Una vez, hace muchos años, compré distraídamente un cuadro de esos que contienen un paisaje acuareloso, discreto y casi invisible de una playita con algunas casuchas blancas pintorescas. Tan blancas, tan casi invisibles, que nunca las miré con atención.
El cuadro no lo colgué nunca en ninguno de mis hogares, pero me acompañó en todas y cada una de las mudanzas. ¿Y cuándo me acordaba de que existía y que andaba tirado por ahí? Bien a menudo, en todas esas ocasiones en las que invitaba a demasiada gente a mi departamento y debía improvisar, con almohadones y “mesas ratonas” más lugares para que se acomodaran los comensales. Entonces rescataba el cuadro de su ostracismo, lo apoyaba boca arriba -vidrio arriba, mejor dicho- sobre una caja bien grande, lo cubría con un mantel, y rápidamente lo utilizaba para apoyar los vasos y las servilletas arrugadas de cinco o seis amigos del alma.
Así que, honestamente, hice uso del cuadro… como mesa auxiliar. El resto del tiempo andaba por ahí recostado contra alguna pared, a la espera de la próxima reunión de amigos. Y esas reuniones se volvieron muy frecuentes: se me había dado por empezar la carrera de Letras, como un hobby -esto ya lo conté por acá- y con mis compañeros de facultad solíamos quedarnos en mi casa largas horas estudiando y traduciendo párrafos milenarios.
Porque en esa época tuve -obligatoriamente- que cursar griego. Y durante varios años. Un cruel talón de Aquiles absolutamente necesario para sostener el resto de la osamenta, porque si quería seguir cursando todas esas “Literaturas” que me parecían tan interesantes, siempre vivitas y coleando, tendría que aprobar las lenguas muertas también. Latín no era tan terrible, pero Griego, definitivamente, era un parto de quintillizos en plena selva amazónica.
Estudié sin audacia, con la minima obediencia debida. Sin embargo, por ósmosis académica o una suerte de fundamentalismo vocacional del profesor (sospecho que más bien fue esto último), cada vez que tropezaba con el idioma del Olimpo -esas horribles declinaciones, por favor!-, volvía a ponerme en pie misteriosamente. Y después dicen que los milagros no existen…
Por efecto de los años y las páginas recorridas me volví más consciente de todo lo que no sabía y quería saber, y comencé a prestar atención cuando me mostraban fotos, imágenes o dibujos de distintos paisajes griegos. Con sorpresa descubrí que me gustaba la literatura clásica, así que me volví más accesible a la incorporación de ese idioma que consideraba inútil y torturante. A veces, mientras cenábamos sobre el cuadro apoyado en la megacaja, soñaba con ciertos lugares míticos y los comentaba con Cucurullo, que desde siempre tiene ese espíritu democrático de andar considerando todo viaje por el mapamundi como logísticamente posible (menos a la India, que le parece incómodamente imposible, pero esa historia se las cuento otro día).
El mes pasado, hartos de tropezarnos por algún rincón de la casa con el cachivache del pueblito diluido en acuarela, lo colgamos en la pared del pasillo que conduce a la biblioteca. Entonces vi el cuadro colgado por primera vez frente a mis ojos. La imagen, una vez desplegada a mi altura, me pareció curiosamente familiar. Quise ver la firma del pintor, y por ahí abajo encontré el garabato con su nombre ilegible. También me di cuenta de que había una mancha como de huellas de hormigas bailarinas de polka distribuida en el otro ángulo inferior.
¿Habría ensuciado el vidrio del cuadro con salsa de soja en una de esas noches de amigos y libros? Pasé mi dedo más impulsivo -un índice bien criticón- para apartar un molesto reflejo cristalino. Pero no era una mancha de salsa ni de tinta. Allí, en el griego más elemental que podría haber encontrado en cualquiera de mis clases de hace tanto tiempo, encontré -quince años después de haberlo comprado- el título del cuadro:
SANTORINI
Las señales andan por todas partes, sólo que no siempre estamos a su altura para verlas.
