba para una ocasión especial.

¿Cuál sería esa ocasión especial? Andá a saber en qué pensaba cuando pensaba “así”.

Hoy me parece que hoy es la ocasión. Cada hoy.

No voy a esperar a la próxima ambulancia, que no sé si llegará o no… Pero por lo pronto, cada día me levanto decidida a disfrutar(lo), aunque no me salga del todo. Casi como si fuese un ejercicio de meditación, desde hace un rato largo -ponele-, cada mañana me visto con esmero y decido honrarlo con lo mejor que tengo en mí en ese momento: la alegría que pueda sentir, el amor que me salga por los poros (aunque a esas horas tan tempranas no sea para tanto ;-) ), los buenos sentimientos que se me instalen porque sí (de a segundos, si no me levanto muy buena) por la gente que quiero, la determinación de hacer lo mejor que pueda mi trabajo.

Quiero vivir una vida honesta, yo; conmigo misma y con los demás. “Sólo por hoy”, como dicen algunos por ahí.

Todo lo otro podrá esperar… hasta el próximo viaje.

A Rio de Janeiro, ponele. :-)