Antiguamente el baño era como un pequeño cobertizo que podía estar alejado unos cuantos metros de la casa, inclusive. Un anexo no tan anexo, más bien lejano (pretendíamos alejar los depósitos de heces de nosotros, ya que no era fácil arrastrarlas con cañerías ni otros artilugios). Hoy una estructura de vivienda así sería impensable: el baño está tan incorporado a nuestras otras instalaciones y a nuestras experiencias cotidianas que ya no es solamente un lugar donde “hacer lo primero” y “lo segundo” o pegarse una ducha (lo que clasificaría como “hacer lo tercero” en una lista de actividades sanitarias, imagino).
No creo en los finales felices (porque no creo en los finales), pero sí en unos intermedios de la hostia, ya a esta altura se habrán dado cuenta. Antes (cuando era mucho más joven) me enfocaba con energía a etiquetar conceptualmente cada “qué”, pero hoy me interesa disfrutar plenamente el desarrollo de cada “cómo”. En fin, los cambios típicos que empezás a notar en tu forma de pensar cuando te volvés más paciente. O cuando los sacudones del ir y venir te van ordenando las neuronas en la sesera, andá a saber.
Hay situaciones complejas en esta vida, lugares que no conocemos y gente difícil de hacerse ver al primer intento. El mundo es a menudo un gran cambalache porque hay de todo, como en botica. Pero con un poquito de buena voluntá, mis queridos, un detalle insignificante que a cualquiera le pasa inadvertido puede servir de disparador para andar entreviendo quién, cómo o qué es lo que tenemos justito ahí frente nuestro. O por lo menos, para hacernos algunas preguntas:
Hace muchos años -yo era chica, calculen- pasaban por la televisión una publicidad de Arnet en donde un Hombre Sufrido Como Cualquier Hijo de Vecino lee en el diario que un meteorito al día siguiente partiría en dos el planeta y sería el acabóse. Así que en ese mismo instante el Hombre Sufrido se dedica a cumplir con todas sus fantasías maltrechas: se baja los pantalones frente al jefe, se revuelca con la mucama, abandona a su mujer y termina el día en una orgía tremenda con un burro de compañero. En resumidas cuentas, el tipo se desata a lo bestia, como si fuese el último día (porque ERA el último día).
El otro día -este, aquél, el de más allá, fueron varios días, porque sucede a menudo- estábamos hablando con Cucurullo acerca de algunas situaciones complejas que la mayoría de la gente tiene antes o después: eso de tener que tomar decisiones laborales, personales, sobre proyectos de acá a fin de año… en fin, las cosas que tenemos para arremangarnos y resolver.
Hay situaciones que te declaran descaradamente y a quemarropa que el tiempo pasa (te guste o no): tu cumpleaños de quince, el día en que sacaste el registro de conductor, cuando te dieron un diploma en una salón lleno de gente o fuiste la novia o el padrino de una boda. Nació un hijo, un nieto, o hubo un funeral y todavía no podés asimilar que estuviste ahí presenciándolo todo.
“Then an extraordinary thing happened. Everything went wrong. So I was wandering the streets of Paris, penniless, without a hope in the world. And, let me tell you, you can do a lot of soul-searching in a time like that. I realised that I’ve spent most of my adult life trying to protect myself from exactly this situation. And you can’t do it. There’s no home safe enough, no relationship secure enough. You’re setting yourself up for an even bigger fall and having an incredibly boring time in the process. Sorry, Charlie.”
Me saco el sombrero por esas mujeres que transmiten la sensación de estar a sus anchas en cualquier lado, ya sea sentadas en la primera fila de un desfile de modas o a bordo de un reactor nuclear. No sé cómo hacen para tener esa actitud -tan serena- de absoluta seguridad en sí mismas en toda situación, como si les sobrara el tiempo y concentraran la energía en algún punto invisible como de tesoro escondido. Es gente que irradia calma (sí, es un concepto cual marca de café descafeinado, pero no me digan que un poco de “Kalma” no le hace bien al organismo de vez en cuando).

